Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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sábado, 3 de enero de 2015

CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO (Parte 4/4) - Un alma, un dragón


          Erish avanzaba detrás de Gerath entre los helechos envueltos en sombras, esquivando los troncos de árboles en descomposición cubiertos de musgo y los mojados montones de hojarasca que podían resultar traicioneros en medio de la creciente penumbra que les rodeaba. Hacía ya un rato que había levantado las barreras de protección en torno a ambos y ahora se dirigían con paso decidido hacia las ruinas, casi ocultos por las gruesas cortinas de lluvia que emborronaban su visión a menos de un ahs de distancia.

          La helfshard apretó los dientes para no tiritar y se echó el aliento sobre los ateridos dedos que le dolían del frío, pero sabía que era inútil y que pronto volverían a entumecérsele. Contuvo un escalofrío y escondió las manos en las axilas con un quedo suspiro. Aún faltaba mucho para que pudieran disfrutar del calor de una hoguera y de un techo bajo el que cobijarse. Gerath también se estremecía de cuando en cuando delante de ella, la ropa empapada ceñida en torno a su cuerpo y la capa de lana colgando a su espalda como un peso muerto.
          Casi estuvo a punto de chocar contra él cuando el elfo se detuvo de pronto y le hizo un gesto con la barbilla, señalando hacia adelante en silencio. Apartándose el albo cabello de la cara por detrás de una oreja, Erish se hizo a un lado para contemplar el claro sobre el que se alzaba el desordenado cúmulo de melladas paredes de roca e informes montículos recubiertos de rala hierba. El entrecortado resplandor de un rayo bañó las ruinas de fogonazos blancos y danzantes sombras, permitiéndole ver la estructura más alta que se encontraba en el extremo más alejado de ellos. Era allí donde habían acordado que Nevyan iba a apostarse, oculto bajo un retorcido arbolillo que entrelazaba sus ramas más altas con una arcada medio derruida.
          Erish sólo necesitó un instante para ubicar el grupo de bajas paredes que Nevyan les había descrito y que parecían haber limitado en el pasado el patio de alguna mansión o, tal vez, de un santuario. Allí, cerca del río, intentando guarecerse de lo peor de la tormenta, en una esquina que conformaban dos muros, había dos figuras encorvadas, muy cerca la una de la otra. Estaban cubiertas por gruesas capas y las capuchas ensombrecían sus rostros, pero aún desde donde se encontraban se podía apreciar que una era considerablemente mayor que la otra.
          Tras intercambiar una mirada con Gerath, este asintió y dio un paso al frente para poder tener una mejor línea de visión. La elfa tomó aire y se concentró en el escudo.
          Un nuevo rayo crujió a su alrededor y el trueno que le siguió pareció querer quebrar el cielo. Gerath dio un respingo cuando la oscilante luz blanca bañó el claro justo en el instante en que una de las figuras pareció desplegarse sobre la otra como una torre y, echándose la capa atrás sobre los hombros, comenzó a avanzar en su dirección. El fugaz resplandor bañó aquel lívido rostro en medio de las sombras, haciendo que las cuencas de sus ojos parecieran meros pozos de oscuridad. La helfshard sintió cómo el aliento se le congelaba en la garganta y el helfshard retrocedió un paso, fruto de la impresión.
          «El gigante… nos ha… visto… ¿cómo? ¿Estaba mirando justo hacia… aquí?»
          —¡Atrás, Isholda! —el bramido que brotó de la garganta de aquel ser, pareció hacer temblar la mortecina luz de la tarde, se escuchó con claridad pese al fuerte viento y al retumbar de la lluvia a su alrededor.
          Los ojos de Gerath se quedaron prendidos durante un largo instante en la enorme hacha que llevaba en la diestra en su diestra y por cuya hoja resbalaba la lluvia en finas cortinas de azogue.
          —Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh… —Gerath inhaló con un temblor y comenzó a entonar de inmediato el conjuro, sin poder apartar la mirada de la intimidante silueta que se aproximaba.
          Erish retrocedió un paso con un jadeo inaudible al tiempo que se concentraba en mantener el escudo sobre ellos, reforzándolo en el frente, la mano extendida en esa dirección. El aire relumbró con chispas doradas de modo apenas perceptible, mientras el conjuro se asentaba de nuevo.
          Apretando los dientes, Gerath completó el hechizo entrelazando los dedos frente a su pecho para luego separarlos con brusquedad. Una maraña de hilos de fuego salió despedida de sus manos hacia el frente, crepitando bajo la lluvia, pero no esperó a ver el resultado de su magia. Tenía que actuar con rapidez, no había tiempo para reaccionar ni para pensar apenas, no con el gigante avanzando hacia ellos, no sin saber cuánto tiempo podría mantener Erish la barrera. ¡Y el maldito gigante se había interpuesto completamente entre la humana y ellos, no podía ni verla!
          —…il neria calo näs il neria, hu neria calo näs il luven… —con un rápido gesto, sus dedos parecieron dejar en el aire perlas de sangre, que apenas resultaban visibles entre la lluvia. A una nueva orden suya, se mezclaron en un remolino de noche y fuego que esgrimió ente sí, y que a continuación impulsó en el aire de forma violenta hacia el gigante.
          Parpadeó. El gigante seguía avanzando hacia él, la candente red de fuego que había lanzado antes calcinando sus ropas y su carne, prendida a su cuerpo, penetrando a través de la piel y haciéndola arder… más no deteniéndolo. ¡Ni siquiera perecía estar haciéndole daño! Tan sólo aleteaba a su espalda como espirales de fuego, siseando bajo la lluvia y alzando leves nubes de bruma que se disipaban con rapidez.
