Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 2 de noviembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO (Parte 2/4) - Una senda de sangre

 

         El viento se arremolinó sobre las llanuras, cargado de un fuerte olor a lluvia, y jugueteó por entre los enredados mechones de su sucio cabello rubio, mientras Evelor miraba a través de ellos, los ojos rebosantes de frío odio, a Org y su horda de pintones. Aún no habían limpiado sus armas tras la masacre realizada en el embarcadero, tras incendiar la pequeña población de la otra orilla del Agrelle. A lord Thalsen y a ellos no les había quedado más remedio que participar también después de que todo se les fuera de las manos; después de que lord Lhars permitiera que todo se le fuera de las manos, más bien. El plan de Thalsen de hacerse con una barcaza con que cruzar el río se había ido al garete en el tiempo que se tardaba en parpadear. Los pintones y Org habían llegado a la conclusión de que las negociaciones se estaban alargando demasiado y que, tal vez, tenían demasiada hambre. Habían pensado que no merecía la pena esperar.
          Habían atacado por sorpresa la aldea de pescadores y comerciantes cuando ellos aún negociaban. Habían matado a todos sus habitantes y se habían alimentado de sus cuerpos moribundos, algunos todavía gritaban cuando habían empezado a comérselos, rebanándolos en trozos, sacando sus entrañas para dejarlas a un lado. Y lord Lhars no había movido ni uno solo de sus finos dedos de elfo para impedirlo.
          Él no era un hombre sensible, bien lo sabían los Dioses. Había robado, había tomado por la fuerza mujeres en el pasado cuando no había tenido dinero para pagar por sus servicios y había obtenido con violencia todo lo que había deseado en cada momento de su vida. Pero nunca, jamás, había puesto la mano encima a un niño, ni había asesinado sin esperar obtener algún beneficio, eso bien podía jurarlo ante cualquier Dios que deseara escucharle. Un hombre debe tener sus límites y él tenía los suyos. Lo que los pintones hacían iba más allá de lo que él creía cualquiera con un mínimo de moral podía soportar. Masacraban por el mero placer de derramar sangre, por el mero placer de escuchar los gritos de agonía de sus víctimas. Para comérselos. Le asqueaba y no podía evitar que un odio abrumador ardiera ahora en su interior. Sobre todo después de verlos comerse a la gente como si no fueran sino ganado. Hasta a los niños.
          Le hervía la sangre por el agotamiento y la furia de un modo tal que hasta se sentía temblar. En momentos como ese hasta le costaba recordar que le estaban pagando por ese trabajo y comenzaba a pensar que ninguna cantidad de dinero iba a ser suficiente para compensar lo que estaba viviendo.
          Llevaban ya dos días sin dormir, intentando acortar distancias con sus escurridizas presas, siguiendo el enloquecedor ritmo de los pintones, que parecían ser inmunes a la fatiga. Habían reventado varios caballos y habían tenido que robar nuevos en las granjas por las que pasaban. Las ojeras se marcaban en su propio rostro y en los de sus compañeros y, sin embargo, los pintones no parecían achacar en lo más mínimo el cansancio. Lord Lhars tampoco. Esa maldita escoria elfa hasta sonreía desde lo alto de su montura de cuando en cuando, ya fuera en lo más oscuro de la noche o a pleno mediodía, lloviera o hiciera sol. El único momento de descanso había durado lo que habían tardado en cruzar el río, el hedor de los muertos aún aferrado a sus ropas, clavado a sus fosas nasales, sumidos en un tenso silencio que bien podía presagiar que se iba a derramar más sangre aquel día, sólo que esta vez sobre las aguas del Agrelle. Las manos no se habían separado de las armas en ningún momento, mientras la población arrasada e incendiada iba quedando poco a poco atrás, con las columnas de humo desgajándose en el aire, azotadas por el viento. De hecho él todavía mantenía su mano cerrada con tanta fuerza en torno a la empuñadura de la espada que le dolían los dedos y tenía los nudillos blancos. No podía evitarlo, deseaba matar a todas y cada una de aquellas criaturas. Matarlas y dejar sus cadáveres allí tirados, para que los soldados que sin duda acudirían a ver qué había pasado en la aldea incendiada pudieran encontrarlos.
