Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 16 de mayo de 2016

Más allá del cielo


        Buenos días a todos.

        Hoy os traigo un nuevo relato, inédito hasta ahora. Se trata de "Más allá del cielo", un relato scifi ambientado en un planeta colonizado por la humanidad que se ha visto sumergido durante varias décadas en una guerra constante por la supervivencia. Es el que presenté al concurso de Visiones 2016 de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) y que al final no ha sido seleccionado para la antología. Podéis ver los que sí lo han sido AQUÍ. Y ahora, disfrutad de "Más allá del cielo".



Más allá del cielo


        Las cinco lanzaderas hendieron el cielo de mediados de primavera dejando a su espalda blancas estelas de vapor al alzarse sobre las llanuras. Jehlani, apoyada en la baranda de la cafetería, las siguió con la vista hasta que desaparecieron en el mar de pálidas nubes de aspecto plumoso.
        La mujer suspiró. En menos de una semana, sus chicos y ella emprenderían también el viaje hacia las estaciones orbitales para unirse al ejército que aguardaba sobre el planeta.
        No se sentía nerviosa ni asustada, sólo expectante e inquieta; aquella sería, después de todo, la primera vez que conduciría a sus nuevos reclutas a los campos de entrenamiento espaciales. Allí entrenarían durante tres meses para adquirir la formación necesaria que les permitiría luego patrullar los anillos ecuatoriales, las lunas y los cinturones de asteroides más cercanos al planeta. No era que alguien esperara problemas; no era que el gobierno planetario esperara una nueva invasión, pero hacía ya más de treinta años que los turnos rotatorios en el espacio se habían convertido en una rutina para el ejército cuando antes habían sido una necesidad.
        «Supongo que el impacto de más de medio siglo de guerras no se borra fácilmente. No cuando murieron tantos que casi nos extinguimos de este planeta».
        Su abuela había combatido en esas guerras, y también sus padres. De hecho, sus padres se habían conocido durante los últimos coletazos del conflicto y ella había nacido poco después. La historia de la dura supervivencia de la humanidad en Alssama corría por sus venas; no sólo a nivel genético tras haber heredado de sus padres las modificaciones a las que eran sometidos todos los soldados, sino con las historias que su familia le había contado desde la cuna. Historias donde cada palmo de terreno que ahora contemplaba se había ganado duramente. Donde cada asteroide, luna y base espacial había sido campo de batalla. ¿Cómo no alistarse en cuanto tuvo edad para hacerlo? Adoraba la época de las guerras que había vivido a través de sus padres. Adoraba las gestas de supervivencia de la humanidad tan lejos de su planeta de origen.
        Había demostrado muy pronto que tenía una aptitud natural para las armas, para pilotar las lanzaderas y las naves de combate; también para la estrategia en el espacio, pero, sobre todo, para el mando. Había destacado ya siendo cadete, pero donde en verdad había florecido, había sido en la escuela de oficiales.
        Por desgracia, había nacido en tiempos de paz.
        «Ojalá vuelvan pronto —deseó Jehlani desde lo más profundo de su alma, sintiéndose mezquina y miserable por hacerlo—. Sé que no está bien que desee que vuelva la guerra, pero…»
        Un nuevo suspiro tremoló en sus labios y se removió inquieta. Se sentía vacía desde hacía casi media década, y, cada día que pasaba, su vida le parecía más y más insulsa. Carente de sentido.
        —¿Para qué servimos los soldados en tiempos de paz? —Le preguntó a la nada con apenas un susurro—. ¿Para qué seguimos manteniendo todo esto, todas esas patrullas, toda esa formación en el espacio? ¿No hay nada mejor en que podamos invertir el capital planetario que en un conflicto que ya no existe?
        Jehlani bajó la vista hacia sus manos y contuvo el impulso de golpear la barandilla.
        «¡Maldita sea! No viví la guerra, ¿por qué la hecho tanto de menos?»
        —¿Pensando de nuevo en las guerras, capitana?
        La voz de su teniente, a su espalda, la sacó de sus lúgubres pensamientos, y se volvió hacia ella con una tensa sonrisa en los labios. No estaba de humor para aguantar sus puyas, pero se conocían desde hacía demasiados años como para alejarla ahora con una respuesta agria y amargada. Además, Luana la conocía demasiado bien.
        La otra mujer se acercó y la apartó a un lado de un golpe de cadera, para acodarse junto a ella en el mirador. Le guiñó un ojo. Jehlani se limitó a gruñir por lo bajo.
        —No es asunto suyo en qué estoy pensando, teniente —replicó de malos modos.
        —Sí lo es cuando se pone de ese humor. Luego no hay quien la aguante, capitana.
