Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 4 de julio de 2017

Algún día


¡Buenas a todos!

Hoy os traigo un nuevo relato para que lo disfrutéis. Se trata del que envié a la convocatoria de Visiones 2017 y tras anunciarse que no ha sido seleccionado os lo cuelgo en abierto. Trata sobre la paradoja de Fermi y espero que os guste mucho.



Algún día.

       Un día como otro cualquiera en aquella larga misión. Uno más de tantos. La casi deslumbrante luz del sol que caía sobre la tierra requemada de color ocre la colmaba de paz y serenidad, mientras el acogedor abrazo del traje espacial la aislaba de la irrespirable atmósfera del planeta, haciendo que se sintiera a salvo y segura, como en una cuna, como en un útero, separada del mundo exterior por tan solo una fina película. En ese momento, tan solo podía oír el leve ronroneo de los purificadores de aire y su propia respiración. Había desconectado la radio junto con la holoplaca, aislándose así del resto de la expedición. Necesitaba silencio para pensar y la quietud siempre la había ayudado a concentrarse y a resolver los problemas más complicados, pero últimamente nada parecía servir.
       Ni'mah suspiró hastiada y empujó con brusquedad la holoplaca sobre la superficie de la mesa que tenía delante, luego cerró los ojos, se echó hacia atrás en la incómoda silla de campo y dejó caer la cabeza por encima del respaldo de polímero endurecido. El casco era un engorro y apenas le permitía mover el cuello, de modo que se quedó ahí, reclinada de un modo extraño, en una postura forzada que no tardaría en pasarle factura. Era consciente de que si volvía a lesionarse la espalda Alexei pondría los ojos en blanco y le echaría una buena reprimenda, pero tal vez un poco de dolor e incomodidad eran justo lo que necesitaba para que se le ocurriera una idea, para dar con la clave de todo.
       —Eres idiota, lo sabes ¿verdad? —murmuró para sí misma sin abrir los ojos—. No va a funcionar. Estás desesperada, eso es lo que te pasa. Ya no sabes qué probar.
       «Ni yo, ni el resto del equipo. Estamos atascados en un maldito horizonte de sucesos».
       Con un nuevo suspiro, Ni'mah se incorporó, abrió los ojos y contempló el desierto lleno de ruinas que la rodeaba. Era hermoso: amarillo en vez de rojo, a diferencia de Marte, recubierto de los restos de lo que parecía haber sido una de las mayores metrópolis sobre aquel planeta. Más allá, se entreveía entre la calima una enorme cordillera montañosa recortándose contra el nebuloso horizonte, lejos, muy lejos se su campamento.
       Pero no era sólo aquel desierto, todo lo que alcanzaba a verse desde la órbita era de color terroso y ocre, a veces ligeramente amarronado o hasta cobrizo con alguna pincelada de gris, pero ni rastro de verde. Tan solo en las cimas más altas de las montañas de aquel planeta variaba el color del paisaje, allí donde las abruptas laderas se teñían del brillante rojo-azulado de la vegetación local. Habían encontrado vida en aquellos sotobosques, pero tan solo un par de especies de insectos y unas cuantas de algo que los exobiólogos habían catalogado como lagartos. Por lo demás, si exceptuaban esas criaturas y la extraña vida animal y bacteriana que colonizaba los mares de color burdeos y alta salinidad que salpicaban el planeta, allí no había nada salvo piedras, ruinas e interminables desiertos de roca o arena en todas direcciones.
       Y pese a todo era bello, fascinante, y la atraía como ningún otro planeta que habían visitado lo había hecho antes. Parecía llamar a su sangre. Quizá porque le recordaba a los desiertos de la Tierra donde sus antepasados se habían criado. O a Marte, donde ella había nacido.
       «Es hermoso, sí —reflexionó Ni'mah—, pero también un enigma sin solución».
       —Una solución que desde luego no se va a presentar sola si te quedas mirándolo embobada, Ni. Tiene que haber algo. Siempre hay algo.
       Resopló y, no por primera vez, deseó poder frotarse la cara con ambas manos para alejar la frustración que amenazaba con abrumarla. La amenazaba, sí, estaba ahí de forma constante, en el fondo de su mente, pero no se saldría con la suya. Porque ella nunca había sido de las que se rendían, jamás se daba por vencida, y por eso el gobierno la había puesto a ella a cargo de aquel proyecto. No tenía intención de fracasar. Aunque…
       Llevaban ya dos años allí, con la nave orbitando en torno al planeta, haciendo descenso tras descenso a la reseca superficie, y estaban prácticamente igual que el primer día que habían saltado a aquel sistema: con más incógnitas que respuestas y un gran enigma entre manos.
       La Mab-b, la que parecía haber sido la única lengua de la civilización que había dominado una vez aquel planeta, seguía siendo un misterio indescifrable. Y aquel sería el último descenso, su última oportunidad de trabajar in situ sobre la superficie del planeta. No podían desaprovecharla. Tenían que llevarse la mayor cantidad posible de datos si querían tener la más mínima posibilidad de resolver aquel misterio.
       Ni'mah volvió a coger la holoplaca y la conectó. Abrió los archivos más recientes y examinó de nuevo las proyecciones de las ruinas que llenaban el planeta y la extraña escritura que las cubría. Nunca antes, en ningún otro sistema, se había encontrado con caracteres como aquellos. Estaban labrados en la roca, finos como un cabello, formando misteriosos diseños de una belleza extraordinaria. Muchos estaban hechos de algo similar al cristal de roca, otros apenas eran burdos surcos inundados de líquenes debido al paso del tiempo. No había casi ninguna superficie de las ruinas sin decorar, y había ruinas por todo el planeta, desde enormes extensiones de lo que debieron de ser ciudades junto a su área metropolitana, a pequeños núcleos aislados en las montañas más altas.
Pero ni rastro de tecnología avanzada… o al menos nada que su grupo de exoarqueólogos hubiera logrado identificar como tal, aunque Ni'mah sabía que a veces resultaba difícil hacerlo. En su largo viaje, saltando de sistema en sistema, investigando civilizaciones alienígenas extintas, habían encontrado tecnología basada en lo que parecía ser la vida vegetal autóctona, otra que empleaba matrices de cristales; también habían encontrado una que parecía usar lo que ellos habían interpretado como cultivos de microorganismos y decenas de variantes más en otros tantos planetas. Pero allí no parecía haber rastro alguno de tecnología ni de herramientas. Y si eso era cierto, si podían demostrarlo, convertiría a aquella civilización en la primera de estas características que se encontraban.
       —Solo que no tiene sentido. Todo el planeta está cubierto de ruinas, y todas ellas muestran los mismos caracteres.
       Pasó proyección tras proyección y mapa tras mapa en la holoplaca, deteniéndose en cada estela o en cada objeto que portara el más mínimo rastro de escritura. Las escrutó con atención, activando de nuevo los programas de análisis y reconocimiento. A veces los mismos caracteres diferían en un trazo, o en dos, o en la forma en que se estructuraban sus grupos individuales, pero ella estaba cada vez más convencida que eran la misma lengua y no solo un mismo sistema de escritura. Lo que hacía que aquel planeta fuera un enigma aún mayor de lo que ninguno de ellos había esperado.
       «Una sola lengua a nivel planetario para toda una especie y ni rastro de tecnología».
       —Es absurdo —musitó una vez más, como cada vez que analizaba los datos—. A juzgar por las características de esta escritura, no parece haber apenas desviaciones lingüísticas entre las muestras tomadas en diferentes puntos del planeta, y eso es ridículo en ausencia de tecnología que favorezca la mezcla cultural.
