Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 17 de marzo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO (Parte 3/5) - La oscuridad interior


          Una vez más, habían dejado los caballos atrás, atados a una estaca que habían hecho con un trozo de rama arrancado de un árbol. Ledren había clavado el trozo de madera todo lo que había podido en el duro suelo y luego había sonreído con desgana.
          —Más vale prevenir. Y más vale también que nos demos prisa con esto, si no queremos que nos alcancen los elfos negros.
          Ante esas últimas palabras, todos habían asentido y aprestado sus armas. Derlan había encordado el arco y cargado una flecha. Su hermano había desenfundado su espada y su daga, aun sabiendo que no le serían de utilidad, tan sólo para sentirse más seguro. Ledren, por su parte, había sacado el hacha y contemplado las runas grabadas en su superficie con expresión pensativa.

          —Todo lo mágica que puede ser un arma hoy en día. Eso fue lo que me dijo Flyll.
          —¿Crees que planificó todo esto? Como con… ya sabes, nuestra salida de Eshainne —había preguntado Derlan, observando cómo su amigo acariciaba la brillante superficie del arma.
          —No lo sé y tampoco creo que me importe mucho. Está muerto, Derlan, muerto. No se lo podemos preguntar y nada va a cambiar lo ocurrido.
          El arquero se había encogido de hombros, lleno de pesar, y había guardado silencio. Un silencio triste y opresivo. Frodrith y ella habían intercambiado una furtiva mirada y luego habían seguido a los dos eornianos hacia el enfangado cauce del río.
          Habían oído la historia de los propios labios de Ledren. Si lo que él sospechaba era cierto… si lo era, ese tal Flyll había resultado ser un bastardo malnacido. Al menos en su opinión; una opinión que se había cuidado mucho de expresar en voz alta estando los dos eornianos presentes. Sí que lo había hablado con su hermano, preguntándose si Hilda y Clartyll hubieran hecho lo mismo de haberse dado las mismas circunstancias. Era más que probable que nunca llegaran a saberlo, no era algo que fueran a atreverse a preguntar cuando volvieran a casa después de la guerra.
          «La vida de nadie merece el sacrificio involuntario de tantos. ¡Dioses benditos! ¡Fue toda una aldea! —reflexionó ahora, tras un rato abriéndose paso a través de las cada vez más profundas aguas, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Con niños y ancianos indefensos.»
          Caminaba delante, con Ledren y Derlan en medio y Frodrith cerrando la marcha.
          —En Gringa tampoco había niebla al principio —escuchó comentar a Derlan a su espalda. El silencio empezaba a resultarles opresivo a todos. No se escuchaba nada, ni el croar de las ranas, ni el zumbido de los insectos que los había acompañado al principio de adentrarse en la ciénaga—. Allí la niebla se echó de repente. Más vale que tengamos cuidado.
          Derlan había repetido aquello al menos un par de veces ya, pero no podía culparlo, ella también comenzaba a sentir la tensión creciendo en su interior.
          Ledren gruñó por lo bajo.
          —Y yo no sé manejar esto más allá de cortar leña. ¿De verdad creéis que es buena ida que yo…?
          —Si la cosa esa se vuelve a acercar demasiado a Derlan —intervino Frodrith con voz tensa, escrutando los muros en ruinas que se alzaban cada vez más cerca—, tú serás su última defensa. Después de lo que pasó en Lecig, es mejor que nuestra mejor arma para a esa cosa tenga a su lado a alguien que le pueda defender en caso de necesidad. Alguien útil luchando cuerpo a cuerpo —añadió tras tragar saliva con un quedo suspiro.
          —No estoy… —objetó a media voz.
          —Lo harás bien —susurró el arquero, esbozando una sonrisa llena de aprensión, que no llegó a reflejarse en sus ojos grises como nubes de tormenta—. Ya lo has hecho una vez. Sólo tienes que repetirlo.
          —¡Ni que fuera a ser tan fácil, Nenita! —replicó Oso—. Ni siquiera pensé en lo que estaba haciendo. Te vi ahí, con ese… Espectro atacándote y… cargué. Sin más. Ahora que sé lo que son —sacudió la cabeza con abatimiento—, no sé si podré hacerlo de nuevo.
          Diedrith bordeó un montículo sumergido casi por completo en las negras aguas, y esbozó una mueca de repugnancia cuando una vaharada de olor a descomposición le golpeó el rostro. El hedor se había ido haciendo más y más intenso según se adentraban en las ruinas, pero había sido soportable hasta ese momento. Empezaba a desear haber seguido su camino en lugar de meterse en semejante cenagal. Además, el frío empezaba entumecerle las piernas de estar tanto tiempo sumergida en el agua helada hasta casi las rodillas y el lodo que había entrado en sus botas hacía que cada vez fuera más difícil caminar.
