Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 9 de diciembre de 2013

CAPÍTULO VIGÉSIMO (Parte 4/4) - El final del camino


         La niebla se hizo de pronto más espesa entre los troncos de los árboles, cubriendo con un manto, cada vez más denso, los cadáveres de los animales que había en el suelo. Primero avistaron lo que parecía ser un trozo de muro sobresaliendo entre la hojarasca negra, luego un fragmento de pared medio derruido junto al tronco de un árbol. Fue entonces cuando vieron el primer cadáver humano, sentado sobre las piedras engarzadas entre las nudosas raíces de un roble, abrazado por la omnipresente escarcha negra. Todavía aferraba entre sus dedos congelados y muertos la empuñadura de su espada, cuya hoja estaba rota y fragmentada en torno a su cuerpo. Sus ojos vacíos miraban espantados y aterrados algo que ya no estaba allí.

          «Ahí lo tenemos. Las armas normales no sirven —Frodrith tragó saliva con un estremecimiento, incapaz de apartar la mirada de aquel rostro desfigurado por el pánico.»
          Ninguno de ellos dijo nada, pero Diedrith señaló con un tembloroso gesto, acompañado por un tintineo de cadenas, las ruinas que se extendían más allá de ese punto. Allí había más cadáveres. Parecían ser el resto de los hombres de lord Olem, a juzgar por las libreas, en las que aún podía apreciarse, pese al hielo, el ciervo de gules y el blasón partido de Lecig. Sus cuerpos yacían desperdigados entre los muros bajos invadidos por la maleza y los patios de suelos levantados y salpicados de grietas, a través de las cuales crecían algunos árboles, otrora verdes y frondosos, pero ahora muertos y negros. La media docena de hombres habían fallecido en solitario o por parejas, algunos intentando escapar, como el soldado que tenían a sus pies, pero otros parecían haber muerto en pleno combate, las armas en las manos, guardándose uno a otro la espalda. Y, por encima de todo ello, construida en piedra de color gris oscuro como las nubes que cubrían el cielo, se alzaba la torre que vieran el día antes en la distancia, su superficie recubierta por completo de extraños grabados y bajorrelieves erosionados por el tiempo. Eran dragones, gigantescos dragones con las alas extendidas y las fauces abiertas, poderosas garras aferrando la roca de la torre y largas colas enroscadas en torno a ella. Todos ellos alzaban el vuelo hacia la cima, casi como si intentaran alcanzar el lejano firmamento, uno tras otro, engarzados en una danza sin música y sin fin.
          —Moses bendito —susurró Frodrith, el aliento elevándose de sus labios, en forma de alba bruma, como aquellas bellas criaturas inmortalizadas en la piedra—. ¿Cómo…?
          —No lo sé —oyó decir a su hermana, con la voz sobrecogida también por la emoción, contemplando las tallas que brillaban bajo la lluvia.
          —¡Ahí! —gritó Derlan, sacándoles de su ensimismamiento—. ¡No dejéis que os engañe! ¡No le dejéis hacerlo! ¡La torre no está entera! ¡NO TIENE CIMA!
          Con un parpadeo y un estremecimiento, Frodrith trató de enfocar la vista a través de la neblina que llenaba su mente. Un frío más intenso del que había sentido nunca le robó el aliento en blancas volutas. Apenas sentía los dedos de los pies ni de las manos y cada inspiración le quemaba como fuego líquido en la nariz, garganta y pulmones. Si antes ya hacía frío, ahora sintió como si muriera un poco por dentro con cada inhalación. Tuvo que obligarse a sí mismo a respirar aquel aire helado que dolía y lo desgarraba por dentro. Derlan estaba frente a él, dándole la espalda, el arco tendido hasta la base de la mandíbula, con la punta de la flecha, que rozaba sus dedos, brillando azulada en medio de la mortecina luz del día.
