Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 26 de marzo de 2017

Muerte en la eternidad


Muy buenas tardes a todos. Sé que he tenido últimamente muy parado el blog, pero es algo que voy a remediar a partir de ya. Hoy, por ejemplo, os traigo un nuevo relato de ciencia ficción. Es uno que envié a un concurso y que no fue seleccionado y que hace ya tiempo que tenía en mente colgar aquí. Y por fin lo podéis leer. Es oscurito y va de...

Inmortalidad.


Muerte en la eternidad


        Elena siempre había pensado que el fin del mundo sería como lo pintaban en las películas o en los libros: un meteorito, una enfermedad vírica incurable que se extendía incontrolable por toda la población mundial, una plaga zombi, una invasión alienígena, un agujero negro que devoraba la tierra desde dentro, una guerra nuclear o bacteriológica... Pero lo que jamás hubiera podido imaginar, ni siquiera en sus peores pesadillas, es que lo causaría la inmortalidad.
        La humanidad no había estado preparada para su final. Quizá porque no había empezado como tantos y tantos autores lo habían reflejado en la ficción: con una gran debacle mundial, una escalada armamentística sin precedentes o violencia salvaje. Tampoco lo había hecho con un cambio súbito y drástico en el clima del planeta o con el lento calentamiento global del que tanto se había hablado durante los siglos anteriores.
        Por lo que Elena podía recordar ahora, sentada en aquella mesa de juntas, con los ojos clavados en el vacío, no había pasado nada de todo aquello. Un día, simplemente, el fin estaba ahí. El fin de todo. Y se lo habían hecho a sí mismos. O más bien, ella se lo había hecho a toda la Humanidad.
        «No, eso no es cierto. No del todo. Yo sólo luché por la concesión de fondos casi ilimitados al proyecto. Toda la cúpula directiva y todo el Parlamento Europeo estuvieron de acuerdo. Todos firmaron. Todos nos enriquecimos. Todos nos beneficiamos».
        Elena notó cómo se le hacía un nudo en la garganta con sólo acordarse de aquellos años tan lejanos donde la mayor preocupación que tenía era la de distribuir los fondos de I+D del gobierno entre los diferentes proyectos de investigación que les llegaban al ministerio. Eso y las estupideces habituales como su sueldo, la hipoteca, la estabilidad en el trabajo, a dónde irían Johan y ella a cenar por su aniversario de bodas o la salud de sus hijos. Qué joven y qué ingenua había sido. Qué estúpida. Claro que nadie había imaginado entonces las consecuencias que aquel descubrimiento tendría para toda la especie humana.
        Todo había empezado con una investigación de vanguardia contra la leucemia infantil. Un grupo de investigadores británicos había desarrollado unas pequeñas máquinas biológicas que reconocían con gran precisión las células blásticas leucémicas y que, a continuación, mediante la tecnología CRISPR, las modificaban genéticamente para transformarlas de nuevo en linfocitos sanos. Los habían llamado biobots.
        Las nuevas aplicaciones para aquella innovadora tecnología médica no se habían hecho esperar. En menos de una década se disponía de la cura para los cánceres de páncreas, de colon y cerebral. Posteriormente, diferentes investigadores a lo largo y ancho del globo habían logrado tratar con éxito la esclerosis, el Alzheimer y el Párkinson.
        Fueron unos años gloriosos llenos de noticias en los medios de comunicación, Elena los recordaba bien. Estudiaba empresariales en la universidad cuando todo había empezado, haciendo que incluso ella y sus amigos de humanidades hablaran de ciencia casi a diario, cuando antes apenas les había interesado. Los biobots estaban en boca de todos, y la financiación pública y privada para proyectos que implicaran estas nuevas herramientas parecía no tener fin. Eso por no mencionar que la tecnología CRISPR había resultado mucho más barata de lo esperado haciendo que los tratamientos médicos estuvieran prácticamente al alcance de toda la población.
        La especie humana parecía, al fin, al borde mismo de poder erradicar con éxito los mayores problemas sanitarios del mundo ya desde el nacimiento, siempre que fueran de origen genético. Unos pocos años más y podría empezar a controlar su propia evolución.
        Todo aquello evocaba en Elena las historias de ciencia ficción dura a las que tanto se había aficionado a raíz de los primeros descubrimientos. La humanidad cambiaría, crecería, mejoraría. El cielo era el límite. ¿Por qué conformarse con ser como eran cuando podían aspirar a ser más? ¿Ver en la oscuridad como los gatos? ¿Por qué no? ¿Regeneración de miembros amputados como algunas especies animales? ¡Por supuesto! Estaban viviendo una revolución social y científica lenta e imparable, y Elena se encontró de pronto con que se había enamorado de la ciencia.