          —Todos nos sentimos así la primera vez, no te preocupes —le respondió al eorniano, boqueando por el mal olor.
          —Y la segunda —secundó Frodrith, apartándose un largo mechón de cabellos cobrizos de los ojos con el dorso de la mano.
          Derlan aspiró por la boca y resopló con asco cuando Oso y él bordearon también el acúmulo de rocas que la muchacha acababa de dejar atrás y se toparon con el hedor.
          —Huele a perro muerto —balbuceó Ledren, conteniendo una arcada.
          —Los… los perros… muertos —Frodrith luchó por respirar— huelen mejor. ¡Dioses! Esto es…
          Diedrith apenas llegó a percibir el movimiento por el rabillo del ojo. Fue como si de pronto la niebla fluyera a través de un desgarro en el paisaje, como si todo cambiara a su alrededor y la luz del sol muriera, atenuada por un manto de bruma. El frío mordió su nuca, su hombro derecho, su espalda, robándole el calor del cuerpo y dejándola casi sin aliento. Se giró, medio resbalando en el fango y alzó las cadenas en un acto reflejo apenas consciente. Las volteó en el aire según se movía, lanzándolas en un arco oblicuo para…
          Al aliento se le congeló en la garganta y su estómago se contrajo de forma dolorosa cuando sus ojos cayeron sobre su hermano y sobre el Espectro que había salido de la nada. Los dientes de la criatura se clavaban profundamente en el cuello de Frodrith. La sangre manaba a borbotones de la herida desgarrada, roja, encarnada y viscosa, sobre el pecho aleteante de su mellizo, empapando el jersey de lana, carmín intenso sobre blanco sucio. Un espasmo sacudió el cuerpo del chico cuando las garras del ser de luz se hundieron del otro lado del cuello abriéndole el gaznate, como si de un animal se tratara. Los iris de color miel de Frodrith se vidriaron y el muchacho entreabrió los labios en un vano intento de inhalar y más sangre brotó de su boca. Su cuerpo cayó desmadejado al agua, cuando el Espectro lo soltó, envuelto en una capa de niebla.
          Las cadenas se derramaron como plata líquida sobre las aguas, inertes, muertas como su hermano, mientras el horror la invadía por completo y tomaba el control de sus pensamientos.
          Ledren y Derlan se habían dado también la vuelta. Las manos del moreno temblaron y el hacha resbaló de entre sus dedos, justo en el preciso instante en que el Espectro pareció doblarse sobre sí mismo antes de abalanzarse sobre él. El arma brillaba con potente luz azul cuando se hundió en la ciénaga.
          Derlan retrocedió, aprestando el arco, pero no había terminado de tensarlo cuando las manos de la criatura se cerraron sobre la garganta de Oso y las uñas rasgaron su piel como si no fuera sino hojas secas. Los colmillos no tardaron en llegar. Ledren arqueó la espalda, tratando de gritar, pero sólo emitió un sonido gorgoteante acompañado de sangre.
          Una flecha silbó en el aire, haciendo que la criatura se apartara con brusquedad de Ledren, desgarrándole la garganta. Diminutas gotas rojas brillaron en el aire y la saeta se perdió entre la niebla y las espadañas amarillas.
          La muchacha luchó por respirar, pero el aire no llegó a rebasar sus labios. Quería ordenar a sus cadenas que se alzaran, que lucharan por ella, que vibraran en el aire… Pero el cadáver de su hermano aún flotaba en las aguas estancadas, manchándolas de rojo, sus cabellos cobrizos ondeando en torno a su cabeza, con el rostro hundido en el légamo marrón-verdoso.
          El cuerpo de Ledren cayó a su lado, manchándola de sangre y barro. Calor y frío en su rostro, en sus manos.
          Escuchó gritar a Derlan cuando el Espectro se lanzó a por él. El arquero levantó los brazos, tratando de proteger su rostro. Sin embargo, el ser fluyó a su alrededor como luz líquida, situándose a su espalda para clavarle las uñas en los ojos. Le mordió en el cuello y el sonido de aquella escalofriante succión apenas se pudo oír en medio de los aullidos de dolor.


          Un último pensamiento al que aferrarse.