          La torre se erguía ante ellos, sí, pero no intacta, sino con la cima mellada sobresaliendo por encima de la copa de los árboles. Se elevaba a muchísima altura, mas no a la descomunal altitud que había poblado sus visiones. Sus tallas no estaban enteras, sino desconchadas y rotas, apenas reconocibles bajo la hiedra negra y el paso de los años, perdida gran parte de la belleza que debieron tener en el pasado.
          Y allí estaba también el espectro, flotando en el aire a poca distancia, envuelto en un fulgor glauco, que parecía hacer altear los andrajos de sus etéreas ropas hechas de luz en torno a su cuerpo, como si flotara bajo las aguas. Por debajo del revuelto cabello luminoso asomaban delicadas orejas puntiagudas y unos malévolos ojos rasgados sin pupila ni iris, carentes de todo color. Los miraba fijamente… no, miraba fijamente a su hermana, con una mano extendida hacia ella, a escasa distancia de su rostro, que contemplaba, aún ensoñado, la cima inexistente de la torre.
          —¡Diedrith! —gritó, dando un paso hacia adelante.
          La flecha de Derlan zumbó en el aire, hendiendo la niebla, directa hacia la criatura espectral... que pareció retorcerse de forma imposible en el aire, como si no estuviera formada sino de luz y bruma, haciendo que la saeta se perdiera con un chasquido entre las ruinas de más allá. Con el mismo fluido movimiento, sus ropas aleteando, refulgiendo bajo las cortinas de lluvia, se lanzó sobre Derlan, siseando lleno de furia y odio, las garras extendidas y los colmillos al descubierto.
          El joven mercenario contuvo el impulso de cerrar los ojos. Siempre era más fácil cuando los tenía cerrados, del mismo modo que también era más sencillo si estaba en contacto físico con la persona a la que quería sondear. Sin embargo, no había tiempo para eso ahora, no había tiempo para nada. Rogando la ayuda de Moses, se zambulló en el lugar de su mente donde podía percibir los pensamientos de los que le rodeaban. Todo pareció ralentizarse en medio de su doble visión. De inmediato sintió a Derlan a su lado, brillante y acerado, y a su hermana un poco más lejos, todo plata y música embriagadora.
          Y, en medio de todo, la masa informe de fuego abrasador que era la mente del espectro. Cegaba casi por completo sus sentidos, lleno de odio, de ira y de una sed abrumadora, apenas fue capaz de esquivarla y saltar a la de su hermana.
          Esperaba que un simple toque fuera suficiente para sacarla de la ilusión y hacerla volver en sí, porque Derlan estaba en peligro de muerte. El joven eorniano no iba a ser capaz de disparar de nuevo a tiempo, con la criatura tan cerca de ellos como se encontraba y la velocidad a la que se movía. Mientras su cuerpo retrocedía, respirando de forma entrecortada, mareado por la doble visión que saturaba sus sentidos, se centró en su hermana.
          Sintió cómo ella se sorprendía al notar su presencia y luego cómo la inundaban la alegría y la preocupación… y la culpa. Frodrith inhaló y proyectó calma, la vaga idea de un ataque y la torre quebrada que se alzaba sobre ellos.
          «Aférrate a esto, Di, aférrate a esto —rogó.»
          Con ese último pensamiento, se soltó de su hermana y se dejó arrastrar de nuevo al mundo dominado por la calcinante presencia del espectro. Todo había durado lo que un parpadeo y una inhalación. Apenas pudo escuchar el susurro metálico de las cadenas de su hermana al deslizarse en el aire, cuando atacó al espectro por la espalda, mientras volvía a enfocar la vista con los ojos físicos y no con los de su mente. Diedrith falló por poco cuando el ser volvió a retorcerse de modo imposiblemente rápido, apartándose de un tambaleante Derlan, que retrocedió trastabillando mientras su diestra se retorcía para sacar una nueva flecha del carcaj que llevaba a la espalda. Las cadenas de su hermana se retorcieron también en el aire, siguiendo al espectro, crujiendo y chasqueando en un remolino de plata. Restallaron como un látigo, forzando a la criatura a alejarse aún más de ellos.
