Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 1 de enero de 2015

CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO (Parte 2/4) - Un alma, un dragón


         Gerath miró de reojo a su compañera y al rastreador que habían traído consigo, y volvió a centrar su atención en la senda por la que cabalgaban y que discurría entre las estribaciones Sorn de las Rokaesis.

         A su derecha se alzaba una pedregosa ladera cubierta de árboles y baja maleza, tapizada de un denso manto de dorada hojarasca. Abundantes torrenteras descendían entre peñas blancas y montículos de musgo, para cruzar luego el camino enlodado y perderse en la espesura del otro lado. Más allá se extendían las llanuras a las que volverían una vez estuvieran seguros de haber dejado atrás al ejército de Selam y a sus batidores. Había resultado toda una sorpresa encontrarles tan cerca de su posición y, debido a ello, se habían visto obligados a prescindir de Lhinsa y enviarla de vuelta para advertir al resto de los suyos de que debían eludir el enfrentamiento con los humanos en la medida de lo posible; al menos hasta haberse reunido con Lhure y sus hombres que se acercaban desde la Región de los Mil Lagos. Pero lo que ocurriera en el camino hacia el Norn ya no dependía de ellos, de ahora en adelante todo estaría en manos de Laer y Dasen. Erish y él tenían otras órdenes que cumplir.
         Tenían que evitar que la Profecía se cumpliera. Eran perfectamente conscientes de que, por vez primera en mucho tiempo, tenían una oportunidad que no pensaban, no podían, desaprovechar.
Las noticias del hallazgo del Guerrero de Orn fuera del Santuario los había llenado a Erish y a él de una esperanza como hacía años no sentían. Se habían permitido especular con un futuro en el que ni la Prohibición ni el exterminio a manos de los humanos amenazara a su raza, con una futura vida en aquellas fértiles tierras, donde al fin podrían reproducirse de nuevo como las crónicas más antiguas atestiguaban había ocurrido en el pasado. Un futuro donde las mujeres elfas podrían concebir más de un hijo y los niños no nacerían muertos. Habían hablado de ello casi hasta el amanecer, abrazados junto a la lumbre del campamento, bajo la luz de las estrellas y de la luna, que iba preñándose también lentamente en el cielo nocturno.
         Pero, por ahora, esos pensamientos no eran sino sueños, sueños que nunca se verían realizados a no ser que destruyeran a los Guerreros antes de que cumplieran la Profecía. Sus ojos de frío color azul se volvieron a desviar hacia Erish que espoleaba a su corcel camino adelante, cabalgando lo más rápido que el terreno se lo permitía, una férrea determinación grabada en el semblante.
         «Sueños y esperanzas, sí, pero no muy diferentes de los sueños y esperanzas con los que nuestras madres llevan milenios alimentándonos. “Algún día… en algún lugar…” “La Profecía caerá y los nuestros se alzarán…” “El fértil Sorn donde todos los deseos se cumplirán, donde no pasaremos hambre, donde…” Hemos heredado sus sueños y ahora, tal vez, por fin podamos cumplirlos.»
         Por eso mismo no les había importado a ninguno de ellos el riesgo que las órdenes de Sadreg podían suponer. Iban a enfrentarse a una Guerrera que había derrotado a un Espectro y que, además, era sacerdotisa de Tyrsha; e iban a hacerlo sin apenas magia en su interior. Esa era la razón de que hubieran ordenado a Nevyan y Lhinsa que los acompañaran, aunque ahora sólo Nevyan cabalgara a su lado. Para cuando llegaran a su destino, habrían recuperado parte de su poder, mas no todo. Por no mencionar que ni Erish ni él tenían habilidad alguna siguiendo rastros. Nevyan era el mejor, él la encontraría y luego ellos se ocuparían del resto.
         «Y si las cosas se ponen difíciles también nos servirá de refuerzo, no debo olvidarlo. Aunque me encomiende a ti, Madre de la Noche, para que no lleguemos a esa situación.»
         Con el ceño fruncido, Gerath azuzó a su caballo tras la estela del de Erish, mientras a su espalda Nevyan hacía lo mismo, tirando de los caballos de repuesto.


