Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 4 de marzo de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO (Parte 1/5) - La oscuridad interior


         La oscuridad se cernía a su alrededor, oprimiendo sus pulmones e impidiéndole respirar. Sus manos estaban empapadas de sangre, al igual que su regazo y la tierra que le rodeaba; la notaba cálida y viscosa entre los dedos, resbalando sobre sus piernas, según la vida abandonaba el cuerpo de su madre en oleadas de color carmín. Los labios de la mujer se abrieron en un último estertor y la sangre borboteó entre ellos mientras sus ojos grises eran vidriados por la muerte.



          Derlan despertó jadeando en medio de la noche, las lágrimas picándole en los ojos una vez más, estremecido por fuertes escalofríos, que nada tenían que ver con la escarcha que cubría los campos alrededor del campamento. Se acurrucó sobre sí mismo, cerca de los moribundos rescoldos del fuego, en un intento de que ni Frodrith ni Diedrith —quienquiera de los dos que estuviera haciendo guardia en ese momento—, le escuchara sollozar.
          La primera noche tras su encuentro con Ledren no había tenido pesadillas, al parecer estaba demasiado conmocionado para ello. Pero las dos últimas… Durante las dos últimas, había sido incapaz de cerrar los ojos sin que imágenes sobre la posible muerte de sus padres poblaran sus sueños de horror y de sangre. En alguna ocasión, al despertar aterido en la oscuridad, recubierto de sudor, había escuchado cómo Oso también murmuraba y gemía en sueños en el silencio de la noche. Otras veces, si al abrir los ojos era el turno de guardia de su amigo, lo solía encontrar escrutando la oscuridad con ojos muertos. Cuando eso ocurría, él también se levantaba y pasaban horas hablando; de lo que habían perdido, de lo que habían amado y de un pasado que nunca volvería.
          Acurrucado ahora bajo la manta, intentando contener inútilmente los sollozos, recordó la reacción de Frodrith y Diedrith al enterarse de lo ocurrido en Eshainne. Ambos se habían quedado completamente paralizados y sus ojos se habían dirigido a continuación hacia el Eorn, hacia los pasos de montaña que conducían a la Región de los Mil Lagos. La muchacha los había abrazado entonces a ambos, haciendo que Ledren rebullera azorado, su hermano se había limitado a palmearles el hombro en un gesto amistoso.
          —Estamos aquí para ti, Derlan, para lo que necesites —había susurrado la muchacha en su oído.
          También habían estado de acuerdo con Oso en que debían encaminarse hacia el Sorn para luego cruzar las Lládhany hacia el Norn. Pero las malas noticias no habían tardado en alcanzarles de nuevo. La primera noche tras dejar Lecig, Ledren les había despertado durante su turno de guardia y había señalado las hogueras que había a su espalda. Los elfos negros estaban tras su rastro de nuevo. Y Lecig… sólo los Dioses sabían lo que había pasado en Lecig. Habían dado la alarma, pero con las tropas del príncipe ya camino de la guerra y los mejores soldados de la ciudad asesinados por la criatura de las ruinas…
          Estaba claro que ya no iba a dormir más, de modo que se incorporó con un cansado suspiro y se frotó los ojos para alejar las lágrimas. Era consciente de que llorando cada noche como un niño pequeño no iba a conseguir nada. Ni eso, ni las pesadillas, iban a devolverle a sus amigos o a su familia. Tragó saliva tras una temblorosa inhalación, y sus ojos vagaron hacia donde uno de los mellizos hacía guardia… acompañado del otro. Diedrith estaba sentada junto a su hermano, con un brazo sobre sus hombros. El muchacho se estremecía violentamente.
          Con un nudo en la garganta, Derlan sacudió la cabeza para despejar el aturdimiento que le embotaba la cabeza y, echándose la manta sobre los hombros, se levantó y caminó en silencio hasta donde estaban los mellizos. Un escalofrío recorrió sus brazos y su espalda cuando se alejó del suave calor del fuego y su aliento comenzó a condensarse en blancas nubes en el frío aire de la noche.