          Moviéndose con lentitud en un círculo amplio, Di recogió su arma con fulgurante rapidez y volvió a lanzar la cuchilla hacia adelante mientras el extremo de la anilla baría en un amplio arco desde la dirección opuesta. Tenía que lograr que diera la espalda al arquero, que se centrara sólo en ella. Derlan afianzó los pies en el suelo recubierto de muerta hojarasca negra y aprestó una nueva flecha tratando de apuntar. El espectro, sin embargo se retorcía como el agua ante cada acometida de la muchacha, bailando entre las cadenas, siseando de furia mientras estas lo alejaban de su presa. Derlan se enjuagó, sin soltar la flecha, el agua que se le metía en los ojos y escupió a un lado, luego maldijo entre dientes, intentando anticipar, sin éxito, los movimientos del espectro, ora a la derecha, ora la izquierda. Las cadenas de Di cortaron de nuevo el aire en un amplio arco ascendente, provenientes de direcciones opuestas, según ella avanzaba, acercándose lentamente hacia la criatura. El espíritu, sin embargo, se movió primero a la izquierda y luego a la derecha y pareció escurrirse y fluir por entre el diminuto resquicio que quedó entre ambos extremos.
          Su hermana comenzaba a resollar por el esfuerzo, la capucha caída ahora sobre sus hombros y el mojado cabello cobrizo cubriendo en lacios mechones su rostro. Se deslizó hacia la derecha, pasando con cuidado por encima de uno de los cadáveres de los soldados, volteando su arma sobre su cabeza y volviendo a lanzarse sobre el escurridizo ser. No habían logrado rozarle siquiera. Derlan no tenía un blanco claro en medio de la bruma y la lluvia y las espirales de la plata que intentaban, una y otra vez, inmovilizar al ser para que pudiera acertarle con mayor facilidad. El frío arreciaba a cada momento que pasaba, haciéndoles temblar a los tres, dificultando sus ataques sí como su concentración.
          Diedrith gritó cuando una de sus botas pisó un charco de lodo negro y estuvo a punto de caer al suelo. El espectro aprovechó el momento en que las cadenas bajaron, para lanzarse sobre Derlan, siseando como una serpiente.
          Frodrith cerró los ojos. Ahora. Era ahora o nunca. Sabía que arriesgaba la vida de Derlan, pero, si su jugada salía bien, el eorniano tendría un blanco claro y la flecha ya estaba encordada. El espectro tal vez no pudiera esquivar si se la encontraba con la saeta a bocajarro. Pese al miedo que le había azotado al percibir aquel cúmulo de frío odio, el muchacho volvió a expandir su mente. Una brutal oleada de ardiente ira estuvo a punto de arroyarlo, calcinando todos sus sentidos. Sus manos se tensaron en torno a las empuñaduras de sus inútiles armas hasta que los tendones le dolieron y usó ese dolor para combatir el otro. Con un grito que sólo él oyó, se lanzó al interior de aquella incandescente masa de furia y magia y malevolencia.


          En el interior de aquella mente sólo había una descomunal sed y un ansia voraz de alimentarse, de nutrirse de la misma muerte, del fenecer de toda vida, de todo color, de toda bondad. Se alimentaba de sangre, de almas, de vida, en un inútil intento de llenar el profundo y sobrecogedor vacío que había en su interior. Y nunca era suficiente. Y le daba poder. Aquel Espectro ya había devorado toda vida en muchos ahs a la redonda, incrementando así su fuerza, haciéndose más y más poderoso con cada día que pasaba. Frodrith pudo percibir con total claridad el odio que la criatura sentía hacia ellos, su atroz necesidad de sangre fresca… y, por debajo de todo ello, leve como el halito de un moribundo, sintió su miedo. Miedo de las flechas de Derlan, de las cadenas de su hermana. Miedo de la magia que podía sentir en aquellos objetos, palpitando sin cesar.
          —Tiene miedo —susurró, el agua escurriendo por su rostro, dejándolo congelado y aterido—. ¡Tiene miedo! —gritó a pleno pulmón—. ¡Diedrith, Derlan, tiene miedo! ¡Miedo de vuestras armas, miedo de su magia! ¡Seguid acosándole! ¡Seguid…!
          Los ojos todavía cerrados, intentó con todas sus fuerzas presionar esa parte de la masa ardiente que conformaba la mente del espectro; el lugar donde yacía su miedo. Trató de desequilibrarlo de algún modo, de aumentar el pánico de su interior, de atraer su atención sobre él para que el eorniano o su hermana tuvieran una oportunidad, por pequeña que fuera, de destruirle.
          Funcionó.
          Pudo sentir con claridad cómo la atención del Espectro se volvía hacia él y todo su mundo estalló en candentes hogueras de fuego azul y el dolor lo arrastró lejos, hacia la profunda oscuridad.


          —¡Frodrith!
          —¡Oh, Dioses! ¡Mierda!


          Ni siquiera podía oír, pero percibió los gritos mientras las garras de fuego y luz del ser se introducían en su interior, con tanta fuerza que la cabeza amenazó con ir a estallarle de dolor. Las afiladas uñas se abrieron paso, capa tras capa de su mente, calcinándolo todo a su paso, desgarrando sus pensamientos, su consciencia, convirtiéndolo todo en girones dispersos e inconexos de pensamiento puro. Un alarido se elevó en el silencio del bosque, bordeaba la locura y la agonía. Tardó en darse cuenta que brotaba de sus propios labios, pero no pudo hacer nada por evitarlo y siguió resonando una y otra vez, hasta que el intenso dolor también se lo llevó. Remolinos de plata, de sombras azabaches, refulgentes destellos de fuego azul.
          Iba a morir.
          Todo cesó. La presencia calcinante se alejó de él.
          Primero fue el frío, luego los espasmos que sacudían su cuerpo de modo incontrolable. Le dolían la cabeza y la mandíbula, y sentía agónicas punzadas de fuego lacerando su mente detrás de los ojos, al tiempo que la náusea revolvía sus entrañas. No sentía el brazo derecho. Había gritos a su alrededor, susurros metálicos que hendían el aire. Pisadas que chapoteaban en el fango.
          Estaba tendido en el suelo, sobre algo que se le clavaba en la espalda de forma dolorosa, se dio cuenta de pronto, incapaz de moverse, incapaz de abrir los ojos. Permaneció tendido un rato más, hasta que el dolor remitió lo suficiente como para hacer un segundo intento de ver lo que ocurría a su alrededor. Con un gemido, alzó los párpados y una figura borrosa llenó su campo de visión, rodeada por destellos de plata. Ningún nombre asociado a ella en su mente. El pánico lo inundó. Era consciente de que debía reconocerla, reconocer el cabello cobrizo apelmazado por la lluvia, las ropas de color ocre, los brazaletes de plata… El pánico amenazó con ahogarle.
          «No, no, no, no, no…»
          Entonces el recuerdo afloró con lentitud, como si lo hiciera a través de aguas cenagosas y oscuras.
          «Di. Diedrith. Mi her… hermana.»
          La muchacha se alzaba sobre él, una pierna a cada lado de su cuerpo caído, las cadenas crujiendo y tintineando en brillantes remolinos… atacando y defendiéndose de… de lo que parecían media docena de criaturas semejantes al Espectro. Aquel nombre también surgió de las profundidades de su memoria. Espectro. Con él llegaron el resto de recuerdos, en oleadas de dolor que le forzaron a cerrar los ojos de nuevo. Derlan, su hermana, Lecig, la criatura a la que habían ido a combatir, el viaje a Ossián, truncado por la prematura partida del príncipe.
          Alzó con esfuerzo los párpados una vez más y se esforzó en fijar la vista entre agónicos parpadeos. Las súbitas punzadas de la luz hiriendo sus pupilas estuvieron a punto de hacerle perder de nuevo el conocimiento, e hicieron que una oleada de bilis trepara hasta su garganta. Obligándose a tragar, se fijó en que las siluetas de luz que les rodeaban vestían las ropas de los soldados de Lecig. No… aquello no era posible. Estaban muertos, él había visto los cadáveres, yaciendo entre la hierba y las hojas y la tierra muerta. Sin embargo allí estaban, como fantasmas, hechos de luz, de la misma materia que el espectro. Aún aturdido, buscó a Derlan y el dolor volvió a nublarle la visa nada más movió la cabeza hacia la izquierda. Pero allí estaba el arquero, vivo, la espalda apoyada contra el árbol sobre cuyas nudosas raíces se encontraba él tendido. El eorniano tenía una expresión determinada y dura en el semblante, los ojos entrecerrados de concentración. Cada vez que las cadenas de su hermana apresaban uno de aquellos espíritus que siseaban y gritaban y parecían humear, él disparaba una flecha y el ser se desvanecía con un aullido espeluznante.
          El Espectro estaba un poco más allá del alcance máximo de las cadenas de su hermana y se percató de que ahora tenía nombre, ahora sabía lo que era con sólo mirarlo. Ahora creía saberlo al menos. Tryn. Aquella cosa se llamaba Tryn y era fruto de la magia élfica, fruto de la magia de sangre. Ese otro recuerdo también burbujeo hasta la superficie de su memoria, haciéndole estremecer, porque no era suyo. No era un recuerdo suyo. Estaba allí, lejos, mirándolos con odio. Le faltaba un brazo y casi la mitad del cuerpo, pero seguía vivo de algún modo. Si podía considerarse que aquella cosa había estado viva alguna vez. Y, en verdad lo había estado, solo que mucho, mucho tiempo atrás. Aquel recuerdo tampoco era suyo. Frodrith se estremeció, aterrado. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le había hecho Tryn?
          Paralizado por el miedo, Frodrith observó cómo, poco a poco, el ser flotaba hacia la izquierda, sus glaucos ojos, rezumantes de malevolencia, clavados en Derlan.
          Iba a por él, iba a matarlo. Frodrith se debatió, tratando de incorporarse, de gritar, de avisar al desprevenido arquero, pero la cabeza le dolía demasiado y el brazo derecho no le respondía. Un largo gemido brotó de entre sus labios cuando su vista se oscureció al tiempo que una oleada de náusea sacudía su cuerpo.
          «No, no, no, no, no… Derlan. ¡Derlan!»
          Giró su cuerpo hacia la izquierda, soltando la daga que aún mantenía aferrada entre los ateridos dedos, y luchó contra el mareo y la agonía que lo atravesaron. Pese a la bruma que empañaba sus ojos, vio cómo el espectro se abalanzaba sobre el costado del arquero, al mismo tiempo que la última de las otras criaturas de luz se desvanecía en medio de la niebla. Frodrith abrió la boca… Le dolía la garganta, la tenía en carne viva. Tan sólo un graznido inarticulado surgió de sus labios.
          —¡¡Deeerlaaaaan!!
          El alarido resonó en el claro, resonó en las ruinas, resonó en el silencio. Diedrith se giró sobresaltada, rápida como un áspid y las plateadas cadenas obedecieron el fugaz y apenas articulado pensamiento de la joven. Los eslabones de plata tintinearon en el aire y apresaron a Tryn a apenas un palmo del rostro del eorniano justo en el instante en que una enorme figura encapuchada surgía de la espesura, enarbolando una gigantesca hacha de batalla sobre su cabeza. La hoja brillaba, refulgiendo en el aire, su superficie metálica completamente recubierta de extrañas runas.
          —¡¡AAAAAAHHHHHHHHH!!
          Frodrith contempló atónito cómo, con otro bramido, aquel hombre blandía el hacha contra el espectro y la hundía en la etérea carne. El violento estallido de frío lo lanzó de nuevo al suelo y sintió cómo alguien caía sobre él, aplastándole las piernas. Luego llegó un viento abrasador que sacudió sus ropas mojadas y sus empapados cabellos, seguido de un aullido grave y lacerante que vibró en sus entrañas y que duró tanto que estuvo convencido haría estallar sus tímpanos.
          Finalmente el silencio.




 

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