Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 28 de enero de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO (Parte 2/5) - Lis de plata, dragón de oro, campo de sable


          La puerta se cerró tras ella con un suave chasquido, dejándola a solas en la pequeña habitación, iluminada tan sólo por del brillante orbe dorado que Sadreg había dejado para ella flotando a poca distancia del techo. Mientras la niebla llenaba el espejo que tenía antes sí, Seindra trató de calmar los desbocados latidos de su corazón y tragó saliva para humedecer su, de pronto, reseca garganta. Tenía las palmas de las manos sudadas, así que se las frotó con nerviosismo contra las perneras de los pantalones.

          «No tengo por qué estar tan asustada —se dijo a sí misma, alzando la barbilla desafiante, aunque no hubiera nadie allí para verla, cuando diminutas descargas eléctricas recorrieron las nubes que se arremolinaban en las profundidades del espejo—. Tan sólo es mi madre. Y llevo a un medio humano en el vientre —añadió a continuación, con cierta amargura, mientras un estremecimiento recorría su espalda, en el preciso instante en que un fuerte destello de luz hería sus pupilas.»
          Cuando abrió los ojos de nuevo, el rostro de su madre llenaba el espejo, perfilado por la trémula luz del día que entraba por la ventana del estudio donde se encontraba en ese momento, a la derecha de la anciana matriarca. Seindra reconoció el viejo tapiz de colores terrosos que había tras la helfdam y, sin poder evitarlo, recordó las horas que había jugado allí de niña, a los pies del enorme escritorio, mientras su madre trabajaba sin quitarle su severa mirada de encima. Ahora, aquellos mismos ojos verdes punteados de oro, la observaban con fría sorpresa, una ceja delicadamente enarcada y los labios fruncidos.
          —No te esperaba a ti, hija.
        —Madre —lady Seindra se inclinó ante el espejo y luchó por que los nervios que atenazaban sus entrañas no se reflejaran en su voz—. Es algo personal e importante, helfmaära. Sadreg no tiene nada que ver con esto, así que se ha quedado fuera.
          La helfdam del clan Shays-shu alzó aún más la delicada ceja, si es que aquello era posible y Seindra tomó aire mientras sus oídos se llenaban del estruendo de la sangre en sus venas. No tenía sentido posponerlo más.
          —Estoy embarazada, helfmaära —susurro en el silencio.
          Ya estaba. Ya lo había dicho. No había sido tan terrible, ¿verdad? Claro que, no había una forma suave de contarle aquello a su madre.
          «No, no la hay. Pero esto aún no ha terminado.»
        Con una segunda inspiración y, antes de que su madre pudiera abrir la boca, sabiendo que sus siguientes palabras borrarían para siempre el incipiente brillo de felicidad de los ojos de la anciana, le espetó el resto.
          —De Zaryll.
          El silencio se extendió entre ellas como un mar profundo y gélido, sin principio ni final, interminable, hasta que a Seindra le pareció que el corazón le dejaría de latir. Trató de permanecer firme, Noidha bien sabía que lo estaba intentando con todas sus fuerzas, mas en el momento en que las rodillas le comenzaron a temblar, tuvo que apartar la vista de las demudadas facciones de la otra mujer. No había salvo acero y hielo asomando a su rostro y a sus ojos, y la joven elfa se sintió morir por dentro. Sintió cómo la sangre escapaba de sus mejillas y se sintió afortunada como nunca de no ser uno de esos humanos de pálida piel.
          —¿En qué estabas pensando? —el despectivo siseo de su madre llenó el sepulcral silencio más de lo que lo hubieran hecho sus gritos—. No, no hace falta que digas nada, Seindra —continuó en cuanto ella entreabrió los labios para contestar, los ojos aún fijos en las losas del suelo—. Ya sé la respuesta a eso: no estabas pensando, no más allá de satisfacer lo que tienes entre las piernas.
