Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 3 de junio de 2018

Veinte minutos, veinte años luz


        ¡¡Buenos días a todos!!

        Hoy os traigo aquí el relato que envié a la convocatoria del Segundo Premio Ripley y que no ha sido seleccionado. Espero que lo disfrutéis un montón y que no os parezca demasiado rarito XDDD

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        ¿Se podían recorrer sesenta años luz en sesenta minutos? Eso creían nuestros científicos. Las pruebas preliminares con distancias mucho más cortas habían sido un éxito y hacía ya años que se podía viajar a los confines del Sistema Solar en apenas un suspiro. Todo lo que hacía falta era un observador consciente. Uno. Uno solo.
        Y un motor de pares cuánticos.
        La Kibō tenía todo eso. Me tenía a mí y tenía el motor. Estábamos tanto la parte mecánico-cuántica para establecer las múltiples probabilidades a través de los diferentes universos, como yo misma para hacer colapsar las ondas en el resultado deseado: no estar aquí, sino allí, lejos, a un año luz de distancia del punto inicial. Un minuto entre cada salto para que yo me pudiera adaptar al nuevo entorno y a las nuevas condiciones. Un año luz para que imaginar esa probabilidad fuera factible para la mente humana. Sesenta minutos de viaje y sesenta años luz recorridos hasta un nuevo planeta donde establecernos.
        Parecía sencillo.
        No lo fue.
        O ha sido.
        O está siendo.
        O es.
        O será.
        El motor falló.
        O yo fallé.
        O, tal vez, nuestros científicos estaban equivocados.
        No creo que lo descubra nunca. No creo que pueda volver a casa. No creo que vaya a llegar jamás a nuestro destino.
        O quizá sí.
        Quizá pueda preguntármelo a mí misma en algún momento del futuro. O del pasado. O ya ha ocurrido, ocurrirá, está ocurriendo.
        Es posible que me haya vuelto loca.
        Después de todo, llevo veinte minutos, veinte años luz, conviviendo con mis fantasmas.


        Sin embargo, no son fantasmas. Son tan solo posibilidades de mí misma de otras dimensiones, otros universos, otras realidades, donde yo no estoy aquí sino allí. Ya sea porque viajo con el mismo motor que tiene mi nave o porque lo hago a velocidades cercanas a la luz en aquellos tiempos/lugares donde la humanidad no ha desarrollado el motor de pares.
        Incluso en esas ocasiones yo soy yo. Creo que ese fue uno de los errores de nuestros científicos: no tener en cuenta que yo podría ser la misma, pero la nave no; aunque sí lo suficientemente parecida como para establecer un par. O, como ya he dicho, también es posible que sea yo la que ha fallado, al fin y al cabo, me puedo imaginar a mí misma en cada uno de esos otros universos, en cada una de esas otras naves, y seguir siendo la que soy. Más vieja. Más joven. De la misma edad. En otro tiempo.         En el mismo tiempo. En el pasado. En el futuro. Sin dejar de ser quien soy. Prueba de ello es que ahora estoy rodeada por todas ellas.