        Jehlani resopló, y siguió mirando las llanuras y las pistas de despegue de las lanzaderas, donde cientos de operarios se afanaban ahora en adecentarlas para los lanzamientos de los próximos días. No habría ninguno nuevo hoy, pero mañana saldrían otras cinco y en tres días más les tocaría a ellos.
        —Me preguntaba para qué sirve la gente como nosotros en tiempos de paz, teniente —musitó tras un largo silencio—. Todo ese dinero invertido, todos los años de formación… ¿Para qué? Todo el mundo dice que no van a volver.
       —¿Prevención? —Luana enarcó una ceja—. La colonización no ha sido fácil en ningún planeta, aunque nosotros lo tuvimos especialmente difícil, bien lo saben en la Tierra. Podríamos haber abandonado Alssama, pero ya sabe las riquezas que tiene; lo que dicen que obtenemos con las exportaciones —dejó escapar un resoplido y se volvió para mirar a su amiga—. Creo, capitana, que los jefazos piensan que aunque ellos no vuelvan, otras especies podrían atacarnos. Y si el gobierno quiere seguir manteniéndonos, yo no tengo ningún problema al respecto, la verdad.
        »¿Sabe lo que pienso, capitana? —Añadió Luana tras una corta reflexión, golpeando la barandilla de metal con las yemas de los dedos—. Que quieren asegurarse de que todo lo que se invirtió en repoblar con esas nuevas y flamantes naves coloniales no se pierda si ocurre lo peor. Tampoco quieren que si desmantelan toda la organización militar del planeta y luego nos atacan rueden sus preciosas cabecitas.
        —Lo sé… Es sólo que a veces…
       —Echa de menos lo que nunca ha vivido, capi, y se deprime y comienza a darle vueltas a todo —hizo una pausa, leve como el viento que soplaba fuera—. Debiera alegrarse de que no tengamos que combatir. De que sobreviviéramos y no nos hayamos extinguido. De que enviaran nuevas naves con nuevo material genético que nos salvó de la endogamia.
       Luana se dio la vuelta y apoyó los codos y la espalda en la baranda. Jehlani siguió con los ojos clavados en las pistas, los hombros hundidos de pronto, como si no pudiera soportar por más tiempo alguna invisible carga.
        —Es sólo que no puedo, teniente. Siento que he nacido para algo a lo que ya no puedo dedicarme. Que sólo sirvo para la guerra… cuando no hay ninguna en la que combatir. No tengo —Jehlani sintió de pronto como el ya familiar nudo de frustración y angustia le constreñía la garganta—, ninguna otra habilidad digna de mención.
        Luana la miró de reojo y luego señaló con un gesto de la barbilla al resto de su unidad.
        —¿Entrenarlos no cuenta? Es buena en eso, capitana, quizá ellos no vuelvan durante nuestras vidas, pero, ¿durante las suyas? Creo que es un buen objetivo por el que vivir.
        Jehlani resopló y apretó los puños con frustración, luego se irguió y sacudió la cabeza.
       —Valiente ironía. Alguien que no ha vivido las guerras, y no tiene experiencia en combate real, entrenando a quienes igual sí las viven.
        —Siempre ha sido así, capitana. Si mira la vieja historia de la Tierra, rara vez ha sido diferente.
        —No antes del inicio de la colonización. Antes…
       —Antes éramos unos bárbaros que se mataban a sí mismos —la reprendió Luana con sequedad—. ¡Estuvimos al borde de la extinción! Ahí sí que lo estuvimos, de verdad, y de forma definitiva. No eches de menos esos tiempos, Jeha, no es un buen camino.
        Que la teniente usara su diminutivo y la tuteara la azotó con más fuerza que si la hubiera golpeado. Jehlani tensó los hombros y clavó la vista en el infinito mientras sentía cómo la sangre le trepaba en ardientes oleadas por las mejillas y, no por primera vez, se sintió agradecida al oscuro color de su piel que impedía que su vergüenza fuera pública. Pero Luana leyó en ella igualmente y suspiró, luego le dio un amistoso codazo.
        —Lo siento, capi, pero ya le he dicho que cuando se pone así está insoportable. Como una tormenta de arena electrificada. Da calambre con sólo acercarse. No puede ir así a órbita. No puede entrenar a los nuevos así.
        «Maldita sea, me conoce demasiado bien. No sé si eso es bueno o malo. Sólo espero que no me conozca demasiado bien. Espero que nunca se dé cuenta de lo que ansío una guerra; de lo que haría por ello».


        Alssama se deslizaba lentamente sobre ellos, ocupando casi por completo la gruesa ventana del módulo orbital, brillando contra la negrura del espacio en blanco, azul y ocre, con algún que otro parche de color turquesa en el continente meridional. Los anillos ecuatoriales apenas resultaban visibles más allá de la estación como una pálida neblina perlada que abrazaba el planeta, perdiéndose tras su curvatura.
