Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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sábado, 3 de enero de 2015

CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO (Parte 3/4) - Un alma, un dragón


         Nevyan se deslizaba por entre la maleza cuando las primeras gotas de lluvia que comenzaron a caer del cielo plomizo, repiqueteando en el suelo y tamborileando sobre las ramas de los árboles que se cernían sobre él. Hizo una pausa y cerró los ojos para concentrarse en escuchar, le había parecido oír el lejano relincho de un caballo, pero nada llegó hasta él. Olfateó el aire en busca del familiar olor a pelo mojado o bostas pero, una vez más, no encontró nada en el viento, sólo humus y lluvia y quizá el leve olor de un zorro o un tejón. Pero el viento provenía del Norn y el sonido parecía haber venido de la dirección contraria. Podrían haber sido sus propias monturas, aunque…

          Continuó avanzando al tiempo que la tormenta se desencadenaba a su alrededor, caminando en el más absoluto silencio entre los milenarios árboles de los bosques de Yshaunn. Cuando avistó el claro en el que lord Gerath y lady Erish aguardaban, apuró el paso y salió de la espesura.
          —Los he encontrado —anunció, intentando hacerse oír por encima del ulular del viento y la lluvia que comenzaba a caer con fuerza.
          —¿Los? —se sorprendió Erish, frunciendo el ceño.
          —Malas noticias, mis señores —añadió el explorador, acercándose a ellos, chapoteando entre la empapada hierba—. Hay un… —tragó saliva, tratando aún de recuperarse de la impresión que el hallazgo le había causado—, gigante con la humana. Un gigante del Norn.
          Gerath se quedó muy quieto, mientras Erish comenzaba a maldecir por lo bajo.
          —¿Un gigante? ¿Aquí? ¡Noidha sagrada! —la helfshard jadeó aturdida, apartándose el mojado cabello de los ojos y escupiendo el agua que le había entrado en la boca—. ¿Cómo vamos…? —sacudió la cabeza—. ¿Cómo no nos advirtió Sadreg?
          —No creo que lo —el resto de las palabras de Gerath fueron engullidas por el fuerte restallar del trueno sobre ellos, después de que un rayo iluminara las negras nubes—. No creo que lo supiera —repitió, cuando volvió a hacerse el silencio.
          Gerath suspiró para sus adentros. Eso complicaba su misión, tendrían que encargarse de él antes de matar a la humana. No podían estar pendientes de la violencia desencadenada de un gigante mientras intentaban matar a la chica. Sin embargo, Nevyan podría encargarse de ella hasta que Erish y él se hubieran desembarazado del otro problema. Era una buena opción tan buena como cualquier otra. Tampoco es que tuvieran muchas más.
          —Atacaremos primero al gigante —anunció—. Sadreg comentó que la humana podría estar gravemente herida, ¿cómo la has visto, Nevyan?
          El explorador se encogió de hombros, con una expresión de desagrado en el semblante.
          —Parecía estar bien, y armada —añadió con un resoplido—. Casi me ha parecido que esperaban nuestra llegada. Están en guardia y alerta, eso desde luego, al resguardo de un par de muros que hacen esquina, cerca del río.
          —¿Cuál es la situación de las ruinas? —intervino Erish—. ¿Por dónde crees que debiéramos acercarnos?
          —No por el Norn, mi señora, el río nos impide ahí el paso. Yo propondría seguir avanzando como hasta ahora y llegar desde el Sorn, así no tendrán hacia dónde retroceder —entrecerró los ojos cuando el resplandor de un nuevo rayo iluminó sus facciones seguido del bronco retumbar de un trueno—. El terreno del Eorn es escabroso y el río cae en varias cascadas no muy lejos de las ruinas. Hacia el Orn sólo están las ruinas que nos servirían para acercarnos sin ser vistos, pero tampoco os permitirían un blanco claro para los conjuros. Lo primero que debiéramos hacer cuando ataquemos es impedir que retrocedan en esa dirección, mis señores.