        Los primeros treinta y cinco saltos fueron bien. No hubo alteraciones ni problemas. Fue en el minuto treinta y seis cuando todo empezó a fallar. En ese momento no lo vi, tardé en darme cuenta de que ocurría algo.
        Debo aclarar aquí que la yo de la que hablo es esta yo. La capitana observadora Agnieszka El-Hashem, centésimo quinta observadora de la flota de la Unión Asiático-Europea, nave colonial interplanetaria de motor de pares Kibō Budushcheye, versión de la realidad… esta.
        Ya sé que se le asignó el número cero a la mía, lo sé muy bien, pero, después de conocer a las múltiples variantes que me acompañan ahora, ¿quiénes somos, quién soy yo, para determinar cuál de todas las posibilidades fue la cero? Algunas de las otras están también convencidas de ser la cero, estoy segura de ello. ¿Quién de nosotras tiene razón y quién está equivocada? Yo desde luego no puedo saberlo.
        Como iba diciendo, el motor, o yo, o ambos, falló, fallé, fallamos, en el minuto treinta y seis. No lo vi. Y seguimos saltando. Yo colapsando las infinitas posibilidades hacia una que nos llevara un año luz más lejos y la nave ofreciéndome todas ellas a través de nuestra conexión neural.
        Fue en el salto cuarenta y dos cuando la vi. Me vi. A mí misma. Sentada a mi lado en vez de en el mismo asiento. Nunca me siento ahí para saltar. Ese es el de la capitana de mando de la Kibō, Eleanor, que duerme junto al resto de la tripulación y los colonos en sus cámaras de inhibición de consciencia.
        Esa otra yo también me vio. Sus ojos se desorbitaron. Fuimos a hablar. Y volví a saltar. Y ahí se quedó mi fantasma, paralizado, a medio camino de articular una palabra.
        Tal vez ese concepto no sea el correcto. Tal vez no haya modo alguno de definirlo bien. No estaba paralizada. Solo ralentizada. Solo en otro tiempo.
        En el salto cuarenta y tres aparecí un poco por delante. Como si estuviera integrada en el panel de mando antes de que ambas posibilidades se convirtieran en una.
        No, dos personas no pueden coexistir en el mismo lugar en el mismo tiempo. Sí, en cambio, en cursos temporales diferentes. Creo que eso es lo que hizo el ordenador de la nave. Ralentizar a las demás. O acelerarme a mí.
        El puente se llenó de pronto de más y más versiones mías. Muchas estupefactas, otras intrigadas, unas pocas asustadas. Algunas claramente más viejas que yo. Otras más jóvenes. Otras apenas distinguibles de esta yo. Seguí saltando, saltando, saltando… No podía parar, no podía detenerme, no podía dejar de elegir. Tenía que llegar a mi destino, completar el viaje, y tal vez entonces todos esos ecos, todos esos fantasmas, se desvanecerían.
        Y entonces todo se detuvo. Quedamos varadas. Quedé varada. En medio de ninguna parte. En medio de un salto. En medio de… No sé cómo explicarlo.
No hay estrellas, no hay universo, no hay nada ahí fuera.
        No sé qué retorcida posibilidad hice colapsar durante mi último loco salto, el cincuenta y cinco, pero nos ha traído aquí. A todas. A mí. En tiempos diferentes.
        Veinte minutos en los que todo se ha torcido. Veinte años luz desde que todo empezara a fallar.
        No ha habido más saltos desde entonces. La nave no funciona. El ordenador no funciona. No hay más posibilidades. No me ofrece nuevas salidas. Tampoco discurre el tiempo.


        Tal vez esto último no sea del todo cierto. He establecido ciclos de vida, una rutina. Tengo sueño. Tengo hambre. Como. Bebo. Me acuesto. Sueño con la Tierra, con su aire cálido o frío, con el viento en mis cabellos. Me levanto. Voy al baño. Hablo con mis fantasmas. Ellas no responden. No sé siquiera si me pueden percibir. Colonizan el puente de mando. Algún pasillo. Hay una en mi camarote. Se mueven, aunque no todas a la misma velocidad. Algunas lo hacen de modo tan lento que apenas se puede percibir, solo lo ves si te fijas bien: un parpadeo, un gesto en los labios, una palabra a medio pronunciar. Otras lo hacen de modo más rápido. Casi puedo interactuar con ellas, escuchar su voz. O eso me imagino.
        A veces he visto alguna sombra que apenas dura lo que un latido de corazón. ¿Una yo acelerada de otra dimensión? No lo sé. No quiero pensarlo.
        Trato de hacer mi vida. Tengo que encontrar una salida. Inspeccionaré los informes de salto, la bitácora, las lecturas de los sensores externos de la nave. Tiene que haber algo ahí fuera además de esa nada que parece rodearme. Rodearnos.
        Sueño cada noche con el viento. Un viento que me arrastra lejos, que me lleva a otros mundos, a otros universos. Que me acaricia y me acuna.
        Me despierto en uno de los camarotes vacíos que no es el mío. Sola en la Kibō, salvo por mis fantasmas y los que duermen. No hay viento.



