Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 4 de enero de 2015

EPÍLOGO - Alas Nocturnas


          A la luz de la antorcha, las sombras oscilaban sobre las paredes de piedra negra y las antiguas tallas con forma de enredaderas que las adornaban, perfilando los peldaños de la larga escalera que se adentraba en la oscuridad. Era la primera vez que Zaryll tomaba aquel camino sin la espada y no podía evitar preguntarse si aquel gesto, que aún le llenaba de incomodidad, y hacía que las palmas de las manos le sudaran, mejoraría su relación con Asgreg o sólo la empeoraría.

          «Ocho días, hace ya ocho días que no la toco.»
          El mero pensamiento hizo que el corazón le latiera desbocado en el pecho y que la boca se le secara. Hacía tres noches que no dormía en sus aposentos, sino en un diminuto catre en su despacho, unos pisos más abajo. Desde el preciso instante en que las manos le habían empezado a temblar sin control con sólo tocar el pomo de la puerta.
          —Y no la volveré a usar. No lo haré.
          Zaryll tragó saliva y se centró en cada uno de los peldaños que iba dejando atrás. Ahora tenía asuntos mucho más importantes de los que ocuparse. Acababa de escuchar a través del espejo de Sadreg el descompuesto relato de Erish, después de que el helfshard acudiera en su busca, más alterado de lo que nunca lo había visto.
          El Guerrero del Orn había sobrevivido. Gerath no. Erish parecía al borde de la locura debido al trauma y apenas había sido capaz de articular una frase seguida sin echarse a llorar o tartamudear. Había hablado de alas de dragón y de un gigante inmune a la magia que finalmente habían logrado abatir, pero no antes de que toda esperanza se perdiera. También les había contado, entre histéricos sollozos, que dos humanos cuya descripción parecía coincidir con dos de los prófugos que Org estaba persiguiendo, la habían obligado a huir.
          La misión había resultado ser un completo fracaso.
          Era plenamente consciente del odio que había rezumado de Sadreg al enterarse de la muerte del otro helfshard. Sabía que el elfo había estado a punto de matarlo allí mismo, en la sala del espejo, sin un solo testigo que pudiera culparle, y que apenas había logrado contener ese impulso.
          «Por eso estoy aquí. No me queda otra salida salvo lograr convencer a Asgreg. Tengo que darles algo con que compensar su pérdida —suspiró, los ojos clavados en la informe negrura que se desplazaba más allá del cerco de la antorcha—. Pero no es sólo por ellos, también es por mí. Tengo que lograr que esos Guerreros mueran antes de que sea demasiado tarde. Sólo espero que no sea ya demasiado tarde, que Sadreg esté en lo cierto y que…»
          Dejando escapar el aire por entre sus labios, dejó la antorcha en la abrazadera más cercana y descendió los últimos peldaños a la verdosa luz de la esfera que flotaba sobre la gruta que había en el corazón de Nardis.
          —Asgreg —saludó, intentando aparentar que se encontraba más tranquilo de lo que en realidad estaba.
          El dragón negro abrió lentamente el único ojo que le quedaba y clavó su pupila en Zaryll.
         —¿Qué dezseazs, hombrecito? —una queda risa sacudió el enorme corpachón del dragón—. ¿No van las cozsazs como ezsperabazs? ¿O ezs zsolo que te apetece hablar, otra vez?
          —Ni lo uno ni lo otro. Vengo con una petición —hizo una larga pausa y acabó por carraspear tras acodarse en la polvorienta barandilla de piedra tallada que se abría sobre la gruta—. Me gustaría que volaras al Sorn y arrasaras el Santuario de Tyrsha de los bosques de Yshaunn. Que lo convirtieras en cenizas y roca fundida. No quiero que quede nadie con vida.
          La testa de Asgreg se alzó con cierta languidez hasta quedar a su altura, y mostró sus afilados colmillos en una mueca que a Zaryll se le antojó una sonrisa llena de cinismo.
          —¿Y por qué razón debiera yo hacer algo como ezso? ¿Por qué debiera obedecerte y rezsizstirme al Zsueño mázs de lo necesario? No te debo… nada —siseó, echándole el fétido aliento en la cara con tanta fuerza que hizo aletear sus ropas y su cabello—. No le debo nada a la gente de tu raza. Nada.
          —Por la Profecía —respondió Zaryll, tratando de mantener la calma, al tiempo que una arcada recorría sus entrañas—. Sabes lo que significa, ¿verdad?
          La risa de Asgreg le dio la respuesta aún antes de que hablara.
          —¿La Profecía de Rielle? Por zsupuezsto que lo zsé, pero lo que importa ezs lo que tú creezs zsaber, ¿no ezs azsí? Vozsotrozs y vuezstro ezstúpido ego humano…
          —Lo único que sé, Asgreg, es que lo que me dijeron los elfos negros no es de fiar. Sólo mi propio juicio lo es —hizo una pausa bajo la ahora inquisitiva mirada del dragón—. Sé que mi antecesor quería verla realizada, que conspiró largos años con los otros magos para que se cumpliera. Sé que me mantuvieron al margen de todo eso por razones que nunca me revelaron. Sólo eso es ya razón más que suficiente para sospechar y no desear que se cumpla. Mi juicio también me dice que si tú te uniste a los elfos negros en las Grandes Guerras también fue por algo y que si ahora estás aquí, conmigo, y no con ellos, es también por algo.
          »Sé por qué traicionaste a tu propia gente —continuó tras una profunda inhalación—. También sé que los elfos no quieren que las palabras de Rielle se cumplan. La pregunta que te hago, Asgreg, es esta, ¿deseas tú que se cumplan?
          El dragón entrecerró el ojo sano y acercó más su rostro al de él, hasta que todo lo que Zaryll pudo ver fue un enorme campo de oro rojo orlado de negro con una finísima grieta oscura en su centro.
          —Si destruyes el Santuario, matarás a varios de los Guerreros que anuncia la Profecía. Sadreg cree que, después del ataque que acaban de sufrir, irán a refugiarse allí. Es el sitio que siempre ha sido seguro para ellos, después de todo, así que volverán a él —tragó saliva, podía sentir dudar a Asgreg, si tan sólo presionaba un poco más. Respiró hondo, tratando de encontrar la calma en su interior—. Los elfos negros no pueden entrar, los Espectros no pueden entrar, las sombras tampoco. No puedo enviar a nadie a enfrentarse a todas esas sacerdotisas. Son demasiadas como para encargarme de ellas con los recursos que poseo ahora mismo, no con Trión a mis puertas. Pero tú, Asgreg… tú puedes reducirlo a cenizas y, si lo haces, evitarás que la Profecía se cumpla.


