Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 5 de octubre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO (Parte 4/5) - Desolación


          Frodrith se tambaleó de agotamiento sobre la grupa de Shart, mientras Ledren lo conducía a galope tendido por las silenciosas llanuras encharcadas. La lluvia había comenzado a caer la noche anterior y no había cesado desde entonces. Cabalgaban por un paisaje sombrío y triste, con las cortinas de agua oscureciendo el horizonte y apenas permitiéndoles ver con claridad unos pocos ahs por delante. Al joven se le empezaba a ir la cabeza, y a ratos tenía frío y a ratos calor, con el sudor resbalando por su espalda y su rostro. O tal vez fuera sólo el agua que empapaba sus cabellos y comenzaba a calar sus ropas a través de la gruesa capa de lana. No estaba seguro.

          «Creo que sólo es fiebre.»
          Víctima de un súbito mareo cuando el dolor volvió a apuñalarle las entrañas, dejó caer la cabeza sobre las anchas espaldas del eorniano. Sintió un reconfortante frescor contra la mejilla y la frente y cerró los ojos. Ahora sentía mucho calor, un calor que lo atontaba impidiéndole pensar. Le costaba hasta respirar, porque con cada trabajosa inhalación el dolor de su costado se hacía más intenso.
          «La herida… igual… —parpadeó, intentando aclarar su visión, pero no le sirvió de mucho. La lluvia lo volvía todo gris y brumoso, como visto a través de un cedazo de niebla—. Parece que esté anocheciendo y apenas es medio…
          Ni siquiera fue consciente de que sus brazos se aflojaban de su agarre y de que comenzaba a caer hasta que una mano se posó sobre su hombro y lo empujó de nuevo hacia arriba. Volvió en sí con un respingo y se volvió aturdido hacia la voz que gritaba cosas ininteligibles cerca de él, casi completamente tapada por el atronar de los cascos de los caballos al galope. Sus ojos enfocaron primero una mano y luego el rostro que había en el otro extremo del brazo. Estaba lívido, los labios amoratados y el cabello cobrizo pegado a la blanca piel. Los ojos de color miel que lo miraban estaban oscurecidos y opacados por el cansancio y la preocupación.
          —¡… está bien! ¡Tenemos que parar! ¡O volver a disminuir la marcha!
          Era su hermana. Trató de sonreír, pero los dientes le castañearon y volvió a cabecear al borde de la inconsciencia. La muchacha cabalgaba a poca distancia sobre la grupa de Harrow, aferrada a Derlan con una mano mientras con la otra impedía que él cayera al suelo, que se deslizaba en un borrón de colores sucios bajo los cascos de los caballos.
          Frodrith miró aturdido hacia abajo durante una fracción de segundo, antes de estremecerse y volver a agarrarse con fuerza a Ledren. Un ardiente dolor trepó por su costado izquierdo hasta el hombro y descendió también hasta la rodilla en pulsantes oleadas dejándolo sin aliento y mareado. Diedrith retiró la mano con una última sacudida y Derlan hizo que Harrow volviera a alejarse un poco.
          —¡No podemos parar! —la voz de Ledren se elevó por encima del resonar de los cascos, llena de tensión y ansiedad, pero no sin lanzar una fugaz mirada por encima del hombro hacia él. Tenía cercos oscuros bajo los ojos, como todos ellos, y no parecía en modo alguno feliz de tener que tomar esa decisión. Parecía lleno de miedo—. ¡Sabéis que no podemos hacerlo! Los caballos todavía pueden seguir así un rato más. ¡Tenemos que…!
          —¡Podemos bajar el ritmo, Oso! —replicó Derlan acercándose de nuevo—. Todo esto no servirá de nada si se cae del caballo y vuelve a abrírsele la herida. Si Diedrith no llega a… —sacudió la cabeza obligando a Harrow a desviarse para evitar un montículo rocoso, que asomó de pronto entre las altas hierbas, antes de seguir hablando—. Además…
          —¡Lo sé! ¡Lo sé! —le cortó el moreno con brusquedad—. Ya lo sé —repitió, pero con mucha menos fuerza, para luego escupir una maldición que se tragó la persistente lluvia.
          Frodrith notó cómo los hombros del eorniano se tensaban y le escuchó maldecir de nuevo por lo bajo. Luego tensó las riendas soltando un nuevo exabrupto y Shart redujo el paso hasta ponerse al trote. Hubiera protestado, hubiera pedido que no se preocuparan por él, pero no tenía apenas fuerzas para mantenerse sobre el caballo como para hablar.
