Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 7 de enero de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO (Parte 3/3) - Gruta oscura


         Derlan siguió a Ledren en dirección a las ruinas de la torre. Sortearon un montículo de desmoronadas rocas, cubierto de hierba negra y muerta, y pasaron a través de una ancha grieta en un muro medio derruido lleno de oscuros parches de liquen. Las piedras crujieron de modo inseguro bajo sus pies, pero no llegaron a desprenderse. A su alrededor, la escarcha se desvanecía con rapidez, no dejando tras de sí más que un viscoso y malsano lodo azabache que hacía que cada paso resultara peligroso e inseguro. Ledren caminaba en silencio, dándole la espalda, los hombros caídos, como si portara un invisible peso sobre ellos que amenazara con sepultarlo.

         Una vez del otro lado de la torre, fuera de la vista de los mellizos, su amigo se detuvo, apoyó la diestra en la pared recubierta de melladas y apenas visibles tallas y siguió con un dedo lo que parecía ser el bosquejo del ala de un dragón. A continuación, su cuerpo se vio estremecido por un suspiro y de volvió hacia él, los ojos negros vacíos de toda emoción… salvo dolor.
         —Están muertos. Todos en Eshainne han muerto. Los han matado.
         A Derlan le pareció que la tierra se abría bajo sus pies y se sintió caer y caer en la opresiva oscuridad.
         —¿Q…? —balbuceó, aturdido, avanzando un par de inseguros pasos hacia Ledren.
         No podía ser cierto. ¿Muertos? ¿En casa? ¿Qué estaba diciendo Ledren? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué había venido? ¡Y, por si fuera poco, soltándole eso! Tenía que estar mintiendo… sin embargo, la desolación que empañaba sus facciones y la opacidad de su mirada, le indicaban lo contrario. Las profundas ojeras bajo sus ojos, la expresión cansada más allá de toda esperanza. Las había visto fugazmente antes, cuando salió de entre los árboles, enarbolando el hacha que ahora pendía como olvidada de su mano, y había matado al espectro. Pero ahora, a la luz del sol que comenzaba a filtrarse por entre la cada vez más fina masa de nubes, podían apreciarse con mayor nitidez. Estaba exhausto, roto, demacrado.
         Las piernas le temblaron e, incapaz de sostenerse, cayó sentado sobre las rocas a los pies de la torre, lastimándose un tobillo. No le importó, apenas fue consciente del dolor. No, al menos, del físico. No podía negar lo que veía en Ledren. Había muerte en él, en sus ojos, en sus gestos. Pero, pese a todo, no era posible, no podía creerlo. Era demasiado…
         «No, no, no, no, no.»
         —¿Qué ha…? —tragó saliva—. ¿Cómo…? ¿Qué…? —Derlan respiraba de forma entrecortada, completamente incapaz de llenar de aire sus pulmones, mientras un nudo, que amenazaba con asfixiarlo, crecía y crecía en su garganta, llenándola de dolor.
         Ledren, que lo observaba ahora desde arriba, apartó la vista unos segundos con un temblor en la mandíbula, antes de volverse hacia él de nuevo. Las manos también le empezaron a temblar de modo violento y tuvo que enfundar el hacha antes de que se le cayera al suelo.
         —Los elfos negros llegaron a casa cinco días después de que te fueras —comenzó con voz átona y vacía, incapaz de nuevo de mirarlo a la cara—. Estoy casi seguro de que eran elfos negros. Los vi desde el camino de los cazadores, desde el Mirador del Águila. Tenían el pelo blanco y la piel negra. Como en las leyendas.
         Aquellas palabras, cargadas de dolor, se perdieron en el silencio que les rodeaba, mientras una suave ráfaga de viento rizaba la superficie de los charcos anidados entre las ruinas.
         —Los mataron a todos, Derlan. A todos. Durante horas. Al menos creo que fueron horas. Y luego… no…
         —¿Padre…? ¿Madre…? —musitó el arquero atropelladamente, con un punzante dolor abriéndose paso en sus entrañas.
         —Muertos. Como Flyll. Como mis padres. Como mis hermanos.