Con un rugido que nada parecía tener que ver con el dolor, el gigante blandió el hacha en un amplio círculo ante él para luego asir el grueso mango con ambas manos. Sin dejar de moverse, sin dejar de avanzar, un firme paso tras otro, cada vez más y más cerca. El conjuro con forma de remolino impactó entonces contra su pecho, haciéndole perder el ritmo, al tiempo que algo pareció golpearlo también en la espalda. Pero eso tampoco lo detuvo. Gerath miró a su alrededor, la garganta abrasándole por la súbita oleada de bilis y miedo que trepó desde sus entrañas.
          —E u iree dar nolo il rets e dero il luven…
          Pronunció aquellas palabras casi atragantándose al tiempo que retrocedía hasta sentir el contacto de las manos de Erish sobre sus hombros. Tomó aire, deglutiendo el vómito que llenaba su boca, y empujó con toda la fuerza de que fue capaz la espiral de negrura que había formado, seguro de que el conjuro desgarraría y calcinaría a su paso la carne del gigante, destrozando sus huesos, fragmentándolos en afiladas esquirlas en el interior del cuerpo, que luego cortaría y segaría toda la carne y todos los órganos a su paso. Con un último giro de muñeca, hizo que el entramado de magia girara de Orn a Eorn, siguiendo el curso de las estrellas en el cielo.
          —Igh, Noidha! Muno mai-si cala.
          Una punzada de dolor detrás de los ojos estuvo a punto de hacerle perder la concentración. Estaba cansado, su mente comenzaba a tambalearse al borde mismo del colapso mágico, pero no podía permitirse flaquear. Notó cómo la magia se escurría por un instante por entre sus dedos, negándose a obedecerle. Con un bronco gemido, reforzó su agarre de la magia y volvió a concentrarse en el conjuro. La magia cedió.
          Un alarido de agonía, ahogado casi por completo por el retumbar del trueno y el súbito crujido de un rayo que cayó del otro lado del río, resonó entre las ruinas en el momento en que la espiral de fuego y noche se abrió finalmente paso a través del cuerpo del gigante. Aquello pareció detenerle en seco y luego se tambaleó hacia adelante, ante la aturdida mirada de Gerath, en cuanto la magia que presionaba contra su pecho se desvaneció. La sangre brotaba de sus labios y del muñón en que se había convertido su antebrazo izquierdo, diluyéndose en el agua de lluvia, apenas visible entre la parpadeante luz que sacudía las nubes. El hacha todavía pendía de su mano derecha, pese a los profundos cortes y quemaduras que desgarraban la musculatura de su brazo.
          Un nuevo grito llenó el aire, rebosante de dolor y desesperación, y la humana que habían venido a matar asomó a la izquierda del gigante, que dio otro paso más y se detuvo de nuevo.
          Gerath alzó un dedo con una salvaje sonrisa en el rostro. Una oportunidad, un blanco fácil.
          —Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh, Noidha, lido näs hu dheo har hal-mai hu ligh. E il dar derag neimo ah iree. Igh, Noidha! Muno mai-si cala.
          —¡¡ATRÁS!!
          El súbito bramido del gigante le hizo dar un respingo justo en el momento en que acababa de pronunciar el hechizo. La humana desapareció de su vista cuando, ignorando el dolor, el gigante la apartó de un empellón con el brazo amputado, interponiéndose entre ella y el conjuro. La lanza de ácido le golpeó de lleno en el pecho, cerca del corazón, obligándolo por primera vez a retroceder.
          Gerath maldijo entre dientes y comenzó a canturrear de nuevo en el mismo instante en que un gruñido casi animal brotaba de aquel extraño que se negaba a morir. El sonido se transformó de pronto en un aullido de rabia y de ira cuando el gigante se lanzó a la carga bajo la lluvia.
          Escuchó a Erish jadear a su espalda mientras entonaba el conjuro más letal que podía realizar con la magia que le quedaba. Después de eso, todo habría acabado, no le quedaría nada, sólo la barrera. Y Erish. No lo comprendía, hacía ya rato que el gigante debiera estar muerto, pero no era así, seguía avanzando a la carrera, un paso, otro paso, el hacha en alto, la sangre resbalando por su cuerpo mutilado en rojas cintas que, sin embargo, parecían de color negro al caer sobre los charcos del suelo. Casi podía ver los huesos en el lugar donde el ácido lo había golpeado, blancos sobre la carne requemada y arrancada.
          Pero seguía vivo, seguía en pie.
          Una rápida secuencia de relámpagos aleteó entre las oscuras nubes, llenándolo todo de luces y sombras y haciendo refulgir cada una de las gotas de lluvia que rodeaban al gigante. El agua pareció detenerse de pronto en el aire y resbalar sobre algo que no estaba allí y que nunca había estado. Unas enormes alas de lluvia y luz parecieron extenderse a espaldas del gigante, alzándose por encima de su cabeza, batiendo en silencio a cada paso que daba. Alas membranosas, alas de lluvia y luz que sólo podían verse bajo el fulgor de los rayos y que parecían reverberar con el rugido del trueno.
          Gerath contempló horrorizado cómo aquel ser de pesadilla se abalanzaba sobre ellos y extendió las temblorosas manos ante él.
          —…E il ligh luv raro u phires au e shiro delos noriet. Igh, Noidha! Muno mai-si cala.
          El gigante llegó al escudo, que crepitó, llenando el aire de chispas de brillante luz dorada, justo en el instante en que refulgentes dardos de cristal surgían de las puntas de los dedos de Gerath para enterrarse en su cuerpo. Una segunda oleada brotó de las manos del elfo y se alojó también en su interior para luego estallar en miles de afilados fragmentos que convirtieron todos los órganos del gigante en pulpa.
          El hacha cayó sobre Gerath… sobre la barrera… Y algo crujió en su interior, ahogando todo lo demás, cuando las alas que nunca habían existido se desvanecieron con un parpadeo y el escudo que Erish había creado se fragmentó de modo imposible justo sobre su cabeza.
          Apenas sintió dolor.


          Ni siquiera fue capaz de gritar cuando el escudo quedó hecho añicos ante su atónita mirada, enviando oleadas de dolor por toda su alma, y los últimos rescoldos de magia se disolvieron en su interior. Tampoco lo hizo cuando el hacha del gigante partió a Gerath casi por la mitad y su cálida sangre bañó su rostro helado por la lluvia, manchando su ropa y resbalando por sus manos. El cuerpo del que en vida fuera su amante cayó desmadejado a sus pies con un brazo completamente seccionado y el cerebro desparramándose sobre la enlodada hierba entre blancos trozos de cráneo y pelo.
          Tampoco gritó cuando el gigante se derrumbó a su lado, los ojos vidriados, mas todavía respirando trabajosamente, y la sangre brotó a borbotones de sus labios, del muñón de su brazo y de las múltiples heridas que atravesaban su cuerpo, tiñendo sus ropas marrones de un color más oscuro. Las cinco flechas que tenía clavadas en la espalda se rompieron bajo su cuerpo.
          Un aullido que no era el suyo quebró el aire y Erish logró finalmente apartar los ojos de los cuerpos que tenía ante sí. La mujer que Gerath y ella habían venido a matar corría en su dirección espada en mano, la hoja manchada de sangre, dejando a su espalda el cuerpo de Nevyan, estremecido por los estertores de la muerte. Lloraba. Pero ella no, a ella no le quedaba ya nada en su interior, ni magia, ni ninguna otra cosa. Sus dedos se cerraron sobre la daga que tenía en la cintura y, durante un instante, pensó en desenvainarla y correr al encuentro de la humana. Más gritos resonaron a su espalda y una saeta siseó en el aire, rozando su brazo y haciendo brotar la sangre.
          Se giró, con las rodillas a punto de ceder, para ver cómo otras dos figuras corrían también en su dirección: un hombre alto que volvía a aprestar el arco y otro más bajo y pelirrojo armado con una espada y una daga.
          No lo pensó. Los ojos desorbitados por el terror de la muerte y de la sangre que la rodeaba, huyó, se lanzó a la carrera hacia lo más profundo del bosque, sin mirar siquiera a su espalda. Corrió hasta que los pulmones la ardieron y las piernas ya no pudieron sostenerla, hasta que cayó rodando por una pendiente llena de hojas muertas y raíces que magullaron sus costillas y su cadera y le robaron el aliento cuando finalmente se detuvo al fondo, en medio del barro arrastrado por una torrentera.
          Los sollozos doblaron su cuerpo y, durante largo rato, no fue capaz de escuchar nada salvo su respiración entrecortada, su propio llanto desgarrado y la tormenta que rugía sobre los bosques de Yshaunn.