          Durante los tres últimos días sus fuerzas habían ido menguando como el agua que se escurre de un odre roto. No era sólo por la herida que su hermana le había causado durante el combate contra Agdrasyn y que no terminaba de curar bien, sino por el brutal ritmo de viaje que Ledren estaba imponiendo, además de todos los cambios tenían lugar en el interior de su mente. Cambios que lo llenaban de temor. Por si fuera poco, por primera vez desde que podía recordar, no había compartido aquel secreto con su hermana, a la que hasta ese momento siempre había hecho partícipe de su vida. Ahora se arrepentía de ello y notaba cómo le requemaba por dentro, más aún que la puñalada del costado. Desconocía la razón por la que había guardado silencio, pero con cada día que pasaba más miedo le daba hablar del tema. Sentía que había dejado escapar una oportunidad que no volvería a presentarse.
          Desde que había compartido la muerte del Espectro Agdrasyn, notaba la presencia del cuarto y último de ellos casi con mayor intensidad que cualquier otra cosa. Aún estaba muy lejos hacia el Norn, pero con cada día que pasaban a caballo la distancia se iba a cortando más y más. Percibía su hambre y su voracidad, así como su júbilo cada vez que se alimentaba de leñadores, tramperos u otros habitantes de las montañas. Cuando no lograba encontrar seres humanos, cazaba animales y se nutría de su sangre. Descendía paulatinamente hacia el Sorn, a la caza de una presa mucho mayor, dejando tan solo a su paso una estela de hielo, frío y muerte. Frodrith no sabía de quién se trataba, pero sabía que Neimhalyn podía olerlo. Lo percibía con claridad a través de los pensamientos del Espectro que le llegaban de cuando en cuando y que se hacían más intensos y frecuentes según avanzaban. Tenía cada día más miedo. Había de esforzarse cada vez más en mantener a raya aquellas súbitas y abrumadoras oleadas de pura emoción que amenazaban con volverlo loco. O con controlarlo.
          La noche anterior se había despertado en medio de la oscuridad, acuciado por una opresiva y agobiante necesidad de matar. Derlan hacía guardia y no se había percatado siquiera de lo cerca que había estado de morir. La herida no se le había abierto debido al esfuerzo que le suponían las agotadoras marchas a caballo de los últimos días, como les había contado a los demás, sino que se la había desgarrado él mismo con la daga, para que el dolor ayudara a ahogar todo lo demás. Por suerte había funcionado.
          Había funcionado tanto con el Espectro que descendía desde Lotä como con la otra presencia. Con Zaryll.
          Desconocía cómo había ocurrido, pero Zaryll estaba de algún modo unido a él también. De forma más tenue y sutil, pero estaba ahí igualmente. Si se concentraba, podía sentirlo en el borde de sus pensamientos, como un recuerdo de un olor, como un sueño que se desvanece al despertar. Tenía que saber lo que buscaba para localizarlo, pero su fugaz contacto en las ruinas había bastado para proporcionarle lo que necesitaba.
          Se habían observado el uno al otro, ambos solos en medio de la agonía de la muerte del Espectro. Al principio no había sabido quién era aquel hombre de negros cabellos y negra barba, pero luego todo había fluido hacia él. Le había sorprendido lo joven que era. No parecía mucho mayor que Derlan o Ledren pero, a diferencia de los eornianos, poseía un poder descomunal; un aura negra veteada de rojo tan densa y abrumadora que casi podía tocarse. A continuación había contemplado estupefacto, sin poder escapar del horror de aquella pesadilla, cómo el mago liberaba a Neimhalyn de su encierro en Lotä.
          Ahora no podía dejar de preguntarse si Zaryll no estaría sintiendo lo mismo que él sentía —o tal vez más aún—, vigilando sus pasos y leyendo en su mente, sin él saberlo siquiera.
          «Pero no puedo… leer su mente —se dijo, los ojos clavados en la monótono paisaje que cruzaban, con la acidez de la bilis quemándole las entrañas—. Sólo emociones cuando son fuertes. Como el miedo. Zaryll tiene miedo… como yo.»
          Frodrith se estremeció y comenzó a temblar, haciendo que Ledren se volviera para mirarle.
