Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 21 de septiembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO (Parte 2/5) - Desolación


          Día y medio. Estaban acampados a apenas día y medio de viaje del Santuario, pero a ella se le antojaba el otro extremo del mundo. La primera noche no había sido tan mala. Dormir al raso, en un claro del bosque, bajo las estrellas y al calor de la lumbre le había parecido emocionante y maravilloso. La segunda noche también la había disfrutado, hablando con Tulë junto al fuego en aquellas ruinas que se habían convertido en su nuevo hogar, al menos por ahora. Luego todo se había complicado. No sólo por el peligro que les acechaba sino por… por todo. La lluvia y el frío tenían parte de la culpa, desde luego, pero no era tan ingenua como para achacarlo sólo a eso. Se sentía miserable y estúpida, como una niña a la que se le concede lo que más ha anhelado nunca, para luego descubrir, nada más recibirlo, que no era en absoluto lo que había esperado que fuera.
          Antes de este campamento en las ruinas, antes del barro, la lluvia y el frío, había dormido a la intemperie como parte de su entrenamiento, pero no más allá de los bosques que había en los terrenos del Templo. Nunca durante más de dos o tres días seguidos, nunca sin ser consciente de que a la vuelta le esperaría un baño caliente y ropa limpia y buena comida. Jamás había participado en las salidas de supervivencia del Santuario, esas que duraban varias semanas y en las que las maestras llevaban a las chicas al Orn o a las montañas y de las que sus compañeras volvían siempre sucias y de mal humor. Pero aquello las curtía, las hacía más y más fuertes cada año mientras ella se debilitaba entre los blancos muros. Adryll nunca le había permitido ir con las demás.
          Thriz siempre le había echado en cara sus protestas cuando se quejaba de ello. Lo hacía de malos  modos, mientras cortaba sus enredados rizos para deshacerse de los nudos que se le formaban cada vez que salían y que luego no había modo alguno de deshacer. Isholda se limitaba a enfurruñarse en una esquina en aquel entonces, pensando que nadie podía entenderla, Thriz menos que nadie. Una semana había bastado ahora para que ella entendiera a su amiga pelirroja y para calmar sus desmedidas ansias de libertad. Una semana de lodo, lluvia, ropa húmeda y raciones frías o conejos correosos. Y la sangre de un combate.
          Porque eran el miedo y las horas sin dormir quienes tenían el resto de la culpa. Se sentía desfallecer, al borde del agotamiento y de las lágrimas. Se sentía sola. Sola como nunca lo había estado en el Santuario.
          Isholda entrecerró los ojos y reprimió las ganas de sacarse la túnica por la cabeza y lanzarla a la hoguera para que ardiera junto al desprecio que sentía hacia sí misma. Así, quizá, tanto sus agrias emociones como el olor a sangre podrida se desvanecerían al fin y el fuego la purificaría como el agua no lo había logrado. Pero no podía hacerlo, no con la coraza de cuero que Tulë insistía llevara puesta a todas horas se lo impedía, así que en lugar de eso, se abrazó a sí misma, enroscándose sin apartar los ojos de las llamas, y hundió unos segundos el rostro entre las rodillas. Por no mencionar que se quedaría sin nada que ponerse. Su otra muda colgaba de las cercanas ramas de los árboles a la espera de que en algún momento saliera el sol y la secara. Lo que llevaba puesto, pese a las manchas del combate de hacía dos días y que no había logrado limpiar del todo, estaba seca, al menos.
          «La autocompasión no me servirá de nada —se reprochó con una fuerte inhalación, alzando de nuevo la cabeza y frotándose con fuerza las mejillas—. Lamentarse por lo que no puedes cambiar no sirve para nada, bien lo sé.»
          Los dedos se cerraron sobre la renegrida rama que tenía a su lado y atizó el fuego con más energía de la que sentía, antes de volverse hacia el dormido Tulë. Él también estaba exhausto, el rostro macilento y profundos cercos oscuros bajo los ojos. Durante un fugaz instante, sintió la mezquina necesidad de culparle por haberla sacado del Templo y haberla lanzado a aquella deprimente lucha por su supervivencia, pese a ser consciente de que lo peor estaba por llegar. Lo ocurrido dos días atrás había sido sólo el principio, como bien había dicho el gigante, y ella no tenía ningún motivo para dudar de su palabra, no después de…
          Se mordió la cara interna del labio inferior y se miró las manos. Ahora estaban limpias, salvo por la mugre de debajo de las uñas que no parecía haber modo alguno de quitar, pero aún creía poder ver en ellas los pegajosos regueros de sangre que las habían manchado.
