Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 9 de diciembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO (Parte 4/4) - Una senda de sangre


          La luz de primera hora de la tarde se derramaba a través de los altos ventanales de la torre, destellando de modo cegador sobre la pulida superficie de mármol negro y templando su espalda con una suave caricia. Fuera, sin embargo, más allá de aquellas paredes, hacía frío, y la escarcha del amanecer todavía refulgía en los patios más sombríos de Nardis.
          «Es probable que las primeras nieves estén ya cerca —reflexionó Nargor, ascendiendo con paso firme por las escaleras, tratando por todos los medios de ignorar los resoplidos y entrecortadas maldiciones de Londar que se arrastraba a su espalda, intentando mantener el paso—. Cuando comiencen a caer, todo se complicará para Trión, aunque también cortará los pasos del Norn, impidiéndonos recibir refuerzos de los elfos. Bien visto, eso tampoco será tan mala noticia después de todo. No si las sospechas que tenemos sobre ellos son ciertas.»

          Todavía no había logrado obtener información relevante sobre los planes de los elfos negros, no más allá del embarazo de la elfa. No podía negar que había resultado toda una sorpresa, pero estaba muy lejos de ser el tipo de información tras la que andaba lord Zaryll. Empezaba a pensar que ese día había tenido mucha suerte de poder escuchar aquella conversación, sobre todo después de que hoy los siguiera para acabar encontrándose a las puertas de la zona elfa de la ciudadela sin modo alguno de continuar adelante. No le había quedado más remedio que volver sobre sus pasos y refugiarse del frío en sus aposentos.
          —¿Os importaría caminar más despacio? —la cascada voz de Londar interrumpió sus pensamientos, haciéndole volverse a medio ascenso.
          —Fuisteis vos el que insistió en venir —le espetó, sin variar el paso—. No estáis recuperado, el sanador os lo advirtió ayer. Podríais haber mandado a lady Arlen en…
          —¡Esa puta sólo vale para una cosa! ¿Qué hubiera hecho? ¿Sentarse ahí arriba y mirar a los elfos y soltar un discursito? —Londar arrugó los labios en un gesto a medio camino entre el asco y el dolor, aferrado con fuerza a la barandilla mientras se impulsaba hacia arriba, el rostro perlado de sudor—. ¿Hablar con Zaryll de estrategia? ¡Vamos, Nargor, haced el favor, no digáis estupideces!
          —Sois libre de pensar lo que queráis —el general se encogió de hombros—, pero ya sabéis que yo soy de otra opinión.
          —Sí, opinión que no dejáis de restregarme por la cara a la menor oportunidad. ¿Qué, Nargor? ¿Vos también os la queréis follar? Os la envío a vuestros aposentos cuando queráis, sólo tenéis que pedírmelo, pero no disfrutaríais, os lo advierto. Es rígida como una espada, aunque yo la hice gozar como la puta que es cuando la tomé. Vos no sois…
          —Ya os he dicho que podéis pensar lo queráis —le cortó, esforzándose por mantener el tono neutro, el rostro inexpresivo—. Y haced el favor de dejar de rezongar, si tenéis aliento para protestar lo tenéis para subir.
          Londar abría los labios para protestar cuando unos aullidos de dolor resonaron en las escaleras, haciéndoles dar un respiro. Zaryll. Era la voz de Lord Zaryll, que volvió a alzarse de nuevo, llenando la torre de ecos.
          Nargor se llevó la mano a la espada y la desenvainó con un susurro metálico al tiempo que salía corriendo hacia adelante, acompañado de Londar que pareció sacar fuerzas de algún recóndito rincón de su alma para trotar a su lado pese a la herida aún tierna de su costado.
          Nada más llegar arriba, pudieron ver el caos que se extendía más allá de la entreabierta puerta de la sala del trono de Zaryll. Había sillas caídas y Reda había retrocedido casi hasta la pequeña balconada que se cernía sobre la ciudadela. Tenía la espada desenvainada y los ojos fijos en el mago negro que, agazapado en el suelo a los pies del trono, respiraba de modo entrecortado aferrándose la cabeza con ambas manos. Seindra estaba arrodillada a su lado, una mano sobre sus temblorosos hombros, intentando mantenerse lo más alejada posible del charco de vómito, veteado de sangre, que el hombre tenía delante. Sadreg se encontraba junto a la mesa, una mano apoyada sobre su negra superficie y la otra aferrada con fuerza en torno al colgante de cuarzo blanco que colgaba de su cuello. Al igual que su hermano, tampoco apartada los ojos de Zaryll.
