Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 2 de junio de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO (Parte 4/6) - Ruinas blancas


          Soy Eluanne ar Enamayn y estas son mis notas de la batalla de Ossián.
          Desde que los elfos negros entraran ayer en la ciudadela, tras abrir la brecha en la muralla, parece que todo se haya perdido. Hace unas horas han incendiado la biblioteca de Arey y, junto con ella, todo el barrio Orn, con sus jardines y mansiones. Afortunadamente, antes de eso, mi padre ha logrado evacuar a muchas de las familias que vivían allí, pero no a todas. Neureen y sus hijos han muerto. Me lo han contado los refugiados que han escapado a tiempo y han llegado a salvo al castillo.

          Sé que Neureen era muy anciana y que se ha negado a abandonar su casa. Sus hijos se han tenido que quedar con ella, junto al resto de la familia, salvo los más pequeños, que padre logró traer ayer aquí, a palacio, y que ahora están con los demás niños. Nadie les ha dicho nada aún. Nadie ha tenido el valor de hacerlo. No ha habido supervivientes en su mansión. Lo que sí ha habido ha sido demasiado orgullo y poco miedo.
          Una parte de mí, una parte pequeña, fría y mezquina, piensa que su destino servirá de ejemplo a otras familias que estén pensando en hacer lo mismo, que las disuadirá de quedarse fuera. Sin embargo, saber que no hay huída posible, que nuestros atacantes ganan terreno a cada hora que pasa y que no somos capaces de detenerlos… Sé que todo eso hará que otros tomen la misma decisión que Neureen, en lugar de buscar refugio aquí dentro. Seguro que piensan que, de ir a morir, al menos pueden hacerlo en su propia casa. Es algo sobre lo que al menos tienen elección.
          Otra parte de mí, la más asustada, la más compasiva, la que está viendo las caras de los refugiados cuando entran por las puertas, puede comprenderles.
          Sin embargo, pese a estar asustada, me niego a perder la esperanza. Me niego a rendirme. Aunque ya sé que no todos son como yo. Es algo que debo respetar. Pero es algo que me cuesta hacer. Me tengo que esforzar por recordar que no todo el mundo ha sido capaz de encontrar la fuerza y el valor que tiene dentro, como le ha pasado a la joven Yselda. Hace dos días era una niña aterrada, ahora es una mujer. O como Elemaine, que trabaja sin descanso en la Academia. No sé de ella desde ayer. Espero que esté bien.
          Con la lluvia que finalmente ha sofocado los incendios de la ciudad, y con los combates extendiéndose poco a poco de Orn a Eorn, ha comenzado a llegar mucha más gente a las puertas de las murallas. Estoy organizando a los refugiados lo mejor que puedo en las habitaciones del castillo. Sé que pronto nos quedaremos sin espacio y tendré que acomodarlos en las salas y en los pasillos. No estarán cómodos, pero tendrán un lugar en el que dormir. Los que llegan están muy asustados y se quedan sentados en sus catres, en las sillas que pueden encontrar, o en el mismo suelo, mirando a la nada. Algunos se han ofrecido a ayudar, e Yselda les ha dado trabajo. Ahora cuidan de los niños o de los ancianos, junto a las estudiantes del templo de Tyrsha. También ayudan a organizar los turnos de las comidas. Los sirvientes de las casas han acudido junto con sus señores. Ahora trabajan en los pabellones de curación que hemos habilitado en los patios o bien en las cocinas. Todo el que puede o quiere ayudar, tiene una tarea de la que ocuparse. Trabajar les ayuda a no pensar en lo que ocurre fuera de estas murallas y en lo que podría estar por venir.
          Acaban de traer a unos soldados heridos que no pueden ser atendidos en la Academia por falta de espacio. Los compañeros que llevaban las angarillas, han parado un momento junto a mi mesa antes de volver a sus puestos. Tenían la ropa manchada de sangre y parecían al borde del desmayo.
          Dicen que la situación en las calles no es buena ahora mismo. Se están desmoralizando. Los elfos negros han dejado de usar su magia pero, pese a todo, no ha habido mejora alguna en nuestra situación. Pensábamos que así sería y, una vez más, nos engañamos a nosotros mismos. La verdad es que, tal y como están las cosas, aunque no usen su magia, son demasiados para que podamos derrotarles. Tenemos miedo y estamos desmoralizados. Lo peor de todo es que, junto con la moral, tras ver la rapidez con la que han logrado invadir nuestra ciudad, hemos perdido gran parte de nuestra fuerza.
          Al fin han logrado estimar su número. Son unos tres mil guerreros elfos que parecen desconocer el cansancio, mientras que los nuestros se agotan y flaquean cada vez más. Ellos, en cambio, siguen avanzando, fuertes como el primer día.
          He visto la desolación en los rostros de esos chicos antes de que salieran por las puertas. He visto su miedo a volver allí y aun así han vuelto. Estamos perdiendo y lo saben. Me ha dado la impresión de que sólo quieren elegir su forma de morir. Como Neureen. Puede que, al final, todo se reduzca a eso.
          También me han contado que hay saqueadores en la ciudadela. Se trata de la gente que dejamos a su suerte cuando cerramos las puertas de la muralla interior. Ahora entran por la brecha abierta por los elfos negros. Se arriesgan a una muerte casi segura por un puñado de riquezas que de nada les servirán si no ganamos esta batalla. Estoy casi segura que se trata más de desesperación que de codicia, pero podría estar equivocada, no me engaño pensando que todo habitante de Ossián sea recto y justo.
          Otro soldado creía que era probable que, a estas alturas, los que aún siguen vivos ahí fuera hubieran abierto las puertas exteriores y que muchos de ellos estuvieran huyendo en estos momentos de la capital. La ciudad debe estar sumida en el caos y la barbarie. La ley del más fuerte. Mata si no quieres que te maten. Roba para poder seguir adelante, para vivir, para comer. Huye. Pero ¿quién les va a culpar? Es probable que estemos condenados. Si han sobrevivido tras estos dos horribles días, ya casi tres, es lógico que piensen en seguir haciéndolo. Ellos, al menos, pueden escapar. Nosotros estamos cercados.
          Mi padre ha muerto.
          Intentando impedir que los elfos accedieran a la avenida principal. Los han masacrado a todos. A él y a sus hombres. Han rebasado a la pequeña guarnición situada en las calles laterales y los han sorprendido por el flanco. Maniobra de pinza.
          Ni siquiera he visto su cuerpo.
          No le he visto morir.
       Ha habido testigos de su caída desde las murallas. Los soldados que había en el adarve en esos momentos no han podido reaccionar ni enviar a nadie a reforzar su flanco o proteger su retaguardia.
          Su sangre en las rocas.
          Hemos sido derrotados. Han tocado a retirada y han cerrado las puertas de palacio. Yselda trata de consolarme, de obligarme a comer o a descansar. Pero ni tengo hambre, ni estoy cansada. No hay consuelo para mí. No hay salvación. Salvo que los mismos Dioses alcen su mano para protegernos y maten a todos los elfos malnacidos que nos atacan.
          El senescal ha venido a darme el pésame. A decirme cuanto valía mi padre. Yo le he dicho que valía tanto como cada uno de los hombres que han caído a su lado.
          Al final he dormido algo, pero las pesadillas no me han dejado descansar. Yselda ha venido corriendo a despertarme y, pese al cansancio, no podría estarle más agradecida a esa maravillosa muchacha. ¡Por fin llegan buenas noticias! ¡Dioses benditos! ¡Nuestras oraciones han sido escuchadas! El príncipe Selam está de camino. Una paloma acaba de llegar a palacio. Solo tenemos que resistir unos pocos días hasta que llegue. Dos o tres días a lo sumo y estaremos salvados. Vienen sin provisiones, vienen forzando la marcha. Gritos de alegría y esperanza llenan las murallas. Escucho a la gente reír a mi espalda mientras corre a dar la noticia al interior del castillo.
          No servirá de nada. Una vez más se ven truncadas nuestras esperanzas.
          Sus magos vuelven a atacar las murallas. La última defensa que se interpone entre nosotros y ellos. Han evacuado los patios. Se vuelve a escuchar el crujido de la piedra al partirse.
          Ossián está perdida.

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