        Pero estaba estudiando empresariales, de modo que, tras licenciarse, decidió apuntarse a un máster de gestión de proyectos. Quería ayudar, quería participar en todo aquello. Quería intentar promover, en la medida de sus posibilidades, que esas y muchas otras investigaciones vieran la luz en beneficio de la Humanidad. Fue una época llena de sueños y ambición. Llena de luz.
        Cuando obtuvo el máster, tomó la decisión de opositar al ministerio de universidades y ciencia hasta conseguir una plaza sin importarle cuánto pudiera llevarle. Tras cuatro largos años de duro esfuerzo lo logró y la asignaron a la evaluación de proyectos de I+D que buscaban financiación pública. Fue así como la investigación que acabaría condenando a la humanidad llegó a sus manos.
        El equipo original que había diseñado los primeros biobots estaba investigando ahora la inmortalidad celular en cultivos in vitro y en modelos animales. Concretamente, el modo en que las células cancerígenas se hacían inmortales y eludían los controles de proliferación y muerte. Elena vio las implicaciones a largo plazo para la especie humana casi de inmediato. No le hizo falta ni llegar al final del enorme dosier para saber a dónde querían llegar aquellos científicos de Bath. Era como en los libros: dejar de envejecer, no morir nunca. Habían alcanzado el futuro.
        De modo que, cuando la junta se reunió aquel año, les propuso, en un alarde de osadía, la concesión de fondos ilimitados a aquel proyecto de vanguardia y anular la financiación de cualquier otro proyecto. Le costó meses convencerlos, pero al final el ministerio lo acabó escalando a nivel europeo y los fondos fluyeron en aquella dirección durante un par de décadas. Hubo protestas, claro que las hubo, sobre todo provenientes de los grupos a los que se cortó la financiación, pero ¿a qué gobierno le importaba cuando estaba en juego el futuro de la especie humana? ¿Cuando las palabras que se susurraban en los despachos y los pasillos eran “vivir para siempre”?
        «Pero no supe ver a tan largo plazo. No supe anticiparme a todas las posibles consecuencias. Estaba cegada por mi propio entusiasmo... No, eso no es cierto —se reprendió Elena a sí misma—. Perdí el control tan pronto como lo llevamos al Parlamento Europeo. Además, los comités bioéticos mundiales llevaban ya años debatiendo las implicaciones de la tecnología CRISPR y los biobots: sus posibles malos usos, la guerra biogenética que se podría desencadenar, el beneficio/riesgo para la población... No hubieran permitido la financiación de algo potencialmente dañino. Examinaron aquel proyecto y debatieron sobre él hasta la extenuación. Y lo autorizaron todo».
        Aunque, ahora que lo pensaba, la promesa de la inmortalidad tal vez los había cegado a todos, no sólo a ella. Elena se reclinó hacia atrás en la silla de la sala de juntas y miró el blanco techo que había sobre ella. No había cambiado apenas nada en aquella habitación desde que se había reunido allí con sus superiores, hacía ya tanto tiempo, solicitando aquellos malditos fondos. ¿Se arrepentía? Desde luego que sí, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Estaba condenada, igual que todos los demás.
        Apenas quince años después de la concesión de fondos por parte del parlamento, la noticia llegó a todos los medios. El equipo británico que había diseñado los primeros biobots había desarrollado una terapia transgénica que ralentizaba el envejecimiento, hasta casi detenerlo, en ratones adultos, en perros y en cerdos.
        Las agencias sanitarias autorizaron los ensayos clínicos en humanos en un tiempo récord. Y fueron un éxito sin precedentes. Tras veinte años de seguimiento, ninguno de los sujetos había mostrado apenas signos de envejecimiento, mientras que el grupo control sí lo había hecho. La palabra que comenzó a circular de boca en boca por la población y a distribuirse por las redes sociales de modo imparable cuando se publicó el artículo con los resultados finales fue sólo una: inmortalidad. Fue inútil tratar de matizar que aún estaban lejos de esa meta, que el ensayo sólo abarcaba veinte años y que lo que habían visto era un envejecimiento ralentizado. El furor por la inmortalidad se extendió a todas partes alcanzando todos los estratos sociales.
        Para aquel entonces, Elena tenía ya más de sesenta años y había dedicado la mitad de su vida a financiar proyectos basados en biobots, pero no recordaba que ninguno de ellos tuviera el mismo impacto social que aquel primero que puso en marcha. Había estado en las noticias durante meses. Todo el mundo quería entrevistar al grupo de investigadores de Bath y que había dado con la gallina de los huevos de oro para las farmacéuticas. Todo el mundo quería saber más: si se podría aplicar a toda la población, si estaría cubierto por la sanidad pública, cómo funcionaba, qué se podía esperar de ahora en adelante... Y cuánto costaría y quién se beneficiaría primero.
