Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 11 de marzo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO (Parte 2/5) - La oscuridad interior

 

          Diedrith jadeaba, los pulmones ardiéndole a cada trabajosa inhalación, mientras corría tambaleante, chapoteando en las negras y lodosas aguas que le llegaban casi a las rodillas. Moribundas espadañas amarillas que asomaban sobre la superficie azotaban sus muslos antes de doblarse bajo su paso con apenas audibles chasquidos. Manchas de sangre a medio coagular salpicaban sus manos, su ropa y su cara. De pronto, su pie tropezó con algo oculto bajo las aguas y, con un grito ahogado, cayó pesadamente al suelo, perdido por completo el equilibrio. Su rostro se hundió en el lodo y se propulsó con rapidez fuera de nuevo, boqueando como un pez, el limo resbalando de sus cabellos cobrizos, y apenas consciente del corte que acababa de hacerse en la rodilla al caer sobre sus propias cadenas. También se había desgarrado la palma de la mano y ahora sangraba con profusión.

          Conteniendo un sollozo, se puso trabajosamente en pie y reemprendió su irregular carrera hacia los restos de una de las paredes en ruinas, que sobresalían del pantano como lápidas en un cementerio. Porque eso era en lo que se había convertido aquel lugar cerca de Shyorsen: un cementerio.
        La muchacha recorrió los últimos pasos que la separaban del bajo muro moteado de limo, trastabillando por el dolor y el agotamiento, para dejarse caer exhausta en el barrizal del otro lado, abrazándose las rodillas. Apoyó la espalda en la roca medio podrida y quedó sumergida en las gélidas aguas hasta la cintura. Temblaba de frío, o tal vez de pánico —hacía ya bastante rato que era incapaz de notar la diferencia. Con un gemido, se mordió los labios con fuerza, intentando retener el sollozo rayano en la histeria, y en su lugar jadeó en busca de aire hasta que pensó que iba a asfixiarse. Las lágrimas, la única cosa cálida en aquel lugar de muerte, inundaron sus ojos, nublando su visión, y la obligaron a hundir la cabeza entre las rodillas, para que el Espectro que la perseguía no la oyera llorar.
          «Estoy sola, estoy sola. ¿Cómo ha salido todo tan mal? ¿Por qué no hicimos caso a Ledren? ¡Oh, Dioses! ¿Por qué no le escuchamos?»