          Espoleada por un súbito ataque de vergüenza e ira, la muchacha alzó el rostro para protestar.
        —¿¡Te he dado acaso permiso para hablar!? —el repentino grito la sacudió como la hubieran golpeado con un látigo, haciéndole dar un paso atrás. Seindra sacudió la cabeza de lado a lado en absoluto silencio—. Bien, niña, eso está mejor —prosiguió la helfdam manteniendo la voz baja y  afilada—. ¿Es así como te he educado, hija? ¿Para que te acuestes con el primero que se te meta entre las piernas sin pensar en las consecuencias? —la anciana suspiró y se frotó las sienes con el índice y el pulgar, como si estuviera exhausta—. Bien sabes que nunca me he entrometido en tu vida sexual, hubiera sido muy hipócrita por mi parte hacerlo. Siempre has sido libre de acostarte con quien has querido… Pero esto —su tono se cargó de desprecio y de asco, señalándola a través del espejo, apuntando con sus larguísimos dedos, Seindra estaba segura, a su vientre—. Esto no es lo que esperaba de alguien de mi sangre —la mano de su madre tembló, anticipando una nueva pérdida de control y Seindra cerró los ojos, conteniendo las lágrimas y el dolor que treparon por su garganta, llena de vergüenza y humillación. El grito que siguió a aquellas palabras perforó sus oídos como el chasquido de un látigo—. ¡¡El solo hecho de imaginarme a mi hija yaciendo con un humano hace que me entren ganas de vomitar!! ¿¡Cómo has podido!? ¿¡Cómo, en nombre de Noidha, te has podido entregar a semejante…!?
          Su madre enmudeció, congestionada, atragantándose de la rabia y la repugnancia.
          —¡Es inmundo, Seindra! ¡Inmundo! ¡Como si hubieras estado retozando entre…!
          —¡¡BASTAAAA!!
          El alarido se elevó de su garganta, sorprendiéndola incluso a ella, antes de que la joven pudiera retenerlo. Clavó sus ojos dorados como el oro fundido en los verdes de su madre y apretó los dientes, la cólera burbujeando como magma en su interior. Quería hacer daño a aquella mujer, quería hacerle tanto daño como le estaba haciendo a ella…
          —¡Ya basta, madre! ¡Sí, me he acostado con él! Llevo haciéndolo desde hace un año. Y yacer con él, como vos decís —su voz se tornó fría y despiadada; si se trataba de hacer daño, ella también podía jugar a aquello—, “entre mis piernas”, me ha proporcionado más placer del que jamás me habría dado hacerlo con nadie de nuestra raza. No es mejor amante que Reda en la cama, madre, pero sabe hacerme disfrutar. Por no mencionar que ese humano tiene más poder en sus manos del que ningún varón de nuestro pueblo gozará nunca. Y eso me gusta, madre. Me gusta saber que puedo dominar y tener para mí a un hombre poderoso. Me excita —siseó en el silencio que siguió a sus palabras.
          La helfdam la contempló estupefacta desde el otro lado del espejo, a muchísima distancia real, allá lejos en Yshierd-dhan.
          —Además es atractivo, madre, e inteligente y, por su sangre, el padre de  mi heredero, de vuestro heredero. Pero ni se os ocurra dudar de esto: lo mataré con mis propias manos, sin vacilar, cuando llegue el momento —inexplicablemente, la joven elfa negra logró que no le temblara la voz al pronunciar aquella última frase, enterrando en su interior, a muchísima profundidad, detrás de muchas puertas y bajo muchos candados, cualquier atisbo de otro sentimiento que no fueran la ira y la determinación—. En el lecho o fuera de él, mía será la mano que acabe con su vida.
          Respirando de forma agitada, un sudor nervioso empapando su espalda y las palmas de sus manos, Seindra guardó silencio, sin apartar la mirada de su madre. Esta la contempló largo rato, los labios fruncidos en una mueca de desaprobación y los ojos achicados rodeados de profundas arrugas.
