Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 2 de agosto de 2016

La niña Roja


         Hola de nuevo a todos. Hoy os traigo otro relato de terror. Este más extenso que "Suejeto número 9", y más espeluznante y duro. Se trata de uno que escribí para un concurso, pero al no haber sido seleccionado os lo puedo mostrar. Es un "retelling" del cuento clásico de "Caperucita Roja", pero dándole un tono oscuro, cruel y terrorífico. Aviso de antemano y antes que que sigáis leyendo que es un relato PARA ADULTOS. Así que si eres joven y pese a todo sigues adelante, lo haces por tu cuenta y riesgo.

        También comento que este relato es una de las cosas más duras, crueles y desagradables que he escrito. Sí, más que "Sueños Rotos". El que avisa no es traidor. Espero que os guste y lo... disfrutéis. 

        Prometo que la próxima vez que os cuelgue un relato será algo mucho más amable y feliz :D



        La sangre rezumaba, roja y espesa, de los helechos y caía en lentas gotas al suelo cubierto de hojarasca. Las sombras danzaban entrelazadas bajo la luz de la luna entre los nudosos troncos de los árboles pese a que no había viento alguno que recorriera el bosque. De vez en cuando, el atisbo de unos ojos dorados brillaba en la noche, surgiendo de la oscuridad, para ser luego engullido rápidamente por las sombras. El silencio era sepulcral. El aire olía a muerte. Una tira de intestinos se desprendió de una rama rota y cayó sobre la maleza con un ruido húmedo y desagradable, justo al lado de un torso abierto en canal que había apoyado en el tronco de un roble. Pertenecía a una mujer. Su cabeza estaba a cierta distancia, con el rubio cabello asomando bajo unas zarzas, los ojos desorbitados de terror y la mandíbula arrancada.
        Había más sanguinolentos despojos asomando entre la espesura; la mayoría a ambos lados del sendero que cruzaba el bosque y conducía al pueblo. La mujer había intentado hui, alejándose del camino, tras ver morir a su hijo. No lo había logrado. La había dado caza y se había cebado en su muerte, arrancándole primero un miembro, después otro y luego un tercero. La había seguido despedazando hasta que le sacó las entrañas. Todavía estaba viva cuando la había decapitado. Pero ya no gritaba, se había desmayado hacía rato acabando con la diversión. Había sido más estimulante matar al niño ante sus ojos.
        Aquella familia había pensado que sería buena idea abandonar el camino principal y adentrarse por el atajo de vuelta a casa. Siempre había alguien que lo pensaba. Y se alegraba por ello, porque así podía castigarlos por ser desobedientes. Se lo merecían; se merecían todo lo malo que les pudiera pasar. Limitarse a matarlos previa tortura se le antojaba casi piadoso. Había cosas peores que te podían ocurrir si te adentrabas solo en el bosque; sobre todo por aquel sendero.
        Un gruñido gutural resonó en la oscuridad, quebrando el silencio. Una sanguinolenta sombra azabache se desgajó de las demás para inclinarse de modo sinuoso sobre unos restos de vísceras que yacían en medio de un charco de sangre sobre la tierra del camino y las hojas secas. Unos ojos amarillos volvieron a asomar por entre aquellas extrañas tinieblas, y la sombra adoptó la vaga forma de un lobo. Las fauces de la criatura se abrieron y los labios se retiraron con un nuevo gruñido, mostrando unos afilados colmillos negros como la pez. Olfateó la sangre y una suave risa pareció reverberar en el aire.
        Más sombras parecidas a lobos surgieron tras ella de la espesura, sigilosas como un suspiro, flotando en el aire, enroscándose en él como si no fueran sino retazos de oscuro humo. Parecían casi líquidas, pero leves como el viento. Alguien caminaba arropado por ellas, envuelto en su abrazo, apenas visible bajo la mortecina luz de la luna llena. Sólo se distinguían sus ojos dorados y fugaces destellos de algo de color blanco y carmín. Un extraño coro de susurros llenó, de pronto, el silencio.
        Eran malvados, desobedientes…
        Eres culpable…
        Tenían la culpa…
        …sólo han recibido lo que merecían…
        Eres tan culpable como ellos…
        Te temen…
        …tú eres la culpable…
        …te merecías lo que te pasó…
        Es tu castigo…
        …por lo que hiciste…
        …por lo que te hicieron…
        Es lo que les debías…
        …por hacer lo que hiciste…
        …por lo que ellos hicieron…
        Unos pequeños pies, blancos como la nieve, se detuvieron pisando la sangre que anegaba el camino. Una mano, blanca también, asomó por entre las sombras con forma de lobo que la envolvían, y estas enmudecieron de golpe. La menuda figura siguió caminando, sin hacer apenas ruido, y se adentró del otro lado del sendero, dejando sangrientas huellas sobre las hojas muertas de los árboles. Los lobos de sombras la siguieron, arropándola como un manto, aleteando a su alrededor, mecidas por un viento inexistente.
        Los sonidos del bosque se extinguían al paso de la cohorte de sombras como las llamas de velas moribundas. Un frío hálito de terror las precedía, similar a una niebla malsana que lo hiciera perecer todo a su paso. Una parte de ella disfrutaba con eso, con el poder que implicaba. La otra lo odiaba. Por lo que le habían hecho, por lo que se veía obligada a hacer. Por las voces que le susurraban cosas en sueños y durante las noches como aquella, cuando alguien se desviaba del camino y ella tenía que salir a cazar.
        Sus pasos, leves como el aleteo de una polilla, la condujeron al remanso de un río en lo más profundo del bosque. La pequeña figura se detuvo en la orilla y, con un gesto de sus suaves y blancas manos, se deshizo de casi todos sus lobos de sombras. Las criaturas se deshilacharon bajo la luz de la luna llena como si nunca hubieran existido. Sólo una quedó a su lado, enroscada en torno a ella como un humo translúcido de ojos ambarinos que no dejó de rielar ni de moverse.
        La niña que había bajo los lobos agachó la cabeza y contempló su distorsionado reflejo en la cristalina superficie de la poza que tenía ante sí. La luna brilló sobre ella, reflejándose también en el agua.
        Un cuerpo blanco, núbil, desnudo. Cubierto tan sólo por una enorme capa roja con capucha, que parecía empequeñecerla aún más. Sangre seca salpicaba sus piernas y sus brazos, manchando también sus pies. El rubio cabello le caía desordenado sobre los hombros, enmarcando unas facciones duras de ojos de lobo.
        Roja se miró a sí misma largo rato, hasta que el brillo amarillento de sus ojos se extinguió y sólo quedaron dos pozos azules. Ahora sólo estaba ella, una niña débil, triste y de alma rota.
         Pero esa no eres tú…
      Susurró a su oído el lobo de sombras que aún se aferraba a ella, sinuoso como una serpiente, acariciándola con su oscuridad, rozando su piel.
        Tú eres la otra, la sucia, la que mata… La que se merece lo que le pasó…
        La culpable… La que se venga por lo que le hicieron…
        Y allí, en el corazón del bosque, junto a la placida poza de un río, Roja recordó. Y la fría ira y el odio reforzaron su tenaza sobre su alma.
        El lobo rio.