       —Salvo que se tratara de telépatas, jefa. —La voz de Constanza la sobresaltó al resonar en sus implantes auditivos. Se había olvidado por completo de que al activar la holoplaca había vuelto a conectar la radio.
       Ni'mah se volvió hacia su experta en sistemas de xenocomunicación, orgánica e inorgánica, y sacudió la cabeza al ver la sonrisa irónica que bailaba en los labios la otra mujer. No era la primera vez que tenían aquella discusión en el grupo de trabajo, pero podía reconocer cuándo su amiga no hablaba en serio y solo buscaba provocarla para estimular el debate, una nueva reflexión, un nuevo enfoque del problema.
       —La telepatía justifica una lengua única a la larga y la ausencia de sistemas de comunicación tecnológicos —replicó en abierto en el canal del grupo—, pero no la ausencia de cualquier otro tipo de tecnología: medios de transporte, herramientas, sistemas de entretenimiento, enseres de agricultura, pesca, medicina… Aquí no hay nada de eso. ¡Ni siquiera tenemos la certeza de que fueran orgánicos! ¡Pero aunque hubieran sido cibernéticos hubieran necesitado tecnología para mantenerse! Mucho más aún si en algún momento del pasado tuvieron base orgánica.
       —Eso es cierto. —La voz de Wong se les sumó a la discusión desde el otro lado de la ciudad, donde estaba excavando con su equipo en busca de cualquier evidencia que pudiera ayudarles a desvelar los misterios de aquel planeta—. No hay rastro de que en estas ruinas haya habitado nadie, ni siquiera durante su esplendor. Cualquier civilización deja un rastro de su vida cotidiana y de su evolución cultural y tecnológica. No hemos encontrado nada de eso aquí. Ni siquiera en los estratos profundos de las civilizaciones anteriores de este planeta. Eso sí que es raro, compañeros. ¿Una prehistoria sin herramientas básicas? De algún sitio ha tenido que salir esta civilización avanzada, en algún momento tuvieron que usar herramientas antes de dar un salto, fuera del tipo que fuera.
       —¿La hipótesis del planeta-santuario? Puede que ni siquiera se originara aquí y que solo visitaran este planeta de vez en cuando, o una sola vez, para construir todo esto —Olaf se acercó a Constanza y a ella desde la lanzadera, con su bamboleante andar habitual dentro del traje, como si se estuviera a punto de caer, y dejó un cristal de memoria sobre la mesa de trabajo de Ni'mah—. Os recuerdo que encontramos uno en el sistema de Yaregh.
       Ni'mah sonrió por primera vez en días.
     —Podría explicarlo, Olaf, pero no lo creo. El equipo de Wong ha encontrado estos mismos caracteres, o unos muy similares, en yacimientos enterrados a gran profundidad, y son mucho más antiguos que los que vemos en la superficie. Se remontan decenas de miles de años en el pasado de este planeta. Pero aunque lo fuera —añadió Ni'mah cogiendo el cristal e insertándolo en la holoplaca—, hasta en Yaregh encontramos herramientas de culto.
       El hombrecillo hizo el gesto con las manos que con el traje espacial equivalía a un encogimiento de hombros.
       —Tú eres la experta en xenolingüistica, jefa, Constanza en las coms y Wong en cosas orgánicas que hacen cosas, yo solo soy el analista. Y mi análisis vuelve a decir lo mismo —señaló el cristal—: cumple la ley de Zipf. Todas las muestras de escritura que me has enviado la cumplen. El pequeño Cogito ha procesado más de cien mil de todo el planeta y ya no hay duda. Es una lengua propia de una especie inteligente que sigue la distribución Zipf. Igual que las humanas. Y solo hay una. Todas las muestras son la misma lengua, tienen exactamente la misma desviación de Zipf. Como las lenguas humanas, jefa. Igualito. Me da escalofríos.
       Ni'mah se quedó callada largo rato y luego se volvió a reclinar en la silla. Nadie del equipo dijo nada. Todos sabían lo que eso significaba. Más enigmas sin respuesta. Más misterios. Muchos más, de hecho. Hasta ese instante, ninguna de las otras lenguas alienígenas que habían descifrado en su largo periplo espacial seguía la distribución de Zipf. Esta era la primera. Una nueva anomalía.
       Cerró los ojos.
       «Hay algo que se nos escapa, tiene que haberlo… No puedo evitar pensar que este sistema de escritura, esta lengua, es la clave de todo. Saber que es Zipf es más que nada, al menos habremos sacado algo de esta expedición. Aunque lo que de verdad necesitaríamos sería la piedra rosetta de este planeta. Como nos pasó con la Yab-c. Su civilización había sido originariamente orgánica, hasta que dejó de serlo. Puede que aquí tengamos un paralelismo similar. O puede que no. Con la civilización Yab la lengua imperante pasó a ser la matemática cuando abandonaron la base orgánica. Esa fue la rosetta que encontró Takahata. La Yab tenía hasta poesía con matemáticas, arte con matemáticas, literatura con matemáticas. Simple, hermosa, imaginativa. ¿Cómo será esta lengua cuando la descifremos? ¿De qué tipo de seres nos hablará?»
       Ella aún no había nacido cuando la matemática Nori Takahata había dado con la clave de la Yab, pero había leído sus escritos en la universidad, sus disertaciones sobre el uso que había hecho aquella civilización de los números imaginarios para hablar de ficción o de hipótesis… Los estudios de Takahata habían permitido a la humanidad descifrar la Yab-c, y con esa lengua habían logrado traducir posteriormente la Kelp-ab. Años después, cuando Takahata ya había muerto, le había llegado el turno a la Koro-t gracias a que una pequeña expedición minera había encontrado en las ruinas de un planeta errante, cerca del sistema donde habitaba la civilización de la Koro-t, un dispositivo de almacenamiento que comparaba la Kelp con la Koro.
       Pero lo más importante que el trabajo de Takahata les había permitido desentrañar no habían sido esas tres lenguas alienígenas, sino que aquellas tres civilizaciones habían coexistido y comerciado entre ellas antes de que el estallido de una nova cercana esterilizara sus planetas. Les había mostrado que era posible que la humanidad no estuviera sola en la galaxia. Les había dado esperanzas. Esperanzas que creían iban a cristalizar en aquel planeta porque, a juzgar por todo lo que sabían, también había formado parte del mismo núcleo de civilizaciones pero estaba lo suficientemente lejos de ellas como para no haberse visto afectada por la nova.
       Sin embargo, una vez más, no habían encontrado nada salvo ruinas.
       «Aunque todo empezó con ella, con Takahata, con su investigación, con sus saltos lógicos y su prodigiosa mente. Fue ella quien me impulsó a dedicarme a la exolingüística. Porque había hecho historia y yo quería emularla, ser como ella. Desvelar los secretos más profundos de extintas civilizaciones alienígenas y ampliar los conocimientos de la humanidad; llevarla lejos, muy lejos hacia las estrellas, y tal vez encontrar, por fin, una civilización viva con la que comunicarnos».
       No habían sido más que sueños. Alocados sueños de una jovencita que si bien había dejado aquella época ilusiones muy atrás, había seguido luchando y que había logrado llegar hasta aquel planeta, hasta aquel momento, hasta la extraña lengua con distribución de Zipf.
       —Y así es como la mención de este planeta en los escritos Kelp-ab nos ha traído a nuestro horizonte de suceso exolingüístico particular. Cada vez con más misterios y menos respuestas. No logramos descifrarlo. No podemos avanzar.
       Nadie de su equipo dijo nada. No les hacía falta. Todos sabían que aquella expedición pronto tocaría a su fin si no encontraban nada a lo que aferrarse.


