Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


viernes, 6 de noviembre de 2015

Horizonte 6 - Encélado


¡Ya es viernes! Y como resulta que ayer se resolvió el concurso de Alucinadas 2015 y este relato no ha sido seleccionado, pues he decidio traerosolo para que lo leáis y lo disfrutéis.

A los que me seguís desde hace tiempo os sonará. Sí, hará ya algo más de un año publiqué una versión reducida y acortada de este mismo relato. Esta que os traigo es la de verdad. La completa. Pero antes de empezar, os voy a citar un par de curiosidades sobre un par de puntos del relato.

1. Tifón, la base militar/científica de Encélado.
Encélado es en la mitología griega uno de los gigantes de cien brazos e hijo de Urano. Algunos dicen que Encélado nació de la sangre de Urano cuando fue castrado por Cronos, pero otra versión dice que lo engendró la Tierra junto con el Tártaro.
Tifón es una deidad griega vinculada a los huracanes. Fue el último hijo de Gea (la Tierra) y el Tártaro. Dicen que era tan gigantesco que podía alcanzar la estrellas, que tenía cabezas de dragón por dedos y serpientes formando sus músculos. Tifón tuvo varios hijos, entre ellos, supuestamente, un segundo Tifón, idéntico al primero y que se considera uno de los gigantes.
Hay algún estudio que dice que Encélado es otro nombre para este segundo Tifón, o tal vez para el primero. Así que me pareció interesante jugar con ese nombre para la base de la luna de Saturno.


2. El "Enceladus Herschel". El licor destilado en Encélado.
Encélado fue descubierto en 1789 por William Herschel (astrónomo y músico anglo-germano). Señalar que construía y diseñaba sus propios telescopios y que es también el descubridor de Urano, las lunas de Urano Titania y Oberón, la galaxia NGC 7184, Mimas (la séptima luna de Saturno) y un total de 2514 objetos del espacio profundo (cúmulos globulares, nebulosas y galaxias).
¿Qué mejor nombre para el "vino" de encélado?

Tras estas pequeñas curiosidades, ahora sí os dejo con el relato.


HORIZONTE 6 -  ENCÉLADO

        Nadwah Ekwensi suspiró con cansancio y se frotó los irritados ojos que comenzaban a picarle de tanto analizar las eternas listas de datos que se proyectaban sobre su retina. Bueno, no es que se proyectaran directamente sobre ella, de hecho los veía superpuestos a cualquier objeto que mirase, pero algo así le había explicado el cirujano antes de implantarle aquel pequeño aparatito y anclarlo a su nervio óptico. No es que hubiera prestado tampoco mucha atención más allá de la necesaria para aprender a manejarlo. Ahora, apretó los párpados con fuerza y desconectó aquel aluvión de datos con un simple movimiento ocular. Suspiró y estiró los brazos por encima de la cabeza.
        «Hora de levantarse un rato —se dijo, inclinando el cuello primero a un lado y luego al otro—. Y de algo de cafeína, también. ¿Por qué no? ¿Cuántas horas llevo aquí?»
        Se echó hacia atrás en la silla y miró el reloj que parpadeaba en una esquina de la habitación en brillantes letras verdes sobre la pared. Las 30:07.
        —Demasiadas.
        Su cuerpo aún no se había acostumbrado del todo a los ciclos de casi 33 horas de Encélado. Había veces en que no sabía si tenía que dormir, o levantarse, o seguir trabajando o si era la hora de desayunar, comer o cenar. Había acabado haciendo lo que el cuerpo le pedía en cada momento, como el resto de los residentes de la base. Mientras el trabajo estuviera hecho al final de cada semana estándar terrestre, a la jefa Cauvery le daba igual el horario que siguieran. Era una buena jefa, pese a lo mal que le habían hablado de ella algunos antiguos militares que habían rotado por Tifón antes de embarcar.
        Las críticas esperables. Que si no mantenía la disciplina, que si su base era una jaula de grillos donde todo estaba manga por hombro, que si no la respetaban ni sus subordinados… De modo que había llegado allí un año antes con bastantes pocas esperanzas. Pero la realidad la había acabado sorprendiendo. No era que Cauvery no mantuviera la disciplina, era más bien que su idea de lo que una comandante debía y no debía imponer a sus subordinados en una base tan alejada de la Tierra era muy diferente de lo que otros de su graduación pensaban.
        Nadwah había llegado a apreciarlo porque la hacía sentirse como en casa. Su otra casa, lejos, muy lejos de su casa. Era perfectamente consciente de que otros soldados no pensaban como ella, pero esos no aguantaban mucho tiempo allí y acababan por pedir un traslado antes de completar su rotación. El resto, los que decidían que aquello no era tan malo después de todo, eran los que se quedaban y conseguían sacar todo aquel trabajo adelante.
        «Creo que la comandante nos selecciona así, gente que pueda trabajar con ella durante 5 años y sacar esta mierda adelante antes de volverse a casa —con un gruñido, Nadwah se soltó los cinturones que la mantenían unida al asiento y se impulsó con agilidad hacia la mesa que había en el centro de la sala. Flotó grácilmente hasta allí sin apenas tener que tocar el suelo y se aferró al respaldo de una de las sillas para detener su avance—. Tengo que preguntarle cuánto lleva ella aquí. Por cómo habla Félix diría que toda su vida, pero es un exagerado».
        Giró sobre sí misma en una innecesaria pirueta, que hubiera avergonzado a su madre de haberla visto, y se dejó caer sobre la silla con una risita infantil. Si no podías comportarte como una cría en gravedad casi cero, ¿cuándo podías? Se abrochó las cinchas de los hombros y alargó la mano para coger uno de los frascos de pseudocafeína que había en una gradilla sobre la mesa. Destapó la pajita y sorbió con avidez.
        —Madre mía, cuánto necesitaba esto —le dijo a la soledad que la rodeaba, presionando el tubito para no verter nada en el aire. Luego alzó el recipiente y brindó hacia las enormes pantallas que había en la pared de enfrente y que mostraban el paisaje exterior—. Por vosotras, frías y desoladas llanuras mías. Que los años que me quedan con vosotras sean igual de prósperos que el tiempo que llevo aquí. Por los géiseres de agua, por las colonias de bacterias de vuestro mar interior, por las placas y los terremotos. Por haber permitido que viera cómo escupíais agua a kilómetros de distancia en mi primer paseo. Por el anillo E y por Saturno. ¡Que no se diga!
        Dio un nuevo sorbo y se quedó largo rato mirando la estriada superficie de hielo blanco-azulado de Encélado, más allá de la cual se podía ver el sol, lejano y, sin embargo, brillante contra la negrura del espacio. Sonrió y se arrellenó en el asiento acolchado mientras la luna rotaba sobre sí misma lentamente y las estrellas se movían en el negro firmamento. Una lástima no poder ver también Saturno ese día.