          Nargor ar Saharey aceleró el paso, para luego reducirlo, cuando los tres elfos se volvieron hacia ellos. Se obligó a sí mismo a separar muy lentamente la espada de su cuerpo y a envainarla, para luego soltar con la misma lentitud la empuñadura.
          —¿Qué… qué… mierda está pasando… aquí? —oyó escupir a Londar a su espalda, antes de que viera al mago en el suelo y soltara un exabrupto.
          Lady Seindra miró primero a Sadreg y luego a Reda, para luego girarse hacia Zaryll, antes de posar sus iris sobre ellos dos y negar con la cabeza.
          —Fuera… —la palabra pareció llegar de muy lejos, quebradiza como las hojas doradas por el otoño.
          Zaryll había dejado caer las manos sobre el regazo y alzó el rostro con lentitud, lívido y vacío de expresión. No pareció prestarles atención según se ponía en pie, tambaleándose en busca de apoyo sin encontrarlo. Nargor fue entonces consciente por primera vez de que el mago no tenía consigo aquella horrible espada negra. De hecho, no la veía por ninguna parte de la sala del trono.
          —Fuera —la voz de Zaryll se hizo más firme y más fría—. ¡Fuera todos! ¡Fuera de aquí! —gritó, fulminándolos con los ojos desorbitados, alejándose de Seindra hasta tropezar con los escalones del trono y estar a punto de caer sentado sobre ellos—. ¡Todos fuera! ¡Ahora mismo! ¡Largaos de aquí! —hizo una pausa y se giró hacia Sadreg, rebosante de cólera—. Todos menos vos, elfo. Vos os vais a quedar aquí.
          El helfshard tragó saliva mientras sus dedos soltaban el colgante sobre su pecho y su mano caía flácida a un costado.
          —Mi señora… —inquirió de cara a Seindra, que comenzaba a levantarse.
         —¡Ella no tiene nada que decir! —Zaryll avanzó a grandes trancos hacia él, la túnica siseando en torno a sus tobillos—. Vais a quedaros aquí porque yo lo ordeno, ¿habéis entendido? Y vos… —con la velocidad de un áspid, se giró hacia Reda, que se acercaba sigilosamente, la espada aún en la mano—, vos vais a soltar eso y os vais a ir de aquí.
          Nargor sintió como el pulso se le aceleraba y sus dedos se cerraron en torno a la empuñadura de su arma y la sacó un par de dedos de su vaina al tiempo que afianzaba los pies en el suelo y flexionaba las rodillas.
          —No sólo él —continuó Zaryll con un siseo—, todos os vais a ir de aquí. ¡Ahora! ¡He dicho que fuera! —aulló, señalando las dobles puertas con un violento gesto, sin apartar los ojos del guerrero elfo, que le sostuvo la mirada con la misma expresión de rabia en los iris rojos.
          —Reda —el susurro de lady Seindra se deslizó, leve como la seda, en medio de la creciente tensión—. Vámonos. Vámonos fuera. Y guarda el arma. Ahora.
          Con el rostro arrugado en una mueca de asco, el elfo envainó con desprecio y abandonó la sala con paso enérgico, dándole casi un empellón a Londar al pasar a su lado.
          —No —susurró Nargor, sin volverse siquiera, cuando notó que el otro general se tensaba a su espalda como un resorte—. Ni se os ocurra, dejadlo estar y salid. Yo voy ahora.
          Sólo cuando Seindra también hubo cruzado la puerta y desaparecido de su vista, hizo él una reverencia y los siguió, dejando solos en la helada estancia a los dos magos.


          —Mi señor —masculló Sadreg con ironía, los labios apretados en una fina línea—. ¿Qué es lo que ha pasado?
          —Han matado al último Espectro, elfo, eso es lo que ha pasado —respondió Zaryll—. El último… también… muerto —pronunció cada palabra con precisión, estremeciéndose casi a cada sílaba—. Ha sido uno de los Guerreros, una mujer. Una con la maldita ¡sangre del reino de Orn! —acabó gritando al tiempo que golpeaba con fuerza la mesa, haciendo que Sadreg diera un respingo y retrocediera, el rostro demudado por el asombro y la incredulidad—. El maldito reino de…
          Sadreg negaba con lentitud, esforzándose por respirar y mantener la compostura, completamente lívido, el sudor empezando a resbalar por sus sienes pese al frío que reinaba en la sala. Al darse cuenta, Zaryll se quedó muy quieto, los ojos entrecerrados, y abrió los labios en una muda pregunta. Luego tomó aire y suspiró.
          —¿Desde cuándo lo sabéis? —inquirió en un susurro—. ¡Maldita sea! —bramó, cuando sólo el silencio recibió su pregunta—. ¿Desde cuándo sabéis vosotros dónde está el Guerrero del Orn? ¡Responded! Hacedlo u os mato aquí mismo, sin importarme las consecuencias.