          —… cerca —escuchó susurrar a Frodrith—. No sé cómo, pero lo…
          El eorniano carraspeó, haciendo que el chico enmudeciera de golpe y que ambos hermanos se volvieran sobresaltados hacia él. El mortecino resplandor de los restos de la hoguera, hizo refulgir como cobre bruñido las lágrimas acumuladas en los ojos del chico.
          —Eh… ¿estáis bien? —acertó a farfullar Derlan, deteniéndose en seco a poca distancia.
          Diedrith miró a su hermano, el rostro sumido en sombras por las largas cortinas de cabello cobrizo que enmarcaban sus facciones.
           —Fro…
          El chico tragó saliva sin apartar los ojos del rostro de Derlan, antes de asentir primero para negar después, con un temblor en los labios. Alzó una mano para frotarse la cara con mal contenida rabia y volvió a asentir.
          —Me… —graznó el muchacho y luego apretó los dientes durante un largo instante, mientras Derlan se sentaba a su lado—. Me… me pasó algo con el Espectro de Lecig cuando… cuando entré en su mente y él… entró en la mía.
          Un estremecimiento recorrió la espalda de Derlan, el miedo mordiendo de pronto sus entrañas con heladas fauces, y observó cómo las manos del muchacho comenzaban a temblar de nuevo. Vio cómo las apretaba la una contra la otra, los dedos entrelazados, hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Diedrith frunció el ceño, preocupada, y colocó su zurda sobre las de su hermano, mientras lo atraía más hacia ella con el otro brazo.
          —¿Desde cuándo…? —inquirió Derlan, arropándose más con la capa, olvidado de pronto el vacío que las pesadillas habían dejado en su interior.
          —Desde que recobré el conocimiento —musitó Frodrith, bajando la vista avergonzado, de modo apenas audible.
          —¿Y por qué no…?
        —¿Había dicho nada? —le cortó el mercenario, el dolor y el miedo rezumando como bilis de su voz—. No lo sé… yo… no lo sé…
          —Yo lo sabía —interrumpió Diedrith— y tampoco… —sacudió la cabeza, incapaz de terminar la frase—. No es sólo culpa de mi hermano.
          —¿Qué culpa? —la adormilada voz que resonó por encima de sus cabezas estuvo a punto de hacer que Derlan se mordiera la lengua del susto, mas sólo era Ledren, que se acercaba a ellos con el cabello revuelto y profundas ojeras bajo los ojos.
          —¿Te hemos despertado? —Diedrith alzó el rostro con expresión culpable.
          —No, no podía dormir —respondió, pero Derlan estuvo seguro de que mentía, su amigo tenía la voz pastosa por el sueño y los ojos entrecerrados—. ¿Siguen a nuestra espalda? —señaló con la mano la noche y tomó asiento junto a ellos, tras despejar el suelo de escarcha con el pie. A continuación, junto ambas manos y echó el aliento sobre ellas, intentando calentarlas.
          —Sí, todo igual. Mantienen la distancia —el arquero frunció el ceño, volviendo sus ojos grises hacia las hogueras que punteaban la noche en el linde del bosque que habían abandonado el día anterior.
          —Si no estáis aquí despiertos, pelándoos el culo de frío en medio de la noche por eso, ¿qué es lo que pasa? —los inquisitivos ojos de Ledren los recorrieron uno a uno y Derlan se vio obligado a darle un disimulado codazo en las costillas.
          Su amigo en verdad había cambiado, era ahora más frío y más seco que antes; estaba más lleno de amargura. Estaba seguro de que el hecho de que apenas durmiera tampoco ayudaba. Casi todas las noches se encargada de más de una guardia, por mucho que ellos insistieran en que los despertara cuando les tocara el turno. Y luego, además, estaban las pesadillas. Y los remordimientos que sabía le azotaban. No era que no lo comprendiera —él también lo estaba pasando mal—, pero no era ese el momento apropiado para ser desagradable con los chicos. Oso le miró dolido, para luego apartar la vista con un casi imperceptible asentimiento, los labios apretados en una fina línea.
          —Lo siento —acabó por añadir con un suspiro, sin mirar a Frodrith y a Diedrith—. No sé qué es lo que me pasa últimamente.