          —Oye… ¿Estás bien? Si te sientes mal podemos parar… —el eorniano tragó saliva y vaciló, abriendo y cerrando varias veces los labios sin que las palabras llegaran a formarse—. Yo… Lo siento. Lo de antes. Lo de no parar. Si lo necesitas…
          —Estoy bien —logró farfullar abrumado Frodrith. Tenía frío y tenía calor. Le empezaba a doler la cabeza, además del costado. Ledren no era mala persona, después de todo, sólo hosco y huraño—. Estoy bien —repitió con más fuerza, sólo que no lo estaba, todo se movía demasiado a su alrededor, el suelo, el cielo… los colores mezclándose en una informe amalgama de grises, verdes mortecinos y marrones—. Sólo me duele… costado. La fie… Pero pue… puedo aguantar. Sólo… mareado. A la noche…
          —Pararemos antes —la voz del eorniano le llegó desde muy lejos, amortiguada por la incesante lluvia y el chapoteo de los cascos de los caballos en la hierba encharcada—. Derlan tiene razón, no podemos seguir a este ritmo. Son demasiados días ya. Tú no estás bien y si cansamos demasiado a los caballos corremos el riesgo de que se lesionen o algo peor —sacudió la cabeza, los hombros hundidos de pronto, como si el invisible peso que portaba a su espalda amenazara con sepultarlo—. Y si te pasa algo… No… no me lo perdonaría. Yo ya…
          Frodrith notó cómo el joven se tensaba sobre la grupa de Shart y agachaba más aún la cabeza.
          —Lo sé —logró susurrar tras un par de intentos, escupiendo agua, centrando toda su voluntad en articular cada palabra—, pero… tenemos que… seguir. Tenías razón. No… parar...
          Sus ojos vagaron hasta su hermana, que no le quitaba la vista de encima y que ahora cabalgaba junto a Derlan un poco por delante de ellos. No le veía bien el rostro, pero seguro que tenía el ceño fruncido de preocupación. Trató de erguirse, de aparentar que se encontraba mejor de lo que realmente estaba. Porque no podían parar. No con los elfos negros a su espalda. No con el dolor de su costado remitiendo ahora que iban más despacio. Temía que, cuanto menos le doliera, más dificultades tendría para mantener a raya todo lo que le llegaba a través de su vínculo con el Espectro.
          «Me abriré la herida. Lo… haré.»
          Pero si empeoraba su estado, no podría continuar. No al menos a aquel ritmo agotador que seguían tras haber sobrevivido a las ruinas: durmiendo apenas unas pocas horas cada noche, galopando todo el tiempo que podían sin reventar a los caballos, no parando siquiera para comer y limitándose a mordisquear parte de sus raciones sobre las grupas de sus monturas. Continuaban adelante cada día hasta que los animales empezaban a flaquear. Sólo entonces paraban y luego todo volvía a empezar una vez más. Si empeoraba estarían obligados a hacerlo durante más tiempo, obligados a retrasarse. Tal vez tuvieran que buscar incluso un pueblo en las llanuras donde alojarse hasta que él estuviera recuperado y entonces los elfos negros acortarían la distancia que hasta el momento habían mantenido y pondrían a gente inocente en peligro. Tal vez incluso los alcanzaran y todo habría sido en vano.
          Hasta el momento, habían hecho todo lo posible por esquivar hasta las más pequeñas granjas, pero cada vez se tornaba más y más difícil; al fin y al cabo se encontraban en pleno corazón del reino. Veían tierras de cultivo en cualquier dirección y ganado pastando prácticamente cada día. Del mismo modo en que centelleaban las hogueras de sus perseguidores a las noches en medio de la oscuridad. Al menos ahora ya no perdían terreno cada día.
          —Olvida lo que he dicho —el sonido de la voz de Ledren le hizo volver en sí, cortando sus dispersos pensamientos. El eorniano espoleó a Shart para ponerse a la altura de su hermana y Derlan—. Hoy pararemos al mediodía —anunció, alzando la voz—. Tenéis razón. No podemos seguir así —sus ojos se clavaron en las empapadas crines del caballo y sus dedos se tensaron en torno a las riendas—. Me he vuelto a portar como un…
          Enmudeció y apretó los dientes con fuerza.
          Frodrith luchó por hablar, por decir algo, cualquier cosa. No podían parar, no podían hacerlo… Mas el agotamiento se lo impidió, apenas era capaz de mantener los ojos abiertos, y luchar por seguir aferrado a Ledren consumía toda su energía.