          —Ni se te ocurra pensarlo, Evelor —la voz de lord Thalsen lo alcanzó con la fuerza de un latigazo, haciéndole dar un respingo y volverse con mal contenida cólera hacia él.
          —¿Cómo que ni se me ocurra? —le espetó, escupiendo sobre la hierba—. ¿Has visto lo que han hecho? ¡Otra vez! ¡No me pienso…!
          Thalsen dio un par de rápidos pasos hacia él, lo aferró por la pechera de la túnica y acercó su rostro al suyo hasta que pudo oler su acre aliento.
          —¡No ahora, pedazo de imbécil! —susurró con furia, sus ojos tan cerca que no había ningún lugar al que apartar la mirada—. Vas a soltar ahora mismo esa espada y me vas a escuchar —para reforzar sus palabras, los dedos de su zurda se cerraron sobre la mano con que agarraba el arma y le obligó a separar los dedos uno a uno—. ¿A dónde piensas que vas a llegar si atacas? ¡Dímelo, desgraciado idiota! ¿A dónde? Mírales. ¡Mírales, te digo! —con un esfuerzo, Evelor desvió sus ojos hacia un lado para observar de refilón las tropas de Org—. Son demasiados. Y nosotros, ¿cuántos somos? ¿Cuántos? —repitió en un fiero siseo, dándole una sacudida.
          —Cu… cuatro. Cuatro —acertó a farfullar con voz ronca. La mano de Thalsen era como una garra de acero sobre su pecho y su ropa y, pese a no estar siquiera cerca de su garganta, parecía estar robándole el aire.
          —Bien, sabes contar. Cuatro contra una veintena. No sé a ti, pero a mí no me salen los números de ese combate. Eso sin contar al malnacido del elfo. ¿De qué bando crees que se pondrá él? ¿Del nuestro? ¿Entiendes lo que quiero decir?
          Evelor primero negó para luego asentir con un espasmo de miedo agarrotándole las entrañas.
          —No… nos matarán —graznó.
        —Si atacas ahora, desde luego que sí —Thalsen soltó al otro hombre con tanta brusquedad, lanzándolo hacia atrás, que éste estuvo a punto de caer al suelo—. Si no nos han matado hasta ahora para comernos es porque nos necesitan. Lo último que nos falta es que tú les des un motivo para prescindir de nosotros. De un modo u otro, por ahora nos…
          —¡Y eso es precisamente lo que no me canso de explicarles! —la cantarina y jovial voz de Lhars les hizo enmudecer y palidecer al mismo tiempo, cuando el elfo pareció materializarse de la nada a su lado—. No me canso de explicarles que, sin vosotros, sin vuestra inestimable ayuda, no hubieran llegado tan lejos ni hubieran encontrado de nuevo el rastro después de Lecig. Mucho menos ahora —su mano se movió con fluidez, para señalar la aldea que aún ardía en la distancia.
          —Visto lo visto, lord Lhars —replicó Thalsen con sequedad, señalando también la población con la barbilla—, creo que hubieran logrado cruzar también sin nosotros, y exactamente con los mismos problemas. Ahora alguien investigará y hasta puede que nos sigan para ajusticiarnos, esto sólo nos ha causado problemas innecesarios, mi señor — terminó, incapaz de contener la rabia que afloró a sus palabras.
          Lhars chasqueó la lengua con desilusión y sacudió un dedo con tal condescendencia que hizo que Evelor tuviera que contenerse para no acuchillarlo. Pudo ver también con claridad cómo una vena se hinchaba y palpitaba en la frente de su jefe y cómo tensaba la mandíbula.
       —Estáis perdiendo la perspectiva, lord Thalsen. Hace mucho que ésta misión hubiera estado condenada al fracaso de no ser por vuestra ayuda y presencia aquí. Hay cosas —añadió el elfo, endureciendo la mirada— que no puedo evitar que ocurran, pero hay otras que sí. Deberíais pensar un poco más en las que sí —su voz se tornó suave como la miel envenenada, dulce y amarga al mismo tiempo—. Ese es un detalle que yo tendría muy en cuenta de ahora en adelante, de estar en vuestra situación. Del mismo modo que también valoraría la recompensa que lord Zaryll y lord Nargor os concederán una vez culminemos con éxito este viaje. He hablado con Sadreg estos días y puedo aseguraros que seréis recompensados de acuerdo a vuestros servicios —hizo una pausa, mirándoles primero a uno y luego al otro, sin dejar de sonreír—. Os doy mi palabra, aquí y ahora. ¿La aceptaréis?
