Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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viernes, 23 de mayo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO (Parte 2/6) - Ruinas blancas


          5 de Ethaín del año 2849 de la Era del Poder.

          Esta mañana los elfos negros han incendiado la biblioteca de Arey. He suplicado, le he rogado al senescal, que nos permitiera a mis chicos y a mi salir del castillo a intentar salvar todo lo que pudiera ser salvado. No lo ha permitido. La biblioteca ha estado ardiendo durante horas, y hemos contemplado cómo las almenas se recortaban contra el humo y las llamas desde el patio de armas de palacio, mientras mi corazón se partía. El buen senescal tampoco nos ha permitido subir al camino de ronda a llorar la destrucción de lo que más amamos. Las murallas ya no son seguras. No con los combates que tienen lugar desde anoche en las calles de la ciudadela. De modo que hemos vuelto a nuestros quehaceres, en mi caso, a esta narración.
          Apenas me llega información alguna de lo que ocurre fuera para poder escribir esta crónica, sólo sé que ninguno de esos combates, ninguna resistencia, ha logrado impedir el incendio de la biblioteca.
          Se ha perdido tanto conocimiento, han quedado destruidos tantos pergaminos y tantos manuscritos, que nunca volverán a recuperarse, que sólo de pensar en ello me siento desfallecer. Empiezo a pensar que soy demasiado anciana para soportar tanto dolor.
          No hemos logrado proteger la ciudad. Cientos, miles de personas, habrán muerto a estas alturas a manos de los elfos, en los incendios o fruto del veneno que echaron en los pozos. Ahora hemos perdido también la biblioteca. No hemos podido preservar siquiera el mayor templo del conocimiento del reino. Me siento inútil y vieja, aquí encerrada, esperando noticias y sin poder hacer otra cosa que escribir mis sombríos pensamientos. Siento como si toda mi vida no hubiera sido sino un fracaso. ¿De qué sirve dejar constancia de los hechos históricos que nos toca vivir, copiar manuscritos para que su contenido pueda conservarse, si no conseguimos salvar su santuario? No me atrevo siquiera a estimar el valor de lo que se ha perdido.
          Afortunadamente, no lo hemos perdido todo. Al fin ha empezado a llover. He sorprendido hace un rato al joven Duerean llorando de felicidad y agradecimiento, mientras miraba cómo el agua escurría por los cristales de las ventanas. Se ha girado con expresión culpable, como si no me hubiera sorprendido él a mí en la misma situación muchas otras veces. La misericordia que no mostró ayer Moses con Tyrsha, la ha mostrado hoy con su otra hermana. Sin duda podemos estarle agradecidos, aunque no sepamos todavía si la tan esperada lluvia ha llegado a tiempo de apagar el incendio antes de que perdiéramos toda la biblioteca. Si estamos vivos cuando todo esto acabe, veremos qué se ha salvado de las llamas y qué ha sobrevivido también al agua.
          Gracias a los Dioses, los fuegos que aún ardían en el resto de la ciudad también se han apagado, pero no sin que antes perdiéramos cerca de un tercio de Ossián.
          El único consuelo que nos queda a nosotros, los escribas, es que la biblioteca de palacio aún se conserva. Es pequeña, y carece de las grandes joyas que había en la de Arey, pero de algo habrá que partir cuando llegue el momento de la reconstrucción. Si es que llega.
          No sé si estamos perdiendo o ganando la batalla de Ossián. He oído a la gente que se ha refugiado en palacio empezar a llamarla así, de modo que yo también haré referencia a ella de este modo de ahora en adelante. En estos momentos las noticias son confusas, salpicadas de rumores y de miedo. Sé que la Academia aún resiste. Tiene sus propias murallas, formadas por los edificios de los barracones, y sus propias puertas de acceso. Es casi como una fortaleza dentro de la propia ciudadela.
          También sé que los elfos negros han dejado de usar su magia contra nosotros. No se ha vuelto a escuchar ese horrible sonido desde que ayer cayera la muralla interior.
          El palacio está inundado de refugiados. Sus testimonios son casi la única fuente que tengo para esta crónica en estos momentos. Hablan de pánico en las calles, del olor a humo en todas partes y de la ceniza que cae del cielo como lluvia. De gente huyendo y siendo pisoteada en los intentos por escapar. De soldados que se enfrentan a seres de pesadilla que se mueven con la rapidez del viento. En la mayoría de los casos, son historias compuestas más de miedos y de leyendas, que de hechos reales. Pero eso también merece ser copiado. Algunos de mis muchachos se están encargando de ello.
          Aún no han cerrado las puertas de la muralla interior y sigue llegando gente en busca de protección. Tampoco han sonado aún los cuernos ordenando las retiradas de las tropas que combaten en la ciudadela, pero no creo que eso tarde demasiado en ocurrir.
          El hermano de una de las doncellas de la reina es soldado de palacio y está destinado en las murallas. Hace un rato ha venido a hablar con ella tras el cambio de guardia. Dice que ahí fuera se está resistiendo calle por calle, casa por casa, pero que los elfos negros no dejan de ganar terreno. Según él, no es mucho lo que se distingue desde las murallas debido a la lluvia, pero dice haber visto elfos en los patios de algunas de las mansiones, saqueando o matando a los que no han querido refugiarse intramuros. Sovaen me ha dicho que, tanto su hermano como los demás, tienen miedo. Miedo de que los elfos lleguen a las murallas del castillo. Miedo de tener que luchar contra esas criaturas que no parecen detenerse ante nada ni nadie, infatigables, poderosas y mortales.
          El pobre muchacho y sus compañeros no son los únicos asustados. Puedo ver el creciente temor en los ojos de la gente refugiada en palacio. Asoma a sus miradas. Lo noto en sus susurros cada vez que nos reunimos en las cocinas o en los comedores o en los mismos patios. Lo veo en los ataques de llanto de los sirvientes o de las mujeres de las casas nobles.
          Las únicas que parecen conservar la calma y la presencia de ánimo en esta hora de pesar, son las pequeñas del templo de Tyrsha que tenemos con nosotros. Esas jovencitas entretienen a los más pequeños, les cuentan historias y hasta se animan a cantar. Ayudan también en la cocina o bien a los sanadores de palacio, que ya comienzan a prepararse para cuando su ayuda sea necesaria.
          Creo que esas chiquillas nos proporcionan valor y esperanza, cuando no parece que vayamos a encontrarla en ninguna otra parte.
          No a todo el mundo, sin embargo.
          Sé de un grupo que ha intentado huir por la puerta de las lavanderas que da al río. No han podido soportar más esta tensa espera hasta que llegue el final. No creen, yo tampoco lo hago, que el príncipe Selam vaya a volver a tiempo de detener esta barbarie. Antes de irse, han estado sembrando el miedo y el descontento entre la gente, incitándola a salir por el río. Muchos estaban demasiado asustados como para ir con ellos, pero otros han escuchado sus palabras. Otros los han llamado cobardes por querer escapar. Algunos de mis conocidos de palacio les han seguido, aprovechando que el senescal estaba en los patios, organizando una salida extramuros con avituallamiento para nuestros soldados.
          Uno de ellos es uno de mis chicos. Ha venido a comunicarme su decisión con vergüenza en el rostro.
Esta es la situación a la que hemos llegado. A avergonzarnos por tener tanto miedo que no deseamos salvo huir, por muy difícil que nos vaya a resultar o por muy pocas posibilidades que tengamos de salir con vida. Hemos llegado al extremo de llamar cobardes a los que tienen miedo y toman esas difíciles decisiones. A mirarles por encima del hombre solo porque nosotros hemos tomado otra decisión, porque aún conservamos algo de esperanza. O, como es mi caso, porque tenemos más miedo de lo que podamos encontrarnos ahí fuera, de lo que pueda pasarnos aquí dentro.
          Sentada aquí, ahora, en la soledad de mi estudio, cuando hace ya horas que Eulean se ha ido, me pregunto quién de todos nosotros ha mostrado más valor.
          No hemos vuelto a saber de ellos.
          El senescal ha vuelto al poco de que marcharan, alertado por una de las mozas de cocina. Ha ordenado sellar esa puerta y todo el pasillo que lleva hasta el río. No para impedir que los que quedamos aquí sigamos sus pasos, sino para evitar que cualquiera que los haya visto pueda llegar a nosotros. También podrían capturarles y torturarles para obtener esa información, y bien sé que Eulean no soporta el dolor. Me estremezco de sólo pensar en ello.
          El buen senescal ha venido luego a hablar un poco conmigo y ha querido leer esta crónica, fruto de mis pensamientos y temores. Me ha preguntado si no estaré siendo demasiado personal, comparándome con otros escritos históricos que narran hechos similares y que se conservaban en la biblioteca de Arey. La verdad es que no he sabido qué responderle. Tenía ojeras y estaba agotado y se ha disculpado de inmediato. Luego ha vuelto a los patios. Yo me he quedado pensando largo rato en sus palabras.
          Es cierto que no estoy narrando como lo hace un cronista, pero también me pregunto cuántos de ellos escribieron sus obras durante los mismos hechos que registraban o tan cerca de ellos como yo me encuentro, y cuántos lo hicieron meses o años después. Puede que nunca lo sepa, ahora que la biblioteca ha sido destruida casi por completo. Puede que yo misma no sobreviva a esta crónica.
          El senescal cree que Ossián está perdida y que, si el príncipe no llega pronto, no encontrará salvo ruinas y cenizas a su regreso. Parece que él también ha perdido la esperanza. Sin embargo, me ha dicho, ese no es motivo suficiente para dejar de resistir, para dejar de luchar hasta nuestro último aliento. No tenemos nada más.
          La ceniza que había en el aire ha caído junto con la lluvia. La parte de la ciudad que veo desde mi ventana ya no es blanca, sino gris, del color del cielo. Gris como mis esperanzas.
          La cifra de muertos y heridos que me ha dado el senescal es aterradora. Duerean está transcribiendo sus nombres en un pequeño libro, de este modo quedará constancia de los que han dado su vida por la nuestra. La Academia está desbordada y hace ya horas que hemos empezado a atender a los soldados en el castillo. Los pabellones de los patios están llenos y ahora están trasladándo a los heridos a la sala del trono. Me he acercado a ser testigo de lo que ocurre con mis propios ojos, para luego incorporarlo a esta crónica, pero el olor a sangre y a otras cosas me ha mareado tanto que he tenido que volver.
          Acaban de dar la orden de cerrar las puertas de palacio. La ciudadela se ha perdido. Aún sin el apoyo de sus magos, no hemos podido detener a los elfos negros. Le he preguntado al senescal si cree que habremos matado hoy a esos hechiceros, pero me ha dicho que no es probable. Que cree, al igual que Goder creía, que están reservando sus fuerzas, su magia, para cuando tengan que asaltar las murallas, nuestra última defensa. Puede que ocurra pronto.
          Siento que ya no nos queda esperanza.

Shirlach, Maestre de los escribas del palacio de Ossián.



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