Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 14 de abril de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO (Parte 3/6) - Sangre en las rocas


          Amado Ilger.
          Comienzo esta carta o este diario o este cuaderno, no sé cómo llamarlo, debido a todo lo que está ocurriendo en la capital. No sé si servirá de algo, no sé si llegaréis a leerlo, no sé si llegaré a poder leéroslo yo a vos y reiremos o lloraremos juntos según lo hagamos. Pero creo que debo hacerlo, debo escribir lo que vea y lo que sienta y lo que ocurra, o me volveré loca de miedo y preocupación.

          Madre siempre decía que tenía que llevar un diario, que estaba de moda en el Sorn y que era lo que se espera de una dama. Mi abuela decía que debía escribir mis pensamientos porque ayuda a olvidar los malos y a recordar los buenos. Creo que la abuela tenía razón. Así que ahora escribo esto para vos. Sobre todo porque no se me ocurre para quién más podría escribirlo y me ayuda a contar lo ocurrido.
          No sé si vos ya lo sabréis, no sé si la noticia ya habrá llegado a vuestros oídos, mi señor, pero hay elfos negros atacando Ossián. Si el príncipe y vos os los hubierais encontrado por el camino no estarían aquí ahora, ¿verdad? Así que supongo que no os los habéis cruzado. Tampoco creo que hayan atacado a nadie antes de llegar, no hemos visto columnas de humo en Lecig ni nada así y eso es lo que pasa en las gestas y en las leyendas cuando los elfos atacan y hay guerra. Se les ve venir. Ahora no les hemos visto venir. Así que estoy asustada porque no sé cómo han logrado llegar. Nadie lo sabe.
          Hoy es el tercer día de Ethaín. Me había olvidado de decíroslo. Creo que es importante dar fecha al primer día del asedio. O más que asedio ataque, porque no están asediando Ossián, están atacando directamente las murallas Eorn de la ciudad.
          He ido a ver a Eluanne porque ella siempre suele saber qué hacer. Sé que piensa que no soy muy lista y que soy débil de carácter y que no me tiene en demasiada estima, pero es la mujer más valiente que he conocido nunca.
          Había mucha gente asustada en las calles. No sabéis cómo nos hemos despertado, claro. Dejad que os lo cuente. Estoy escribiendo esto de forma muy desordenada, tengo que aprender a contar las cosas para que podáis comprender lo que ocurre.
          Al amanecer me ha despertado una especie de tormenta, sólo que luego no era una tormenta. Parecía el ruido de los rayos cayendo y el retumbar del trueno. No era nada de eso. Eran los elfos negros atacando la muralla con una especie de magia. Pero en ese momento no lo sabía. Con cada ataque la muralla crujía, metiendo ese ruido espantoso que se escuchaba en toda la ciudad, y la tierra temblaba. Rayos y truenos. En ese momento no sabía lo que era y he mandado a Nuanna a ver qué pasaba. Ha salido con los soldados de casa porque estaba más asustada que yo y, cuando ha vuelto, estaba muy, muy pálida y con tanto miedo que temblaba y casi se desmaya. Si Eluanne piensa que yo soy débil no quiero saber lo que pensaría de Nuanna.
Me ha contado lo de los elfos. Al principio no podía creerla. ¿Elfos negros? ¿Aquí? Su Majestad y el príncipe y vos habéis ido a la guerra contra ellos al Norn. Los elfos negros no podían estar aquí. Sin embargo lo estaban. Y lo están. Y no creo que se vayan.
          Como os contaba, he ido a ver a Eluanne y había mucha gente asustada por las calles. Algunos salían de la ciudadela para ver la muralla exterior, pero los elfos estaban aún del otro lado y no los podíamos ver. Podíamos. Puede que dentro de poco todo cambie. Pero me estoy adelantando otra vez. Al menos nadie me prestaba atención por la calle. Ya sabéis que nunca me ha gustado ser el centro de todas esas miradas que suelen dirigirme cuando salgo, pero esta vez tenían otras cosas de las que preocuparse.
          Eluanne, los Dioses la guarden, estaba ya en el patio de la mansión Enamayn ¡vestida como si fuera a combatir! Llevaba una armadura de cuero con los cuervos de la casa de lord Naudrun a ambos lados y el pelo recogido en una trenza en torno a la cabeza. Tenía una espada en la cintura y una capa dorada con el blasón del cuervo negro bordado en el centro. Vestía como un varón, Ilger, o como una de las sacerdotisas de Tyrsha pero sin el azul y el blanco que llevan ellas. Estaba impresionante, parecía una diosa de la guerra, parecía casi la mismísima Tyrsha. Es una mujer muy valiente, no como yo. Yo estaba temblando y ella estaba allí, firme, segura de sí misma. Me ha dado valor. Al menos, el valor suficiente como para dejar de temblar.
          Y entonces ha tenido la idea, porque ha sido suya, no mía, de traer a los clérigos de Elysis al interior de la ciudadela. Yo no lo sabía, Ilger, pero los elfos negros no tienen sanación mágica. No sé nada de ellos salvo lo que se cuenta en las gestas. Eluanne sabe mucho más que yo. Ahora siento rabia hacia mí misma por no saber esas cosas, por la educación que mis padres me dieron, tan protegida, tan alejada del mundo real. Nunca consideraron que las crónicas fueran lectura recomendable para una dama, ni siquiera para una dama a la que habían comprometido con una de las grandes casas de Bakán. Ni siquiera si podía llegar a ser la esposa de un general. Pensaban que con que fuera un bonito adorno para su hogar sería suficiente. Yo también lo creí durante mucho tiempo, bien lo sabéis. La abuela, por suerte, no estaba tan cegada como mis padres. La poca educación que tengo, más allá de bordar y coser y cantar, se la debo a ella.