        Al final, se habían beneficiado primero los de siempre: los más ricos. Porque pese a que la tecnología CRISPR era barata, la minuciosa y delicada programación de los biobots no lo era. Además, un gran conglomerado farmacéutico no tardó en tener el monopolio de la patente tras comprar la pequeña empresa de Bath. Y fueron ellos los que decidieron los precios. La presión social de la población fue brutal y casi todos los gobiernos mundiales no tuvieron otra opción que plegarse a la ingente demanda y a los incuestionables informes de riesgo/beneficio para autorizar los tratamientos en su territorio, aunque fuera sin financiación por parte de la sanidad pública.
        Los primeros en pagar fueron los jeques árabes y otros multimillonarios distribuidos por todo el mundo. A ninguno pareció importarle los posibles efectos secundarios a largo plazo —efectos secundarios que parecían ser nimios al menos a veinte años vista. Según ellos, merecía la pena correr el riesgo.
        “Si al final hay algún problema, tendremos siglos por delante para solucionarlo”, esas fueron las palabras de Rahim bin Kuman al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes antes de someterse al tratamiento. Y muchos más le siguieron. Primero unos pocos, pero luego fueron miles y después millones; tanto en el mercado negro desregulado como fuera de él, según fueron abaratándose los sucesivos tratamientos bajo patente. Después de todo, ¿a quién le importaba algún nimio desajuste hormonal y metabólico, o en los ciclos de sueño, cuando podía vivir, si no para siempre, casi para siempre? ¡Pero si incluso se había demostrado que se podía usar el tratamiento de biobots durante el embarazo porque habían sido programados para no traspasar la barrera placentaria! Eran perfectos.
        «Sólo que no lo fueron».
        Elena se levantó de la silla y caminó con paso cansado hasta situarse frente al espejo que decoraba una de las paredes de la sala de juntas. Contempló su reflejo en él, joven y vieja al mismo tiempo, rememorando.
        La inmortalidad no había llegado de un día para otro. Hubieran podido parar de haberlo querido. Pero nadie quiso. Lo primero que se logró fue ralentizar el envejecimiento humano, tal y como habían prometido los ensayos en animales y en humanos. Y eso otorgó el tiempo necesario a los propios investigadores para afinar el proceso y hacer las correcciones necesarias en la programación de los biobots. Poco después, llegó el rejuvenecimiento y, al final de todo, aquellas pequeñas y maravillosas máquinas biológicas otorgaron la inmortalidad a la especie humana.
        Elena suspiró, sin apartar sus ojos del espejo. Ella se había sometido tarde al proceso, ya en la ancianidad, cuando pudo permitírselo tras ahorrar durante muchos años. Había decidido hacerlo sólo porque ya estaban en marcha los costosos tratamientos de rejuvenecimiento celular. Johan se había tratado junto con ella. Querían envejecer, o más bien no envejecer, juntos. Así que habían ido a uno de los centros más cercanos de su ciudad y se habían inyectado los dos grupos de biobots, primero uno y luego el otro, hipotecando casi todos sus ahorros. Y había merecido la pena. Habían disfrutado juntos de una segunda juventud y de una nueva y emocionante eternidad.
        Aunque no todo el mundo lo vio así. No toda la población mundial estuvo de acuerdo con los nuevos avances tecnológicos. Hubo revueltas en las grandes ciudades, pero sobre todo en el ámbito rural, y muchos grupos religiosos clamaron que no se podía jugar a ser Dios, que la Humanidad sería castigada.
        Elena acarició el espejo, allí donde su rostro sin arrugas se reflejaba en su fría superficie. Ella seguía sin estar de acuerdo con aquella gente, aun después de todo lo que había ocurrido los últimos siglos, pero no podía dejar de apreciar la ironía de no haberlos escuchado.
        «Jugar a ser Dios, eso es lo que hicimos al fin y al cabo. Nos creímos capaces de gobernar nuestra propia evolución… y estuvimos a punto de lograrlo antes de que todo saliera mal. La religión no tuvo nada que ver, fue mera naturaleza, mera evolución, sólo que de otro tipo».
        Elena sacudió la cabeza.
        «No, no fuimos tan estúpidos como especie. Nadie que no quisiera someterse al tratamiento fue obligado a ello. No podíamos hacerlo, no si queríamos sobrevivir».
       Porque eso al menos tenía que reconocerlo, todos los comités éticos que participaron activamente en cada paso de aquel enorme proyecto humano estuvieron de acuerdo: los inmortales tendrían prohibida la reproducción, salvo que abrazaran la eutanasia cuando su hijo alcanzara la edad adulta, pero necesitaban una masa de población que sí lo hiciera. “Una sociedad inmortal y sin relevo generacional, tanto genético como de pensamiento, es una sociedad estancada. Y una sociedad estancada es una sociedad muerta”.