         Tulë contempló su reflejo sobre las aguas del riachuelo y sumergió una mano en ellas, quebrando la imagen en múltiples fragmentos que hondearon sobre la corriente. Así era como se sentía por dentro, partido, desgarrado, su mente reducida cada vez más a fugaces recuerdos del futuro que destellaban brevemente antes de morir y desvanecerse. Recuerdos que no se atrevía ya a compartir con Isholda. Tenía miedo de que si le contaba a la muchacha el contenido de sus cada vez más frecuentes pesadillas, insistiría en volver al Templo de nuevo. Sin embargo, su silencio no le había impedido a Isholda preguntar por ellas, sobre todo cuando se despertaba sudando en medio del frío de la noche con un grito en los labios y la mente llena de sangre y de muerte y de dolor.
         Él se había negado una y otra vez a contestar, de modo que se habían peleado y habían acabado gritando. Cuando la muchacha siguió insistiendo, había intentado alejarla de él, diciéndole que nada de lo que le pasaba era de su incumbencia, que le dejara en paz, que no la necesitaba. Ella se había enfadado y le había respondido de malos modos. Él había replicado con el mismo tono y había estado a punto de golpearla de frustración y miedo. Ella había desenvainado su espada y amenazado con matarle si le ponía una mano encima. Se habían hecho mucho daño y dicho cosas que ahora ambos lamentaban. No se habían vuelto a dirigir la palabra desde entonces. También habían dejado de entrenar.
         Ahora, la muchacha afilaba su espada con el rostro ensombrecido del otro lado del campamento mientras él observaba el fluir de las aguas en torno a sus dedos, que poco a poco se iban le entumeciendo. No, no podía hablarle de sus sueños y del pánico que comenzaba a corroerle las entrañas, por mucho que ella insistiera y lo insultara, llamándole terco y cabezota y muchas otras cosas menos amables. No cuando ni él mismo estaba seguro de qué estaba por venir.
         Había en sus pesadillas enormes nubes negras que oscurecían el día transformándolo en noche. La sangre encharcaba la tierra bajo una lluvia torrencial. Su pecho estallaba y sus costillas se partían derramando sus entrañas sobre el lodo. Dos montañas se estremecían bajo ensordecedores rugidos que le hacían tanto daño en los oídos que le empezaban a sangrar y él mismo tenía que gritar para acallar el dolor y no volverse loco.
         —Y eso no es lo peor —musitó sacando la mano de la corriente y dejando que las argénteas gotas de agua cayeran sobre el suelo a su lado, primero en rápida sucesión y luego más lentas, rojas como la sangre… Sacudió la cabeza con un estremecimiento y el agua volvió a recobrar su color—. Lo peor es el dolor.
         Si en el pasado la agonía sólo acudía a él cuando intentaba rebuscar demasiado en sus recuerdos, ahora lo hacía casi de forma constante, casi con cada visión. Isholda había dejado de asir su mano durante esos momentos de agonía desde que se habían peleado, limitándose a observarlo retorcerse en el suelo desde la distancia, con lágrimas en los ojos que luego se esforzaba por ocultar.
         Con un gruñido, alzó el rostro hacia el cielo del Norn, donde las nubes de tormenta comenzaban a agruparse sobre las montañas. Cortinas negras ensombrecían el perfil de los picos en la distancia, la lluvia había comenzado a caer y pronto los alcanzaría. Los rayos se agitaron en medio de la creciente oscuridad y el bramido del trueno resonó en la lejanía al tiempo que el viento comenzaba a soplar. Podía sentir cómo algo se acercaba, apenas le quedaba tiempo.
         —Prepárate, Isholda —dijo en voz alta, rompiendo el largo silencio y sobresaltando a la muchacha—. Prepárate para luchar, se acercan.
         —¿Al final te has decidido a contarme algo de lo que te pasa? —replicó con cinismo la chica, tras un instante de vacilación, poniéndose en pie y arropándose con la gruesa capa para protegerse del cortante viento.
         Cuando Tulë no contestó, arrugó el gesto y su mano se cerró con fuerza en torno a la piedra de afilar antes de dejarla caer a sus pies, como si le quemara la piel.
         —Ya veo que no. ¿Me dirás al menos quiénes se acercan? ¿Los que dices que son como yo o algo peor que el Espectro? Eso al menos me lo…
         —No lo sé —la interrumpió, con la voz llena de dolor—. ¡Malditos sean los Dioses! ¡Maldito sea Sodmeth! ¡No lo sé, Isholda! Sólo sé que vienen y que será peligroso, así que deja de discutir y prepárate para la lucha.
         La joven apretó los dientes y entrecerró los ojos con rabia, conteniendo un exabrupto, pero aprestó la espada y revisó todas las sujeciones de su armadura. Al menos esta vez no los pillarían desprevenidos, al menos esta vez podría desatar su cólera contra lo que sea se acercaba.
         —Hay veces en que creo que te odio —susurró sin apenas mover los labios, los ojos fijos en la impresionante silueta del gigante, que también sacó su arma.
         —Guarda tu odio para los otros —la sobresaltó Tulë, haciendo que sonrojara de la vergüenza y apartara la vista—. Llegarán con la tormenta, en medio de la oscuridad, de la muerte y de la sangre. En medio del dolor. Prepárate.



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