Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 14 de septiembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEXTO (Parte 1/5) - Desolación


          La lluvia caía en densas cortinas del plomizo cielo gris, donde las gruesas nubes apenas dejaban pasar un mortecino resplandor amarillento que oscurecía aún más los negros contornos de los edificios de Nardis. Las montañas que rodeaban el valle apenas resultaban visibles entre los cedazos de bruma que se aferraban a ellas con etéreos dedos, ocultando sus cimas.
          Zaryll entrecerró los ojos y contempló abstraído cómo los finos regueros de agua, que resbalaban por los cristales, dibujaban formas plateadas en su superficie. Un estremecimiento recorrió sus hombros y reptó por su columna. Pese al chisporroteante fuego que ardía con fuerza en la chimenea, refulgiendo sobre los troncos medio quemados en destellos de oro y rojo, seguía teniendo frío. Un helor insidioso y desagradable roía sus huesos con afilados dientes desde el día anterior, desde que había caído inconsciente sobre su escritorio y perdido totalmente el control delante de Sadreg.

          Más que perderlo, otra cosa había tomado el control. No, eso tampoco era del todo correcto. Al fin y al cabo había sido él el que lo había cedido por voluntad propia tras verse sobrepasado por el dolor. Ahora no había vuelta atrás, el daño, fuera cual fuese, ya estaba hecho. Las puertas habían sido abiertas de par en par y tenía serias dudas de poder cerrarlas de nuevo.
          Sus dedos se tensaron sobre las mantas que lo cubrían hasta la cintura y se reclinó, el ceño fruncido, sobre los blandos cojines del lecho. El negro dosel de seda le tapó la vista de la ventana amortiguando también el sonido de la lluvia. Sin poder evitarlo, sus ojos vagaron por la habitación hasta detenerse sobre el espejo que descansaba encima de la cómoda que había a la izquierda de la chimenea. Su estómago se tensó y sintió como la familiar sensación de náusea recorría una vez más sus entrañas. A continuación, con la respiración súbitamente acelerada mientras sentía cómo la sangre comenzaba a atronar en sus oídos, su vista descendió poco a poco hacia la espada azabache que él mismo había dejado apoyada contra la pared el día anterior, justo al lado del mueble. La había dejado todo lo lejos que se había atrevido a hacerlo y no la había vuelto a tocar desde entonces. Ahora, el mero hecho de mirarla de nuevo por vez primera en horas, hizo que el ansia y el deseo se retorcieran de nuevo en su interior hasta hacerse casi insoportables.
          Apretando los dientes hasta hacerlos rechinar, se obligó a sí mismo a apartar los ojos del arma y a intentar serenar su alterada respiración. Una, dos, tres lentas inhalaciones con los ojos cerrados, por mucho que el corazón le latiera desbocado en el pecho. Entonces, tragando saliva, empujó con todas las fuerzas que fue capaz de reunir la presencia fría y sonriente que acechaba ahora en lo más profundo de su ser, obligándola a retroceder de nuevo hacia la oscuridad.
          «Soy yo quien tiene el control —se recordó a sí mismo con cada trabajosa inhalación—. Yo. No tú.»
        Estuvo casi seguro de escuchar una suave risa aleteando en sus entrañas y al poco rato un pensamiento borboteó lentamente hacia la superficie de su consciencia. Uno del todo ajeno a él.
          «¿Ahora soy un “tú”? ¿No “esa cosa”?»
          En un súbito arranque de furia y miedo, sofocó aquella presencia, la obligó a hundirse, sintiendo ganas de gritar, y se aferró con ardiente rabia a todo lo que sabía a ciencia cierta que era él mismo. Lo peor de todo, lo que más empezaba a odiar, era que aquello, fuera lo que fuera en realidad —la presencia de Easheyrt o cualquier otra cosa—, hablaba con su misma voz, haciendo que fuera casi imposible diferenciarlo de lo que era él. Todavía mantenía control sobre su identidad, pero ignoraba durante cuánto tiempo más podría seguir haciéndolo o si llegaría a ser consciente siquiera del momento en que se perdería a sí mismo para siempre. Había una puerta abierta en su interior, después de todo.