Muchos de los reclutas se arracimaban junto a Luana en torno al ventanal, y contemplaban fascinados el planeta que parecía flotar en el vacío. Susurraban entre sí, nerviosos y anonadados, como niños que ven el mundo por primera vez, según la teniente les señalaba, aquí y allá, lugares que se podían reconocer fácilmente desde la órbita.
        «No puedo culparlos —se dijo Jehlani, mientras los miraba con los brazos cruzados, flotando a poca distancia del techo, un pie apoyado suavemente en la pared—. Yo hice lo mismo la primera vez que subí. Y la segunda, y la tercera».
       La verdad era que resultaba difícil cansarse de aquellas vistas. Le recordaban a uno la propia fragilidad, lo vasto que era el espacio… Así como lo que era importante proteger.
        El rostro de Jehlani se ensombreció al tiempo que bajo ella se hacía el silencio y Luana dejaba caer el brazo junto a su costado. Nadie necesitaba que les dijera qué era lo que comenzaba a asomar por el horizonte del planeta en rotación. Tierra yerma, aparentemente calcinada. El continente oscuro bajo los blancos ciclones de nubes. Un sitio donde nada crecía fruto de la ingeniería genética alienígena. Nada crecería allí nunca salvo lo que ellos pudieran traer consigo en una futura nueva invasión.
        «Perdimos un continente entero —se dijo Jehlani—. Ni siquiera se atreven a explotarlo por miedo a que todo eso siga ahí, latente, pese a la ingeniería inversa con la que dicen que evitamos que se extendiera por el resto de Alssama».
        La capitana sacudió la cabeza y descruzó los brazos; luego se impulsó con suavidad hacia sus reclutas. Ahora sí que había llegado el momento de irse a los barracones que les habían asignado. Con aquel recordatorio de lo que una vez había estado a punto de ocurrirle a todo el planeta terminaba la primera clase de su entrenamiento orbital. Al menos por lo que a ella respectaba. Luana y ella siempre se quedaban ahí con los muchachos nuevos hasta veían desde el espacio aquella tierra muerta. Y todo porque ambas recordaban con claridad las emociones que había despertado en ellas el primer vistazo real a lo que la guerra podía hacerle a su hogar.
        Ayuda a que nos centremos en lo importante, le había confesado Luana un par de años después de que empezaran a hacerlo. Ella estaba de acuerdo en que era necesario, pero por una razón muy diferente.
        «Es poder en estado puro. Fuerza sin violencia física. Elegante y mortal. Con un simple gesto desde sus naves en órbita, y una simple sonda que franqueó nuestras defensas, acabaron con millones de vidas. Es impresionante. Así es como se ganan estas guerras. Ojalá no se hubieran retirado cuando pusimos en marcha nuestra propia guerra biológica, ojalá hubieran seguido combatiendo».
       Jehlani contuvo un suspiro y apartó aquellos pensamientos que cada vez la asaltaban con mayor frecuencia. No era el momento de amargarse con ellos y con lo que nunca tendría. A veces, fantaseaba con una guerra de réplica, con que la humanidad tuviera finalmente el valor de lanzarse al espacio a castigar a quienes les habían atacado en su propio sistema de origen. Pero no era viable. Tenían mucho que perder y poco que ganar. Ningún gobierno planetario autorizaría semejante locura a no ser que volvieran.
        La mujer apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula comenzó a dolerle.
        «¡Ya basta! Como dice Luana, pensar en eso no me lleva a ninguna parte. Más vale que nos movamos. Hay que comenzar la instrucción. Aunque cada vez me parece más y más…»
        —¡Muy bien, se acabó el descanso! —Jehlani alzó la voz, ahogando sus propios pensamientos, al tiempo que se detenía en la pared de al lado del ventanal y hacía girar su cuerpo para quedar boca abajo respecto a sus reclutas.
        Era algo que siempre hacía; los novatos tenían que aprender cuanto antes que allí arriba las direcciones a las que estaban acostumbrados importaban poco. Era un buen momento para que empezaran a acostumbrarse. Algunos sonrieron y se mantuvieron firmes, pero la mayoría la miraron desconcertados antes de cambiar su posición para alinearse con su “abajo”. Jehlani vio cómo Luana fruncía el ceño de forma apenas perceptible. Aquel grupo de reclutas les daría problemas. Mantuvo el rostro inexpresivo.
        —¡Lo que veis ahí, reclutas, es un recordatorio de a lo que nos enfrentamos una vez y, sobre todo, de aquello a lo que sobrevivimos! ¡¡También es un aviso!! ¿Y qué quiere decir ese aviso, reclutas?
       Aferrada a la pared, los miro a todos a los ojos, aguardando una respuesta. Algunos soldados rebulleron incómodos y flotaron contra los compañeros provocando un pequeño alboroto. Luana, que había retrocedido hasta situarse tras ellos, sonrió divertida. Nadie contestó.
