Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 24 de marzo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO (Parte 4/5) - La oscuridad interior


          Los ojos de Diedrith se desorbitaron de la impresión, cuando el cuerpo que se apretaba contra el suyo quedó de pronto desmadejado entre sus brazos. Un suspiro, no más que una vaharada débil de aliento, acarició su oreja izquierda, erizándole el vello de la nuca. Algo tocó su mente, con la suavidad de una pluma que cae en el aire, y la ilusión se disipó con un leve temblor a su alrededor.

          Derlan la miraba paralizado, con el brazo de Ledren sobre los hombros, al que ayudaba a mantenerse en pie. Los dos eornianos estaban pálidos y manchados de barro, las capas colgando a su espalda completamente empapadas de agua y lodo. Oso sangraba profusamente de una herida del brazo izquierdo y de un feo corte que tenía en la cadera derecha, pero pese a eso, cargaba el hacha en el brazo malo como si su vida dependiera de ello.
          —Di... —el susurro volvió a resonar como un eco moribundo en su oído y sus ojos se volvieron con un espasmo de terror en dirección a la voz—. Di…
          Su hermano tenía el rostro ceniciento y la frente perlada de sudor. Sus labios estaban amoratados por el frío y se comenzaba a estremecerse de modo incontrolable. Sólo ella, sólo sus brazos, sólo la presión de las cadenas que los mantenían unidos, hacían que el muchacho pudiera sostenerse en pie. Diedrith deslizó a continuación la vista hacia su mano, empapada ahora en sangre, que aún aferraba la cuchilla con tanta fuerza que le dolía. La afilada hoja se hundía en el torso de Frodrith, justo entre las costillas. Lo hacía, por fortuna, por encima de los riñones que habían sido su objetivo.
          Sus dedos soltaron el arma con una horrorizada sacudida y retrocedió un paso, aflojando también las cadenas con tanta brusquedad que sus afilados eslabones cortaron la sucia mejilla del pelirrojo cuando éste cayó al suelo perdido por completo el apoyo. Diedrith se lanzó de nuevo hacia él, para sostenerlo antes de que se derrumbara por completo en medio de las lodosas aguas.
          Incapaz de articular palabra, casi sin poder respirar, las manos comenzaron a temblarle y las lágrimas inundaron sus ojos y resbalaron como un torrente imparable por sus mejillas. Con sumo cuidado, el miedo burbujeando en sus entrañas, extrajo la cuchilla de sus cadenas del cuerpo de su hermano. Quería gritar, quería aullar… mas apenas se vio capaz siquiera de hilvanar un solo pensamiento racional. La sangre atronaba en sus oídos, así que apenas oyó el gruñido de dolor que brotó de los labios de su mellizo.
          Sangre, sangre en sus manos. Sangre en su ropa. Su hermano vivo. Derlan vivo. Ledren vivo. Había apuñalado a su hermano y casi lo había matado. El aire se negó a llegar a sus pulmones durante un instante y una bruma negra le oscureció la vista. Se sintió caer hacia atrás…
          Unos brazos fuertes la sostuvieron. La luz volvió. El aire entró en una entrecortada inhalación a través de sus labios y se encontró mirando el angustiado semblante de Frodrith, mientras Derlan la asía por los hombros con expresión preocupada. Ledren se apoyaba en la pared tras la que ella se había ocultado, jadeando de dolor y tambaleándose por el agotamiento.
          —Eres… —boqueó Fro, tragando saliva— casi letal, her… hermanita.
          Arrodillada en el agua, la muchacha se mordió los labios y comenzó a sollozar entre violentos temblores. Derlan apretó sus hombros y palmeó con torpeza su espalda, agachado a su lado.
          —Ya la hemos encontrado —masculló Ledren, de modo apenas inteligible—. Ahora, vámonos de aquí, antes de que nos encuentre. Tenías razón, Frodrith, pero te has arriesgado demasiado —añadió con una tos seca, la voz rasposa—. ¿Podrás andar? Con un incapacitado en el grupo creo que ya tenemos suficiente.
          Frodrith asintió con sequedad, para luego encogerse de débilmente de hombros, los dientes fuertemente encajados y la sangre que resbalaba por su mejilla resaltando contra su piel cenicienta.
          —Me he… encontrado mejor.
          Diedrith los miró de hito en hito a los tres, todavía conmocionada.
          —No… —su propia voz le sonó débil y gemebunda, y trató de resistirse cuando Derlan la ayudó a ponerse en pie, antes de hacer lo mismo con su mellizo—. Os vi… os vi…
          —¿Morir? —Derlan dejó a Frodrith a su cuidado y ella se apresuró a ayudarle a mantenerse en pie—. A todos nos pasó lo mismo. Es el Espectro, Frodrith lo mantiene ahora… alejado de nuestra cabeza —con un gruñido, volvió a pasarse el brazo de Ledren sobre los hombros—. En marcha.
          —¿Cómo…? ¿Qué…? —balbuceó Diedrith, siguiendo a Derlan, cargando con su hermano, que respiraba de modo entrecortado y de cuando en cuando se estremecía, la mano apretada contra la puñalada que ella…
          —Estoy… bien, hermanita —le oyó musitar, con una dolorida sonrisa aflorando a sus labios—. Sólo… un poco más…
          —¿Sabes si está cerca, Frodrith? —la voz de Derlan hizo que el muchacho enmudeciera y entrecerrara los ojos, inhalando con dificultad.
          —Cuesta… No lo… sé. Puede… Creo que sí. Pero todavía puedo…
          El eorniano asintió y se volvió para mirarles por encima del hombro, los ojos grises llenos de preocupación.
          —Ledren y yo casi nos matamos entre nosotros antes de que tu hermano nos encontrara y lo hiciera huir. Este… ser… es más peligroso que los otros. No se muestra. Nos hace creer…
          —Que los demás han muerto —susurró Ledren con voz apenas audible.
          —Y nos enfrenta unos a otros —convino su amigo, escrutando las nieblas que los rodeaban, como si buscara el mejor camino para seguir adelante, cuando la ciénaga parecía extenderse por igual en todas direcciones—. Tu hermano… fue el primero en escapar de la ilusión. Ahora… no sé cómo lo hace —añadió tras una leve pausa, dejando escapar un suspiro—, pero impide que veamos lo que esa cosa quiere que veamos.
          —Pe… pero… tengo que… estar cerca —su hermano se tambaleó, haciéndola casi caer, y ella se vio obligada a parar, clavar los pies en el suelo, los dientes apretados, y a ceñir con más fuerza la cintura de su hermano con el brazo, tensando las cadenas para ayudarla con el peso—. Muy… cerca… Tenía…
          —Que acercarte a mí —terminó la frase por él, sintiendo cómo crecía la angustia en su interior por lo que le había hecho, por cómo el Espectro había jugado con ella.
          Frodrith asintió débilmente, los ojos entrecerrados, empezando a sudar con profusión.
          —Me cuesta…
          —Es mejor que no le hagas hablar, Di —intervino el arquero—. Necesita concentrarse. Esa cosa sigue ahí fuera. Cerca, estoy seguro.
          Diedrith sintió una vez más el picor de las lágrimas en los ojos.
          —Y yo casi lo mato.
          —Sabía a lo que se arriesgaba —señaló Ledren en un susurro.
          Derlan asintió y viró a la derecha tras una leve vacilación, abriéndose paso por un estrecho canal bordeado de matas amarillas.
          —Ya le has oído, tenía que estar cerca para poder entrar en tu mente y romper la ilusión. Era el único modo. También lo hizo con nosotros —se encogió de hombros como buenamente pudo y aminoró la marcha para no dejarla atrás.
          Diedrith tragó saliva y aceleró el paso. No había sido consciente hasta ese momento de la lentitud con que caminaba. La pierna le ardía con el peso extra de su hermano, y el agotamiento y el frío hacían que le ardiera cada músculo del cuerpo.
          —¿Volvemos a los caballos? —preguntó.
          —Sí —carraspeó Ledren trantando de separarse de Derlan—. Antes de que esa cosa nos mate, si es posible.
          —¿Ya podrás andar, Oso? Todavía puedo…
          El moreno resopló en una queda risa sin humor y sus dedos se tensaron sobre el mango del hacha. Dio un par de pasos inseguros y luego se las arregló para recuperar el equilibrio, pese a la pronunciada cojera.
          —Lo puedo intentar —farfulló, sobreponiéndose al dolor—. Necesitas las dos manos para usar ese arco, Derlan, yo sólo una para usar medio bien el hacha. Si nos vuelve a atacar antes de salir de aquí…
          El eorniano asintió, descolgó el arco del hombro izquierdo y sacó una flecha del carcaj, la cargó y tensó ligeramente la cuerda.
          —No creo que podamos sobrevivir, pero al menos le daremos algo en qué pensar.
          —¿Sabéis en qué dirección tenemos que ir? —Diedrith escrutó el lúgubre pantano, el pánico anidado en sus entrañas como una informe masa de hielo.
          —La verdad es que no, pero creo que me da igual hacia dónde vayamos mientras salgamos de aquí vivos. No he pasado más miedo en toda mi vida —añadió con un temblor de los hombros—. Ni siquiera en Gringa.
          —Está… cer… ca —la voz de su hermano sonó tan débil que apenas pudo oírla. Tenía los ojos cerrados y había empezado a respirar de forma rápida y superficial, al borde de la inconsciencia—. Ya vie…
Dando un respingo, Diedrith soltó a Frodrith, que se derrumbó de rodillas en las lodosas aguas, y alzó las cadenas a su alrededor, con un susurro de plata que hendió el aire.
          —¡Viene! —acertó a gritar, justo cuando la niebla rieló y pareció desgarrarse ante ellos.
          El Espectro surgió de la nada, envuelto en luz, como si su cuerpo hubiera tomado forma a partir de las mismísimas brumas. Derlan y Ledren se volvieron sobresaltados hacia ella apenas un segundo, que bastó para que la criatura se lanzara sobre ellos por la espalda.
          Conteniendo un exabrupto, Diedrith lanzó ambos extremos de sus cadenas en un amplio arco para atacar al Espectro desde ambos flancos, en un desesperado intento de ganar unos preciosos segundos para que los eornianos reaccionaran. No esperaba lograr demasiado, con que retrocediera ya se podía dar por satisfecha.
          —¡Delante! ¡DELANTE! —aulló—. ¡Ahora!
          Derlan fue el primero en darse de nuevo la vuelta, tendiendo el arco en el mismo fluido movimiento hasta la base de la mandíbula. Le siguió Ledren, que alzó el hacha y, con un grito salvaje, cargó hacia el ser de luz, cojeando y chapoteando con torpeza en las aguas enlodadas.
          Diedrith también grito. Las cadenas chasquearon y crujieron en el aire y ella se desplazó hacia adelante y a la derecha, haciéndolas cambiar de dirección con un quiebro de la muñeca izquierda. Susurraron y se enroscaron, cortando el aire a escasa distancia del Espectro, obligándolo a retroceder y a alejarse de Derlan y Ledren. La ira estalló entonces en su interior, ardiendo en un primer momento como una pequeña chispa que prende una vela. No tardó en convertirse en una hoguera e instantes después en un incendio de pura cólera abrasadora.
          ¡Esa… esa cosa! ¡Ese Espectro, casi la había obligado a matar a su hermano! ¡También había hecho que le creyera muerto y que lo había perdido para siempre!
          Gritó hasta que sintió que la garganta le dolía y el pecho le quemaba por dentro. Atacó también desde el otro lado, toda su voluntad centrada en controlar sus cadenas y en acabar con aquel repugnante ser de luz. Vadeó las aguas hacia la derecha y lanzó la cuchilla en una trayectoria directa hacia el torso del ser. Durante un segundo, pareció fluctuar entre la bruma cuando retrocedió… para chocar con las cadenas que también había situado a su espalda, sin que el ser se percatara de ello.
          «Te tengo, sucio bastardo. Ahora sí que eres mío.»
          Sonriendo de forma salvaje, sacudió el brazo izquierdo ampliando el arco de las cadenas que se derramaron sobre el Espectro con un lazo de pura plata.
          Le oyó aullar dentro de su mente. Sintió el fuego al rojo blanco arder en su interior, sofocando casi por completo el mar rojo de su furia. Lágrimas de dolor inundaron sus ojos, mientras su mente empezaba a fragmentarse y a romperse, cuando el Espectro la atacó. Apenas pudo entrever cómo Ledren y Derlan también flaqueaban…
          Y entonces sintió unas manos sobre ella, en su espalda, en su cabeza frescas como un torrente de montaña. Una suave presencia la impulsó hacia adelante con un suspiro. Era muy débil y estaba casi quebrada por el dolor, pero la reconfortó, alejando las llamas del Espectro y apagando sus fuegos. Sólo pudo hacerlo durante un instante.
          Bastó.
          Diedrith tiró de las cadenas hacia sí y estas crepitaron como brasas bajo la lluvia al entrar en contacto con carne de la criatura y apresarlo en una red de plata. La cuchilla cortó uno de los brazos del Espectro cuando retrocedió como un látigo de vuelta a su mano. El aire se llenó de destellos de luz que dañaron sus iris, mientras las cadenas comenzaban a arder.
          Fue suficiente también para Derlan, que alzó el arco, lo tensó y, con un seco chasquido de la cuerda, soltó la refulgente flecha. Diedrith estuvo segura de ver una leve estela de luz azul hendiendo el aire antes de que la saeta alcanzara a la criatura en el cuello. Esta la contempló sorprendida durante una fracción de segundo envuelta en el amasijo de cadenas envueltas en llamas blancas. Luego estalló.
          Lo que pareció un fuerte golpe de aire abrasador la lanzó al suelo con un chapoteo. Una punzada de dolor atravesó de pronto su codo derecho trepándole hasta el hombro. Quiso gritar, mas las lóbregas y frías aguas cubrieron su rostro, llenando su nariz y boca. Se incorporó con un jadeo entrecortado, chorreando limo negro, y se acurrucó sobre sí misma, acunando el brazo herido, cuando el desgarrador aullido del Espectro al morir perforó sus oídos hasta que pensó que la cabeza le estallaría de dolor. Las lágrimas le picaron en los ojos, o tal vez no era sino el agua sucia que escurría de sus cabellos, no tenía forma de saberlo, apenas era capaz de pensar, todo le dolía demasiado; el pecho, la cabeza, la rodilla y ahora el brazo derecho.
          El silencio se abatió sobre ella como una repentina ausencia de sonido que la hizo sentirse desorientada. Luego, el resollar de su propia respiración llenó el hueco que formaban sus brazos y rodillas sobre la superficie de las revueltas aguas. Temblaba de frío y de la conmoción. Alzó el rostro y vio a Ledren debatirse a poca distancia entre un amasijo de espadañas quebradas, las manos aún cerradas sobre la empuñadura del hacha que poco a poco perdía su brillo azulado. No muy lejos, Derlan jadeaba medio recostado contra los restos de una pared en ruinas.
          Tragando saliva, Diedrith buscó desesperada a su hermano. Durante un instante sólo fue capaz de ver el trémulo brillo plateado de sus cadenas aún extendidas bajo las aguas, veladas por cortinas de légamo parduzco. Luego un movimiento a su izquierda atrajo su atención. Frodrith apenas se movía, estaba sentado, cubierto de barro y con el cabello apelmazado, mirando a la nada con ojos vidriosos. De vez en cuando, un temblor recorría su cuerpo y jadeaba, intentando respirar. La sangre resbalaba por su mejilla del feo corte que sus cadenas le habían hecho en el pómulo, esquivando el ojo por apenas un dedo. Con una súbita angustia atenazándole las entrañas, recogió las cadenas con un susurro de plata y vadeó a gatas el cenagal, haciendo caso omiso del dolor que le recorría el cuerpo.
          —Fro… Frodrith… Frodrith —tartamudeó, acuclillándose a su lado y alzando las manos para asir su familiar rostro y obligarle a mirarla—. Mírame, Fro. Eso es. Escucha mi voz. ¿Me oyes? Estoy aquí, hermanito. Aquí mismo —la voz se le quebró de miedo ante la vacuidad que asomaba a sus ojos y se obligó a sí misma a serenarse, tragando saliva de modo convulso—. Estoy contigo, siempre con… tigo, ¿recuerdas? Como cuando viene la tormenta y tú… y tú…
          Incapaz de seguir hablando, agachó la cabeza y contuvo un sollozo. No podía estar perdiéndole. No podía. No podía perderle dos veces en el mismo día.
          «No, no, no, no, no…»
          Apretó los dientes y alzó de nuevo los ojos para encontrarse con los de su hermano, que seguían sin verla y sin enfocar. Apenas escuchó los pasos de Derlan y Ledren que se acercaron chapoteando hasta agacharse junto a ella. ¡No iba a perderle! ¡De ningún modo iba a perderle!
          —¡Ni se te ocurra dejarme, Fro! —alzó la voz, limpiando la sangre del rostro de Frodrith con dedos temblorosos—. ¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes dejarme… sola! ¡No puedes! Escúchame, escúchame bien y sigue mi voz. Aférrate a mi voz.
          Los labios de su mellizo comentaron a moverse. Primero con un leve aliento y luego como si susurraran.
          —Te… ne… mos… —sus ojos giraron en sus órbitas y se enfocaron de pronto sobre su rostro, rebosantes de terror— que irnos, Di. Viene. La ha liberado. Ha liberado… a Neimhallyn.




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