          Pero había más, mucho más. No era algo que fuera a poder negar o seguir ocultando. No cuando todo había ocurrido delante de Sadreg. Ahora el helfshard sabría que había algo raro, lo escrutaría cada día que se encontraran preguntándose lo mismo que él. El elfo no había dicho una palabra cuando había recobrado la consciencia, con el sabor a vómito aún en la boca y su acre olor llenando el aire. Sólo lo había mirado fijamente a los ojos, lleno de espanto y horror.
          Había tenido que contarle lo de su creciente vinculación con los Espectros, sobre cómo sentía sus muertes, como si todas y cada una de las heridas que recibían también se las infligieran a él en su propia carne. Había confesado también, aunque a regañadientes, que ahora podía ver a través de sus ojos durante aquellos últimos instantes, si bien no se lo había contado todo.
          Sadreg casi había tenido un colapso al oírlo. Se había puesto todo lo lívido que alguien de su raza podía ponerse y sus pupilas se habían dilatado hasta casi hacer desaparecer aquellos campos malva que eran sus ojos. En otras circunstancias se hubiera echado a reír al ver su creciente incomodidad, pero no ese día. No con la laguna que tenía en la memoria desde que había permitido a Easheyrt tomar el control.
          Zaryll volvió a mirar el espejo de la cómoda, ignorando el frío que empezó a crecer en su interior.
          Apenas podía recordar lo que había pasado después de que ceder ante la espada. Sólo había sangre en su mente, y palabras, y un júbilo descontrolado que había ardido dentro de él con la brutal fuerza de un incendio, dejándolo todo calcinado a su paso.
          El helfshard le había preguntado con voz trémula qué le había llevado a liberar a los Espectros, a Neimhalyn, la única que todavía no había sido destruida. Él se había limitado a encogerse de hombros, ocultando su miedo y desconcierto, y ni siquiera había respondido. Tampoco es que hubiera podido hacerlo. No podía recordar nada de lo que el elfo decía.
          —Pero no es una oportunidad que vaya a desaprovechar —masculló en medio de la soledad de su habitación, sin apartar la vista del espejo—. Ha llegado el momento de matar a esos escurridizos bastardos. No puedo quedarme más tiempo de brazos cruzados —sus doloridos dedos soltaron las mantas y alzó la mano derecha para pasarlos sobre el contorno de los ojos; apenas le temblaron—. No con esto aquí. No con ellos ahí fuera.
          Frunció los labios con desagrado y dejó caer de nuevo la mano en su regazo.
       Tras volver a sus aposentos el día anterior con la ayuda de Sadreg y pedir a sus sirvientes que encendieran la chimenea, Zaryll se había acercado al espejo de la cómoda. El mismo del que ahora se veía incapaz de apartar la mirada. Hubiera tenido que ser un completo idiota para no darse cuenta del modo en que Sadreg le miraba a los ojos, del desasosiego y temor que inundaban sus facciones.
          Recordaba con claridad cómo había tomado el espejo entre sus manos, todavía temblorosas, y había contemplado su reflejo en él. Le había devuelto la mirada un anguloso rostro enmarcado por una revuelta mata de cabello negro y una poblada barba manchada todavía de vómito. Pero lo que había atraído inmediatamente su atención habían sido sus ojos. Aquellos ojos que apenas pudo reconocer en medio del familiar semblante. Unos ojos ensombrecidos por oscuras ojeras. Hacía apenas unas horas habían sido de un oscuro color castaño, del color de la madera vieja, pero ahora un intrincado haz de vetas rojas como la sangre coagulada empañaba la superficie de sus iris. Semejaban enredaderas monstruosas, o raíces, como si algo ajeno a él estuviera colonizándolo e invadiéndolo desde el interior.
          No era esa visión algo que fuera a poder olvidar con facilidad. No era algo que fuera a poder ocultar. No era algo que sus generales no fueran a notar en cuanto lo vieran de nuevo.
          No había vuelto a tocar la espada desde entonces.
          Con un suspiro, apartó las mantas con ademán cansado y se levantó de la cama, dejando escapar un gruñido cuando sus pies tocaron el frío suelo. Seguía sintiéndose helado y estremecido por dentro, y comenzaba a pensar que nada de lo que hiciera serviría para hacerle entrar en calor. Durante un instante pensó en arroparse en una de las mantas, pero luego negó para sí. Lo último que le convenía era mostrar debilidad. Apretando los dientes de nuevo, avanzó en medio de la penumbra hacia la puerta de sus aposentos y la abrió.