        Jehlani frunció el ceño de modo amenazador.
        —¡¿Es que nadie tiene agallas para contestar, o sois todos una panda de inútiles ignorantes y me he equivocado al seleccionaros para esta división?!
        Hubo un momento de angustioso silencio hasta que una voz se alzó entre los de las últimas filas. Uno de los que estaba boca abajo respecto a ella.
        —¡Que el enemigo es poderoso, señora!
        —¿Estás seguro, recluta, Zhu? —inquirió con tono gélido, clavando sus ojos en los del joven, hasta que este se estremeció y apartó la vista.
        —Yo…
        —¿Estás seguro, recluta?
        —Eh…
       —¡Te he preguntado si estás seguro! —gritó, acercándose a él tras impulsarse suavemente contra su suelo.
        —¡Sí, señora! ¡Es un aviso de lo que harán si vuelven!
        Esa era la respuesta que buscaba. Jehlani sonrió como un depredador.
        —No —hizo una pausa en medio del silencio que siguió, y la sonrisa se borró de sus labios—. Es un aviso de lo que pasará si fracasáis, si no los detenemos a tiempo en la órbita, en las lunas o en los anillos. ¡Así que grabaos bien esa imagen en vuestras cabecitas, novatos! ¡Recordadla cada día que paséis aquí arriba! ¡Cada día que penséis que este entrenamiento ya no merece la pena! ¡Recordadla cuando creáis que, pese a todas las modificaciones genéticas que tenéis encima, no sois los suficientemente buenos para este trabajo! ¡Luchad y esforzaos hasta caer rendidos cada maldito día! ¡Luchad hasta ser lo suficientemente buenos! Pero, sobre todo, ¡luchad hasta ser los mejores! ¡Porque eso de ahí abajo, muchachos, es el precio del fracaso!


        Luana se situó a su lado mientras los novatos cruzaban la exclusa con más o menos torpeza, chocando unos contra otros, o impulsándose con demasiada fuerza en aquel entorno sin gravedad. Jehlani no la miró. Temía que, si lo hacía, sus pensamientos resultaran demasiado obvios para su amiga.
        —Eso ha estado bien, capitana. ¿Qué cara ha puesto este grupo?
        Jehlani arrugó los labios, los ojos clavados en los novatos.
       —Algunos de miedo, otros de determinación —respondió en voz baja—. La mezcla habitual. Ni mejores ni peores que los de otros años. La misma basu…
        La mujer se maldijo a sí misma en cuanto las palabras brotaron de sus labios, pero ya era demasiado tarde. Había vacilado, y Luana no era ninguna estúpida.
        «¿Qué es lo que te pasa, Jeha? ¡Esto es precisamente lo que querías evitar! ¿Cuándo aprenderás a no hablar más de la cuenta cuando Luana está cerca?»
        Sintió cómo la teniente se tensaba a su lado, y casi pudo oír cómo apretaba los dientes. No hizo nada hasta que el último muchacho hubo pasado y se quedaron a solas; luego giró sobre la pared para situarse cara a cara con ella. Aquellos ojos grises y acerados perforaron los suyos, negros como el espacio. Desvió la mirada.
        —¿En qué piensa ahora, capitana? ¡No! —Luana alzó la mano con gesto imperioso—. No hace falta que me lo diga. En que no habrá ningún fracaso porque no habrá ninguna guerra, ¿verdad? ¡Por el amor de los astros, capi! ¿Qué le pasa últimamente?
        Jehlani trató de pensar en algo con rapidez. Una mentira. Una excusa. Cualquier cosa que le sacara a Luana de encima. Necesitaba estar a solas. Necesitaba pensar. No enfrentarse a los despiadados ojos de la teniente. Pero no podía mentirle. No a Luana.
        —Algún día se darán cuenta de la mentira, Lua —bajó la voz todavía más, y se acercó a la pared; no quería que si algún recluta volvía las viera discutir—. Verán que todo esto es inútil y que no nos conduce a ningún sitio. Acabarán amargados, adictos a lo que sea que se ponga de moda, sin nada a lo que dedicar sus vidas estériles y vacías.
        La teniente abrió la boca para objetar, pero Jehlani no le dejó interrumpir.
       —Piénselo, teniente, les contamos un montón de mierda desde que llegan aquí. ¿Qué sean los mejores? —resopló con acritud, conteniendo las ganas de escupir—. ¿Los mejores en qué? ¿En holgazanear y desperdiciar su vida en inútiles patrullas en el espacio? Y si son buenos de verdad ¿qué harán? ¿Malgastar su carrera como yo? ¿Entrenando a gente que nunca…? —Jehlani se interrumpió en seco, respirando de forma entrecortada, y sacudió la cabeza—. No se tragarán esta mierda para siempre, teniente, y, cuando dejen de hacerlo, todos estos soldados serán un peligro mayor que quienes nos invadieron.