          Las ganas de culpar a alguien volvieron a crecer en su interior. Pero la culpa era de ella y de nadie más. Por ser una ignorante. Y de Adryll también, no tenía sentido negarlo, por impedirla crecer.
          «No, eso tampoco es justo.»
          —La culpa la tienen los elfos negros —susurró a la nada, más para oírse pronunciar aquellas palabras que por cualquier otra cosa—. Esas cosas, esas thiarea-ha, las han creado los elfos del Norn. Ni Adryll, ni él, ni yo. Solo ellos tienen la culpa.
          Sus ojos vagaron hacia el lugar donde aquella solitaria Sombra de sangre los había atacado sin previo aviso, lanzándose sobre ella desde la espesura mientras entrenaba con el gigante. Era perfectamente consciente de haber sobrevivido tan sólo por tener el arma en la mano, así como la armadura y las protecciones de los brazos puestas. El hedor que la había precedido durante un instante tendría que haberla prevenido, pero no lo había hecho. No había estado atenta.
          Tulë ya le había hablado de las Sombras tras la primera noche que habían pasado allí, tras haberlas visto dirigirse al Sorn en medio de la oscuridad. Desde aquel momento habían empezado a hacer guardias a las noches, turnándose para descansar, pero de nada había servido no dormir, porque el ataque había llegado durante el día. ¡Oh, cómo había maldecido a su protector internamente por ello durante horas! Lo había hecho hasta sentirse tan miserable y mal consigo misma que no había podido mirarlo a la cara.
          Ese día sólo los había atacado una. Y había estado a punto de matarla.
          Ahora, al recordar, se estremeció y tuvo que apretar los dientes para que dejaran de castañearle. Nada de lo que ella hiciera parecía dañarla, la espada pasaba a su través, cortando aquel cuerpo de sangre, sin causarle dolor o refrenar su avance. El pánico la había dominado, había retrocedido con el hedor de la sangre en descomposición inundando sus sentidos y esa cosa se le había echado encima, trepando por sus brazos, reptando hacia su rostro y su cuello, y sus dientes, dientes que no creía siquiera que aquella cosa pudiera poseer, se habían clavado en su brazo, justo donde el peto no la protegía. El dolor casi le había hecho perder el conocimiento.
          Tulë había acudido con rapidez en su ayuda y su hacha sí que se había mostrado efectiva, despedazándola y convirtiéndola en pegotes de sangre sobre la hierba.
          Desde entonces estaba asustada de forma constante. Aterrada de que el resto vinieran a por ellos. Sabía que ahí fuera había más, algo más de media docena según los cálculos del gigante.
          «Más sangre, más oscuridad y más muerte —añadió para sí, mientras las ganas de llorar volvían a oprimirle la garganta—. ¡Oh, Tyrsha misericordiosa! ¡Sácame de esta pesadilla! No soy tan fuerte como para soportarlo. Creía que lo sería, pero no lo soy. ¡No lo soy! Sólo soy una estúpida muchacha arrogante que pensaba que podría cargar con lo que Adryll me dijo. Con lo que Tulë profetiza. Pero no puedo hacerlo, no puedo.»
          Porque lo peor de todo era saber que aquello no era más que el principio. Saber que en su futuro sólo habría más de lo mismo. Sus ojos se volvieron de nuevo hacia su protector, aquel gigante dulce y silencioso que había jurado cuidar de ella y que ahora dormía plácidamente roncando con suavidad.
          “Sangre en las rocas, en la hierba, en los árboles”. Eso era lo que había dicho. Que luego vendrían el dolor, la niebla, el hielo y la muerte.
          De nuevo fue consciente de lo sola que estaba. No tenía a nadie con quién hablar, a nadie con quien hablar de verdad. Thriz estaba lejos, sus otras amigas estaban también lejos. Adryll estaba lejos, al igual que sus maestras. Las echaba de menos a todas, echaba de menos la familiaridad de su ho…
          El silencio del bosque le resultó de pronto ensordecedor. Como si de repente algo que siempre había estado allí hubiera dejado de estarlo, no dejando salvo vacío tras de sí. Un atisbo de movimiento por el rabillo del ojo la puso en alerta entes de que el nauseabundo olor la golpeara de lleno. Soltó la ramita con la que removía el fuego y sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de la espada en menos de un aliento.
