Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 30 de noviembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO (Parte 3/4) - Una senda de sangre

 

          Isholda frunció el ceño mientras pugnaba por acompasar su alterada respiración. Los brazos le ardían y las piernas se le comenzaban a acalambrar por el esfuerzo. Pese al suave viento frío procedente del Orn, el sudor resbalaba por su espalda, amenazando constantemente con hacerle perder la concentración.
          Proyectar sobre la hoja de la espada durante el combate… Pensar que le había parecido tan buena idea cuando Tulë se la mencionó por primera vez tras el enfrentamiento con la sombras. Pero no le estaba resultando precisamente fácil. Cada vez que uno de los golpes del gigante la hacían vacilar o perder el equilibrio o abría su guardia golpeándola en el costado o las piernas o los brazos, la proyección que estuviera manteniendo se esfumaba en medio de un aleteo de luz. Y Tulë no tenía piedad con ella, seguía acosándola, fintando, lanzándole estocada tras estocada con aquella larga rama con uno de los extremos en vuelto en tela a modo de empuñadura. Ya ni siquiera intentaba formar escudos de luz antes de cada golpe, había demostrado ser una pérdida de tiempo y de fuerzas: era incapaz de endurecer las proyecciones lo suficiente para detener nada, pese a que podía cortar hojas y hasta había llegado a clavar un par de lanzas en un árbol. Le servían como arma ofensiva, eso estaba claro, pero no como defensa.

          Con un jadeo, cambió el peso de un pie al otro y se lanzó hacia adelante, tratando de conservar el finísimo halo de luz sobre el filo de la espada al tiempo que atacaba. Tulë paro la rápida estocada no sin dificultad, retrocediendo un paso y, al tiempo que se apartaba hacia la derecha, destrabó la rama con un ágil giro de muñeca para golpearla con fuerza en antebrazo en un giro descendente. La súbita punzada de dolor hizo que Isholda apretara los dientes y resollara entre ellos con fiereza, los ojos clavados en la refulgente hoja… cuyo brillo se apagó con un parpadeo. ¿Tal vez un poco más tarde que otras veces? Imposible saberlo, no cuando la frustración hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas.
          «Ahora al menos la proyección sigue a la hoja cuando la muevo —se dijo, enfadada consigo misma—. Es mucho más de lo que lograba los primeros días. Sólo es tiempo, sólo es cuestión de tiempo.»
          Pero puede que tiempo fuera precisamente lo que menos tenían. Desde el ataque de las sombras, Tulë se había mostrado más taciturno que nunca, más encerrado en sí mismo y mucho más hosco. Insistía constantemente en que debía fortalecerse, hacerse más rápida y más letal, aprender a usar mejor su poder, a usarlo como arma o para protegerse. Que tenía que preparase para sobrevivir a lo que estaba por venir. Sin embargo, cuando le había preguntado al respecto, se había limitado a apartar la mirada y negar con tristeza. Se agota el tiempo. Eso había sido todo lo que había respondido.
          —No… no… —jadeó y tragó saliva—. No consigo… mantener la concentración. Tal vez… si sólo… nos centráramos en formas…
          Tulë negó con la cabeza, pero antes de acabar la frase ella misma ya sabía que lo que estaba diciendo era una estupidez. Necesitaba poder proyectar aún con dolor, bajo cualquier tipo de presión, del mismo modo que había aprendido en el Templo a no soltar la espada por muchas heridas y golpes que sufriera. Le había llevado años conseguirlo. Aquello era lo mismo.
          «Ahora tendré que aprender otra cosa nueva, eso es todo. Aunque puede que no tenga años.»
          —Tienes razón, olvida lo de antes, sigamos.
          Inhaló hondo y se disponía a proyectar una vez más sobre el filo cuando Tulë alzó una mano, haciéndola detenerse, al tiempo que volvía el rostro para contemplar el otro lado del río. Isholda se secó el sudor de la frente con el dorso de la zurda y entrecerró los ojos.
          —¿Qué…?
          —¡Chist! —replicó Tulë sin mirarla, escrutando más allá del cauce del río, ahora en dirección de las montañas.
          Se estaba levantando niebla de los bosques dorados por el otoño, una bruma leve que descendía por las empinadas laderas, rebosando a ambos lados de una pequeña cañada que había a poca distancia hacia el Norn. Una fuerte ráfaga de viento del Orn barrió el claro haciendo crujir las copas de los árboles y provocando una lluvia de hojas secas que crepitó en el silencio salpicado por el canto de los pájaros y el rumor de las aguas. Mas las brumas siguieron desplazándose hacia ellos, ajenas por completo al viento que soplaba desde la otra dirección. El aire olía a pino, humus y cedro; a nieve y a hielo.
          Isholda sintió de inmediato cómo se le erizaba el vello de la nuca y los brazos.
          —Atrás —la voz del gigante, cargada de mal contenida tensión, la golpeó como un mazó en las costillas—. No… ¡huye, Isholda! ¡Huye! ¡CORREEEE!
          Sin darle tiempo siquiera a reaccionar, el gigante se volvió hacia ella, la asió por el brazo con brusquedad y la lanzó hacia adelante, empujándola hacia el Sorn.
          —Las… las cosas —protestó la joven trastabillando, mirando por encima del hombro cómo la niebla se hacía más y más densa en las colinas y parecía moverse con cada vez mayor rapidez en su dirección.
          —¡Deja las cosas, déjalas! ¡Corre! ¡Corre! ¡En nombre de Sodmeth, corre!
          De un nuevo empujón estuvo a punto de lanzarla al suelo de rodillas, pero el terror que había en la voz de Tulë bastó para lanzarla a la carrera entre los árboles. El sol que antes brillaba sobre el claro, desapareció en cuanto se adentró bajo el denso dosel de ramas. El mundo se le antojó de pronto mucho más sombrío, oscuro, con los troncos recubiertos de musgo y el grueso manto de humus y hojas muertas que cubría el suelo, amortiguando sus pasos. Pero había algo más, no era sólo la ausencia directa de la luz del sol, todo a su alrededor parecía opacado, como si un crepúsculo antinatural que hubiera abatido sobre el mundo. Pese a los pájaros que cantaban, trinando entre las ramas o la maleza y alzaban espantados el vuelo a su paso. Hasta había asustado a una ardilla que había trepado chillando indignada a lo alto de un árbol. No podían ser las sombras, no podían serlo, todo parecía morir cuando ellas se acercaban.
          «Si fueran las sombras, Tulë no…»
          La niebla la alcanzó. Los sonidos murieron. Al principio no fueron sino finos velos de seda blanca que descendieron a su alrededor como caídos del cielo, luego todo pareció envuelto en blanca lana que apenas le permitía ver a un palmo de distancia, obligándola a detenerse, con los pulmones ardiéndole en el pecho. La escarcha comenzó a crujir bajo sus pies al tiempo que el olor a nieve de antes se hacía mucho más intenso y un frío gélido golpeaba de pronto la piel de su rostro y de sus manos.
          Giró sobre sí misma, ora a la izquierda, ora a la derecha, pero no sabía dónde estaba. Había sombras a su alrededor, sombras informes que bien podían ser gruesos troncos de árbol o densas matas de helechos y zarzas. O sombras. O Tulë. No podía oírle a su espalda. ¡No podía oír nada! Hasta el viento parecía haber dejado de soplar. Las brumas parecieron enroscarse y aletear a su zurda, como si algo se moviera a través de ellas, pero cuando se volvió hacia allí sólo la recibió una blanca inmensidad.
          La temperatura descendió más aún, devorando cada brizna de calor de su cuerpo y comenzó a tiritar de manera incontrolada, los dientes castañeándole. Los dedos de las manos y los pies de le quedaron tan fríos que le dolían, de modo que se obligó a sí misma a aferrar con más fuerza la empuñadura de la espada, por miedo a perderla en medio de aquella helada nada.
          Un suave movimiento a su derecha, esta vez acompañado de un crujido tan leve de escarcha que apenas estuvo segura de haberlo oído. Pero una vez más, cuando se giró hacia allí, no había nada. O tal vez sí, o tal vez lo que quiera que fuera la estuviera acechando estuviera oculto entre las nieblas, dando vueltas a su alrededor como un lobo al acecho, u oculto tras los invisibles árboles. O a su espalda. Un escalofrío reptó por su columna vertebral al tiempo que se daba la vuelta con un grito que quedó inmediatamente amortiguado, blandiendo la espada ante ella… Pero allí sólo había más niebla densa y blanca. Y silencio.
Incapaz de evitarlo, sintió cómo el pánico comenzaba a agarrotarle las entrañas.
          Un crujido. Un paso.
          —¿Tulë?—balbuceó, los labios amoratados de frío, pero no hubo respuesta alguna.
          Tampoco hubo ningún movimiento cuando una criatura hecha de blancos y etéreos cedazos de niebla, que parecían mecerse como si encontrara bajo el agua, pareció materializarse a espaldas de Isholda. Un leve hálito helado en su nuca fue toda la advertencia que tuvo antes de que el Espectro se lanzara sobre ella. Tan sólo logro volverse de medio lado, intentando alzar la espada en un inútil gesto de defensa, antes de que aquel ser la envolviera en su abrazo y le clavara los afilados dientes en el cuello, cerca de la oreja. Una fulgurante mata de larguísimos cabellos de luz azulada envolvió su rostro, velando más aún todos su sentidos y asfixiándola, mientras un torrente de hielo inundaba sus venas.
          Su aliento murió en sus labios. Las tinieblas empezaron a sofocarla. Todo se oscureció a su alrededor.
Un débil pensamiento aleteó en el borde de su consciencia.
          «Proyecta. Proyecta sobre la espada.»
          Pero el arma parecía tan lejos de su alcance como las estrellas. Mas no había estrellas y tampoco había espada. Sólo unas punzadas de luz detrás de sus ojos y dolor y frío. Y oscuridad.
          «Muy pronto sólo habrá calor, ven a mí.»
          La suave voz se filtró entre sus confusos pensamientos cálida como el sol de primavera sobre las últimas nieves. Fría como la escarcha sobre la hierba.
          La sensación de estar flotando a la deriva arrastró su mente. El agua estaba fría y cálida a su alrededor, oprimía sus brazos y al mismo la sostenía, impidiéndole ahogarse. Pero no respiraba. Ningún aire llenaba sus pulmones. Acicateada por el súbito aguijonazo del pánico, luchó por inhalar, sin embargo, una horrible presión en su garganta se lo impidió. También había dolor. Dolor con cada bocanada de aire que intentaba tomar.
          «No duele, sólo es calor.»
          Su voz en el interior de su mente.
          Mas no era su voz. Había un eco extraño en ella, algo insidioso que parecía escurrírsele entre los dedos si intentaba pensar demasiado en ello. Y una luz entre las sombras…
          Boqueó en medio del calor y el frío y el dolor que la estaban arrastrando. Necesitaba aire. ¡Necesitaba respirar! Oscuridad. Oscuridad y luz.
          «Tranquila, sólo habrá calor, ven conmigo.»
          Había algo mal en aquella voz, algo que la aterraba hasta lo indecible. Y de pronto quiso luchar contra ella, pese al cansancio, pese a la agonía que comenzaba a sentir creciendo en su interior.
          «No quieres luchar, sólo quieres dejarte llevar… Se acabó el miedo, y la preocupación. Todo estará bien.»
          Pero nada iba a estar bien. Nada podía estar bien con esa voz dentro de ella. Tenía que luchar. En el Santuario se había rendido, había dejado de luchar, no lo volvería a hacer, no volvería a dejarse arrastrar. Había algo que debía hacer, algo por lo que seguir adelante. Adryll. Thriz. Tulë.
          Una temblorosa inhalación y la luz estalló de pronto detrás de sus ojos, al tiempo que un puñal hecho de hielo horadaba su pecho. Destellos de dolor recorrieron su cuerpo en violentas oleadas, al ritmo de su desbocado corazón. Quiso gritar, pero no había aire suficiente en su interior.
          «Lucha, lucha, lucha. ¡Lucha!.»
          Abrió los ojos en medio de la blancura y una agonía tal que estuvo a punto de hacerla perder el conocimiento. Una hermosa criatura de luz y azulados cabellos, que apenas podía entrever entre las lágrimas medio congeladas que velaban sus ojos, la ceñía entre sus brazos. Ojos glaucos, carentes de toda vida que toda vida que no alcanzaban a iluminar aquellas facciones de porcelana, carentes por completo de color salvo por la roja sangre que manchaba sus labios. Labios que se abrieron en una mueca llena de odio y frustración para mostrar unos finos colmillos también manchados de sangre.
          El pánico la golpeó como una maza y trató de alzar los brazos, de blandir la espada, de apartar aquella cosa de sí, pero no fue capaz, se sentía débil, cansada, sin posibilidad alguna de obligar a su cuerpo a que obedeciera más allá de respirar. ¡Tyrsha sagrada! ¡Ni siquiera era capaz de sentir las manos! Boqueó aterrada, sintiéndose morir por dentro mientras el hielo de su interior entumecía su cuerpo, amenazando con sumirla de nuevo en aquella extraña ensoñación donde hacía calor.
          «Proyectar… Tengo… que…»
          Pero no podía concentrarse, sus pensamientos flotaban a la deriva, dispersándose cada ve más, al ritmo de cada latido de dolor sordo que brotaba de su cuello. Fragmentos, toda ella estaba desgajándose en fragmentos cada vez más pequeños.
          Una cadena a punto de romperse en su interior, sus tensos eslabones crujiendo, chirriando, en medio de la agonía que de pronto amenazó con arrastrarla lejos de todo. Lejos del dolor. Lejos del frío.
          Un grito en el silencio. Un aullido que perforó sus oídos, un golpe contra su pecho que la lanzó hacia atrás. Un dolor lacerante en sus hombros y espalda que le sacó todo el aire de los pulmones. Oscuridad. Una inhalación en medio del ardor de su cuerpo. Luz. El sol alto en el cielo a través de las nieblas que se desgarraban en blancos girones cada vez más tenues. Una fugaz imagen, no más que una sombra, de gruesas cadenas cayendo laxas al suelo, aún intactas.
          Una silueta ocultó la luz que caía sobre sus ojos, unos cabellos del color de la nieve y unos ojos verdes tan oscuros que parecían negros, velados de preocupación y angustia.
          «Tulë —deseaba hablar y llorar de alivio, pero de sus labios no brotó sonido alguno, no tenía fuerzas.»
          El gigante parecía estar diciéndole algo, su boca se movía, pero algo pasaba con sus oídos, porque sólo percibía un algodonoso vacío en su mente. Trató de sonreír, de calmarle, de decirle que estaba viva y bien, mas sólo tenía ganas de cerrar los ojos y de dormir. Dormir para siempre.
          La inconsciencia se la llevó lejos, muy, muy lejos, mientras Tulë la arropaba con su capa para luego vendar la herida de su cuello.


          Los dedos de Tulë se desplazaron con suavidad por la superficie de la hoja de su hacha, siguiendo las runas que adornaban su filo. Ahora ya estaban apagadas, pero habían brillado con fuerza cuando se había adentrado en el bosque a la carrera en pos de Isholda. Sus ojos se desviaron ligeramente a la derecha para contemplar a la muchacha que yacía dormida a su lado, arropada en todas las mantas que tenían, los labios aún morados y la piel lívida. Había estado a punto de perderla. Había estado a punto de dejar que la mataran, de incumplir su juramento sagrado. Había estado a punto de fracasar.
          Los recuerdos de una era muy lejana habían aflorado a su mente como siempre lo hacían, en súbitas oleadas de imágenes y sensaciones fragmentadas, en cuanto vio avanzar las nieblas. Esta vez habían sido más vívidas que de costumbre, amenazando con ahogarlo y hacerle perder la cabeza. Le hablaron de poder y exterminio, de la pérdida de varias ciudades y templos a manos de aquellas criaturas de luz. En algunas ocasiones, habían sido sus propios habitantes los que se habían vuelto locos en medio del invierno, matándose entre ellos hasta que sólo quedaron ruinas cubiertas de escarcha o regiones enteras medio sepultadas por ciénagas hediondas. En otras, alguien o algo había matado a todos sus habitantes en el transcurso de una noche en un demencial festín de sangre y cuerpos congelados. Fueron unos largos meses en los que el terror recorría el reino en oleadas cada vez más violentas. Luego todo había cesado.
          Su otra mente le hablaba de cómo los elfos, después de perder un campamento entero en un bosque cubierto de nieblas, se habían horrorizado ante su propia creación, tras no ser capaces de controlar a uno de ellos. Las tropas humanas se habían abierto entonces paso a través de la cañada que aquel campamento protegía, hasta el corazón mismo del ejército enemigo. Así fue como ganaron aquella batalla. Infligieron ese día tal derrota a los elfos negros que éstos se habían tenido que retirar al Norn de nuevo. Después de eso, los Espectros habían desaparecido.
          Él, y todos los demás, habían estado convencidos de que las criaturas habían sido destruidas… Pero estaban equivocados. Sus recuerdos se habían equivocado. Habían mentido. Y debido a ello y a su propia incompetencia, había estado a punto de perder a Isholda. Se había quedado paralizado cuando la pesadilla se había abatido sobre ellos. Había dejado sola a la joven, queriendo proteger su espalda y atraer al Espectro hacia sí, y sólo más tarde se había dado cuenta de que aquel ser se le había escapado por entre los dedos. No había ido a por él. Había ido a por Isholda.
          Ahora se sentía fracasado. Había llegado a tiempo, sí, eso era cierto, a tiempo de ver cómo la mujer de luz tenía a Isholda entre sus brazos y la mataba poco a poco. Su hacha brillaba, de modo que se había limitado a blandirla y clavársela en la espalda a aquella cosa. Había estallado y ardido. ¿Destruida? Tal vez. ¿Quién podía saberlo con los Espectros? Ya los había creído desaparecidos una vez. No volvería a cometer ese error.
          —Lo siento —susurró en el silencio sólo roto por el crepitar de la hoguera que tenía ante sí, sus ojos aún fijos en la durmiente muchacha cuyas mejillas comenzaban a teñirse de nuevo de color—. Lo siento, Isholda. No permitiré que vuelva a pasar. Por mi alma te lo juro. Por mi vida y por mi muerte.


          Cuando despertó era ya de noche, una pequeña hoguera crepitaba a su lado, llenándola de calor y de vida. Tenía la garganta seca y le dolía al tragar. Tulë estaba a su lado, revolviendo las brasas más cercanas con una vara, la mirada vacía.
          —¿Cómo te encuentras? —le preguntó con voz grave, haciendo que diera un respingo entre las mantas.
          —Me… creo… —croó, se aclaró la garganta, tragó saliva y se pasó la lengua por los labios cuarteados—. Mejor. ¿Qué ha ocurrido? No… —volvió a tragar saliva, aunque sólo hacerlo hizo que un dolor agudo le punzara en el cuello—. No recuerdo… casi nada. Frío. Tenía frío y había una mujer de… ¿luz?
          Tulë asintió, tensando la mandíbula, sin apartar los ojos de las llamas.
        —Un Espectro. Otra creación de la magia de los elfos —hizo una pausa mientras sus dedos se tensaban sobre el palo—. Pensaba que no podían enviar nada peor contra nosotros que las sombras y me equivocaba. Casi… mueres por mi culpa. Fue a por ti, no a por mí. ¡Tendría que haberme atacado a mí! —su voz se elevó en la noche, llena de amargura, casi ininteligible por el fuerte acento del Norn que quebró sus palabras—. ¡No tendría que haber dejado que fuera a por ti! ¡Maldito sea Sodmeth!
          La mano de Isholda sobre su pierna le hizo parar con un estremecimiento.
       —No es culpa… tuya. Yo… flaqueé. Tuve miedo, corrí, no veía nada… Me atrapó —volvió a carraspear, dejando resbalar la mano para ocultarla de nuevo bajo las mantas. Tras una larga pausa, continuó hablando al tiempo que las lágrimas comenzaban a picarle detrás de los ojos—. ¿De verdad que no podemos volver al Templo? ¿Qué puede haber… —luchó contra la humedad que llenó de pronto sus ojos, respirando de modo entrecortado—. ¿Qué puede haber peor que esto, dime? ¿Por qué me quieren matar así? ¿Qué es lo que tengo que hacer? Me siento caminando en medio… —se enroscó sobre sí misma cuando un sollozo hizo temblar todo su cuerpo—, en medio de la oscuridad, huyendo como si todo el mundo quisiera matarme. ¡Y ni siquiera sé por qué!
          Tulë la dejó llorar un rato con la luz de las llamas brillando en sus lágrimas.
          —Carezco de respuestas para eso, Isholda —respondió al final tras un largo silencio—. Lo único que sé es que juré protegerte y casi fracaso. No es algo que… —sacudió la cabeza, volviéndose por primera vez hacia la joven—. No permitiré que vuelva a ocurrir, lo juro. Lo juro por mi alma y por mi vida y por mi muerte, aquí y ahora, una vez más. Aunque tenga que caminar por sendas de sangre para lograrlo.
          Una estrella fugaz surcó el cielo en medio del silencio y la luz de la luna pareció cristalizar sobre aquellas palabras como escarcha, como un sudario, haciendo que Isholda se estremeciera hasta la médula.
          —Juro que estarás a salvo hasta los otros lleguen. Puedo sentir que ya están cerca. No queda mucho —el rostro de Tulë se giró hacia el Sorn, hacia los bosques en los que todo había estado a punto de acabar ese mismo día—. Vendrán del Eorn, cruzando las llanuras, en medio de…
          Su voz se extinguió y sus ojos vagaron de nuevo hacia la hoguera.
          —¿Y el Santuario? —replicó Isholda, incapaz de contenerse, mientras se incorporaba de golpe pese al mareo que la asaltó—. ¿Por qué no volvemos? Adryll tendrá las respuestas. ¡Él podría…!
          —No —le duro e inexpresivo tono de Tulë cortó sus protestas en seco—. Lo que está por venir allí es peor que todo cuanto puedas imaginar. No es seguro. Irán a por ti allí.
          —¿Y no han venido a por mí aquí? ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! —estalló a gritos, aferrando las mantas con los nudillos blancos—. ¡Razón de más para volver! Dices que es peligroso, que irán a por mí. ¡Que será peor que esto! —movió el brazo con ira a su alrededor, señalando las ruinas—. ¡Que será peor que toda esta…! —la furia que crecía en su estómago estuvo a punto de ahogar sus palabras—. Peor que las sombras —escupió entre dientes—. Peor que esa cosa que casi me mata. ¿Y quieres que deje a mis hermanas a merced de eso? ¿Qué las deje morir sin advertirles de nada? ¡No puedo hacerlo! ¡No puedo! —aulló tan fuerte que creyó que se dejaría la garganta en carne viva—. Antes decías que no era seguro, que era peligroso… pero no imaginaba algo como esto. ¡Me estás pidiendo que las deje morir!
          Tulë no apartó los ojos de su rostro enrojecido por la furia, impasible, como si toda su ira y acusaciones, resbalaran sobre él como el agua.
          —Puedes y lo harás —acabó por contestar, la voz rezumando pesar—. Lo que está por venir es más grande que tú y que yo. Más grande que tu hogar, más grande que tus hermanas —entrecerró los ojos y, durante un instante, pareció ver en el alma misma de Isholda—. Lo sientes en tu interior, como yo lo he visto en mis recuerdos. Lo sentiste el día que nos conocimos, cuando nuestros ojos se cruzaron por primera vez. Lo sabes tan bien como yo.
          El silencio los rodeó, denso y viscoso, pegándose de modo desagradable a la piel de Isholda, haciéndola sentirse culpable y sucia… pero no podía negar las palabras de Tulë. No podía hacerlo. Porque todas y cada una de ellas eran ciertas. Ese día las puertas del destino se habían abierto y cerrado para ella, su destino se había enlazado al del gigante que había venido a rescatarla, a condenarla, del que hasta ese momento había sido su hogar.
          —No es… justo —protestó con voz débil, la garganta latiéndole en torno a la herida que le había infligido el Espectro.
          —No tiene por qué serlo. La vida rara vez lo es. ¿Te quedarás aquí hasta que los demás lleguen?
Isholda apartó los ojos del gigante y los clavó en la hoguera, llenos de lágrimas de frustración, odio y miedo, que no llegaron a caer. Cuando habló, lo hizo en un susurro rebosante de rabia y resignación, odiándose a sí misma por claudicar, pero incapaz de no hacerlo.
          —Lo haré.


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