          Gerath asintió.
          —Tú te encargarás de ellos mientras Erish y yo avanzamos desde el Sorn. Les bloquearás el acceso a las ruinas en la medida de lo posible. ¿El viento supondrá mucho problema para tus flechas?
          El explorador se encogió de hombros.
          —No tendré un blanco fácil, mi señor. Si me acerco lo suficiente podré usarlo, pero no desde mucha distancia, no sólo por el viento, sino por la mala visibilidad. Pero lo intentaré —añadió con una media sonrisa—, y siempre me quedará la espada.
          —Bien. Erish, tú me escudarás. La tormenta cubrirá además nuestros pasos, es casi imposible que nos vean acercarnos aunque estén en guardia y sepan que vamos, ni los humanos ni los gigantes ven en la oscuridad, al fin y al cabo. Ninguno de nosotros se acercará a ellos a no ser que sea imprescindible.
Erish frunció el ceño y negó con lentitud.
          —Dais por sentado, mi señor, que el gigante será un blanco fácil y que no tendremos a la humana a nuestro alcance hasta que él no caiga. Yo no lo tengo tan claro. Si en algún momento está a tiro, yo la atacaría a ella.
          —¿Aunque luego el gigante se lance sobre nosotros? —inquirió el helfshard, volviéndose hacia su compañera.
          —Sí. Si la logramos matar, el resto… —hizo una pausa y desvió la mirada de los ojos de profundo color azul del otro elfo—, el resto carecerá de importancia. Habremos cumplido la misión y nuestro objetivo. Podremos huir si es necesario y si no…
          Gerath alzó la mano pero la dejó caer antes de alcanzar la mejilla de la mujer. Asintió tras un largo momento de duda.
          —De acuerdo —suspiró—. El todo por el todo. Atacaré primero al gigante, pero si tengo blanco claro de la humana iré a por ella —esbozó una sonrisa triste y cansada en medio de la creciente oscuridad de la tormenta que rugía sobre ellos—. Confío en que tu escudo nos mantenga con vida si el gigante llega a nosotros.
          —Es un escudo, Gerath. Aguantará hasta que no me quede magia o decida bajarlo, lo sabéis de sobra —sonrió, poniéndose a continuación de puntillas para depositar un suave beso en los labios del otro elfo.
          Nevyan desvió la mirada azorado de ambos helfshard y la dirigió hacia la dirección de la que había venido con el ceño fruncido de la preocupación. Jamás se había enfrentado a un gigante, de hecho no recordaba a nadie de su raza que lo hubiera hecho. Sabía que eran fuertes y rápidos, pero al menos, no eran resistentes a la magia. Sería una locura entablar un combate cuerpo a cuerpo con alguien de su raza, pero la magia… la magia les daría sin duda la victoria. Mientras los dos helfshard se disponían a montar, él aprestó su carcaj y su arco bajo la lluvia y dejó el arma cruzada en la silla ante él, donde podría alcanzarlo fácilmente en caso de necesidad. Su montura piafó y se movió inquieta bajo su cuerpo. Los animales de repuesto también corcovearon nerviosos a su espalda.
          Cuando se adentraron bajo el lóbrego dosel del bosque lleno de malezas, la tormenta comenzó a rugir con más furia sobre ellos. Las nubes se iluminaron de plata y destellos fulgurantes perfilaron danzantes sombras sobre los nudosos y viejos troncos de los árboles. Cualquier sonido que pudieran hacer quedó engullido por el bramar de los truenos y la lluvia.


          El barro manchaba sus ropas y sus cabellos y la empapada túnica se pegaba a su piel, helándola hasta la médula. Hasta la capa estaba tan mojada que sólo servía para que el frío le calara más y más a cada minuto que pasaba. Sin embargo, nada de eso le importaba. Cuando un nuevo trueno rugió en las alturas, Diedrith volvió a gritar, cubriéndose la cabeza con un brazo, mientras reptaba sobre las viscosas hojas para acurrucarse entre las raíces del viejo roble.
          La muchacha había contemplado, con creciente pánico, las nubes que se habían ido acumulando en el Norn durante todo el día y que finalmente avanzaron sobre el bosque, cubriendo las montañas con un oscuro manto. Cuando los rayos habían comenzado a serpentear sobre ellas y el trueno había resonado en la lejanía, se había echado a temblar de modo incontrolado, pero había logrado mantenerse sobre el caballo, aferrada con cada vez más fuerza a la cintura de Derlan. Cuando la tormenta los había alcanzado, el terror había anulado finalmente su voluntad y había saltado de la grupa de Harrow para correr bajo la lluvia, resbalando en el lodo, hasta donde se encontraba ahora, llorando e incapaz de moverse, los brazos de su hermano en torno a ella.
          —¡Haz que vuelva, Frodrith! —aulló Ledren a espaldas del pelirrojo, dándole una furiosa patada a una rama podrida que se desmenuzó, manchando su bota más de lo que ya estaba—. ¡Tenemos que aprovechar ahora! ¡Podemos hacer que pierdan nuestro rastro!
          El joven se volvió hacia él, el rostro congestionado por la rabia, sin dejar de abrazar a su hermana, en un vano intento de calmarla y protegerla.
          —¡¡Cierra la maldita boca!! ¡Cállate! ¡Lárgate tú, si tanta prisa tienes! Después de todo, es lo que llevas repitiendo estos días sin parar, ¿verdad? Estoy harto, harto, de oírtelo decir. ¡Así que lárgate! ¡¡Déjanos en paz!! ¿Qué te importa nada de lo que hagamos ahora?
          Otro rayo volvió a caer, muy cerca esta vez, crepitando en el aire e impregnándolo todo de un fuerte olor metálico, haciéndole a cerrar los ojos ante el embate de su fuerte resplandor. Diedrith volvió a gritar, pero su voz se la llevaron el viento y el trueno. Cuando las motas oscuras desaparecieron de su visión, pudo ver entre la lluvia y los mojados mechones de su cabello, la expresión dolida del rostro del eorniano. Se endureció ante ella y tentado estuvo de levantarse y escupirle en la cara, pero eso hubiera implicado soltar a su hermana y eso era algo que no estaba dispuesto a hacer. Vio también a Derlan negar lentamente al lado de su amigo y no fue capaz de seguir mirando.
          —Todo irá bien, Di. Calma, calma. Estoy aquí, a tu lado —susurró al oído de la muchacha, acunándola con lentitud—, tu hermano valiente que nada teme de la cruel tormenta. Siempre a tu lado, ¿recuerdas? Siempre…
          Le daba igual lo que pensara Ledren, le daba igual lo que hiciera. Se podía morir ahí mismo y le daría igual. Al fin y al cabo, sus caminos se hubieran separado después del mediodía, de no haber sido por la tormenta. Sólo seguían todavía juntos por eso. Pero ya no les quedaba tiempo, podía sentir en su interior que debían apresurarse hacia las ruinas cuanto antes. Tanto daba que Ledren siguiera ahora su camino o se quedara allí complicándolo todo más aún. De hecho, ojalá se fuera, sería un alivio dejar de escuchar sus constantes protestas. Lo que él no podía hacer, sin embargo —ni por la chica rubia ni por nadie—, era dejar sola a su hermana en un momento como aquel.
          Pudo escuchar gritos a su espalda pero no se volvió. Derlan y Ledren volvían a pelear. Otra vez. Hasta ahora habían procurado apartarse cada vez que lo hacían, a la noche o si se detenían a comer, pero Di y él los habían oído pese a todo. Esta era sólo una pelea más. Una de las tantas que habían tenido los dos últimos días. Estaba cansado de soportar Ledren, más que cansado de su paranoia y su negativa a escuchar y su miedo y su hipocresía.
          Siguió acunando a Diedrith, susurrando en su oído mientras la escuchaba llorar y estremecerse, de modo que no pudo sino dar un respingo cuando una mano se cerró sobre su hombro y tiró de él hacia atrás con brusquedad. El pálido rostro de Ledren quedó recortado contra la oscuridad a la luz de un nuevo relámpago que hendió las nubes. Frodrith estuvo a punto de hundirle el puño en la cara y sólo la expresión de sus ojos negros se lo impidió.
          —¡Vete! —le oyó gritar para hacerse oír por encima del viento—. ¡Ya me quedo yo con ella! ¡Vete con Derlan a buscar a la chica de tu visión, yo me encargo de cuidar de tu hermana!
          Frodrith se le quedó mirando, completamente paralizado del asombro. Abrió los labios, pero ningún sonido brotó de ellos.
          —Sigo sin estar de acuerdo con toda esta estupidez —continuó el eorniano, acercándose para no tener que gritar—, pero no voy a dejar a tu hermana tirada en el bosque, no soy… ¡No quiero convertirme en esa clase de persona! —escupió entre dientes, como si luchara consigo mismo—. ¡Vete, venga! Vete de una vez, maldita sea.
          Con un brusco empujón, Ledren le terminó de apartar de Diedrith y ocupó su lugar mientras él retrocedía a trompicones y resbalaba en el barro y las hojas muertas. Sólo la súbita presencia de Derlan a su espalda evitó que cayera.
          —Le has hecho daño con lo que has dicho —dijo Derlan esbozando una mueca amarga—, pero le ha hecho entrar en razón. Eso y un par de gritos míos. Ahora será mejor que nos vayamos, antes de que cambie de idea. Tú dirás hacia dónde, sé que has estado mirando mi mapa.
Frodrith inhaló de forma temblorosa y trató de secarse el agua de la cara con la manga empapada de barro y lluvia.
          —Nor… noreste. Hacia las ruinas que hay allí, creo.
          Aún aturdido, Frodrith montó tras Derlan sobre la grupa de Harrow y ambos se alejaron colina arriba, intentando no resbalar en la torrentera que se abría camino entre los cascos de su montura.

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