Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 3 de diciembre de 2017

En algún lugar


 Buenas noches a todos. Hoy por fin os traigo el relato que presenté al concurso de Cachava y Boina de la editorial Cerbero. Tras no haber sido seleccionado, aquí lo dejo para que podáis leerlo a gusto. Espero que lo disfrutéis.



En algún lugar


        El rumor del agua de la fuente al caer en el pilón llenaba de refrescantes ecos el silencio en que estaba sumida la plaza del pueblo aquella cálida tarde de domingo. Carmen, la Roja, sentada al borde del abrevadero, a la sombra de la casa del alcalde, metió una mano en el agua y la movió en perezosos círculos al tiempo que cerraba los ojos para intentar escuchar el insistente canto de las cigarras por encima del constante gorgoteo del agua.
        «Apenas se escuchan, pero están ahí, en los campos, entre el rastrojo. Cri cri. Cri cri…»
        —Me voy a Madrid. En otoño.
        La voz de Miguel, sentado justo a su lado, la sacó de golpe de su ensoñación igual que si su amigo la hubiera empujado a la pila. Abrió los ojos y se volvió hacia él con rapidez, intentando mirarle a la cara, pero el Pupas tenía la cabeza gacha, como si se sintiera avergonzado. En las escaleras de la fuente, un poco más allá, Fina y Paco se habían quedado también muy quietos. Fina tenía una expresión extraña en la cara, pero bueno, era normal, todos sabían que estaba colada por Miguel y que pensaba en casarse con él en un año o dos para que la ayudara con la vaquería de su familia.
        «Pero si el Pupas se va…»
        Carmen sintió cómo un nudo de angustia le constreñía la garganta. No volvería a verle, lo sabía igual que sabía que el sol salía cada mañana sobre los campos. Le perdería, como había perdido a Juan. Y para siempre, igual que había pasado con Juan después de que el arado le aplastara una pierna y el doctor tardara demasiado tiempo en venir desde Sigüenza. La única diferencia era que lo de Juan había ocurrido de pronto, de un día para otro, sin embargo, lo de Miguel… Hacía ya tiempo que Carmen se había resignado a que se fuera con Fina, después de todo su familia tenía tierras, dinero y ganado, y ella no podía competir con algo así. Pero casarse con Fina implicaba quedarse en el pueblo, y al menos así podría verlo cada día, si se iba a Madrid en cambio…
        Ninguno de los que se iba del pueblo volvía jamás. Ni siquiera escribían cartas. Era como morirse.
        —Yo también he pensado en irme —confesó Paco, echándose hacia atrás en los escalones, cuando el silencio amenazó con hacerse incómodo entre ellos—. Pero ¿qué voy a hacer en Madrid? Tú al menos sabes leer. Dicen que hay que saber leer para trabajar allí.
        Miguel pareció más avergonzado todavía y hundió los hombros, con el rostro tan rojo que las cicatrices que lo cruzaban se hicieron más visibles que nunca. Él no tenía la culpa de que su tía hubiera estudiado con el párroco de la Olmeda y se hubiera empeñado en que tuviera una educación; igual que Fina no tenía la culpa de que sus padres fueran ricos y también la hubieran enseñado a leer y escribir. Paco estaba siendo injusto.
        «Igual tiene envidia. Todo el mundo quiere irse de aquí. A Madrid. A trabajar. A ser alguien y dejar el campo. Todos menos yo».
        Carmen se miró las manos encallecidas de trabajar en los huertos de su familia y observó con detenimiento la mugre que tenía debajo de las uñas y que nunca parecía salir del todo por mucho que las lavara. Se sentía orgullosa de aquellas manos fuertes y duras. Eran unas manos que trajinaban con la azada o la hoz de sol a sol casi cada día, unas manos que ayudaban a su madre y a su abuela a montar las garbas durante la siega o en las tareas de la casa. Suspiró. ¿Por qué sus amigos pensaban que lo suyo era menos digno que irse a Madrid?
        «Eso tampoco es justo —se recriminó Carmen a sí misma, tan pronto como el pensamiento afloró en su mente, dejando caer las manos entre las rodillas—. Lo que piensan es que fuera hay más dinero. Que vivirán mejor y será menos duro. Que en la ciudad no morirán como Juan porque allí hay médicos».
        —Yo… —La voz del Pupas sonó apagada y vacilante bajo el rumor de la fuente, pero parecía haberse recobrado de la vergüenza que lo embargara momentos antes; al menos ya no estaba rojo—. Quiero ver qué puedo hacer. Sé que hay mucho más que esto —alzó de pronto el rostro y miró con sorprendente odio todo cuanto le rodeaba, señalándolo con un brusco gesto del brazo—. Sé seguro que valgo para algo más que para labrar la tierra y romperme la espalda como mi abuelo y mi padre. Aquí no hay… nada. No hay… salida. ¡Sí, sé escribir y leer un poco! ¡Hasta sé de números! Y eso seguro que vale para algo. Seguro que soy bueno en muchas cosas que no sé ni que existen porque aquí no las tenemos. Además, lo dicen en la radio todo el tiempo. Dicen que en Madrid hay oportunidades nuevas, abren fábricas y buscan gente joven que trabaje bien y duro. Yo soy fuerte y vaya si puedo trabajar duro. Seguro que puedo encontrar algo allí que se me dé bien y ganar un buen dinero. Y luego volveré.
        Miguel se volvió hacia Fina y buscó su mirada. No hizo falta que dijera nada más, todos entendieron a qué se refería.
        Lo malo era que todos ahí sabían también que nadie volvía nunca cuando se iba a Madrid.