        Tengo que salir de aquí. Me estoy volviendo loca. Quizá ya lo esté. Han pasado doscientos tres ciclos. ¿Doscientos tres días? ¿Doscientos tres minutos? ¿Doscientos tres años luz? ¿Estoy tan solo en medio de otro salto y no soy capaz de escoger una probabilidad? ¿Es eso lo que ocurre?
        Me desconecté del ordenador cuando todo se detuvo. Eso lo recuerdo. Recuerdo el viento enredándose en mis cabellos, jugando con ellos, rozando mi piel. Recuerdo mis sombras. Eran veinte. Ahora solo encuentro catorce. Parece que algunas han desaparecido. ¿Han saltado lejos abandonándome aquí? ¿Son reales? ¿Son fruto de mi imaginación?
        ¿Sigo conectada al ordenador de pares y el sistema me está ofreciendo múltiples posibilidades de mí misma entre las que elegir?
        No lo sé.
        Tal vez deba despertar a la capitana.
        Tal vez deba despertar a alguno de los ingenieros cuánticos.
        Tal vez eso solo empeore las cosas. Conozco cada uno de los informes de lo que ocurría cuando los científicos desconocían lo crucial que era mantener un único observador. Diferentes observadores, diferentes colapsos. Simultáneamente. En la misma nave. En el mismo espacio. En el mismo tiempo. Y el aire de la Tierra esparciendo sus cenizas, sus mutaciones, sus cuerpos fusionados. Sus restos irreconocibles. No quiero eso… aún. Tal vez lo elija en el futuro. O ya lo he elegido y por eso desaparecen mis fantasmas como arrastrados por el viento.
        Sigo intentando comunicarme sin éxito. Hablo con ellas. Con vosotras. Os cuento cómo hemos llegado aquí. Es lo único que me queda. Es lo único que puedo hacer mientras esté aquí, encerrada.
Las provisiones de emergencia se acabarán pronto. ¿Debo dejar de comer? ¿Si lo hago el tiempo suficiente dejaré de tener hambre?
        No lo haré. Seguramente muera.
        Solo transcurre el tiempo para mí. No hay lecturas de nada ahí fuera. No hay aire. No hay viento. No hay gravedad. No hay espacio. Los sistemas se vuelven locos si intento medir algo. Tal vez sea correcto decir que hay demasiado ahí fuera en vez de nada. Demasiado de todo. Demasiadas posibilidades y, al mismo tiempo, ninguna.


        Tras pensarlo durante varios ciclos, me he vuelto a conectar al ordenador para comprobar si la última teoría es correcta y lo que hay en el exterior son posibilidades infinitas que yo deba intentar colapsar. No se me ha ofrecido nada. Ninguna alternativa.
        No una en la que yo exista.
        Puede que sea eso lo que está pasando.
        Que yo ya no exista en el futuro. Por eso he llegado hasta aquí y luego nada. Porque no hay una yo. No más lejos de este punto a cincuenta y cinco años luz de la Tierra, a cinco años luz de nuestro destino.
        Tal vez la Kibō se destruyó en todos los otros universos al ir más allá de este punto. Tal vez no viajó tan lejos. Tal vez yo muriera en el siguiente salto. Si no hay observador, no hay posibilidad alguna de colapso. No hay elección que realizar. Estoy atrapada aquí, en la nada, en medio de las infinitas opciones, en medio de los infinitos mundos paralelos.
        Es el fin. Es mi fin. Tal vez deba dejarme llevar por el viento de mis sueños, por ese que sopla agitando mis cabellos y removiendo el aire de la Tierra. Lo echo de menos. Más que el sol. Más que el agua. Más que a la gente. Puedo lidiar con la soledad, pero no con la monotonía.


        Han pasado ya casi trescientos ciclos. No soporto la soledad. No me soporto a mí misma. Tampoco puedo despertar a nadie de esta versión de la nave. No solo por los riesgos inherentes al par cuántico, sino porque ¿de qué serviría? He barajado programar sus cápsulas para que uno de ellos se active al mismo tiempo que me hago dormir a mí misma, pero ninguno de los otros tripulantes está entrenado como observador. Ninguno tiene un implante que les permita conectarse al sistema.
        Estoy sola.
        Sola con mis fantasmas.
        Sola como el viento.


        ¿Y si desconecto el ordenador que controla el motor de pares? ¿Y si lo apago todo? Reiniciar. Puede que funcione. Puede que nos saque de aquí. O puede que nos destruya.
        Antes eso que volverme loca.
       Si lo apago, ¿desaparecerán los fantasmas que quedan? Cada vez son menos. Se desvanecen. Dejan de existir. Se los lleva el viento. Flotan en el aire. No puedo tocarlos. Me piden ayuda. Suplican que las auxilie. Hace días que las oigo susurrar. Hablan con extrema lentitud. Cada letra tarda una eternidad en ser pronunciada, cada sílaba un eón, cada palabra más allá de mis capacidades, de mi tiempo, de mi vida. Si cierro los ojos y me concentro puedo intentar entenderlas. Entenderme a mí misma. ¿Me imploran por una salida? ¿O lo hacen por su muerte?