          —¿Idiota? —completó Derlan por él, guiñándole un ojo, intentando que fuera una broma, pese a la intensa amargura que se filtró en su voz—. Siempre has sido cabezota, Oso, pero…
          El pelirrojo parpadeó, Diedrith dio un respingo y Ledren clavó sorprendido sus ojos en el otro eorniano, al tiempo que un intenso silencio se extendía entre ellos. Frodrith tragó saliva ante la acritud de las palabras de Derlan. Hasta él empezaba a achacar la tensión.
          —Todos necesitamos descansar, Ledren —convino Diedrith, llenando el silencio con suavidad, al tiempo que sus dedos se clavaban en su pierna con fuerza. Derlan agachó la cabeza, las mejillas rojas de la vergüenza, y tragó saliva con un asentimiento—. Hasta tú lo necesitas. Tienes un aspecto espantoso —la muchacha trató de sonreír, pero los labios le temblaron en el último momento, como si estuviera a punto de echarse a llorar—. Sé que tienes miedo, pero todos lo tenemos. Hay otro Espectro más y están los elfos y…
          —Por… por mí… no lo… —logró susurrar Frodrith.
          —No estás en condiciones de opinar, hermanito —le espetó la chica con sequedad y se volvió hacia él tratando de ocultar su miedo y su preocupación tras una capa de furia, pero no engañó a nadie—. Apenas puedes montar.
          —Di…
         —No estás bien, Frodrith —intervino Derlan ya más calmado, mirando fijamente a Ledren, que asintió y esbozó una triste sonrisa—. Y nosotros tampoco. ¿Cuántas horas hemos dormido estos días? Ni siquiera media noche completa —añadió, pasándose una mano algo temblorosa por el macilento rostro y apartando el cabello que le caía sobre la frente—. ¿Paramos hasta media tarde?
          Ledren frunció los labios y suspiró. Luego negó, mirando por encima del hombro a Frodrith.
          —Pararemos hasta mañana a la mañana en cuanto encontremos un lugar donde refugiarnos.
          —Pero… si nos… alcanzan… —musitó el pellirrojo.
          —Si nos alcanzan ya veremos qué hacemos —la voz de Ledren sonó fría y dura como el acero—. Lucharemos, moriremos, lo que sea que ocurra. Pero no lo harán mañana, ni dentro de dos días. Seguiremos escapando de ellos todo lo que podamos y cuando ya no haya otra salida… —se encogió de hombros dejando las palabras en el aire.
          Derlan y Diedrith asintieron, pero Frodrith se limitó a dejarse caer una vez más sobre la espalda del eorniano y cerrar los ojos.
          Aquella últimas palabras ensombrecieron más aún el ánimo de todos, hasta tornarlo gris como las interminables nubes que cubrían el cielo. Siguieron cabalgando en silencio, sabiendo que, a su espalda, sus perseguidores ganarían terreno ese día. Frodrith no tardó en quedarse amodorrado mientras la fiebre recorría su cuerpo y el dolor de la herida del costado irradiaba candentes pulsaciones que mantenían a raya cosas mucho peores que el dolor.
          Poco a poco la lluvia amainó y la mortecina luz del sol destelló sobre la hierba mojada, iluminando las colinas con reflejos de plata hasta donde alcanzaba la vista. Los desnudos bosques que antes habían quedado ocultos por las entrelazadas cortinas de agua, se tornaron visibles como manchas oscuras sobre el paisaje y cerca de ellos apareció de pronto una granja, arropada por dos arboledas y medio oculta en una pequeña hondonada. En la pradera vallada que había a un costado, se apelotonaba un rebaño de ovejas al refugio de un afloramiento rocoso que las protegía parcialmente de la lluvia y del viento. En medio de la quietud, el olor a lana mojada y a estiércol flotó hasta ellos acompañado por el del humo de la chimenea de la casa.
          Derlan soltó una maldición, que despertó a Frodrith de su sueño, y volvieron grupas con rapidez alejándose de allí en silencio, con la esperanza de que ninguno de sus habitantes se hubiera percatado de su presencia. Muy pronto el quedo balido de los animales se perdió en la distancia.
