Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 7 de abril de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO (Parte 1/6) - Sangre en las rocas


3 de Ethaín del año 2849 de la Era del Poder.

          Si el retumbar de la tierra y el escalofriante sonido de la piedra al partirse no me hubiera despertado, lo habrían hecho, sin duda, los nueve toques de alarma de todos los cuernos de Ossián. Primero han sonado los de la muralla Orn, pero la noticia no ha tardado en extenderse de puesto de guardia en puesto de guardia por toda la ciudad, como las hondas que crea una piedra al caer en un estanque. Creo que hasta ha hecho vibrar las calles. Tendría que haber estado muerta, y ser sorda, para no haberme despertado, y no estoy del todo segura de que los muertos de las criptas de palacio no se estén revolviendo en sus sepulcros ahora mismo.


          De forma inexplicable, los elfos negros han llegado a Ossián. Al mismo corazón del reino.
          Atacan la ciudad.
          He subido a las murallas de palacio, a pasear por el camino de ronda con los soldados del castillo, pero no he visto nada. Me han dicho que aún están lejos, que todavía no han franqueado la muralla exterior de la ciudad y mucho menos llegado a la interior.
          Es difícil creer que estén aquí, cuando hace tan sólo cuatro días su Alteza Real, el príncipe Selam, partía de Ossián para reunirse con su Majestad en el Norn. De sobras es conocido ahora mismo en el castillo que, a su partida, había noticias de tropas enemigas en la Región de los Mil Lagos. Pero es imposible que hayan recorrido tanta distancia en tan poco tiempo y que no hayan llegado noticias desde Lecig del paso de un contingente de estas características. No puede tratarse de las mismas tropas. Es imposible. Pero también considerábamos imposible, hasta esta misma mañana, que los elfos negros aparecieran a las puertas de Ossián, como salidos de la nada. ¿Se librará ahora la guerra en el Norn o será aquí donde todo ocurra? Estamos casi indefensos. Según me cuenta el senescal, no tendríamos soldados suficientes para proteger la muralla exterior en su totalidad, aún si las condiciones no fueran las que son. No tenemos tampoco generales. No podemos pedir auxilio a los Cahir cercanos ya que ellos también han enviado el grueso de tus soldados a la guerra del Norn. El ejército ha partido. Estamos solos a nuestra suerte y a nuestros recursos. Al menos hasta que el príncipe Selam regrese.
          El mensajero que hemos enviado en su busca ha partido con dos caballos por una de las poternas Eorn de la ciudad. Ruego a Osthar porque dé alas a los cascos de sus caballos y podamos ver pronto el estandarte del príncipe y de sus hombres en el horizonte. También hemos enviado una paloma a Lecig. Esperamos recibir pronto noticias. Hasta entonces tendremos que resistir.
          Mientras escribo esto y el canto de los cuernos todavía resuena en mis huesos, aunque hace ya horas que han enmudecido, el senescal organiza la defensa con Goder y recluta a cualquiera en la ciudad que pueda manejar algo remotamente parecido a un arma, ya sean hoces, martillos o picos. Cualquier cosa puede considerarse un arma en estos tiempos de necesidad. Ha llamado a todo soldado retirado a unirse a la defensa.
          Pero la ciudad está perdida. Yo, que no sé sino de números y letras lo sé. Me pregunto cómo lo verán los soldados, cómo verán ellos acercarse esa derrota que está por ocurrir. No podemos defender la muralla exterior. No de lo que nos está atacando. No de la magia. Ni aun reclutando a cada labrador y a cada artesano y a cada herrero y cantero. En cuanto la muralla caiga, en cuando la negra magia de los elfos termine su labor sobre la piedra, no podremos detenerlos en la ciudad. Es demasiado extensa y somos demasiado pocos. Mucha gente morirá ahí abajo. No podremos salvarla. Son demasiadas personas como para trasladarlas a todas intramuros de la ciudadela y sólo podremos proteger con éxito la muralla interior y la muralla del castillo, y eso suponiendo que logremos acabar con sus magos antes de que logren derribar la exterior.
