Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 17 de junio de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO (Parte 6/6) - Ruinas blancas


          Soy Eluanne ar Enamayn y estas son mis notas de la batalla de Ossián.
          No he dormido en toda la noche. Tampoco lo he intentado. De hacerlo, no creo que hubiera podido conciliar el sueño. El estruendo de las murallas es terrible, por no mencionar los temblores.

          En lugar de dormir he estado ayudando a trasladar a los refugiados a las dependencias más lejanas del castillo. Me parece inútil hacerlo, cuando está claro que eso solo retrasará su muerte, pero es lo que el senescal ha ordenado.
          La gente está muy asustada. Saben que todo se acabará hoy. Saben que estamos condenados, es estúpido decirles lo contrario, y eso es precisamente lo que les estamos insinuando con el traslado. Que todavía hay tiempo, que tal vez el príncipe Selam logre llegar. No sé si hay alguien entre ellos que se lo haya creído o que piense eso siquiera. No creo que quede ya nadie así entre estos muros. No a estas alturas de la batalla. De la masacre, más bien. Nos están masacrando, lo llevan haciendo desde el principio, muralla a muralla, piedra a piedra.
          Me he negado a ir con ellos. Me niego a morir encerrada en una habitación, cazada como un conejo. Por muchas razones. Por orgullo. Eso es cierto. Porque nunca he sido de las que se esconden. Eso también es cierto. El senescal, obviamente, se ha opuesto a ello, pero no ha tenido la osadía de impedírmelo cuando le he dicho que deseo la misma muerte que mi padre ha tenido. He lamentado mentirle. Yselda ha decidido quedarse a mi lado. La quiero como a una hija por ello. Como a la hija que nunca tuve.
          Esa es otra de las razones de haberme quedado aquí. La maternidad.
          Mi pequeño Geren está con los demás. He ido a verle antes de dejarlo con su nana en el ala Norn y algo se ha roto en mi interior. Me he dado cuenta de que va a morir. No voy a poder salvar a mi hijito. Nadie puede hacerlo.
          Lo he acunado y besado y él ha reído. Me ha cogido el pelo y me ha abrazado y, durante un momento, no he deseado otra cosa en el mundo que morir allí, con él en mi regazo. Luego me he dado cuenta de que no podría soportar verle morir antes que yo. Y no creo que tampoco fuera bueno que lo último que mi pequeño viera fuera el cadáver de su madre.
          Antes he escrito que lo que estábamos haciendo con el traslado sólo retrasaría el final. Pues eso es lo que haremos. Eso es lo que haré. Cada minuto que nosotros resistamos, será un minuto más de vida que mi hijo tenga. Eso es algo por lo que merece la pena combatir, lo que merece la pena que de mi vida. Creo que es algo que toda madre desea.
          Todas las opciones que se nos presentan son malas. Todas las decisiones llevan al dolor. El único consuelo que me queda es que su hermano está lejos y a salvo. Él vivirá. Naudrun vivirá también. Rezo por ello. Rezo a los Dioses, que no han tenido misericordia con nosotros, porque la tengan con ellos, porque la tengan también con Geren y que su muerte sea rápida y sin sufrimiento.
          Han aparecido las primeras grietas en la muralla y comienzan a caer cascotes y polvo sobre el patio de armas. Termino mis notas aquí, porque voy a coger mi espada para salir a luchar junto a los demás. No creo que sobreviva, así que dejo este escrito como testimonio de lo ocurrido estos días en Ossián. Espero que sobreviva a mi muerte y que, quienquiera que encuentre este escrito, sepa cómo luchamos y cómo decidimos morir.

Eluanne ar Enamayn.

**********


          Acodada en las almenas del castillo de Ossián, Erish contempló la ciudadela en ruinas que se extendía ante ella, con sus edificios calcinados y el blanco teñido de gris y negro. Más allá, podía ver con claridad el boquete que Gerath y ella habían abierto en el lienzo de las murallas interiores y la ciudad que asomaba detrás. Antes todo era blanco y hermoso.
          «Ahora sólo es gris. Feo y gris. Y lo hemos causado nosotros.»
          Con un suspiro rebosante de cansancio y dolor, la helfshard bajó la vista hacia sus manos manchadas de lodo y cenizas. Le temblaban de modo incontrolable, al igual que las rodillas. Apenas era capaz de tenerse en pie, ni siquiera recostada como estaba contra las frías piedras. Estaba exhausta, no le quedaba un ápice de magia en el cuerpo. Durante los interminables cuatro días que había durado el ataque, ambos habían consumido no solo la magia que tenían en su interior, sino también toda la que almacenada durante el viaje en los cristales que llevaban consigo. El gasto de magia para traer al ejército a través de los túneles había sido ingente, sí, pero nada comparado con lo que habían hecho allí.
          «Nadie sabe lo cerca que hemos estado de no conseguirlo —reflexionó, mirando entre las largas pestañas, medio hipnotizada, cómo sus manos se sacudían—. Casi no nos llega para la última muralla. Solo quiero dormir.»
          Pero no era ese un placer que pudiera permitirse, no con el mensaje que había llegado la noche antes desde Nardis. Ya sabía que no iban a poder quedarse, que no iban a poder conservar aquella ciudad, ni asentarse en aquel castillo lleno de luz y de altas y blancas torres.
          «Es… era… es… tan hermoso. Podríamos haber reconstruido, hacer que volviera a ser hermoso.»
          Pero no iba a ser posible. Las nuevas órdenes les dejaban aún menos margen de maniobra que las anteriores. Tenían que partir de inmediato, esa misma mañana y, en vez de unirse a Org y seguir al prófugo, debían atajar por las llanuras de Lládhany y cortarle el paso en los lagos de Filsa. Cortarles el paso. Ahora eran cuatro, según las últimas noticias de Sadreg. Puede que cuatro Guerreros. Zaryll parecía convencido. Sadreg no estaba tan seguro, pero no estaba dispuesto a arriesgarse. Hasta les había proporcionado una vaga descripción de sus presas: dos jóvenes pelirrojos, un hombre de cabello castaño y ojos grises y otro moreno.
          Erish suspiró y alzó la vista hacia el encapotado cielo, donde las nubes eran arrastradas por un viento que ella no podía sentir. Esas no habían sido las únicas noticias inesperadas. Lhars estaba con Org. Esa escurridiza rata del clan Shays-har había desobedecido las órdenes de lady Seindra y había dejado el Sorn para unirse a la caza del prófugo. En otras circunstancias, se hubiera sentido indignada y profundamente molesta, pero ahora mismo necesitaban ese refuerzo mágico. Gerath y ella apenas podrían encender una luz en más de una semana y Lhure no los alcanzaría hasta dentro de casi dos. Eso en las mejores circunstancias.
          Con un escalofrío de cansancio trepándole por la espalda, la elfa se dio la vuelta y descendió de las murallas para reunirse con las tropas que pronto partirían de allí, no dejando tras de sí sino ruinas blancas.

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