        Luana la miró horrorizada y se apartó de ella, flotando suavemente.
        —Capitana, no puede hablar en serio. Ve enemigos donde…
        —¿Ah no? —Jehlani enarcó una ceja, y se apartó también para dirigirse hacia la puerta, dejando atrás a una dolida Luana, que la miró con el rostro ensombrecido por la preocupación—. Tiempo al tiempo, teniente. Revise la historia de la humanidad si tiene alguna duda sobre lo que puede pasar con un ejército ocioso. Todo el mundo necesita que su vida tenga sentido, teniente.
        «Y puede que los soldados lo necesitemos más que los demás».


        Destino: base de entrenamiento espacial del cinturón de asteroides.
        El espacio profundo se extendía más allá de la escotilla de la nave, negro, aterciopelado, veteado de estrellas y de refulgentes nebulosas. La mortecina luz del lejano sol apenas lograba acariciar la fría piedra de los asteroides del anillo haciéndola brillar en una de sus caras mientras que la otra permanecía sumida en las sombras. Un erial estéril lleno de belleza pero carente de vida orgánica.
        La única “vida” allí fuera eran las sondas mineras que explotaban la riqueza mineral del cinturón que luego era enviada a Alssama mediante lanzaderas robóticas. Esa, y la que les aguardaba dentro de su preciado cofre en el interior de la estación de entrenamiento que flotaba entre las rocas.
La nave viró suavemente, y comenzó su acercamiento al hábitat orbital en una trayectoria perpendicular a la eclíptica.
        Jehlani sintió una leve sensación de mareo en el vientre según los propulsores laterales hacían girar la nave, y el campo de asteroides se extendía ante la ventana como una cinta infinita. Contuvo el aliento un instante, y luego exhaló, haciendo que su respiración se condensara sobre el plástico. Luana y los reclutas susurraron a su alrededor, fascinados también por aquel desolado aunque hermoso paisaje.
        Jehlani ignoró sus voces y se concentró en el inmenso vacío que se vislumbraba entre las rocas más allá de la eclíptica del cinturón. Casi parecía que pudieran caer eternamente en él. En paz para siempre.
        La mujer cerró los ojos un instante, dejándose llevar por aquella ilusión. El espacio la había fascinado desde la primera vez que había subido allí siendo una cadete. El silencio y la luz. El frío glacial. Las estrellas distantes y todo lo que había más allá del cielo. A veces, pensaba que tal vez allí podría hallar la paz que la eludía en el resto de las colonias humanas del sistema, pero, sin embargo, no se dejaba engañar por falsas ilusiones. Sabía que, aunque pidiera el traslado al cinturón de asteroides y se lo concedieran, no tardaría en sentirse tan vacía como en cualquier otro sitio. Su vida tendría el mismo sentido allí que en Alssama: ninguno. Al cabo de los meses, acabaría aburrida y amargada, sin opción de volver a casa en un futuro inmediato.
        «Ahora no es momento de darle más vueltas a eso. Tengo que acabar el entrenamiento de los chicos y podré volver a Alssama. A la misma vida de mierda de…»
        Las luces se atenuaron de pronto y las alarmas comenzaron a sonar en toda la nave. El resplandor rojizo de emergencia llenó el aire.
        Jehlani se envaró en su asiento, separándose de la ventana, y se volvió hacia Luana justo cuando el copiloto salía de la cabina, lívido y tembloroso. Los miró a todos, en especial a los reclutas que se habían quedado de pronto muy quietos y en silencio, y luego abrió y cerró la boca un par de veces antes de tragar saliva.
        —Ca… capitana Nazer… —sus ojos volvieron a vagar inquietos hacia los novatos, pero luego se impulsó en el aire hacia Luana y ella. Se aferró al respaldo del asiento de adelante y se inclinó por encima de la teniente, temblando casi de modo incontrolable. Susurró: Han… han vuelto.
        —¿Qué…?
        —ELLOS han vuelto, capitana —con los ojos desorbitados, Finney señaló el espacio de más allá de la nave con un tembloroso gesto de cabeza—. Ellos… Hem... El capitán Mori acaba de recibir un mensaje de la estación. Hay una nave con su firma en trayectoria de aproximación.
        Jehlani sintió cómo todo giraba a su alrededor, como si le faltara el aire, como si la nave estuviera perdiendo atmósfera y ella sufriera de hipoxia. Su vista se oscureció y ni siquiera vio cómo Luana se desabrochaba el cinturón de seguridad y salía disparada hacia la cabina, empujando al hombre para abrirse camino. Un solo pensamiento llenó su mente y una euforia apenas controlable recorrió su cuerpo en furiosas oleadas, ora frías, ora calientes.
        Guerra.


        —¡Pero qué estás diciendo! ¿Cómo no lo han detectado antes?