          La luz era también tenue en el rellano, pese al par de antorchas que ardían en las agarraderas de la pared, debido a la lluvia que caía sin cesar y lo llenaba todo de grises y sombras. Los dos soldados que le acompañaban a todas partes desde que cayera por las escaleras se inclinaron ante él —el elfo lo hizo como si le causara un profundo dolor de muelas tener que doblar la espalda. Zaryll a duras penas contuvo una carcajada.
          «Y pese a todo lo haces. Estás bien entrenado, cachorro de Sadreg. Un buen perrito el que ese elfo ha puesto a mi servicio.»
          Los dos hombres estaban todo lo lejos el uno del otro como lo permitía la estrechez de lo alto de las escaleras, fiel reflejo del ambiente que se respiraba en Nardis. Ahora se daba cuenta de que, al margen de sus apetencias personales, tendría que ponerle fin. Era una de tantas cosas que se daba cuenta había hecho mal hasta ese momento. De ahora en adelante no podría permitirse más disensiones como aquella entre sus filas, más temprano que tarde habría de tomar medidas. Aunque eso no implicaba necesariamente que fuera a ordenar a Nargor que dejara de espiar para él. Era consciente de que nunca podría fiarse por completo de sus supuestos aliados en esta guerra. Ahora menos que nunca, no con la cosa que crecía en su interior. Sadreg sabía demasiado y empezaba a darse cuenta de que quizá él supiera demasiado poco. Otra cosa a la que pensaba poner remedio.
          —Haced que Sadreg venga —ordenó a los soldados—. Ahora. Decidle que se reúna conmigo en mi estudio.
          Y sin mediar palabra, cerró de nuevo la puerta para prepararse para su encuentro con el hechicero elfo. Antes de abandonar sus aposentos, echó una última ojeada a Easheyrt, la Negra, que seguía apoyada contra la pared. Tragó saliva y, con un temblor de la mandíbula, trató de no pensar en ella, en el poder que le proporcionaba, en la satisfacción que siempre sentía al pasar los dedos por su empuñadura. No la necesitaba. No necesitaba de su poder. Nunca había necesitado de ella, aunque los elfos negros le hubieran hecho creer lo contrario.
          «Pero lo harás, vaya si lo harás.»
          Con un fuerte portazo, se alejó de sus dependencias con paso rápido, incapaz de distinguir de dónde habían surgido aquellas funestas palabras, ni quién las había pronunciado.


          En cuanto Sadreg entró por la puerta y se inclinó ante él en una muestra de falsa deferencia, Zaryll se fijó en que la primera cosa que el elfo hizo fue mirarle a los ojos, para luego apartar la vista con suma rapidez. A continuación, su mirada vagó disimuladamente por toda la pequeña estancia, buscando, estaba seguro, la negra espada que solía portar siempre consigo.
          Una tensa sonrisa, carente de humor, estuvo a punto de aflorar a sus labios cuando un brillo de desconcierto asomó a los ojos del elfo.
          «Os da qué pensar, ¿verdad, Sadreg? —reflexionó Zaryll con un poso de amargura—. No, ya no llevo vuestra preciosa espada.»
          Esa pequeña victoria sobre el helfshard hizo que el desagradable cosquilleo que sentía en las palmas de las manos y el ansia que lo carcomía remitiera un poco al menos. Casi hizo que mereciera la pena haber dejado la espada en sus aposentos. Casi. Había hecho bien en no subir corriendo a su habitación a buscarla en cuanto empezó a sudar con profusión y las manos le comenzaron a temblar. Ahora se sentía mejor. Aunque sólo fuera un poco.
          «Pero no volveré a llevarla. Nunca.»
          —¿Ocurre algo, Sadreg? Parecéis preocupado. Espero que no sea nada relacionado con Ossián. ¿Tenéis noticias para mí?
          El elfo parpadeó un par de veces y volvió a centrar su atención en el rostro del mago humano, fingiendo indiferencia y ocultando su desconcierto.