          El pelirrojo hizo un gesto con la mano, restándole importancia. Al menos, se fijó Derlan, ya no le temblaba del mismo modo que antes.
          —No queríamos escondéroslo —susurró el muchacho, volviendo sus ojos hacia la noche y los lejanos fuegos.
          —¿Entonces por qué…? —Ledren se ganó otro codazo sólo por eso y cerró la boca con un chasquido, tragándose la impaciencia.
          Diedrith frunció el ceño al verlo, pero no dijo nada y frotó los hombros de su hermano con ternura, infundiéndole ánimos para continuar hablando.
          —Me pasó algo en la lucha contra el Espectro. O después, más bien —la voz del chico descendió hasta hacerse apenas audible y se miró las manos enlazadas en el regazo—. Me di cuenta de pronto de que sabía cosas que antes ignoraba. Como si… como si parte de los recuerdos de ese ser hubieran pasado a mí. Antes… otras veces —vaciló y se humedeció los labios—, podía recordar cosas de la gente… Ya sabéis, de la gente a la que leía. Pero siempre habían sido cosas que yo buscaba en ellos. Esto… —suspiró y su aliento se condensó en blancas nubes contra el sombrío paisaje—, esto es diferente. Son recuerdos de verdad. Cosas que yo… no buscaba y están ahí. Cosas —frunció el ceño y sus ojos se convirtieron en meras rendijas— desagradables.
          »Sobre lo que son —añadió después de una pausa, alzando el rostro para anticiparse a la pregunta que ya afloraba a los labios de los dos eornianos—, sobre cómo consiguen poder. Sobre… —le temblaron los labios y los ojos volvieron a brillar húmedos en la noche— lo que han hecho. Son más de uno. Son cuatro.
          El muchacho cayó en un pesado silencio y tardó largo rato en volver a hablar. Cuando lo hizo, las manos le temblaban de nuevo.
          —Siento que hay otro cerca. Muy cerca de donde estamos, hacia el Orn. Cerca de Shyorsen —tragó saliva con un estremecimiento y se encogió sobre sí mismo—. Estaba dormido y soñaba cuando Di me ha despertado, porque estaba diciendo cosas que la han asustado…
          —¿Qué tipo de… cosas? —preguntó Derlan, conteniendo un escalofrío, cuando quedó claro que Frodrith no continuaría hablando. Sólo los Dioses sabían qué tipo de recuerdos tenía ahora el chico en su interior, pero estaba claro lo que lo habían convertido en un manojo de nervios.
          —Esas cosas… se alimentan de sangre, Derlan —Fro alzó sus ojos del color del ámbar hasta que se encontraron con los del eorniano—. Estaba soñando… que… me alzaba ante un ejército. Los hombres avanzaban y yo empezaba a atacarles y a matarlos… y a… ali… —su voz se quebró en un sollozo y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas— alimentarme de su sangre. Y yo estaba allí, pero no era yo y no podía hacer… nada… —apretó los dientes cuando otro sollozo le hizo estremecerse y temblar con violencia— y no podía… podía detenerlo…
          —Es entonces cuando le he despertado —intervino Diedrith, con sequedad, acariciando los hombros de su hermano y apretándolo contra su costado, mientras los miraba con frialdad por encima del muchacho, haciendo que Derlan se sintiera de pronto muy avergonzado.
          —Todos tenemos pesadillas —replicó Ledren con acritud, ganándose un codazo una vez más; sin embargo, esta vez Oso se volvió con rabia hacia él y lo fulminó con la mirada—. ¿Qué, Derlan? Todos tenemos pesadillas, no me lo puedes negar. ¿Por qué me lo tengo que callar? ¿Porque es un crio? Tú mismo gimoteabas en sueños hace nada ¿verdad? Es por eso que estás despierto. No veo por qué con él tiene que ser dif…
          El arquero abrió la boca para protestar pero Frodrith se le adelantó con un frío siseo.