        Roja cogió la capa de color carmín que colgaba del perchero al lado de la puerta y se la abrochó al cuello intentando no hacer ruido. Luego se aseguró de que lo tenía todo listo dentro de la cesta de mimbre y alargó la mano hacia el picaporte conteniendo el aliento.
        —¿Ya te vas a ver a tu abuela otra vez? —La voz de su madre chasqueó como un látigo a su espalda, llena de desprecio, haciendo que Roja se quedara paralizada como un conejito.
        La niña asintió sin darse la vuelta, completamente rígida.
        —Ya sabes que estoy harta de que malgastes nuestra comida en esa vieja buena para nada. Si se largó del pueblo, fue por algo.
        La mujer hizo una pausa que heló a Roja hasta la médula. Le prohibiría ir y luego la golpearía de nuevo, como hacía a veces cuando la sorprendía llevándole comida a la abuela. Sintió cómo las lágrimas afloraban a sus ojos, y su mano, aún demasiado lejos del picaporte, comenzó a temblar.
        —¡Bah! —le espetó al final la mujer—. ¡Ve a ver a esa vieja bruja si quieres! Yo ya estoy cansada de ti. ¡Que se encargue tu padre cuando vuelvas! Si vuelves —añadió con un desagradable cloqueo—. Ese horrible bosque sólo guarda desgracias. No sé ni cómo la gente se atreve a cruzarlo para ir a la ciudad; menos aún vivir allí. Merecéis todo lo malo que os pase.
        Roja sintió cómo el nudo que le oprimía la garganta se destensaba ligeramente, y se apresuró a abrir la puerta y a salir corriendo de aquella casa antes de que su madre cambiara de opinión. Era consciente de que la paliza que ahora había pospuesto le esperaría a la vuelta a manos de su padre. Y él no tendría la piedad que su madre mostraba a veces. Su padre no pararía aunque suplicara, gritara, llorara o pidiera perdón. La golpearía hasta casi matarla. Como hacía siempre. Pero, después de todo, eso era lo que se merecía por ser una hija tan desobediente.
        La niña se echó la capucha sobre el rostro, apretó la cesta de mimbre contra su pecho, y apuró el paso en dirección al bosque, esquivando a algunos de sus vecinos con la cabeza gacha. Una suave brisa se alzó proveniente de la espesura y acarició sus mejillas enfriando sus lágrimas.
        Las ramas entrelazadas de las hayas y robles ocultaron muy pronto el cielo bajo un dosel verde y fresco, y el aire se llenó del revitalizante aroma a cedro y humus. Tras la suave lluvia de la noche anterior, la humedad brillaba sobre la hierba que cubría la vera del sendero y sobre las hojas de color esmeralda de los árboles. El sol se filtraba en fugaces rayos dorados por entre el enramado, salpicando el suelo de charcos de luz y sombras. Todo parecía limpio y puro.
        Roja inhaló con fuerza aquella dulce mezcolanza de olores y notó cómo el peso de lo ocurrido a la puerta de su casa se tornaba más y más liviano en su corazón. Exhaló con suavidad, y una trémula y triste media sonrisa afloró a sus labios. Volvería a preocuparse por sus padres cuando tuviera que hacerlo. Ese día vería de nuevo a su abuela por primera vez en mucho tiempo. Estaba deseando saber qué historias tenía que contarle. Tal vez una sobre sus viajes, tal vez de su juventud. Tal vez una de un viejo amor ya casi olvidado. Quizá todas a la vez.
        Casi sin darse cuenta, Roja echó a correr por el sendero, con la capa aleteando a su espalda como alas de un pájaro escarlata y la cesta de la comida bailando en su brazo.