          Asgreg batió las alas con fuerza, propulsándose en el aire, primero sobre Nardis y luego sobre el valle que se extendía a sus pies. Tenía que concentrarse para mantenerse despierto, pero esperaba que el enorme esfuerzo que le suponía mereciera la pena. Apenas fue consciente de los incrédulos rostros llenos de terror que se alzaron a su paso, según su enorme sombra se proyectaba sobre la tierra. Tampoco escuchó los gritos de terror de los soldados del ejército de Trión que le vieron pasar, ni de los rostros demudados por el pánico de Adryll y Thriz según coronaban el último repecho que les faltaba para llegar a Nardis.
          Lo dejó todo atrás cuando las corrientes de aire le impulsaron lejos sobre las montañas, permitiendo que los doloridos músculos de sus alas pudieran por fin descansar. Fue entonces cuando la embriaguez del vuelo inundó sus sentidos. Era casi como antaño, cuando el Sueño del Dragón no gobernaba su vida ni pesaba sobre él de modo constante y surcaba libre los cielos. Casi, mas no del todo, pero sí suficiente para él. Con el corazón y la mente henchidos por el vuelo, Asgreg bramó a su paso sobre las montañas.


FIN DE "SUEÑOS DE DRAGÓN"
(Tomo 1 de "Las Guerras de Bakán")

(Todo el crédito de la imagen que encabeza el capi va para Laurielle Maven, que me hizo el dragón)

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