        Pese a ser inmortales, o precisamente por eso, los humanos necesitaban del impulso de cambio que traen la juventud y la adolescencia para poder evolucionar, para aportar nuevos desafíos y nuevas ideas, para proveer a la Humanidad del punto justo de rebelión, y que ese caos jugara a favor de la cultura y de la sociedad. Necesitaban de esa masa de población inconformista y antibiobots para poder tener un futuro como especie. Pero no se trataba sólo de algo sociológico, sino también ecológico. No podían sobrecargar el planeta con una población en expansión constante, no ahora que iban a vivir en él por toda la eternidad. Sabían que se iban a necesitar miles y miles de nuevas leyes para poder establecer las normas básicas que permitieran convivir a las dos masas sociales en equilibrio.
        Aún estaban trabajando en ellas cuando todo cambió.
      Se había programado a los biobots para que no afectaran a la reproducción humana. Si un inmortal quería tener hijos podía hacerlo, sólo debía dar su vida por la nueva criatura cuando ésta entrara en la edad adulta. Hubo muchos que lo hicieron. Algunos porque estaban cansados de la inmortalidad, otros porque deseaban ser padres, otros porque comprendían la necesidad de que lo viejo diera paso a lo nuevo. Hubo tantas razones como padres. Ella misma, por ejemplo, jamás se lo planteó tras los tratamientos, no después de haber tenido ya dos hijos con Johan en su primera juventud; hijos que a su vez habían tenido sus propios niños. Johan y ella estaban satisfechos con el rumbo que había tomado su vida. Ella en concreto ya había dejado su herencia en el mundo, y no sólo en forma de vástagos y herederos, sino a través de los mismos biobots que su trabajo había ayudado a que vieran la luz.
        Los biobots eran seguros. Eso era algo que todos los investigadores, comités éticos y todos los que se habían tratado creían saber con certeza. Pero las certezas no duran para siempre. Los biobots habían sido seguros durante casi tres siglos. No afectaban a los procesos del pensamiento humano, no alteraban sus patrones de conducta. No afectaban a la reproducción humana.
        Hasta que un día lo hicieron. Mutaron. Evolucionaron. Como lo haría cualquier otro ser vivo. Sólo que mucho más rápido. La vida se abre camino, como había leído Elena en un viejo libro de su abuela de cuyo título no lograba acordarse. Y los biobots, al fin y al cabo, estaban vivos, aunque fuera de una forma extraña y peculiar. Algo que nadie, jamás, se había parado a pensar en profundidad.
        —Primero lograron traspasar la barrera placentaria —susurró Elena en medio del total silencio que imperaba en la sala de juntas—, y luego comenzaron a pasar de padres a hijos, reproduciéndose como los virus dentro de un huésped. Nos empezaron a usar ellos a nosotros a su favor y ni siquiera nos dimos cuenta. Tendríamos que haber imaginado que algo no iba bien, que algo fallaba, pero no hicimos caso. Porque nos pareció algo bueno.
        Elena apretó los dientes, llena de amargura.
        —Fue casi como si tuvieran inteligencia. Fue como un caballo de Troya, como esa vieja leyenda de la humanidad. Nos engañaron. Nos usaron en nuestra propia contra. Nos…
        Sacudió la cabeza y alzó la vista hacia el techo, apartándola del espejo.
        Primero habían curado todas las enfermedades genéticas, congénitas y de cualquier otro tipo que pudiera llegar a desarrollar un feto.
        Elena estuvo a punto de soltar una risita llena de cinismo en cuanto aquel recuerdo se abrió paso desde las profundidades de su mente. El cebo. Y ellos lo habían mordido encantados.
      Los investigadores empezaron a estudiar aquel extraño cambio en los biobots en cuanto comenzaron a nacer niños con biobots en sangre y el contenido de los artículos en que publicaron sus conclusiones fue sorprendente. Era un fenómeno benigno. Casi una nueva bendición para la Humanidad. Las pequeñas máquinas orgánicas no inmortalizaban los tejidos de los sujetos hasta que los telómeros cromosómicos no se acortaban lo suficiente; esto es, hasta que el niño no llegaba a la edad adulta. Era un descubrimiento asombroso, innovador, lleno de posibilidades. Suponía el tratamiento de gran parte de las enfermedades humanas intraútero sin afectar al crecimiento. Una revolución a escala sanitaria como no se había vivido desde la aparición de los biobots y los tratamientos de inmortalidad y rejuvenecimiento.
       Los únicos que no se habían regocijado con aquellas noticias habían sido los por entonces grandes conglomerados farmacéuticos que se habían enriquecido con la inmortalidad, y que aún seguían haciéndolo. Porque si los biobots podían pasar de padres a hijos y sólo se activaban a pleno potencial con la llegada de los humanos a la madurez sexual, la población ya no tendría que pagar, se limitaría a heredar.
