Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 24 de abril de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO (Parte 5/6) - Sangre en las rocas


          Amado Ilger.
          Hoy es el segundo día del asedio y, una vez más, retomo este diario de la hora más oscura de nuestras vidas. Mis manos están manchadas de sangre y mi ropa de vómitos, heces y más sangre. Tengo ahora un momento para escribiros, pues el sanador a cargo de las camas que tenemos en la Academia, no recuerdo su nombre, me ha obligado a descansar. Debo hacerlo, según él, antes de que me derrumbe del agotamiento y me convierta en una molestia en lugar de ser de ayuda. Así que le he hecho caso. Pero hay tanto y tanto que hacer.

          Ayer cerraron las puertas de la ciudadela, dejando a mucha gente abandonada fuera y, desde entonces, no he vuelto a tener noticias de los sanadores que hay en la ciudad. Tampoco tengo mucho tiempo para pensar en ellos porque el trabajo aquí ha sido constante desde entonces. Primero preparamos las camas y levantamos las tiendas en los patios, luego las vendas y los ungüentos y las infusiones. También hemos ordenado y limpiado los instrumentos de opera: las sierras y los cuchillos y otras cosas que no sé cómo se llaman pero que tienen aspecto temible. Usan agua hirviendo o una especie de licor para eso, ¿lo sabíais? También para las vendas. He estado toda la mañana hirviendo vendas. Todo era blanco y limpio.
          Ahora hay sangre por todas partes, y el aire huele a muerte y a heces y a orines y a otras cosas.
          El ataque a la muralla interior ha empezado hace ya unas horas y los heridos no han tardado en llegar. Horribles quemaduras y carne corroída hasta el hueso. Se dice corroer, lo he aprendido hoy, es otra de esas cosas que no sabía. Es lo que hace esa magia que lanzan sobre nosotros. Luego hay también heridas de flecha. O tobillos torcidos o brazos rotos en caídas. Esas son las agradables de ver.
          Los clérigos reservan la sanación para los que pueden volver al combate tras ser heridos, dicen que así no gastan recursos valiosos en soldados que no podrán luchar en días, aún con la curación mágica. A los demás los tratamos de modo normal. Muchos no se salvarán sin magia. Muchos ya están muriendo en sus camas. He aprendido a suturar un corte feo y un hombre ha muerto en mis brazos tras vomitar en mi vestido. Ha vomitado sangre y creo que parte de sus tripas. Un conjuro muy malo que ha golpeado el matacán donde se guarnecían un puñado de hombres mientras preparaban el aceite hirviendo para lanzarlo sobre los elfos cuando se acercaran a las murallas. Ya no podrán hacerlo, el que me ha vomitado ha sido el último en morir.
          A los elfos negros no les hace falta acercarse. Usan la misma magia que derribó la muralla exterior y, si ven gente en el camino de ronda o en los matacanes, lanzan otro tipo de conjuros y los matan.
          Otro hombre al que he atendido, y que deliraba por la pérdida de un brazo (aún está vivo y rezo a Dherra porque lo salve y no muera como el otro), me ha dicho que ha visto a los magos. Son dos. Un hombre y una mujer. Parece que hay mujeres soldado entre ellos, ¿lo sabíais, Ilger? Mujeres que luchan junto a sus hombres. Muchas. Más que sacerdotisas tenemos nosotros. Pero como os contaba, hay dos hechiceros con ellos. Luchan juntos, como hermanos o amantes. Uno protege al otro con su magia mientras éste nos ataca.
          Sé que hemos intentado matarlos, pero cuando lo hemos hecho muchos de los nuestros han caído. Es entonces cuando dejan la muralla en paz y vienen a por nosotros. A por ellos. Y los matan como al hombre de las tripas.
          Creo que estoy demasiado cansada para tener miedo.
          Me llaman. Dice el sanador, cuyo nombre no recuerdo, que la muralla está en las últimas y que más vale que nos preparemos porque pronto llegarán más heridos. Muchos más. No he tenido todavía tiempo de limpiarme la sangre siquiera. Dicen que verla sobre nosotros daña la moral de los heridos. No sé cómo podría hacerlo más de lo que ya ven ahí fuera y sobre sus compañeros. Pero sea como sea me limpiaré.
          Os amo, Ilger, recordadlo siempre, porque no sé lo que pasará mañana. Ni si habrá un mañana.

Elemaine ar Lunn.


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