Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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miércoles, 16 de abril de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO (Parte 4/6) - Sangre en las rocas


          4 de Ethaín del año 2849 de la Era del Poder.

          Ilusos de nosotros. Pensábamos que la caída de la noche los detendría. El viejo senescal lo pensaba, Goder lo pensaba y estoy segura de que los clérigos de Elysis, y la gente que protegían en la ciudad, también lo pensaban. Los soldados, los que enviaron a asesinar a sus magos en medio de la noche, estoy segura de que también lo creían. Pero ahora sabemos que nada va a detenerlos, nada salvo la muerte y, los Dioses perdonen estas palabras que dejo escritas, no creo que eso vaya a suceder antes de que sucumbamos.
          Como tantas otras cosas, habíamos olvidado que los elfos negros ven en la oscuridad.
          Ayer, con la puesta de sol, no se retiraron más allá de las murallas como esperábamos, y tampoco fortificaron la zona arrasada de la ciudad que tienen bajo su control. Continuaron avanzando. Y sus magos, infatigables, con ellos. En cuando a los que enviamos a asesinarlos… El senescal piensa que están muertos. Al amanecer aún no habían regresado y los hechiceros seguían vivos.
          Ha ardido el templo de Tyrsha. Ha ardido el de Elysis. El cielo está negro por el humo y cae ceniza sobre los patios del castillo. Todo huele a quemado. A madera quemada, a carne quemada. Creo que eso es lo peor. Saber lo que significa.
          Afortunadamente, pudieron hacer volver a gran parte de los soldados que guardaban la muralla exterior. Sin embargo, fue imposible traerlos de vuelta a todos; no cuando antes del ocaso comenzaron las avalanchas de gente aterrada en las puertas. Fue entonces cuando el senescal dio la orden de cerrarlas. Primero la de Orn y luego las del Sorn y Eorn. Por suerte, ya habían evacuado para entonces a las niñas que reciben entrenamiento en el templo de Tyrsha. Al menos a ellas hemos logrado ponerlas a salvo. Un magro consuelo en medio de las muertes que están por venir.
          Me dice uno de los muchachos que hay un barrio fortificado el Eorn, donde lady Elemaine hizo que se instalaran los clérigos que se negaron a abandonar a la gente del otro lado de las murallas. Es allí donde se han dirigido también los soldados que han quedado fuera de la ciudadela. Rezo por ellos. Rezo porque logren resistir. Pero la esperanza es un bien escaso en estos momentos.
          He pedido al joven Duerean que pregunte fuera si ya se sabe cuánta gente puede haber caído en Ossián. Cuántas víctimas puede haber a manos de nuestros atacantes. Creo que una crónica como la que escribo, y perdonadme si divago, no puede estar completa sin datos como ese. Necesito saber. Y la información que me llega está fragmentada y es incompleta, más que nada porque nadie tiene tiempo de venir a informar a esta anciana de lo que ocurre ahí abajo, más allá de estas paredes. Están todos demasiado ocupados organizando la defensa.
          Duerean ha vuelto. Se desconoce cuanta gente ha podido morir. Los que aún albergan esperanzas u odio o ánimo suficiente para luchar están congregados en las puertas, suplicando porque los dejen entrar. No puedo ni imaginar el dolor de esa gente, su desesperación, su indefensión y lo traicionados que se deben sentir.
          Según parece, lady Eluanne ha salido esta mañana a hablar con ellos desde las almenas. Sólo ha logrado que le lanzaran fruta podrida desde abajo, que se ha quedado muy lejos de poder alcanzarla. Su padre ha intentado luego lo mismo con idéntico resultado. Puedo comprender a esa pobre gente, atrapada ahí fuera entre los elfos negros y las murallas, sin lugar a donde ir, sin lugar donde esconderse, con el miedo constante a la muerte acechándolos desde cada esquina.
          Un grupo desesperado ha intentado entrar por el rio, pero sé muy bien que ese acceso fue uno de los primeros en sellarse con los rastrillos ante la llegada de los elfos. Han visto cadáveres flotando aguas abajo desde el camino de ronda.
          Se sigue sin saber cómo han llegado estos elfos negros a nuestras puertas. La gente tiene miedo, y los sirvientes hablan de magia oscura que les permite aparecer en cualquier lugar del reino a voluntad. Temen que puedan hacer lo mismo dentro de palacio, pero yo no lo creo. Si fueran capaces de realizar milagros como ese, ya lo habrían hecho y estaríamos todos muertos.
          He salido a las murallas a ver con mis propios ojos lo que ocurre, a ser testigo de este momento, mal que nos pese, histórico. La situación parece más calmada que hace unas horas. No hay nuevos incendios pero el fuego de los activos se extiende. Goder cree que si no hay noticia alguna aún, es porque preparan algo, así que ha abandonado el castillo para organizar la defensa de la ciudadela y dirigir a sus hombres desde allí. El senescal me ha dicho que creen que los elfos negros se han hecho fuertes en el barrio de los herreros, en la colina oriental que se cierne sobre el Agrelle, cerca de los almacenes y el puerto. Según me dicen, parece que son miles de ellos, con su piel oscura y cabellos blancos, pero el número bien podría estar exagerado por el miedo y la ignorancia. Cuando asalten la ciudadela sin duda lo sabremos.
          Han envenenado el rio y han retomado el ataque. Los elfos vendrán por el Agrelle, casi con total seguridad.
          Han llegado a las puertas de la ciudadela madres sollozantes con niños muertos. También ancianos vomitando para morir a pocos pasos de las murallas. Parece que anoche no fuimos nosotros los únicos en enviar asesinos a hacer su trabajo entre las filas enemigas; pero donde nosotros fracasamos, ellos han tenido éxito. La mayoría de los pozos de Ossián están envenenados, no el rio. Pero ahora esa será, sin duda, la única fuente de agua que les quedará a muchos, y me temo que gran parte de la gente la usará para beber. Enfermarán, eso suponiendo que sobrevivan a los elfos negros que controlan esa parte de la ciudad. Los clérigos de Elysis, fortificados del otro lado de la ciudad, dicen que sus suministros de agua aún están en buen estado, pero que no dan abasto a atender a los enfermos. Uno de ellos, un hombre joven de aspecto enfermizo por el agotamiento, se ha acercado hace poco a la puerta oriental para suplicar que al menos permitamos entrar a los ancianos y a los niños y a las mujeres embarazadas.
          El senescal ha acudido en persona y ha tenido que negarse. Luego ha venido a contarme lo ocurrido para que yo lo narre en esta crónica. El sufrimiento, me ha dicho, ha de quedar registrado. Así como la inevitable injusticia de lo que estamos haciendo para sobrevivir. Luego ha estallado en lágrimas.
          Yo he llorado con él. Como madre. Como abuela. Como mujer. Como anciana.
          Si ayer derribaron la muralla exterior, hoy quieren hacer lo propio con la interior. El ruido de la piedra al partirse vuelve a perturbar el silencio de mi estudio. Afortunadamente, desde aquí no escucho los gritos de nuestros hombres al morir.

Shirlach, Maestre de los escribas del palacio de Ossián.




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