        No puedo desconectar el sistema. No tengo los permisos adecuados. Estoy aquí, atrapada, encerrada, sin origen ni destino. Sin futuro y sin pasado.
        Igual yo nunca he sido la real. Igual no soy sino un fantasma más. Un fantasma de otra Agnieszka.
        Eso es una falacia. Es falso. Debo recordarlo.
      Todas somos reales. En nuestro propio universo, pero lo somos. Es parte de lo que hace funcionar el motor de pares. La existencia de otras dimensiones, de otras copias que están en otro lugar, en otro tiempo, en otro espacio. Es lo que permite que el viaje interestelar de salto cuántico sea lo que es. Enlazarte con otro observador y colapsar las probabilidades de tu propio universo para que se parezcan a las de ese otro en cuanto a tu localización. Estar allí, en vez de aquí, como llevada por un viento cósmico.
        Si no hay una yo más adelante, entonces ¿qué puedo hacer? Si no puedo desconectar el ordenador, no puedo salir de la brecha entre posibilidades infinitas para luego despertar a la tripulación, delegar todo en la capitana de mando y seguir viajando a velocidades sublumínicas hasta nuestro nuevo hogar.
        Las otras desaparecen.
        Los fantasmas desaparecen.
        Se van y no vuelven.
        ¿Cuánto llevan ellas aquí?
        ¿Por qué se van?
        ¿Mueren?
        ¿Dejan de existir?
        ¿O… retroceden?
        Si no pueden avanzar, igual que yo no puedo avanzar —porque de existir alguna de nosotras que hubiera podido seguir adelante en algún momento del tiempo, ya sea en el pasado o en el futuro, las   demás también podríamos hacerlo—, tal vez pueda volver.
        No en el tiempo, sino en el espacio. Volver atrás. Volver al origen. Volver a la Tierra. O a cualquier otro sitio que no sea este.
        Cualquier cosa que ellas hayan hecho, yo también puedo hacerla; ya la he hecho o lo haré o lo estoy haciendo. No tengo ni que saber de qué se trata, tan solo buscar otro destino, otras opciones no muertas. Tiene que haber una salida.


        No estoy muy segura de haber programado el navegador de modo correcto. No soy piloto. No soy técnico de trayectorias. Solo soy una observadora de salto. Sin embargo, algo sé. He introducido en el ordenador lo que creo que es la vuelta a casa, a la Tierra.
        Voy a conectarme de nuevo al sistema. Veamos qué probabilidades me muestra. Veamos a dónde me lleva. A dónde se han ido los otros fantasmas. A dónde se los ha llevado el viento.


        He visto desaparecer a otra de las mías, a la última. Llevo mil ciento ochenta y nueve ciclos atrapada en este vacío. No me queda comida. Hoy se ha acabado el agua. Lo he probado todo para seguir avanzando. No hay salida. Nunca la ha habido. Nunca la habrá. No hay nada más allá. Tal vez ni siquiera existo y esto solo es el producto de una yo sentada en la Tierra conectada a la plataforma de entrenamientos, examinando todas mis variantes posibles. Nuestras variantes. Sus variantes.
        Quizá hasta no sea sino un programa informático que no sabe que lo es y se cree humana y que analiza las múltiples pautas de la física cuántica.
        Quizá las fantasmas solo sean simulaciones fallidas de esa mente.
        Quizá…
        Quizá…
        Quizá…
        Quizá…
       Voy a acabar con mi vida. Así se me podrá llevar el viento de vuelta a la Tierra. Así desapareceré yo también. O lo hará mi variante, esta variante. Una de las muchas Agnieszka. Una de las infinitas posibilidades de lo que es, fue y será. Una de las infinitas posibilidades de lo que soy, fui, pero que nunca seré.

domingo, 3 de diciembre de 2017

En algún lugar


 Buenas noches a todos. Hoy por fin os traigo el relato que presenté al concurso de Cachava y Boina de la editorial Cerbero. Tras no haber sido seleccionado, aquí lo dejo para que podáis leerlo a gusto. Espero que lo disfrutéis.

domingo, 1 de octubre de 2017

Leo Autoras Octubre

 

Muy buenos días, hoy comienza octubre y por lo tanto también comienza #LeoAutorasOct. ¿Y qué es eso? Os preguntaréis. Pues muy sencillo, se trata de una iniciativa para visibilizar a las autoras que consiste en leer solamente a escritoras durante el mes de octubre. Las podéis leer de cualquier género y época, los importante es que las leáis, que compartáis las que leáis, que os atreváis con esas escritoras que nunca habéis probado, en cualquier idioma que os apetezca… y que las visibilicéis en vuestras redes usando el HT #LeoAutorasOct. Podéis encontrar más información en el blog de la iniciativa y seguir su cuenta en twitter @leoautoras