Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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viernes, 30 de mayo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO (Parte 3/6) - Ruinas blancas


          Amado Ilger.
          Creo que ya no puedo aguantarlo más. Estoy cansada, tengo tanto miedo que me tiemblan las manos y todo va cada vez peor. Pasan las horas y nada mejora. Ya casi no salvamos a nadie. Mueren y mueren. Esta noche no he dormido porque han seguido atacándonos y ya no puedo soportarlo. Ayer, creo que fue ayer, ya no lo sé, os decía que lo que esa magia de los elfos hacía a los soldados era feo. No había visto lo suficiente. Ahora mueren más. Muchos más. No sólo soldados. Llega mucha gente herida, toda la que no logró ponerse a salvo ayer. El barrio Orn se ha evacuado casi entero antes del incendio, pero antes de eso los elfos ya estaban matando gente. Al menos ya no está todo ardiendo porque ha llovido. Pero nos llegan cada vez más heridos y somos pocos y no dejan de llegar más y más todo el rato.

          Han traído gente quemada. También aplastada. Gente sin piernas o sin ojos. O sin media cara. Había un bebé que llegó ayer muerto porque no tenía medio cuerpo y su madre lloraba y lloraba pidiendo que lo salváramos. Tuve que consolarla, pero no podía apartar los ojos del bebé. Solo se lo pude quitar cuando casi se desmaya. Se lo dejé a una sanadora que se lo llevó a la parte de atrás, donde dejamos los cadáveres. No sé dónde está ahora esa pobre mujer, le di una infusión para dormirla y me fui a llorar al sitio donde tenemos las vendas. Ya no puedo dejar de llorar. Todo el rato.
          Luego están las pobres niñas de Tyrsha. Las sacerdotisas que os contaba habían ido a luchar. ¡Son tan jóvenes, Ilger! ¡Eran tan jóvenes! He visto morir a tres o a cinco, ya no lo sé. Una lloraba sin parar y se ha muerto esta mañana porque no han podido coserle las tripas. Le ardía la piel porque tenía la fiebre de la sangre y los sanadores la han dado por perdida desde que ha entrado. Así que me he quedado a su lado hasta que ha dejado de llorar. Después se ha muerto. Se ha quedado fría y quieta y yo me he alegrado, Ilger. Me he alegrado y me he sentido sucia y malvada por eso. Pero ya no le dolía y había dejado de sufrir.
          He venido aquí a esconderme porque no quiero que me vean llorar, ni los clérigos ni los heridos. En la zona de las vendas me veían y me oían porque está cerca de donde están las camas.
          Ahora también ayudo en las operaciones. Los clérigos ya no tienen fuerzas y no usan casi la magia, así que necesitan que les ayudemos con lo demás. Pero ya no podemos con todos, estamos enviando a muchos a palacio. Otros muchos mueren antes de que hagamos eso. Mueren esperando en los pasillos, en el suelo. También mueren aunque les intentemos curar. Y los sanadores no dejan de intentarlo, aunque mueran, aunque se les mueran en las manos. Siguen cosiendo, vendando y dándoles cosas con las que les quitan un poco el dolor, o con las que los duermen hasta que se mueren.
          Los que después de estar aquí pueden luchar, vuelven a las calles con brazos vendados o con otras heridas que no hemos podido curar del todo.
          Algunos de esos soldados vuelven a veces peor, o ya muertos, o no vuelven nunca.
          Ilger, os juro que me cuesta entenderlo. Esos sacerdotes se esfuerzan tanto, dan tanto de sí mismos, que caen agotados en el suelo o hasta enfermos. Siguen curando cuando está claro que no vamos a sobrevivir, que los elfos nos van a matar a todos. No puedo entenderlo. Los heridos llegan uno tras otro a la Academia y los clérigos los atienden uno tras otros y hacen todo lo que pueden. Yo les ayudo y veo cómo trabajan y cómo los heridos mueren y cómo se acumulan en la parte de atrás. Empiezan a oler, ¿sabéis? Yo ayudo vendando y cosiendo y hablándoles hasta que se mueren. Sostengo sus manos hasta que se quedan frías. Luego los tapo con sábanas y pido a alguien que se los lleve. Luego todo vuelve a empezar. Salvamos a algunos. Y cuando los veo vivos pienso en los muertos que ya no sufren y parece que ya no puedo alegrarme de que estén vivos.
          Así que le he preguntado al sanador al que suelo ayudar por qué lo hacen, cómo lo soportan y cómo es que no se rinden si todo está perdido ahí fuera.
          Lo que me ha dicho me ha hecho pensar, aunque sigo sin entenderlo del todo. Creo que si pienso más en ello podría ver las cosas de otra forma, pero estoy demasiado cansada. Me ha dicho que no pueden dejar de curar cuando todavía hay esperanza. Que la vida es lo único importante, que mientras haya vida, todavía hay esperanza. Así que, con cada vida que él salva, logra que haya un poco más de esperanza en el mundo.
          ¡Es tan valiente, Ilger! Todos lo son, no como yo. Hasta esas niñas de Tyrsha son más valientes que yo. Me siento todo el rato pequeña y cobarde y no quiero sentirme así. Quiero dejar de llorar y de que me tiemblen las manos. Ser tan fuerte como los demás. Así que voy a volver ahí, a seguir ayudando a los clérigos de Elysis en todo lo que pueda, hasta que llegue el final. Sea el que sea. No voy a llorar aunque me muera de ganas de hacerlo y no voy a gritar aunque el pecho me duela por dentro.
          Porque no quiero ser débil nunca más, Ilger.
          Os decía al inicio de esta carta que ya no podía soportarlo, pero voy a hacerlo. Lo voy a hacer por todos los que me necesitan, por todos los que necesitan que sea fuerte. Porque yo también quiero creer que cada vida que salvamos hace que haya más esperanza en el mundo. Quiero creerlo.
          Tengo que volver a ayudarles, Ilger, oigo que me llaman desde el pasillo. Eso es que vienen más heridos. Recordad que os amo. Espero volver a escribiros pronto.

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