Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 28 de enero de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO (Parte 3/5) - Lis de plata, dragón de oro, campo de sable


           Nargor se detuvo ante la puerta vigilada por una pareja de guardias armados y vaciló antes de llamar. No era que tuviera excesivas ganas de realizar aquella visita, pero tenía noticias importantes que transmitir y que no se atrevía a confiar a un simple mensajero. Por otro lado, estaba el espinoso tema de la cortesía: había ocasiones en las que había que hacer lo que se esperaba de uno, por mucho que le desagradara.
          «Aunque sea con días de retraso.»

          Eso era lo que más le irritaba de todo aquel asunto, la maldita cortesía, tener que guardar las malditas apariencias. De modo que, aunque solo fuera para concederse una ridículamente pequeña satisfacción, abrió la puerta sin llamar. El recibidor estaba desierto, nada extraño si tenía en cuenta de quién eran los aposentos en que se encontraba. El muy idiota ni siquiera tenía soldados apostados allí dentro, tan sólo los que montaban guardia en el pasillo. Eso, se temía, tendría que cambiar. Sacudiendo la cabeza de lado a lado, dándose cuenta de que los suyos estarían igual de haberse dado la situación inversa, cruzó la pequeña antesala para adentrarse en la habitación que había más allá de las puertas interiores.
          Londar yacía recostado entre almohadones en la enorme cama con dosel situada junto a la pared izquierda de la estancia, ataviado con una holgada camisola de lino blanco y el largo cabello rubio recogido en una cola de caballo. Una barba de varios días recubría sus pálidas mejillas. Tenía un libro en el regazo y lo ojeaba con apatía, sin apenas entusiasmo. Alzó el rostro en cuanto los pasos de Nargor resonaron en el suelo de piedra y enarcó sorprendido una ceja.
          —Vos aquí, lord Nargor. ¿A qué debo el placer de vuestra visita? —cerró el libro con una mueca, marcando el punto por el que iba leyendo con un dedo—. Dudo mucho que sea de cortesía, no viniendo de vos, desde luego.
          El cabeza de familia de la casa Saharey se encogió de hombros, sin alterar siquiera el gesto. Si Londar esperaba provocarle con tanta facilidad, era problema suyo.
          —Pensad lo que gustéis, en parte sí y en parte no. Sea como sea —continuó—, en algún momento había de devolveros la deferencia que tuvisteis al visitarme cuando yo… ya sabéis —Nargor señaló con un gesto vago la venda que le cubría los ojos y a continuación avanzó con paso tranquilo hasta la ventana, donde una de sus manos se posó con delicadeza sobre los finos travesaños de madera tallada de enmarcaban los cristales.
          A su espalda, la risa de lord Nur resonó como una tos seca contra las paredes, seguida de un gemido de dolor.
          —Claro, ¿por qué no? —resopló con desprecio, después de recobrar el aliento—. Finjamos que es mera cortesía, si así os place. Al fin y al cabo somos los dos únicos generales humanos que quedan al servicio de Zaryll. Pero si no recuerdo mal —añadió con acritud, dejando el libro sobre las sábanas, con mal contenida furia, para señalarle con manifiesto hastío—, fuisteis vos el que no dejó que ninguno de nosotros os visitara en aquel entonces. Al menos, eso es lo que nos dijo vuestro padre.
          Los dedos de Nargor se crisparon con fuerza sobre los listones de madera, antes de relajarse de nuevo con igual rapidez, cuando los recuerdos de aquella época, candentes, fríos, hicieron que la bilis le subiera a la garganta. Apartándose de la ventana, lord Saharey se volvió hacia Londar, logrando mantener el rostro inexpresivo, fruto de años y años de práctica. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse como para dejarse llevar por esa vieja amargura. En cualquier caso, había sido culpa suya por sacar el tema desde el inicio.
          —Eso es agua pasada —replicó con frialdad, más de la que pretendía, tal vez. Tal vez no. Londar le irritaba más y más a cada día que pasaba.
          —No he sido yo el que… —protestó indignado el rubio general antes de verse bruscamente interrumpido por la mano alzada del otro hombre. Londar se tragó una maldición y una vena se hinchó en su cuello mientras la sangre acudía en violentas y cálidas oleadas a inundar su rostro.
          —Lo que de verdad me trae aquí, y haríais bien en escuchar con atención, es otro asunto. Es lord Zaryll —añadió con calma, tras una profunda inspiración—. Hace unas horas se ha caído por las escaleras de su torre. Se ha dislocado un hombro y casi se abre la cabeza —pudo sentir cómo la sangre huía del rostro de Londar con la misma rapidez con que había acudido a él, dejándolo paralizado—. Sigue vivo. Afortunadamente. Al menos todavía respiraba cuando le he ido a ver hace un rato —y se había cruzado con Seindra y Sadreg en su descenso, los rostros tensos y sombríos; lo que había vuelto a traer a su mente la airada conversación que había presenciado hacía unos días. Sacudió la cabeza, alejando esa preocupación de su mente, ya habría tiempo más adelante para ocuparse de ella, ahora…—. Pero está inconsciente y los sanadores no saben siquiera si despertará. O de hacerlo, si será el mismo de siempre.
          —¿Cómo…? —escuchó balbucir a Londar, sus manos abriéndose y cerrándose espasmódicamente sobre las sábanas.
          —Nadie lo sabe. Lo encontraron en la escalera un par de chicos que subían a limpiar sus aposentos, inconsciente y sangrando.
          —Los elfos… Esos… —jadeó el otro hombre, la voz tensa y cargada de odio.
          —No lo creo —Nargor caminó con paso lento hasta el centro de la habitación, sin apartar sus ojos del rubio general—. Pero hay más tensión en Nardis en estos momentos de la que ha habido en mucho tiempo. Entre ellos y nosotros, se entiende —matizó con una mueca—. Una sola chispa y… —chasqueó los dedos, para sobresalto de Londar, que clavó los ojos en él, como hipnotizado por sus palabras— el incendio resultante podría destruirnos a todos. En cualquier momento, si Zaryll no se recupera con rapidez, a alguien le podría dar por matar a alguien en una esquina… y el baño de sangre… No creo que haga falta que os lo explique, ¿verdad? —el rubio general negó con rapidez, blanco como el papel.
          »Así que, de ser vos, reforzaría ahora mismo la guardia de estas habitaciones. Sólo por si acaso, se entiende. Discretamente —siseó, con desprecio mal contenido, al ver que Londar iba a gritar para llamar a sus hombres—. Al mismo tiempo, ordenaría a mis hombres mantener la calma durante las próximas horas, pase lo que pase, al menos hasta ver qué ocurre con lord Zaryll. Que hagan oídos sordos a las provocaciones; eso ante todo. Y tened por seguro, lord Londar, que llegarán, tarde o temprano. No podemos seguir como hasta ahora, ni vos, ni yo.
          Nargor sintió con total claridad, como el otro hombre volvía a ponerse rojo como la grana.
          —¿Qué estáis…?
          —No estoy insinuando nada —le cortó, con voz átona—. Pero también haríais bien en mantener cerca de vos a esa mujer… ¿Cómo se llama? Esa subalterna vuestra, la delgaducha de cabello rizado.
          —Arlen —escupió Londar, como si el nombre le quemara en la boca. Nargor fingió no darse cuenta.
          —Esa. Por lo que tengo entendido, fueron sus dotes diplomáticas lo único que os mantuvo con vida a la vuelta de vuestra… expedición con Reda.
          Lord Londar se congestionó ante esas palabras, las mejillas ardiendo en rojo intenso en claro contraste con sus rubios cabellos y pálida piel. Un par de venas se le hincharon en el cuello y en la frente y sus manos se cerraron como garras sobre las sábanas.
          —¿Acaso…? —atragantándose con su propia furia, los labios perlados de motitas de saliva, Londar resolló en medio del silencio—. ¿Acaso pensáis que necesito que vos me digáis lo que debo y no debo hacer?
          Nargor alzó la barbilla y se limitó a mirar de medio lado, impasible, al otro general hasta que éste, los dientes apretados hasta hacerlos rechinar, pareció calmarse.
          —Sólo es un consejo. De humano a humano. De hombre de armas a hombre de armas. Interpretadlo como os plazca.
          Con esas palabras, el cabeza de familia de la casa Saharey, se dio la vuelta y abandonó con paso firme las dependencias de Londar ar Nur.
          «Estúpido arrogante e inútil —no pudo evitar pensar según las puertas se cerraban, una tras otra, a su espalda y emprendía el regreso a sus aposentos.»
          Pero por lo que a él respectaba ya había cumplido su cometido. Ahora sólo le restaba rezar a los Dioses porque todo aquello, la tensión que empezaba a mascarse en el ambiente y que parecía rezumar de cada piedra de Nardis, terminara lo antes posible en algo que no fuera una matanza. Necesitaban a lord Zaryll vivo. Más aún, lo necesitaban en condiciones plenas de dirigir al ejército. Solo le quedaba esperar que Seindra o Sadreg, o quien quiera que tomara las decisiones entre los elfos, fuera lo suficientemente sensato como para impartir las mismas órdenes que él había dado tanto a sus hombres como a Londar.
          «Rezar también —se dijo a sí mismo— porque las peores sospechas de lord Zaryll sobre nuestros inestables aliados, no elijan este preciso momento para materializarse.»


          El sol se alzaba ya alto en el cielo a su espalda, derramándose por las entrelazadas ramas de los árboles, desprovistas ya casi por completo de hojas, y proyectando sobre el cobrizo suelo del bosque una intrincada celosía de luces y sombras. Los charcos refulgían en la penumbra, destellando como la bruñida superficie de un espejo enmarcado de ocre y oro y verde. De cuando en cuando, el viento desplazaba las oscuras nubes cargadas de la amenaza de lluvia y el mundo se torna gris de nuevo a su alrededor, ensombreciendo las hojas secas y velando la superficie de los charcos.
          Org escupió a un lado del sendero y se limpió los restos de saliva amarillenta con el dorso de la mano, poniendo especial cuidado en no cortarse la bulbosa nariz con las cuchillas atadas a ella. Ante él, a poca distancia, terminaban los bosques para dar paso a los terrenos de labranza y a las suaves colinas recubiertas de hierba, que se extendían hasta la cercana población de casas blancas y tejados del color de la sangre. Org dejó escapar un gruñido entre sus grandes y afilados dientes, cuando unos suaves pasos hicieron crujir la hojarasca y una sombra alta e imponente, ataviada de verde y negro, se situó a su lado.
          —Ni una más como esta, Org.
          Aquella frase, pronunciada con serenidad y tono meticulosamente frío, le hizo alzar el rostro rebosante de cólera hacia Lhars. Éste, las manos entrelazadas a la espalda, contemplaba el paisaje que se extendía ante ellos, igual que él momentos antes. Detrás de ambos, se alzaba la pequeña leñera, donde la familia a la que había pertenecido la granja que había colina abajo solía guardar las provisiones para el invierno. Ahora, el tocón donde antes estaba clavada el hacha, rezumaba sangre sobre el suelo cubierto de hojas muertas. Su cálido y reconfortante aroma aún llenaba el aire, haciendo que le rugieran las tripas de hambre.
          —No, al menos, mientras ellos estén con nosotros —masculló el elfo, torciendo el gesto en dirección al grupo de humanos que había llegado con él y que ahora aguardaba algo apartado, los ojos de mirada acerada entrecerrados y las manos descansando, tensas, sobre las empuñaduras de sus armas.
          Org volvió a gruñir y contuvo las ganas de escupir de nuevo. El elfo se había presentado de improviso hacía apenas un par de horas, cuando él y sus pintones estaban a punto de darse un capricho con los dueños de la granja. No como el que habían disfrutado en Meers, desde luego, pero sí moderadamente satisfactorio. Al menos hubiera servido para calmar las ansias y los ánimos cada vez más tensos de sus chicos, con todo aquel olor a humano que flotaba por todas partes desde que habían abandonado el paso de las montañas. Ni qué decir tiene, que el elfo había frustrado sus intenciones, obligándolo, delante de sus pintones, a esconder los cuerpos descuartizados en la leñera. Ahora sus tropas merodeaban hostiles y hoscos entre la maleza y los árboles, lo más alejados posible del valle. Los podía oír refunfuñar entre las sombras.
          El valle.
          Org flexionó los dedos una y otra vez de forma mecánica, cada vez más irritado por la intromisión del elfo. Y por el retraso que el maldito valle había supuesto para su cacería.
          Su presa se había adentrado en las pobladas llanuras el día anterior, haciendo que fuera imposible para ellos continuar con la persecución. No al menos, de la forma tan descubierta como lo venían haciendo hasta el momento. Sabía que no eran lo suficientemente numerosos para cazar allí, a la vista de todos. En el mismo instante en que una horda de pintones como la suya fuera avistada en aquellas tierras, sus habitantes no tardarían en alertar a las tropas que seguro residían en aquella población de casas blancas, y quién sabía de cuantos hombres podrían disponer en una población tan cercana a Ossián. No tenía la más mínima intención de que los exterminaran antes de haber cumplido su misión.
          De modo que había optado por actuar con la mayor discreción posible y, suponiendo que el prófugo de Eshainne se dirigiría a Ossián —a qué otro lugar podía ir, después de todo—, había tomado la decisión de bordear el valle por los bosques del Norn y enviar tan sólo a uno de sus rastreadores a ver qué podía averiguar. Aún no había vuelto.
          Org miró de reojo al alto elfo que tenía al lado, cuyos ojos verde pálido refulgían llenos de desprecio bajo el revuelto cabello blanco, y escupió a sus pies una vez más.
          —Porgdríagmorgs matarglos —acabó por susurrar, no todo lo bajo que le hubiera gustado a Lhars, eso quedó claro, a juzgar por la leve crispación que asomó a sus labios.
          —Org, Org, Org, Org. Parece mentira que seas el más listo de tu raza —replicó el helfshard, sacudiendo la cabeza y llevándose un largo dedo, de sus tan pulcras y elegantes manos élficas, a los labios—. ¿No adivinas quienes van a ir a explorar a Lecig, para ver qué ha sido de esa escurridiza rata que tanto se te está resistiendo? Ellos lo harán —Lhars bajó la voz, dejando caer la diestra a su costado e inclinándose hacia él—. Escúchame bien, porque ésta será la primera y única vez que te lo diga. Esos humanos de ahí atrás son los mejores guerreros y rastreadores que he podido encontrar en el Sorn, si bien no los más listos, eso tengo que reconocerlo. Eso —su mano se alzó de nuevo y señaló con displicencia la cercana ciudad y los verdes prados perlados de granjas que se extendían a su alrededor— no es como el agreste Eorn. Allí podíais pasar desapercibidos. Aquí no lo haréis. A partir de ahora, nos adentraremos en el corazón del reino humano, un corazón que, esperemos, deje pronto de latir. Sin embargo, hasta que lo haga, tendremos que tener cuidado y no llamar la atención sobre nosotros. Espero que comprendas, Org, que esos humanos que tú propones matar son la única opción que tenemos de hacer este trabajo discretamente.
          El elfo negro se irguió y sus ojos vagaron hacia el Norn, con una leve sonrisa, rebosante de crueldad, despuntando en sus labios.
          Org siguió su mirada y dejó escapar un gutural gruñido que hizo reverberar sus costillas. Ossián. El elfo debía estar refiriéndose a Ossián. De modo que lady Seindra había planeado algo al respecto. Bien. Aquello estaba, sin duda, bien. Habría muertes y sangre y, en la matanza subsiguiente, durante la caída de todo aquello en que los humanos creían, sin duda su raza podría prosperar. Podrían alimentarse sin necesidad de contenerse por más tiempo. Podían procrear. Tanta carne humana como pudieran desear haría las delicias de sus hembras y pequeños.
          Él también sonrió, dejando al descubierto sus largos colmillos amarillentos, y una suave y espasmódica risa brotó en quedos estertores desde lo más profundo de su pecho.
          —Engtiengdo.
          —Eso espero, Org. Eso espero —Lhars le miró de reojo y suspiró, como si no terminara de creer sus palabras, frotándose las manos contra las calzas—. Como te he dicho, uno de mis hombres irá a Lecig y luego, mi buen amigo, luego —añadió con una deslumbrante sonrisa—, podrás cazar tanto como quieras de nuevo. Creo que podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que ese chavalillo humano no vivirá mucho más tiempo. Lady Seindra estará satisfecha.


          —Señor…
          Lord Thalsen se volvió de medio lado hacia el robusto rastreador que miraba con odio, y mal contenida cólera en sus pálidos ojos azules, al pintón con el que lord Lhars hablaba en voz baja… y en élfico, para su mortificación.
          —Cierra la boca —le espetó, escupiendo cada palabra—. Y vosotros también —añadió en un siseo, encarando al resto de los hombres que le acompañaban y que comenzaban a mostrarse cada vez más inquietos, las manos sobre la empuñadura de las armas—. Me gusta tan poco como a vosotros. Cada vez me gusta menos, de hecho, pero no hay nada que podamos hacer ahora. Nada —repitió en tono duro y bajo, alzando un dedo para pedir silencio, en cuanto vio que el rubio explorador abría la boca para protestar de nuevo—. Ya habéis visto lo que hacen. Así que, a callar la boca si no queréis acabar como los de Meers o los desgraciados estos.
          —Pero señor… —protestó el hombretón, apretando los dedos en un puño y señalando la leñera con la barbilla, en torno a la cual comenzaban a acumularse las moscas.
       —Cierra… la puta… boca —masculló, los dientes apretados, avanzando hasta que sus ojos estuvieron a escasos centímetros de distancia y pudo oler el aliento del otro hombre—, he dicho. No es el momento, ni es el lugar. La puta boca cerrada. ¿Me habéis escuchado con claridad o tengo que daros una paliza para que os entre en la cabeza?
          Cuando los otros tres guerreros asintieron, de uno en uno y con extrema reluctancia, Thalsen se apartó y volvió a clavar en la espalda del mago elfo unos ojos claros que relucían fríos como el acero.




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