Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 9 de junio de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO (Parte 5/6) - Ruinas blancas


          6 de Ethaín del año 2849 de la Era del Poder.

          Anoche el senescal dio la orden de trasladarnos, con todo lo que pudiéramos necesitar, a las salas más alejadas del ala Norn de palacio. Es aquí donde estamos ahora. En una de las habitaciones más grandes que hay al fondo hemos alojado a los heridos que antes estaban en la sala del trono, ellos son los que más protección necesitan.

          Todos estamos tensos y asustados, a la espera de que los elfos negros derriben la última muralla y se hagan con el control del castillo. Las pequeñas del templo de Tyrsha son las que mejor soportan esta tensión. Las veo sonreír desde donde escribo esto, sentadas en los camastros improvisados que hemos dispuesto en el suelo, pegados a las paredes. Ya no hay habitaciones, ni dependencias individuales, estamos juntos en esto, juntos en el final. Las pequeñas cuentan historias, ríen y hasta, de cuando en cuando, cantan con voces de cristal. Antes he visto las cicatrices que hay en sus brazos y piernas. No me ha hecho falta preguntar, sé lo que son: heridas recibidas durante los entrenamientos a los que se someten en el templo. Eso me ha hecho recordar por qué esas niñas, a tan temprana edad, parecen más duras que cualquiera de nosotros.
          Muchas de ellas duermen al lado de sus espadas, unas armas que a menudo son demasiado grandes para que sus menudos cuerpos puedan empuñarlas con facilidad; de hecho he visto cómo tenían que cargarlas con ambas manos para poder levantarlas. La cabecilla, una niña de apenas diez primaveras, me ha confesado que no es que sepan manejarlas demasiado bien, que por eso están aquí en lugar de ahí fuera, luchando junto a sus hermanas, pero que tenerlas a su lado las hace sentirse seguras. También me ha dicho que no dudarán en blandirlas para protegernos a los que no sabemos luchar. Que nos protegerán a todos, cuando sea necesario. He sentido ganas de llorar.
          Hemos alojado al resto de los niños de la ciudadela en las habitaciones más lejanas, las que casi se encaraman sobre las estribaciones de las montañas. Para llegar a ellos tendrán que pasar antes por encima de todos nosotros. Es lo mínimo que podíamos hacer.
          Ahora ya no sé qué más puedo contar en esta crónica. Nos han prohibido salir de palacio, más aún, nos han prohibido abandonar estas dependencias y, junto con esa prohibición, he quedado prácticamente ciega a lo que ocurre más allá de estas paredes.
          Lo único que sé, es que todavía se escucha cómo los hechiceros elfos intentan derribar nuestras últimas defensas, de modo que aún no está todo perdido. Las murallas aún aguantan, el suelo tiembla y el crujido de la piedra nos llega con claridad, incluso a estas alejadas dependencias. Tal vez sean impresiones mías, pero parece que a los elfos negros les está costando más derribar esta muralla que las anteriores. Eso, sin embargo, no hace que albergue más esperanzas que antes, ya he sido testigo durante todos estos días de lo que son capaces. Solo es cuestión de tiempo.
          Ni siquiera la noticia del regreso de su alteza real me sirve ya de consuelo. No creo que cambie nuestro destino. El príncipe está demasiado lejos, no llegará a tiempo. Aunque es bien cierto que esa noticia nos hizo sentirnos ayer a salvo durante unas pocas horas, el asalto a las murallas poco después acabó con esa falsa impresión. Sólo nos queda el miedo y la incertidumbre sobre cómo y cuándo acabará todo. Solo nos queda la espera.
          La espera es lo peor, así que he ido a hablar con la encargada de las cocinas. Ella junto con un grupo de sirvientes y de nobles está organizando lo que llaman la última defensa. Queremos morir bien llegado el momento, ha dicho el chambelán, sin que unas niñas tengan que protegernos.
          En eso no puedo sino estar de acuerdo con él. Somos nosotros, los adultos, los que debiéramos proteger a los niños, no al revés.