       Dos semanas después llegó la orden del gobierno de abandonar el planeta; ya no podían seguir invirtiendo recursos en trabajos de superficie tan lejos de su  hogar. Ni'mah y su equipo se tendrían que conformar con analizar a distancia todos los datos que habían reunido durante su misión, empezando por la confirmación de que seguía la distribución de Zipf. Tal vez eso fuera suficiente para abrir una brecha en aquella misteriosa civilización. O tal vez no.
       Sea como fuere, había llegado la hora de la despedida.
      Ni'mah contempló por última vez la pared llena de escritura que tenía delante y acarició los trazos de cristal finos como cabellos con la mano enguantada conteniendo el aliento. Ojalá todos sus esfuerzos por descifrar esa lengua no hubieran sido inútiles. Ojalá hubieran logrado desentrañar al menos parte de los secretos de aquella civilización como habían hecho con las otras tres. Ojalá en este sistema hubieran encontrado a una especie viva y activa y no otra extinta.
       Aunque aquello no era un final. Era otro inicio. Puede que allí no lo hubieran logrado, pero algún día, si lograban descifrar la Mab-b y esta les daba pistas sobre otras civilizaciones o tal vez si ellos viajaban lo suficientemente lejos…
       Ni'mah suspiró y dio un par de pasos dispuesta seguir al resto de su equipo de vuelta a la lanzadera, pero entonces se detuvo en seco y volvió atrás con rapidez. Sus ojos contemplaron una vez más los finos trazos sinuosos y vaciló. Luego, en un impulso, activó los altavoces externos de su traje, acerco el casco a los caracteres de la pared y susurró una simple promesa en medio del ardiente aire del desierto:
       —Algún día volveremos con la respuesta. Lo juro. Volveremos con ella. No me rendiré. Seguiré luchando. Solo tenéis que esperarme. Lo prometo.