          —¿Eso es todo lo que tienes que decirme, hija?
          —No madre. Si es niño, de quien sea hijo carecerá por completo de importancia; elegiremos a una buena consorte que pueda lidiar con el asunto de su sangre mestiza, y ahí acabará todo —añadió, manteniendo, con un enorme esfuerzo, la voz suave y mesurada—. Pero si es niña, gobernará como mi primogénita cuando yo no esté, igual que yo lo haré cuando vos no estéis —sus manos se cerraron protectoras sobre su vientre—. Puede que éste sea el único niño que sea capaz de concebir, helfmaära —añadió, antes de tragar saliva—. Además, Zaryll empieza a perder el control, puede que no tenga ni que matarle, puede que acabe matándose a sí mismo antes siquiera de que esta guerra acabe.
          Los ojos de su madre permanecieron largo rato clavados en su rostro, mientras reflexionaba. Seindra casi podía oír los pensamientos de la otra mujer burbujeando tras sus verdes iris.
          —Eso no nos conviene, Seindra —acotó la anciana, al cabo de un rato, aparentemente resignada, apretándose el puente de la nariz entre los dedos.
          La joven contuvo las ganas de sonreír. Había ganado, sí, podía anotarse aquella victoria… al menos por ahora, pero eso no significaba que le conviniera patear el avispero.
          —No, madre. Pero ya sabéis cuan poderosa es la espada que le dimos, y, aunque lucha contra ella, cada día que pasa camina más y más cerca del abismo. En algún momento su caída será inevitable.
          La helfdam del clan Shays-shu suspiró y desvió, por primera vez en toda la conversación, la mirada del espejo hacia algo que había en su regazo. A Seindra le pareció de pronto que su madre era muy, muy vieja y muy frágil. ¿Cuándo, se preguntó la joven, el peso de los años había caído de aquel modo sobre ella?
          —Así que un nieto, ¿eh? —acabó por susurrar.
          —Sí, madre.
          —Eso… no sé si es bueno. Yo sólo te tuve a ti y mi madre sólo me tuvo a mí —la mujer hizo una pausa—. Puede que sea lo único que salga de tu vientre, así que no podemos matarlo antes de nacer… ni después de que lo haga, ya que estamos. No, no es bueno —sacudió la cabeza con lentitud—. Pero es lo que hay.
          Los brazos de Seindra se cerraron de nuevo de modo protector en torno a su futuro hijo, afortunadamente lejos de la vista de su madre, conteniendo así la cólera que amenazaba con inundarla de nuevo, y se las arregló para mantener el rostro inexpresivo.
          «Antes te mataría, madre, que permitir que mataras a quien llevo en mis entrañas.»
          —Es un mestizo, hija mía. ¿Eres consciente de lo que eso significa para tu pueblo? —inquirió la otra elfa, inclinando la cabeza a un lado, con la luz del sol haciendo refulgir, como estrellas, las joyas prendidas en la red de oro que sujetaba sus blancos cabellos: esmeraldas y rubíes, amatistas y diminutas cuentas de ónice.
          —Es el fruto de la unión de su futura helfdam con el mago humano más poderoso que jamás haya existido —se limitó a contestar ella—. ¿En qué más tienen que pensar?
          Tras otro largo silencio, la helfdam del clan Shays-shu acabó por asentir.
          —Lidiaré entonces con ello llegado el momento. Pero no quiero ni más locuras, ni más sorpresas, ni más tonterías, hija —la ya acerada mirada de su madre se endureció más aún—. No has demostrado que pueda confiar en ti, pero sí valor y entereza y saber cargar con el terrible error que has cometido —suspiró—. Cargarás con él como hija de tu madre que eres, con la cabeza bien alta, no tengo duda alguna al respecto. Ahora ve y déjame a solas con ese helfshard que tan mal ha hecho el sencillo trabajo que le encomendé.
          —¡Madre, él no…!
