Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 17 de diciembre de 2013

CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO (Parte 1/3) - Gruta oscura

 

          La ardiente punzada de dolor que le atravesó el pecho y el repentino desgarro que llenó su cabeza le sorprendieron cuando descendía de la torre en la que se encontraban sus aposentos. Su mano izquierda, los dedos crispados y agarrotados en una convulsa garra, buscaron infructuosamente la baranda de madera que ceñía la pared, resbalaron sobre su oscura superficie y Zaryll cayó escaleras abajo, soltando a Easheyrt, la Negra. La espada repiqueteó con estruendo contra la piedra, cayendo hacia la oscuridad.
          El mago negro se golpeó el hombro derecho contra el borde de uno de los escalones y un lacerante dolor fluyó, como una marea de fuego, desde su hombro hasta la muñeca, abrasando su carne y sus huesos. Quiso gritar, mas la voz se le quedó atascada en la garganta cuando su cabeza chocó, con un ruido sordo, contra la pared, llenando su visión de súbitas luces y sombras. Sintió, en medio de la agonía que recorría su cuerpo, cómo la cálida sangre resbalaba sobre sus ojos.
          Entonces, un dulzón y cálido olor embargó su conciencia y sintió crecer en su interior una inesperada voracidad, un hambre atroz y lacerante, que estuvo a punto de ofuscar cualquier otro pensamiento racional, llenándolo de una repentina compulsión por alimentarse de aquella sangre que resbalaba por su barbilla. En medio del aturdimiento, luchó por contener la abrumadora ansia que amenazaba con dominarlo y todo se llenó de pronto de luz.
          Un bosque. Unas ruinas. Unos ojos de color ámbar. Un destello de plata. Unos ojos grises mirándolo de tan cerca que pudo sentir el cálido aliento que palpitaba tras ellos contra la gélida frialdad que era él.
          La agonía se abatió sobre él de nuevo, mucho más intensa que antes. Algo desgarrando su brazo hasta arrancárselo, su corazón siendo atravesado de parte a parte, de forma tan violenta que su cuerpo se arqueó entre espasmos hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la pared con tanta fuerza, que su cráneo crujió de modo alarmante. Hubo un fogonazo detrás de sus ojos y luego la inconsciencia lo arrastró lejos, mientras la espada seguía resbalando escaleras abajo y su sangre escurría por los escalones, roja sobre negro.


          Primero fue la lluvia sobre él. Después el susurro jadeante de su propia respiración, seguido de un leve gemido a su lado. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y se encontró con el cálido cuerpo de su medio inconsciente hermana tendido sobre sus piernas. Gimoteaba en voz muy baja, los ojos cerrados, el cabello cobrizo completamente suelto y revuelto en desordenados mechones que velaban su rostro; también se extendía sobre su espalda, en torno a sus hombros y por el suelo del bosque, manchándose de limo negro. Sus parpados aletearon y abrió los ojos. Los cerró de nuevo con un jadeo y los volvió a abrir, como si le costara enfocar.
          —¿Frodrith? —musitó con voz débil.
          —Sí —acertó a balbucir él, y esa sola palabra le costó un esfuerzo increíble, le ardía la garganta, la sentía en carne viva al tragar, y tenía la boca pastosa. Tragó saliva y carraspeó con una mueca de dolor—. Es… toy aquí, pero… apenas siento… el brazo derecho. No sé…
          —Esa… cosa… te tocó —la voz de Diedrith tembló y la muchacha sacudió aturdida la cabeza pugnando por levantarse. Tras tambalearse ligeramente, logró sentarse y enterró la cabeza entre los brazos con un nuevo gemido—. Gritabas.
          Sus cadenas tintinearon y reflejaron la mortecina luz del día, salvo en el lugar donde habían tocado al espectro durante aquel último ataque; allí estaban opacadas y negras, perdido su lustre y brillo, pero no parecían dañadas más allá de eso. Con otro esfuerzo sobrehumano, Frodrith se giró hacia donde había visto a Derlan por última vez, justo antes de que todo estallara en aquel fuego frío que los había arrollado. El arquero parecía estar bien, pero no les prestaba atención, estaba sentado en el suelo, entre las nudosas raíces de un árbol, con el arco aún asido en la zurda, mirando estupefacto al hombre que le había salvado la vida… que los había salvado a todos.
          El desconocido estaba también sentado en el suelo, contemplando la marca de tierra calcinada, que señalaba el lugar donde había estado el espectro. Parecía encontrarse aturdido, con la capucha caída sobre sus hombros, dejando su macilento rostro al descubierto, su piel estaba pálida como la nieve bajo la barba negra y había profundas ojeras bajo sus ojos color azabache. Tenía un aspecto demacrado y agotado. Sus dedos aún aferraban con fuerza la empuñadura recubierta de cuero del hacha de batalla, cuya hoja todavía desprendía un ligero fulgor azul.
          —¿Oso? —susurró Derlan en medio del silencio.


