Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 28 de septiembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO (Parte 3/5) - Desolación


          El silencio comenzó a diluirse con lentitud. Lo primero que oyó Isholda fue el soplo de la brisa entre las ramas de los árboles y luego los pájaros que volvían a cantar. Los carbones de la hoguera crepitaban a su lado, al borde mismo de sus botas. La chica notó cómo la espada se le resbalaba de entre los dedos pringosos de sangre y se forzó a sí misma a aferrarla con más fuerza, pese a que su cuerpo prácticamente se negaba a responder. Había matado a tres, pero podía haber más entre los árboles aún cuando la vida hubiera vuelto al bosque. Todavía quedaban las que combatían con Tulë, por ejemplo, tenía que ir ayudar, tenía que moverse… pero las rodillas le temblaron y el dolor volvió a latirle en el brazo en candentes oleadas.
          —Isholda…
          Se dejó caer al suelo, aún aferrada de modo precario a su arma y cerró los ojos dejando caer la barbilla sobre el pecho.
          —Isholda…
          La muchacha trató de alzar el rostro y de enfocar la mirada, pero estaba demasiado cansada. Era la voz de Tulë, y ya no había ruido alguno de combate reverberando en el aire. Eso la desconcertó. Volvió a intentar levantar la vista, recurriendo a las últimas fuerzas que le quedaban, pero justo entonces escuchó cómo el gigante se sentaba junto a ella, resollando también de cansancio.
          —¿Estás bien? —la voz del gigante, baja y grave, apenas le resultó inteligible debido al gutural acento del Norn. El trinar de las aves la ahogó casi por completo pero bastó para que la tensión que atenazaba sus hombros y espalda se fundiera como la nieve bajo el sol.
          No, no había ya combate alguno y Tulë estaba vivo. Vivo y a su lado.
          —Sí, sí —logró articular, cerrando de nuevo los ojos porque le picaban por el sudor y las cenizas. Los dientes empezaron a castañearle y un estremecimiento tras otro azotó su cuerpo de modo incontrolado—. No… —balbuceó mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, obstruyéndole la garganta y congestionando su nariz—. No…
          No quería llorar, no quería comportarse como una niña asustada, no quería parecer débil, pero algo se había roto en su interior y las lágrimas brotaron interminables para luego resbalar por sus sucias mejillas sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Sintió cómo el gigante se removía a su diestra y a continuación un torpe brazo le rodeó los hombros, haciéndola sentir minúscula y más frágil de lo que nunca se había sentido.
          «No es que sea una niña, es que él es un gigante, soy pequeña a su lado, pero no soy pequeña.»
          Ese estúpido pensamiento hizo que las lágrimas retrocedieran y estuvo a punto de echarse a reír. Tulë pareció notarlo a través de su abrazo de oso y se inclinó sobre ella.
          —¿Estás mejor ya? —su tono parecía lleno de dudas, como si pensara que ella iba a romperse entre sus dedos como una hoja seca.
          Isholda asintió tras un leve titubeo y sorbió por la nariz. El sabor a sangre y a podredumbre inundó su boca y se inclinó a un lado para vomitar con violencia.
          ¡Había tragado aquella cosa! ¡Había tragado aquella cosa, que le cubría toda la cara! La joven soltó la empuñadura de la espada y se arrastró lejos de Tulë, conteniendo el resto de las arcadas hasta que llegó a los arbustos más cercanos. Vomitó largo rato tan fuerte que sintió como se le acalambraba todo el cuerpo y le dolía la cabeza, pero cuando acabó se sintió mucho mejor. Tragó saliva y estuvo a punto de limpiarse la boca con el dorso de la mano manchado todavía de sangre negra. Con una mueca de asco, jadeó en busca de aire, incapaz de apartar los ojos de aquel fluido a medio coagular.
          —Isholda —unas fuertes manos se cerraron sobre sus hombros y la apartaron de los restos de su comida para luego cargarla en brazos como si no pesara más más que un gatito recién nacido—. Necesitamos quitarnos esto de encima, curar las heridas. Tienes una quemadura en la cara que no tiene buen aspecto. Vamos a cuidar de ella, ¿de acuerdo?