        Aún faltaban varias horas para que algunos de los otros vinieran a trabajar y a ella aún le quedaban datos que analizar, repasar y ordenar antes de irse a cenar y a dormir. Cuando hubo acabado la bebida de cafeína y reposado un rato más, volvió a levantarse y flotó hasta su mesa de trabajo. Ahora al menos estaba más despejada, y falta que le hacía si quería acabar aquello de una maldita vez. Se acercaba la evaluación anual de los datos captados por los telescopios, satélites y sondas situados en el perímetro exterior de la nube de OORT, y ella tenía que procesarlos y analizarlos antes de presentarlos en la reunión que tendría lugar en la base en menos de un mes. Mucho dependía de ellos, no sólo la asignación de más fondos militares a aquella remota luna —aunque el dinero, para qué negarlo, siempre era bienvenido. Que se lo dijeran si no a la comandante, que últimamente se quejaba cada vez más de las reparaciones de mantenimiento con piezas recicladas que se veía obligada a aprobar.
        Sea como fuera, se había acabado el descanso. Nadwah cerró de nuevo con fuerza los ojos y reactivó la proyección de datos. Solo verlos de nuevo se le cayó el alma a los pies. Eran tantos, tantísimos datos… Todos ellos procedían del espacio profundo y la gran mayoría pertenecían a la constelación de Vela, concretamente a la supertierra HD 85512 b que orbitaba la enana naranja Gliese 370: el planeta habitable más prometedor para la humanidad que jamás se había encontrado. A unos 36 años luz de la Tierra.
        La primera nave colonial había partido del sistema solar 90 años atrás y había acelerado hasta alcanzar velocidades próximas a las de la luz. Si todo había ido como estaba planeado, haría ya mucho que habría llegado a su destino y sus residentes habrían fundado la primera colonia para la especie humana más allá de las lunas de Plutón. Se esperaba que la confirmación de aquel hecho histórico —ese haz de neutrinos modulados que tenían que enviar los colonos en dirección a la Tierra una vez asentados—, llegara en breve al sistema solar. De ahí la importancia de observar, de analizar, de estudiar toda aquella amalgama de datos que habían abandonado Gliese 36 años atrás.
        Se sentía extraña sabiendo que debía mirar al pasado para conocer algo sobre presente; algo que cambiaría vidas, que tal vez haría que se reabriera de nuevo el programa de colonización que había quedado congelado hasta saber qué había ocurrido con La Dama Estelar.
        Y tal vez, sólo tal vez, ella sería la primera en captar dicha comunicación. El primer mensaje interestelar de la humanidad para la humanidad. No estáis solos. O algo muy parecido. O ya estamos fuera del sistema solar, brindad con algo caro.
        Aquel pensamiento la hizo sonreír y le levantó el ánimo. Tenía trabajo que hacer, mucho trabajo que hacer. Debía poner primero a los ordenadores de la base a filtrar y organizar todo aquello —las lecturas del infrarrojo, de astrometría (1) y tambaleo de las estrellas (2), mediciones de tránsito (3), alteraciones de microlente gravitacional, emisión y absorción de haces de neutrinos, microondas, radio, rayos gamma, ultravioleta y decenas de lecturas más, incluido el corrimiento al rojo y al azul (4) —, y separarlo del ruido de fondo del universo, para que éste no afectara a algunas de las mediciones. De modo que continuó programando los comandos básicos que antes había dejado a medias y se acomodó a esperar los resultados. Apenas tardaron dos horas.
        Cuando el suave y silencioso parpadeo en el rabillo de su ojo izquierdo le avisó de que el ordenador había acabado, Nadwah estiró los brazos por encima de su cabeza y relajó los hombros. Había llegado la hora de trabajar de verdad.
        —Datos de neutrinos en 1 y tránsito en 2 —le dijo al ordenador—. Microlente en 3. Astrometría en 4. Corrimiento al rojo en 5. Extrapola datos de archivo de los últimos 3 años con los actuales. Modo numérico en macro derecho, modo gráfico en macro izquierdo. Aplicar a cada sector. Resalta cualquier valor por encima de la…
        Su voz se apagó de pronto. El gráfico en 3 de su ojo derecho mostraba un súbito pico a poca distancia de Gliese 370. A poquísima distancia de donde debiera encontrarse 370-b (5) en el momento que se habían tomado las mediciones. La estrella fuente parecía haberse movido de su posición debido al efecto de la gravedad sobre su emisión de luz. Pero sabía que eso no era cierto, que no era más que un efecto “óptico” debido a la curvatura de la luz causada por la fuerza de gravedad del objeto que había pasado por delante de la estrella. Eso era lo que los satélites habían detectado: la luz doblándose por efecto de la gravedad sobre el espacio.
        Nadwah se quedó largo rato mirando aquellos números y el pico que formaban. Parecía algo pequeño, más pequeño que 370-b —hacía ya mucho que tenían los datos de microlente para el planeta y la escala de los valores que había en 3 era mucho menor. Tampoco habían detectado antes en la órbita de Gliese ningún objeto que pudiera causar aquella distorsión. Al menos no tenían nada en los últimos 3 años de observación constante. ¿Un cometa? Pero no... Aquello tampoco cuadraba. De tratarse de un cometa el efecto habría durado más tiempo: días, incluso semanas, no esos meros… ¿segundos? Frunció el ceño. Esos datos no eran normales. ¿Un artefacto? ¿Algún sensor dañado? Pero no, tampoco encajaba, los valores estaban demasiado definidos, eran demasiado claros.
        ¿La Dama? Podía ser La Dama, vale, pero nadie había esperado poder detectar la nave de aquella forma. Sólo había solicitado los datos de microlente como control para 370-b, no como variable a analizar. Si aquella alteración había sido causada por el paso de La Dama sería algo que se comentaría durante años. Una suerte como nunca habían esperado: captar la curvatura de la gravedad causada por La Dama en la luz de una estrella alineada con ella.
        «Una entre un millón, entre mil millones».
        —Muestra el pico de microlente en 1 —musitó—. Aísla. En el siguiente orden, superpón el pico en 1 con las mediciones para ese sector en ese mismo rango de tiempo de: astrometría, tránsito, interferometría (6), corrimiento al rojo, neutrinos…
        La astrónoma contuvo una maldición y se quedó largo rato contemplando los números con la boca abierta. Había un pico muy ancho de neutrinos modulados justo después del de microlente, unas horas después a juzgar por la escala, pero no el corrimiento al rojo que había esperado. Los datos de astrometría estaban a cero, igual que los de tránsito. Fuera lo que fuese ni afectaba ni interfería con Gliese, o no lo suficiente como para detectarlo desde aquella distancia. Así que, definitivamente, era algo más pequeño que un planeta.
        Pero había neutrinos. Nadwah sintió cómo el pulso se le aceleraba. La Dama. Neutrinos emitidos por La Dama. ¿El mensaje? Tragó saliva y cerró los ojos un instante. No, no había corrimiento al rojo; de modo que el objeto no se estaba alejando de la Tierra como habría ocurrido de ser La Dama. Pese a todo…
        —Analiza el pulso de neutrinos. Busca códigos de referencia de encriptación para La Dama Estelar.
        Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, observó cómo el ordenador procesaba las mediciones en una pequeña ventana casi al límite de su visión. Cuando el ordenador escupió los datos, suspiró frustrada. Nada. El pulso de neutrinos no era más que ruido, ningún mensaje, ninguna señal. Sólo ruido. Algún sensor de la sonda estropeado, sin lugar a dudas. Pero aún no lo había probado todo.
        —Analiza patrón para posible púlsar de neutrinos. Haz un barrido de frecuencias.
        Nadwah se reclinó en el asiento mientras el ordenador analizaba el pico de neutrinos. Si era un nuevo púlsar al menos merecería un artículo. Y si habían logrado captar la formación de un púlsar… Bueno, no sería La Dama, pero sin duda sería importante. Contuvo una sonrisa.
        Pero cuando el ordenador le mostró el análisis no pudo sino resoplar. No tenía nada. No era un púlsar. Tampoco provenía de La Dama.
         —Descarta mediciones de neutrinos. Muestra mediciones de pulsos materia-antimateria y compáralos con los patrones del motor de impulsión materia-antimateria de La Dama Estelar.
        Cerró los ojos mientras el ordenador analizaba el aluvión de datos captado por los telescopios y sondas, e intentó relajarse sin éxito. Un pitido suave la alertó cuando estuvieron listos y los miró decepcionada. Una vez más, no tenía nada. Había una perturbación, sí, pero no correspondía con los datos de La Dama. No eran iguales, ni siquiera se parecían. Más aún, los valores eran ya elevados desde mucho antes de la ventana de tiempo que estaba observando y lo que hacían era elevarse más aún en un súbito pico antes de descender hasta casi cero.