        Los gritos de Luana llegaron hasta ellos, incluso a través de la puerta cerrada, y por encima del ulular de la alarma, haciendo que los reclutas se estremecieran y se volvieran hacia ella en busca de respuestas. Jehlani intercambió una mirada con el copiloto y le ordenó apartarse con un gesto de la mano. Se soltó el arnés de seguridad y se levantó para flotar en medio del pasillo.
        —¿Una sonda averiada? ¿Una maldita sonda averiada en Kuipier y NO se ha enviado a NADIE a repararla? ¿Desde cuándo…?
        Luana parecía cada vez más fuera de sí. Podía sentir el terror en su voz. La desesperación. Ella no sentía ni lo uno ni lo otro. No sentía nada salvo alegría; un poso de felicidad que crecía poco a poco en sus entrañas.
        Guerra.
        —¡ATENCIÓN, RECLUTAS! —Aulló para hacerse oír por encima de la interminable alarma y los gritos de la teniente, una mano posada en el techo para mantenerse en posición—. SE ACABA DE DETECTAR UNA NAVE ENEMIGA EN TRAYECTORIA DE APROXIMACIÓN.
        Los reclutas se quedaron casi paralizados un instante. Luego comenzaron a hablar todos a la vez. Algunos empezaron a desabrochar sus arneses.
        —¡¡SILENCIO!! —los murmullos se interrumpieron de golpe y todos los reclutas la miraron con miedo en los ojos. Jehlani asintió con seriedad antes de continuar hablando—. ¡NO HACE FALTA QUE LES DIGA QUÉ SIGNIFICA ESO Y PARA QUÉ DEBEMOS PREPARARNOS!
        —¿Desde hace casi tres meses?
        La voz de Luana volvió a llegar amortiguada hasta ellos y, casi de inmediato, la puerta de la cabina se abrió de golpe, dejando pasar a una furibunda teniente con el rostro arrebolado por la ira. La alarma dejó de sonar.
        —Están casi encima nuestro, capitana —anunció la mujer tras mirar a los asustados reclutas—. Una… basura de manteni… —apretó los dientes con fuerza y escupió unas maldiciones ininteligibles—. No llegaremos a la estación a tiempo de evitar que nos abor…
        —¡Comunicación entrante en banda abierta! ¡Es de ellos!
        La voz del piloto llegó hasta ellos llena de tensión.
       Jehlani se volvió de golpe hacia la cabina, haciendo que su cuerpo rotara contra los asientos y que luego se golpeara la cabeza contra el techo. Contuvo un exabrupto, y se lanzó hacia allí pegada al techo, seguida por Luana y el copiloto. El último cerró la puerta a sus espaldas dejándolos a los cuatro encerrados en aquel reducido espacio.
        —¿Por qué no nos han volatilizado ya si están tan cerca? —quiso saber Jehlani, sentándose en el asiento del copiloto.
        —¿Y comunicarse? —intervino Luana—. ¿Desde cuándo se comunican antes de matarnos?
        El piloto se encogió de hombros y abrió las comunicaciones con una mano temblorosa. Una voz rasposa y llena de extrañas cadencias llenó el silencio de la cabina. Hablaba en el idioma internacional de Alssama, y algunas palabras apenas resultaban comprensibles, el uso de otras era confuso.
        Nave de estrella roca cinco. Nave de especie de estrella amarilla. Queremos hablar. No queremos acabar vidas de especie de estrella amarilla. Los datos de almacén dicen que llamáis a hablar así paz. Nave de estrella roca cinco quiere confirmar paz.
        Jehlani inhaló de golpe según el significado de aquellas palabras se abría camino en su mente. Pudo sentir la candente mirada de Luana sobre ella, pero decidió ignorarla. El piloto también se volvió hacia ella, al igual que el copiloto.
        «La paz. No… no pueden hablar de paz. Ellos no. No pueden. No puede ser cierto. Pero han enviado un mensaje en una de nuestras frecuencias, y no han… atacado...»
        —Quieren… hablar —susurró anonadada, los ojos clavados en el panel de control, sintiéndose de pronto sin fuerzas. Como si lo hubiera perdido todo. Para siempre.
        Nave de especie de estrella amarilla, queremos hablar. Confirmación de paz.
       Luana se le adelantó antes de que ella pudiera sobreponerse a la impresión. La teniente abrió el canal de comunicación, pasando una mano por encima del hombro del piloto, y comenzó a hablar de forma entrecortada en el idioma de aquellos seres. No lo hablaba con fluidez, pero Jehlani sabía que esperaba poder hacerse entender. Todos los mandos lo aprendían durante su formación, aunque la garganta humana no estuviera preparada para algunos de los fonemas aquella extraña lengua.
        —¿Cómo sabemos que confiamos?
        No acabamos con vidas de vuestra especie. Podemos hacerlo y no lo hacemos.