          Morir bien. No deja de ser curioso que ya no pensemos en sobrevivir, sino en cómo vamos a morir. Hemos hablado de amontonar los muebles contra las puertas, para entorpecer la entrada de los elfos cuando lleguen. De armarnos con cosas de la cocina y aguardar a que llegue el final. Armarme, yo, que no he manejado un cuchillo más allá de un plato de comida. Los trabajadores de las cocinas, al menos, saben cómo no cortarse un dedo con ellos. Pero algo tengo que hacer, aunque sea mostrarles mi apoyo en esto, si no en otra cosa.
          Una de las sirvientas se ha armado de valor y ha salido a buscar todo lo que pudiera cargar. La ha acompañado uno de los soldados que monta guardia en la entrada. Tras escuchar nuestra propuesta, ha decidido permitir que uno de nosotros saliera, pero escoltado. Por lo que pudiera pasar. Ellos también creen que en cualquier momento pueden caer las murallas.
          Otros de los que aguardan en estas salas no son tan valientes como esa muchacha y lloran abiertamente o bien en una esquina cuando creen que nadie puede verlos. Otros en cambio, gente mezquina que parece disfrutar provocando miedo a los demás, predicen que nos violarán y torturarán antes de matarnos cuando nos encuentren. Hasta se atreven a describir esas horrendas fantasías o deseos o miedos, aterrando más aún a los que ya estamos asustados. Creo que debieran callarse antes de que me acerque yo a obligarles a hacerlo. No es el momento de hacer cundir el pánico, de crispar los ánimos más de lo que ya lo están. Pero soy consciente de que, lo haga o no, no servirá de nada, no arreglará las cosas, no solucionará nada. Hasta podría empeorar la situación. No soy más que una anciana escriba, ¿qué poder de convicción puedo tener yo sobre esos alborotadores? Tengo miedo de que si yo, o cualquier otro, intervenimos puedan llegar a formarse dos bandos. Dos bandos llenos de miedo. Podríamos llegar a matarnos entre nosotros antes siquiera de que esos elfos llamen a nuestra puerta.
          Yo no creo que lo que dicen sea cierto. Creo que, cuando lleguen, se limitarán a matarnos. Rezo por ello a cualquier Dios que quiera escucharnos en este momento de necesidad. Pero otros parecen créelo. He oído a una jovencita de una casa noble decir que ella antes se suicidaría que dejar que un elfo negro la tocara. Me ha dado miedo y pena ver cómo el grupo de muchachas jóvenes como ella con el que hablaba, asentía dándole la razón.
          La sirvienta que ha salido a por armas ha vuelto de las cocinas. Ha traído todo lo que ha podido y lo hemos repartido entre todos. Incluso entre los alborotadores, incluso entre las jóvenes que antes hablaban de morir. Todo el mundo tiene derecho a elegir su propia muerte.
          El soldado que la ha acompañado y ella nos han contado que las murallas todavía resisten, pero que los soldados de ahí fuera están aterrados. Los pocos que quedan vivos. Ahora los dirige el senescal, tras la muerte de Goder ayer defendiendo la ciudadela. Nadie se asoma ya a los adarves. Aguardan al pie de las murallas, justo ante el lugar que están atacando desde el otro lado. Creen que la Academia todavía no ha caído. Los clérigos de Elysis cerraron sus puertas ayer antes que nosotros, cuando la situación se volvió peligrosa en esa zona de la ciudadela. Pero la verdad es que no tienen noticias de lo que ocurre allí. Lo suponen, lo creen, pero no tienen certeza alguna.
          Un horrible estruendo, que ha hecho temblar las ventanas y vibrar el suelo, acaba de dejarnos a todos en silencio. Algunos cristales se han roto. Hay gente que se ha caído. Creo que finalmente han derribado las murallas. Se acerca el final. Los soldados de palacio que protegían nuestras puertas han ido a informarse y, antes de irse, han dado la orden de que nos encerráramos aquí dentro. Hemos empezado a amontonar los muebles contra las puertas y ventanas. Apenas hay luz para que pueda seguir escribiendo. Ha pasado el mediodía y el sol no tardará en descender. Muy pronto habrá que encender las velas que tenemos con nosotros.
          Se escuchan ruidos fuera, lejos aún. Parecen combates.
          Tengo miedo. Duerean está sentado a mi lado y me aferra la mano libre. Tiembla como yo.
          El sol comienza a ponerse.