        «Pero qué tonterías estoy haciendo —se recriminó, golpeándose con fuerza la frente con la palma de la mano».
        Era imposible que los motores de La Dama generaran ningún patrón de M/A visible desde la Tierra porque, de estar usándolos para frenar, estarían orientados hacia 370-b, no hacia ellos. Pero allí, delante de sus ojos, el ordenador le mostraba lo que parecía ser un pico de propulsión M/A, sobre unos valores ya de por sí altos. Nadwah se quedó muy quieta mirándolo largo rato. Había un pico. Un pico que era imposible que hubiera sido causado por la nave terrestre. La boca se le quedó seca de pronto.
        —Corrimiento al azul en 1. Superpón los datos de materia-antimateria. Mantén la escala de tiempo.
        Y allí estaba, fuera lo que fuese el objeto que los telescopios habían captado, presentaba un clarísimo corrimiento al azul que casi se desvanecía por completo en una larga cola tras el pico de M/A.
        —Frenado —la palabra afloró a sus labios en un susurro—. Es una estela de frenado. ¡Amada madre mía! Pero… no puede ser. ¡Muestra radio! —no había rastro de radio. Pidió al ordenador que pasara de radio a láser, y de ahí a microondas, pero tampoco encontró nada.
        Con el corazón latiéndole desbocado pidió infrarrojos y luego un barrido rápido de todo el espectro. Fuera lo que fuera aquello no emitía nada. Al menos nada que a ella se le ocurría pedir al ordenador. Inspiró hondo y se frotó los ojos, desconectándose durante un rato, antes de volver a los datos. Trabajaría con lo que tenía.
        —Vuelve a mostrar los datos de microlente. Anula 2, 3 y 4. Sólo microlente, materia-antimateria y azul. Reduce la escala de tiempo. Horas en 2, minutos en 3, segundos en 4 —la soldado se quedó helada contemplando cómo aquel pico de alteración gravitacional se desglosaba en decenas de ellos más pequeños, todos superpuestos unos a otros haciendo que el principal pareciera una montaña llena de salientes. Todos ellos acompañados, en los minutos posteriores, en las horas posteriores, por una progresiva desaparición del corrimiento al azul tras una fuerte alteración en los patrones de M/A.
        Deceleración, frenado. Motores de M/A expeliendo grandes cantidades de energía al espacio. Tanta que podían detectarla desde la Tierra. Pero sólo porque llevaban años mirando en la dirección correcta, sólo porque “aquello” había orientado sus motores directamente hacia los telescopios que tenían enfocados hacia Gliese. Nadwah intentó tragar saliva, pero el nudo que comenzaba a crecer en su garganta se lo impidió. Sintió una súbita oleada de vértigo que la obligó a agarrarse a la silla. Había algo… No, había más de un algo decelerando en torno a Gliese y no había sido La Dama.
        Algo. Alguien. Primer contacto.
        Casi estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas en la soledad de la sala, pero se contuvo a tiempo. Todo aquel aluvión de datos la estaba mareando. Estaba empezando a pensar tonterías. Ya no era una niña que soñaba con vida extraterrestre; no con vida inteligente al menos. La vida hacía ya mucho que la habían encontrado en el subsuelo del polo norte marciano o en los mares interiores de lunas como Encélado. La inteligencia sin embargo…
        Pero los datos que tenía ante sí…
        «Llevo demasiadas horas despierta. Necesito la cabeza despejada para tratar con esto… Necesito una segunda… una tercera… una cuarta opinión. ¡En qué estoy pensando! ¿En La Dama estableciendo Primer Contacto?»
        Tenía que ser objetiva, no dejarse llevar. Necesitaba más información. Luego le llevaría aquellos datos a Cauvery.
        —Toma como referencia el final de los picos de microlente de 1. A partir de ahí, barre hacia adelante microlente, corrimiento al azul, neutrinos y materia-antimateria. Escala de segundos… No, mejor horas. Escala de horas.
         Pareció que el tiempo se le escurría de entre los dedos con la lentitud de la melaza. Los picos de materia-antimateria y el corrimiento al azul desaparecían en cuestión de horas tras los picos de microlente, como si nunca hubieran existido. Los neutrinos comenzaron a alzarse entonces, tal y como esperaba. Pulsos irregulares que sabía no contenían ningún mensaje de La Dama, pero no pudo dejar de observarlos fascinada. No tenía ni idea de qué podían ser. La emisión de neutrinos en la zona se mantenía elevada durante varias horas. Luego se desvanecían por completo.
        Siguió observando las gráficas y los números a medida que el ordenador hacía el barrido que le había pedido. Los valores de corrimiento al azul se volvieron a elevar. Horas… un día… dos días… Y de pronto un nuevo pico de microlente elevándose en el vacío.
        —Alto. Amplía el segundo pico. Escala de microsegundos.
        De nuevo el mismo patrón de picos superpuestos de antes. Siguió con la vista cada una de las jorobas del pico principal, deseando por primera vez que la interfaz le permitiera acariciar el contorno con el dedo.
        «Y la de picos que deben estar ocultos por los más grandes, sumando su amplitud al conjunto, pero invisibles».
        —Almacena estos datos. Archivo A.
        Solo le faltaba algo por hacer.
        —Toma como referencia el final del primer pico de microlente. A partir de ahí, barre hacia atrás microlente, corrimiento al azul, neutrinos y materia-antimateria. Escala de horas.
        Los valores de microlente se desvanecían, pero no los de M/A o los de corrimiento al azul, que permanecieron elevados formando una meseta. El corazón comenzó a latirle de forma dolorosa a medida que las horas se transformaban en días y los días en semanas; y las semanas en más de un mes. Luego desaparecían sin más. Bajaban en picado. El objeto había salido del rango de espacio que observaban los satélites.
        Deceleración durante más de un mes, con los motores M/A encendidos. Luego un frenazo más intenso en torno a Gliese. Luego vuelta a acelerar.
        Tragó saliva.
        —Almacena estos datos. Archivo B.
        Se quedó observando largo rato los números y las gráficas. Había algo que la carcomía y que no terminaba de ubicar. Había algo raro en todos aquellos números.
        —Muestra datos de microlente en pantalla completa. Muestra comparativa con los valores para HD 85512 b.
        Empezaba a sospechar que aquellos datos de microlente eran demasiado potentes para ser causados por algo tan pequeño como una nave o varias cruzándose en la trayectoria de la luz de una estrella lejana. Eran anormalmente potentes y precisos. Y coordinados. Curvaban la luz como un asteroide grande, más que como un planeta, pero desde luego como algo mucho más grande que una nave.
        —Almacena estos datos. Archivo C. Muestra corrimiento al azul en pantalla completa.
        La pantalla se inundó de datos y números, y Nadwah dejó escapar el aire en un espasmódico suspiro.
        —No, anula corrimiento al azul. Haz un cálculo de trayectoria aproximado. Calcula la trayectoria en base a los dos picos de microlente alineados con la estrella fuente —se sumió en un largo y tenso silencio mientras el ordenador analizaba y le mostraba los resultados en una compleja ecuación—. Superpón los datos de la ecuación con la trayectoria que se programó para el viaje de La Dama Estelar.
        Pasaron un par de horas más mientras el ordenador hacía los cálculos, pero cuando los datos aparecieron en la proyección Nadwah sintió cómo el corazón casi se le detenía en el pecho.
        —¡Madre… mía! ¡Amada madre… mía!
        Los datos podían estar equivocados. Las mediciones podían estar mal. Sus deducciones no tenían apenas nada en lo que sostenerse. Había hecho al ordenador programar una trayectoria basándose tan sólo en dos puntos: el de “entrada” y el de “salida”. Y no había tenido en cuenta la fuerte distorsión en la gravedad, aquel súbito aumento de masa que quizá señalaba que lo que había causado la alteración en microlente se habría propulsado hacia velocidades casi lumínicas. No podía calcular una trayectoria fiable con sólo esos datos. La fuente de aquellas distorsiones podría estar dirigiéndose a cualquier parte del universo. Si era una nave, era probable que pudiera reprogramar su trayectoria a voluntad. Habría sin dudas parábolas complejas, habrían usado la gravedad de estrellas cercanas o de planetas masivos para alterar su trayectoria y ahorrar combustible. Por eso había pedido que usara como referencia la programación de La Dama, aun sabiendo que era como hacer trampas.
        Sin embargo, si sus descabelladas fantasías eran correctas, aquel algo se dirigía hacia el sistema solar. Fuera lo que fuese, hacía casi 40 años había estado en Gliese 370 y, fuera lo que fuese, tenía que estar en ahora mismo cerca de OORT. Cerca de casa. Cerca de ellos.
        No estáis solos.
        Sin embargo, ese no era el mensaje que ella tanto había ansiado encontrar.


