Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


lunes, 3 de febrero de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO (Parte 4/5) - Lis de plata, dragón de oro, campo de sable


         Trión volvió a golpear un par de veces con la caña de la pluma el mapa que tenían desplegado sobre la mesa y luego resopló cansado, enlazando las manos, para apoyar la barbilla sobre ellas.
          —Entonces, ¿qué tenemos? —el rey de Bakán paseó sus grises ojos por los hombres sentados en torno a la mesa.
          La tienda donde se habían reunido estaba caldeada por dos braseros que chisporroteaban con suavidad, e iluminada por varias lámparas de aceite colgadas del techo que derramaban su dorado y cálido resplandor sobre los sombríos rostros allí presentes. Lauden ar Almenein, sentado a su diestra, se reclinó hacia atrás en la silla plegable, escrutando el mapa con el ceño fruncido, mientras Deoran ar Ryanthal ar Lunn intercambiaba unos quedos susurros con Lenner ar Luinär ar Hearay-rha. Por su parte, Ekhar ar Nehleann ar Enamayn, sacudía de lado a lado la cabeza, coronada por una hirsuta mata rizos rubios, con expresión preocupada.

          —El mensaje de ar Daranelle ar Lynaitha es claro —comenzó Ekhar, manteniendo su potente voz de barítono lo más baja posible—. No tenemos nada bueno, majestad.
          Lauden asintió, tableteando con un dedo el valle de Nardis ilustrado en el mapa, justo sobre el cauce del río que lo atravesaba.
          —Vuestras peores sospechas han resultado ser ciertas, majestad. Esos mensajeros nunca llegaron. Se hicieron pasar por ellos, interceptaron nuestros planes y… bueno —suspiró— he aquí el resultado. El río envenenado, por no mencionar lo de las provisiones.
          —Pero lo peor no es eso —acotó Lenner, tras intercambiar una sombría mirada con Deoran.
       —Lo peor —terminó éste último, secundando a su compañero—, es lo que ha ocurrido con los sanadores. Ese envenenamiento no sería problema alguno si los sanadores hubieran sobrevivido al ataque. Pero han perdido a la mayoría.
          Trión asintió con un suspiro, alisando una esquina del mapa con un dedo.
       —La enfermedad del vientre, las fiebres… eso es lo mejor que podemos esperar, lo sé. Ahora —añadió, alzando la misiva que tenía a su lado y que había llegado esa misma tarde al campamento en manos de un atribulado paje, para clavar en ella sus ojos grises, rebosantes tensión contenida—, tienen casi un millar de hombres incapacitados, entre envenenados y heridos, por no mencionar los que han enfermado por la comida en mal estado. Un tercio de los soldados que hay allí. Un tercio —dejó caer de nuevo la carta sobre la mesa y se volvió hacia el anciano que permanecía en paciente silencio, sentado en una banquetita de madera al lado de la puerta. Profundas arrugas rodeaban sus ojos, fruto de la preocupación, del cansancio y la tristeza.
          »Maestro Thena, ¿estaría alguno de vuestros muchachos dispuesto a correr el riesgo de ir al Norn por delante del ejército? Con las noticias que nos han llegado en mano —añadió señalando la carta que tenía ante sí—, soy plenamente consciente de los riesgos que eso podría suponer. Nada garantiza que no vayamos a sufrir una nueva emboscada, ya sea por los elfos negros, como ocurrió hará días con la avanzadilla… o que vaya a pasar lo mismo que con los mensajeros que enviamos con las órdenes. ¿Conocéis a alguno que esté dispuesto a viajar en esas circunstancias? Me gustaría que los sanadores a los que voy a encomendar esta misión fueran voluntarios.
          El viejo clérigo arrugó los ojos y acabó por alzar una mano, la palma hacia arriba, a modo de toda respuesta. Reflexionó durante unos segundos más y luego dejó caer la mano sobre su regazo. Carraspeó.