          Bajo las montañas que se cernían sobre una ciudad arrasada por el fuego, sobre las otrora blancas torres ahora manchadas de gris, Naldan abrió los ojos en medio de su gruta de facetadas paredes de cristal y aulló largo rato de dolor en medio de la soledad. Alzó la enorme testa, del mismo color de las paredes, y bramó de nuevo haciendo que polvo de cristal se desprendiera desde las alturas y brillara a la nebulosa luz que se filtraba desde una grieta del techo.
          El dragón bramó hasta que el dolor de su corazón, de las cadenas rotas, hubo remitido lo suficiente como para pensar.
          «Cuando del dolor y del horror
          lo que deseas surja,
          encontrarás la salvación.»
          Cuatro estaban ya despiertos, sólo faltaban dos.
          Incapaz de volver a conciliar el sueño, Naldan contempló con sus facetados ojos de fuego y agua el vacío que le rodeaba, aferrándose a la agonía que todavía palpitaba en su interior.


          La luz del ocaso acarició las abruptas pendientes recubiertas de brezo blanco de aquel alto y afilado pico al Orn de las Rokaesis, tiñendo sus laderas del color de la sangre. La tormenta había pasado y todo brillaba como el cristal. Casi al pie de sus escabrosas faldas, apenas visible debido a un viejo desprendimiento y un reciente corrimiento de tierras, la boca de una cueva se abría hacia la negrura.
          En lo más profundo de la misma, sobre un lecho de tierra seca, Leifdran se estremeció al tomar aliento por primera vez en más de un milenio, haciendo que sus enormes flancos cubiertos de albas escamas hondearan bajo la poderosa musculatura. Había estado atrapado entre la vida y la muerte por más tiempo del que podía recordar, viviendo la vida de otro, de modo que, cuando se sumió por fin en el profundo Sueño del Dragón —soñando, tal vez, con su pronto despertar—, no pudo sino sentir un profundo alivio en su interior.


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