          —No me amena… —siseó Sadreg.
       —Estamos juntos en esto, elfo. Creía habéroslo dejado claro el otro día —replicó, cortando las protestas del helfshard con un desdeñoso gruñido.
          Sadreg inhaló entre dientes, conteniendo la ira que amenazaba con ahogarlo, mientras el silencio se prolongaba entre ellos.
          —Desde que nació —acabó por contestar—. Desde hace veinte años. El perdido Orn —citó, los ojos vagando de un lado a otro por la estancia—. La Profecía… —chasqueó los labios—. Ese es el único detalle en que la Profecía siempre ha sido clara. El reino de Orn. La sangre de Orn.
          —El perdido reino de Orn —asintió Zaryll, el rostro todavía crispado por la furia—. ¿Y por qué he de suponer que me lo habéis estado ocultando todo este tiempo?
          Sadreg rebulló, los dedos de su zurda abriéndose y cerrándose en torno a la empuñadura de su daga. No había sido capaz de controlar sus emociones cuando Zaryll había mencionado al guerrero de Orn y ahora pagaba por ello.
          —Era inalcanzable. Estaba… está… Estaba en el Santuario de Tyrsha de los Bosques de Yshaunn. Si el espectro ha llegado a ella sólo puede significar que lo ha abandonado, que por fin ha salido de allí. Por primera vez en su vida, se la puede matar. Hasta este momento… —negó con lentitud, tragándose la vergüenza y la rabia.
          Zaryll tapeó la mesa con los dedos, pensativo.
          —Enviad a Gerath y Erish a por ella. Que se adelanten al resto de sus hombres. Los otros cuatro pueden esperar y Org ya les está dando caza, después de todo —suspiró cansado y dejó caer todo su peso sobre el borde de la mesa—. ¿Estáis seguros de que tiene la marca del dragón? La sangre de sus venas es sin duda la de Orn: cabellos color ceniza, ojos verdes… y refulgía como los otros que vi a través de la muerte del Espectro anterior. Pero, ¿tiene la marca?
          —Sí. En el brazo izquierdo.
          —Ordenad a Gerath y Erish que corran como el viento. Esa mujer no debe sobrevivir.
          —Mi señor…. —Sadreg vaciló, jugueteando nervioso con el colgante que pendía de su cuello una vez más—. Están débiles. Apenas les queda magia después de lo que costó tomar Ossián. Podría ser arriesgado enviarlos solos.
          Zaryll negó con lentitud.
          —Puede que ni siquiera esté viva. Antes de que el Espectro ardiera la vi caer. Apenas parecía respirar —frunció el ceño, recordando el torrente de emociones e imprecisas imágenes que había recorrido su mente con la muerte de la criatura—. Neimhalyn la estaba matando, estaba bebiendo su sangre justo cuando… Fue como si toda mi cabeza ardiera, Sadreg. Como si estallara en llamas por dentro. Ahora mismo está en los bosques, al Eorn del Santuario, si la memoria no me falla, en unas ruinas que hay allí, al lado de un río. Unas que Sryll y yo fuimos a visitar al inicio de mi formación. Además, tardarán aún unos días en alcanzarla, para entonces ya habrán recuperado algo de poder.
          Sadreg frunció el ceño, pero acabó por asentir.
          —Como ordenéis, mi se…
         —Dejad de hacer el imbécil, Sadreg —resopló con franco hastío—. Os lo he dicho demasiadas veces ya. Sé de sobra a quién servís y a quién no. No os digo que no hagáis el favor de mantener las formas cuando mis hombres están delante, pero jamás he soportado la hipocresía —desnudó los dientes en una sonrisa amarga y dejó escapar luego una seca carcajada—. Y ahora, mi buen elfo, hay algo que quiero demostraros. Es algo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo —añadió con un suspiro—. Nos hubiera ahorrado muchos problemas a todos. No necesito vuestra espada, Sadreg, ni ahora ni nunca. Seguidme.


          Podía sentir los ojos de Sadreg Shays-shu clavados entre sus hombros, escrutadores e inquisitivos. No había dicho una palabra desde que comenzaran a descender de la torre, dejando atrás a Londar, Nargor, Reda y lady Seindra, para luego cruzar patios y edificios hasta llegar a los pequeños jardines que había en la zona Eorn de la fortaleza. El viento era frío, cargado del olor a lluvia, y hacía aletear sus ropas y capas de lana en torno a sus cuerpos.
          Zaryll no se detuvo hasta que no llegaron al bajo muro que ceñía los secos y muertos jardines al mismo borde de la atalaya de roca. Le llegaba un poco más arriba de la cintura y algunas de sus piedras hacía ya mucho que se habían desmoronado, el resto estaban agrietadas y resquebrajadas en muchos lugares, cubiertas de líquenes amarillos, blancos y verde pálido.
          Varios días atrás había llegado a la conclusión de que los elfos negros necesitaban una muestra de poder, algo que él nunca les había proporcionado, cegado por completo como estaba por el aparente esplendor de la magia élfica. Llevaba desde entonces preparándose, ocupando su mente en otras cosas que no fueran la espada que aún reposaba en sus aposentos. Había reunido los componentes que necesitaría, preparado su cuerpo para la brutal fuerza mágica del hechizo que iba a realizar, aprendiendo de memoria las palabras y las cadencias de sílabas y los silencios que harían aquello posible. Había repasado cada detalle escrito en los viejos libros hasta estar seguro de que podría llevarlo a cabo, después de todo era perfectamente consciente de que muy pocos magos humanos en el pasado habían poseído el poder suficiente como para ejecutarlo. Siempre había sabido que él era cualquier cosa menos débil.
          Su intención inicial había sido la de anunciarlo al final de la reunión de ese día, sin embargo la muerte del Espectro lo había cambiado todo. El descubrimiento del Guerrero de Orn y la confirmación de que los elfos negros llevaban años ocultándole cosas también lo había cambiado todo.
          Había llegado el momento de actuar. Si los elfos sólo respetaban el poder, él les daría poder. Algo que no podrían olvidar, que les recordaría una de las razones por la que los ejércitos humanos habían salido victoriosos tantas veces en el pasado. Sonrió sin un ápice de humor y se asomó por encima del muro con suma precaución.
          —Acercaos, Sadreg. Mirad hacia abajo y decidme qué veis.
          Los pasos del helfshard, amortiguados por el ulular del viento, resonaron contra la roca a su lado, cuando hizo lo que le decía, el ceño fruncido.
          —El valle de Nardis. El ejército de Trión del otro lado del río. El pantano hacia el Sorn. Las montañas.
          —Bien. No dejéis de mirar.
          Zaryll hurgó con dedos entumecidos por el frío en un saquillo que le colgaba de la cintura y extrajo tres diminutas perlas de ámbar y otras tres de obsidiana, tan pulidas que relucían a la luz del sol. Las alzó sobre la palma de la diestra y sopló su aliento sobre ellas.
          —Hom barië daryon neri-yasha, Hom barië daryon neri-yasha…
          Las pequeñas esferas comenzaron a brillar mientras las susurrantes palabras caían sobre ellas, como si de cortos soplos de vida se tratara. Con un amplio gesto del brazo, Zaryll las lanzó al vacío sin dejar de susurrar y mascullar entre dientes, el sudor empezando a resbalar por su rostro.
          —Kermenay meth-ahn-kor pyrek dhëyar. Kermenay meth-ahn-kor zun-nek thër-nai…
         Ante la atónita mirada de Sadreg, las cuentas crecieron y crecieron de pronto, duplicando, triplicando, quintuplicando su tamaño, mientras permanecían suspendidas de modo antinatural en el aire. Crecieron hasta alcanzar las dimensiones de una pequeña carreta y luego una ámbar y una negra se fusionaron en una hipnótica amalgama de espirales doradas y azabaches. El ámbar comenzó a arder, súbitamente inflamado, y a latir al ritmo de las palabras de poder que brotaban de los labios de Zaryll. Muy pronto tres gigantescas esferas de roca fundida y cristalina carcasa negra y resquebrajada, pendieron sobre el vacío. Borboteaban como la lava de los lejanos volcanes que rodeaban Yshierd-dhan, desprendiendo tales oleadas de calor que Sadreg sintió cómo el sudor empapaba sus ropas. El aire mismo comenzó a arder entonces, crepitando en torno a ellas, llenando el mundo de un crujido ensordecedor.
          —Onay dhermuth non-edhar thër-nai-pyrë, non-hara thër-nai-brën, non-mukta kerahn thër-nai nokt pyrey dhëyar. Tek eol-ha non-yeshai, tek za-on-nek non-yeshai…
          Zaryll, jadeando de cansancio, los labios agrietados y sangrantes como las mismas esferas de roca fundida que había creado. Cada palabra brotando ahora de su boca como un estertor, como una tos, alzó ambos brazos por encima de su cabeza y, con una salvaje sonrisa, los abatió lanzando aquellas tres monstruosas piedras sobre el campamento de Trión.
          —Hom dherynaika shar-nei-thor neri-yasha.


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