          —¡Cállate! —le espetó en tono seco la anciana, silenciándola con brusquedad—. Ya sé que la única culpable aquí eres tú, jovencita descerebrada, y me avergüenzo de no haberte educado mejor. Pero Sadreg te vigilará con mayor diligencia de ahora en adelante, no dejará que hagas más estupideces, o se las verá conmigo.
          —No me tenéis que poner una niñera, madre —replicó con acritud, sintiendo como la ira volvía en candentes oleadas a ella—, ya soy…
          —¿Qué, hija? ¿Lo suficientemente inconsciente como para preñarte de un humano? —los ojos entrecerrados de la mujer la hicieron agachar la cabeza—. Se han acabado las tonterías, Seindra. Ahora hay un heredero al trono al que proteger y Sadreg se encargará de ello. O lo lamentará.
          —Sí, madre —acabó por convenir lady Seindra, la vista clavada, una vez más, en las negras losas del suelo, mientras cerraba los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron dolorosamente en la palma de las manos, avergonzada y contrariada a partes iguales—. Se hará como deseáis, helfmaära.
          —Retírate. Y que entre Sadreg.
          —Sí, madre —repitió tragándose el orgullo, mientras abandonaba el pequeño cuarto, para dejar paso al helfshard.
          Sadreg la miró con el ceño fruncido por el desconcierto, cuando ella le indicó con un gesto de la barbilla que debía entrar en la sala.
          —Madre quiere hablar contigo, Sadreg.
          La mirada violeta del otro elfo se detuvo un instante más en ella, antes de desaparecer en la sombría habitación. Seindra tragó saliva y se alejó de la puerta cerrada. Sabía que en aquella conversación con la helfdam de su clan había ganado todo lo que había estado en su mano ganar y, sin embargo, no podía evitar sentirse frágil y vacía por dentro. Como si hubiera acabado por dar, por ceder, por renunciar, a mucho más de lo que originariamente había planeado.
          Las piernas todavía le temblaban por haberse enfrentado de aquella manera a su progenitora, de modo que dejó que todo su peso recayera sobre la pared y cerró los ojos, exhausta.
          «No, no es cierto —se regañó a sí misma—. No he renunciado a nada que no pensara renunciar. En lo que no había pensado, era en tener que hacerlo tan pronto.»


          Sadreg se inclinó ante el espejo y mantuvo la vista gacha ante el manifiesto disgusto que asomaba los ojos de la helfdam.
          —Voy a ir al grano, Sadreg, ya sabes que no soy una mujer a la que le gusten los rodeos innecesarios.
          «En eso os parecéis a vuestra hija, mi señora —pensó el elfo, pero no manifestó sus ideas en voz alta, sabía que no serían bien recibidas, no con aquella mirada helada presente en el rostro de la mujer.»
          —Me imagino que sabes lo de Seindra ¿no es así?
          —Sí, mi señora —respondió en un susurro, sin alzar aún el rostro.
          —¿Desde hace cuánto tiempo?
          Sadreg se estremeció. Sabía que aquel momento iba a llegar. Suspiró.
          —Desde hace varios días. No más de una semana.
          —¿Y sabes quién es el padre?
        —Sí, mi señora —Sadreg no pudo evitar que el odio, la rabia y la profunda cólera que lo habían asaltado días antes volvieran a asomar a sus palabras de nuevo. Apretó los puños y se sintió temblar.
          El silencio, que se extendió largo rato, amenazó con crispar sus nervios más de lo que ya estaban. Sólo escuchaba el sonido de su propia y alterada respiración y el de su helfdam del otro lado del espejo. Seguía sin atreverse a alzar la mirada, así que la mantuvo clavada en el reducido espacio que había entre sus pies, la ira hirviendo en su interior.
          —Bien, Sadreg —el tono de la mujer era acerado y frío, y bastó para aplacar momentáneamente su cólera y sustituirla por el miedo— No voy a preguntarte qué te ha llevado a ocultármelo durante tanto tiempo, porque puedo presuponer que ha sido la lealtad a mi hija lo que te ha llevado a hacerlo —otra pausa, más corta esta vez—. Y la agradezco, no lo creas. Al fin y al cabo la servirás a ella muchos más siglos de los que me servirás a mí.
          Sadreg contuvo las ganas de suspirar aliviado, algo le decía que aquello no había acabado aún. Sintió un incómodo picor entre los omoplatos y la tensión de los músculos de su espalda creciendo a cada instante que pasaba.
          —Pero esto tiene que acabar. Mi hija puede pensar que soy medio idiota y que no me he dado cuenta; pero soy su madre. Las madres notamos estas cosas —remarcó, la voz cargada de pronto de sorprendente ¿tristeza? Sorprendido, Sadreg se atrevió a alzar los ojos y contempló estupefacto el rostro de la mujer que lo miraba desde el espejo. No había tristeza en ellos, pero sí fuego y hielo y determinación—. Está enamorada de ese humano, Sadreg.
          La revelación cayó como un yunque sobre él, como un sablazo, como una espada clavándose en sus entrañas. Era algo que venía sospechando desde hacía ya un tiempo, pero había sofocado, una y otra vez, aquellos ridículos pensamientos, diciéndose a sí mismo que no era más que sexo. Sin embargo, todo parecía encajar ahora: la reacción de Seindra cuando la había enfrentado hacía unos días, la violencia de su voz, el golpe que aún le dolía en la mandíbula…
          —Mi… señora…
          —Está enamorada —repitió, ignorando sus balbuceantes palabras—. Así que quiero que hagas algo por mí, Sadreg. ¿Lo harás?
          —Claro que sí, mi señora, por supuesto que lo haré, lo que me pidáis —se apresuró a responder, pero sólo después de que las palabras salieran de sus labios se dio cuenta de lo que aquella petición podía implicar—. Pero no…
          —No te pediré que seas desleal —le cortó con un seco ademán de la mano—, si es eso lo que te preocupa. Bien. Ella dice que matará a ese Zaryll, sin dudarlo, cuando llegue el momento, pero el corazón… el corazón puede ser un poco traidor para estas cosas, helfshard, así que quiero que te asegures de que lo hace cuando ese momento llegue. Y si ella no lo hace… lo harás tú. ¿Me has entendido?
          Sadreg asintió con rapidez, mientras el alivio recorría su cuerpo en cálidas oleadas. Eso que su helfdam le pedía era algo que, sin duda, podría realizar. Sonrió para sí y se inclinó ante la mujer del espejo.
          —Lo haré con extrema satisfacción, mi señora. Podéis contar con ello.
          —Asegúrate también de que no le pasa nada a ese niño, Sadreg —añadió la mujer con un suspiro—. Me gusta tan poco como a ti, me temo, pero es lo que hay. Si volviera a quedarse embarazada ya veríamos que hacer, pero por ahora es lo único que tenemos.
          —Sí, mi señora.
          —Retírate, Sadreg. Estoy cansada y tengo mucho en lo que pensar.
          Con una reverencia, el helfshard pasó la mano por delante del espejo, anulando el conjuro que lo mantenía activo, y se dejó caer contra la puerta cerrada. Se encontraba mentalmente exhausto por la tensión así que cerró los ojos y respiró hondo varias veces.
          Su reina había leído bien en él. Demasiado bien, de hecho. Era cierto que no le gustaba un ápice quién era el padre de la criatura que Seindra portaba en su vientre, pero también era cierto que la protegería con su vida si así se le ordenaba. Ya no había vuelta atrás. Protegería al bastardo medio humano y mataría a Zaryll de ser necesario… pero antes de todo aquello… antes de todo aquello, confiaría en que su señora hiciera lo que tenía que hacer. Confiaría en lady Seindra como siempre había hecho.




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