          ¿Lo sabrá esa gente? ¿Lo sabrán los comerciantes y artesanos y lavanderas y sacerdotes y eruditos y sanadores?
          ¿Cómo reaccionará el buen senescal cuando llegue el momento de cerrar las puertas y de decidir a quién se permite entrar y a quién no? Y sobre todo, ¿cómo reaccionarán todos los buenos habitantes de Ossián cuando eso ocurra?
          El terror y el miedo gobernarán las calles. Disturbios. Asesinatos. No me atrevo ni a pensarlo. ¿Asaltarán las murallas interiores cuando los elfos negros avancen por la ciudad? No quiero pensar en ello ni en los soldados que lo observarán todo desde las almenas. ¿Cuántos tendrán familia o conocidos entre esa gente? Muchos, sin duda. ¿Obedecerán entonces las órdenes o, por el contrario, desertarán o lo que es peor, abrirán las puertas? No puedo quitármelo de la cabeza. Lo único que puedo hacer es alegrarme de no ser yo quien tome esa decisión ni afrontar sus consecuencias. Alegrarme, también, de que mi familia esté en Gulsea, Ulghun y Olt, lejos de todo esto.
          Yo sólo debo escribir esta crónica. Narrar lo que ocurra de ahora en adelante. Ese es y será mi cometido. Gracias a Arey.
          El suelo ha vuelto a temblar. Siento la mancha de tinta sobre el pergamino y que la arena no ha logrado eliminar del todo, pero ha sido inevitable. También se ha vuelto a escuchar el chasquido de la roca. Incluso desde aquí, desde mi estudio en palacio. Los cuernos vuelven a sonar.
          Sé que han intentado detener a esos hechiceros elfos que tanto daño están haciendo con su magia, pero nada ha funcionado. En cuando la tropa de arqueros ha asomado a la sección de la muralla que está siendo atacada, han reaccionado como víboras enfurecidas. Desconozco los detalles de lo ocurrido, ninguno de los hombres con los que he hablado los conocía tampoco, pero se habla de fuego caído del cielo, de niebla que corroe la carne como los líquidos que usan los orfebres sobre el metal. Todo testigo de lo ocurrido sigue en las murallas sigue allí, vivo o muerto. Y no creo que a los vivos se les permita abandonar su puesto para venir a contarle a esta anciana lo que ocurre extramuros. Por lo que sé, ningún hombre se ha vuelto a acercar a la zona de la muralla que los elfos están dañando y partiendo piedra a piedra.
          No creo que resistamos hasta el final del día. La muralla ha caído. Durante un momento ha parecido que la montaña misma que se alza tras el castillo se hubiera partido en dos y se estuviera desmoronando sobre nuestras cabezas, tal ha sido el estruendo. Como un trueno, como un rayo que abate un árbol. Los libros se han caído de las estanterías y el bote de tinta se ha roto contra el suelo. He tenido que llamar para que recogieran los cristales y me trajeran un nuevo frasco. Pero los muchachos estaban demasiado aterrados como para salir de nuestras dependencias y he tenido que ir yo misma. No puedo culparles por tener miedo, pero sí por hacerme arrastrar mis viejos y cansados huesos en medio del caos y la locura que hay ahí fuera. Gritos. Miedo.
          Está atardeciendo. Pronto se hará de noche. Entonces tendrán que parar. Tendrán que descansar. Tendremos un respiro.
          Están organizando tiendas de sanadores en los patios de armas del castillo y en las plazas de la ciudadela. También van a usar la Academia, ahora que está vacía, como sede central para coordinar a los sanadores y atender a los heridos.
          Ha comenzado la evacuación de los soldados de la muralla exterior y de algunas de sus familias. También familias de los que hay dentro. Pero a poca gente más se le permitirá el acceso.
          Veo humo elevarse desde los barrios más lejanos de la ciudad.
          Ruego a Sodmeth y a Tyrsha y a Arey porque tengan piedad de nosotros.

Shirlach, Maestre de los escribas del palacio de Ossián.


 


  

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