        —Almacena estos datos. Archivo D.
        Cerró los ojos, se desconectó del sistema y se reclinó exhausta en el asiento.
        «Tengo que hablar con Cauvery. También con Félix. Sobre todo con Takeda. Necesito despertar a todo el equipo. Tienen que ver esto.»
        Nadwah se reclinó hacia atrás en la silla de trabajo y apoyó la cabeza en el respaldo. Se quedó mirando el techo en silencio. Se sentía agotada y destrozada, como si hubiera pasado más horas de las debidas en la centrífuga de entrenamiento. Como si toda su mente hubiera ardido. Cerró los ojos y suspiró.
        «Amada madre mía. No puede ser real. Tengo que estar imaginándome todo eso. He pasado demasiadas horas trabajando».
        Echó una ojeada al reloj de la pared y dejó caer las manos por fuera de la silla. Ya no era ayer, ya era hoy. Estaba claro que llevaba demasiadas horas de trabajo y que lo que creía haber encontrado la había abrumado por completo, hasta hacerle perder el sentido del tiempo y tal vez de la realidad. Ya no tendría que despertar a nadie, era probable que la mayoría del equipo estuviera ya en el comedor.
        «Puede que esté equivocada, pero si estoy en lo cierto el objeto podría estar ya cerca de la nube de OORT. Sólo habría que reorientar los satélites y podríamos tener una confirmación. Sólo tengo que solicitarlo. Puedo dejar eso hecho al menos antes de ir a ver a Cauvery».
        Volvió a incorporarse con un gruñido y se conectó una vez más.
        —Abre archivo D. Muestra posibles puntos de intersección de la trayectoria calculada con la nube de OORT durante las próximas tres semanas. Almacena D con los nuevos datos como adjuntos. Guarda una copia temporal en 1: nombre… —vaciló y dijo lo primero que se le ocurrió—, “Horizonte”.
        Se conectó a la red central con un parpadeo y un leve movimiento ocular.
         —Solicitud de reorientación de los satélites “Outher Space”, “Titus”, “Nagareboshi” y “Astrea” hacia las coordenadas listadas en el archivo “Horizonte” —ordenó.
        Había más satélites y sondas, pero sólo esos estarían en buena posición respecto al sol para poder captar algo.
        —Nombre del solicitante: Nadwah Ekwensi. Base: Tifón, Encélado. Prioridad temporal: verde. Comandante: Cauvery Bhattacharyya. Estado: pendiente de aprobación.
        Prioridad verde. Eso era lo más adecuado dadas las circunstancias. Si la comandante lo consideraba oportuno tras ver lo que tenían, ya se encargaría ella de presionar a quien fuera necesario para elevar la prioridad de la solicitud. Con una verde podían tardar algo más de tres semanas en darle acceso a los satélites, tal vez cuatro, pero podía vivir con ello. Verde estaba bien.
        Volvió a desconectarse y se frotó los ojos. Otro trago de pseudo-cafeína no le vendría nada mal antes de ir al comedor. Se soltó de la silla y se impulsó hacia la mesa del centro de la sala. Tras asirse al borde y reorientar el cuerpo con agilidad, alargó la mano hacia un frasco medio lleno de la gradilla. No era suyo y estaba empezado, pero nunca había sido una chica escrupulosa. Además, el dueño no lo reclamaría, estaba segura de que ni se acordaría de haberlo dejado allí. Lo apuró de un par de tragos y sacudió la cabeza algo más despejada.
        Su vista vagó sin pensarlo siquiera hacia las grandes pantallas que mostraban Encélado. Se estremeció. El negro espacio de más allá le pareció de pronto más inhóspito que antes. Más inhóspito que nunca.
        —Puede que no estemos solos. Puede que algo se esté acercando en estos momentos hacia nuestro sistema solar —murmuró en el silencio.
        «Algo que no conocemos. Algo que no sabemos ni cómo piensa, ni cómo es, ni…».
        Apartó la mirada con un nuevo estremecimiento. Ni siquiera estaba segura aún de eso. No podía dejarse llevar por la imaginación. Tenía que mantener la cabeza fría para hablar con Cauvery.
        Dejó el frasco vacío en la gradilla y se impulsó de un par de ágiles saltos hacia la puerta, camino del comedor.