          —Sí, mi señor —inclinó la cabeza con sequedad—. Las noticias son buenas. Erish y Gerath están a punto de tomar la capital, eso fue lo que me contaron anoche. Sólo les falta la ciudadela —mientras sus ojos volvían a buscar furtivamente la espada, el helfshard tomó asiento—. Vos… vos tenéis mejor aspecto. ¿Os… —vaciló— os habéis recuperado de…? —hizo un vago gesto con una de sus elegantes manos, señalando a la nada.
          —Me recupero rápido —replicó con una seca sonrisa—. Volved a informarme en cuanto Ossián haya caído. Pero ese no es el tema del que quería hablaros, Sadreg, sino de los Guerreros de la Profecía de Rielle —el elfo enarcó una ceja y Zaryll continuó hablando tras un momento de silencio.
          »Ya sabéis del vínculo que me une a los Espectros y que hace tiempo sospecho que los Guerreros podrían estar relacionados con su destrucción —Sadreg asintió con reticencia—. También sabéis que puedo ver a través de sus ojos —el elfo negro asintió una vez más—. Pero ayer no os lo conté todo. Antes de desmayarme, durante un breve instante —clavó intencionadamente sus ojos, otrora castaños, en los del helfshard y tuvo el placer de ver cómo éste apartaba la mirada con rapidez—, vi a quienes estaban con él cuando lo mataron. Había un chico pelirrojo en esas ruinas, irradiaba poder como una hoguera irradia calor. Haced el favor de no poner esa cara, Sadreg —resopló, reclinándose en el respaldo de la silla y entrelazando las manos sobre el escritorio—. Sé lo que vi y sé lo que sentí. Con él había también una muchacha que parecía su gemela y otros dos hombres algo más lejos. Uno de ellos tenía el pelo castaño y el otro era moreno. El primero llevaba un arco —separó las manos y la zurda se deslizó hacia el lugar en que antes solía dejar la espada de modo apenas consciente. Apretó los labios y volvió a entrelazar los dedos con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la carne y los nudillos se le pusieron blancos—. Creo que la descripción concuerda con la que Org nos dio del prófugo de Eshainne. ¿No es así?
          Sadreg se pasó la lengua por los labios y uno de sus dedos tapeó nervioso sobre la madera. Entrecerró los ojos hasta que no fueron sino finas rendijas y luego asintió de medio lado, no del todo convencido.
          —No llegué a ver bien al moreno, pero las flechas que el hombre del arco llevaba en el carcaj brillaban con una luz azul. Eso sí que pude verlo con claridad. Y no sólo eso, todos ellos, los cuatro, estaban envueltos en esa misma luz. Aunque el pelirrojo mucho más que los otros. Su brillo estuvo a punto de cegarme, Sadreg —el mago humano bajó el tono y se inclinó hacia adelante, para acercarse al helfshard, cerniéndose sobre la mesa—. No podéis ni haceros a la idea del poder que emanaba de él. Abrasaba sólo de mirarle.
          Sadreg tragó saliva, intentando apartar sus ojos de los de Zaryll.
          —Hablad con Org, elfo. Hablad con él y preguntadle por el hombre al que sigue y por las personas que le acompañan. Estoy convencido de que son los Guerreros que buscamos.
          Zaryll pudo ver cómo el helfshard abría los labios para protestar, de modo que se puso en pie antes de que este pudiera hacerlo y le dio la espalda para buscar un libro de entre los muchos que había en su biblioteca privada. Pudo sentir su frustración con total claridad.
          «Otra pequeña victoria. Nunca son suficientes con gente como él.»
          Acarició el lomo de cuero de uno de los gruesos volúmenes antes de sacarlo tirando de él con un dedo y girarse de nuevo hacia el elfo.
          —No confío en vos, Sadreg —le espetó con sequedad—. Ya hemos hablado muchas veces sobre a quién creo que guardáis lealtad. Y no soy yo. Pero de lo que sí estoy seguro es que tenéis tanto interés como yo en que esto —abrió el libro tras depositarlo sobre la mesa y extrajo una hoja suelta de su interior, que deslizó hacia el helfshard con suavidad— no se cumpla.
          Sadreg pareció haber mordido algo desagradable
          «Y tened por seguro de que me aprovecharé de ello para que sirváis a mis propósitos. Aunque sea en contra de vuestros deseos personales, sé que estamos juntos en esto al menos, elfo. Puedo sentirlo.»
