Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 12 de octubre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO (Parte 5/5) - Desolación



          Selam ar Erentyll se reclinó en la silla de campaña hasta tocar con los hombros la lona de la tienda y sus ojos se clavaron en el techo donde la lluvia tamborileaba sin cesar. El frío que penetró a través de la tela de sus ropas le despejó la cargada cabeza, haciéndole sentirse mejor y más relajado. Los Dioses bien sabían que necesitaba relajarse. ¿Pero cómo hacerlo cuando su hogar estaba siendo atacado por el ejército enemigo? ¿Qué le diría a su padre si perdía Ossián?

          Resopló y se inclinó de nuevo sobre la mesa, presionando con fuerza la frente con el pulpejo de las manos. Tenía que concentrarse, aunque todo su cuerpo le pidiera a gritos descansar. Laugan, Shordish y los demás se habían retirado hacía ya rato, pero él no podía irse todavía a dormir. Resopló y volvió a recorrer con la mirada el mapa de los alrededores de Ossián que tenía extendido ante él. La luz no era ya buena para ver los detalles, pero tampoco es que hubiera sido mejor desde que habían comenzado a instalar el campamento a media tarde, con la lluvia cayendo ya sobre ellos.
          Sacudió la cabeza y se reprendió a sí mismo por distraerse. Lo primordial ahora era encontrar un buen lugar donde llevar a cabo el ataque, aunque era consciente de que, por mucho que mirara la disposición de las colinas, de las aldehuelas cercanas, del río y de los bosques una y otra vez, la solución no se presentaría con sólo desearlo. Sobre todo sin la información sobre cómo y dónde estaban situadas las tropas de Zaryll en torno a la capital. Necesitaba que los exploradores que había enviado por delante de su ejército volvieran y que lo hicieran ya. Pero ni siquiera entonces encontraría fácilmente la solución.
          —Es inútil —se dijo a sí mismo—. Hoy ya no creo que vaya a lograr nada. Es hora de acostarse. Estoy… demasiado cansado.
          Fuera estalló una súbita algarabía, llena de voces y gritos y gente que corría bajo la lluvia. El relincho de un caballo hendió el aire y luego más voces y más gritos se alzaron entremezclados en una confusa cacofonía. Selam alzó el rostro de superficie de la mesa justo cuando uno de los soldados que hacían guardia fuera alzaba una de las solapas de la tienda y se inclinaba ante él.
          —Alteza. Un mensajero desea veros —el hombre tragó saliva—. Dice que viene de Ossián.
          —¡Que pase de inmediato! —exclamó Selam poniéndose en pie con tanta brusquedad que volcó la silla de campaña en su precipitación.
          El guardia se asomó fuera, donde la oscuridad apenas era desplazada por el mortecino fulgor de las hogueras del campamento y el resplandor de las antorchas, y susurró algo. El hombre que entró en la tienda era mayor y algo rechoncho, de cabellos grises y ojos hundidos bajo pobladas e hirsutas cejas. Apenas parecía ser capaz de mantenerse en pie y en su rostro se marcaban profundas arrugas de angustia. Tenía la mirada vacía.
          —Ah… Alteza —hizo una torpe reverencia, con un leve temblor en las piernas y estuvo a punto de caerse. Enderezó la espalda con un quejido y clavó la vista en algún punto indeterminado del suelo—. Soy Novhem, de Lecig. Traigo… noticias de Ossián, alteza.
          El príncipe apretó los puños y contrajo los labios, conteniendo las ganas de gritarle a aquel pobre hombre. Estaba exhausto y aterrorizado, de nada serviría hacerle algo así, sólo lograría ponerle nervioso.
          —Alteza —el mensajero se sorbió la nariz y se frotó la palma de una mano con el pulgar de la otra—, traigo malas noticias —hizo una pausa y deglutió convulsivamente—. Ossián ha caído. Ha sido arrasada…
          La voz se le quebró en un sollozo y Selam apenas se sintió caer. Sólo cuando sus piernas chocaron con la silla volcada, parándolo en seco, se percató de ello. Se quedó allí paralizado, con un helor cada vez más intenso entumeciéndolo por dentro.
          —¿Cómo es posible? ¿¡Qué ha pasado!? ¿¡Cuándo ha ocurrido!?
          —No lo sé, alteza, no lo sé —farfulló Novhem, retrocediendo un paso, lívido y con los ojos inundados de lágrimas—. Han sido los elfos negros. Lo juro por los Dioses, lo juro por Sodmeth, padre de todos ellos. Han sido ellos. Pero no sé cómo, alteza, no sé cómo, lo siento. La ciudad ha sido incendiada y hay refugiados camino del Sorn. El castillo… —tragó saliva y volvió a frotarse compulsivamente una mano con el pulgar de la otra—, dicen que también ha sido tomado, mi señor. Todo Ossián. Todo. Hace, no sé, he perdido la cuenta de los días, he cabalgado todo lo rápido que he podido, sin descansar, las casas de postas… —vaciló y se encogió sobre sí mismo ante la dureza de la mirada del príncipe—. Fue el siete de Ethaín cuando lo vi.
          —Eso es hace dos días... Pero no puedes estar diciendo la verdad —el susurro que escapó de sus labios lo pilló por sorpresa incluso a él; estaba más que claro que aquel hombre no mentía. Sus ojos lo atestiguaban, sus ropas manchadas lo atestiguaban, su rostro demudado.
          —Lo juro, alteza, lo juro. Os lo juro por mi alma, también. Todo es cierto. Lo he visto. Los he visto, mi señor. Vienen hacia aquí. Los elfos negros. Pensaba que llegaría a tiempo, que no habrían salido de allí, pero adelanté a su ejército poco después de dejar Ossián. Vienen tras de mí.
          El mundo entero pareció derrumbarse alrededor de Selam ar Erentyll, sumiéndolo en la más absoluta desolación.


          Neimhalyn olfateó el aire de las montañas preñado de frío y humedad. Había escarcha por todas partes, encima de las piedras y de las frágiles plantas y sobre la superficie de los charcos dejados por la lluvia.
          Tras romperse sus cadenas, había ido primero hacia el Norn, en pos de aquel que la había atado, pues su sangre la llamaba. Sin embargo, no se había llegado a alejar mucho de su prisión cuando captó aquel otro olor más dulce y más cálido, más atrayente. Un olor que despertaba en ella recuerdos muertos y enterrados y que la hacía bullir por dentro. Era el mismo olor que cantaba en lo más profundo de su esencia con notas de hielo y plata. Provenía del Sorn, de varios sitios del Sorn. Uno cerca, el otro mucho más lejos. La embriagaba tanto que el ansia por alimentarse de él acabó por corroerla por completo.
          Desde entonces, ninguna otra sangre parecía saciarla o calmarla como sabía haría esa. De modo que volvió sobre sus pasos y se encaminó hacia el lugar donde estaba segura que encontraría a su nueva presa, la más cercana a ella, la más lejana podría esperar. Una vez la hallara se alimentaría de ella y cantaría en su interior la más hermosa de las canciones.

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