        Más allá de las protestas de aquellos monstruos empresariales, la única otra preocupación se desató en determinados círculos de pensadores. Y fue de índole ética y moral. Porque aquellos niños serían adultos inmortales lo desearan o no. ¿Era ético cargarles con semejante peso sin que hubieran alcanzado la madurez necesaria para tomar una decisión respecto a su futuro? Convertirse en inmortales de modo forzoso afectaría no sólo a su longevidad, sino a su reproducción, a todos los pequeños detalles de su existencia. ¿Debían inactivar la carga de biobots en sangre nada más nacieran estos niños hasta que fueran lo suficientemente mayores como para elegir? ¿O no debían hacer nada y tan sólo limitarse a aceptar lo que había ocurrido? Pero si inactivaban los biobots heredados, ¿ese futuro adulto o sus padres no estarían en su derecho de denunciar al personal sanitario con posterioridad por haber privado a un ser humano de su derecho a la herencia genética?
        Al final, tras décadas de deliberaciones, decidieron que el derecho genético primaba sobre las posibles consecuencias en la libre elección de la inmortalidad de los niños-bots, como pasaron a llamarse. Por ello, serían sus progenitores quienes decidieran sobre la inactivación o permanencia de los biobots en la sangre de sus hijos, como responsables legales que eran. Casi la mitad de la población afectada optó por la inactivación, ya fuera por inquietud ante aquel inesperado cambio en los biobots o por cuestiones de libre albedrío, para desconcierto de los científicos y alegría de los grandes conglomerados farmacéuticos. Pero más de la mitad no lo hizo. Se trató de la parte más pobre de la población, aquella parte que sabía que, de no ser por eso, no podría garantizar el acceso a la inmortalidad a sus vástagos antes de que les llegara la hora de dar su vida por ellos como buenos ciudadanos inmortales.
        ¿Fueron ellos los que condenaron a la Humanidad? ¿O fueron los que inactivaron los biobots de sus hijos?
        «El hecho de que los biobots comenzaran a pasar de padres a hijos a escala planetaria casi al mismo tiempo debió habernos alertado de que había algo extraño en ellos, de que algo había cambiado».
        Elena cerró los ojos durante un instante y se volvió a acercar a la mesa con el rostro crispado. Hacía mucho que no sentía furia en su interior, pero ahora, con los recuerdos bullendo dentro de ella, la vieja ira asomó de nuevo. Apartó una silla de malos modos y se dejó caer en ella con torpeza. Los recuerdos eran demasiado abrumadores para soportarlos de pie y se notaba el rostro caliente por la rabia mal contenida.
        No toda la humanidad había estado tan ciega, eso tenía que reconocerlo. Hubo algunas voces que lo denunciaron por la red, en los medios de comunicación, en los foros especializados, pero se les tachó de conspiracionistas o de tarados antibiobots. Sin embargo, un pequeño sector de la población les hizo caso y solicitó la reversión del tratamiento de inmortalidad, pese a los posibles efectos secundarios que pudiera sufrir.
      Y las consecuencias fueron terribles: envejecimiento acelerado, cáncer, una variante muy agresiva de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, demencia senil, trastornos mentales... La Humanidad había convivido demasiado tiempo con aquellas criaturas en su organismo y ahora dependía de ellas. Habían alcanzado una simbiosis perfecta. Tal vez por eso, cuando fueron desactivados, todo lo que los biobots habían curado o impedido que se desarrollara azotó con la fuerza de un castigo casi divino a quienes optaron por la reversión. En el momento en que la red comenzó a hacerse eco de estos casos, la gente se horrorizó e incluso aquellos que con más vehemencia pregonaban la reversión de la humanidad a lo que era su naturaleza original tuvieron que rectificar. La reversión era inhumana, no era ética, no era moral. Era un peligro sanitario. Una enfermedad. Muy distinta de la eutanasia controlada cuando un inmortal cedía su puesto a un vástago por voluntad propia. La reversión era un infierno. Nadie imaginó que aquello sería tan sólo el principio.
        No se supo hasta un par de siglos después, pero los biobots consideraron aquella inactivación forzosa de parte de sus unidades, de su comunidad, un ataque, una invasión de su ecosistema por parte de otra especie, una alteración del equilibrio imperante hasta el momento. Una amenaza contra su supervivencia. O, quizá, hasta una declaración de guerra. Esa fue al menos la conclusión a la que la comunidad científica llegó mucho después, cuando ya fue demasiado tarde para dar marcha atrás.
        Lo primero que hicieron los biobots fue reprogramarse a sí mismos, haciéndose inmunes a los protocolos de inactivación.
        «No lo sabíamos entonces, pero hacía ya mucho que los pequeños bastardos habían aprendido a comunicarse entre ellos. La información pasaba de persona en persona, como una enfermedad de transmisión sexual, de los biobots de una persona a los biobots de otra».
        Elena se estremeció, pese a la agradable temperatura de la sala de juntas.
        «Se deslizaron de persona en persona a través de un beso, a través de una botella compartida, a través del mismo acto del amor. Nunca por el aire».