        El sol se estaba poniendo cuando Carmen recorrió la calle de la Iglesia camino a casa acompañada de Fina. Su amiga estaba muy callada, no había dicho apenas nada desde que Miguel anunciara que se iba, se había limitado a soltar algún monosílabo hosco aquí y allí y a mirarse los pies. Al final, todos habían guardado silencio y se habían limitado a dejar pasar las horas sentados en la fuente, observando con hastío cómo el perro del alcalde dormitaba cerca de ellos, sacudiendo de cuando en cuando una oreja para espantar alguna mosca, o cómo la viuda Cerina tejía sentada a la puerta de su casa aquel largo manto que parecía no ir a acabar nunca. Claro que, siempre estaba tejiendo, día tras día; y siempre parecía tratarse del mismo manto gris oscuro. Pero habían acabado por aburrirse. Primero se había despedido el Pupas diciendo que tenía que ayudar a su padre a limpiar los aperos. Luego le había seguido Paco, metiendo las manos en los bolsillos al tiempo que encorvaba la espalda, que se había limitado a murmujear algo sobre su abuela y un ungüento antes de desaparecer tras la casa del alcalde colina arriba. Al final se habían quedado las dos chicas solas y ni siquiera entonces se habían animado a hablar. Cuando Carmen se había levantado dejando escapar un hondo suspiro, Fina también lo había hecho, medio arrastrando los pies. Ninguna había dicho nada. No hacía falta… O tal vez sí.
        —¿Cómo estás, Fina? —se atrevió a preguntar Carmen cuando ya estaban cerca de la calleja que bajaba hacia su casa, incapaz de soportar por más tiempo aquel incómodo silencio—. Quiero decir, ya sabes, por lo de Miguel. Te ha mirado de esa forma. Igual él sí vuelve.
        Fina se detuvo, los ojos clavados en el suelo y las manos enlazadas ante ella, aferrándose la falda como si esta fuera el Pupas y no quisiera dejarlo marchar.
        —Yo… —La chica inhaló hondo de forma temblorosa y luego apretó los labios en una fina línea de determinación antes de seguir hablando—. A ti también te gusta, ¿verdad? —Fina alzó la vista hacia ella, con los ojos secos, sin rastro de lágrimas en ellos, a diferencia de lo que reflejaba su voz—. Pero tú pareces estar bien. ¿Es que a ti no te importa?
        Carmen se sintió de pronto como si el sol de la tarde le hubiera calentado demasiado la cabeza y estuviera a punto de desmayarse. ¡Fina lo sabía! ¡Sagrada Virgen! Había pensado, ingenua de ella, que nadie del pueblo se había enterado, que se lo había ocultado con éxito a todo el mundo. Sobre todo a Fina.
        Apartó azorada la vista y trató por todos los medios no alisarse la falda ni tocarse el cabello pelirrojo porque sabía que siempre hacía eso cuando estaba nerviosa; su madre se lo había dicho miles de veces. El rostro comenzó a arderle. Abrió la boca y la volvió a cerrar.
        «No puedo decirle la verdad, no pue…»
        —Sé que te gusta, Carmen. No me mientas. A mí no, por favor. ¡Te juro que no diré nada! —añadió Fina con la voz quebrada cuando ella no respondió y se limitó a clavar, azorada, los ojos en la pared de la casa del Cojo, en la argamasa medio caída y en las pequeñas plantas que crecían entre dos de los ladrillos. Cualquier cosa menos mirar a Fina a la cara—. ¡Ni a él ni a nadie! De verdad, Carmen. ¡Te lo juro por estos! —La muchacha se llevó los dedos a los labios y los besó con furiosa determinación—. Por Dios y Jesusito y los ángeles del cielo.
        El canto de los grillos pareció resonar como las campanas de la iglesia en medio del silencio, en medio de la quietud. El aire olía a heno recién segado, a oveja y a estiércol, a tierra recalentada y a humo de las chimeneas. Se estaba empezando a hacer la cena en muchas casas. Olía a patatas y judías, a pan caliente y a torreznos.
        —Sí —musitó Carmen al final, incapaz de apartar los ojos de la pared del Cojo, y hacerlo fue como si se arrancara una astilla que llevase demasiado tiempo lacerando sus manos, enquistándose y haciéndole olvidar lo que era importante. Fina era su mejor amiga. Merecía saber la verdad—. Desde siempre —añadió, bajando la voz hasta convertirla en un quedo susurro lleno de dolor y de pasión cuando el hermano de sus vecinos pasó cerca de ellas y las miró con curiosidad—. Pero él solo te mira a ti. Te quiere más que a nada. Y tú también le quieres y yo… ¿qué iba a ver él en mí, de todos modos? ¡Pero claro que lo echaré de menos! —exclamó tras un corto silencio, esta vez alzando el mentón con rebeldía y mirando a Fina a la cara—. ¡Claro que me importa! ¿Cómo no va a importarme? Pero hace tiempo que he renunciado a él. Para ti es peor.
        Fina pareció desmoronarse ante aquellas palabras. Primero fueron sus ojos, que se quedaron vacuos durante un instante, como cuando la radio de casa perdía la señal y guardaba silencio. Luego todo su rostro, sus hombros, su porte… Las lágrimas llegaron como un torrente tras un aguacero. Imparables, arrasándolo todo. Fina se lanzó hacia ella como si las rodillas no pudieran sostenerla por más tiempo, agarrándola igual que su hermano pequeño cuando se levantaba en medio de la noche aterrado por alguna pesadilla. Así que la abrazó, estrechándola contra su pecho con fuerza y dejando que llorara apoyándose en ella, allí, en medio de las últimas luces del día y la calle casi desierta, con el resplandor de las lámparas de las casas filtrándose a través de los cristales de las ventanas para derramarse en torno a ellas sobre el irregular empedrado como charcos de fuego y de luna.