          Habían dejado atrás el camino principal que llevaba a Shyorsen y habían conducido a Shart y a Harrow en dirección Orn, adentrándose en las llanuras. Tras la conversación mantenida la noche anterior, habían decidido levantar el campamento mucho antes de la salida del sol para interponer la mayor distancia posible entre sus perseguidores y ellos. No pareció funcionar. A media mañana Ledren avistó movimiento a sus espaldas, sobre las herbosas colinas que se recortaban contra el resplandor del amanecer. Desde aquella distancia, no podían estar seguros de que aquellas pequeñas sombras que se perfilaban contra el azul del cielo pertenecieran a sus perseguidores, mas bastó para que la angustia hiciera presa en sus entrañas. Fuera quien fuese quien les estaba siguiendo, también había abandonado la calzada del Sorn.
          —En un terreno como este —susurró Ledren— no podremos esconder nuestras huellas, como hice en las montañas.
          —Puede que tengamos un día de ventaja —intervino Frodrith haciendo sombra sobre sus ojos para protegerlos del sol de la mañana.
          —O menos —convino su hermana.
          —¿Es que apenas duermen? ¿Cómo pueden estar ganándonos tanto terreno? —Derlan se volvió hacia el Eorn antes de mirar a Ledren—. Anoche parecían encontrarse más lejos.
          El otro eorniano dejó escapar una maldición entre dientes y asintió.
          —Lo mismo que hicieron conmigo, en cuanto veían que apagaba la hoguera retomaban la marcha. Esto seguro de que tienen a alguien haciendo guardia todas las noches, observándonos —frunció el ceño—. Os diría de dejar de encender fuego al acampar, pero no tiene sentido hacerlo si no podemos ocultar nuestro rastro.
          Los cuatro contemplaron, desolados, las distantes figuras antes de hacer volver grupas a los caballos para continuar su camino hacia el Orn. Con un estremecimiento, Diedrith lanzó una última mirada por encima del hombro. Viajar sin apenas descanso, forzar la marcha tanto como pudieran… no era algo que a Fro y a ella les resultara extraño, pero nunca lo había hecho a caballo. No entendía cómo Ledren había podido hacerlo a caballo y cruzando las montañas, sin ninguna otra compañía que la suya propia y el agrio recuerdo de la masacre de toda la gente a la que quería. No era de extrañar que estuviera siempre de mal humor, como tampoco lo era la tensión que podía ver crecer entre Derlan y él. El arquero también había cambiado desde las ruinas de Lecig. Ya apenas sonreía, y ella, por su parte, sentía un miedo cada vez más intenso anidando en sus entrañas.
          Ahora no podían moverse con la misma celeridad con que el eorniano había cruzado la Región de los Mil Lagos y los pasos de montaña hacia el Orn. No con dos jinetes por corcel. No si no querían que los caballos empezaran a cojear, dejándolos a todos ellos a merced de los infatigables elfos negros que los seguían. Era más que probable que muy pronto todo aquello se convirtiera en una carrera sin descanso, una carrera en que sus vidas penderían constantemente de un hilo. Diedrith podía verlo con claridad en su mente; la persecución, el asedio constante… No era algo en lo que le gustara pensar, pero más valía ir haciéndose a la idea de lo que les esperaba y estar preparados.
          Apartándose el cabello del rostro, la otra mano aferrada a la cintura de Derlan, la joven se volvió de nuevo hacia adelante, para mirar por encima del hombro del arquero las llanuras salpicadas de bosquecillos y regatos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Había granjas y aldeas punteando el paisaje de blanco y rojo y, hacia el Sorn, podía divisar la sombría línea de las murallas de Shyorsen, con los grises y albos penachos de humo dispersándose con el viento sobre ellas. Todo parecía en calma, tan alejado de la guerra, que se le hizo un nudo en la garganta. La sensación de angustia se incrementó, cuando sus ojos encontraron lo que parecía ser una negrura que devoraba el paisaje a poca distancia al Norn de la ciudad, tal vez a medio día de camino de donde ellos se encontraban.
          Diedrith frunció el ceño y estrechó los ojos. Quizá aquello tuviera algo que ver con la extraña intuición que se había apoderado de su hermano debido a esa escalofriante mezcla de recuerdos y sueños que tenía ahora en su interior. Sus ojos se desviaron del horizonte y se clavaron en la espalda de Frodrith que cabalgaba con Ledren, un poco por delante de ellos, los hombros tensos como cuerdas de arco, casi como si se preparara para el combate.
          «Puede que lo esté haciendo, dentro de su mente. Puede que se esté preparando para luchar contra esa cosa de nuevo. Y yo no puedo ayudarle.»
          La mercenaria suspiró. No quería que su hermano volviera a arriesgarse del mismo modo en que lo había hecho en Lecig, en lo más mínimo, pero nada podía hacer para impedírselo. Él sabía que poseía un don muy especial, una habilidad de la que ellos carecían y que había demostrado ser de utilidad para derrotar a esas extrañas criaturas hechas de luz azul. Nada de lo que ella dijera le convencería de lo contrario; del mismo modo en que era plenamente consciente de que tampoco podía ayudarle con ello.
          «Se parece tanto a mí —reflexionó, con un deje de tristeza en su interior, mientras se dejaba mecer, casi adormecida por el cadencioso paso de Harrow, según cruzaban las praderas.»


          Acurrucada en medio del cenagal, el agua helada entumeciendo su carne y haciéndola temblar de forma cada vez más violenta, contuvo las ganas de gritar de terror y volver a escapar, cuando la niebla comenzó a rielar sobre las oscuras aguas a su alrededor. Etéreos dedos blancuzcos fluyeron a cada lado del muro tras el que se ocultaba, acariciando sus caderas con un gélido toque y velando poco a poco la luz del sol del mediodía.
          Se mordió la lengua mientras las lágrimas resbalaban en silencio por sus mejillas. No iba a sobrevivir. Era imposible que fuera a sobrevivir.


          El viento procedente del Norn silbaba con fuerza entre las ralas hierbas que acariciaban los cascos de los caballos según cruzaban las colinas en dirección Orn. Era un viento frío y punzante, que sacudía sus cabellos y sus ropas, enrojeciendo sus mejillas y haciendo que estuviera a punto de tiritar pese a la gruesa capa que llevaba sobre los hombros. También arrastraba hasta ellos el familiar olor del ganado y, entrelazado en su canción, el levísimo eco de sus mugidos procedente de alguna de las granjas cercanas que estaban esforzándose en evitar.
          Diedrith temía estar poniendo a toda aquella gente desconocida e inocente en un peligro mucho mayor del que se imaginaban. Los elfos negros que les seguían necesitarían provisiones; una fuerza tan numerosa como la que Ledren había descrito no cargaría con todo el equipo necesario para la supervivencia diaria si se movían a la velocidad que lo estaban haciendo. En lugar de eso saquearían a su paso cualquier población lo suficientemente pequeña como para causarles pocos problemas. Su hermano y ella habían sido testigos con anterioridad de acciones como aquella y, cuando no había quedado más remedio, también habían participado. Toda aquella gente, granjeros y ganaderos y artesanos y comerciantes, se creían a salvo de la muerte, de la guerra y de la sangre, allí, en el mismo corazón del reino.
          «Y nosotros arrastramos todo eso a nuestra espalda —se dijo la muchacha.»
          Tal vez tendrían que haber ignorado a Ledren y seguir hacia Ossián, o tras el príncipe Selam. Quizá todo esto había sido una mala, muy mala idea. O tal vez no.
          «Después de todo, esos elfos tienen un mago y sólo los Dioses saben cuánto daño puede hacer uno de ellos.»
         Fuego y muerte. Eso era lo que Ledren había presenciado en Eshainne. Diedrith sintió que un escalofrío trepaba por su espalda. Todo lo que les rodeaba parecía salido de las viejas leyendas y los mitos, de las baladas y canciones de las Grandes Guerras, cuando, se decía, cientos de magos habían acompañado al ejército humano contra los elfos. Fuego en el cielo y rayos surgiendo de la tierra, ríos desviados de su curso y hombres que podían matar con el sólo toque de sus manos. Batallas sangrientas de hechiceros elfos contra humanos que duraban días enteros. No dejaba de resultar extraño que hubieran cambiado tanto las cosas desde esos lejanos tiempos. Cientos de magos. La mera idea le resultaba inquietante, dado que hora no parecían quedar en el reino salvo un puñado de ellos. Cientos. Diedrith sacudió la cabeza. ¿Cuánta verdad habría en aquellas historias y en aquellas leyendas? Seguramente no eran sino mitos.
          —¡Mirad! —la voz de Ledren, alzándose sobre el silbido del viento, la sacó de su ensimismamiento y se inclinó a un lado sobre la grupa de Harrow, para contemplar lo que el eorniano señalaba.
          Vio cómo su hermano se envaraba y sintió tensarse a Derlan en la silla según se detenían junto al otro corcel. Ella se quedó sin aliento.
          Ante ellos, la tierra comenzaba a encharcarse en torno al amplio cauce de un rio poco profundo, cuyas aguas se derramaban más allá de sus riberas entre rocas de color claro y juncos de aspecto macilento. El promontorio rocoso que acababan de rodear les había ocultado hasta entonces las ruinas que asomaban del cenagal en que se transformaba la corriente de plácidas aguas. Parecían los restos de una aldea, o de un pueblo abandonado, que emergían de las aguas, cada vez más oscuras, salpicadas de cañas de putrefacto color amarillo brillante. La mayoría de las paredes apenas asomaban por encima de los montículos de limo negro que brotaban del pantano; no, al menos, hasta lo que en el pasado debió de ser el centro de la población e incluso allí, no parecía que pudieran llegarles a ellos más allá del hombro o la cintura.
          No había niebla. El sol rielaba sobre la cristalina superficie como si de un espejo se tratara, destellando en la mañana. Un leve olor a putrefacción impregnaba el aire sin llegar a resultar desagradable: solo vegetación muerta, fango y aguas estancadas.
          Derlan desmontó y Diedrith hizo lo propio acompañada de un crujido de cadenas. Ledren y Frodrith se unieron a ellos con un suspiro cansado por parte de su hermano, que se frotó los riñones haciendo una mueca. El eorniano palmeó a Shart en el cuello y sacudió la cabeza de lado a lado.
          —No me gusta el aspecto que tiene —comentó, tras un rato de silencio—. No podremos avanzar con los caballos ahí dentro.
          —Al menos no hay niebla —señaló Derlan, y enterró la cabeza entre las crines de Harrow para aspirar su aroma—. Frodrith ¿estás seguro de que es aquí? Yo no noto la misma sensación, ni el mismo frío que las otras veces. Parece… un pantano normal. ¡Mirad a los caballos! Ni siquiera parece afectarles, no como las otras veces. ¡Dioses! Tú no tienes miedo, ¿verdad, muchacho? —susurró, acariciando una de las suaves orejas de su montura y rascándole luego la quijada.
          Harrow le respondió con un resoplido y una sacudida de la testa.
          Frodrith miró a su hermana y acabó por encogerse de hombros antes de volverse hacia el desierto cenagal, entrecerrando los ojos ante los cegadores reflejos del sol en las aguas.
          —Eso creo, porque noto que hay algo hacia allí —señaló vagamente en dirección al centro de la abandonada población—, pero es… como cuando… te despiertas de una pesadilla que no logras recordar. Parece… una vela que ves por el rabillo del ojo, o el calor de un fuego que puedes sentir en la piel pero no ver.
          —¿Fro, estás bien? —le interrumpió Diedrith, acercándose a él. Estaba muy pálido bajo el revuelto cabello cobrizo y casi podría haber jurado que la diestra le temblaba un poco—. No tienes buen aspecto.
          —Tu hermana tiene razón —intervino Derlan con tono preocupado—, tienes mala cara.
          —Sí, sólo… me duele un poco la cabeza. Eso es todo.
          Ledren tiró de las riendas de Shart hasta que pudo ver la cara del muchacho y también asintió con el ceño fruncido.
          —No pareces estar bien. Y yo os repito que esto sigue sin gustarme —el corpulento joven los miró de uno en uno, los negros ojos estrechados con mal contenida inquietud, sus dedos jugueteando con el hacha que colgaba de su cintura.
          Diedrith no podía evitar sentirse también inquieta, y la actitud irritable y casi hostil del eorniano no la ayudaba precisamente a calmarse. Frodrith también se removió bajo el escrutinio de aquellos ojos del color del ónice. Derlan acabó por suspirar.
          —Ya basta, Oso. Lo hemos hablado. Vamos a entrar ahí porque…
          —Lo sé, lo sé —protestó el otro con tono cortante, volviéndose hacia él—. Somos los únicos que creéis pueden hacer algo, pero podríais equivocaros. Y… y… —sus manos, una de ellas aún aferrada a las riendas, se alzaron en un gesto frustrado, para acabar señalando hacia el Sorn, en dirección a Shyorsen—. Allí. Allí tiene que haber un mago o algo, alguien que pueda hacer esto mejor que nosotros.
          —¿Y si no lo hay? —Diedrith se miró las manos y sus dedos se deslizaron sobre los eslabones de plata de las cadenas que colgaban de sus muñecas. Luego alzó de nuevo los ojos de color miel para clavarlos en el barbudo rostro de Ledren—. Todos los magos que pudiera haber aquí se habrán ido con el ejército del príncipe, si es que los había. No creo que hayan dejado gente así de poderosa atrás cuando hay guerra en el Norn…
          Su voz se apagó de pronto al darse cuenta de lo que estaba diciendo. Flyll, el mago de la aldea de Derlan y Ledren, no se había unido a la guerra, y ella no tenía modo alguno de saber si Clartyll lo había hecho. Pero no podía imaginarse siquiera a aquel anciano arrugado marchando con el ejército. Pese a todo, no iba a flaquear, no ante aquel testarudo eorniano. Estaba convencida de estar haciendo lo correcto. De modo que le sostuvo la mirada, desafiante, cuando este la observó, los ojos entornados.
          Al cabo de un largo rato de tenso silencio, Ledren dejó caer los hombros y suspiró.
          Derlan esbozó una leve sonrisa cargada de tristeza y palmeó el hombro de su amigo, que se giró hacia él y asintió con marcada renuencia.
          —Me estoy portando de nuevo como un imbécil, ¿verdad? —le soltó, forzándose él también a sonreír.
          —Y puede que yo me esté portando como un perfecto cabeza hueca, pero no habría nada nuevo en ello, ¿no crees? —respondió Derlan sin dejar de sonreír de medio lado, haciendo que otro dejara escapar un bufido a medio camino de una carcajada—. Así que estamos empatados.
          —En eso llevas razón. Nunca has tenido cerebro, Nenita. Sólo espero que no tengamos que arrepentirnos de esto. ¿Cómo lo hacemos?