          La muchacha asintió, incapaz de articular una sola palabra, y contempló desde su posición el afable rostro del gigante que ahora estaba teñido de preocupación. Él también estaba manchado de los restos de las Sombras, pero al menos no de cintura para arriba… o no lo estaba hasta el momento en que la había cogido en brazos. Pero estaba más limpio que ella, de modo que apoyó la cabeza en su hombro y se dejó llevar al río. No tenía fuerzas para nada. Sólo quería dormir, sólo quería volver al Santuario y no salir de allí en lo que le quedaba de vida. Las lágrimas afloraron una vez más a sus ojos y se forzó a no derramarlas.
          Era inútil soñar con aquello que no podía conseguir. Ahora este era su sitio, no podía volver y si era el lugar seguro del que Tulë le había hablado, no quería ni pensar en lo que se iba a convertir el Templo de Tyrsha. Un súbito temor por su gente le oprimió las entrañas, provocándole nuevas náuseas. Inhaló varias veces hasta que las arcadas y el mareo remitieron, pero el miedo siguió anidando en su interior.
          —Ha sido… mi primer combate de verdad —musitó tan bajo que creyó que el hombre no la habría oído, más luego sintió retumbar en su pecho un gruñido de asentimiento—. Estaba, Tyrsha bien lo sabe, preparada para matar a hombres en la guerra. Creía que lo estaba. Pero esas… Sombras… no morían, nada funcionaba… Nada de lo que me habían enseñado… Nada salvo… lo… mío. Eso que sé hacer.
          Su voz se apagó al tiempo que Tulë se detenía junto al arroyo. El gigante la dejó en la orilla con extrema suavidad y ella se quedó allí, muy, muy quieta, contemplando su gorgoteante cauce en silencio. Las aguas eran tan claras y cristalinas que el verde del musgo de las piedras que tapizaban el fondo refulgía como esmeraldas o los primeros brotes de primavera. Estaba tan limpio todo y tan libre de muerte y sangre que sintió ganas de reír y llorar a la vez.
          —La primera vez que combates nunca es fácil —escuchó decir al gigante a su espalda con voz cansada—. Y siempre es algo sucio, Isholda. No es ni glorioso ni heroico ni mucho menos bonito. Lo haces para seguir vivo. O para que otros sigan vivos o no tengan que luchar —Tulë hizo una pausa y se acuclilló junto a ella, sin dejar de mirar las aguas que destellaban aún en aquella mañana velada por grises nubes que anunciaban que volvería a llover—. Limpiarme me hace sentir mejor.
          —Pero vendrá más muerte y más sangre y no sé si podré… —la voz se le quebró y le temblaron los labios. Sacudió la cabeza de lado a lado, incapaz de seguir hablando.
          —Y también vendrán los que son como tú —replicó Tulë con suavidad—. Dejarás de estar sola.
          —¡No lo estoy! —protestó, pero sin demasiada convicción en la voz—. Te… te tengo a ti.
          Isholda tragó saliva y miró de reojo el severo perfil de su protector. Tenía los oscuros ojos verdes entrecerrados y la corta barba salpicada de sangre que comenzaba a secarse. Podía ver con claridad la fuerza con la que apretaba la mandíbula. Perecía extremadamente triste.
          —Lo estás, Isholda. Lo veo en tus ojos. Sé que… —suspiró con lo que parecía un estertor— esto no es lo que esperabas, pero es todo lo que yo puedo darte. Ellos, los que vendrán, te darán todo lo que yo no puedo ofrecerte. Ahora báñate Isholda, puede que tengamos poco tiempo antes de que vengan más thiarea-ha.
          Isholda sintió que se quedaba sin aliento y un nudo frío creció en su vientre.
          —¿Más? ¿Vendrán más de esas cosas?
          El gigante se volvió para mirarla con los ojos opacados por el agotamiento.
          —No lo sé. No conozco esa respuesta. Ahora nada viene a mí. Sé que antes había muchas, cientos de ellas. Precedían a los ejércitos elfos en cada batalla, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces —abrió una mano y se la miró como si la viera por primera vez, luego la sumergió en las heladas aguas que descendían de las montañas del Norn. Tras lavarla se frotó con ella el puente de la nariz y los ojos—. No sé si usarán la misma táctica ahora y si esto no será sino una avanzadilla. Pero lo que sí sé es que he jurado protegerte. Y eso es lo que haré. No te pasará nada mientras yo esté contigo.