         Derlan se abrazó a sí mismo, estremeciéndose de modo incontrolado, al tiempo que las lágrimas se acumulaban en sus ojos y resbalaban por sus mejillas. Una agonía abrasadora lo barrió por dentro y sintió cómo algo se quebraba en su interior, fragmentándose como un espejo, como un cristal hecho añicos, destrozado, destruido más allá de toda posible reparación. Algo que perdería para siempre, algo que no podría volver a recuperar jamás. Parte de su vida, parte de su pasado, parte de su infancia, parte de su futuro, parte de lo que él era y ya no volvería a ser. Todo ardió dejando tras de sí tan sólo un mar de cenizas y punzantes cristales rotos.
         No volvería a ver a su padre, no volvería a ver a su madre.
         Lágrimas cálidas en su cuello, sus brazos en torno a él, su cálida voz en el oído el día que había partido de Eshainne. Pero eso no era cierto, su madre no había susurrado nada, tan sólo había llorado, ni siquiera podría guardar aquel recuerdo de su voz. Ahora era él el que lloraba, porque no era su madre la que había perdido a un hijo, era él el que acababa de perderla a ella. Para siempre.
         También vino a él la expresión de su padre ese día, triste y orgullosa al mismo tiempo, el arco que había depositado en sus manos, tras descolgarlo de la pared. Signo de su amor, de su respeto, de su confianza… Todo perdido, todo roto, todo destrozado, muerto.
         Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la pulida y cálida madera de tejo del arco y lo acunó entre sus brazos, apretándolo contra su pecho, en busca del calor que su entrega le había proporcionado una vez. Mas no sintió nada salvo vacío en su interior. Todos habían muerto. Todo lo que conocía había desaparecido, todo lo que él había sido…
         Nada de eso volvería.
         «No podré cumplir la promesa que les hice a Frodrith y a Diedrith. No podré volver a casa. No tengo… casa a la que volver…»
         Y junto con aquel recuerdo lo asaltó otro.
         —¿Nelynn…. y… y Eliadea? —la voz se le quebró cuando el dolor se asentó en su garganta, impidiéndole respirar. Lloraba, lloraba de forma incontrolada.
         Las hermanas de Ledren eran mayores que Frodrith y Diedrith, pero no mucho más. El recuerdo de la traviesa sonrisa de Eliadea y el ceño siempre fruncido de Nel lo sacudió por dentro. Las veces en que había tonteado con la mayor en la parte de atrás de la casa del molinero, cuando ella empezó a trabajar allí como aprendiz, haciendo que la chica suavizara aquel ceño sólo para él. La expresión de furia de su hermano menor cuando los había sorprendido en aquella situación tan comprometida hacía no tantos años, entre los arbustos del remanso del río donde habían ido a bañarse… Poco antes de que ella volviera sus hermosos ojos negros hacia el hijo del molinero.
         Apenas fue consciente de las siguientes palabras de Ledren, pero sintió cómo se clavaban como afilados cuchillos en su vientre.
         —Muertas. Y Talaan y Osen y Neysanna, Aluar, Heuran… Todos asesinados. ¡Todos! ¡Deja de preguntarme por sus nombres! ¡Basta ya! ¡No me obligues a…! Por favor…
         Derlan alzó el rostro surcado de lágrimas para encontrarse con los también inundados ojos de su amigo. Ledren inspiró con furia y se frotó los ojos con algo similar a la rabia, borrando las lágrimas de ellos.
         —No… no lo entiendo… Ledren. ¿Cómo es posible? —balbuceó entre sollozos.
         Las facciones del otro joven se aflojaron de pronto y su rostro se ensombreció, lleno de vergüenza y de miedo y de desprecio hacia sí mismo. Derlan creyó comprender. Él era el único que había sobrevivido. El único que quedaba con vida de todos cuantos ambos conocían. ¿Cómo lo había hecho? ¿Habría huido? No, Ledren no era de los que huían. Sin embargo, allí estaba, vivo cuando los demás habían muerto. Durante un instante pareció que Oso fuera incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo y sus ojos se desviaron a las abandonadas ruinas que los rodeaban, pero su amigo acabó por acuclillarse a su lado, para poder estar cara a cara.
         —No lo sé, Derlan —susurró con voz trémula, volviendo a apartar la vista—. Creo que venían a por mí. A buscarme.