          Eluanne me ha enviado a buscar a los clérigos porque, como bien me ha hecho ver, si los elfos negros no tienen sanación, lo primero que harán cuando entren será intentar quitarnos la nuestra. Vendrán a matar a los clérigos y a quemar su templo. Así que me ha encargado evacuarlos antes de que eso ocurriera. Pero no podía obligarlos. Puede que no sepa mucho de los elfos, pero sí sé sobre cómo piensan los clérigos de Elysis.
          ¿Recordáis al que teníamos en las tierras de mis padres? ¿Ese anciano que nunca pedía nada por sus servicios? Hablaba mucho con él cuando era niña y me contaba a menudo la historia de Elysis y de cómo había ascendido a los cielos a morar entre los Dioses. Servir a todo aquel que necesite su ayuda. A todos. No abandonar al necesitado de sus servicios por muy pobre que sea.
          Por eso sabía que no todos querrían abandonar el templo. Una vez caiga la muralla habrá mucha gente en la ciudad que les necesitará y sé que no van a abandonarla. Creo que algunos de ellos hasta curarían a un elfo negro si lo vieran herido de gravedad. Arthem lo hubiera hecho.
          De todas formas, he instalado a los que han querido venir conmigo en la Academia, es el mejor lugar en el que he podido pensar. Es grande, tiene camas, refectorio y patios amplios donde instalar tiendas y salas grandes que pueden servir para sanar. También hay almacenes y una cocina. Los heridos necesitarán comer y no podemos llevarles comida desde las cocinas de palacio. Además de no ser lo suficientemente grandes para dar de comer a tanta gente están demasiado lejos y la comida llegaría fría. Los cocineros de la Academia están acostumbrados a alimentar a mucha gente, así que lo harán bien.
          Pero no podía dejar en el templo a los que no querían venir a la ciudadela. También tenía que sacarlos de allí, donde corrían peligro. He tenido que buscar otro sitio. Me ha costado, pero lo he logrado después de hablar mucho con el Sumo Sanador. He usado los almacenes menores de nuestra familia y de los Lynaitha que hay en la zona Eorn de la ciudad. He hablado con su hombre aquí, le he pedido permiso y ha refunfuñado un poco pero me los ha cedido. Espero que a vos tampoco os importe que haya usado los nuestros para eso. No sabía de otro lugar. He tenido que vaciar los almacenes y meter todo lo que había allí en los que tiene Laugan. Espero que a él tampoco le importe. Esos almacenes se pueden usar como pabellones si sacas los barriles de vino y la madera y el lino y la lana y, además, se puede fortificar bien, por lo que han dicho los soldados que venían a escoltarme. He de daros las gracias por dejarlos conmigo en Ossián, Ilger, si no hubiera sido por ellos no habría logrado convencer a los sanadores de irse del Templo y probablemente ahora estarían muertos. Los he acompañado a instalarse ahí y he usado las carretas los gremios comerciales que nos apoyan. Había muchas cosas que mover y a caballo no íbamos a acabar antes de que la muralla cediera.
          Ahora están ahí, a salvo, espero. Y los de la ciudadela también lo están, o eso creo, al menos. Además de en la Academia, he mandado poner pabellones en las plazas más importantes, por si hay gente a la que no da tiempo a traer aquí. Ahora están instalándose y no necesitan de mi ayuda, pero cuando esté todo listo creo que me quedaré y haré lo que pueda. Si no lo hiciera me sentiría como una completa inútil, sobre todo cuando Eluanne está esforzándose tanto coordinando los mensajes. Yo también quiero hacer algo, por poco que sea, no encerrarme en casa y llorar.
          Hablando de casas. Cuando iba de camino al templo he visto a muchas familias que dejaban sus casas y recogían sus cosas como si se dispusieran a abandonar la ciudad. Me han dado pena, Ilger. Creo que no se daban cuenta de que no iban a poder irse de Ossián. Hasta yo sé que en cuanto hay un ataque lo primero que se tiene que hacer es cerrar las puertas. Esa pobre gente está encerrada aquí y no van a poder ponerse a salvo.
          También he visto cómo las sacerdotisas de Tyrsha que quedan aquí se reunían a las puertas de su templo. Estaban armadas y parecían preparadas para lo que pudiera pasar. Pero lo que más me ha conmocionado ha sido que algunas de ellas no parecían apenas mayores que Nuanna, Ilger. La mayor no creo que tuviera ni siquiera dieciocho primaveras. No parecían ser más que niñas con armadura y espada y ya se comportaban como soldados. Luego había otras que parecían casi ancianas, de la edad de madre.
          Todo el mundo hace lo que puede, se esfuerza, lucha, se organiza o intenta hacerlo, al menos. Yo no quiero ser menos. No puedo quedarme quieta cuando sacerdotisas tan jóvenes van a combatir, cuando otras que me recuerdan a mi madre también van a luchar contra los elfos negros. O cuando los clérigos de Elysis son tan valientes que se van a quedar en la ciudad, incluso cuando los elfos negros logren entrar, para asistir a los heridos.
          Debo ser valiente, como Eluanne.
          Hay mucho ruido fuera y esta vez el suelo ha temblado mucho, más que las otras veces. Oigo gritos.
          Tengo miedo, Ilger. Me acaban de decir que la muralla ha caído y que van a cerrar las puertas de la ciudadela en cuanto se hayan retirado todos los soldados que había en la muralla exterior. Dicen que comienza a haber incendios en la parte Orn de la ciudad. Temo por los clérigos que no han querido venir a la relativa seguridad del palacio y la ciudadela, pero ha sido su decisión y no puedo culparles. El Sumo Sanador está con ellos. Espero que estén bien.

Elemaine ar Lunn.


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