          Isholda le observó largo rato antes de asentir con una temblorosa inspiración y comenzar a desvestirse. No le daba vergüenza quedarse desnuda delante del gigante, había superado ese pudor tras el primer baño. Sabía que ni siquiera la miraría, que se limitaría a hacer guardia allí en la orilla.
          Mientras se adentraba en la fría corriente, los dientes castañeándole, se volvió para observar de reojo al hombre que la había sacado del Santuario. Le había confesado tras su encuentro con la primera Sombra que, de haberse quedado entre sus blancos muros, esas criaturas nunca le habrían podido hacer daño. En medio de la incredulidad y la furia que la habían embargado, le había insultado, portándose como una cría. Tulë se había limitado a mirarla y luego le había dicho que había peligros mayores que las Sombras. Cosas mucho peores que los elfos negros podrían lanzar contra ellos en el futuro. Cosas ante las que los blancos muros del Santuario se quebrarían como ramitas ante el embate de la tormenta.
          Ahora, hundida hasta las caderas en el agua helada, se preguntó cuánta más sangre y muerte sería capaz de soportar. No lo sabía y comenzaba a aterrarle pensar que no sería capaz de cargar con semejante peso sobre los hombros.
          Con un estremecimiento, sumergió la cabeza bajo el agua y rezó porque la corriente se llevara todas sus dudas y preocupaciones.
          «Arrástralas lejos de mí, Tyrsha, llévalas contigo y déjame sólo el valor.»


          Novhem observó, sobrecogido, la riada de gente que salía a través de las puertas de Ossián y el humo que se elevaba en negras volutas sobre las murallas. No lo podía creer. Incendios. Muchos.
Hacía dos días había partido de Lecig, alarmado por las densas nubes de color carbón que se veían en la distancia, justo donde solían ver en días claros el humo de las chimeneas de la capital. Le habían enviado a él porque conocía el camino, estaba acostumbrado a recorrerlo a caballo y traería pronto la noticia de lo que estaba ocurriendo allí. Ni en sus peores pesadillas hubiera podido imaginarse aquello. Tragó saliva con un estremecimiento y tiró de las riendas de su corcel para esquivar a una familia de aspecto demacrado, cubierta de barro y ceniza, que llevaba un niño pequeño de la mano.
          —¿Qué ha pasado aquí? —les preguntó con voz débil y temblorosa—. ¿Qué ha ocurrido en Ossián?
          La mujer que tiraba del pequeño alzó el rostro hacia él con las lágrimas resbalando por sus mejillas.
      —Los elfos negros, señor. ¡Los elfos negros han destruido Ossián! Todavía están ahí dentro, incendiando y saqueándolo todo. Huid, señor, es mejor que huyáis.
          El aliento se le congeló en la garganta al viejo correo y sus ojos volvieron hacia las murallas y la ciudad que trepaba en suave pendiente por las estribaciones meridionales de las montañas Lalse. Su vista no era lo que había sido, pero pudo distinguir, pese a todo, varias zonas ennegrecidas de la ciudad donde todo parecía haber ardido, donde todo seguía ardiendo todavía en muchas zonas.
          —Hay que avisar a su alteza real. Hay que avisar al príncipe —acertó a farfullar entre dientes, mientras la familia se alejaba sin escucharle siquiera y otras muchas la sustituían, todas ellas con los rostros cenicientos y gachos y la misma expresión aturdida en sus semblantes—. Hay que hacer algo. Tengo… que hacer algo. Lo tengo que hacer… yo —se le hizo un nudo en la garganta y tragó, pugnando por respirar—. No hay nadie más.
          Con un frío temor atenazándole las entrañas, espoleó a su caballo en dirección Orn, tras las huellas del príncipe Selam. Esperaba poder alcanzarle antes de que los elfos se movieran, antes de que siguieran avanzando por el mismo corazón del reino.



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