        Carmen llegó tarde ese día a casa. No le importó la reprimenda de su madre ni el ceño fruncido de su padre. Tampoco las pullas de Toño, su hermano mayor, ni las de los más pequeños, que enseguida le corearon. Su abuela, en cambio, guardó silencio, con sus ojos miopes rodeados de profundas arrugas fijos en ella como si pudiera leerle el alma y adivinar lo que esta escondía.
        Cenó sin hablar apenas y se alegró cuando su madre dejó de intentar sonsacarle qué había pasado esa tarde y su padre puso la radio para llenar el silencio. No les dijo nada de lo de Miguel. No tenía por qué hacerlo. No era ella la que pensaba casarse con él y la que lo había perdido. Tampoco es que sus familias estuvieran muy unidas. Y tampoco eran sus padres quienes habían perdido un buen par de manos para ayudar en las labores de la granja. No era más que su amigo. Un amigo, nada más.
        «Ya se enterarán —reflexionó con cierto resentimiento mientras sorbía la sopa de la cena con cuidado de no quemarse—. En cuanto la viuda Cerina se lo cuente a todos. Esa vieja cotilla… Además, tampoco es el primero que se va del pueblo. El hermano de Juana también se fue. Y la hija de los Canteros. Y los dos hermanos de la Manos. No les importará. No se sorprenderán».
        Pero el Pupas era el primero que se iba tan joven, apenas habría alcanzado la mayoría de edad en otoño. Y eso sí era nuevo. Carmen se estremeció al darse cuenta y lo intentó apartar de su mente tan rápido como pudo, pero fue inútil, la idea ya estaba dentro de ella y comenzó a latir.
        Se acabó la sopa, haciendo un esfuerzo por no pensar en ello, ayudó a su madre a recoger la mesa y a lavar los cacharros y luego fregó el suelo de la cocina. Cuando se acostó en la habitación que compartía con sus hermanos estaba agotada, mental y físicamente, pero tardó tanto en dormirse que pensó que vería el amanecer alzarse más allá del marco de la ventana.
        Lo último que vio, sin embargo, fue el titilar de las estrellas… y cómo algo negro, espeso, brillante, pero al mismo tiempo oscuro como el manto que tejía la vieja Cerina, fluía de pronto como una colada de lodo sobre el cielo nocturno engullendo las estrellas. Parecía refulgir, parecía vivo. Parecía estar allí para asfixiarlos a todos.
        Cuando despertó con el primer canto del gallo y el fulgor del sol sobre el horizonte, casi lo había olvidado. Se levantó, caminó descalza hasta la ventana que daba al este y la abrió para respirar el fresco aire del amanecer. Se acodó en el alféizar y contempló el incipiente resplandor anaranjado del cielo sobre las colinas doradas perfiladas de negro, pero no había allí nada extraño, nada fuera de lo normal. Claro que, ¿por qué iba a haberlo? Después de todo, solo había sido una pesadilla.


        Se había pasado el día ablentando la parva y le dolían los hombros y la espalda, sentía la cabeza pesada y un ligero mareo, pero al menos ya habían terminado de recolectar el grano de la cosecha de ese año y ya solo quedaría terminar de secarlo antes de guardarlo en el granero o llevarlo para la molienda hasta la Olmeda. Carmen se echó hacia atrás con un suspiro cansado hasta recostarse entre las resecas hierbas a la sombra de uno de los viejos enebros que había al borde de los terrenos de trilla que había a las afueras del pueblo. Cerró los ojos y aspiró el dulce aroma de la mies recién ablentada mezclado con el de la corteza del enebro, sintiéndose en paz consigo misma por primera vez desde que Miguel había anunciado que se iba hacía casi dos semanas. Las voces del resto de trabajadores llegaban amortiguadas hasta ella, alejadas por la suave brisa que soplaba sobre los campos. Se podía imaginar perfectamente qué estaban diciendo. Después de todo no había otra cosa de que hablar. Ahora todo el mundo sabía lo de Miguel. Movió los labios en silencio imitando todas aquellas conversaciones.
        Que si Madrid, que si las oportunidades, que si las nuevas fábricas de coches, que si irse era signo de progreso, que si se iban los jóvenes quién cuidaría de la tierra y de ellos cuando se hicieran viejos, que los de su edad ya no tenían respeto por las tradiciones, que qué pasaría ahora con Fina, que si se quedaría solterona, que sus padres ya podían buscarle un buen marido en la Olmeda porque lo que era allí no había nadie que valiera una peseta, nadie salvo el hijo de quien sea que estuviera protestando, que qué iba a hacer en Madrid un chico tan bueno como él, que se echaría a perder, que era peligroso, que ya veréis como este sí vuelve, que si eso ya lo veremos porque luego ni se acuerdan del pueblo porque la ciudad les sorbe el seso…
        Carmen resopló y se cubrió los ojos con un brazo. Ojalá dejaran de decir esas cosas, ojalá se callaran todos.
        Ojalá Miguel no se fuera nunca.
        «Odio Madrid, maldita sea su estampa, lo odio».
        Pero no era cierto. No lo odiaba. Era solo que…
        Rodó sobre sí misma y se acurrucó en el hueco entre dos gruesas raíces del enebro con una molesta palpitación en las sienes.
        «No puedo odiar al Pupas por irse. Cree que hay un futuro para él ahí fuera. Igual es cierto. Es listo y sabe leer y escribir. Igual vale para más cosas que los demás del pueblo. Como el médico de Sigüenza. Pero no es justo».
        El crujido de la tierra reseca a su espalda la sacó de su ensimismamiento y alzó la cabeza para mirar por encima del hombro. Era Fina, secándose el sudor de la frente con un pañuelo de algodón. Se dejó caer a su lado con un suspiro cansado. Tenía ojeras, como cada día últimamente, y Carmen se imaginó que había estado llorando otra vez. Suspiró de nuevo y se incorporó hasta quedar sentada con la espalda apoyada en el tronco del enebro y observó a su amiga de reojo hasta que esta se decidió a hablar. Una punzada de dolor pareció traspasarle los ojos, pero la ignoró, solo se le estaba poniendo dolor de cabeza, eso era todo.
        —He estado pensando, Carmen —susurró Fina al cabo de un rato, mirando los campos con expresión ausente—. Varios días. Lo he hablado con mis padres también. Hasta hemos ido a la Olmeda a hablar con el párroco de allí.
        Carmen enarcó una ceja, sorprendida. No se había enterado de eso. ¿Cuándo había ocurrido? Iba a decir algo, pero Fina se giró hacia ella y la expresión de sus ojos negros le robó el aire de los pulmones. Había tristeza en ellos. Y determinación. Pero sobre todo, lástima. Aquello la paralizó.
        —Yo también me voy a Madrid. Con Miguel. Nos casaremos antes, aquí en el pueblo. Vendrá el párroco de la Olmeda. Nuestros padres ya lo han hablado. Además, sé leer y escribir y el párroco dice que igual puedo trabajar haciendo eso para otros. Que es una buena forma de ganarse la vida en la ciudad, que conoce a un cura allí que…
        Las siguientes palabras se perdieron en medio de los atronadores latidos de su corazón y el dolor lacerante que le atravesó la cabeza. Sintió cómo empezaba a costarle respirar, cómo todo giraba a su alrededor, cómo todo se oscurecía… Alzó la vista hacia el cielo y el sol pareció parpadear y tornarse negro durante un brevísimo instante, pero Fina no se dio ni cuenta, seguía hablando sin parar, aunque no pudiera entenderla. Solo ella lo vio. Había sido como una nube sin serlo. Una nube de negrura. Una negrura como la que amenazaba con engullirla ahora a ella. Se sintió caer…
        —¡Carmen! ¡Carmen!
        Unas palmaditas en sus mejillas. Agua en sus labios resecos. Tragó para no ahogarse. La voz de Fina parecía venir de muy lejos. Abrió los ojos. Había sombras a su alrededor, bajo el enebro, siluetas que tomaron poco a poco consistencia: su padre, su hermano Toño, su madre y Fina. El cielo se extendía sobre ellos, más allá de las vetustas ramas del enebro: azul, radiante. Sin rastro de negrura…
        —El sol… —balbuceó aturdida—, algo le pasaba al sol…
        Una mano bajo su nuca que le alzó la cabeza para que pudiera volver a beber. Agua fresca deslizándose por su garganta.
        —Ha sido un golpe de calor. Ha estado demasiado tiempo ablentando sin beber, seguro. —La voz de su madre, preocupada y reprobatoria a la vez.
        Pero aquello no era cierto. No era cierto. Aunque no recordaba cuándo había bebido por última vez. Era Fina, no el agua, era lo que su amiga le había dicho. Fina se iba a Madrid.
        Una súbita opresión en el pecho. Tristeza. Dolor. También perdería a Fina. Se quedaría sola. Las lágrimas comenzaron a quemarla por dentro y luego a resbalar por sus mejillas. No podía pensar, tenía la cabeza como llena de lana. Le dolía detrás de los ojos.
        Unos brazos en torno a ella. Fuertes, robustos. El familiar olor de su madre a su alrededor y su mano acariciándole los rojos cabellos.
        —Solo un golpe de calor, os lo digo yo. Mejor nos la llevamos a casa. Trae el carro, Toño. Y tú, papá, ayúdame a cargarla. La niña no puede ni andar. Mira que le he dicho mil veces que el pañuelo y el botijo…
        La luz del sol volvió a parpadear, o tal vez solo fue su imaginación, no lo sabía, no podía saberlo. Todo daba vueltas, todo giraba. Todo parecía deshilacharse entre sus dedos.
        La inconsciencia se la llevó.