Shirlach, Maestre de los escribas del palacio de Ossián.


          Amado Ilger.
          No sabéis cuánto lo siento, cuánto lamento lo que tengo que contaros. He tomado una decisión muy difícil y debido a ella no creo que vuelva a veros. Así pues, ésta es mi carta despedida. El pecho me duele y tengo muchas ganas de llorar, Ilger, pero no creo que la persona que soy ahora hubiera podido decidir otra cosa. Creo que es la primera vez que decido algo que hará bien a los demás y no sólo a nosotros, a ti y a mí. Creo que es la decisión correcta, aunque no vaya a veros nunca más.
          No sé cómo escribirlo. No sé tampoco si lo leeréis. He tirado ya varias cartas al fuego porque no encontraba las palabras. He dejado las otras que os he escrito estos días ordenadas encima de esta misma mesa. Cuando acabe esta la dejaré junto a las demás. Os amo, Ilger, ante todo tened eso presente.
          Ayer, antes de que todo se pusiera mal, tuve la oportunidad de ir a palacio cuando las cosas se complicaron en la ciudadela. Los clérigos me dijeron que mi lugar estaba allí, con el resto de las mujeres nobles.
          No sé por qué, pero esas palabras me hicieron sentir miserable y pequeña. Quería ir, quería ponerme a salvo junto a las demás, ver a Eluanne de nuevo y refugiarme con ella. Pero también me hicieron sentir muy furiosa. Les he estado ayudando desde que todo empezó y ahora querían que me fuera, dejándolos a ellos aquí a cargo de los heridos. Querían que los abandonara. He aprendido mucho de ellos. He hecho cosas que nunca creí que pudiera hacer. He cambiado. Creo que he cambiado. Me gustaría pensar que he cambiado, aunque sea solo un poco. Quiero pensar que, gracias a todo lo que ha pasado, soy más valiente. Así que les dije que no, que me quedaría con ellos hasta el final, que quería seguir ayudando. Estaba furiosa de verdad. Les grité. Sé que solo querían que no me pasara nada, pero no me parecía justo. Hay otras personas que ayudaban aquí que también se han querido quedar, no he sido la única.
          Esa ha sido mi decisión, Ilger. He decidido quedarme aquí, con los elfos negros intentando derribar las puertas de la Academia. Ahora tienen el control de la ciudadela y atacan también las murallas del castillo, pero ahí usan la magia; aquí sólo un ariete. Llevan intentando derribar nuestras puertas desde el amanecer.
          Anoche descubrieron que es aquí donde curamos a la gente y donde están los clérigos de Elysis. Cerramos los portones y esperamos. La noche ha sido tranquila, porque no podían entrar y ya no teníamos tanto trabajo. No podíamos hacer mucho por los heridos graves y los demás estaban fuera de peligro. He dormido lo que he podido porque el suelo tiembla mucho cada vez que los magos atacan las murallas. El ruido es espantoso y muy fuerte. Parecen truenos.
          Os hecho tanto de menos. No sabéis cuánto deseo que estéis aquí, a mi lado, abrazándome y diciéndome que todo va a ir bien, que no va a pasar nada. Aunque todo fueran mentiras. Hoy me gustaría creer que todo lo que está pasando no es verdad. Pero lo es. Tengo miedo de morir.
          Nos van a matar a todos, Ilger. Entrarán y nos matarán a todos con sus espadas y sus arcos, y vos no estáis aquí y no podré besaros ni veros nunca más. No tienen piedad, lo sé, he visto demasiadas veces lo que les hacen a los nuestros para creer lo contrario. Todo va a terminar y yo voy a morir aquí, pero no me arrepiento de mi decisión. Sólo me arrepiento de perderos. O de que me perdáis, más bien, del daño que voy a haceros.