          —Dependerá de cuánta protección podáis destinarles, majestad —acabó por susurrar—. Siempre hay chicos que subirán aunque tengan que hacerlo en solitario con sus petates de sanación al hombro, conozco a dos o tres con ese tipo de entrega, pero yo preferiría que viajaran con toda la escolta que les podáis proporcionar, mi señor.
          —Que no será mucha, maestro, no voy a mentiros al respecto.
       —Tendrán que viajar rápido —intervino Lauden—, con poco equipaje. También tendrán que ser buenos jinetes y no dormir demasiado, los soldados que enviemos con ellos forzarán la marcha. Necesitamos que los sanadores lleguen a Nardis lo más rápido posible.
          El anciano cloqueó una risa y sus ojos se clavaron en los del general.
          —No dormir nunca ha sido un problema, lord Almenein. Los chicos están más que acostumbrados a eso. Lo de los caballos, sin embargo, es otro asunto distinto. Veré a quienes puedo encontrar con la pericia necesaria.
          Trión asintió con seriedad.
          —Buscadlos y decidles que se preparen para partir al amanecer.
          —Así lo haré, majestad —respondió el sanador, levantándose con cierta dificultad de la banqueta y torciendo el gesto de dolor.
          —¿El agua envenenada será un problema, maestro? —intervino Deoran, antes de que el anciano se hubiera terminado de levantar—. O la comida en mal estado. ¿Hay alguna cosa que podáis hacer para… no sé… limpiarla?
          —Eso no será necesario, lord Ryanthal —replicó el anciano, una mano sobre la lona de entrada de la tienda, mirando al otro hombre con una sonrisa asomando en sus viejos ojos—. Las aguas habrán arrastrado el veneno hará ya tiempo. Si los hombres de Zaryll no vuelven a hacerlo, el resto del ejército estará a salvo. La comida en mal estado es lo que más me preocupa y es casi lo primero con lo que tratarán los muchachos allí, para evitar que la enfermedad se extienda. Por desgracia, tendrán que destruirla. Somos sanadores, no magos.
          Deoran frunció el ceño, súbitamente preocupado.
          —Entiendo, ¿y el agua que nos llega? ¿Corremos algún riesgo de que el veneno pueda afectarnos? No sé si es el mismo río o no… pero…
          —No, mi señor. Se habrá mezclado con las aguas hasta ser inocuo, eso puedo garantizároslo. Ahora, si me disculpáis…
        El soldado suspiró con un asentimiento, mientras Thena abandonaba la tienda con una reverencia. Trión se frotó las sienes con gesto cansado y volvió a inclinarse sobre la mesa.
        —Nos queda el problema de los suministros, efectivamente —comenzó el rey de Bakán—. Gran parte de los que tenían en la avanzadilla han quedado imposibles de utilizar después del ataque, están echados a perder, cuando no envenenados. Eso, me temo, no tiene fácil solución. No podemos enviarles nada, no como acabamos de hacer con los sanadores —añadió, señalando la entrada por la que el anciano clérigo acababa de salir—. ¿Alguien tiene alguna idea, aparte de comenzar a racionar?
          Los tres hombres rebulleron incómodos e intercambiaron miradas serias y opacadas por el cansancio y la incertidumbre. Todos ellos llevaban ya demasiadas horas despiertos, el agotamiento que se reflejaba en sus semblantes imposible ya de ocultar, y todo lo que él quería hacer era irse a dormir con su esposa. Pero no era algo que se pudiera permitir, antes tenían que solucionar aquel asunto en la medida de sus posibilidades.
          —Me temo que no, majestad —Ekhar se encogió de hombros—. Si hay caza, tendrán que cazar y si hay pesca, tras lo que han hecho esos malnacidos con el rio, tendrán que pescar. Eso, o bien pasar hambre hasta que lleguemos.