        El sol estaba ya alto en el cielo cuando hizo una pausa en el cruce de caminos, justo al lado de uno de los pequeños arroyos que recorría el bosque. Hacía calor, así que se refrescó la nuca y se humedeció el rubio cabello en la fría corriente. La capa le molestaba un poco, pero era un regalo de su abuela y le gustaba llevarla cada vez que la visitaba. Además, hacía juego con su nombre. Ese detalle la había llenado de felicidad cuando la anciana la tejió y cosió para ella, haciendo que, por primera vez en su vida, se sintiera bien con aquel estúpido nombre. Sus padres se lo habían puesto porque, simple y llanamente, era roja como la grana cuando nació. “Demasiado amoratada para ser bonita”, repetían con cara de desagrado cada vez que alguien del pueblo hacía un comentario al respecto. Nunca había habido amor en ellos, no desde que ella tenía memoria.
        Sacudió la cabeza, alejando esos lóbregos pensamientos, que afloraron llenos de sombras desde lo más profundo de su mente. No era un día apropiado para ellos. No hoy. Alzó el rostro hacia los retazos de cielo que se podían ver por entre las ramas de los árboles, y la oscuridad se disipó. Roja volvió a sonreír y se puso en pie tras recoger la cesta de mimbre.
        No había dado dos pasos camino adelante cuando de pronto se hizo el silencio; hasta los pájaros dejaron de cantar. Le pareció que algo se movía a su espalda. Una sombra, un retazo de oscuridad... Se volvió con rapidez, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho, pero allí no había nada, sólo el umbrío sendero lleno de maleza que alguna gente del pueblo se atrevía a coger a veces para llegar antes a la ciudad. También lo usaban los chicos mayores como prueba de valor, y ella sabía que la llevaría a casa de su abuela si decidía cogerlo. Pero todo el mundo era consciente de que, de vez en cuando, algunas personas desaparecían en él para no volver jamás. Tampoco se encontraban sus restos. Simplemente se desvanecían.
        La niña tragó saliva agradecida de que sólo hubiera sido su imaginación, pese al extraño silencio que la rodeaba, y encaró de nuevo el camino principal.
        —Vaya, vaya. ¿A dónde vas Caperucita Roja?
        Aquella voz, suave y melosa, la hizo detenerse en seco, con un sudor frío bañándole la espalda. Se giró con lentitud, la cesta aferrada fuertemente entre sus manos, y se encontró con Lobo. Estaba apoyado en el grueso tronco del roble que había en la encrucijada con los brazos cruzados sobre el pecho. Su sombra se perdía entre la maleza. Le sonreía con amabilidad, sus ojos grises medio ocultos bajo el desgreñado cabello castaño claro.
        —No me gusta que me llamen así —replicó Roja con un hilo de voz mientras retrocedía un paso muy pequeño.
        —Vaya, ¿ahora me tienes miedo, pequeño petirrojo? —Lobo ensanchó la sonrisa y Roja sintió cómo un escalofrío recorría su columna vertebral.
        —En el pueblo… —la voz se le quebró, y la niña tragó saliva obligándose a permanecer firme bajo el intenso escrutinio del hombre—. En el pueblo —se irguió en toda su estatura, reafirmando la voz—, dicen cosas de ti.
        —¿Y les crees? Yo nunca te he hecho daño, Roja. Siempre he sido amable contigo. Además, los del pueblo siempre están diciendo cosas. —Hizo una pausa y se inclinó un poco hacia ella—. También las dicen de tu abuela. Y de ti —añadió entonces, sin dejar de mirarla, bajando la voz hasta que no fue sino un susurro en el silencio—. ¿Tal vez debería creerles?
        Hubo algo en aquellas palabras que hizo que Roja se estremeciera y su mente se llenó de recuerdos dolorosos y ácidos como la hiel. Retrocedió, primero un paso y luego otro, luego un tercero.
        —Yo… no… no quiero hablar hoy contigo —acertó a balbucear, antes de darse media vuelta y huir sin mirar atrás, dejando a Lobo solo en medio del extraño silencio.
        El hombre sonrió con voracidad y sus ojos grises cambiaron de color, tornándose ambarinos. Su sombra serpenteó y se alzó sobre la maleza hasta adquirir la forma de un enorme lobo negro. Un susurro llenó el aire.
        Es dulce como la miel. Joven y tierna. Y su cuerpo… huele…
        El lobo de sombras pareció ventear el aire y la sonrisa de Lobo se amplió más aún, dejando unos afilados dientes al descubierto.
        —A pureza —terminó el hombre, respirando de forma entrecortada, la voz cargada de un ansia incontrolable.
        En un absoluto silencio, Lobo y su sombra se adentraron en el estrecho sendero y no tardaron en perderse entre la espesura.


        Roja no respiró tranquila hasta que encontró la corta senda que se desviaba del camino y conducía a casa de su abuela. Desde que dejara a Lobo atrás, había sentido como si unos ojos invisibles la observaran y se había ido poniendo más y más nerviosa. Era cierto que Lobo nunca le había hecho daño, jamás había llegado a tocarla siquiera y siempre era amable, pero esta vez su mirada y sus palabras le habían parecido inquietantes. Más de lo habitual. No le habían gustado. Le habían dado hasta miedo.
        «Es por lo que dicen de él en el pueblo. —Roja se encogió ligeramente sobre sí misma y lanzó una fugaz mirada hacia atrás—. Que se ha vuelto peligroso y esas cosas. Que hace daño a la gente que entra en el bosque».
        La niña suspiró y siguió caminando. Los árboles fueron distanciándose poco a poco unos de otros a su alrededor hasta que un enorme claro se abrió ante ella. La luz del sol bañaba, cálida, la hierba, y el aire estaba impregnado del suave aroma de la primavera. También olía a leña recién cortada. Del otro lado del claro había una casita de dos plantas con paredes encaladas y tejado de paja dorada; tras ella se podía oír el quedo susurro de un arroyo. Roja se sintió como si hubiera llegado por fin a casa. Una suave brisa acarició el claro, y las hojas de los árboles se agitaron con un leve rumor que la arrulló como una nana.
        Una alegre sonrisa iluminó el rostro de Roja, y se adentró corriendo en el claro con la capa aleteando tras ella, roja sobre la hierba verde. Sus claros cabellos dorados brillaron a la luz del sol como oro blanco. Una risa escapó de sus labios y repiqueteó en el aire, como leves toques de campana. La niña se detuvo jadeando ante la puerta y llamó con suavidad.
        —Abuela, soy yo, Roja.
        Sólo el silencio le respondió. Frunció el ceño. Aquello no era normal. A esas horas su abuela siempre estaba trabajando en la cocina.
        —¿Abuela? —volvió a llamar, y golpeó la puerta con más fuerza que antes.
        Hubo un ruido dentro de la casita y una voz ronca y cascada llegó amortiguada hasta ella.
        —Entra, entra. La puerta está abierta. Estoy algo resfriada y no me puedo levantar.
        Roja suspiró aliviada y abrió la puerta con decisión, acomodándose mejor la cesta en el brazo. Había hecho bien en ir ese día a verla; si su abuela estaba enferma, no podría cocinar. Ella lo haría, y luego la ayudaría con la casa.
        El pasillo que conducía a la cocina estaba sumido en las sombras, pero la luz que entraba desde la puerta abierta de la acogedora salita de costura bastaba para iluminar su camino.
        —¡Ahora subo, abuela! Voy a dejar la cesta en la cocina. ¿Quieres que te lleve algo?
        El eco de un carraspeo y de una especie de tos seca llegó desde arriba, seguidos de lo que le parecieron unos golpes sordos. Roja volvió a fruncir el ceño y, aferrándose al pomo del final de la baranda de la escalera, se asomó al hueco de la misma y miró hacia arriba.
        —¿Estás bien, abuela?
        —¡Sí, sí, Roja, estoy… bien! Es sólo esta tos…
        Roja sintió como la preocupación la invadía de nuevo. La voz de su abuela sonaba espantosa. Debía de estar muy enferma, más de lo que quería reconocer.
        «Lo hará para no preocuparme, seguro. Menos mal que he podido venir hoy».
        Sólo de imaginarse a la anciana sola en aquella casa, enferma, sin poder hacer nada por sí misma, la entristecía y llenaba de angustia.
        —Ahora te subo un poco de sopa, abuela, he traído un tarro de casa.
        —¡No, no! ¡No hace falta! Ya comeremos más tarde. Ahora sólo quiero verte.
        Roja suspiró y sacudió la cabeza. A veces su abuela era muy cabezota.
        —De acuerdo…
        Caminó con paso ligero hasta la cocina, dejó la cesta sobre la mesa central, y volvió a la entrada para subir al piso de arriba. Las escaleras crujieron levemente bajo su peso y el aire se llenó de brillantes motas de polvo que flotaron ante ella. Roja aspiró el familiar olor a madera y ropa limpia de aquella casa y sonrió.
        «Ojalá pudiera vivir aquí. Mi abuela me cuidaría y yo la cuidaría a ella. Seríamos felices…»
        Pero eso no era posible. No podía dejar solos a sus padres. Si lo hacía, sólo empeoraría las cosas. Después de todo, si le pegaban era porque se lo merecía. Lo hacían por su bien, por ser una mala hija; para que cambiara y mejorara su actitud. Aunque nunca parecían estar contentos. Sabía que, si se quedaba, su abuela vería pronto que no era una buena nieta y también comenzaría a pegarle. No quería que eso pasara. No quería hacerle daño a su abuela cuando se diera cuenta de cómo era ella en realidad. Mejor si sólo la visitaba de vez en cuando.
        Con el ánimo ensombrecido una vez más, llegó al piso de arriba y se asomó a la habitación de su abuela. La anciana estaba en la cama, arropada con la colcha de parches de colores hasta la barbilla. Tenía el rostro macilento y demacrado. Parecía que llevara ya mucho tiempo enferma y en cama. Estaba hasta más delgada, como si no tuviera siquiera fuerzas para levantarse a cocinar o comer. Sin embargo, sus ojos parecían tener un brillo extraño y malsano… Era posible que tuviera mucha fiebre. Roja sintió cómo un fuerte dolor le constreñía el pecho.
        La niña se adentró con paso vacilante en la habitación y dio un respingo cuando una súbita sombra pareció ocultar el rostro de su abuela durante apenas un instante. Casi hubiera jurado que unos ojos amarillos habían destellado en medio de aquella penumbra. Pero nada de eso era posible. La luz entraba a raudales en la habitación a través de los blancos y suaves visillos de la ventana, y no había rastro de nubes en el cielo. Por no mencionar que su abuela tenía los ojos del mismo tono azul que ella. Roja sacudió la cabeza y se detuvo a los pies de la cama, con la preocupación latiéndole en las entrañas.
        —¿E… estás bien, abuela?
        La anciana pareció sonreír, pero había algo raro en su cara, algo que Roja no pudo precisar. Se removió inquieta.
        —Sí, sí, sólo estoy un poco enferma, Roja. Me alegro de verte.
        Una tos pareció reverberar en las profundidades de su pecho y se cubrió un poco más con la colcha.
        —Abuela, tienes muy mala cara, y la voz… ¿Estás segura de que…?
       —Es porque me… —la interrumpió la anciana con un carraspeo—, acabo de despertar. ¡Tenía tantas ganas de verte! Acércate, acércate, que mis ojos ya no son lo que eran.
        Esas palabras la helaron por dentro y el aguijón del miedo se clavó en ella, profundo y candente. Su abuela nunca había estado mal de la vista, pese a que era muy mayor. Se acercó rápidamente a la cama.
        «Por favor, que no esté tan mal como parece. No quiero que se muera. La abuela no, por favor…»
        Un súbito golpe seco, proveniente del armario que había pegado a la pared, la sobresaltó haciéndola gritar. Se giró con rapidez hacia el sonido, el corazón redoblando de forma dolorosa en su pecho, y dio un par de pasos hacia atrás, hasta chocar con el armazón de la cama.
        —¿Abuela?
        —Tranquila… —susurró, entrecortada, una voz masculina a su espalda, casi en su oído, haciendo que a Roja se le erizara el vello de la nuca—, sólo es una enorme… rata mala.
        Unas manos fuertes, duras, fibrosas, se cerraron sobre sus hombros, haciéndole daño. Roja se dio la vuelta asustada… para encontrarse con unos ojos amarillos clavados en su rostro y un desgreñado cabello castaño que los cubría casi por completo. La sonrisa de Lobo estaba llena de dientes afilados, y un ansia atroz parecía brotar en oleadas de su boca junto a su jadeante respiración. Su aliento era dulzón y empalagoso, y lo podía sentir sobre su propia boca de tan cerca como estaban. Una sombra extraña y etérea, negra como la noche, pareció moverse alrededor de Lobo y empezó a enroscarse en torno a ambos.
        Roja gritó y trató de retroceder, pero Lobo la aferraba con demasiada fuerza.
        —Te gustará, pequeña —jadeó Lobo, empujándola hacia atrás al tiempo que salía de la cama—. Te gustará, lo garantizo… Ya eres casi mayor… Lo… huelo en ti… Pero aún no… y eso… me encanta…
        La habitación se llenó de pronto de un extraño susurro, y la sombra que rondaba al hombre pareció tomar la forma de un enorme lobo de ojos ambarinos.
        Es dulce y joven. Tierna y pura…
        Roja volvió a gritar, llena de terror, según el hombre la tiraba al suelo y se lanzaba sobre ella, inmovilizándola con una sola mano cuando trató de huir a rastras.
        Devórala… Será tuya… Tómala ahora… Toda su pureza será dulce en tu cuerpo. En tu boca…
        Sus grandes manos comenzaron a recorrer su cuerpo, ansiosas y calientes, arrancándole la ropa con violencia al tiempo que él se bajaba los pantalones.
        —¡Abuela! ¡Abuela! —aulló Roja, con la voz rota por las lágrimas, debatiéndose inútilmente bajo aquel peso que la impedía casi respirar—. ¡Socorro, abuela! ¡Ayúdameeeee! ¡Abuelaaaa!
        El cuerpo de Lobo la cubrió por completo, sólido, duro y ardiente, sofocando su voz.
        —No puede, mi niña Roja —susurró Lobo sobre ella, con la voz entrecortada y los ojos brillando como si estuvieran iluminados desde dentro por un fuego antinatural—. No... —rectificó—. Puede, pero no quiere hacerlo. Te observa desde el armario.


        La abuela se debatió una vez más contra las ligaduras de cuero que ataban sus pies y manos. Apenas podía moverse, apenas podía respirar. La mordaza estaba ya empapada, llena de saliva y de sangre de las heridas de las comisuras de sus labios. Seguía oyendo gritar a su nieta fuera del armario, y también la oía llorar de dolor. Lobo sólo jadeaba, resoplando sobre ella y gruñendo.
        No había querido mirar, hubiera preferido no hacerlo, pero apenas había espacio dentro del armario, y aquel hombre horrible y depravado la había colocado de forma que pudiera ver todo lo que pasaba en la habitación a través de la rejilla que quedaba entre las puertas cerradas. Al final, había cerrado los ojos para no tener que presenciar por más tiempo lo que le estaba pasando a Roja. Pero los ruidos sin imágenes eran peores aun que ver; su imaginación galopaba por senderos espantosos llenos de horror.
        Con un quebrado sollozo y las lágrimas empapando su rostro, la abuela dejó de debatirse contra las ataduras. No había nada que pudiera hacer para impedir lo que le estaba ocurriendo a su nieta. No tenía sentido seguir luchando. Estaba atada e indefensa en el interior de su propio armario. Y aunque lograra liberarse y abrir la puerta cerrada con llave, ¿qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer ella contra Lobo? ¡Era una anciana! ¡Apenas tenía fuerzas para cortar cada día la leña con la que calentar su casa! Además, estaba aterrada. Jamás había sentido tanto miedo. Tenía pánico de que pudiera pasarle a ella lo mismo que a la pobre Roja. Sabía que, aun si conseguía soltarse y abrir la puerta, no tendría el valor de salir a ayudar a su nieta. Era tristemente consciente de ello.
        Las súplicas, gritos, llantos y jadeos resonaron largo rato en la habitación, hasta que algo pareció romperse dentro de Roja y dejó de gritar.