        La cantina estaba todavía bastante vacía, pero Cauvery ya estaba allí, sentada en una mesa pequeña al fondo junto a Yildiz y Taeyang. Nadwah suspiró, sintiéndose de pronto insegura y nerviosa, como si volviera a ser de nuevo una cadete de la academia espacial. Sacudió la cabeza para desterrar aquellos incómodos pensamientos y se impulsó usando las agarraderas de la pared hasta detenerse cerca del grupo. Enganchó un pie en uno de los asideros que había a ras de suelo.
        —Comandante.
        Cauvery se giró hacia ella, haciendo un alto en la conversación, y le sonrió con una suave inclinación de cabeza. Luego frunció el ceño al fijarse en sus ojos.
        —Buenos días, teniente Nadwah. ¿Otra noche en vela? —inquirió, enarcando una ceja.
        Nadwah se encogió de hombros.
        —No pensaba quedarme hasta tan tarde, comandante, pero he encontrado algo raro en los datos de Gliese. Creo que deberías verlos.
        Cauvery se envaró de pronto, los ojos desorbitados, y de no estar atada a la silla, Nadwah estaba segura de que se hubiera puesto en pie de un salto.
        —No, no es eso, comandante. Nada de La Dama todavía. Es… otra cosa. Podemos… —sus ojos se desviaron hacia Taeyang y Yildiz y luego hacia Cauvery de nuevo—, ¿hablar en privado?
        No era que desconfiara de ellos, pero prefería que ningún otro miembro de la base supiera nada hasta no haberle mostrado los datos a Cauvery. La comandante entrecerró los ojos unos segundos y acabó por asentir.
        —No antes de que desayunes algo, teniente. Si no has dormido, apuesto mi sueldo a que tampoco has cenado —le hizo un gesto con la cabeza invitándola a sentarse a su lado—. Coge algo y vuelve. Tanta cafeína hará que enfermes —añadió con un guiño que la hizo sonrojarse.
        Cauvery la conocía bien, no podía negarlo, así que asintió, se soltó de la agarradera y se impulsó a lo largo de la pared hacia el dispensador más cercano. No tenía demasiado apetito, pero si no desayunaba Cauvery no se levantaría nunca de aquella mesa. Sacó un cóctel de vitaminas líquidas y un paquete de proteínas cárnicas e hidratos de carbono y volvió a la mesa.
        —Hablábamos de los presupuestos, teniente —le dijo Cauvery en cuanto se sentó—. Nos vendría bien tener éxito en la detección de La Dama, para variar. Haría cambiar de idea a todos esos estúpidos burócratas de la Confederación sobre lo que hacemos aquí.
        —Ojalá hubiera detectado a La Dama, comandante —no pudo evitar responder—, pero no había nada en el pico de…
        Nadwah se mordió los labios al darse cuenta de lo que estaba diciendo y enmudeció.
        —¿Pico? —inquirió Taeyang, súbitamente interesado, inclinándose hacia ella sobre la mesa.
        —Un pico de neutrinos —acabó por contestar a regañadientes tras un corto silencio—. Sin ningún mensaje. No había nada encriptado, sólo ruido. Tampoco eran de un púlsar.
        Taeyang se volvió a reclinar en su silla y Yildiz resopló, alzando la vista hacia el techo del comedor.
        —Mala suerte —convino Taeyang—. Esperamos su mensaje un año de estos, ¿verdad? Tal vez sea todavía demasiado pronto.
        —Pero si no llega este año —intervino Yildiz—, los próximos tres serán duros. Las publicaciones de mi grupo sobre las colonias de bacterias y protozoos de aquí ya no llaman tanto la atención como antes. Hemos logrado optimizar el destilado del “Enceladus Herschel”, pero la patente está a punto de caducar y cualquier destilería en la Tierra o en Marte podrá fabricarlo pronto. En cuanto lo hagan, tendremos menos fondos todavía.
        Todos se sumieron en un silencio triste y cansado, y Nadwah volvió a hundir la cabeza en la comida, intentando no volver a llamar la atención. Era consciente de que tarde o temprano Yildiz y Taeyang también lo sabrían. Si era lo que ella creía, toda la base lo sabría en menos de 33 horas, pero no quería hablar demasiado antes de tener una idea mejor de con qué estaban tratando. Estaba segura de que Cauvery entendería su actitud una vez hubiera visto los datos. Suspiró y terminó de comer con rapidez antes de volverse hacia la otra mujer.
        —Comandante…
        Cauvery la miró y asintió.
        —Nos vemos luego —se despidió de los otros y se soltó del arnés para impulsarse hasta la pared y de ahí hacia la salida—. Vamos a mi despacho, Nadwah, imagino que necesitarás una conexión.
        Nadwah se soltó también de la silla y siguió a Cauvery con agilidad.


        Sentía los latidos del corazón en la garganta mientras Cauvery navegaba a través de los archivos que había preparado. Llevaban más de media hora en total silencio, desde que le había entregado las claves de acceso sin darle ninguna explicación sobre lo que iba a encontrar. No había querido hacerlo para no condicionar su respuesta. Cauvery la había taladrado con aquellos ojos suyos, negros como el carbón, hasta que se había sentido tan incómoda que había empezado a sudar. Finalmente había asentido, se había conectado al sistema y había comenzado a examinar los datos. No había dicho nada más. A diferencia de ella, Cauvery no daba las órdenes en voz alta, lo controlaba todo a través del implante ocular.
        Nadwah miró de reojo con nerviosismo el reloj de la pared. Habían pasado otros diez minutos. De haber estado en condiciones de gravedad normal haría ya tiempo que habría empezado a pasar su peso de un pie a otro. Sin embargo, en la casi gravedad cero de Encélado, tenía que contenerse para no botar del suelo al techo una y otra vez.
        —¿Estás segura de esto?
        La pregunta le hizo dar tal respingo que casi salió disparada hacia arriba.
        —De nada —respondió y sacudió la cabeza de un lado a otro—. No estoy segura de nada, comandante. Creo… No sé lo que creo. Lo que creo es… —abrió las manos y suspiró aturullada, sin saber muy bien qué decir.
        —¿Demasiado… —Cauvery pareció debatirse también en busca de la palabra adecuada—, absurdo?
        Nadwah se encogió de hombros y luego asintió en silencio.
        —¿Y qué es lo que crees, teniente?
        Nadwah vaciló hasta que Cauvery enarcó una inquisitiva ceja en su dirección, impulsándola a seguir.
        —Que hay algo que se podría estar acercando al sistema solar proveniente de Gliese —confesó, clavando sus ojos en los de la otra mujer—. O de mucho más lejos que Gliese, más bien.
        Cauvery asintió y volvió a ojear los datos en silencio un rato más, la mirada perdida en el vacío.
        —¿Y qué piensas tú, comandante? —No pudo resistirse preguntar.
        —Puede que lo mismo que tú, Nadwah. Pero aún no lo sé. Takeda tendría que ver esto; él es nuestro experto orbital, después de todo. Podrá analizar estos cálculos de trayectoria mejor que yo. ¿Puedes llamarle? Y también a Félix. Quiero que mire los datos de microlente y nos diga qué saca él en claro.
        Hizo una pausa y volvió a sumergirse en los archivos. Nadwah aprovechó el momento para conectarse un momento a la red local y llamar a los otros dos físicos al despacho de Cauvery.
        —Aunque estos datos de materia-antimateria y el corrimiento al azul… —suspiró Cauvery, girándose hacia ella en la silla e invitándola finalmente a sentarse frente a ella—. Son impresionantes, teniente. ¿Y el pico de neutrinos que has mencionado antes? ¿Dónde aparecía de todo este… lío? No veo ninguna evaluación al respecto. Has dicho que no había ninguna señal de La Dama.
        —Justo después del descenso hasta niveles basales del corrimiento al azul, horas después del de microlente. Lo he filtrado usando los códigos de encriptación de La Dama, pero sólo era ruido. También lo he pasado por un filtro de detección de púlsar, y tampoco había nada. No he seguido analizándolo.
        Cauvery asintió.
        —Después de que Félix y Takeda miren esto y nos digan qué piensan, iremos al laboratorio a analizarlo entre todos. Puede que se te haya pasado algo por alto.
        —Eso espero, porque si es lo que parece —Nadwah resopló y sacudió la cabeza—. ¿Qué haremos? Quiero decir, ¿un “primer contacto”? ¿De verdad podríamos estar hablando de eso?
        —Podríamos, sí —suspiró Cauvery—. Pero aún es muy pronto para saberlo. Además, si lo es, no seremos ni tú, ni yo ni nadie de Tifón, quien decida qué hacer. Por cierto, los datos adjuntos en el archivo D.         Veo que has hecho un cálculo de trayectoria sobre la nube de OORT. ¿Sospechas que está ahí?
        Nadwah se encogió de hombros una vez más.
        —Podría ser. Pero ya has visto mis ecuaciones, comandante. He usado dos puntos y extrapolado sobre una trayectoria preconcebida; he forzado mucho el cálculo. Aunque si lo que han captado los satélites viene hacia aquí y se mueve a la velocidad que parece y no más, sí, estará en la nube o cerca de ella. He… —vaciló—, he solicitado una reorientación de algunos de los satélites cercanos hacia los puntos del informe.         Por si acaso.
        —Me parece bien. Depende lo que veamos…
        Una llamada en la puerta la interrumpió. Ésta se abrió sin esperar respuesta y el rostro de Félix asomó por el resquicio. Nadwah pudo oír a Takeda rezongar a su espalda por los malos modales de su compañero y no pudo evitar sonreír.
        —¿Querías verme, comandante?
        —Nos quería ver, Félix-kun, claro que nos quería ver. Si no nos quisiera ver no nos habría llamado. Y tú debieras haber esperado a que respondiera…
        Félix lanzó una mirada por encima del hombro al hombre que esperaba a su espalda y enarcó una ceja.
        —Nadwah ya está aquí, no tenía sentido esperar. No las íbamos a pillar en ninguna situación embarazosa. Además —añadió, terminando de abrir la puerta para entrar en el despacho, seguido por un hastiado Takeda—, ya sabían que veníamos.
        Cauvery los miró con resignación desde su silla y les hizo un gesto, invitándolos a acomodarse en torno al escritorio.
        —No les ofrezco asiento porque no tengo, caballeros, pero son libres de posar sus culos en mi mesa.
Félix se echó a reír y Takeda se limitó a ponerse rojo mientras apoyaba la espalda en la pared, lo más lejos posible del otro hombre.
        —Nos querías ver, Cauvery-san —comenzó en voz baja—, ¿por qué? Nadwah-chan no ha dado detalles.
        —Ha sido seca como la tierra pre-terraformada —le interrumpió Félix—. Con lo alegre que eres siempre, Nad, y hoy sólo un: “venid ahora, tenemos algo que debéis ver”.
        Cauvery alzó las manos pidiendo silencio.
        —Nadwah ha encontrado algo al analizar los datos de cerca de Gliese 370 en busca de señales de La Dama. Y no es La Dama —añadió, antes de que cualquiera de los dos físicos tuviera tiempo de hablar—. Queremos que nos deis vuestra opinión. Hay unos datos de trayectoria orbital que me gustaría que analizaras, Takeda, y también de microlente a los que quiero que tú, Félix, le eches un vistazo. Conectaos y os doy acceso.
        Félix se sentó en el borde de la mesa, súbitamente serio, y Takeda se limitó a asentir desde su lado de la pared y cerró los ojos antes de sub-vocalizar la orden.
        El silencio llenó el despacho casi como si fuera el espacio profundo, roto tan sólo por sus respiraciones. Al cabo de un rato Félix dio un fuerte respingo y escupió una maldición y, poco después, Takeda sub-vocalizó algo y se quedó muy rígido, completamente separado de la pared.
        Félix se volvió hacia Nadwah y sus ojos se enfocaron sobre su rostro.
        —¿De dónde has sacado esto, Nad? No será algún tipo de broma o tontería para darnos un susto a Take y a mí, ¿verdad?
        —¿Qué nos puedes decir, Félix? —le preguntó Cauvery con tono serio, sin darle tiempo a Nadwah a decir nada.