          Ahora, mientras las nieblas se hacían cada vez más densas a su alrededor, fluyendo desde el otro lado de la pared medio derruida, ni siquiera podía recordar cómo había reunido las fuerzas necesarias para darse la vuelta y huir. El espasmódico y gorgoteante último grito de Derlan todavía resonaba en sus oídos. Si cerraba los ojos aún podía ver la muerte de su hermano y sentir la sangre de Ledren salpicando su rostro.
          No había lágrimas en sus ojos. El terror parecía haberlas secado todas. Los cortes de las manos y la rodilla le dolían y latían con furia pese al frío que le adormecía las extremidades. Se infectarían si no las trataba. ¿Pero qué importaba eso? No iba a sobrevivir. No cuando el Espectro la había encontrado. No cuando se acercaba a ella haciendo ondear las sucias aguas que lamían las piedras rotas a su alrededor.
          No tenía nada que perder.
          Fuertes escalofríos sacudían su cuerpo cuando se puso en cuclillas. Las manos le temblaban y no estaba segura de poder controlar las cadenas en aquel estado. Después de todo ya había fallado una vez. Pero no iba a rendirse. Apretó los dientes y sus dedos se cerraron sobre la afilada cuchilla que pendía del extremo derecho de sus cadenas y trató de concentrarse en ella, en su solidez, en el familiar peso en su mano. En el mortecino resplandor del velado sol sobre su mojada superficie.
          «Lo puedo usar como un puñal aunque el resto no funcione.»
          Tragó saliva y sintió la bilis trepar por su garganta, dejándole el estómago revuelto, pero no podía permitirse sucumbir de nuevo al pánico. No cuando…
          Con una profunda inhalación, se puso en pie con inseguridad, el agua chorreando de sus ropas y escurriendo de las cadenas. Podía usar la cuchilla como un puñal, pero no estaba del todo segura de que sus cadenas fueran totalmente efectivas contra el Espectro. En Lecig no habían bastado y este parecía ser mucho más peligroso y tener mucho más poder. Sin embargo, no perdía nada por intentarlo. Morir le daba igual.
          Cerró los ojos un instante y los abrió al tiempo que rodeaba el muro de melladas piedras con resignación.
          Allí estaba el Espectro, flotando a poca distancia de la superficie de la ciénaga, todo fuego blanco y azul, con las ropas hechas girones aleteando en el silencio, sacudidas por una brisa que ella no podía sentir. Aquel ser había adoptado la forma de un hombre joven de cortos cabellos con un brazalete dorado ciñendo su muñeca. Sus ojos se vieron atraídos de inmediato por aquella única nota de color y se obligó a sí misma a apartar la mirada de la distracción que representaba para clavarla en la criatura que había acabado con todos a los que amaba.
          Alzó las cadenas ante ella en una lenta oleada de plata al tiempo que los dedos de la diestra se cerraban con más fuerza en torno a la base de la cuchilla. Con un giro de la zurda, lanzó el otro extremo de sus cadenas hacia el Espectro, dándole forma de remolino, al tiempo que cargaba hacia el lado contrario. Tal y como esperaba, el ser esquivó la argéntea espiral y se abalanzó sobre ella. Diedrith lanzó la derecha hacia atrás, abriendo la guardia en un amplio arco, pero el tramo central de las cadenas se levantó a una orden suya y se replegó sobre sí mismo en una fina maraña de eslabones, refulgentes de humedad. El corazón latiéndole desbocado en el pecho, la muchacha proyectó la red de plata hacia adelante, justo en el momento en que el Espectro acariciaba su rostro con gélidos y etéreos dedos. El frío nubló durante un instante su mente cuando su corazón latió con tanta fuerza contra sus costillas que pareció estar a punto de detenerse. El dolo le recorrió los brazos, el vientre y la garganta y un gemido escapó de entre sus labios.
          Con un último pensamiento racional, ordenó a sus cadenas que se enroscaran en torno a la criatura, tensándose hasta fundirlos a ambos den un estrecho abrazo lleno de frío y agonía.
          No iba a sobrevivir.
          No quería sobrevivir.
          No había nada por lo que hacerlo.
          Solo necesitaba seguir viva el tiempo suficiente para…
          Matar.
          Apretó las mandíbulas hasta que los dientes le rechinaron y apuñaló a la criatura en el costado con la cuchilla que aún aferraba en la entumecida mano derecha, justo a la altura que en un ser humano hubieran estado los riñones.
          Sintió cómo la afilada punta se hundía en la carne y la sangre, cálida y viscosa, resbalaba sobre su mano en cálidas y pulsantes oleadas.




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