          El desconocido alzó la vista con lentitud, para clavar sus ojos, casi vacíos de toda expresión, en el eorniano. Permaneció así largo rato, mirando sin ver, y, entonces, poco a poco, el reconocimiento asomó a sus negros iris, al tiempo que una oleada de alivio recorría sus facciones, demudándolas por completo. Derlan sintió un escalofrío en la nuca. ¡Dioses! ¡Era Oso! ¡En verdad era él! Pero… estaba… estaba casi irreconocible…
          —¿Nenita? ¿Derlan? —al joven de negros cabellos le tembló la voz, mientras soltaba el hacha y se arrastraba hasta él. En un primer momento le aferró el brazo, pero luego, tiró bruscamente de él, para abrazarlo con fuerza mientras le palmeaba la espalda—. ¡Oh, Dioses! ¡Dioses! ¡Dioses! ¡Derlan! Por fin… por fin te encuentro. Oh, Dioses. Dioses misericordiosos y sagrados…
          Derlan sacudió la cabeza de lado a lado y miró de reojo a los mellizos que lo observaban de hito en hito. El muchacho parecía estar bien, pese a la palidez de su rostro, y la chica no parecía estar más herida que él mismo.
          —Derlan… ¿él es…? —comenzó Frodrith, masajeándose el brazo derecho, allí donde el ser le había tocado durante aquel aterrador momento en que Di y él creyeron que le perderían. Era más que probable que tuviera una quemadura similar a la suya.
          El eorniano asintió, mientras el desesperado abrazo remitía y el joven moreno se retiraba, un poco tembloroso, para recorrer alternativamente con la mirada a Frodrith, Diedrith y vuelta a él. Había una muda pregunta en sus ojos.
          —Sí, es él, Ledren. Oso. Mi… amigo de Eshainne —le respondió primero al mercenario—. Eh… Ledren, ellos son Frodrith y Diedrith, unos amigos que he encontrado durante el viaje. Pero… —Derlan titubeó—. ¿Qué haces aquí? ¿Co… cómo…? —continuó balbuceando, presa de la incredulidad. Oso. Allí, ante él y con un aspecto tan lamentable y enfermo que bien pudiera estar muriendo—. ¿Cómo has llegado aquí?
          La expresión de Ledren se oscureció de pronto y se frotó el rostro con ambas manos. Un débil suspiro sacudió sus hombros.
          —Tenemos que hablar, Derlan. Hay mucho… —negó un par de veces y encorvó los hombros—. Ahora… —sus ojos se desviaron hacia los hermanos que los observaban con curiosidad— y a solas.
          Frodrith abrió la boca para protestar, pero su hermana le aferró con fuerza de la pierna, obligándole a guardar silencio.
          —Son de confianza, Ledren, lo que me tengas que decir…
          —A solas —replicó el otro, lanzándole una mirada inexpresiva, carente de toda emoción, fría como el hielo negro que comenzaba a fundirse, dejando tan sólo tierra muerta y putrefacta a su alrededor.
          Derlan suspiró.
          —Está bien. Fro, Di… yo…
          —No, tranquilo, está bien, de verdad —respondió la chica, sacudiendo una mano—. Ya me quedo aquí con Frodrith a mirarle el brazo. Pero déjame el ungüento ese, si le ha quemado como a ti, no vendrá mal que le ponga un poco.
          El arquero eorniano asintió.
          —Está en el caballo. ¿Quieres que…?
          —Derlan, necesito hablar contigo. Ahora —le interrumpió Ledren con tono seco, desplazándose a un lado para recoger el hacha del suelo. Se puso en pie y se limpió, como buenamente pudo, las manos en las calzas.
          —Ya se encarga Diedrith, Derlan —señaló Frodrith—. Yo me quedo aquí esperando, no me va a pasar nada. Ya no. Ve tranquilo.
          Derlan asintió con una profunda inhalación, se levantó ayudándose del tronco del árbol y se adentró en las ruinas siguiendo al robusto joven de negros cabellos.




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