        La voz rasposa había cambiado de idioma con rapidez.
        —Amado padre, amada madre —susurró Finney a espaldas de Jehlani—. ¿Oís lo mismo que yo?
Nadie fue capaz de responderle. Nadie sabía qué decir.
        —¿Por qué dejar de matar nuestra especie? —continuó Luana, mirando de  hito en hito a los demás.
        Cansados. Muriendo. Nadie gana.
        —Esperad.
        Luana cerró las comunicaciones y se quedó muy quieta, los ojos fijos en  panel de control.
        —¿Qué hacemos, capitana?
        Las manos de Jehlani temblaron. Era incapaz de pensar, incapaz de responder. Su vida… Un gélido vacío creció en su pecho y en su mente. Nada podría llenarlo nunca. Todo quedaría muerto para siempre en su interior. Tenía… que hacer… algo…
        —Aceptamos —se oyó responder a sí misma en el silencio—. Aceptamos su oferta. En nombre del gobierno global de Alssama, lo aceptamos. Acuerde un punto de encuentro con ellos.
        Luana la miró fijamente y apretó los labios, llena de dudas, pero acabó por asentir.
        —Teniente, envíe también un mensaje a la estación orbital informando de la oferta y de que entablamos negociaciones.
        La otra mujer saludó, aferrada al asiento del piloto, y volvió a abrir las comunicaciones.
        —Nave de… —Luana frunció el ceño un instante y vaciló un instante, tratando de recordar— estrella roca cinco, decimos sí. Enviaremos sitio para encuentro.


        Sentada en el sillón del copiloto, Jehlani apretó las manos en su regazo para que no le temblaran. No podía permitir que ninguno de los otros viera cuán nerviosa estaba. Tenía que mantener el control de sus emociones a toda costa. Sobre todo de cara a lo que les esperaba más adelante.
        «Sí. Sobre todo por eso».
        Inhaló disimuladamente y expulsó el aire con suavidad, buscando calmarse. Al menos Luana no estaba allí, había salido a tranquilizar a los reclutas con la ayuda de Finney, mientras que ella se había quedado a solas con el capitán Mori. Se dirigían al punto de encuentro, más allá de la estación, algo alejado del cinturón de asteroides.
        La nave enemiga apareció de pronto ante ellos. Primero como un aviso en el los instrumentos del panel de control de la cabina, y luego como una mole inmensa que bloqueaba las estrellas, reflejando la mortecina luz del sol. No podía ser mucho más grande que la que ellos pilotaban, pero Jehlani sintió flaquear su determinación y cómo el miedo la atenazaba.
        «Sé lo que tengo que hacer. Sé lo que tengo que hacer. Todo va a ir bien. Nada saldrá mal. Nada lo hará. Quieren parlamentar».
        Pero, ¿confiaba en ellos? No quería convertirse en la primera víctima de la nueva guerra si estaban mintiendo. No sería justo.
        Jehlani cerró los ojos.
        —Lo hará bien, capitana —la voz de Mori la sacó de su ensimismamiento. Abrió los ojos, y le miró de reojo—. He oído hablar de usted, capitana Nazer. La mejor de la últimas veinte promociones. Lo hará bien, ya lo verá. Firmará la paz y volverá a casa como una heroína.
        —¿De verdad cree eso, capitán?
        —Por supuesto, señora —el hombre le sonrió de lado—. Confiamos en usted. Abriendo módulo de carga —anunció, abriendo el intercomunicador interno de la nave—. Preparados para el despliegue de la plataforma de contacto.
        Jehlani volvió a tensarse en su asiento. Habían acordado, como muestra de buenas intenciones por parte del enemigo, que el encuentro sería en terreno humano y que sólo acudirían tres de ellos a negociar. Ni uno más.
        «Espero que funcione. Por mi vida. Espero que mi idea funcione».
        —Presurizando la cámara de la plataforma. Todo listo, capitana —añadió al cabo de un rato, tragando saliva con nerviosismo—. ¿Quiere hacer los honores de dar luz verde al contacto?
        Con un asentimiento, Jehlani abrió las comunicaciones con la otra nave.
        —Aquí nave estrella amarilla. Hábitat adecuado para unión de su… nave más pequeña personal.
        Apenas tardaron un instante en contestar. Lo hizo la misma voz rasposa de antes, una vez más en lengua humana. Como si trataran de ser lo más corteses posibles.
         Vamos a llegar ahora.
        Apenas hubo una leve sacudida y un chirrido. Jehlani se soltó las correas y se alzó flotando sobre el asiento.
        —Vamos allá. Deséeme suerte, capitán.
        —Que tenga suerte, capitana.