          —Porque tengo recuerdos en la cabeza que no son míos, Ledren —le espetó con sequedad y rabia, poniéndose en pie con brusquedad, los puños apretados—. Porque ese ejército que… —apretó los dientes hasta hacerlos rechinar—, no era el de Trión. Su… su —alzó una mano temblorosa, tensa como una garra, y se apartó el cabello de los ojos— estandarte era el del zorro de gules, pero no era de gules, sino de sable sobre campo de oro. Porque no sé lo que tengo en la cabeza, ni si me voy a levantar a media noche y…
          —Ya basta, Fro —Diedrith se levantó, sacudiéndose las calzas y se interpuso entre ambos hombres, mientras Derlan miraba de hito en hito cómo su amigo de la infancia, que también se había puesto en pie, apretaba los puños y entrecerraba los ojos, casi ardiendo de furia—. Y tú, Ledren, basta también. Sé que has sufrido, sé lo que te ha pasado y no digo que sea fácil —alzó la mano con rapidez para posar los dedos sobre los labios del eorniano, justo cuando éste se disponía a replicar. El joven la apartó de malos modos antes de que llegara a acercarse a su rostro, pero al menos se mantuvo en silencio. Diedrith bajó el brazo y siguió mirándole con frialdad.
          »No eres el único con problemas, eorniano. Ya sabes lo que puede hacer mi hermano, te lo contamos sólo porque eres amigo de Derlan y porque si él confía en ti, nosotros también. No te conocemos de nada. No has hecho nada para ganarte ni ese derecho, ni esa confianza, salvo ser su amigo —la muchacha hizo una pausa sin apartar sus ojos de los negros de Ledren—. No hagas que me arrepienta de esa decisión.
          Durante un momento ambos se miraron con hostilidad y, finalmente, Ledren relajó los puños y dejó caer los hombros, para alivio de Derlan. Detrás de la chica, Frodrith también pareció de pronto muy cansado y triste.
          —Os comportáis los dos como niños. Mi hermano y tú —resopló al final, recogiéndose el largo cabello en una rápida trenza y apartándolo de su rostro—. Así que basta, los dos. Tienes miedo y no tienes ni idea de lo que le pasa a mi hermano, así que cállate. Y mi hermano tampoco sabe lo que es perder a nadie de la familia, nunca hemos tenido lo que se dice una familia. Así que también tiene que calmarse.
          Ledren pareció desfallecer ante aquellas palabras y se dejó caer desmadejado en el suelo, para apoyar la cabeza sobre las rodillas.
          —Yo… lo… lo siento… —masculló—. No estoy bien. Lo siento mucho, no pretendía…
          Di asintió y Frodrith carraspeó a su espalda.
          —Yo también lo siento —inhaló y volvió a sentarse con aspecto derrotado—. Y gracias.
          Tras un momento de vacilación, la joven también se acurrucó al lado de su hermano, abrazándose las rodillas.
          —Creo que ninguno estamos bien —intervino Derlan, también en voz baja—. Yo he vuelto a soñar que mi madre moría en mis brazos —sacudió la cabeza de lado a lado—. No, no estamos bien. La marca que tenemos, los elfos negros, esas cosas de las ruinas… Todo está afectándonos, de un modo u otro.
        —Espectros —acotó Frodrith, echando el aliento sobre sus dedos helados y secándose a continuación la nariz con el dorso de la mano—. Se llaman Espectros.
          Derlan asintió con un suspiro de agotamiento.
          —Antes… —el arquero carraspeó—, antes has dicho que había otro cerca…
          Frodrith asintió y se volvió hacia el Orn.
          —Es hacia allí. Más o menos. Creo que hay unas ruinas cerca de Shyorsen y… —vaciló, con un estremecimiento, mientras se ceñía más la capa sobre los hombros para protegerse del helor que comenzaba a calar sus ropas— es como cuando sientes que alguien te está observando. Solo que lo siento dentro de mi cabeza.
          —Eso… —la voz de Ledren sonó débil y vacilante en medio de la noche— parece desagradable.
       —Lo es —convino el pelirrojo con un gesto de agradecimiento por el intento del eorniano de congraciarse con él.
          Todos dejaron de hablar un largo rato, los ojos clavados en la dirección que había apuntado el joven mercenario. Las estrellas destellaban frías sobre ellos, lejanas e inalcanzables, cuajando el cielo como un manto brillante y etéreo. La fina luna creciente tardaría aún en salir, así que sólo vieron oscuridad y la negrura de las colinas recortada contra el cielo. Finalmente Derlan rompió el silencio.
          —Están en la dirección que tenemos que ir.
          Diedrith rebulló al lado de su hermano, y Frodrith frunció el ceño bajo su revuelto cabello cobrizo. Apoyó de modo ausente la zurda sobre su otro brazo y sus dedos presionaron con suavidad el lugar donde el Espectro de Lecig le había tocado días antes, dejándole una quemadura que aún no había terminado de curar.
          —Tal vez…
          —Creéis que…
          Comenzaron los mellizos al unísono, pero enmudecieron al instante con expresión cohibida. Derlan pudo percibir su miedo con total claridad. Valor y miedo a partes iguales, exactamente lo mismo que él sentía burbujear en su interior. Podía notar el miedo en su hombro izquierdo, donde la herida recibida en Gringa le molestaba todavía de cuando en cuando. Y podía sentir el valor en el recuerdo de los rostros de Lauanne y del resto de los habituales de Lecig cuando habían vuelto con la noticia de la destrucción del Espectro.
          Tan concentrado estaba, que no se percató de la expresión sobrecogida con que Ledren los miraba, sacudiendo incrédulo la cabeza. Apenas vio cómo alzaba las manos para frotarse las sienes y revolver sus cortos cabellos de color azabache.
          —No me lo puedo creer —masculló con voz átona—. ¿De verdad estáis sugiriendo ir allí y… y… enfrentaros a esa cosa? ¡En nombre de Yshaunn! ¡En Lecig habéis estado a punto de morir!
          Derlan y los mellizos se volvieron con celeridad hacia el joven moreno, sorprendidos por sus palabras.
          —Oso… nuestras armas pueden matarlos.
        —En Lecig estaban desesperados —añadió Diedrith—. Había muerto mucha gente, hasta había matado a los soldados…
          —Y os pagaron por ello —replicó Ledren—. Esa gente os dio lástima, puedo entenderlo pero…
         —No lo hicimos por el dinero —le interrumpió Frodrith, los ojos llameantes una vez más y el eorniano se vio obligado a alzar una mano a modo de disculpa. Frodrith tensó los labios, pero no añadió nada más.
          —No quería decir eso… no sólo eso, al menos —rectificó Ledren—. Vi a esa cosa, vi a esa gente, no lo olvidéis, estaba allí, igual que vosotros.
          —Oso…
          —Déjame acabar, Derlan —sus ojos se desviaron fugazmente hacia su amigo y siguió hablando con tono duro, cuando éste cerró la boca con un gesto hosco—. Esa cosa estaba a punto de mataros cuando llegué. No me lo podéis negar. No podéis negar que os pagaron por ello. Gracias a ese dinero podremos vivir hasta alcanzar al príncipe Selam, eso tampoco me lo podéis negar —los otros asintieron a regañadientes, bajando los ojos—. Estaba a punto de matarte, Derlan, casi no llego a tiempo… ¿Y ahora queréis volver a pasar por eso? A… a… —señaló con un gesto impreciso a Frodrith— a ti casi te revienta la cabeza por dentro. Ahora tienes recuerdos ahí que no te dejan dormir y pese a todo… pese a todo…
          —¿Queremos ir? —terminó Diedrith por él—. Sí —se encogió de hombros, aún abrazada a sus rodillas, y un largo mecho de cabello se soltó de su trenza, resbalando sobre su rostro—. Es como en Lecig. No creo… o no me parece, más bien —rectificó, mordiéndose los labios—, que nadie más pueda hacerlo. Mis cadenas, sus flechas, tu hacha… Su magia funciona contra esas cosas. No creo que sea casualidad que… —dudó, como si ella misma peleara contra la idea—, ya sabes… estemos juntos.
          Ledren sacudió incrédulo la cabeza, los labios entreabiertos.
          —Derlan…
          —Estoy con ellos, Oso —suspiró con agotamiento—. Y no sólo porque sea lo correcto. Diedrith tiene razón. ¿Has… has pensado que tal vez por eso tenemos esta marca?
          —Derlan, no puedes estar diciendo eso en serio. ¡Escúchate! Nos persiguen los elfos negros, no puede ser por… por… por una… tontería —acabó por escupir— como las cosas esas. ¿En qué les afecta? ¿En qué…?
          —O sí —le interrumpió el otro con suavidad—. Tú crees que es porque tienes que matar a Zaryll, yo no estoy tan seguro.
          —Pero no lo podemos saber —intervino Diedrith, conciliadora—. Puede ser lo que tú dices, Ledren, o lo que creemos Derlan y yo. O ninguna de las dos cosas.
          —Vuestro mago, el nuestro —matizó Frodrith, con cierta acritud—, ellos sí que sabían algo, eso está claro. Y no nos lo dijeron.
          Ledren desvió la mirada hacia los no tan distantes fuegos del campamento de los elfos negros, sintiendo que el nudo de horror y angustia de sus entrañas, que no se había aflojado apenas desde que viera cómo arrasaban Eshainne, se tensaba y trepaba hacia su garganta. Quería huir, poner la mayor distancia posible entre ellos y él. Entre Derlan, Frodrith y Diedrith y las armas y el mago que habían asesinado a sus padres y hermanos y a Flyll. ¿Es que no lo comprendían? No podían detenerse, no podían retrasarse, no podían perder el precioso tiempo de que disponían y arriesgar su vida de forma tan estúpida como aquella. Arriesgarse por gente que ni siquiera conocían, ya fueran de Lecig, de Shyorsen o de cualquier otro sitio. Él tenía que llegar vivo al Norn, tenía que unirse al ejército del príncipe, que ahora sabían cerca, y matar a Zaryll. No tenía nada más.
          Aquella revelación lo golpeó con fuerza en la boca del estómago, dejándolo casi sin aliento. No tenía nada más. ¿Hasta qué punto era eso cierto? No había sido la venganza, sino la búsqueda Derlan, lo que lo había mantenido cuerdo y con vida. Lo que lo había impulsado cada día a seguir adelante cuando todo se había convertido en cenizas a su alrededor. La amistad, no la venganza.
          ¿Por qué se sentía entonces como si estuviera traicionándose a sí mismo si dejaba aquello de lado?
          Miró de reojo a Derlan, que lo contemplaba con una expresión inescrutable en los ojos. Casi podía ver la decepción en ellos. Casi podía ver reflejado en los ojos de su amigo el desprecio que él empezaba a sentir hacia sí mismo en ese momento. De pronto, tuvo la impresión de que lo que realmente ocurría era que estaba huyendo de todo. ¿Por qué si no había convencido a los demás de ir al Sorn, en lugar de avanzar rápidamente hacia el Norn y reunirse con las tropas del príncipe? Ese había sido desde el inicio el objetivo de Derlan y de los jóvenes mercenarios, a fin de cuentas. Bien podían haber eludido Ossián y nada hubiera pasado. Seguro que el ejército del príncipe estaba más que preparado para enfrentarse a los elfos negros que habían destruido su hogar, hubiera un mago de por medio o no.
          Pero no podía estar seguro tampoco de eso. Lo había visto matar a Flyll, había visto el fuego y el agua y los rayos. Tal vez hubiera tomado la decisión correcta y tal vez no lo hubiera hecho, no tenía sentido lamentarse ahora por ello, cuando lo más importante era seguir con vida. Pero lo que no era discutible, era que su decisión de venir al Sorn lo había conducido a esa noche y a ese momento y a esa discusión. Puede que la muchacha tuviera razón, después de todo.
          Suspiró y apartó los ojos del horizonte para clavarlos en las manos que cerraban la manta sobre sus hombros, protegiéndolo del gélido frío de la noche.
          —No me gusta la idea —acabó por suspirar—. No estoy de acuerdo. Creo que es una temeridad y que ir a ese sitio, a luchar contra esa criatura, es arriesgar estúpidamente nuestras vidas —hizo una pausa y chasqueó los labios—. Pero si todos queréis ir, iré con vosotros.
          Ninguno de ellos sonrió, eran demasiado conscientes de que las hoscas palabras del eorniano encerraban algo más que un poso de razón.




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