Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 10 de febrero de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO (Parte 5/5) - Lis de plata, dragón de oro, campo de sable

 

          Adryll atizó el fuego con una delgada vara de avellano y observó cómo la cascada de chispas rojas y doradas ascendía hacia el cielo, antes de enfriarse y perderse en la negrura. Apenas habían pasado tres días desde que Thriz y él salieran del Templo y ya le dolía cada viejo músculo y cada hueso del cuerpo. No quería pensar siquiera en cómo estaría para cuando llegaran a Nardis.
          —Me habré acostumbrado o habré muerto en el intento —masculló para su propia barba, los ojos clavados en el conejo que se asaba en el espetón, a un lado de la hoguera, con la dulce grasa resbalando sobre la carne y chisporroteando sobre las brasas—. Lo Dioses no quieran esto último.

          —¿Te encuentras bien, maestro? —preguntó la muchacha pelirroja desde el otro lado del fuego, donde limpiaba con manos hábiles unas cebollas silvestres que había encontrado en el bosque cuando había salido a cazar—. ¿Os duele algo? Si queréis, luego os doy otro masaje en las piernas.
          —No estoy mal, querida Thriz, no tanto, al menos… o no todavía —añadió enarcando una ceja y frotándose la cadera allí donde más le dolía, tras haber pasado todo el día montado a lomos de su caballo—. No me aventuraba tan lejos del Santuario desde hacía casi veinte años. No recordaba que montar a caballo fuera tan duro.
          Thriz no pudo evitar reír con ganas.
          —Ahora ya sabes cómo nos sentimos cuando Hieranelle nos tiene entrenando durante horas; con el culo como una pasa y los muslos enrojecidos —la sonrisa que asomó a sus labios, resaltando los hoyuelos de sus mejillas, hizo que Adryll se sintiera más anciano que nunca—. Alégrate de que no vayas a necesitar aprender a guiar al caballo sólo con las rodillas. Ugh… —la joven se estremeció, haciendo una mueca—, eso sí que hacía que a una le dolieran las ingles.
          —Pero tú eres joven aún, pequeña —replicó el anciano mago, los ojos achicados, a medio camino entre el dolor y la diversión. Era inevitable sentirse viejo en presencia de aquel torbellino de pecas y cabellos del color del crepúsculo, pero también se sentía más vivo de lo que se había sentido en años—. No como este abuelo que ves aquí, y que casi no puede esperar a comerse la cena para acostarse bajo su manta junto al fuego.
          —No intentes darme pena, maestro —la chica alzó el cuchillo para señalarle con él en una cálida reprimenda—. Eres un mago, todavía te quedan muchos años por delante, siglos, casi seguro. Yo, en cuatro décadas, podría estar criando gusanos… —Thriz torció la nariz— aunque espero que no. Para entonces tendré todo el cabello blanco y estaré arrugada como una ciruela secada al sol.
          Adryll arrugó los labios y se sintió agradecido, no por primera vez en su vida, a la tupida barba que cubría sus mejillas y boca. Ese era precisamente el problema, si vivía lo que sus antecesores, era más que probable que aún le quedara un largo siglo por delante, poco si se comparaba con lo que había dejado ya atrás. Pero no se engañaba pensando que iba a ser un camino fácil. Era un anciano, había sido un anciano durante más tiempo del que quería recordar, y no iba a hacerse más joven durante los años que le quedaban. Thriz no era lo suficientemente mayor todavía como para comprenderlo. Suspiró.
          —Pero cuéntame, maestro —continuó la muchacha, colocando las cebollas entre las brasas y retirando el conejo del fuego para trocearlo hábilmente sobre una losa de piedra que había colocado sobre sus rodillas—. ¿Te enfrentarás a Zaryll en un combate de magia cuando lleguemos a Nardis? ¿Un duelo como en las viejas historias de las primeras guerras? Sólo que, en vez de contra elfos negros, contra Zaryll, por supuesto.
          Adryll se estremeció de sólo pensarlo. El poder que sabía esgrimía aquel muchacho en una de sus manos, era mayor que el que él había poseído jamás. Tan sólo Sryll habría podido estar a la altura del chico… y hacía ya mucho que había muerto.
          —No, Thriz, me temo que no —sus dedos juguetearon con la tela de la túnica de color azul sobre su regazo—. Estoy demasiado viejo para eso y tampoco tengo tanto poder. Nunca lo he tenido —añadió con tristeza, los ojos clavados en las danzarinas llamas—. Me limitaré a reforzar el ejército por si Zaryll usa su magia… él o cualquiera de los helfshard que le siguen. Hay barreras y protecciones que podrían ser de mucha ayuda. Pero también podré usar mi magia contra sus tropas normales. Ahí es donde podré hacer daño de verdad. Al menos —rectificó—, hasta que me detecten y vengan a por mí.
          —En ese caso, yo te protegeré —replicó la pelirroja, mostrando los dientes en una desafiante sonrisa—. No soy Isholda, pero no llegarán a ti con facilidad si yo estoy delante.
          La chica terminó de despiezar el animal asado y le pasó un cuento de madera con su parte inclinándose hacia un lado del fuego.
          —Gracias, Thriz.
         —Cómelo antes de que se enfríe, maestro. Te hará bien algo caliente. Después de las cebollas, prepararé también té de hierbas, puedo añadir algo para el dolor, si quieres. Te ayudará a descansar. Por cierto —añadió, metiéndose un trozo de conejo en la boca—. ¿Cómo crees que le irá a Isholda? —farfullo mientras masticaba—. No me contó nada antes de irse con ese gigante… ni tú tampoco, maestro. Aún estoy esperando.
          —Respondiendo a tu primera pregunta: espero que sí —Adryll contuvo una sonrisa ante la impulsividad y verborrea de la joven sacerdotisa—. Sobre la segunda… no me corresponde a mí hacerlo.
          —¡Maestro! —gimoteo Thrizealynn con un mohín en los labios.
          —No puedo, pequeña —le cortó el mago jugueteando con la comida de su cuenco, sin apartar la vista de los jugosos trozos de conejo asado. Suspiró y alzó los ojos de nuevo, hacia el dulce rostro de la muchacha—. Sólo puedo decirte que fue muy importante para ella y que, si no te dijo nada, no fue porque no quisiera, sino porque estaba demasiado aturdida para hacerlo. Fue… —Adryll cogió finalmente un trozo de carne, lo observó unos segundos y luego lo masticó con calma—. Fue un día muy importante para ella.
          —Tiene… —vaciló la chica, frunciendo los labios— algo que ver con que nunca podía dejar el Santuario, ¿verdad? Mientras que las demás íbamos a ver a la familia o a casa o a otros Templos ella se quedaba siempre allí. Sola. Y nadie iba a verla nunca tampoco. Es por eso ¿verdad?
          Adryll asintió tras un largo momento de duda. Ese trato especial hacia Isholda nunca había pasado desapercibido para nadie. Había habido en el pasado muchas preguntas, demasiadas durante los años más duros de la muchacha y también dudas, respecto a la prohibición que él insistía en mantener sobre ella. Pero ¿cómo explicarlo sin revelar demasiado? ¿Sin hurgar en hechos del pasado que era mejor permanecieran ocultos para siempre?
          —Sí, mi pequeña —acabó por contestar en un susurro—. Tiene que ver son eso. Pero no puedo decirte nada.
          Thriz asintió, sin poder evitar que la tristeza invadiera su rostro y Adryll sintió cómo aquel simple gesto se clavaba como dolorosas agujas en su corazón. Ojalá pudiera contárselo todo, ojalá tuviera el valor de hacerlo. Pero cuando había cosas que ni siquiera le había contado a Isholda ¿cómo, en nombre de los Dioses, iba a decirle ahora todo aquello a Thriz? Nunca se lo podría perdonar a sí mismo. Tal vez en el futuro, cuando todo hubiera pasado, si es que lo hacía, consiguiera reunir el valor suficiente para hacerlo. Pero ahora no era el momento.
          —¿Crees que la volveré a ver? —la voz de la chica apenas resultó audible a través del crujido de las llamas, cuya luz danzaba sobre sus cobrizos cabellos haciéndolos brillar como el oro, como el bronce batido, en medio de la noche.
          —No lo sé, mi querida Thriz. No lo sé.
          Sus ojos se alzaron hacia el cielo punteado de estrellas y luego se dirigieron hacia la oscura silueta de las cada vez más cercanas montañas, que se recortaban como meras sombras contra el firmamento.
          —Ojalá lo supiera.


          Muy lejos de allí, muy lejos hacia el Sorn y el Eorn, al borde de una calzada que no tardaría en adentrarse en las Llanuras de Lládhany, otros ojos contemplaban también el manto de estrellas esa noche. Unos ojos azules como las profundas aguas de un lago de montaña. A poca distancia, el rio que discurría junto al camino, cantaba en su lecho con un quedo rumor que llenaba la noche, casi ahogado por las voces y el ruido del ejército que llevaba como refuerzo para su padre. Esa misma tarde, justo antes de acampar, el resto de las tropas de Laugan, procedentes de Cahir ar Almenein, se habían unido a ellos, completando así los refuerzos de los que podía disponer, sin dejar, por supuesto, el Sorn y el Eorn totalmente desguarnecidos. Hacerlo en las presentes circunstancias hubiera sido una temeridad.
          «Ojalá esas noticias sobre los elfos negros no hubieran sido ciertas —reflexionó—. Ojalá ni Londar, ni Nargor, ni Herald le hubieran vuelto la espalda a mi padre.»
          Pero desearlo no iba a hacer que las cosas cambiaran. Con un suspiro, se volvió hacia el noroeste, donde, esa noche, brillaba más intensa de lo que podía recordar la estrella roja de Gudrun. Su niñera siempre decía que el brillo de aquella estrella auguraba el mal y la muerte, pero él siempre había pensado que se tenía que referir a las gemelas de la constelación de Hurd y no aquel rubí solitario en medio de la negrura.
          —Estrellas —musitó, alzando la mano hasta que la yema de su dedo índice pareció acariciar la pequeña joya que brillaba en el cielo—. ¿Sigues morando en ellas, madre, como Areshienne me contaba de niño? Si es así, protege a mi padre y protege Bakán. De los elfos negros, de las revueltas del Sorn… Intercede ante Sodmeth por nosotros, madre, intercede ante Yshaunn.
          «Me temo, madre, que en esta guerra vamos a necesitar de toda la ayuda de que podamos disponer.»
          Con aquel sombrío pensamiento burbujeando en su interior, volvió al interior de su tienda y dejó que las nieblas del sueño lo llevaran muy lejos de allí.


          El sol se alzaba ya sobre el Eorn, pero las altas montañas que rodeaban Ossián aún mantenían la capital sumida en las suaves sombras que preceden al alba. Desde lo alto de un estrecho paso, que hacía unos años un desprendimiento había sepultado casi por completo, Erish contemplaba la ciudad de blancas murallas y blancas torres que se cobijaba en el estrecho valle abierto hacia el Sorn a modo de cuña. El rio que aguas abajo se abría paso por las Llanuras de Lládhany hasta llegar al mar, cruzaba aquí la capital antes de remontarse hacia las altas cumbres, entre espumeantes cascadas y tumultuosos torrentes. El Agrelle era no sólo el rio más largo de Bakán, sino también una de las arterias comerciales más importantes del reino. Y ahora ella tenía allí, a sus pies, el lugar al que gran parte de esas riquezas iban a parar.
          Poco se parecía a su lejano hogar, donde la piedra era oscura y las tallas llenaban los muros de cada casa, donde delicados puentes unían unos edificios con otros, como si de encaje de roca se tratara. Ossián, en cambio, era blanca, resplandeciente, como la luna sobre el cielo de la noche.
          Y ellos habían llegado allí para arrasarla, destruirla, tomarla entre sus manos y derribar las blancas murallas y las blancas torres. Nunca había pensado que se fuera a enamorar de aquella ciudad nada más verla.
          Puede que fuera porque habían pasado casi media luna sin ver el sol, sin atisbar el cielo, con tan sólo toneladas de roca sobre sus cabezas y sin más viento en el rostro que el de sus propios alientos o la ocasional caricia de alguna corriente subterránea. Puede que fuera porque estaba ya más que harta de piedra en torno a ella, pero no podía negar que la sola visión de Ossián extenderse ante sus ojos hacía que todo aquello hubiera merecido la pena.
          «No nos esperan —reflexionó contemplando las murallas por las que apenas paseaban soldados—. Pero claro, ¿quién de esos humanos hubiera imaginado siquiera la existencia de esa red de túneles por la que hemos venido? No tienen memoria. No se acuerdan apenas de las viejas guerras ni de los viejos pasos.»
          Pasos que, por otro lado, habían tenido que despejar y excavar con magia en más de una ocasión. Hasta habían tenido que sostener el techo en algunos tramos mientras las tropas pasaban raudas bajo los mágicos soportes. También habían tenido que mantener el aire puro y respirable. El gasto de poder había sido ingente, la tensión a la que Gerath y ella habían tenido que someter sus cuerpos había resultado descomunal. Pero finalmente estaban allí. Y ella se había enamorado de la blanca ciudad.
          A su espalda, unos suaves pasos hicieron crujir las piedras sueltas que cubrían la senda, haciéndola volver en sí, y la elfa miró por encima del hombro para ver acercarse a Gerath con un pequeño espejo en la mano.
          —¿Qué han dicho?
          —Nuevas órdenes. Pero no afectan a nuestro trabajo aquí —Erish asintió, pero enarcó una ceja con franca curiosidad—. Cuando acabemos con esto —respondió Gerath a su muda pregunta—, quieren que nos unamos a Org y a Lhure en la persecución del prófugo ese que piensan es uno de los Elegidos de la Profecía. Por lo que Sadreg sabe, Org está ya cerca de Ossián, pero Lhure tardará aún en llegar.
          —¿Sólo se trata de eso? No parecéis muy contento —inquirió la helfshard.
          —Hay más. No podremos asegurar nuestra posición aquí, como estaba planeado —la mujer observó de reojo cómo la mano de su compañero se crispaba sobre el espejo—. Lady Seindra quiere que volvamos a Nardis, después de encargarnos del prófugo, para atrapar en una pinza al ejército del rey humano y que —tragó saliva— comencemos con una estrategia de tierra quemada.
          Erish abrió mucho sus ojos claros, tremendamente desconcertada.
          —¿Sabéis que ha podido pasar en Nardis para este cambio tan…? ¿O es que las nuevas órdenes provienen de Yshierd-dhan?
          —Sadreg sólo me ha dicho que ya hay tropas humanas a los pies de Nardis, que tenemos que centrarnos en ganar esta guerra y no sólo en la Profecía —tomó aire con el ceño fruncido, mirando cómo el sol barría la ladera que descendía ante ellos hasta la ciudad y entrecerró los ojos para protegerlos de la hiriente luz—. No es tan mala idea, Erish, es sólo que… me frustra —escupió entre dientes, mientras se acercaba un par de pasos a ella—. Cuando ganemos, cuando matemos a los de la Profecía, habrá que empezar de cero. Habrá que sembrar, recolectar… y probablemente sea pleno invierno cuando ese  momento llegue.
          —Nuestra gente pasará hambre —convino la mujer, alzando una mano para acariciar la mejilla de Gerath con suavidad. El hombre apoyó su rostro sobre sus dedos y suspiró, cansado—. Pero no es que eso vaya a resultarnos desconocido, no puede ser peor que el invierno de hace treinta años.
          —Lo será, si además tenemos que dedicarnos a pacificar las tierras —sus ojos azules se volvieron hacia ella, cálidos y fríos al mismo tiempo, y sus labios besaron con suavidad la palma de su mano, haciéndola estremecer.
          —Si nosotros pasamos hambre, ellos también lo harán, Gerath, pensad en ello.
          Tras un corto silencio, el otro elfo alzó la mano para tomar la de la mujer entre sus dedos y acabó por sonreír.
          —En eso tienes razón, pero no por ello tiene que gustarme. Ahora —con un suspiro se apartó de ella para volver toda su atención hacia la ciudad que había bajo ellos—, tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos. Llama a las tropas, Erish, ha llegado el momento de atacar.




 

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