        —¿Cómo estás, mi niña?
        Le dolía la cabeza. Su madre la había cogido en brazos. Solo que aquella no era la voz de su madre, sino la de su abuela: ajada, triste, preocupada, quebrada por la edad.
        —El sol… —musitó en medio de la bruma que llenaba su mente, solo recordaba el sol, muriendo y oscureciéndose.
        —El sol está bien, pequeña. Ahora ya está bien. Pero dime ¿qué has visto en el sol?
        Carmen rebulló entre las mantas de su camastro y abrió los ojos para cerrarlos instantes después, cuando empezaron a palpitarle.
        —No lo sé —gimió confusa—. Se iba. Se hacía oscuro. —Y entonces recordó: las estrellas engullidas por la negrura la noche en que Miguel había anunciado que se iba, la pesadilla a la que apenas había prestado atención—. Fue como la otra noche con las estrellas, abu. También se iban. Como cuando hay una riada y el agua se lo lleva todo, pero con el cielo. Se apagaban igual que velas.
¿Por qué le estaba contando eso a su abuela? ¿Por qué le preguntaba ella sobre el sol y el cielo? Solo eran pesadillas, visiones, un golpe de calor, como había dicho su madre.
        Tanto daba. Cualquier cosa menos Fina. No quería pensar en Fina ni en Miguel.
        —Toma un poco de agua. —La temblorosa mano de su abuela le acercó un vaso a los labios y sintió su frialdad contra la piel. Bebió con ganas y se sintió mejor, más despejada. Miró a su abuela que sonreía, sentada a su lado en un taburete, y asentía con lentitud—. Eso también pasó cuando yo era niña. Era como si le hubieran pegado un bocado al cielo, ¿verdad? Todo negro detrás. Lo vimos durante semanas y luego se fue. El señor cura decía que había sido el buen Dios para castigarnos porque habíamos hecho algo mal. Yo estoy de acuerdo. Fuimos todos a la iglesia en la Olmeda y rezamos por ello cada día y Dios vio que habíamos cambiado, porque antes no todos iban, e hizo que dejara de pasar. Ahora también lo hará, ya verás. No debes temer, porque Dios está contigo y te protegerá. Eres una buena chica. Solo tendremos que rezar mucho otra vez.
        Carmen se estremeció, pero no dijo nada. Porque su abuela sabía muchas cosas y si ella decía todo eso sería verdad seguro. ¿Pero qué habían hecho para que Dios se enfadara? Nadie había sido más malo y cruel que de costumbre en el pueblo. Los Gutiérrez y los Sánchez seguían peleándose por el linde de siempre, pero nada más. Llevaban peleados por ese linde desde los tiempos de sus abuelos y nunca pasaba de un par de pedradas o un cachavazo.
        Solo que…
        Solo que…
        Sí que había algo que estaba cambiando. Fina y Miguel se iban y nunca nadie tan joven se había ido antes del pueblo. ¿Sería que Dios estaba enfadado por eso? ¿Habrían hecho enfadar a Dios al dejar a sus familias abandonadas? Porque si los del pueblo sabían que nadie volvía nunca de Madrid seguro que Dios también.
        Carmen sacudió la cabeza. No quería pensar en ello, no quería recordarlo. Clavó los ojos en el techo de su cuarto y deseó dormir hasta el invierno, hasta que todo hubiera pasado. No quería estar allí cuando ocurriera, no quería verlos casarse e irse tan lejos. No quería perderlos. No quería quedarse sola. Carmen luchó contra el súbito arrebato de tristeza, pero no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Se giró hacia la pared, intentando ocultárselas a su abuela, pero fue inútil. Ya las había visto.
        —Pero hay más que te preocupa, mi niña. ¿No es verdad? —susurró volviendo a buscar su mano para estrecharla entre las suyas, calientes y ásperas al tacto.
        —Se van —musitó al final, con la voz rota por el dolor—. El Pupas y Fina se van, abu. Yo me quedaré aquí sola y no volveré a verlos. Quieren irse a Madrid porque dicen que allí estarán mejor, que hay más oportunidades. Que igual en la ciudad pueden ser cosas que aquí no pueden ser. Cosas mejores. Pero yo no quiero que sean mejores, solo los quiero a ellos.
        Su abuela volvió a palmearle la mano y una sonrisa arrugada y triste afloró a sus labios, haciendo que sus ojos amables y llenos de cariño desaparecieran casi entre los pliegues de su rostro.
        —Bien, sí, lo sé. Los jóvenes siempre buscáis vuestro sitio. Todo el rato. Ellos creen que es Madrid. Pero ¿qué es lo que tú quieres, mi niña? ¿Qué quieres hacer tú?
        Y aquella simple pregunta la golpeó como un rayo en plena tormenta.


        —No lo sé.
        La noche se abría ante ella, sentada como estaba en el banco a la puerta trasera de su casa, la que daba hacia las colinas. Las estrellas titilaban en el cielo, brillantes, blancas, con la vía láctea formando un arco como la leche derramada sobre pizarra. Toda su familia dormía. Estaba sola. Necesitaba estarlo. Necesitaba pensar. La pregunta de su abuela aún resonaba en su mente. No tenía ninguna respuesta.
        Amaba esta tierra. Amaba su pueblo, sus calles, sus tierras. El olor del trigo y de la lana. El trabajo en los campos. Los niños correteando entre los rastrojos apedreando ratones y cazando lagartijas. El ladrido de los perros y el cloqueo de las gallinas en medio de la calle. El mugido de las vacas en la distancia.
        ¿Envidiaba a Miguel y a Fina? ¿Quería irse a Madrid como ellos? ¿O prefería quedarse en el pueblo como sus padres, sus tíos y sus abuelos?
        —No lo sé —volvió a repetir con un suspiro—, la verdad es que no lo sé.
        De pronto, mientras contemplaba el firmamento, sintiendo como la tristeza crecía más y más en su interior, las estrellas parecieron parpadear y apagarse como una vela ante el soplo del viento. Se volvieron a encender y se desvanecieron una vez más. Le pareció hasta que giraban de modo extraño, en círculos o en zigzags, como una raposa corriendo entre la maleza.
        Luego todo se oscureció. Todo desapareció. Hasta la misma luna.
        Carmen sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos y cómo comenzaba a temblar. Algo le pasaba al cielo. Algo malo.
        Quiso gritar, llamar a alguien, a quien fuera, pero todos dormían. Jadeó asustada, se puso en pie, se arrodilló para rezar… y entonces todo volvió a la normalidad. Como si nada hubiera pasado.
        Aterrada por lo que acababa de ocurrir se puso en pie, corrió dentro de casa, subió a su habitación temblando de miedo y se enterró entre las mantas, deseando que la noche acabara y el sol volviera a salir. Dios estaba enfadado por algo, tal y como su abuela había dicho. Muy enfadado. Y no quería saber por qué, solo que parara, que los perdonara por lo que fuera que habían hecho.
        Carmen jadeó.
        Todo había empezado cuando Miguel había anunciado que se iba y había vuelto a pasar el día anterior, justo después de que Fina le dijera que ella también se iba. No podía ser casualidad.
        Porque, además, ella se había preguntado justo eso cuando el cielo se había vuelto loco esa noche. Carmen contuvo un sollozo y se cubrió la cabeza con la almohada, rezando a Dios y a todos los ángeles. Rogando su perdón.
        No, ella no se iría del pueblo. No se iría por nada en el mundo. No lo haría nunca. Lo juraba, lo juraba de verdad. Por la salvación de su misma alma.


                El verano dio paso al otoño. Y algo pasaba con el cielo. Todo el mundo lo comentaba ya en el pueblo y en la Olmeda. Era un mal augurio. El párroco de la Olmeda, que venía cada día a la iglesia a dar misa, clamaba en cada sermón contra la villanía y la depravación. Contra los malos pensamientos. Contra el mal que albergaban todos en sus corazones de pecadores. La confesión de todos los pecados era la salvación, decía. Tenían que confesarse, arrepentirse de corazón, o Dios no los perdonaría. Pero la oscuridad seguía engullendo el cielo de tanto en tanto, de modo inexplicable, indiferente a todos los rezos y todas las confesiones. A veces el sol se apagaba, otras eran las estrellas. Una noche, incluso, la luna dejó de brillar hasta poco antes del amanecer.
        Había muchas acusaciones, muchas viejas rencillas reavivadas y el odio entre algunas familias amenazaba con resurgir después de décadas de silencio. Sin embargo nadie decía lo que Carmen pensaba. Nadie echaba la culpa ni a Miguel ni a Fina. Más aún, los preparativos para su boda y posterior viaje a Madrid seguían su curso.
        Ella tampoco lo decía. No quería que la tomaran por loca. No quería que los últimos momentos con sus amigos estuvieran impregnados de miedo, odio, reproches y acusaciones. Fina estaba tan feliz, tan risueña… No podía hacerles eso a ninguno de los dos.
        Lo que no podía dejar de hacer era pensarlo y santiguarse cada vez que el cielo se ponía raro y negro, y aquella cosa, fuera lo que fuera, se tragaba el sol, la luna o las estrellas. No podía dejar tampoco de rezar una noche tras otra, en el silencio de su habitación, rogando a Dios que perdonara a sus amigos y dejara de castigarlos a todos. Pero Dios no escuchó sus plegarias. Ni las de nadie.


        El día de la boda amaneció radiante y luminoso, y el pueblo entero asistió a la iglesia. Carmen lloró abrazada a Fina, primero en su casa mientras la vestían y luego antes de salir hacia la iglesia detrás de Miguel y sus padrinos. El Pupas estaba guapísimo, ataviado con su camisa blanca y su traje negro con chaqueta de astracán, y Carmen no podía dejar de mirarlo mientras caminaba detrás del cortejo de la novia. Pero no podía sentir celos, solo una inmensa tristeza, porque al día siguiente, después de los festejos de la noche, se irían para Madrid.
        Fina también estaba hermosa y radiante, con el cabello cubierto por una preciosa toquilla negra de encaje y un mantón de Manila de brillante color blanco sobre los hombros, bordado con flores rojas, anaranjadas y azules en la espalda y diminutas hojas verdes a lo largo de todos los bordes de flecos. La falda negra era de tejido damascado y bailaba al son de sus pasos, dejando entrever de cuando en cuando sus delicados botines de piel.
        El párroco de la Olmeda los casó a la antigua, con un largo sermón y una ceremonia que se alargó hasta bien entrado el día. La siguieron las colaciones en casa de Fina y de Miguel, y también el cumplido y la comida. Y durante todo ese largo día, Carmen se olvidó del cielo, del castigo y de la furia de Dios, porque no hubo sombras, ni malos augurios, solo fiesta, alegría y las sonrisas de Fina y de Miguel.
        Y eso fue todo lo que necesitó.


        Pero a la noche todo cambió. No hubo estrellas ni luna. Los perros aullaron en la noche como lobos y el ganado se revolvió en los establos. Una calma extraña se extendió por el aire, como si algo que llevaran escuchando toda la vida hubiera guardado silencio de pronto; como si algo que antes estuviera vivo hubiera dejado de existir.
        Carmen no durmió en toda la noche. Nadie de su familia lo hizo. No dejaron de rezar ante la pequeña imagen de la virgen con el niño que tenían en casa arrodillados en la cocina con la cabeza gacha. Rezaron y rezaron por la salvación, por el perdón de sus pecados, igual que el resto del pueblo.
        Pero Carmen sabía que no serviría de nada, porque Fina y Miguel se iban y estaba claro que Dios no iba a perdonarlos.


        A la mañana siguiente salió corriendo de casa poco después de que las primeras luces del alba asomaron sobre el horizonte, aliviada y llorosa porque al menos Dios no les había arrebatado también la luz del día. Ignoró los gritos de su madre, ni siquiera desayunó. Estaba decidida, sabía lo que tenía que hacer. No podía permitir que Miguel y Fina se fueran. Si lo hacían, la luz desaparecería para siempre y morarían en la oscuridad el resto de sus vidas.
        Corrió calle arriba, primero hasta la casa del Cojo y luego torció camino a la vaquería. Cruzó los campos en barbecho y espantó al aterrado perro de los Canteros.
        Para cuando llegó a casa de Fina, estaba jadeando y el cabello rojo se le escurría fuera del pañuelo. Llamó a la puerta con furia, con rabia, llena también de miedo, hasta que esta se abrió y la madre de Fina la miró con estupefacción.
        —¡¿Dónde está Fina?! ¡¿Dónde está Miguel?! —gritó, fuera de sí.
        —Han salido ya hacia el cruce de Sigüenza. Se han ido hace ya rato. Quieren coger el autobús de primera hora. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué quieres? ¡Después de la noche que hemos tenido…!
        No siguió escuchando. Se dio la vuelta y corrió hacia el camino que salía del pueblo. Tropezó y estuvo a punto de caer varias veces, pero siguió adelante, pese al dolor en el costado, pese al sudor que empapaba su espalda. No podía dejar que se fueran, no podía hacerlo. Tenía que detenerlos. Tenía que llegar a ellos antes de que pasara el autobús.
        Los vio en la distancia antes de que alcanzaran el cruce, cargados con las maletas. Gritó, gritó con todas sus fuerzas, y Miguel se volvió hacia ella, tiró del brazo de Fina y ésta también se giró.
        Carmen se tambaleó, dio un traspié y volvió a gritar, sin apartar los ojos de sus amigos, sin dejar de correr.
        —¡Finaaaaa! ¡Migueeeeel! ¡No os vayáis! ¡No os….!
        Y algo ocurrió a espaldas de sus amigos. El aire pareció ondular y oscurecerse y de pronto el familiar paisaje del camino a Sigüenza se desgarró ante la atónita mirada de Carmen como una vieja camisa que se ha usado demasiados años, como si algo o alguien hubiera tirado de ambos lados del mundo con una fuerza que ella no alcanzaba a comprender. Más allá no había nada, parecía el fin del mundo. El camino al purgatorio. O al infierno.
        Carmen intentó volver a gritar para advertir a Fina y a Miguel de que lo que había justo detrás de ellos, pero las palabras se negaron a salir de su garganta agarrotada por el horror y el miedo.
        Un trueno crujió entonces en la distancia, una detonación atronadora que hizo que hasta sus mismos huesos vibraran, y súbitamente sus amigos cayeron hacia atrás, hacia ese vacío, hacia aquella brecha gris y sin forma que acababa de aparecer y que se los tragó sin dejar rastro alguno de ellos. Fina y Miguel ni siquiera tuvieron tiempo de gritar.
        Carmen se quedó sola en medio de la mañana, paralizada en el camino, rodeada de campos, con aquella brecha gris en el aire ante ella, incapaz de reaccionar.


        La Observadora de Protección Planetaria movió su pedúnculo trasero arriba y abajo manifestando su incomodidad, y algunos de los cromatóforos de su piel cambiaron sutilmente de color. No terminaba de estar convencida con lo que acababa de ver en las proyecciones de la sala de control: los dos humanos siendo engullidos por la salida del ecosistema artificial de la Estación Arca y a la otra criatura humana corriendo hacia el límite de entorno, en un intento de seguir a sus compañeros de hábitat. Un intento fallido.
        ¿A ella no la sacamos? —inquirió, llenando a su alrededor el aire de feromonas y mostrando un patrón alterno de verde y azul en los cromatóforos de su espalda.
        No. A ella no. —El Guardián le respondió con otra vaharada de feromonas y un temblor de sus tentáculos inferiores. No cambió de color. Otra más de tantas descortesías por su parte desde que ella había llegado a la Estación. La Observadora contuvo el impulso de aplanarse en su reclinatorio e ignoró el desplante. Estaba convencida de que todo lo que el Guardián intentaba era irritarla—. No lo desea. No de verdad. Además, necesitamos su genoma en el interior. Su variante pelirroja y su fuerza proporcionarán una inestimable variedad genética para este ecosistema cuando se reproduzca.
        ¿Pero que haya estado tan cerca de la frontera y visto lo que ha visto no afectará al proyecto? —insistió la Observadora—. Quiero decir, puede que sepa demasiado. Puede que se lo revele al resto de habitantes de su ecosistema y lo ponga en peligro. La inducción mental y las ilusiones a que sometéis a los que se acercan demasiado a la frontera tienen un límite, según mis archivos, y ella parece estar muy cerca de ese límite ahora mismo. ¿Eso no puede suponer la aparición de nuevas variables incontroladas en el interior del ecosistema? Patrones de conducta autodestructivos que lleven a…
        El espécimen que observamos solo desea permanecer en la seguridad de su entorno —la cortó el Guardián con una súbita emisión de gran cantidad de feromonas que denotaba un leve grado de irritación y agresividad, pero su piel siguió sin cambiar de color—. Forma parte intrínseca de su personalidad y su patrón de conducta. Es lo que prefieren la mayoría de los habitantes de los ecosistemas: el inmovilismo, la ausencia de cambio. No hará nada que perjudique esa sensación de seguridad y pertenencia, estoy convencido. Además, en este hábitat, con este nivel tecnológico, no tienen herramientas para explicar lo que ella ha visto. Si dice algo, la tomarán por una perturbada con alteraciones sensoriales. No estamos hablando de patrones mentales similares a los que poseen los habitantes de nuestros entornos más desarrollados. La mayoría de los que tenemos en este hábitat carece de esa tendencia a la experimentación, a hacerse preguntas, a probarse a sí mismos.
        Pues los otros dos me han parecido muy decididos.
        La Observadora volvió a sacudir su pedúnculo trasero y esta vez cambió de color de forma más evidente, insertando rojos y amarillos entre las estrías verdes. Quería dejar claro su rechazo e creciente irritación, pero el Guardián pareció ignorarla y siguió con sus apéndices enfocados hacia las pantallas.
        De modo que esa iba a ser su actitud durante este ciclo de observación. Bien. Desplantes, ignorar a un Observador Planetario, rechazo a mostrar sus emociones… Archivó todo aquellos datos en su implante de memoria y esta vez sí que se aplanó ligeramente. Si aquel era el juego, ella también podía dejar de lado la educación y el decoro. La Observadora tensó una de sus válvulas ventrales con cierto enfado e inundó la sala de un fuerte olor acre que estaba segura el Guardián no podría pasar por alto. Estaba ahí para evaluar la ética y la continuidad de aquel proyecto, después de todo. Era hora de dejar las cosas claras. Quería respuestas y las obtendría. De un modo u otro. Con la colaboración del Guardián o sin ella.
        Según los informes de que dispongo —comenzó, alzando un apéndice y moviéndolo hacia las proyecciones que tenía delante—, la distribución poblacional indica una clara tendencia a la extinción en este hábitat. Hay un índice de fuga muy elevado. No es el primer ecosistema peri-industrial en que habéis detectado este tipo de patrones. ¿Para qué mantener algo así? ¿Para qué invertir tantos recursos en algo abocado al fracaso?
        Es cierto, no podemos negar lo evidente. —El Guardián emitió un hálito de condescendencia que se quedó largo rato flotando entre ellos y la Observadora no pudo evitar que su piel se tornase más roja que verde y que un agresivo moteado amarillo comenzara a aparecer a lo largo de sus pedúnculos traseros. Pero el Guardián la ignoró una vez más—. Este tipo de cultura, de modo de vida, se extinguió en su mundo natal y lo hará aquí. Es solo cuestión de tiempo. Pese a todo merece la pena intentar conservarlo mientras podamos porque, aunque en términos absolutos esté condenado a la extinción, es un ecosistema arcaico pero valioso para el futuro de esta especie. Puede que ya no tengan un planeta en el que vivir, pero si algún día encontramos un mundo en el que reinsertarlos, necesitarán las habilidades de todos sus ecosistemas, por primitivos que sean, para subsistir. Necesitarán una base de agricultura y ganadería que se ha olvidado en los entornos más tecnológicos e industrializados. Podríamos expresarlo así, Observadora: estos ecosistemas en extinción podrían representar la salvación de esta especie… Y de tantas otras que tenemos a bordo de esta Estación.
        La Observadora emitió un pulso de feromonas sin cambiar de color, a medio camino entre la aceptación y el escepticismo, y decidió profundizar en el tema que la había llevado allí: en las denuncias que determinados sectores habían hecho llegar a Protección Planetaria sobre el trato a las especies que conservaban en la Estación Arca.
        ¿Y qué ocurre con los que salen?
        Intentamos por todos los medios que se adapten a vivir aquí fuera, con nosotros y todas las otras especies. Han visto demasiado, saben demasiado y no podemos reinsertarlos en su ecosistema original ni en ningún otro… No de entrada, al menos. No salvo que no nos dejen otra opción.
        ¿Otra opción? —La Observadora rebuscó en su implante de memoria y luego encogió uno de sus tentáculos, por fin tenía al Guardián donde quería—. Veo que hay un porcentaje nada despreciable de especímenes que no se integran en la Estación, que nunca se acostumbran a vivir en un entorno multi-especie tan avanzado tecnológicamente. Suele haber problemas mentales que van desde la agresividad a las autolesiones... Es tanto más elevado cuanto menor es el nivel tecnológico de su ecosistema de origen. Lo que tiene lógica. Como ha dicho antes, no tienen herramientas para explicar lo que les pasa. No de entrada. Su mente no puede soportarlo. Se rompen. ¿Qué hacen con los que no se integran? Hay acusaciones de…
        La Observadora tuvo la satisfacción de ver cómo el Guardián se encogía y palpitaba y cómo todos sus pedúnculos cambiaban de color de forma involuntaria, tornándose de un blanco radiante. El aire se llenó de feromonas agresivas, punzantes, que no lograron encubrir el miedo subyacente.
        Bien. Ahí estaba. Ya lo tenía. La verdad que había ido a buscar.
        ¡Eso no son más que estúpidas denigraciones procedentes de una caterva de lametierras que ignoran de lo que de verdad hacemos aquí! Sé a dónde quiere ir a parar, Observadora. Lo sé muy bien. Lo estaba esperando desde el momento en que la vi aparecer en mi Estación. Pues bien, déjeme que le responda. Si no se adaptan, se les da una nueva identidad. Se les modifica la memoria. Borramos todo rastro de lo que fueron y hacemos que sean otra cosa. Luego volcamos todos nuestros esfuerzos en reinsertarlos en otro entorno similar al de origen. ¡Así es como favorecemos la mezcla genética y evitamos la endogamia en estos ecosistemas aislados! Es fundamental para nuestro trabajo y para la conservación. No podemos permitirnos el lujo de renunciar a genomas perfectamente sanos y variados. No cuando nuestra labor es tan importante.
        De acuerdo, Guardián. ¿Y cuándo eso también falla? —presionó la Observadora, aplacando sus colores y oscureciendo su piel hasta un uniforme tono magenta oscuro, al tiempo que liberaba una nueva oleada de feromonas—. Tengo aquí determinados…
        El Guardián cambió de pronto de color ante la atónita Observadora. Toda su epidermis se tronó blanca como una nova, tan brillante que casi dañaba verla. Estaba además punteada de bultos y deformada, muy lejos del aspecto suave y terso que tenía hacía apenas un instante. No pudo evitar alzarse del reclinatorio y alejarse de él, conmocionada por una reacción tan acusada y extrema. El aire se llenó de unos niveles tan altos de feromonas que la aturdieron tanto que apenas pudo entender su mensaje.
        Observadora, la eutanasia y el reciclaje para abastecer la Estación Arca solo se usa como último recurso. El último recurso, ¿me entiende? Ya se lo he dicho: sabía que sacaría ese tema desde que subió a mi Estación. Pero le recuerdo, le digo y le afirmo, y puede descargarse todos los archivos de mi Estación que desee para corroborarlo, que nada nos duele más que recurrir a eso. No somos aberraciones espaciales. No carecemos de ética ni de moral. Solo los devoramos cuando no podemos conservarlos. Y ahora, si me disculpa, haga lo que tenga que hacer, produzca el informe que ha venido a redactar y vuelva luego a su nave y déjeme hacer mi trabajo en paz. Tengo cosas más importantes de las que ocuparme que aplacar la paranoia estelar de un puñado de lametierras que nunca se han atrevido a salir de su pozo de gravedad. Ahí dentro hay un cielo que necesito arreglar, Observadora. —Sus apéndices visuales ondularon en dirección a las pantallas de modo violento—. Lleva casi una órbita dando problemas en el entorno que ha observado y podría acabar con la sensación de realismo y eso sí, créame, destruiría y acabaría con ese ecosistema para siempre y no los pocos a los que nos vemos obligados a devorar. Ahora, si me disculpa…
        La Observadora se quedó muy quieta, sus colores aplacados hasta un tono oscuro casi negro y sus órganos sensoriales saturados y casi inservibles por la ebullición de feromonas que había emitido el Guardián. Una emisión agresiva pero sincera, imposible de falsear. Bien lo sabía ella. Observó aturdida cómo se alejaba de allí y la dejaba sola en la sala de proyecciones. Tardaría todavía un buen rato en volver a ser ella misma, pero al menos había obtenido las respuestas que había ido a buscar. Ni tan negras ni tan blancas como las había esperado. La Comisión de Protección Planetaria podía estar tranquila.