         —¿Pero qué estás diciendo? —le espetó Derlan con brusquedad, poniéndose en pie y retrocediendo, al tiempo que se secaba las lágrimas—. ¿Qué estupidez…?
         El joven de negros cabellos se levantó también y alargó una mano para aferrarle el brazo, los ojos rebosantes de dolor.
         —¡No bromeo! Es la única explicación. No lo sabes todo. ¡No sabes nada! —cerró con fuerza los párpados y apretó los dientes se presionaba la frente con la mano libre, como si le doliera la cabeza. Volvió a abrir los ojos y un temblor sacudió su cuerpo—. Es la única explicación que he encontrado, Derlan. He pensado y pensado y pensado y pensado, hasta volverme casi loco, durante días y días y no hay otra explicación. Tienes que creerme, eres el único que me queda… —se le quebró la voz, al borde de algo similar a la histeria y Derlan sintió cómo algo también flaqueaba en su interior—. Flyll, Derlan. Fue Flyll. Él me sacó de casa antes de que llegaran. Me obligó a irme, a venir a buscarte. Me hizo venir contigo a la guerra. Dijo que tenía que acompañarte a Ossián, que tenía que… —sus dedos se crisparon fruto del dolor, clavándose con fuerza en su brazo—. Entonces… me dijo que fuera por el Sorn. Por las sendas de los cazadores. Me forzó a no ir por el camino principal. ¿Lo entiendes? ¿No lo ves? —añadió ante la estupefacción que reflejaban las facciones de su amigo. Sus ojos vagaron de Derlan a las ruinas y vuelta al arquero y sus dedos aflojaron la presa, dejando caer la mano inerte a su costado.
         »Me hizo jurar que no volvería. Que, pasara lo que pasara y viera lo que viera, no retrocedería. Sabía que venían. Sabía lo que iba a pasar y me hizo irme de casa para que yo no muriera. Para que fuera el único que no muriera —la voz se le llenó de odio y de dolor—. Dejó a todos los demás allí. Los…
         Sacudió la cabeza, incapaz de seguir hablando y tan sólo respiró durante lo que a Derlan se le antojó una eternidad. Una eternidad de espanto e incredulidad. Flyll no podía haber hecho algo como lo que Ledren contaba. ¡Era imposible! ¡Completamente imposible! ¡Irreal! ¡Absurdo! Pero Ledren… no mentía. Lo veía en sus ojos, se conocían desde siempre. No le estaba mintiendo.
         —Los elfos atacaron cuando yo estaba en el paso. Lo vi desde el Mirador. Tenían un mago y todo ardió y estalló y luego entraron en la aldea en oleadas y oleadas y…
         —No puedes pensar en serio que…
         —¿Qué, Derlan? ¿Que dejó que todos murieran para salvarme? ¿Qué —hizo rechinar los dientes— pensó que salvarme a mí —se golpeó el pecho con furia y odio, una y otra y otra vez, hasta que Derlan asió su mano y le obligó a parar— era más importante que salvar a todos los demás? ¿Cómo quieres que no lo piense? ¡No estabas allí! No lo viste, no le oíste hablar. Insistir, insistir e insistir en que fuera detrás de ti, sin ninguna explicación lógica, sin ningún motivo salvo que tenía que irme. Me obligó a ir por el Sorn, Derlan. Y los elfos llegaron por el camino principal. Si hubiera ido por allí, me los habría encontrado en los bosques y también habría muerto. Flyll lo sabía.
         —Flyll no es así, Ledren. Él nunca… él no era… nunca los habría dejado morir…
         —¿Te crees que no me he repetido eso una y otra vez durante estos días? ¿Desde que me di cuenta de todo? ¿Cómo puedes pensar que no…? Mientras te buscaba, mientras creía que tú también habías muerto porque no te encontraba… No tenía nada más en que pensar y… —jadeando, Ledren le miró en silencio, la mandíbula temblándole ligeramente—. Me dio también el hacha —añadió en otro susurro—. La sacó de su casa y me la dio. ¿Y sabes qué me dijo? —una risa queda y agria se le escapó de entre los labios—. Dijo que estaba marcado.
         Aquellas palabras golpearon a Derlan en la boca del estómago como si su amigo le hubiera propinado un puñetazo en el vientre. Marcado. Marcado como él. Marcado como Frodrith y Diedrith. Magos. En el Sorn también. Sintió vértigo y la sensación de que caía y caía hacia la oscuridad. Se aferró a la pared de la torre y contempló con ojos vacíos las ruinas. Incapaz de tenerse en pie por más tiempo, volvió a dejarse caer al suelo y enterró la cabeza entre las rodillas, con la respiración entrecortada resonando en sus oídos. Sintió cómo la bilis subía a su garganta, mientras crecían en su interior las ganas de gritar y de llorar, hasta hacerse casi insoportables.
         «Quiero que todo pare. ¡Dioses misericordiosos! No es posible…»
         —Marcados…
         —¿Qué?
         —Estamos marcados, Ledren. La marca. La de nacimiento. La tuya, la… mía —tragó saliva de modo convulso, horrorizado, alejando el sabor a vómito que empezaba a inundar su boca—. Ellos también la tienen. Frodrith y Diedrith. La misma. La he visto. Hablamos de ello hará unos días…
         —No te entiendo, Derlan ¿te refieres a la marca ésta —dejándose caer a su lado, Ledren se tocó el brazo izquierdo—, la del antojo?
         El arquero no alzó el rostro y se limitó a asentir.
         —También había magos donde ellos… vivían. Su marca es la misma y Flyll…
         —Tú ya te habías ido. Tenía que sacarme a mí de allí. ¡Oh, Dioses! ¿Qué es lo que nos ocurre? Los… los elfos me persiguen, Derlan —añadió en medio de la súbita conmoción—. Cabalgan a marchas forzadas detrás de mí, llevo viendo los fuegos de sus campamentos a mi espalda desde hace varias noches. He intentado perderlos en el paso, viajando por los cauces de los ríos, por los pedregales… Pero igual siguen ahí detrás… Y tienen un mago elfo, lo vi. Puede que…
         Ledren enmudeció y se miraron el uno al otro, compartiendo el horror de lo que aquellas palabras implicaban, de lo que todo implicaba. Muertes, marcas y magos. Y Flyll dejando morir a toda una aldea a manos de los elfos negros.
         —Oso… No puede haber elfos negros tan al Eorn. Son tropas de Zaryll, debieran estar en el Norn, no…
         —Pero lo están. No he dormido las últimas noches y estoy…
         Sacudiendo la cabeza, Ledren volvió a guardar silencio y contempló los árboles muertos que los rodeaban, las derruidas paredes que rezumaban lodo negro, los muros desmoronados y sepultados casi por completo bajo la tierra y las hojas y la otrora verde hierba. Derlan lo miró de reojo y le pareció que ahora era más frío, más serio, más mayor que él, como si el Ledren que él había conocido hubiera muerto en aquel viaje de apenas media luna, dejando tras de sí una carcasa vacía que se le parecía pero que no era él. El dolor volvió a abrumarlo y las lágrimas le picaron de nuevo en los ojos. Todo cuanto conocía había cambiado, había muerto. Para no volver. Ya nada volvería a ser como antes. Quería dejar de sentir, quería dejar de pensar. Que la oscuridad de la inconsciencia se lo llevara todo.
         Se abrazó a sí mismo de nuevo y él también guardó silencio. No había nada que decir. Nada que lo pudiera arreglar. Nada que le fuera a devolver lo perdido, al viejo Ledren, a sus padres, su vida.
         —Lo siento, Derlan —murmuró finalmente su amigo—. Lo siento. Siento traer todas… estas noticias. Es mucho, es demasiado. Son malas y lo siento. Ojalá… —vaciló—, ojalá hubiera podido hacer algo. Ojalá no hubiera pasado. Ya no sé… —señaló con un vago gesto el desolado paisaje que les rodeaba— nada. No sé qué es esto. No sé lo que he matado antes, ni qué ha pasado aquí, ni lo que significa la marca que tenemos. No sé qué hacer. Me siento —alzó las manos y separó los brazos con impotencia, reposando la cabeza contra la fría piedra que tenía a la espalda— perdido…
         —Yo también.
         De nuevo el silencio. El sol se abrió camino por entre las nubes y el mundo pareció inundarse de sombras blancas y negras y de deslumbrantes destellos de luz sobre el agua enfangada.
         Ledren suspiró.
         —Nunca pasaste por Cahir ar Lunn ¿verdad?
         Derlan negó lentamente, sin apartar los ojos de un refulgente charco que había a poca distancia.
         —Me desvié hacia el Norn. Me atacaron unos pintones en los bosques y perdí el desvío de la Región de los Mil Lagos. Acabé perdido en unas ruinas al Sorn de las Nairaba —se encogió de hombros y soltó el arco con desgana, dejándolo a su lado. Los dedos le dolían de la fuerza con que lo había estado agarrando. Suspiró y él también apoyó la cabeza en la pared de la torre—. Estaba herido y buscaba refugio, pero acabé en unas ruinas como estas. Me encontré con una cosa como la de antes, otro ser como ese, hecho de luz. Casi me mata, pero… las flechas que me dio mi padre parece que son tan mágicas como el hacha que te dio Flyll a ti. Logré matarlo yo a él antes que él a mí.
         »Ya había perdido el camino y estaba muy lejos, así qué seguí una calzada antigua que bordeaba las Nairaba y las Lalse por el Sorn, lejos de la Región de los Mil Lagos. Luego me encontré con los mellizos.
         —¿Sabéis qué es?
         —No, sólo que las armas con algo de magia son las únicas que lo pueden matar… Ah… —suspiró y se volvió hacia el joven de negros cabellos—. ¿Cómo nos encontraste?
         —He llegado esta mañana a Lecig y… bueno, pregunté a la gente y me dijeron que habían pasado tres forasteros. Fui a la posada que me dijeron y, bueno, el resto ya te lo imaginas. No sabía que viajaras acompañado, pero hablaron de tu arco y de Harrow. La posadera me dijo que habíais venido a las ruinas a matar a un monstruo que estaba atacando Lecig. Me pareció todo un poco raro, pero pensé que valía la pena probar. Y parece que llegué justo a tiempo.
         Un vestigio del antiguo Ledren pareció aflorar momentáneamente a la superficie en aquella sonrisa de medio lado que le lanzó, la barbilla alzada de modo desafiante. Derlan se frotó el rostro abotargado de llorar y se incorporó. Una vez de pie, le tendió la mano al otro, para ayudarlo a levantarse. Ledren la aceptó y el arquero tiró de él.
         —Justo a tiempo, sí. Puedes jurarlo. Empezaba a irnos mal de verdad.
         —Las cadenas de esa chica ¿son también mágicas? Vi cómo se movían solas.
         —Sí, y Frodrith… digamos que tiene más de lo que aparenta. Pero será mejor que te lo cuente él, yo no tengo ese derecho.
         Ledren frunció el ceño inquisitivo, pero luego sacudió la cabeza.
         —¿También viajan hacia Ossián?
         —Van a unirse al ejército, como yo. Son mercenarios. En serio, no bromeo —añadió cuando Ledren enarcó las cejas—. Pero son buenas personas. En fin —suspiró—, será mejor que volvamos con ellos, antes de que empiecen a preocuparse.
         —No he sido antes muy amable con ellos ¿verdad? —comentó Ledren mientras ambos volvían hacia el bosque, chapoteando en el suelo enfangado.
         —No —Derlan no pudo evitar que la palabra brotara como un seco resoplido de sus labios—. Pero te perdonarán cuando… les… cuente —la voz se le quebró cuando las lágrimas volvieron a dolerle en la garganta y detrás de los ojos. Contuvo un sollozo e inhaló de forma entrecortada. Ledren apartó la vista—. Lo harán, ya verás. Porque vendrás a Ossián con nosotros ¿verdad? —inquirió, súbitamente asustado.
         —Sí, no tengo a dónde… —Ledren tragó saliva y sacudió la cabeza, incapaz de completar la frase.
         Ambos volvieron a guardar silencio. Una nube ocultó el sol durante unos instantes y las sombras bailaron sobre ellos. Ledren carraspeó.
         —Me uniré al ejército de Trión, con vosotros.
         —La verdad es que ahora vamos a unirnos al príncipe. Era él el que quedaba en Ossián pero hará unos días que se fue al encuentro de su padre. Los mellizos y yo pensábamos seguirlo cuando acabáramos aquí. Me imagino que es eso lo que haremos ahora.
         Ledren se detuvo en un pequeño patio rodeado por bajos muros y negó, la expresión sombría.
         —No es buena idea, Derlan. No ahora —los dedos de su zurda acariciaron ausentes la cabeza enfundada en cuero del hacha que colgaba de su cintura—. No con los elfos negros siguiendo mi rastro. No podemos llevarlos hasta Ossián, tienen un mago y he visto lo que puede hacer. Pondríamos en peligro a demasiada gente —apretó los labios en una fina línea y permaneció largo rato en silencio, pensando—. Al Sorn —masculló al final—. Iremos al Sorn. Nos desviaremos por las llanuras Lládhany, rodeando los bosques. Luego iremos rio arriba hasta las Rokaesis.
         —Eso nos retrasará mucho, Ledren. No estoy seguro de que los chicos quieran perder tanto tiempo, no… no tienen tanto dinero como…
         —Pero dejará Ossián al margen de nuestros problemas —le cortó Oso—. No sé cuántos me siguen, Derlan pero eran muchos los que atacaron Eshainne. No tenemos ni idea de cuantas tropas quedan en la capital —sacudió la cabeza de lado a lado—. No me parece prudente arriesgarnos.
         —Es la capital, Ledren. Tiene que quedar suficiente gente para ocuparse de unos cuantos elfos negros.
         —Puede que arrasaran Cahir ar Lunn. No lo puedo saber. Avisé allí al llegar de lo que había pasado en casa, pero luego vi igualmente sus hogueras a  mi espalda. Si el Cahir ha caído, Ossián… No quiero que nadie más muera por mi…
         —Por nuestra culpa —acotó Derlan, el ceño fruncido, sintiéndose roto y vacío por dentro—. Si es por esa marca, todos la tenemos. Los cuatro. Estamos juntos en esto. Iremos al Sorn, vale, pero sólo si los mellizos están de acuerdo.
         Oso pareció dudar, pero acabó por asentir.
         —Vale, me parece justo.
         Con otro asentimiento por parte de Derlan, ambos jóvenes salieron a través del agujero en el muro por el que habían pasado apenas un rato antes y se aproximaron a Frodrith y a Diedrith, que aguardaban al borde del claro en que se alzaban las ruinas. Habían traído tanto a Harrow como a Shart, el caballo de Ledren. Por encima de ellos, más allá del bosque, se podían atisbar las cimas de las montañas del extremo Eorn del valle, leves y grises oscuras contra el manto de nubes color ceniza. Al contemplarlas, Derlan no pudo evitar estremecerse.


         Grudrun abrió los ojos en medio de la penumbra hendida por los argénteos rayos de sol que se abrían paso, refulgentes, a través de las profundas grietas que surcaban la alta bóveda de la gruta que lo cobijaba. Durante sus milenios de sueño, la humedad había desgastado y horadado la roca con paciencia y tesón y, ahora, cintas de agua se derramaban desde las alturas, destellando entre las enmarañadas cascadas de enredaderas verde esmeralda que pendían en el aire, haciéndolas brillar como joyas engastadas sobre oro.
         El agua había formado una pequeña laguna cerca de sus poderosas garras delanteras, donde antes sólo hubiera una depresión de roca, que luego se perdía en dirección a la entrada de su cueva, cantando con dulces ecos contra las paredes.
         En verdad había pasado mucho tiempo, habían transcurrido muchas, muchas lunas, muchos deshielos y muchos fríos inviernos seguidos de cálidas primaveras. Pero finalmente despertaba de nuevo para traer la esperanza al mundo. Despertaba, lo sabía, en medio de la sangre y el dolor. Sangre del mismo color que sus rojas escamas. Pero aún no había llegado el momento de mostrarse al mundo, de extender sus adormecidas alas y de volar bajo el cielo, bajo la luna y bajo las estrellas. Aún faltaban cuatro.
         El Sueño todavía le pesaba en la cabeza y en los párpados, de modo que volvió a cerrar sus ojos del color del fuego y su gigantesca cabeza cuneiforme descansó una vez más junto a su hombro.
         Aún no, pero pronto.




 

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