        Jehlani asintió. Luego frunció el ceño mientras se impulsaba hasta la puerta; la abrió y salió al módulo principal de la nave donde Luana y Finney la esperaban con la mitad de los reclutas armados y listos. Habían acordado que ellos serían su guardia de honor. Su pequeña demostración de fuerza.
        —Adelante, teniente. Abran la marcha.
        Se quedó un rato observando cómo Luana daba las órdenes y los nerviosos reclutas la obedecían antes de ir tras ellos en dirección a los pisos inferiores de la nave. En cuanto hubo llegado al pasillo que comunicaba la nave con la plataforma de contacto, el corazón comenzó a latirle desbocado en el pecho y las manos empezaron a sudarle.
        «No es miedo, ¡maldita sea! No lo es».
        Pero lo que se disponía a hacer era delicado y arriesgado. Todo podía salir mal. Había estudiado al enemigo durante años, pero nadie había intentado nunca hacer lo que ella iba a hacer ese día. Jehlani tragó saliva y se concentró en calmarse. Si entraba nerviosa en aquella sala, había muchas posibilidades de que cometiera algún error.
        «Pero no lo haré. No fallaré».
        Jehlani alzó el rostro, y flotó hacia el interior de la plataforma, arropada por su tropa de novatos, cuando las puertas estancas se abrieron tras las últimas comprobaciones atmosféricas. Dentro había tres de ellos. Tal y como habían acordado.
        «Bien. Esto va a funcionar. Sólo son tres».
        Los ojos de la capitana recorrieron aquellos cuerpos duros y resistentes, y contó un arma por cabeza. Las que llevaban visibles. Pero aquellos seres rara vez llevaban tan sólo un arma encima, si podía fiarse de los viejos informes de las guerras. Miró de reojo a Luana, y comprobó que también contaba las armas. Era de esperar. Tan sólo hacía su trabajo. Y con ello contaba.
        Ni la teniente ni ninguno de los reclutas le prestaban atención.
        Con un gesto apenas perceptible, activó los frenos magnéticos de su calzado y se fijó al suelo metálico de la plataforma. Apenas hubo tocado el suelo, se llevó la diestra a la cadera, aflojó el arma con rapidez y, antes de que nadie pudiera reaccionar, disparó al rostro al más cercano de los enemigos. Su cabeza voló por los aires, junto con medio torso.
        Gritos. Los gritos resonaron por toda la estancia. Ella se echó cuerpo a tierra mientras los alienígenas sacaban sus armas y comenzaban a dispar contra los reclutas. La sangre flotó en el aire en relucientes perlas de color carmín. El olor a quemado lleno la habitación cuando sus hombres reaccionaron y también abrieron fuego. Luana gritaba sobre ella. Jehlani alzó la vista y la vio a su lado, el rostro demudado por el horror apuntándola a ELLA con su arma. También había activado las fijaciones magnéticas.
        —¡¿Qué es lo que has hecho?! ¡Por todo lo que es bueno! ¡¿Qué has hecho, Jeha?!
        Jehlani la miró apenas un instante, los ojos llenos de dolor, antes de alzar su arma con rapidez y dispararle en el pecho. Luana osciló hacia atrás, la boca muy abierta del asombro, mientras su sangre brotaba en borbotones de color rubí que se quedaron flotando a su alrededor.
        Con una frialdad que no había creído poseer nunca, se giró hacia el enemigo, pero ya había sido abatido por los reclutas. Sólo quedaban dos novatos con vida, un hombre y una mujer, y la miraban espantados. A ella y a la moribunda teniente. Alzó de nuevo la pistola y los mató allí mismo. Ni siquiera fueron capaces de volverse contra ella. Los abatió como si fueran pequeños topillos asustados.
        Un globo de sangre golpeó su mano, partiéndose en dos. Un débil susurro llenó el aire.
        —¿Por… qué… Jeha…?
        Era Luana.
        No respondió. Aquello no podía acabar así. Aún tenía algo que hacer. Una última cosa. Se acercó a los cadáveres de los alienígenas y buscó una de sus armas. La cogió del suelo. Sabía que sólo funcionaban con huella biométrica. Pero también sabía que había formas de trucarlas. Sobre todo si uno de ellos todavía respiraba. Lo hacía. Jehlani sonrió sin una pizca de humor.
        Le costó manipular el casi cadáver hasta las cercanías de cada uno de los soldados que había matado y más aún que aquella extraña arma funcionara. Pero finalmente consiguió que las descargas del arma enemiga borraran las huellas de sus disparos.
        Luego se acercó a Luana. Aún vivía. Sus ojos, casi vidriados por la muerte, la miraron con fijeza.
        —¿Por qué? —respondió finalmente Jehlani—. Porque ahora mi vida tiene por fin sentido.
        Le descerrajó un último tiro con el arma alienígena, antes de propinarse uno a sí misma en el costado.
        «Nadie debe sospechar. Y, aunque lo hagan, ahora tengo mi guerra».

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