        Unos pasos fuera del armario, en medio del súbito silencio. La abuela abrió los ojos, con un sudor frío empapando sus ropas. Ya no sentía ni los pies ni las manos, y hacía ya rato que su mente estaba entumecida por el llanto. A través del resquicio de la puerta vio unos pies descalzos y unas piernas desnudas con el pantalón a la altura de los tobillos. Más allá vio a su nieta, tendida en el suelo de madera como una muñeca blanca y rota. Había sangre entre sus piernas, manchando también sus muslos y su vientre. No se movía. No sabía si respiraba. Sus ojos estaban vidriados y vacíos, y su rubio cabello extendido en el suelo encima de la capa roja.
        La abuela cerró los ojos de nuevo y comenzó a temblar de modo incontrolado. Violentos sollozos sacudieron su anciano cuerpo una vez más, mientras el dolor y la rabia la invadían por completo.
        —Ahora es tu turno, abuela.
        Aquella voz susurrante, llena de un ansia enfermiza que apenas parecía colmada, la heló hasta la médula. Un coro de susurros se hizo eco de sus palabras.
        Será menos dulce, menos tierna… pero el dolor que sentirá…
        Me gusta…
        —Y sigo… —jadeó Lobo—, teniendo… hambre…
        Un fuerte estruendo sacudió la pequeña casita del claro, haciendo que Lobo diera un respingo y la sombra enmudeciera. La abuela vio cómo se giraba con rapidez hacia la puerta de la habitación y se agachaba para subirse los pantalones.
        Unos pasos a la carrera resonaron en los peldaños que subían desde el recibidor. La abuela no pudo ver desde el armario quién entraba en su habitación, pero sí oyó un fuerte chasquido al que siguió un gorgoteo. Lobo retrocedió a trompicones hasta impactar contra la puerta del armario. Un ruido de algo que caía al suelo seguido de un chirrido metálico. Más pasos en el exterior. Un gruñido. Unas botas de montaña junto a los pies desnudos de Lobo. Un golpe húmedo acompañado del crujir de la madera de la puerta sobre ella.
        —Te tengo —dijo alguien con una profunda voz cargada de ira y satisfacción mientras el cuerpo de Lobo resbalaba hasta caer inerte al suelo.
        La abuela se quedó muy quieta, sin atreverse apenas a respirar. Un charco de sangre se empezó a extender bajo el cadáver de Lobo. El desconocido se acercó a Roja y se detuvo a su lado. Pareció observarla un momento y luego se arrodilló junto a ella para arropar con ternura su cuerpo usando la capa que ella le había tejido.
        —Lo siento, pequeña —susurró apesadumbrado, lleno de dolor y culpa—. Lo siento mucho. He llegado tarde. Pero al menos estás… viva. No sabes cuánto lo…
        Esas palabras hicieron que la abuela saliera de sus estupor e intentó gritar. Se dobló sobre sí misma y golpeó con las rodillas la puerta del armario, usando las pocas fuerzas que le quedaban. Lo hizo una y otra vez, sin dejar de debatirse y farfullar.
        El desconocido se giró con brusquedad hacia el armario y pareció mascullar una maldición antes de ponerse de nuevo en pie y apresurarse en su dirección. Luchó durante unos instantes con el cadáver de Lobo, tras deshacerse de algo que llevaba en las manos, y luego abrió la puerta haciendo girar con precipitación la llave en la cerradura.
        La súbita luz del sol sobre sus ojos la hizo lagrimear y todo se volvió borroso. Una mano encallecida pero gentil le acarició la mejilla y le quitó la mordaza con suavidad, intentando no hacerle más daño. Oyó cómo el hombre tragaba saliva.
        —¿Se encuentra bien, señora? —inquirió con amabilidad—. ¿Le ha hecho daño esa cosa?
        La abuela negó mientras más lágrimas, estas de alivio, brotaban de sus ojos. El hombre de mediana edad dejó escapar un enorme suspiro y comenzó a desatar sus ligaduras.
        —No… no sabe cuánto lo siento, señora. Llevo… llevo siguiendo semanas a esa criatura y… he llegado tarde. Yo… ¿Era… era…?
        No fue capaz de acabar la frase y se volvió hacia el menudo cuerpo de Roja que seguía tendida inmóvil en el suelo, con la mirada clavada en el vacío.
        —Mi nieta —musitó la anciana, con la voz destrozada por el dolor—. No he podido… no he podido… Por mi culpa…
        El desconocido la ayudó a levantarse y a mantenerse en pie. Negó con tristeza.
        —No hubiera podido hacer nada, señora. Era un hombre muy peligroso… Una criatura muy peligrosa —se corrigió a sí mismo—. Sólo la plata podía hacerle algo… Y no precisamente un cuchillo de su cubertería.
        Con otro gesto, señaló el virote de ballesta que atravesaba el cuello de Lobo y la espada que había dejado en el suelo, al lado del armario. Ambos objetos eran de plata. También había una ballesta tirada en el vano de la puerta de su cuarto.
        La abuela desvió los ojos con rapidez del cuerpo sin vida de Lobo y de las armas, y alzó el rostro para mirar a aquel hombre a la cara. Era alto y muy musculoso, con arrugas de preocupación en torno a los ojos verdes y una poblada barba castaña ocultando sus mejillas. Llevaba el cabello muy corto y vestía ropas sencillas, como las de un trampero o un leñador. Parecía muy cansado.
        —¿Quién… quién es usted? —le preguntó, mientras la ayudaba a arrodillarse junto a Roja.
        La anciana contuvo un quejido y apartó unos apelmazados mechones de rubio cabello de la frente de su nieta. Su mano tembló.
        —Me llamo Cazador —respondió el hombre—. Pero eso no importa ahora —se agachó a su lado, poniéndose en cuclillas, y envolvió mejor a Roja en la capa para luego levantarla en brazos como si no pesara más que un suspiro—. Lo importante es llevarla a que la vea un médico. Ya me encargaré de limpiar luego este estropicio, ahora acompáñeme al pueblo, por favor.
        La abuela asintió conteniendo un nuevo arrebato de temblores y escalofríos, y comenzó a bajar tras él las escaleras con paso vacilante. Roja siguió sin reaccionar. Pese a que respiraba, tenía la mirada perdida en el vacío.
        «Mi pobre niña. Mi pobre niña Roja».