          No me entendáis mal. No quiero morir y me gustaría vivir, pero el palacio tampoco va a resistir mucho más. Igual aguanta más que nosotros, pero no creo que las murallas sigan enteras mañana. De modo que prefiero morir aquí, siendo de ayuda a los heridos, que allí, escondida en un rincón.
          Sigo llorando aunque ayer dije que no lo haría, pero ya no me da vergüenza porque todos lo hacen. Hasta los sanadores más fuertes lloran delante de los demás. Tienen miedo. Los soldados que atendemos también tienen miedo.
          Algunos de los heridos han pedido que los matemos antes de que entren los elfos. No quieren que los torturen. Yo no sé qué más les pueden hacer que no les hayan hecho ya, cuando les faltan manos u ojos, o tienen cortes tan feos en la cara que se les ve el hueso de debajo. O cuando están tan mal que deliran de las fiebres y sus heridas huelen a podrido.
          Uno de los clérigos está haciendo lo que le piden. Uno. Los otros no tienen valor, o no pueden, o solo están tan asustados que ya no se atreven a hacer nada. Tal vez no quieran matar, sino salvar vidas. Pero esos soldados morirán de un modo u otro. Así que ¿por qué no hacer que mueran ahora sin dolor si eso es lo que quieren? Mejor a nuestras manos que a las de los elfos negros.
          Ilger, puede que vos no penséis igual, pero no habéis visto lo que yo he visto estos días, no habéis hablado con esos soldados. No habéis visto sus ojos cuando lo piden. Así que estoy ayudando a ese sanador. Les damos una infusión muy fuerte y se duermen. Luego dejan de respirar. Yo me quedo a su lado hasta que eso pasa y luego los tapamos. Ya no nos molestamos en llevarlos al patio de atrás, no merece la pena. No sé si les duele o no.
          Un sanador se ha suicidado en las cocinas. Se ha cortado las venas con uno de los cuchillos de operar y lo hemos encontrado en un charco de sangre. Otro se ha colgado desde el tejado de uno de los edificios que nos hacen de muralla. Una mujer que estaba herida ha saltado también y se ha matado. No sé por qué ninguno de ellos nos ha pedido la infusión. Los elfos negros han jugado con el sanador que se ha colgado como si fuera una diana. Ha sido horrible hasta que han logrado cortar la cuerda y dejarle caer. Al menos ya estaba muerto cuando han empezado a disparar. El clérigo que ha venido a contármelo y a llorar era su amigo.
          Yo no puedo quitarme así la vida, Ilger. No puedo. Tengo un cuchillo que he robado de una de las salas de operar encima de la mesa. Lo he intentado, pero las manos me temblaban demasiado. Puede que entienda un poco a la mujer que ha saltado, después de todo. Me daba vergüenza pedir que alguien lo hiciera por mí. Pensaba que quería morir antes de que los elfos negros entraran, pero quiero vivir. Aunque sé que no lo haré.
          Os ruego me perdonéis por el daño que os hago y por no poder vivir.
          Acaba de venir corriendo un joven aprendiz. Han echado las puertas abajo, ese es el ruido que se ha escuchado hace un momento. Hay gritos en los pasillos. Creo que ya vienen. Voy a salir a afrontarlo junto a los demás, así es como hemos decidido hacerlo. Nos vamos a reunir en el comedor de la Academia, donde hemos puesto a la mayoría de los heridos. No hay esperanza, pero seré fuerte hasta el final.
          Recordad que os amo, Ilger, y que siempre os he amado. Desde el día en que nos conocimos en los jardines, hasta el momento de mi muerte.

Elemaine ar Lunn.



1 comentario:

  1. Te contacto de Extinta e-ditores. Estamos en Celsius en Avilés y nos has dejado una tarjeta. Te invitamos a enviarnos un manuscrito a info@extinta.es y si estás por aquí en Avilés ven a vernos

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