        —¿Puedo importar unos programas, comandante? —Intervino Takeda desde su rincón de la habitación—. Están en mi cuenta personal.
        —Hazlo —asintió y luego se volvió de nuevo hacia Félix—. Y bien, ¿qué te parecen los datos de microlente?
        —¡Basura espacial! ¿Qué queréis que me parezcan? ¡No pueden ser reales! Es decir —rectificó, lanzando una mirada de reojo a Nadwah—, no pueden ser datos de microlente gravitacional. No con esas posiciones relativas, al menos. Es decir —añadió de nuevo—, se ven dos veces, en línea con la estrella fuente, separados por lo que parecen ser miles de kilómetros. Si hemos detectado los dos…
        —¿Podrías hablar más bajo, Félix-kun? Hay gente en la habitación que intenta pensar, y no eres tú.
        —Ah… lo siento —dijo, y bajó el tono de inmediato, había alzado la voz hasta casi gritar sin darse cuenta—. Si hemos detectado los dos es porque estaban alineados el uno con el otro. Pero hay un incremento del corrimiento al azul entre ambos, lo que indica aceleración hacia nosotros. Tendría que haber seguido mostrando datos de microlente todo el tiempo. Pero se mueve. Es decir… —frunció los labios y usó las manos para mostrar lo que quería decir, usando una como estrella de referencia y la otra como objeto móvil—. Imaginaros que yo soy los satélites y aquí está la estrella. Esta otra mano es la cosa esa que crea la microlente. Aparece por primera vez aquí, cortando mi vista. Luego tiene que haberse desplazado y “volado” por el espacio antes de volver a cortar de nuevo mi campo de observación. Si fuera algo orbitando Gliese este mismo patrón se tendría que repetir varias veces, pero no lo hace, ¿verdad?
        —No —respondió Nadwah—. No hay nada en torno a Gliese con esa frecuencia de paso. Y tampoco es una frecuencia. Ocurre dos veces, ninguna más.
        —¡Eso mismo!
        —La voz, Félix-kun.
        —Perdón. Y luego están los… valores. ¿Un planeta? Serían mayores. Un asteroide… podría ser, pero ningún asteroide emite materia-antimateria y presenta variaciones en su corrimiento al azul. Esa cosa frena, acelera, se desplaza.
        Hizo una pausa y tomo aire varias veces, con los ojos entrecerrados.
        —Necesitaré unas cuantas horas más para deciros algo en claro, porque además los valores son muy raros. Creo… creo —reiteró, abriendo los ojos y clavándolos en Cauvery—, haber visto un pequeño deslizamiento de los picos sobre la estrella. Si hay deslizamiento no puede ser microlente, si no están alineados con la estrella no pueden serlo, no sé si me entendéis.
        Félix enmudeció y se frotó las manos contra las perneras del pantalón. Cauvery asintió y alzó la barbilla pidiéndole que siguiera hablando
        —Comandante, Nad, la microlente gravitacional mide cómo la gravedad curva la luz. La gravedad generada por un planeta u otro objeto significativamente grande. Todo tiene gravedad. Hasta una silla tiene gravedad… Eso ya lo sabéis, qué tonterías… —masculló y chasqueó los labios—. Pero no la suficiente para afectar a la luz de una estrella. Una nave tampoco. No con unos valores tan altos como los que hemos medido, al menos.
        —No con la tecnología que tenemos nosotros, Félix-kun —señaló Takeda, impulsándose hacia ellos a través de la habitación—. Pero ningún motor que conozcamos nosotros, o podamos construir nosotros, puede generar un pulso de materia-antimateria tan potente como para que las sondas y satélites de OORT lo capten. La Dama tampoco. Y es lo que vemos en estos datos. En la Confederación no tenemos ninguna tecnología capaz de generar campos tan potentes. ¿Campos anormalmente fuertes de microlente? —Takeda apoyó ambas manos sobre el escritorio de Cauvery y se giró con agilidad para sentarse en él—. No tenemos por qué tener la tecnología más avanzada del universo, comandante.
        —Entonces… —Nadwah sintió cómo el corazón le redoblaba en las costillas, y fue incapaz de seguir hablando.
        Cauvery tomó aire y asintió tras un largo rato de silencio.
        —¿Y qué nos puedes decir de la trayectoria, capitán Takeda?
        —Es muy mala. Muy forzada. No se puede calcular una trayectoria orbital compleja con dos puntos, es imposible; ni siquiera usando como modelo una pre-establecida. Aunque Nadwah-chan lo ha hecho bien —añadió con un asentimiento hacia ella—, no es suficiente. Y si su tecnología puede crear materia-antimateria detectable o alterar la gravedad a su alrededor de esa forma, podrá hacer cosas con las órbitas que ni siquiera me puedo imaginar.
        —¿Y qué te puedes imaginar, Take? —preguntó Nadwah, encontrando por fin la voz—. Yo creo que La Dama podría haber establecido un primer contacto hace casi 40 años.
        Félix sonrió como un cadete y palmeó la mesa con tanta fuerza que estuvo a punto de salir despedido hacia el techo.
        —¡Sí! ¡Si demostramos eso, será lo más grande desde el descubrimiento de vida extraterrestre!
        —Puede que La Dama no haya establecido nada, pero puede que sí —coincidió Takeda—. Y puede que eso que has encontrado, Nadwah-chan, venga hacia nosotros, pero puede que no. Como estar prevenidos es mejor que no estarlo, comandante, sugiero que miremos en OORT cuanto antes. Nadwah-chan nos ha proporcionado unas posibles coordenadas. Empecemos por ellas.
        Cauvery asintió.
        —¿Estamos todos los de esta habitación de acuerdo? ¿Nos encontramos ante una probable nave alienígena de camino hacia la Tierra?
        El silencio se espesó alrededor de todos ellos, pero ya estaba dicho. Ahí, ante ellos, por primera vez. De forma clara y concisa. Nave alienígena.
        —Sí.
        —Sí.
        —Desaconsejaría usar esa expresión en el comunicado oficial, Cauvery-san, pero estoy de acuerdo.
        Cauvery inhaló hondo y apretó los labios en una fina línea.
        —Entonces preparad toda la documentación necesaria para el envío de estos datos a la Tierra. Analizadlos como lo harán esos burócratas cabeza cuadrada de casa. Félix, emplea todas las horas que necesites para analizar los picos, intenta que no quede ningún resquicio por el que puedan escurrirse sus diminutas mentecillas.
        —Sí, comandante.
        —Take, tú prepara algo mejor con las ecuaciones de trayectoria que tienes entre tus programas. Quiero que les impresiones. Creo que tenías un trabajo pendiente de publicar sobre distorsión gravitacional y posibles pliegues causados por la gravedad en el espacio-tiempo y su utilidad en viajes espaciales, ¿verdad? Usa esas ecuaciones. Véndeles lo mejor que tenemos.
        —Es todo teoría cuántica ahora mismo, pero la empaquetaré para que sea bonita, comandante.
        Nadwah estuvo a punto de echarse a reír ante el afilado sarcasmo del capitán, pero Cauvery la miraba fijamente.
        —Nadwah. Quiero que tú te encargues de redactar todo el informe cuando Félix y Takeda te pasen los datos. Búscale un nombre. Yo voy a elevar tu petición de reorientar los satélites de verde a roja ahora mismo. Enviaré también una nota a un par de conocidos que aún me respetan por ahí abajo, para que esté todo listo cuando soltemos la bomba.
        —Sí, comandante.

        La bomba la soltaron tres días después, encriptada a niveles de máxima seguridad, a través de uno de los canales de comunicación más restringidos de Tifón. Aún era muy pronto para saber los datos recogidos por los satélites en OORT, pero la humanidad había dado el primer paso para demostrar que no estaba sola en el universo. Si lo lograban, todo cambiaría para siempre, nada volvería a ser igual. No estarían solos.
        Por eso, encontrar el nombre adecuado había sido lo más difícil para Nadwah. Al menos hasta que se le ocurrió pensar en los horizontes de expansión de la humanidad, en dónde tendría lugar el primer contacto si no lo había llevado a cabo La Dama.
        Las colonias más alejadas del sistema solar estaban en Plutón y sus lunas. Plutón circunvalaba el sol en una órbita muy elíptica a una media de unos 6 mil millones de kilómetros de distancia. Ese era por ahora, hasta que recibieran una confirmación por parte de La Dama, el horizonte de expansión de la humanidad.

Nombre del expediente “Horizonte 6”.


Notas al pie de página:
1. Ciencia que estudia el movimiento y posición de los objetos celestiales.
2. Pequeños desplazamientos de posición que sufren las estrellas debido a los planetas que las orbitan.
3. Sistema de detección de exoplanetas que estudia la disminución de la luz emitida por una estrella cuando un planeta se desplaza sobre su superficie desde el punto de vista del observador.
4. Mediciones basadas en el efecto Doppler. Cuando un objeto presenta corrimiento al azul en el espectro de medición, se acerca al observador; cuando presenta corrimiento al rojo, se aleja.
5. Los planetas que orbitan una estrella se enumeran siguiendo las letras del abecedario empezando por la b. El planeta más cercano que orbita HD 85512 (Gliese 370), es HD 85512 b (370-b)
6. Uso de varios telescopios para anular la luz de una estrella y poder visualizar directamente los objetos que la orbitan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario