Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 28 de enero de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSEGUNDO (Parte 1/5) - Lis de plata, dragón de oro, campo de sable


           Las armas entrechocaban en los patios de entrenamiento, llenando el frío aire de la mañana de ecos metálicos que resonaban contra las paredes de negra roca de Nardis. Tibios rayos de sol, que apenas bastaban para templar su espalda, refulgían sobre la piedra con cegadores destellos argénteos hasta donde alcanzaba la vista. Seindra, acodada en la balaustrada de roca tallada, se apartó con hastío del rostro un aleteante mechón de blancos cabellos, que el siempre presente viento lanzaba una y otra vez sobre sus ojos; el pelo volvió a caer instantes después, cosquilleándole en la mejilla. Suspiró y alzó también la otra mano, para prender de nuevo sobre la nuca el díscolo mechón con el largo alfiler de oro decorado con una delicada espiral de pequeña olivinas que lucía ese día.

          Sus ojos se alzaron momentáneamente hacia el cielo, de un profundo color azul, antes de volver a los múltiples patios que se extendían ante ella. Siempre le había resultado curiosa aquella zona de Nardis, con sus patios enclavados en la roca, hundidos respecto al nivel del suelo de la fortaleza. Sabía, gracias a la información que Zaryll le había proporcionado, que había canales de desagüe casi en cada esquina que evitaban que el agua de lluvia quedara retenida en la mayoría de ellos; en otros, en cambio, hacía ya mucho tiempo que los drenajes habían quedado inservibles debido a la suciedad y al polvo acumulado a lo largo de siglos o bien a algún desprendimiento interno —imposible de arreglar hoy día— que los habían acabado por obstruir de modo irremediable. Eran estos últimos los que se usaban a modo de aljibes en la fortaleza. Ella estaba segura de que el hecho de que el mayor suministro de agua de la ciudadela se encontrara en la zona de Nardis que pertenecía a los elfos negros, era algo que seguramente no hacía la más mínima gracia a los humanos.
          Seindra volvió a suspirar, sacudiendo la cabeza de lado a lado, y centró su atención, una vez más, en los combates que tenían lugar bajo ella. Allí, sobre las losas refulgentes de humedad, a resguardo del viento, sus soldados entrenaban en parejas o en pequeños grupos. Las armas chirriaban unas contra otras, metal contra metal, contra astas de madera; jadeos, susurros y gruñidos de cansancio y de esfuerzo, se alzaban enmarañados hasta ella, casi indistinguibles unos de otros.
          «Lo echo de menos —reflexionó, acariciando la piedra labrada que había bajo sus brazos con expresión ausente.»
          Pero ya no podía baja allí con sus hombres, ya no podía arriesgarse a empuñar un arma, ni tan siquiera en una lucha de entrenamiento. No podría hacerlo en varios años, con toda probabilidad. Desconocía cuanto tiempo hacía que su madre había dejado las armas, nunca se había atrevido a preguntar, pero ahora lamentaba no haberlo hecho.
          «Hasta en esas circunstancias, y aunque entrenara con armas de madera, podría recibir un mal golpe y perder…»
          Una de sus manos abandonó en un impulso la balaustrada y se crispó sobre su vientre, mientras sus ojos vagaban ociosos de un elfo a otro, hasta que se detuvieron, con un parpadeo, en el extremo más alejado del patio, donde dos mujeres danzaban entre remolinos de acero, fintando y atacando con casi mortífera precisión, girando una en torno a la otra, parando algunas estocadas con ahínco y limitándose a desviar otras con elegantes y fluidos movimientos. La más joven tenía una herida en una de las sienes, apenas un rasguño, del que manaba un fino hilillo de sangre sobre su piel del color del ébano. Aún desde aquella distancia, se la veía insegura y resollar. La otra mujer era más alta, más musculosa y más rápida que su aprendiz y, a diferencia de ella, no parecía en lo más mínimo cansada. Llevaba el albo cabello recogido en una gruesa trenza que sostenía en torno a su cabeza con pequeños alfileres decorados con amatistas.
          Como bien sabía Seindra, aquellas gemas hacían juego con sus ojos, que eran de un profundo color violeta, aunque mucho más oscuro que los de Sadreg. También sabía que una larga cicatriz cruzaba su rostro, desde la sien izquierda hasta la barbilla, que le confería un aspecto feroz y severo a los ojos de los que no la conocían.
          Mientras ella observaba, la elfa desarmó a su oponente con un quiebro de muñeca, que dejó un pequeño corte en el antebrazo de la muchacha. La espada de la joven cayó al suelo con un tableteo que se perdió entre el ruido circundante. La maestra posó entonces con delicadeza la punta de su arma en la base del cuello de su aprendiz y, cuando esta asintió con sumo cuidado, la retiró y ambas inclinaron levemente la cabeza en señal de mutuo reconocimiento. La más joven se agachó a recoger su espada y Seindra observó cómo su amiga de la infancia aprovechaba ese momento para secarse el sudor de la frente y resoplar con disimulo. Se cubrió la boca con una mano, conteniendo la risa.
          Fue entonces cuando la otra mujer la vio y sus labios se distendieron en una amplia sonrisa, que se reflejó en sus ojos de color violeta y arrugó la cicatriz que le recorría el rostro. Alzó la espada a modo de saludo, lanzándole un guiño de complicidad.
          Lady Seindra rio por lo bajo y asintió. La soldado envainó el arma y se volvió entonces hacia su joven aprendiz, la asió con suavidad del brazo, para luego señalarla a ella con la mano libre. La muchacha se envaró de pronto y, aún desde la distancia, Seindra vio cómo abría desmesuradamente los ojos, para luego inclinarse desde la cintura con extraordinaria rapidez. Seindra y la otra mujer se volvieron a sonreír la una a la otra por encima de la azorada joven, antes de que maestra y alumna volvieran al entrenamiento.
          Seindra se pasó la mano por el largo flequillo, apartándolo de su rostro sin que la sonrisa abandonara en ningún momento sus labios. Diara Shays-shu. Ella era, sin duda, la mejor guerrera con que contaba su clan. La mejor con la espada, la mejor con las largas shedaar, la más rápida y la más mortífera… mas no mejor que Reda. Aquella cicatriz que cruzaba su rostro, era el recordatorio constante del combate que había perdido tantos años atrás ante testigos, ante su propia madre y ante la helfdam de los Shays-shu. No había sido una humillación, era imposible que lo fuera cuando Reda había luchado de la forma en que lo había hecho, cuando Diara misma había combatido de un modo magistral; pero Seindra conocía lo suficiente a la otra mujer para saber que le había dolido perder ante un varón, aunque fuera contra ese elfo de ojos rojos, sardónico y extravagante, que se decía era un genio con la espada. Aunque el propio Reda, algo extraño en él, no se hubiera vanagloriado en exceso de la derrota de Diara. En exceso. Esa era la clave de la amargura de la mujer: en exceso, no quería decir que no lo hubiera hecho, que no les hubiera demostrado a todos que él era el mejor. Un varón. Desde ese momento, la guerrera elfa bien podía acumular tanto reconocimiento social como quisiera, que todo el mundo sabría que Reda la había derrotado en un combate justo. Seindra no podía sino reconocer que había sido un golpe magistral.
          Diara y ella habían sido… eran buenas amigas, se conocían desde niñas, pero hacía ya un año que casi no se veían y apenas hablaban. Los deberes de cada una para con su gente y para con su reina, para con la misión que las había alejado a ambas de las tierras del Norn y de Yshierd-dhan, las habían mantenido alejadas durante todo ese tiempo. Puede que ahora, con la criatura que portaba en su vientre, hubiera llegado el momento de retomar su amistad, de sacar tiempo de sus quehaceres diarios para…
          —¡Lady Seindra!
          El grito se abrió paso por entre el silbido del viento en sus oídos y el entrechocar de las armas bajo ella. Lanzó una mirada por encima del hombro, para encontrarse con el angustiado rostro de Sadrian Shays-thar, que cruzaba en aquel momento a la carrera el patio que la separaba de las altas torres de Nardis y de los edificios que conformaban los aposentos de los elfos negros. El aliento de la muchacha se deshilachaba en blancos penachos mientras corría y sus cortos cabellos flotaban como un nimbo en torno a su joven rostro. Con una punzada de preocupación, Seindra se giró para encararla, separándose un par de pasos de la balaustrada.
          Sadrian se detuvo a su lado, jadeando en un intento de recobrar el aliento, el rostro demudado y tremendamente pálido. Tuvo que tomar aire en un par de rápidas y superficiales inhalaciones antes de poder hablar.
          —Mi señora… Zaryll… —Seindra sintió de pronto como si un puñal de hielo le atravesara las entrañas—. Zaryll… ha… sufrido un accidente. Uno de verdad, quiero decir —añadió la muchacha con rapidez—. Lo… —tragó saliva, el rostro gacho, apoyando las manos en las rodillas, en un intento de volver a respirar de forma regular— lo han encontrado caído en las escaleras de su torre, con la cabeza abierta… he oído decir a unos humanos que aún…
          Seindra no esperó a escuchar el final de la frase, antes de echar a correr todo lo rápido que pudo por los desolados patios negros, azotados por el viento, en dirección a los cercanos edificios que se alzaban contra el cielo. El corazón le empezó a latir desbocado en el pecho con suma rapidez y lágrimas de las que apenas fue consciente empañaron sus ojos y comenzaron a resbalar por sus mejillas, enfriándose sobre ellas como diminutos cristales de hielo.


          Cuando abrió la puerta del piso superior de la alta torre y se deslizó en silencio en la pequeña habitación, no pudo evitar que un escalofrío le trepara por la espalda. Zaryll yacía muy pálido bajo las sábanas blancas y la manta de lana oscura, el cabello negro revuelto sobre la almohada, enmarcando su rostro como una nube de tormenta, como el humo. Lady Seindra tragó saliva en un infructuoso intento de deshacer el nudo que le oprimía la garganta, cerró la puerta a su espalda y se acercó con reluctancia al lecho con dosel de cortinas de color añil.
          El mago parecía respirar con normalidad, pese a la lividez de su rostro y la venda que le ceñía parte de la cabeza, donde se podían adivinar unas difusas manchas de sangre. Había más vendas en torno a su brazo derecho, que iban desde el codo hasta el hombro. La trémula luz del fuego, que ardía en el hogar, llenaba la habitación de sombras y reflejos dorados y plateados, al mezclarse con la luz del día que penetraba a través de las ventanas; acariciaba el armario de pulida madera de roble y los cristales, y parecía fluir, como el agua, sobre la alfombra que cubría las frías losas del suelo, justo delante de la chimenea.
          Los ojos de Seindra se posaron un fugaz instante sobre Easheyrt, la Negra, apoyada contra la pared del otro lado del lecho, antes de desviarse de nuevo al hombre inconsciente que tenía ante sí. La elfa negra alargó una mano, ligeramente temblorosa, para acariciar la barbuda mejilla de Zaryll con un dedo y se dejó caer con pesadez sobre el sillón que alguien había acercado a la cama.
          Le habían curado con magia, le había dicho Sadreg. Lo había hecho el único sacerdote de Elysis que se había unido al ejército comandado por el hombre que había traicionado a Trión.
          «Un único sacerdote para nosotros, cuando los humanos los tienen a decenas —no pudo evitar pensar con amargura, mientras sus manos buscaban la zurda de Zaryll y la asían con fuerza—. No es justo.»
Sintió cómo la angustia y el dolor crecían en su interior, hasta hacerse casi insoportables, acompañados de una ciega y áspera desesperación. Por lo que Sadreg sabía, el clérigo había comentado que la vida del mago negro estaba fuera de peligro… pero, como ella bien sabía, los golpes en la cabeza tenían a menudo efectos inesperados y fatales: Zaryll bien podía no despertar nunca o, si lo hacía… si lo hacía no volver a ser él mismo nunca más. Y ¡Noidha sagrada! ¡Estaba tan pálido y su mano tan fría!
          «No puedes morir, maldita sea, no puedes morir —el nudo que atenazaba su garganta se hizo más y más grande, hasta que cada inspiración y cada latido de su corazón dolió tanto que las lágrimas comenzaron a picarle en los ojos.»
          —No puedes morir —balbuceó en voz alta, en medio del silencio, roto tan sólo por el crepitar de las llamas y la suave respiración del hechicero—. No… no puedes… no pue… des…
          Las palabras se le atascaron en la base de la garganta y se la aclaró, emitiendo un ruido semejante a un sollozo, mientras luchaba por respirar con normalidad entre dientes.
          «Si mueres… si Zaryll muere… —sus pensamientos comenzaron a arremolinarse en su interior como un torbellino de sombras— perderemos el control de las tropas humanas. No nos seguirán, todo habrá acabado para nosotros. La guerra habrá acabado —el dolor volvió a crecer en su interior, en su vientre, en su pecho, detrás de sus ojos y en las sienes, de modo que Seindra inhaló de nuevo y carraspeó, luchando por no sollozar, y sus dedos se cerraron con más fuerza aún sobre la mano fría e inerte de Zaryll—. Aún… aún necesitamos al ejército humano. Sin Zaryll… sin ti… sin ti se podrían volver contra nosotros, lo perderíamos… todo. Todo por lo que hemos luchado, por lo que nos hemos esforzado todos estos siglos.»
          —No puedes morir, Zaryll, ¿me oyes? —musitó con voz queda—. Puedes oírme, ¿verdad? No… no debes morir —los ojos del mago negro continuaron cerrados, su respiración calmada y regular, y Seindra sintió cómo se le empañaban los ojos—. Por favor, por favor —susurró, al borde mismo de la desesperación—. Los dioses no pueden dejarte morir. No pueden hacerlo… aún —su voz bajó hasta hacerse casi inaudible, quebrándose en aquella última palabra, mientras un par de lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían en su regazo, dejando pequeños cercos húmedos sobre la tela de sus pantalones—. No… me… dejes…
          «Si me dejas… si nos dejas perderemos esta guerra. Perderemos el control de gran parte del ejército, perderemos la oportunidad… mi gente… —todo estalló en una masa ardiente y confusa en su pecho. No podía dejar de pensar en todo lo que habían sacrificado, en todo lo que habían hecho durante tanto tiempo… todo por lo que habían luchado, una y otra vez, a lo largo de los siglos, de los milenios… Pero no se trataba sólo de eso. Si Zaryll moría ella… perdería… Sacudió aturdida la cabeza, intentando serenarse—. Mi gente perderá la oportunidad… la vida de mi raza…»
          —Noidha bendita, Madre Sagrada —comenzó con un hilo de voz, antes de ser siquiera consciente de lo que hacía—, protégele con tu manto, protégele con tus sombras. Si amas a esta, tu hija, si amas a este, tu pueblo, sálvalo y no permitas que Zaryll ar Yenner muera. No permitas que la muerte se lo lleve.  No permitas que tu pueblo sufra de nuevo. ¡Sálvalo, oh, Madre Sagrada, oh, Noidha bendita! ¡Te lo ruego!
          Y mientras las lágrimas comenzaban a brotar como un torrente incontrolable de sus ojos, empapando su piel del color del ébano, Seindra repitió una y otra vez aquellas palabras en el interior de su mente, como un ensalmo, como una muda oración, hasta quedar exhausta.


          Dividida y desgarrada, los ojos aún irritados por el llanto, Seindra se detuvo ante la puerta de los aposentos de Zaryll y se alisó el largo cabello blanco, recolocándolo de nuevo sobre su cabeza. Se secó los restos de las lágrimas que aún humedecían sus mejillas con la palma de las manos y se dispuso a abandonar los aposentos del mago negro. En el último momento vaciló, y sus dedos se detuvieron a escasos centímetros del frío pomo de la puerta. Se giró de medio lado y clavó sus ojos del color del oro líquido en el humano que dormía bajo el oscuro dosel, la cabeza vuelta hacia la ventana, del otro lado de la habitación.
          Aún tenía fresco en la memoria el momento en que Zaryll había despertado, como si la Diosa hubiera respondido a sus plegarias, y había clavado sus ojos en ella, primero sin enfocar, desconcertado y aturdido, mas luego con la luz del reconocimiento asomando a sus familiares y atractivas facciones. Sus labios se habían separado en una cansada sonrisa y había tratado de alzar la mano derecha hasta que una punzada de dolor recorrió su rostro, haciéndole desistir. Esa trémula sonrisa había parecido iluminar la habitación para ella.
          —Mi señora —había susurrado—, os he echado tanto de menos…
          Pero entonces todo había cambiado, todo se había torcido de una forma horrible. Su rostro parecieró quedarse en blanco durante unos segundos y luego ella había creído atisbar un leve fulgor rojizo en lo más profundo de los negros ojos de Zaryll. A continuación, el tono de su voz se había tornado frío y desapasionado, lleno de cadencias desconocidas para ella.
          —Aunque tal vez debiera mataros a todos, ¿verdad? —había hablado despacio, desgranando cada palabra de forma precisa y metódica—. Beber vuestra sangre, alimentarme de vuestras almas y convertiros en cenizas… —en ese momento había inhalado, para luego dejar escapar el aire lentamente por entre sus dientes—. ¡Ah, sí! —la exclamación de deleite había resonado en la silenciosa habitación, como el hielo al quebrarse bajo los pies, mientras ella contemplaba a Zaryll, ahora demudado en algo desconocido que la llenaba de terror, dejándola completamente inerme—. Eso sería, sin duda, maravilloso. Tan, tan… placentero. Salvo a vos, creo, mi bella, bellísima Seindra. Vos viviréis. Seréis sólo suya, para él. Os dejaré para él. Os dejaremos para él, para nosotros —su ceño se había fruncido, acercando las cejas azabaches sobre el puente de la nariz, como si reflexionara, como si buscara las palabras adecuadas—. Para Zaryll. Lo… merece, ¿no creéis?
          Ella recordaba haber dado un respingo de horror, saliendo de la inmovilidad que la atenazaba como si se abriera paso a través de un espeso lodo negro y apestoso, que amenazara con asfixiarla. También recordaba la risa del mago humano en sus oídos, instantes antes de que el fulgor rojizo de sus ojos se apagara y volviera a caer inconsciente.
          Ahora apartó la mirada del lecho y observó su mano cerca del picaporte. No temblaba. Eso estaba bien. Eso indicaba que era de nuevo dueña de sí misma.
          «No me debiera de resultar tan inesperado —reflexionó, los ojos entrecerrados—, para eso le dimos la espada, a fin de cuentas. Para eso, y para ganar esta guerra. Sin embargo, por lo que Sadreg dice, me parece que aún es demasiado pronto para que pierda hasta ese punto el control. Para que yo lo p…»
Apretando con fuerza los dientes hasta que la mandíbula le dolió, enterró en su interior aquel otro fugaz e incómodo sentimiento que amenazaba con aflorar a su mente. No era el momento para eso, nunca había sido el momento para eso, después de todo, y nunca lo sería. Por mucho que le doliera, por mucho que se sintiera morir un poco por dentro. Pero sí que había llegado el momento de tomar otras decisiones. Inhaló hondo, cuadró los hombros y salió de la habitación con paso decidido.
          Sadreg, el rostro aún amoratado por los golpes que su hermano y ella misma le habían propinado, la esperaba en el rellano, apoyado contra la pared, ataviado con una amplia túnica de color azul oscuro y pantalones a juego. El cristal de color lechoso que le acreditaba como helfshard, pendía de una fina cadena de plata fuera de sus ropas, como si anticipara algún tipo de problema, un problema que requiriera un rápido acceso a la magia que, ella sabía, tenía acumulada en ese cristal. Estaba claro que ella no era la única que se había percatado de las posibles consecuencias que las heridas y convalecencia de Zaryll podrían tener para todos ellos.
          Lady Seindra aspiró hondo el fresco aire de lo alto de la escalera y clavó sus iris dorados en los del otro elfo.
          —Sadreg, prepara la sala del espejo. Quiero hablar con mi madre.
          El helfshard enarcó ligeramente las cejas, pero asintió de inmediato haciendo una ligera reverencia
          —Como gustéis, mi señora.




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