          Thalsen pareció tragarse toda la bilis que tenía en la boca antes de asentir en un susurro y hacer una leve inclinación de cabeza. Evelor se preguntó, no por primera vez, cómo habían acabado metidos en aquella demencial y absurda persecución, para la que no les habían dado apenas explicación alguna, y cómo se las arreglaba su jefe para mantener siempre la compostura ante el elfo.
          Lhars pareció darse por satisfecho y se alejó hacia Org con paso relajado, mientras se frotaba las manos.
          —Esperaremos, Evelor —musitó Thalsen con voz apenas audible entre las fuertes ráfagas de viento que se alzaron de pronto sobre las llanuras, sacudiendo sus ropas y doblando las altas hierbas mojadas por las recientes lluvias—. Esperaremos el momento apropiado. Eso es lo que yo puedo prometeros. Díselo a los hombres.


          Seindra frunció el ceño y se arropó en la cálida capa de terciopelo gris, mientras sus dedos jugueteaban ausentes con los bordados de seda negra que adornaban sus bordes. Pero, nada más hacerlo, tuvo que contener las ganas de quitársela y arrojarla a un lado al ver cómo Reda sonreía a su izquierda, pagado de sí mismo. El elfo la miraba fijamente, reclinado en la silla, un brazo aún en cabestrillo y aparentemente relajado, pero ni su actitud ni aquella débil sonrisa bastaban para ocultar que no se sentía feliz. Sadreg, sentado a su derecha, tampoco lo estaba.
          —Sigo sin comprender por qué continúas creyendo que no son los Elegidos, Sadreg —susurró la elfa con voz cansada, ignorando la manifiesta provocación de Reda. Bastante tenía con los vómitos que había empezado a sufrir tras las comidas como para preocuparse ahora de su antiguo amante.
          Hacía frío en la sala común de las dependencias elfas, así que, por lo que a ella respectaba, el hermano de Sadreg podía llegar a las conclusiones que gustara respecto a por qué llevaba la capa que le había regalado. Seindra sacudió la cabeza y miró a su alrededor con un estremecimiento. Hacía frío y nada parecía calentar nunca aquella habitación, pese a las dos grandes chimeneas que había encendidas en una de las paredes, pero era el mejor sitio que habían encontrado para reunirse. Era casi como la sala del trono, pero sin las corrientes de aire que azotaban aquella estancia de modo constante.
          —La descripción que te dio Zaryll —continuó—, coincide con la de Org. A mí me parece prueba más que suficiente.
          Sadreg hizo una mueca y se echó el aliento sobre las manos antes de coger el vaso de vino especiado que tenía delante y darle un sorbo.
          —A mí me parecen demasiadas coincidencias, mi señora. ¿Cuatro Guerreros juntos? —el helfshard negó con lentitud—. No… —hizo una pausa tras inhalar con fuerza y luego dejó escapar el aire de nuevo con manifiesta incomodidad—, no puedo creerlo. Aunque tampoco es eso —añadió en voz baja, dándole vueltas al vaso entre los dedos, antes de dejarlo con un chasquido sobre la mesa—. La verdad es que no estoy seguro de cómo interpretarlo.
          —¡Vamos, Sadreg! —intervino Reda con un bufido de desprecio, inclinándose sobre la mesa—. ¿Qué más quieres? Dos del Eorn, dos del Sorn… La escoria que viaja con Lhars hasta pudo averiguar su acento, en nombre de Hurd. ¿Quieres que te recite la Profecía…?
          —¡Basta! —exclamó Seindra con sequedad, apretando los puños en el regazo, y su voz resonó como un látigo en la casi vacía estancia. Una pareja de elfos, que bebían en el otro extremo de la sala, les dirigieron una fugaz mirada antes de volver a centrarse en sus copas. Reda entrecerró los ojos, claramente molesto, pero logró guardar silencio—. Bien, Sadreg, vamos a hablar de coincidencias, si es lo que deseas —continuó la mujer con más calma—. Estarás de acuerdo conmigo en que hablar de coincidencias cuando nos estamos refiriendo a una profecía no tiene demasiado sentido.
          Sadreg puso cara agria y rebulló incómodo bajo el glacial escrutinio de su señora y la resabida sonrisa de Reda.
          —Sigue sin convencerme. Me parece demasiado poco probable que viajen juntos, que se encuentren casualmente en los caminos en medio de la nada, en el Eorn, el Sorn, Lecig o donde quiera que lo hicieran —suspiró, pasándose una mano por los revueltos cabellos—. En ninguna parte del Libro se menciona nada semejante. No que yo recuerde, al menos. Ninguno de los que lo hemos estudiado hemos encontrado jamás nada que se pudiera interpretar de esa forma. Ya sabéis —añadió mirando primero a su hermano y luego a Seindra— que ni siquiera se menciona cómo van a despertar a los dragones. Si tan sólo hubiera alguna pista al respecto, haría ya mucho que hubiéramos podido tomar medidas para impedirlo.
          Seindra guardó silencio largo rato para luego asentir con reticencia.
         —Sólo se menciona que ocurrirá, yo también las he leído, todas las helfdam lo hacemos en cuando aprendemos a leer. “Cuando del dolor y del horror lo que deseas surja, encontrarás la libertad”. Siempre así, una y otra vez.
          Reda soltó una carcajada y de inmediato entrecerró los ojos, conteniendo un quejido, cuando un latigazo de dolor le recorrió la espalda desde de la herida que tenía en el hombro.
          —Por eso odio las profecías. Todo vago, todo ambiguo —el elfo movió la mano sana con un gesto de hastío y luego se sirvió un vaso de vino que apuró de un solo trago—. Siempre igual. La única de las otras que nos ha servido de algo ha sido la de Orn, y ya sabéis a dónde nos condujo eso, a un Templo sin salida. En cuanto al resto…
          Dejó la frase inconclusa y se echó de nuevo hacia atrás en la silla hasta que ésta crujió, el vaso aún en la mano. Seindra sacudió lentamente la cabeza. Sabía que no podía negar la verdad que había en las palabras de Reda, pero tampoco estaba de acuerdo con él.
          —¿Y la de los seis ejércitos? ¿No podría estar refiriéndose al encuentro de los seis Guerreros? —inquirió.
          No había terminado de hablar y Sadreg ya negaba con vehemencia.
          —No. Si hay algo en lo que todos los que hemos estudiado el Libro estamos de acuerdo, es en que esa hace referencia a una segunda oportunidad, o a que éste asunto no acabará ni aquí ni ahora. A que, aun cuando tengamos éxito y los dragones no despierten, habrá otro momento de crisis más adelante. Uno para el que también deberemos estar preparados —Sadreg se encogió de hombros—. Pero ese momento todavía está por venir, no tiene sentido pensar en él ahora. Sea como sea, cuando Org, Lhars, Erish y Gerath lleguen a esos cuatro y los capturen, sabremos si Zaryll está en lo cierto o no, sólo entonces podremos comprobar si tienen la marca del dragón. Estoy prácticamente seguro de que uno la tiene, el de la aldea que vos arrasasteis, mi señora, en cuanto a los otros… —sacudió la cabeza y abrió las manos en un vago gesto de incertidumbre—. Lo que me recuerda —añadió, echándose hacia adelante sobre la mesa— el asunto de Lhars. ¿Habéis tomado ya una decisión, lady Seindra? ¿Qué debo decirle cuando vuelva a hablar con él?
          La elfa entrecerró los ojos con desagrado y jugueteó con un suelto mechón que le cosquilleaba en la mejilla; lo miró de medio lado y volvió a prenderlo del largo alfiler negro con incrustaciones de piedras azules que sostenía en su nuca el rodete en que llevaba recogido el largo cabello.
          —Nada —respondió al cabo de un instante, evitando por todos los medios mirar a Reda, los iris del color del oro fundido fijos en su hermano—. Si hay algo que he aprendido de mi madre es que hay veces que necesitamos a nuestro servicio gente a la que no se le dé bien seguir órdenes —oyó cómo Reda dejaba escapar el aire por la nariz en un irónico resoplido y, de algún modo, se las arregló para no apretar los dientes y fulminarlo con la mirada, no serviría de nada y sólo le haría regodearse más aún—. Creo que da igual la razón por la que lo hiciera, tomó la decisión correcta; ahora que Erish y Gerath están casi sin magia, la suya será casi indispensable para la persecución. Así que ignora lo que ha hecho —ordenó, poniendo ambas manos sobre la mesa y levantándose con expresión cansada. Los últimos días se sentía constantemente cansada, pese a que no había dormido tanto en su vida. No parecía que fuera a tener un embarazo fácil. Ojalá pudiera hablar con su madre del tema, pero no pensaba rebajarse a pedirle ayuda ni consejo, no después de su última conversación.
          Sadreg asintió e hizo un amago de reverencia al tiempo que Reda y él se ponían en pie. El otro elfo no dejaba de sonreír de satisfacción, como si hubiera salido victorioso de algún difícil combate, y no podía sino darle la razón a su hermano: lady Seindra prácticamente había reconocido que su falta de respeto y disciplina eran cualidades que podían ser útiles en según qué circunstancias.
          —Nos vemos en la reunión con Zaryll, Sadreg. Esta vez quiero que estés ahí, en la mesa, no detrás de las cortinas. Sé que es una reunión en la que hablaremos más que nada de estrategia pero, con el rey humano en las puertas de Nardis, quiero que los otros humanos te vean ahí y sean conscientes del poder que tenemos. Nosotros contamos con magos —señaló mirándolo a los ojos—, el ejército de ahí abajo no.
          El elfo volvió a inclinarse y sus hombros se tensaron casi de inmediato al recordar que todavía había un asunto pendiente a tratar con su señora. Sabía que iba a ser desagradable, y no le convencía en lo más mínimo tener que abordarlo con Reda delante, pero no era algo que pudiera posponer durante mucho más tiempo.
          —Ah… —vaciló, los ojos clavados en la oscura superficie de la mesa llena de manchas—. Lady Seindra… ¿qué debemos hacer con Zaryll?
          Pudo sentir cómo la joven se envaraba ante la sola mención del mago humano y su cólera pareció quemarle a través de la distancia que los separaba.
          —Es… —la escuchó tomar aire, contenerlo unos instantes para luego expulsarlo con lentitud— algo sobre lo que todavía tengo que pensar. Han ocurrido demasiadas cosas estos días. Es un asunto demasiado delicado e importante como para precipitarnos, Sadreg.
          —Cómo ordenéis, mi señora, pero… —no pudo evitar replicar, alzando de nuevo el rostro para quedarse paralizado en el acto ante la mirada llena de rabia y frío odio de Seindra.
          —Tomaré mi decisión cuando la tenga que tomar, Sadreg Shays-shu, ni un instante antes ni un instante después. Y, Reda —los estanques de dorado hielo que eran sus ojos se volvieron hacia el otro elfo, que dejó de sonreír en el acto—. Hoy guardarás las formas en esa reunión y colaborarás con los humanos. Te tragarás tu orgullo y tu prepotencia y mantendrás la boca cerrada aunque te envenenes con ello. ¿Me has entendido? Ya estamos al borde de un maldito abismo aquí en Nardis, como para que tus tonterías nos causen más problemas —siseó, endureciendo más el tono y apartando de nuevo el mechón rebelde de su rostro—. Todo podría descontrolarse en cualquier momento y no toleraré que con tu comportamiento lances todas nuestras esperanzas por ese precipicio. Si Zaryll tiene razón, y por primera vez en siglos tenemos a cuatro Guerreros a nuestro alcance, no creo que ninguno de vosotros arda en deseos de darle explicaciones a mi madre sobre nuestro fracaso.
          Con aquellas últimas palabras, tras una última mirada de advertencia y sin esperar respuesta alguna, Seindra pasó a su lado y se alejó de ellos con paso rápido en dirección a las escaleras que había al fondo de la estancia, cerca de una de las chimeneas.


          Reda siguió a Seindra con la mirada hasta que desapareció escaleras arriba.
          —¿Qué me he perdido aquí, Sadreg? Y no me refiero a que se esté acostando con Zaryll —añadió alzando los labios de medio lado con ironía—. No es precisamente un secreto, hermano, no pongas esa cara, la mitad del ejército lo sospecha a estas alturas. Sé que no es eso —sacudió la cabeza, la vista todavía fija en las escaleras—. Es otra cosa. ¿Qué le pasa? Siempre ha sido irritable pero nun…
          —No es de tu incumbencia, Reda —le cortó el helfshard con acritud—. Si fuera asunto tuyo, lady Seindra y yo te lo habríamos dicho.
          —¡Oh, claro! ¡Por supuesto! —replicó, la voz rezumante de cinismo, volviéndose hacia Sadreg—. ¡Mi hermanito, Zaryll, lady Seindra y sus secretitos! Empiezo a estar…
          —Basta ya, Reda, no es momento de…
          —Nunca es momento —escupió el elfo, apartando la mirada tan sólo un segundo—. ¿Me equivoco al pensar que tampoco ha sido el momento de hablarle de lo que te dije al volver a Nardis? ¿Recuerdas lo de la tierra quemada, o se te ha olvidado porque has tenido la cabeza llena de otras cosas para las que sí era el momento?
          Ahora fue el turno de Sadreg de mirar hacia otro lado, conteniendo la rabia y vergüenza que suscitaron en él las palabras de Reda.
          —No, sí —se frotó la cara con ambas manos y suspiró—. Iba a hacerlo, pero… surgieron otro tipo de problemas. Más graves, más urgentes. Lo haré —añadió con un resoplido—. Cuando arreglemos esto lo haré. Hoy, después de la reunión, o mañana a más tardar. Sé que es importante.
          —Te tomo la palabra —los hombros de Reda perdieron entonces toda la tensión y el elfo sacudió la cabeza de lado a lado con cansancio—. Ya sé que lo sabes, también sé que lo de la profecía es importante, lo sé muy bien, Sadreg, pero no lo será durante mucho tiempo si no ganamos esta guerra. Si no conquistamos Bakán, aunque no despierten los dragones, estaremos igual que hemos estado siempre, encerrados ahí arriba, muriendo lentamente.
          —Seguiremos luchando… —objetó el helfshard, pero la seca carcajada de su hermano le hizo enmudecer.
          —Sí, como siempre, también, luchar hasta la muerte, hasta que no quede nadie de los nuestros para seguir haciéndolo. Muy propio de nuestro pueblo. Para mí es lo mismo que morir encerrados, solo que de forma diferente. Sé más sobre la guerra que tú, hermano —señaló tras una leve pausa, mirándolo a los ojos—. Tú preocúpate de la magia y de los Guerreros que lady Seindra y yo nos preocuparemos de ganar esto para nuestro pueblo.
          Sadreg asintió apartando la mirada, para posar los ojos en la escalara por la que su señora se había ido. Suspiró y apretó los labios.
          —Sobre lo que preguntabas… —vaciló, con súbita incomodidad—, lo sabrás cuando lady Seindra lo decida, ni antes, ni después. No es asunto mío cuándo contarlo y cuándo no, después de todo —añadió, conteniendo el impulso de llevarse los dedos al casi curado corte que tenía en el labio.
          A su lado, Reda rio con amargura para luego alejarse con paso relajado en dirección contraria a la que se había ido Seindra. Alzó la diestra a modo de despedida, sin siquiera volverse.
          —Te conozco, Sadreg —dijo mientras desaparecía por la puerta principal—, y algo me dice que cierta persona te dio una paliza por meter las narices donde a ti tampoco te llamaban, ¿verdad? Por mucho que intentes disimular, hermano, ese labio partido…
          Sadreg escupió una maldición para sus adentros según la voz de Reda se desvanecía en la distancia. Había veces en que se le hacía tan difícil soportarlo… pero no por ello dejaban de ser familia. Se dejó caer en la silla más cercana y volvió a servirse otro vaso de vino especiado. Bien podía permitirse beber y descansar un rato, después de todo se lo merecía, por aguantar todo lo que tenía que aguantar. Además, tampoco es que tuviera nada mejor que hacer hasta la reunión con Zaryll de esa tarde.
          Con una triste sonrisa, alzó el vaso, observó la luz de las chimeneas juguetear sobre el líquido carmín a través del cristal y lo apuró de un solo trago, sintiendo cómo lo caldeaba por dentro.



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