          ¿Por qué no le habían escuchado? ¿Por qué se habían comportado todos como si estuvieran ungidos por los Dioses? Como si pensaran que aquella estúpida marca de nacimiento que portaban en el brazo les fuera a proteger de todo mal.
          Las manos comenzaron a temblarle y se vio obligada a hundirlas en el légamo negro que la rodeaba para amortiguar el tintineo de sus cadenas, pese al creciente frío, pese a la mortífera soñolencia que comenzaba a abotargar sus pensamientos. Ya penas le castañeaban los dientes, pero tampoco sentía casi las piernas, ni el cuerpo de cintura para abajo, ya puestos. Iba a morir congelada, allí sola, en medio de aquel cenagal helado y la blanca inmensidad de la niebla. Tal vez por la pérdida de sangre, tal vez… por alguna otra ra… Recordaba vagamente haberse hecho una herida mientras escapaba.
          Casi a punto de desmayarse, aferrándose con todas sus fuerzas a la consciencia que comenzaba a escapársele de entre los dedos, contempló cómo las aguas se agitaban por debajo del manto de bruma que las cubría. Ondas. Simples ondas que rompían a su derecha en el más absoluto de los silencios. Ondas producidas por algo que se acercaba.
          Un último pensamiento. Un último aliento. Algo a lo que aferrarse.
          Si iba a morir, se llevaría a aquella criatura por delante. Su vida ya no valía nada.
          No tenía nada que perder.




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