        Caminaron en silencio por el sendero del bosque que conducía al pueblo. Nada parecía moverse entre los árboles. En ningún sitio. Ni siquiera en el cielo que se atisbaba entre las ramas y las hojas que se cernían sobre ellos. Roja miraba todavía el vacío cuando la voz comenzó a susurrar en su interior.
        La… culpa… es… tuya…
        Ella… miraba… quiso… que… pasara…


        Los ojos de sus padres estaban fijos sobre ella. Igual que los del puñado de vecinos que se había acercado a curiosear. No había calor en ellos. No había comprensión. No había piedad. Sólo hielo y asco.
        Cazador se removió inquieto con ella en brazos, como si la situación le desagradara en extremo. Su abuela sólo lloraba a su lado. A Roja todo le pareció falso salvo el hielo.
        Te mereces lo que te pase en el bosque…
        —Ella se lo ha buscado —escupió su padre, haciéndose, sin saberlo, eco de los susurros que llenaban su cabeza—. No tendría que haber ido a verte, madre —añadió de cara a su abuela—, todo esto es también culpa tuya. Por irte de aquí, vivir allí y llenar su cabeza de estupideces.
        —Ahora que no se queje —convino su madre—. Ya le he dicho esta misma mañana que si le pasaba algo se lo merecería, por ir a verte al bosque. ¿Veis? —añadió de cara al resto de los aldeanos—. Nada bueno sale de ese bosque. No debiéramos ni ir a la ciudad. Tampoco viene nada bueno de ahí —fulminó a la abuela con la mirada, recordándoles a todos que era extranjera, o que lo había sido en su momento—. Ella se lo ha buscado.
        Un coro de murmullos de asentimiento los rodeó, y los susurros de su interior se incrementaron.
        ¿Ves cómo lo mereces? Por sucia. ¡Por buscártelo! ¡Por provocarle! Hoy has hablado con él. Siempre hablabas con él. Querías que te pasara…
        Ella también es culpable. Se quedó mirando. Escondida en el armario. Le gusta mirar. Disfrutó mientras a ti te hacían daño. El lobo lo dijo…
        También dijo que no te haría daño…
        Pero te lo hizo. Te hizo daño…
        Y el daño te gustó. Al final te gustó…
        No lo niegues. Te gustó porque lo merecías… Lo sabes…
        Mira sus caras… Ellos también lo merecen. Merecen lo malo que les pase. Como a ti…
        —¿Cómo podéis decir eso? —protestó Cazador sobre ella. Una voz fuerte en medio de los susurros—. ¿Es que estáis locos? Es sólo una niña. No tiene la culpa de nada. ¡Ha sido Lobo, maldita sea!
        —¡Cállate! —estalló su padre, lleno de ira—. ¡No sabes de qué hablas! ¡Lárgate de aquí! No queremos a gente de tu calaña en el pueblo. Alguien que vive en ese bosque no es nadie para venir a darnos lecciones.
        Su padre hizo una pausa para respirar, colérico, y su madre aprovechó ese momento para intervenir.
        —Me parece a mí que eres tú tan culpable como ella. ¿Un cazador que no caza lo que debe cuando debe hacerlo? Valiente inútil —bufó, y pareció a punto de escupir a sus pies, pero se contuvo—. ¡Fuera de mi vista!
        Roja escuchó cómo la gente asentía y comenzaba a increpar a Cazador, que tensó los músculos, conteniendo la ira.
        —Me dais asco —acabó por replicar Cazador, los dientes apretados—. Todos me dais asco. Lobo ha muerto y nunca me arrepentiré de haberlo matado, pero si siguiera vivo os mereceríais todo lo que os hiciera —inhaló con fuerza entre dientes y dejó escapar el aliento con mucha lentitud, manteniendo a raya la cólera que amenazaba con dominarlo—. Sólo espero que tengáis al menos la decencia de cuidar bien de ella hasta que se recupere —señaló a Roja con la barbilla—. Yo no puedo hacerlo. Pero tened claro que os estaré vigilando.
        La dejó a los pies de sus padres con extrema suavidad cuando se dio cuenta que ninguno de ellos acudiría a tomarla en sus brazos, y los miró con repugnancia antes de darse la vuelta y alejarse hacia el bosque.
        A Roja no le importó. Los susurros siguieron murmurando en su interior, incesantes.
        Él también te deja. Mírale. ¿Lo ves?
        En el fondo piensa como los demás… la culpa es… tuya…
        Si no lo pensara… habría llegado a tiempo…
        En cambio… salvó a tu abuela…
        Su abuela no se había movido. La anciana observó cabizbaja cómo se alejaba Cazador. Luego soportó largo rato el peso de todas las miradas sobre ella antes de agacharse a su lado y tomar una de sus manos, fría como hielo, entre las suyas, arrugadas, ásperas y calientes. Al final, fue su padre el que habló, rompiendo el silencio.
        —¿Y tú a qué esperas a largarte, madre? Tampoco eres bienvenida aquí. No quiero que vuelvas a acercarte a mi hija. Sólo le has traído la desgracia, llenando su cabeza de memeces.
        —Pe… pero… —protestó su abuela—, puedo cuidarla, puedo quedarme con ella esta no…
        —¡Te ha dicho que no, vieja! —gritó su madre de pronto, haciendo la anciana soltara su mano del susto.
        El chasquido de su voz, lleno de desprecio, hizo que Roja se estremeciera por primera vez desde que todo había pasado. Los susurros continuaron.
        ¿Ves cómo ella también es culpable? Culpable como tú. Sucia como tú… Ambas lo merecéis… Todos lo merecen…
        Morir…
        Los labios de Roja se movieron y sus ojos parecieron brillar dorados tan sólo un instante. Las sombras se hicieron más densas bajo su capa de color carmín, sobre su cuerpo desnudo y dolorido, pero nadie se dio cuenta.
        Su abuela agachó la cabeza y se inclinó sobre ella para besarla en la frente. El roce de sus labios la quemó, haciéndola gritara por dentro; aunque ningún sonido salió de ella. Tampoco se movió. Los susurros llenaban ahora por completo su alma.
        —Lo siento, mi niña. Lo siento de verdad —musitó su abuela, repleta de falsedad.
        Ahora lo sabía. Todo su afecto, todo su cariño, todo era mentira. Siempre lo había sido. ¿Cómo iba a amarla si era una niña desobediente y terca que había dejado que todo eso le pasara? Que, de hecho, lo había buscado y deseado, porque había provocado a Lobo hasta que…
        Lo deseabas, mi niña mala…
        Siempre lo has… deseado…
        Y, sin alzar la mirada, su abuela se puso en pie y se arrastró hacia el bosque, de vuelta a su pequeña casita. Dejándola sola.
        Si te quisiera…
        Te llevaría con ella. Pero te… deja…
       Roja ni se inmutó. Ya no sentía nada en su interior. Sólo había un vacío lleno de sombras que susurraban.
        Sus padres la miraron desde arriba una vez más, y después entraron en la casa, dejándola a ella allí tirada, tendida en la tierra apisonada del camino. Antes de desaparecer, su madre miró con mala cara a los vecinos que aún quedaban en la zona.
        —Que nadie la toque hasta que se haga de noche. Así aprenderá a obedecer de una vez. Bien le está lo que le ha pasado. Además —bufó alzando la nariz como si hubiera olido algo que apestara—, no me parece a mí que sea tan grave. No necesitará ni un médico. Seguro que cuando vea que no le hacemos caso dejará de hacerse la víctima y entrará en casa… Como si la hubiera parido…
        La puerta se cerró tras ella con un chasquido y Roja se quedó a solas con los susurros de su mente.
        No, no estás sola…
        Yo estoy en tu interior…
        Nosotros estamos dentro… de ti…
        Siempre lo he… estado…