          Siguieron cabalgando y cerca del mediodía coronaron un altozano sacudido por el viento. Ante ellos se extendió entonces un amplio valle fértil perlado de campos, oscuros bosquecillos y pueblos de rojos tejados por el que serpenteaba un enorme río en amplios y perezosos meandros. Las nubes se apartaron, abriéndose y desgajándose en pesados girones, y el sol se filtró finalmente a su través para rielar sobre las aguas del rio y sobre las verdes colinas que descendían hasta su cauce.
          La carretera de Shyorsen atravesaba el paisaje lejos a su izquierda, en dirección a un puente que cruzaba la corriente mediante cinco gráciles arcos blancos. Había barcos navegando río arriba y río abajo, pero ningún otro puente a la vista. Si querían cruzar por el que había al Sorn, en el camino principal que conducía hacia Néddanhy, tendrían que desviarse y perder varios días.
          —No hay otro puente —susurró Diedrith casi sin aliento, mientras sus ojos trataban de abarcar la inmensidad de las llanuras y el ancho cauce que brillaba en su seno.
          —Se puede navegar por ese rio —se sorprendió Ledren y Derlan sólo pudo asentir estupefacto—. Barcos, quiero decir. Cientos de barcos. Barcos enormes. Parecen enormes.
          —Creo que es el Agrelle —señaló Diedrith dejando escapar lentamente el aire por entre los labios—. Shorae siempre dijo que era grande, pero…
          —¿Cómo vamos a cruzarlo? —logró preguntar Derlan, con voz apenas audible.
          —El puente —intervino Frodrith, aún cansado y con escalofríos, aunque sintiéndose mejor después de haber dormitado un poco, sobre todo ahora que no llovía—. Sólo podemos usar ese puente. No…
          —Tiene que haber barcazas que nos puedan llevar al otro lado —su hermana negó con lentitud—. No tenemos por qué ir tan al Sorn, ni hacer que nos vea tanta gente. Además, un puente como ese seguro que tiene peaje, preferiría evitarlo. Hay pueblos ahí abajo. Seguro que alguno tiene algún embarcadero.
          —Al amanecer.
          Todos se volvieron hacia Ledren y éste asintió más para sí que para los demás, sin apartar la vista del valle que se extendía ante ellos. Al cabo de un momento, señaló lo que parecía una diminuta aldea que se agazapaba en la orilla dirección Norn.
          —Al amanecer habrá poca gente por las calles y será más seguro. Esa de ahí parece tener algo en el río, es probable que sea lo que buscamos y si pagamos lo suficiente seguro que alguien nos lleva al otro lado —añadió con el ceño fruncido antes de inhalar con fuerza—. Tendremos que advertirles de que hay elfos negros a nuestra espalda, que vienen hacia aquí. No quiero… ya sabéis.
          Derlan asintió con tristeza.
          —No le des más vueltas, Oso. No podemos hacer otra cosa. Sabíamos que tarde o temprano algo como esto podía pasar. Además, tal vez los perdamos y…
          El joven se encogió de hombros y enmudeció sin poder acabar siquiera la frase. Si el mago que venía con los elfos era tan poderoso como creían, como Ledren creía, nada los detendría. Ni aquel rio, ni aquel pueblo, ni la guarnición que pudiera haber en el puente. Ya habían logrado seguir su rastro bajo la lluvia y hasta en medio de la noche. Si eran capaces de algo así…
          Eso por no mencionar lo que les esperaba delante. Frodrith les había hablado del último Espectro, el que ahora avanzaba hacia el Sorn y a cuyo encuentro se dirigían. El último al que darían caza antes de tomar el camino del Norn para unirse al ejército de Trión en Nardis. Significase lo que significase la marca que todos ellos tenían, no iban a permitirse el lujo de dejar cabos sueltos a su espalda. Uno más, un Espectro más y puede que hubieran cumplido su cometido. Puede que entonces los elfos negros dejaran de perseguirles. O puede que no. Pero eso era algo que no descubrirían hasta que ocurriese y hasta ese momento seguirían avanzando.
          —¿Mañana entonces? —preguntó Diedrith.
          Ledren asintió con seriedad, dando la vuelta a su caballo.
         —Mañana. Esta noche acamparemos en el bosquecillo que hemos pasado hace un rato. Puede incluso que encontremos algún lugar más o menos seco en su interior. Ahí descansaremos —inhaló hondo y dejó escapar lentamente el aire—. Lo siento, Frodrith, pero cuando anochezca partiremos de nuevo. Viajaremos de noche. Hoy podremos hacerlo, no falta mucho para la luna llena.


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