          —Pasarán hambre igualmente —señaló Lauden con expresión agria—. Tienen a un tercio de los hombres incapacitados de un modo u otro, y los enfermos necesitarán comida y atenciones especiales. Cereales hervidos y esas cosas. Gachas —añadió con una mueca—. Al menos a mí, los sanadores nunca me han dejado comer asado cuando estaba enfermo.
          Esa última observación alzó un coro de risas entre los presentes, relajando un poco la tensión.
          —Qué más os gustaría, ¿eh, Almenein? —replicó Lenner con una sonrisa tras su poblada barba cana.
          —A mí y a vos y a todos. Pero lo que quería decir es que son esas precisamente las provisiones que hemos perdido en Nardis —sus ojos se desviaron fugazmente hacia Trión—. Majestad, de empezar a racionar, sugiero que lo hagamos ahora. Nunca es tarde para hacerlo y no sabemos lo que nos encontraremos cuando lleguemos allí. Sé que a nadie le va a gustar, pero no creo que tengamos otra opción.
Tras unos segundos de silencio, que pesó sobre todos ellos como un sudario, el resto de los hombres acabaron por asentir.
           —En eso estamos de acuerdo, Almenein, es mejor prevenir ahora que lamentarlo luego. Lord Lethan  —Trión se volvió hacia el general de largos cabellos castaños, salpicados de hebras blancas—, ¿podríais encargaros vos de organizar todo lo necesario?
          —Por supuesto, majestad.
         —Bien, un asunto menos. Con lo que no podemos hacer nada, es con el tema de los caballos perdidos en los cenagales.
          —Por desgracia, majestad, me temo que son irremplazables —convino Deoran—. Ya no estamos a tiempo de enviar una paloma a vuestro hijo para que…
          —No, Deoran. Si todo ha ido como estaba previsto, abandonó Ossián antes de la luna nueva. Ya es demasiado tarde para eso.
          —Entonces tampoco puede traer suministros extras —ar Ryanthal se frotó los ojos, reposando a continuación la frente sobre sus manos entrelazadas.
          —Sólo nos queda un asunto por tratar, señores y todos podremos retirarnos a dormir —comentó Trión, era obvio que al hombre volvía a dolerle la vieja lesión de la espalda, era hora de acabar con la reunión—. Y no es un tema precisamente agradable. Llevamos eludiéndolo toda la noche. Me refiero a los infiltrados que podríamos tener en el ejército. Nur, Saharey, Denner, pueden ser hombres de cualquiera de ellos.
          —¿Una purga? —musitó ar Luinär, incapaz de apartar los ojos de la superficie de la mesa.
          Ekhar dejó escapar una maldición y golpeó la madera con un puño fuertemente cerrado.
          —No. Somos demasiados como para hacer algo así. Sembraríamos la desconfianza en nuestras propias filas con demasiada facilidad y ahora que vamos a empezar a racionar la comida… No, no es el momento para algo así. Además —añadió alzando el rostro para recorrer los rostros de sus compañeros de uno en uno—, no es que sean elfos negros, no es que… —hizo un gesto ambiguo con la mano— vayamos a ser capaces de identificarlos con sólo echar un vistazo a su color de piel. Un juramento de lealtad a una casa jamás ha dejado marca alguna.
          —Sí, eso es lo malo de tener un inicio de guerra civil entre manos —convino Trión tapeando la mesa con un dedo, justo sobre Nardis—, podría ser cualquiera. Hasta podría no ser nadie, ahora que ya nos han golpeado en el Norn; es posible que sembrar la desconfianza entre nosotros haya formado parte del plan de Zaryll desde el inicio. Ese traidor siempre parece haber sido una pequeña víbora.