        Muy por debajo de ellos, a cientos de niveles de distancia y miles de entornos y ecosistemas encapsulados más allá, Carmen alargó una temblorosa mano e intentó tocar aquel pedazo de paisaje descolorido, aquella brecha de extraño color acerado que no dejaba de titilar en medio de lo que parecía el horizonte. El punto exacto en el que Miguel y Fina se habían desvanecido sin dejar rastro. Sus dedos rozaron algo, como si hubiera allí una pared pintada, o más bien un muro de paja, ajado, áspero, flexible al tacto.
        «¿Qué está pasando? ¿Qué…?».
        Confusa y aterrada a partes iguales, presionó un poco más… pero justo en ese instante la brecha se esfumó como si nunca hubiera existido y su mano hendió el aire al tiempo que un hormigueo recorría todo su cuerpo haciendo que se le erizara el vello de los brazos. Ahora solo había de nuevo cielo ante ella. Cielo y campos flanqueados de árboles, colinas orilladas de verde y el camino que conducía a Sigüenza perdiéndose en la distancia. Nada más. Ni rastro de aquella extraña decoloración, ni rastro de aquella pared. Ni rastro del desgarro en el mismo mundo.
        Dio un paso hacia el frente. Dos, tres. La gravilla del borde de la carretera crujió bajo sus zapatos en medio del silencio roto tan solo por el canto de las cigarras y el susurro del viento sobre los campos. Pero ya no había nada allí. De hecho ni siquiera tenía la sensación de moverse o de caminar. Era como si por muchos pasos que diera no lograra avanzar, como si estuviera inmóvil, anclada en el mismo sitio. Volvió a palpar el aire, de modo más frenético cada vez, intentando encontrar aquella brecha, aquel muro, aquella extraña textura en el aire, forzándose a respirar cuando se dio cuenta de que había dejado de hacerlo y de que se estaba mareando. Golpeó la nada, golpeó la tierra con los pies. Gritó. Lo hizo hasta que lágrimas de frustración comenzaron a resbalar por sus mejillas, hasta que el agotamiento hizo mella en sus piernas y en sus brazos. Hasta que no le quedó más remedio que dejarse caer en la cuneta, entre las hierbas secas, con el rostro oculto entre las rodillas, y los hombros sacudidos por fuertes sollozos.
        Miguel y Fina se habían ido, pero no a Madrid. Habían desaparecido en el aire, en medio de la nada. Una nada que ella no podía franquear, una nada que no le permitía avanzar ni alejarse de su hogar. Una nada que le había arrebatado a sus mejores amigos. Al hombre al que amaba.
        Igual que había hecho con tantos otros.
        Aquella revelación la golpeó con la fuerza de una coz en pleno pecho, haciéndola jadear. No solo había pasado con el Pupas y Fina, sino con todos los que se habían ido “a Madrid”. Por eso no volvían. Ninguno de ellos.
        Dios, o quizá el mismísimo demonio, no lo sabía, se los había llevado para siempre.


        No se movió de allí hasta casi el mediodía. Solo entonces volvió a casa, arrastrando los pies. Le ardía la cabeza por pasarse tanto tiempo bajo el sol, tenía la boca reseca y se sentía al borde del desmayo. Volvió cubierta de polvo y sudorosa, con la vista desencajada, y la gente del pueblo se la quedó mirando pasar. Una oleada de susurros se levantó a su paso. No les hizo caso. Ninguno de ellos merecía la pena. No le dijo nada a nadie de lo que había visto. Tampoco dio explicaciones. ¿Quién la iba a creer?
        Pasó varios días en cama sin hablar, sin comer apenas, con fiebre y delirios, al tiempo que los rumores de lo que le podía haber ocurrido se extendían por el pueblo como un incendio.
        Su madre la obligó al final a salir de casa, semanas después, pero ella siguió sin decir nada.
        amás volvió a hablar.

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