          —¡¡TULËEE!! —el grito le sonó áspero en la garganta debido a pánico que comenzó a llenarle las tripas.
          No esperó a que el gigante reaccionara, se situó de espaldas a él y desenvainó poniéndose en guardia. Ahora sería ella la que le protegiera, la que cuidaría de él, pese al miedo que la atenazaba. Comenzó a respirar de manera entrecortada, sofocando las náuseas que le provocaba la ansiedad, al tiempo que recorría con la vista el denso bosque que rodeaba el claro. Había sombras moviéndose entre las sombras. Varias. Muchas. Demasiadas.
          El nudo de su garganta se hizo más grande y más denso, impidiéndole casi respirar. Las manos comenzaron a temblarle. Quería cerrar los ojos para practicar los ejercicios de relajación que le habían enseñado en el Santuario, pero de nada le servirían ahora. Era demasiado tarde. Las Sombras de sangre se deslizaron por entre los troncos de los árboles, fluyendo hacia ellos como si fueran aceite resbalando por una torrentera, para salir a la mortecina luz del día que se filtraba desde las altas nubes grises. Se movían con lentitud, sopesando cada uno de sus movimientos, si es que tal cosa era posible en algo que no parecía tener mente. Sus rostros informes parecían orientados hacia el arma que aferraba con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Escuchó cómo tras ella Tulë se movía con rapidez, comenzando a erguirse como una torre a su espalda. De algún modo, el mero hecho de saber que estaba allí bastó para tranquilizarla.
          —A mi espalda, Isholda —le oyó mascullar con la voz espesa por el sueño y obedeció con un seco asentimiento hasta casi rozar el cuerpo del gigante. Pudo notar su calor aún a través de la armadura de cuero que llevaba puesta. Se centró en esa sensación y en la de los brazales que protegían sus brazos.
          Antes de que pudiera pensar en nada más, antes incluso de que Tulë terminara de incorporarse, una de las Sombras se lanzó sobre ella, para luego retroceder como un áspid sin que le diera tiempo a reaccionar. Sus ojos apenas lograron seguir sus movimientos antes de que otra la atacara por el lado opuesto. Isholda giró, desplazando el equilibrio y blandiendo el arma en una ágil estocada, pero su espada pasó a través de la carne de la criatura como si no fuera más que agua, obligándola a ella a retroceder para mantener la distancia.
          Dejó escapar una maldición mientras se retiraba, hasta chocar con Tulë, que combatía a su espalda, realizando amplios barridos con el hacha. Lo oyó jadear y el siseo de la afilada cuchilla sesgando el aire, pero a ella la maldita espada no le valía para nada, el mismo efecto hubiera logrado blandiendo un palo.
          Pero no iba a darse por vencida. En un combate jamás había que darse por vencido, no hasta que la muerte te reclamara. La joven apretó los dientes y arremetió de nuevo, con una estocada rápida desde un lado, dirigida a una de las extremidades de la Sombra. Para su sorpresa, esta vez pareció lograr algo cuando un pedazo salió despedido en el aire, dejando tras de sí un reguero de diminutas gotitas se sangre negra. Sin embargo, a la criatura apenas pareció importarle. Parte de aquel fluido le salpicó el rostro y el hedor estuvo a punto de hacerla vomitar. Fue como remover las entrañas de un cadáver en avanzado estado de descomposición. Las lágrimas inundaron sus ojos y a duras penas logró contener una arcada.
          Enfurecida, atacó de nuevo con decisión. La hoja del arma se deslizó a través de un costado de la Sombra haciéndole un profundo corte que cerro de inmediato. La criatura lo ignoró y deformándose y doblándose en un arco imposible, como si no tuviera huesos, se impulsó hacia ella, sobrepasando su guardia con extrema facilidad. Extendió entonces uno de sus brazos de modo antinatural y logró arañarla justo por encima del codo antes de que pudiera cambiar la posición de la espada para protegerse. Los dedos de aquella cosa se hundieron en su carne como un cuchillo al rojo a través de la mantequilla. Isholda sintió cómo una ardiente quemazón se extendía hasta su muñeca y la sangre manó roja y cálida de la herida, forzándola a apretar la mandíbula y tensar los músculos del brazo para sobreponerse al dolor. El sudor comenzó a resbalar de sus sienes y a empapar su espalda. La Sombra retrocedió y amagó en su dirección una vez más, antes de alejarse de nuevo, como mecida por la corriente de un río. Isholda siguió sus movimientos, concentrada en cada uno de ellos, atenta al más mínimo indicio de un nuevo ataque o a cualquier cosa que pudiera parecer un punto flaco; mas aquellas criaturas no tenían músculos, nada que se tensara de modo delator instantes antes de un ataque. Tampoco parecían tener ningún punto débil. Pero si la había logrado cortar una vez, podría hacerlo de nuevo. Todo parecía cuestión de momento y oportunidad y…
          Un escalofrío recorrió su espalda cuando atisbó algo deslizándose furtivamente a su diestra. Se volvió con rapidez, maldiciendo en silencio.
          «Estúpida, estúpida.»
          ¡Se había descuidado! Era la Sombra que había de antes, la primera de todas. Desplazándose con celeridad a un lado, sus manos cambiaron de postura sobre la empuñadura y lanzó una estocada lateral casi a ciegas, dejando que fueran sus reflejos quienes la guiaran.
          La criatura ni siquiera la esquivó. No tenía por qué hacerlo, después de todo. Sintió en su brazo cómo la espada atravesaba a la Sombra de parte a parte, justo en el lugar en que tendría que haber estado su vientre, y fue como hundir el arma en un tarro de miel. La sintió fluir hacia ella sobre el acero, al tiempo que la situada a su izquierda la atacaba una vez más y una tercera se sumaba desde el frente. Apenas logró apartarse esta vez, lanzándose un lado, alejándose de Tulë y arrastrando a la criatura ensartada consigo. Ninguna de ellas emitía el más mínimo sonido, si siquiera al ser empaladas o cortadas o despedazadas como había hecho Tulë con la de hacía unos días.
          La rubia muchacha gruñó mientras trataba de sacar la espada del amasijo de sangre que era esa horrenda cosa, pero antes de poder hacerlo ya la tenía aferrada a su brazo, enroscándose en él de modo antinatural. Quiso gritar, pero el miedo le constreñía la garganta y la sangre latía en sus oídos haciéndola sentirse ligeramente mareada. El brazo derecho le pesaba demasiado, empezaba a costarle moverlo debido al entumecimiento cada vez mayor. La piel empezó a abrasarle de modo insoportable y gritó, o lo intentó, porque algo la estaba sofocando y asfixiando. Empezaba a faltarle el aire. La vista se le nubló, sintió cómo todo daba vueltas a su alrededor. La Sombra que había en el otro lado aprovechó ese momento de vacilación para abalanzarse sobre ella, igual que la que tenía ante sí y que hasta ese momento había guardado las distancias.
          Estaba perdida, no podía con aquellas cosas, eran imposibles de matar y no sólo porque fueran demasiado rápidas. Cambiaban de forma y tampoco parecían achacar el dolor ni cansarse. La mayoría de las veces no lograba nada y cuando lo hacía nada parecía importar. Jadeando, retrocedió dos pasos más, en un vano intento de quitarse aquello del brazo para poder defenderse de las otras dos Sombras y… Las rodillas comenzaron a temblarle.
          «Voy a morir, oh dulce Tyrsha, voy a morir.»
          ¿Dónde estaba Tulë? Necesitaba su hacha. Necesitaba de su ayuda, pero si no acudía a ella eso sólo podía significar…
          «No, no, no, no, no.»
          Con un alarido desesperado, logró sobreponerse al dolor y a la falta de aire. Sólo era miedo, miedo que la paralizaba, dejándola indefensa. No era más que miedo. Terror enraizado en sus entrañas y en su mente. Con un segundo grito que desgarró su garganta, intentó zafarse de aquella Sombra hecha de sangre del único modo que se le ocurrió. Se lanzó sobre la hoguera que ardía en el centro del claro. No sabía si iba a funcionar o no, pero no perdía nada por intentarlo. El fuego lamió sus ropas y su cabello y acarició su mejilla. El hollín la hizo lagrimear y el calor la dejó sin aliento. Rodó sobre sí misma hasta situarse del otro lado, sobre la húmeda hierba y se puso de rodillas con dificultad. El olor a lana y pelo quemado le inundó las fosas nasales. Le dolía una de las orejas y sentía que la mejilla le abrasaba, latiéndole de modo doloroso al ritmo de su corazón, pero al menos ahora tenía el brazo libre de nuevo. La Sombra se había retirado y la contemplaba ahora a través de las llamas con aquel rostro carente de ojos y de facciones.
          No tuvo tiempo de sonreír antes de que se avanzara de nuevo sobre ella, rodeando la hoguera por la derecha mientas las otras dos lo hacían por la izquierda. Con un gemido de dolor, Isholda se incorporó y dio un par de tambaleantes pasos hacia atrás. Tulë combatía ahora en solitario, flanqueado por tan sólo dos de aquellas criaturas. Los restos de lo que parecía ser una tercera y una cuarta manchaban la  hierba a sus pies. Tenía un feo corte en una de las caderas y los pantalones manchados de sangre. Pero seguía vivo. Y ella también estaba viva.
          Apretó los dientes y ahora fue su turno de abalanzarse sobre la de la derecha. Gritó de nuevo mientras alzaba la espada y sajaba y cortaba y volvía a sajar, pero nada pareció servir. Ni siquiera cuando logró que la criatura perdiera un brazo. Ahora las tenía ya a las tres alrededor, atacándola de forma coordinada desde varios flancos a la vez. Empezaba a estar cansada, los brazos le ardían y la quemadura que seguro tenía en la cara comenzaba a distraerla. Una de las rodillas le tembló y cedió bajo su peso.
          Fue entonces cuando las tres Sombras aprovecharon para lanzarse a la vez sobre ella, como perros de presa que sólo habían jugado a cansar a su víctima antes de darle el mordisco final en el cuello. Recordó haber leído sobre eso una vez y así era como se sentía, acorralada, hostigada, sin ninguna opción de huida posible.
          O tal vez…
          Ni siquiera lo pensó. Pese al sudor que se le metía en los ojos arrastrando el hollín a su paso, pese al dolor que le trepaba hasta el hombro y descendía hasta su muñeca, alzó la zurda en un mero reflejo de protección. Y proyectó. Proyectó, centrando en aquel sencillo acto todo su miedo y su impotencia y su dolor. El cuchillo de luz salió despedido de la palma de su mano e impactó de lleno en la cabeza de la primera criatura.
          La sangre le salpicó la cara, empapando sus cabellos casi por completo, y la Sombra se descompuso ante ella hasta no ser más que un charco en el suelo. Dando un respingo de la sorpresa, se giró medio arrodillada sobre la hierba enlodada para encarar a las otras dos criaturas que la rodeaban. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la empuñadura de su espada y volvió a alzar la zurda una vez más.
          Esta vez bifurcó el haz de la proyección según se solidificaba en el aire y lo lanzó hacia adelante mientras respiraba de modo irregular entre dientes. Una de ellas logró apartarse a tiempo, pero el otro dardo le dio en el pecho a la segunda que pareció arder unos instantes por dentro antes de estallar ante su atónita mirada, como una patata podrida que apretara entre sus manos. El hedor se elevó en el aire junto a un miasma de partículas de sangre negra, semejante a una bruma. Casi podía respirarlo. La boca se le inundó de un desagradable sabor a descomposición. Pero no podía permitirse flaquear de nuevo. No tenía tiempo para plantarse nada más, aquello funcionaba, así que se incorporó de nuevo con dificultad, decidida a atacar a la Sombra restante con las escasas fuerzas que le quedaban. No era que los dardos requirieran la misma concentración que necesitaba para crear las esferas de encaje, pero sí que tendría que centrarse, aunque fuera un mínimo, si quería proyectar algo que fuera lo suficientemente efectivo como para atraparla.
          La Sombra se alejó un poco de ella, fluyendo de un lado a otro, como si dudara, como si tuviera miedo.
          Isholda escupió a un lado y entrecerró los ojos. No necesitaba las manos, nunca las había necesitado, si bien ayudaban como foco, de modo que dejó caer ambos brazos a los costados y proyectó con determinación y rapidez un abanico de diminutos proyectiles del tamaño de guisantes justo ante ella. Rezando porque algo tan pequeño fuera suficiente, los lanzó hacia adelante. La Sombra no tuvo dónde huir esta vez. Esquivó uno, esquivó el segundo retorciéndose en el aire, su cuerpo fluyendo hacia un lado como la corriente de un río, pero el tercer la golpeó de lleno, así como el cuarto y el quinto y el sexto. Con un fulgurante estallido, la sangre que la formaba se derramó sobre la hierba con un ruido sordo, como si la fuerza que la mantenía unida hasta el momento se hubiera desvanecido en apenas un instante.

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