          —O tal vez podrían ser cientos, majestad —intervino Lauden tras permanecer un rato en silencio—. No podemos saberlo y poco hay que podamos hacer al respecto, excepto estar atentos a cualquier actitud extraña o fuera de lugar que veamos. Lo único que podemos hacer es tener los ojos y oídos bien abiertos. Hay algo que me gustaría proponer, majestad —añadió tras una pequeña pausa—. Creo que podría poner en marcha un pequeño grupo de hombres de confianza, gente a la que conozco desde hace tiempo. Creo —sus ojos recorrieron los sombríos rostros de los hombres sentados a la mesa—, que todos sabemos de soldados así, de hombres de extrema lealtad, pero lo suficientemente discretos —un coro de asentimientos siguió a sus palabras—, a los que podemos encomendar tareas delicadas como esta. Sería buena idea organizarlos en patrullas por todo el campamento, para que se mezclen entre el resto de las tropas a las noches y que fueran nuestros ojos y nuestros oídos entre los hombres.
          —Hacedlo —ordenó Trión, frotándose las manos, para hacerlas entrar en calor, tras pensar en ello apenas un instante. Dioses sagrados, se sentía tan cansado y el frío empezaba a calarle en los huesos, pese a los braseros y la capa de lana con que cubría sus hombros—. Que busquen cualquier indicio de hombres a las órdenes de Zaryll, que estén sobre todo atentos a cualquiera que pudiera haber tenido en el pasado algún tipo de relación con la casa Yenner. Muy pocos la recuerdan ya, pero yo aún lo hago. Y no sólo entre los soldados —añadió con una mueca—. Entre los herreros, los carreteros, que busquen hasta entre los seguidores del ejército si hace falta. Pero que lo hagan con discreción —posando las manos sobre el mapa, Trión se puso en pie y el resto de sus hombres le imitaron—. Y que los Dioses nos ayuden si hay más traidores entre nosotros y no los encontramos a tiempo. Es hora de retirarse, señores. Estamos todos muy cansados y no vamos a sacar nada más en claro por esta noche. Descansad lo que podáis y mañana nos reuniremos de nuevo a la misma hora, Nardis está a poco más de una semana de viaje y hay mucho en lo que debemos pensar.
          Uno tras otro, fueron abandonando la tienda, hasta que sólo quedó Lauden a su lado.
          —¿Almenein?
          —Será sólo un momento, majestad. Con vuestro permiso, me gustaría enviar mañana un mensajero al Sorn, a mi hijo, para informarle de todo esto —señaló con un gesto todo lo que tenían alrededor.
          Trión asintió, rascándose la barbada mejilla.
          —Está bien, sí, hacedlo, es una buena idea. Yo también le enviaré uno a Selam, pero por separado. Así, si uno fallara…
          —Entiendo, majestad —Lauden se disponía a salir tras el resto de los generales, cuando Trión le detuvo con un gesto.
          —Tampoco hace falta que os diga, lord Almenein, que mantengáis al resto al margen de esto, ¿verdad? —tras fruncir el ceño durante unos instantes, Lauden asintió con cierta reticencia—. Vos y yo nos conocemos desde hace muchos años, pero no puedo decir lo mismo de los demás. Desearía que lord Lenh estuviera aquí con nosotros, tanto como vos, podéis creerme, o el bueno de Shoren. Pero, me temo, eso ya no será posible.
          —Trabajaremos con lo que tengamos, majestad —replicó el cabeza de familia del clan Almenein, el rostro súbitamente ensombrecido por el recuerdo de la reciente pérdida—. Haré que algunos de mis hombres de confianza tengan un ojo puesto también en los demás.
          Trión asintió y se pasó una mano por el rostro, en un vano intento de desentumecerlo.
          —Buenas noches, Lauden.
          —Buenas noches, majestad. Saludad a Areshienne de mi parte si aún está despierta.
          —Lo haré, Almenein. Y gracias.
          La lona cayó sobre la entrada, en medio del silencio roto tan sólo por el crepitar de los carbones que se enfriaban en los braseros y el rey de Bakán se sintió de pronto exhausto, acuciado por la creciente impresión de que reino entero que descansaba sobre sus hombros se estaba desmoronando poco a poco a su alrededor, no dejando salvo cenizas entre sus manos.




Seguir leyendo este capítulo >     
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario