Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 31 de marzo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO (Parte 5/5) - La oscuridad interior


          Zaryll se frotó el puente de la nariz y suspiró. Aún le dolía la cabeza si pasaba demasiado tiempo leyendo. Pequeñas punzadas detrás de los ojos que, al finalizar el día, le obligaban a encerrarse en sus aposentos más temprano que de costumbre y a tomar una de esas infusiones para el dolor que le preparaba el sanador de la fortaleza. Apenas era capaz de recordar nada de su caída por las escaleras de tres días antes, de hecho no recordaba nada con claridad hasta el día anterior, cuando había despertado a media mañana con unos horribles calambres en el hombro y una lacerante migraña.
          Seindra no estaba allí, pese a que había soñado con ella, con su aroma, con su presencia, con sus ojos del color del oro líquido. Estaba solo en la caldeada habitación sumida en el silencio. Solo.

          En la mesita de noche había una bandeja con una jarra de vino aguado y un pequeño vaso de cristal tallado y, al verlo, fue inmediatamente consciente de lo seca que tenía la garganta y la sed que sacudía su cuerpo. En medio de la confusión, la sangre latiéndole de modo doloroso detrás de los ojos, había intentado servirse un poco de vino sin éxito. La jarra se había escurrido de sus dedos y había tirado la bandeja al suelo con estruendo, vertiendo el rojo líquido sobre las mantas. La jarra se había hecho añicos en medio de un charco de alcohol aguado.
          La puerta no había tardado en abrirse, y un soldado humano y otro elfo habían entrado rápidamente en la estancia, los rostros tensos, lanzándose miradas de franca hostilidad el uno al otro. Agotado, él se había limitado a recostarse entre los almohadones de la cama y a cerrar los ojos.
          Lady Seindra y lord Nargor habían ido a verlo a lo largo del día, a presentar sus respectivos informes sobre la tensa situación en la ciudadela. Tensa mas no crítica. Todavía. No había ido más allá de alguna pelea que se había saldado con ojos amoratados y labios partidos. La disciplina se había mantenido. Según Nargor, los instigadores habían sido azotados públicamente en los patios, ya fueran humanos o elfos.
          Zaryll había comprendido las implicaciones de inmediato, y pese al dolor, al mareo y las náuseas, había hecho una aparición en la parte baja de la ciudadela que había acabado con sus fuerzas por completo. Había visitado los barracones humanos y los elfos, había acompañado a lord Nargor a la armería y a Sadreg a los almacenes de provisiones. No había vuelto a ver a lady Seindra. Cuando lo había visitado ni siquiera lo había mirado a los ojos.
          Ahora, sentado en su estudio, con el helfshard en tenso silencio del otro lado del escritorio, Zaryll apartó a la elfa de sus pensamientos y suspiró frustrado. Porque lo que no podía apartar de su mente, era la incómoda verdad de lo que le había ocurrido aquel día en la torre, el único recuerdo claro que conservaba de su accidentada caída por las escaleras. Otro Espectro había sido destruido. El segundo. Desde entonces, por más que intentaba evitarlo, por más que intentaba convencerse de lo contrario, podía sentir crecer el peso Profecía sobre sus hombros, corroyendo también sus entrañas poco a poco, como un perro mordiendo un hueso. Los Guerreros se acercaban, ganaban poder. Y una vez más Sadreg había sido incapaz de darle explicación alguna. ¡Maldito elfo! Allí sentado, perplejo, mirándole con la incredulidad plasmada en el semblante y reflejada en sus ojos de pálido color morado.
          Le había hablado de eso, sí, pero no le había contado todo. ¿Cómo hacerlo? No era algo que a lo que se atreviera a dar voz. Ni siquiera le gustaba pensar en ello a solas en su habitación, a solas en su despacho… a solas en el interior de su propia mente. De lo que no le había hablado al elfo era del fuerte vínculo del que había sido terroríficamente consciente justo antes de caer. Del dolor que había sentido. De la muerte que lo había rozado con sus fríos dedos con la destrucción del Espectro.
          —Bien, Sadreg —suspiró, alzando el rostro de los papeles que tenía sobre la mesa—. Habladme, ya que no podéis ser de mayor ayuda en este asunto, sobre cómo está la situación en Ossián. Esos dos helfshard que lord Reda dejó al mando ya deberían haber informado —Zaryll entrecerró los ojos cuando otra punzada de dolor perforó sus ojos y sus dedos tapearon la superficie de madera con suavidad, mientras contenía un gruñido—. Hoy es el quinto día de Ethaín*, han pasado casi 20 días desde que di la orden, debieran estar ya allí.
          Sadreg alzó la comisura de sus labios en una media sonrisa amarga y suspiró.
          —Llegaron a la capital hace dos días, al amanecer, pero no quise…
          Zaryll sacudió despectivo una mano.
          —Haced el favor de ahorrarme vuestras patéticas excusas, Sadreg, no me interesan en lo más mínimo —inhaló hondo y alargó una mano hacia el vaso de vino que tenía a la derecha y dio un pequeño sobro sin apartar los ojos del helfshard.
          Al parecer, uno de esos desafortunados altercados que habían tenido lugar durante su convalecencia había atrapado al elfo justo en medio. Lo que lo llevaba a preguntarse quién había tenido en Nardis el valor suficiente y la poca cabeza necesaria como para pegar al segundo al mando del ejército elfo.
          «Tal vez debiera encontrarle y ascenderle —pensó con una sonrisa que no llegó a materializarse en su rostro.»
          —Empiezo a cansarme de vuestros juegos. Decidme lo que tengáis que decir y hacedlo rápido.
          Sadreg apretó los dientes y sus ojos violetas relucieron acerados, llenos de odio. Él se limitó a sonreír y dejó de nuevo el vaso sobre la mesa, para apoyar lánguidamente la mano sobre la empuñadura de Easheyrt, que descansaba a su lado. El helfshard siguió su gesto con la mirada.
          —Por supuesto, mi señor —masculló el elfo, sin apartar sus ojos del arma—. Han informado de nuevo esta misma mañana y Gerath dice que todo va bien, que…
          El resto de las palabras del elfo se perdieron en medio de un fogonazo de luz que perforó sus ojos, haciéndole gritar. Un dolor lacerante atravesó su garganta, convirtiendo su voz en un gorgoteo de agonía. La bilis llenó su boca y, con un espasmo que lanzó latigazo de fuego por su espalda, se inclinó hacia un lado para vomitar.
          La luz estalló de nuevo, seguida de una densa oscuridad que abrumó sus sentidos.
          Un pálido muchacho pelirrojo lo contemplaba, aterrado, desde aquella negrura orlada por un débil fulgor azul. Sintió su poder, ardiendo como un incendio a su alrededor. Sintió como la mera voluntad del chico lo mantenía a raya, encadenado con fuego y plata. Gritó de frustración y el chico gritó con él y todo desapareció en un mar de gélida niebla. Había una chica casi idéntica al muchacho que parecía herida. Un joven moreno de ojos del color del carbón y otro de cabellos castaños y ojos como nubes de tormenta.
          La cabeza le estalló de dolor y se sintió caer hacia adelante.
          «Déjame a mí.»
          La voz, cálida como la sangre, suave como el terciopelo, lo arrastró hacia la oscuridad.


          Sadreg se levantó precipitadamente, tirando la silla a su espalda con estruendo, y alargó la mano para aferrar a Zaryll del brazo antes de que se derrumbara entre estertores sobre la mesa. El hedor a vómito llenó el aire, revolviéndole el estómago y provocándole arcadas. Un ataque, una recaída… cuando todo parecía en calma, cuando aún le necesitaban. El corazón comenzó a latirle desbocado en el pecho, haciendo que las venas del cuello le palpitaran con tanta fuerza que hasta dolía. Sin embargo, sus dedos no llegaron a cerrarse siquiera sobre el brazo del mago negro. Zaryll se incorporó de golpe, echándose hacia atrás en la silla, pálido como la misma muerte y sus ojos negros parecieron refulgir con un mortecino brillo rojizo.
          El helfshard se detuvo paralizado a medio gesto, cuando los labios del hechicero humano se distendieron en una perezosa sonrisa, salpicada de saliva y vómito. La mano del mago humano descendió de la empuñadura de la espada y se posó sobre el filo de la hoja azabache que engullía toda luz. Con suma lentitud, Zaryll apretó la palma contra la afilada cuchilla y deslizó la mano en un elegante movimiento hacia abajo, como si el dolor no significara nada. La sangre manó de inmediato, de un intenso color rojo sobre negro y Easheyrt pareció beber de ella.
          —E hal thea ish-lan sai sheo ut salan. E sai nërhu celanën, e mai-si ish-lan hut sheo, e lhuaro ada rak, e lhuaro ada mets, e lhuaro ada mai-si thea salan. Mäe-hut sheo.          »Igh, Noidha! muno mai-si cala.
          Sadreg sintió cómo casi se le detenía el corazón cuando un aleteo de tinieblas azotó la habitación, palpitando contra su piel. Un hormigueo frío recorrió su sangre y, de pronto, volvió a acordarse de respirar. Tomó aire con una entrecortada inhalación, jadeando por la incredulidad, el sudor bañando todo su cuerpo y haciéndolo estremecer, mientras la cabeza de Zaryll caía pesadamente hacia adelante para golpear la mesa con estruendo.
          La mano temblándole de modo incontrolable, el elfo se apartó el cabello del rostro mientras contemplaba al inconsciente mago con ojos desorbitados por la impresión.
          Zaryll había liberado a los Espectros.


La cascada rugía, alzando ecos entre las altas paredes de roca de la gruta, al derramarse desde la oscuridad y caer sobre la laguna rodeada de acantilados. Cada diminuta gota resplandecía en suaves tonos azules y verdes bajo la mortecina luz fosforescente que brotaba de las revueltas aguas, para a continuación caer en una tenue bruma sobre el enorme corpachón del dragón azul que dormía en la pequeña isla arenosa que había en el centro del lago subterráneo.
          Los ojos de Naïs se abrieron de golpe, como mares de color dorado, y la pupila vertical creció hasta casi hacer desaparecer por completo todo el color. El dragón alzó la cabeza y su bramido de dolor resonó, atroz, contra las paredes que rodeaban su santuario. La roca vibró y se estremeció y la luz que brotaba de las aguas pareció menguar durante un instante.
          El largo cuello se estremeció y la enorme cabeza cuneiforme volvió a caer sobre la arena. Pero Naïs no cerró los ojos. El dolor que ardía en su interior la mantendría despierta durante las próximas noches. Sólo un pensamiento le otorgó consuelo en medio de la soledad.
          «Aún no, pero pronto. Solo faltan tres.»


* Veinte de noviembre en nuestro calendario.




 

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