        —Pero no les hizo falta —concluyó Elena en voz alta, la voz rebosante de amargura y furia—. Si hay algo que nos gusta a los humanos es besarnos, tocarnos, relacionarnos unos con otros. No debió de serles complicado aprender a saltarse nuestras barreras. Si querían hacer el trabajo para el que habían sido programados, tenían que estar en todos nuestros fluidos, cuidando de nuestros cuerpos todo el tiempo. En toda la humanidad, no sólo en una parte de nuestra población. Fuimos tan… ilusos…
        Los científicos lo compararían más tarde con la conjugación bacteriana: vectores de información pasando de una máquina a otra, sin detenerse ante nada ni nadie.
        «Y el inicio de su ataque contra nosotros fue tan sutil que nadie lo vio empezar. No vimos que la población no tratada estaba contagiada hasta que ellos también dejaron de envejecer».
        Elena cerró los ojos y se reclinó en la silla. No sabía ni qué estaba haciendo allí, en aquella habitación, recordando todo aquello. Torturándose con todo aquello, más bien. Tal vez fuera su particular forma de castigarse a sí misma por su participación activa en el inicio del fin del mundo, porque los remordimientos eran cada vez más fuertes y se sentía al borde mismo del colapso emocional. Pero carecía del valor suficiente para acabar con todo. Porque era una cobarde.
        La verdad era que sí sabía qué estaba haciendo en la sala de juntas, era estúpido mentirse a sí misma. Abrió los ojos y miró de reojo el botecito que llevaba todo el rato encima de la mesa, allí, justo en medio, fuera del alcance de su mano a no ser que se reclinara sobre la fría superficie. Sabía lo que contenía. Era ella quien lo había dejado allí hacía ya varias horas. Y era también la razón principal por la que se había encerrado en aquella habitación, la misma en la que, tantos años atrás, había luchado y clamado porque financiaran la investigación sobre la inmortalidad. Quería terminar con su vida donde todo había empezado, pero ahora ya no se sentía con fuerzas. Tenía miedo. Miedo a la muerte que había eludido durante tantos siglos.
        Suspiró y volvió a cerrar los ojos. No quería pensar, no quería recordar más. No quería vivir más. Quería que aquella pesadilla acabara… Pero no quería morir.
        Esa estúpida ironía estuvo a punto de hacerla reír, al igual que su siguiente pensamiento: los biobots tampoco querían morir.
        «De modo que intentaron hacer lo que todo ser vivo: seguir con vida, reproducirse, prosperar».
        Y esa había sido la clave, después de todo, la respuesta final. Porque los biobots habían sido programados para reproducirse y mantenerse a niveles constantes dentro de su organismo anfitrión, para compensar de ese modo su propio envejecimiento y muerte. Habían sido programados para vivir. Y por eso cambiaron. Habían logrado pasar de padres a hijos. Habían logrado heredarse a sí mismos junto con la reproducción humana. Si lo pensaba detenidamente, contagiarse a la población no inmortal había sido el salto lógico a nivel poblacional, parte de su evolución como especie. Querían perpetuarse a sí mismos y para ello tenían que eliminar a la población competidora por los recursos.
        Elena sonrió con cinismo. Era curioso cuánto había aprendido de ciencia durante los siglos que había vivido, más de lo que nunca había imaginado en su juventud.
        «Por eso, cuando parte de su población fue atacada y asesinada, se reprogramaron a sí mismos para poder seguir vivos, para que no los apagáramos, para que no pudiéramos matarlos y dejáramos de tener poder sobre ellos. Y luego nos infectaron a todos. Ecología de poblaciones».
Fue entonces cuando empezó el fin del mundo.
       Se abrió paso con el sigilo de un cáncer en el siglo XX. Indetectable hasta que algunos antibiobots, o niños-bots en los que años atrás se habían desactivado las pequeñas máquinas biológicas, dejaron de envejecer y se volvieron inmortales. Ninguno dio mucha importancia a los primeros síntomas —ausencia de canas o arrugas en el rostro—, pero cuando desaparecieron enfermedades crónicas que en la anterior revisión médica habían estado ahí, o cuando la juventud, madurez o vejez comenzó a alargarse de modo anómalo, la Humanidad supo, por fin, que algo había salido tremendamente mal.
        Hubo denuncias contra las grandes corporaciones farmacéuticas. Fue algo inevitable, eran el viejo enemigo. Se las acusó de inocular a la población en contra de su voluntad para obligar a la fracción más anciana de la misma a someterse a los tratamientos rejuvenecedores. Según las facciones más radicales de antibiobots, tenía sentido que lo hubieran hecho, porque, después de todo, hacía décadas que sus ganancias menguaban porque la gente ya no necesitaba de sus tratamientos. Inoculando la inmortalidad a la fuerza a la parte más envejecida de la población se aseguraban ingresos adicionales con los tratamientos rejuvenecedores: nadie quería ser eternamente viejo. Los juicios se prolongaron durante años al tiempo que dichas empresas gastaban millones, no sólo en abogados, sino en investigación. Necesitaban respuestas.
        Elena no recordaba con claridad aquella época, apenas había prestado atención a las noticias, sólo a los artículos científicos, pero sabía que mientras los investigadores intentaban averiguar qué estaba pasando con los biobots, más y más gente que no debiera poseerlos en sangre empezó a tenerlos. Y toda esa tensión social tuvo consecuencias. En algunos círculos, y creía recordar que hasta en algunos países, la inmortalidad había empezado a considerarse una enfermedad y a ser tratada como tal. Sabía que durante unos años se habían establecido comunidades aislacionistas donde los inmortales no eran bienvenidos, pero no habían tardado en desaparecer. Desconocía las razones. No le había interesado. Había estado demasiado ocupada contemplado con horror cómo el fruto de todos sus esfuerzos y esperanzas de juventud se convertían en una pesadilla. En el inicio del fin del mundo.
        Hubo varias publicaciones que desvelaron qué era lo que ocurría con los biobots, pero ella recordaba sobre todo una de ellas. Aquella que llevó por título: “Bioevolución de los biobots. De herramienta en la cura de la mortalidad al organismo autónomo”. En ella, un grupo de científicos sudafricanos desgranaba los escalofriantes cambios que se habían operado en los biobots. Comparaban la secuencia original con la actual, indicaban qué hacía cada uno de los nuevos genes y desglosaban las nuevas funciones que parecían haber adquirido de modo espontáneo. Pero, sobre todo, reconocían que ya no podían ser desactivados. Que la humanidad había perdido el control sobre ellos. Que eran un ser vivo que podía contagiarse como una enfermedad.
        Aun recordaba el impacto que aquello causó en la sociedad cuando llegó a las noticias después de que las corporaciones farmacéuticas ganaran los juicios. Hubo suicidios en masa por parte de los antibiobots que habían sido infectados. Viejos grupos religiosos clamaron de nuevo en contra de que el Hombre se hubiera atribuido prerrogativas que sólo correspondían a Dios y que, por culpa de la avaricia e insensatez humana, ahora estaban supeditados al poder de aquellos seres antinaturales que decidían el futuro del ser humano y su evolución.
        Elena podía repetir todavía en su mente cada una de aquellas palabras. Las había paladeado en cada conferencia a la que había asistido como ponente de la Comisión Europea para desmontarlas, para tranquilizar a la población, para hacerla desistir de posibles suicidios. Porque, pese a todo, los biobots seguían siendo seguros. Seguían haciendo su trabajo. No habían afectado al libre albedrío humano, dijeran lo que dijesen los extremistas religiosos, igual que no habían afectado a la reproducción humana más allá de la herencia de los biobots. Los niños que nacían eran sanos y perfectos, el único problema era que serían inmortales lo desearan o no, en cuanto alcanzaran la edad adulta.
        Sin embargo, pese a la tranquilidad que transmitían de cara al público con cada conferencia y cada comunicado, la Comisión y los comités éticos mundiales estaban asustados. Se avecinaba el estancamiento cultural y social que tanto habían luchado por evitar: la parálisis del pensamiento, la ausencia de cambio, el fin de nuevas ideas, el fin de la evolución social. Sólo esperaban que no fuera total y que los escasos nuevos nacimientos que se produjeran bastaran para compensar la enorme masa inmortal.
        Pero una vez más se equivocaron. Porque lo que ni siquiera se les ocurrió pensar es que, tan sólo unas pocas décadas después, los biobots, espoleados por su loca y ciega carrera evolutiva, acabarían haciendo inmortales a los fetos, deteniendo su envejecimiento y maduración. Aun dentro de las madres, dejando a estas eternamente embarazadas. Inmortalmente embarazadas.
        Elena bajó los ojos y contempló con asco y repugnancia su eterno vientre. Uno del que no podría librarse ni abortando, no si quería seguir viva. Se estremeció, y la furia que la ha había invadido un rato antes se esfumó, apagándose como una hoguera bajo el embate de las olas, dejándola fría y sin emociones.
        Ese fue el primer callejón sin salida evolutivo al que llegaron las pequeñas máquinas biológicas. Al adquirir la mutación que inmortalizaba a los fetos en torno al quinto mes de embarazo bloquearon su propia propagación. No habría más niños. Y sin más niños, no habría un incremento de la población de biobots. No podrían reproducirse junto a los humanos nunca más.
        «Pero no hay intelecto detrás de la evolución natural. Los biobots sólo están vivos, nunca han sido una especie pensante, aunque a veces nos lo pareciera. Sólo cambiaron en respuesta a su ecosistema, intentando adaptarse a él. Lo malo es que para nosotros ya era demasiado tarde».
        Antes de que a ella le llegara su pequeña fracción de aquel horror, se había optado por el aborto para liberar a las mujeres que se habían quedado inmortalmente embarazadas. Y durante un tiempo funcionó.
        Pero los biobots no tardaron en mutar de nuevo, esta vez atacando el sistema nervioso del huésped y provocando la muerte de las madres que intentaban abortar. Autodefensa en la forma de un asesinato-suicidio. Un escenario de todos pierden. Otro callejón sin salida para la supervivencia de las propias criaturas. Uno más. Pero lograron ganar. Porque la Humanidad, aterrada, detuvo los abortos y las mujeres se convirtieron en prisioneras de los biobots.
        Todo se había desmoronado entonces, Elena aún podía recordarlo con más claridad de la que le hubiera gustado.
        «Prisioneras, sí, porque hasta los anticonceptivos hormonales dejaron de funcionar, nos hicieron inmunes a ellos y secuestraron nuestra reproducción —un escalofrío recorrió el cuerpo de Elena y esta se abrazó a sí misma en un vano intento de entrar en calor—. ¡Maldita sea! ¡Si incluso los preservativos volvieron a ponerse de moda!»
        Por desgracia, no fue antes de que hubiera un aluvión de nuevos embarazos no deseados. Después de aquello, llegaron los años de suicidios, los años de horror. Y finalmente los años de aceptación. Mujeres presas de su propio vientre, aborreciendo lo que llevaban dentro y de lo que nunca se podrían librar. No podían abortarlo y tampoco nacería nunca. Pero ellas no habían sido las únicas que habían sufrido, todo el planeta lo había hecho. La decisión tardó años en llegar, tras múltiples debates éticos y morales. Estaban condenados como especie, comenzaban a verlo. Prácticamente toda la población mundial era ya inmortal y, si no podían reproducirse, no habría más cambios ni retos, ni la juventud relevando a la vejez. Ni nuevas formas de pensamiento revolucionario. Ni nuevas ideas. Ni el empuje de la adolescencia como fuerza de cambio. Sólo los mismos viejos patrones de pensamiento rumiados una y otra vez. Habían llegado a su propio callejón sin salida y no tenían modo de volver atrás.
        De modo que lo único a lo que aspiraron todos aquellos comités en todas aquellas reuniones fue a intentar evitarle nuevos horrores a la Humanidad. Fue así como se decidió que la mejor opción que tenían era recomendar la esterilización de toda población que así lo deseara. Eso evitaría nuevos embarazos, suicidios y muertes. Ya nadie tenía esperanzas en que los preservativos fueran eficientes durante mucho más tiempo: habían visto cambiar demasiadas veces a los biobots y cómo saboteaban, una y otra vez, cada pequeña victoria humana. Así que, aunque la esterilización condenara a la larga a la Humanidad como tal, la vieron como la única salida. La mayoría de las mujeres no embarazadas lo aceptaron. Ella misma lo aceptó. Aunque al final no había servido de nada.
        Elena apartó los ojos de su vientre y volvió a posarlos en el frasco que había sobre la mesa; la salida que no tenía el valor de tomar, igual que muchas otras mujeres en su mismo estado.
        «Ojalá tuviera el valor. Ojalá no recordara los ojos de Johan cada vez que miro ese frasco, o sus manos sobre las mías. O el olor del viento cargado de lluvia en las tierras altas de Escocia. O las estrellas sobre mí en medio de la noche».
        Había tantas razones por las que aferrarse a la vida como las había para el suicidio.
        «Nos vimos obligados a conformarnos con ser inmortales en una sociedad estancada. A ser inmortales en el fin del mundo. Sin esperanzas, sin cambios, sin futuro, pero vivos. Condenados, pero vivos. Ojalá lo de la esterilización hubiera salido bien. Hubiera sido una pequeña victoria».
        Porque los biobots aún les tenían una última y desagradable sorpresa preparada. ¿Qué eran los biobots sino pequeñas máquinas biológicas diseñadas para reparar los tejidos? No les costó demasiado curar la esterilidad humana que les impedía reproducirse en un feto, fue cuestión de unas pocas décadas. Lo malo fue que sus funciones estaban ya tan alteradas, se habían reprogramado a sí mismos tanto, que la única salida que encontraron para sortear el problema fue algo parecido a la partenogénesis: la reproducción sin intercambio genético, la creación de un nuevo feto, de una nueva vida, a partir de un solo óvulo o incluso de una sola célula a la que revertían al estado de célula madre.
        «Y así fue cómo nos dejaron a todas preñadas, hablando entre ellos, compartiendo información como bacterias, extendiéndose por nuestro cuerpo como virus y usándonos como los parásitos usan a sus huéspedes. Así fue como nos condenaron a nosotros y se condenaron a sí mismos. Así fue como llegamos al fin del mundo. Al fin de la Humanidad».
        Elena posó una mano sobre su abultado vientre y se puso en pie con dificultad para mirarse de nuevo en el espejo.
        Estaba viva, seguiría viva. Eternamente viva, eternamente embarazada. Y eternamente muerta.

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