          —De modo que —continuó Zaryll sin alzar la voz—, hablaréis con Org y hablaréis también con Erish y Gerath. Si esos cuatro son lo que creo que son, ni vos ni yo podemos permitir que sigan adelante. No podemos arriesgarnos a que se acerquen a Nardis. No podemos dejar que sigan respirando por más tiempo del necesario. Daréis la orden a vuestros elfos de que, tras tomar Ossián la incendien y la abandonen, que vayan dirección Orn y que entre Org y ellos los rodeen y los atrapen antes de que abandonen las llanuras de Lládhany.
          —Lord Zaryll… —comenzó el elfo, inhalando un par de veces entre dientes mientras sus dedos se aferraban con fuerza a la mesa, al borde mismo de la cólera.
          —No me interesan vuestras objeciones, Sadreg —escupió el mago humano, endureciendo el tono y dejándose caer de nuevo pesadamente en la silla, que dejó escapar un crujido—. Si no transmitís estas órdenes, querido elfo, estaréis demostrando con claridad a quién servís y a quién no.
          »Vamos, Sadreg, adelante, dadme esa satisfacción y veamos qué ocurre entonces en Nardis. Veamos el baño de sangre a que eso nos conduce a todos —Sadreg lo contemplaba estupefacto, de modo que desnudó los dientes en una lobuna sonrisa—. ¿Es eso lo que en verdad queréis? ¿Sabéis lo que dirá lady Seindra al respecto? Si es así, seguid con ello, helfshard. Desobedecedme.
          El hechicero entrecerró los ojos de nuevo, rebosantes de odio apenas controlado. Una de sus manos descendió de la mesa y sus dedos, Zaryll estaba seguro, se cerraron en torno a la empuñadura del cuchillo que llevaba a la cintura. Instantes después, Sadreg soltó el arma con una brusca sacudida del brazo y asintió.
          —Se hará como deseáis, lord Zaryll —masculló a media voz, incapaz de ocultar en lo más mínimo la rabia que rezumaba de sus palabras—. Pero no volváis a hablarme así. Nunca. Si no…
          —¿Qué? ¿Me mataréis? Sé que me necesitáis vivo o ya me habríais matado. Vos lo sabéis y yo lo sé. No soy el estúpido que pensáis que soy —el mago humano inhaló y trató de relajar los hombros, pero todavía tenía la tensión del enfrentamiento clavada en la espalda, aferrada con fuerza a su columna vertebral. Había conseguido lo que quería, eso era sin duda una pequeña victoria, aunque aún desconociera el precio a pagar. Tendría que empezar concediendo algo a cambio. Había mucho que cambiar en Nardis, bien podía empezar con aquello—. Y yo necesito a vuestro pueblo, Sadreg. Os necesito a mi lado. Si deseamos que Bakán sea nuestro, que la Profecía no destroce nuestros planes, debemos colaborar y hacerlo mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora. ¿Comprendéis lo que quiero decir?
          El elfo negro guardó silencio largo rato, sin dejar de mirarle —si bien no a los ojos—, sopesando cada una de sus palabras. Llevaba toda la reunión eludiendo sus ojos en la medida de lo posible. Eso le gustaba.
          —Comprendo —acabó por mascullar—. Ahora, si me disculpáis…
          Con una seca inclinación de cabeza, Sadreg abandonó el estudio, dejando a Zaryll sólo con sus pensamientos.
          En cuanto la puerta se cerró a espaldas del elfo, las manos comenzaron a temblarle de modo incontrolable sobre el escritorio. Por ahora su apuesta casi a ciegas parecía haber funcionado tal y como deseaba. La verdad era que nunca le había gustado aquel asunto de la Profecía. Si anunciaba su caída, como siempre había pensado, los elfos negros nunca habrían estado en contra de su cumplimiento, así que tenía que haber algo más, con los elfos negros siempre parecía haber algo más. Desconocía lo que era, pero estaba claro que preocupaba a la gente de Sadreg. Tendría que indagar sobre ello e investigar en los viejos escritos de su maestro en la biblioteca de Nardis. Necesitaba poder sobre los elfos y aquello bien podía otorgárselo.


          Sadreg se detuvo en el rellano nada más cerrar la puerta del estudio del mago humano, los ojos clavados en la nada y la espalda empapada en frío sudor. Sabía que no habría ningún problema en cambiar ligeramente las órdenes que Seindra ya había impartido a Erish y a Gerath a espaldas de Zaryll, a fin de cuentas sólo implicaban incendiar la capital de los humanos y un ligero cambio de rumbo para sus tropas.
          Lo que más nervioso le había puesto, por el riesgo que implicaba, había sido tener que mostrarse tan reticente a obedecer porque de otro modo Zaryll hubiera sospechado mucho más de lo que ya lo hacía. La cólera y la rabia que había sentido ahí dentro habían sido ciertas, eso no podía negarlo, más sólo en parte, pero en el estado actual del mago negro sabía que su actitud podría haber tenido consecuencias inesperadas.
          Sadreg suspiró. Todo eso le llevaba a preguntarse qué sabría y qué desconocería Zaryll y hasta qué punto podrían seguir manipulándole. Lo que acababa de ocurrir había hecho que todo se precipitara en una dirección que no entraba en los planes de su raza. Desde luego todo parecía estar a punto de cambiar en Nardis, tal vez demasiado para su gusto. Habían subestimado al mago humano. No sólo su perspicacia, sino también su fuerza de voluntad y su poder. Su determinación. Habían subestimado incluso su determinación. Y eso iba a tener consecuencias.
          «Pero no puedo negar que hay algo en lo que sí que tiene razón. Lo necesitamos. Maldito sea ese sucio humano bastardo.»
          Sin embargo, el mayor problema al que se enfrentarían muy pronto sería otro de índole muy diferente. Había dejado de llevar la espada consigo. Algo había cambiado en él, algo que tal vez fuera peligroso para todos ellos, no sólo para Zaryll. Ignoraba si se debía a su unión con las criaturas espectrales, que estaban siendo aniquiladas una tras otra en aquella demencial espiral que parecía no tener fin, o si se debía a otra cosa. A la cosa que sus antepasados habían encerrado en lo más profundo de Easheyrt y que habían empleado para crearla. En cualquier caso, el mago humano se estaba volviendo más temerario, menos conformista, como bien demostraba la conversación que acababan de mantener. Estaba resultando ser una criatura mucho más difícil de controlar de lo que jamás habían imaginado. Y ahora aparentemente había renunciado a la espada. A la única cosa que iba a facilitarles deshacerse de él cuando llegara el momento oportuno. Las cosas no podían ir peor.
          Si Easheyrt se apoderaba de Zaryll con la rapidez que había intuido el día anterior tras ver sus ojos, el declive del humano iba a ser rápido, demasiado rápido, casi algo fulminante, no la lenta caída que ellos habían esperado, y aquello sería sin duda un desastre para ellos. Pero si eso nunca llegaba a ocurrir debido a que el mago renunciaba a la espada, ya fuera fruto del miedo o de la desconfianza, tampoco sería algo bueno. El riesgo de que nunca lograran deshacerse de él o que hacerlo les provocara bajas que no podían asumir se multiplicaba.
          «Son demasiados problemas, demasiados malditos problemas de golpe. Tengo que hablar con lady Seindra, y tendremos que hablar también con su madre. ¡Noidha nos proteja! No será agradable.»
          Sadreg dejó escapar el aire de modo tembloroso entre los labios y se secó el sudor de la frente, al tiempo que comenzaba a descender de la torre del mago negro. No había tiempo que perder, tenía cosas urgentes de las que ocuparse en ese momento. Ya habría tiempo de analizar todo más adelante, de pensar detalladamente en todo ello y de tomar decisiones, pero antes de nada, tenía que impartir las órdenes de Zaryll después de consultarlo con Seindra. También hablaría con Org de los cuatro humanos que el mago había descrito. El mago parecía seguro de su identidad, pero él no terminaba de estar convencido. De ser cierto, la coincidencia sería aterradora. Cuatro de los seis Guerreros viajando juntos no era algo que iban a poder tomarse a la ligera.
          El helfshard apretó el paso y sus labios se contrajeron en una fina línea llena de tensión. Era perfectamente consciente de que podrían no gustarle las respuestas que encontrara.


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