        La noche se adentró en las calles del pequeño pueblo al borde del bosque, acariciando sus edificios de tejados de paja y paredes encaladas de blanco. La luz de la luna, que comenzó a asomar sobre las copas de los árboles, se vertió tras ella como una marea de grises y plata fundida que desterró todo rastro de color.
        Roja todavía yacía sobre la tierra fría a la puerta de su casa, los ojos muy abiertos, contemplando impasible cómo el cielo lleno de estrellas giraba sobre ella. La luna apareció al fin en su campo de visión: blanca, pura, refulgiendo como una joya en el firmamento. Tras tantas horas, su cuerpo había quedado entumecido por el frío y había dejado de sentir dolor. Ya no sangraba tampoco. Hacía ya tiempo que la sangre que manchaba sus muslos y vientre se había secado en su piel o había sido absorbida por su capa de color carmín.
        Sus ojos siguieron el camino de la luna en el cielo, y, ahí quieta, inmóvil bajo su luz, sintió moverse por primera vez al lobo en su interior. Cerró los ojos para escuchar mejor su voz. El lobo quería salir, quería ayudarla. Quería darle lo que más deseaba en el mundo…
        Los labios de Roja temblaron en una quebrada sonrisa y se rindió a él. Era el único que le había dicho siempre la verdad, después de todo. El único al que quería escuchar.
        Una súbita oleada de calor azotó su cuerpo, partiendo de su vientre y colmando todo su ser, abrasándola donde antes sólo había frío. Las sombras se movieron bajo ella y sobre ella, haciendo ondular la capa que la cubría, y se alzaron a su alrededor. La capa aleteó en medio de la noche y cayó lentamente a su lado.
        Roja sonrió de modo salvaje mientras se apoderaban de ella.


        Los cadáveres de sus padres aparecieron horriblemente descuartizados en su lecho a la mañana siguiente, igual que los de todos los que habían acudido a ver qué le había pasado a la puerta de su casa.
        Roja todavía podía recordar el placer que había sentido al desollarlos y al sacarles las entrañas. Los había matado lentamente tras arrancarles la mandíbula inferior para que no pudieran gritar y alertar a nadie más. Se había entretenido en especial con su familia; horas y horas, hasta que expiraron en sus manos. Las sombras le habían explicado cómo tenía que hacerlo. Habían guiado sus manos al principio, entre sus huesos y su sangre, mientras desgarraba sus vísceras. Luego la habían dejado seguir a ella sola.
        Tras acabar allí, había ido a por el resto de sus vecinos. Los había castigado uno a uno. A unos pocos los había obligado a mirar primero antes de hacerles sufrir, deleitándose en su pánico y en su horror. Se lo merecían. Todos ellos. Se merecían todo lo que les hizo aquella larga noche de sangre y sombras.
        Tardó mucho tiempo en ir a por Cazador, pues no se sentía preparada; no cuando las sombras le contaron con qué facilidad había matado a Lobo. Pero cuando, tras meses de acecharlo, al final sintió su sangre sobre su cuerpo y en su boca, aulló de felicidad y el bosque se estremeció con su grito. Cazador también se había merecido su muerte.
        Igual que ella había merecido sus heridas y sus lobos de sombras. Sus magníficos lobos. Esas criaturas que habían surgido de su sangre y de las sombras que anidaban en su interior, y que Lobo tan sólo había liberado al dañarla, mezclando la sangre de ambos.
        Ahora, más de dos años después, los gritos de dolor y el olor de la sangre derramada seguían acompañando el coro de susurros de su mente como un cántico glorioso. Sólo le quedaba una persona de quien vengarse, sólo una persona a la que de verdad ansiara dañar. Pero había decidido dejarla para el final. Y ese final tardaría mucho tiempo en llegar. Lo había decidido así porque sabía que con cada muerte que ella causaba en aquellos bosques, con cada vida que arrebataba, su maldita abuela sufría. Y quería hacerla sufrir. Más que a ninguna otra de las personas que habían estado con ella aquel día en que todo cambió.
        Roja le sonrió a su reflejo en el agua y sus ojos se tornaron ámbar de nuevo. Había llegado la hora de hacerle otra visita a la anciana. Esa noche, aun borracha de la sangre que había derramado tan sólo unas horas antes, rondaría de nuevo su casita del claro y le aullaría a la luna desde la espesura.
        Una risa leve y susurrante llenó el corazón del bosque mientras Roja convocaba de nuevo a sus lobos de sombras y sangre, y se envolvía en ellos como un sudario. Sus pasos se perdieron en la noche.

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