       Muchos ciclos más tarde, cuando la nave humana hubo abandonado aquel sistema, el conjunto de entidades que formaban la civilización que eran los caracteres que Ni'mah había tocado tomó una decisión y cambió. Se reordenaron a sí mismos con extrema lentitud. Primero cambiaron una vez, pero luego lo hicieron una segunda, y más adelante una tercera vez. Cada cambio les ocupaba decenas de días con sus noches porque el tiempo no tenía apenas sentido para ellos.
       Y aquella extraña civilización siguió cambiando sin cesar, mostrando poco a poco todas y cada una de las lenguas escritas que tenía almacenadas en la inmensa base de datos cristalo-orgánica que constituía su esencia en un intento de establecer comunicación, de responder a las extraordinarias cadencias que habían hecho vibrar el aire tan cerca de ellos cuando Ni'mah había hablado.
       Aquellas alteraciones en el aire poseían todos los patrones reconocibles de una lengua compleja y rica, propia de una especie inteligente, no eran meros ruidos animales. Pero ninguno de ellos había sido consciente hasta aquel momento de que aquellos extraños seres que habían aparecido sobre la superficie de su planeta desde hacían tan poco tiempo eran inteligentes, así que nunca antes habían tenido necesidad de responder.
       Ahora, sin embargo…
     Ahora todo había cambiado. Y aunque el tiempo apenas tenía significado para aquella civilización, sí lo tenía la soledad y hacía ya tantos ciclos que estaban solos, tantas rotaciones en torno a su estrella sin tener a nadie con quien comunicarse…
      Así que la civilización siguió cambiando, mostrándose al mundo, grafía tras grafía, lengua muerta tras lengua muerta, lenta pero imparable… Aunque ya no había nadie que lo pudiera ver. Nadie con quien hablar.
       Pero algún día…

1 comentario:

  1. Y cuando no parecía posible… consigues superarte!
    Una idea muy original, me ha encantado ^^

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