Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


lunes, 2 de diciembre de 2013

CAPÍTULO VIGÉSIMO (Parte 3/4) - El final del camino

 

          —No es natural —susurró Diedrith, pasando lentamente un eslabón de plata tras otro entre los dedos—. Ni la niebla, ni esto.
          Con el ceño fruncido bajo la capucha, la joven pateó la hierba de color negro que se extendía más allá del linde de los árboles y el hielo azabache que lo cubría todo crujió bajo su bota, convirtiendo la hierba muerta en un limo turbio y viscoso. Derlan, acuclillado a su lado, arrancó una brizna y la frotó también contra la palma de su mano, con idéntico resultado.

          —No, no lo es —convino el eorniano en voz baja, irguiéndose con un suspiro y limpiándose la mano en la pernera de los pantalones.
          —Todo muerto —secundó Frodrith a su lado, el aliento condensándose ante su rostro, mientras contemplaba con inquietud la niebla que rielaba entre los negros troncos de los árboles, brillantes por el agua que escurría sobre ellos. Pese a las plúmbeas cortinas de lluvia que se derramaban sobre ellos, cedazos de bruma seguían anidando en las profundidades del bosque—. Parece como si se estuviera extendiendo ¿no creéis? —añadió, arrugando pensativo el entrecejo.
          Su hermana asintió, propinando otra patada a la muerta tierra, salpicando de limo sus pantalones nuevos.
          —Y vamos a entrar ahí, a matar a esa criatura, precisamente para que deje de hacerlo.
          —En Gringa la destrucción llegaba hasta bastante más allá de las ruinas —explicó Derlan—. Debía de llevar mucho más tiempo allí del que ésta lleva aquí.
          El arquero alzó la vista hacia las desnudas ramas de los árboles, que extendían sus esqueléticos dedos hacia ellos, intentando ver la torre hacia la que se dirigían. El agua le cayó en los ojos y parpadeó, frotándose el rostro para aclarar su visión. Sí, allí estaba, sombría y mellada, a no demasiada distancia, casi completamente oculta por la niebla y las cortinas de interminable lluvia. Con un suspiro, Derlan se ciñó más la capucha, con el miedo y la inseguridad, aleteando de nuevo en sus entrañas. Pero tenían que ayudar. Con la guerra en el Norn y, habiendo fracasado los soldados de lord Olem, no había nadie más a quien los habitantes de Lecig pudieran acudir. El rey estaba lejos y su hijo había partido ya de Ossián para reunirse con él. En cuanto al Sorn… Aquella misma noche, les habían confirmado en la posada los rumores que los mellizos ya habían oído en Lasena. Los Nur y los Saharey estaban con Zaryll y el Sorn era un caos de revueltas y saqueos y ciudades arrasadas. No vendría ayuda de allí tampoco.
          Derlan no podía entenderlo. No era capaz de comprender por qué habían traicionado a Trión. Hasta donde él sabía, era un buen rey, un monarca justo. Los impuestos no eran altos, eso era algo que su padre siempre decía cuando el recaudador pasaba una vez al año por Eshainne, y tampoco había tocado los derechos de las grandes casas desde que llegara al trono. Así que no podía sino preguntarse por la razón que había llevado a algunas de las familias nobles más importantes de Bakán a unirse a Zaryll y a los elfos negros. Lo de Zaryll aún podía tener una explicación, pero lo de los elfos negros… No podía quitarse de la cabeza a éstos últimos, surgidos de los años más oscuros del reino, donde los mitos y las leyendas se confundían con lo que realmente había acontecido.
          Ambición, había dicho Frodrith entre susurros, una vez habían subido a su habitación en la posada, sentado sobre el jergón de paja con las piernas cruzadas.
          «Shorae siempre nos decía que los nobles del Sorn parecían más una casa de putas que cualquier otra cosa.»
          Esas habían sido las palabras exactas pronunciadas por Diedrith a continuación, y él no había podido evitar sonrojarse. De cualquier modo, no era ahora momento de pensar en esas cosas, tenían un trabajo que hacer y era mejor se dieran toda la prisa posible si querían alcanzar a Selam antes de que se alejara demasiado.
          Hizo un gesto a los mellizos, señalando el interior del bosque, y estos asintieron. Diedrith se adelantó, e hizo una mueca cuando la hierba muerta crujió bajo ella, formando una lodosa masa maloliente allí donde pisaba. Su hermano la siguió y Derlan avanzó detrás, no sin antes lanzar una última mirada al lugar donde habían dejado a Harrow atado.
          Una súbita punzada de ansiedad laceró sus entrañas de pronto, en cuanto comenzaron a adentrarse bajo el dosel de ramas muertas. Un sudor frío bañó sus costados y espalda bajo las húmedas ropas y la empapada capa que pendía sobre sus hombros. Cada paso que daba le acercaba más a un nuevo enfrentamiento, a un nuevo combate, con lo que parecía ser una criatura similar a la de Gringa. Había intentado mantener el miedo a raya, había intentado mostrarse valiente delante de los mellizos, pero, ahora que ellos caminaban delante, sintió cómo esa máscara comenzaba resquebrajarse.
          No podía evitarlo, estaba aterrado. La mera perspectiva de volver a encontrarse con un ser como aquel, hacía que le doliera el vientre y tuviera ganas de gritar y de huir. Tenía las palmas de las manos sudorosas y a punto de empezar a temblar. Apretó los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas de las manos hasta que le dolieron los dedos. Que el pulso le fallara era lo que menos necesitaba a la hora de manejar el arco. A ese paso sería él el que no serviría de nada en el combate que se avecinaba. Ahora era más consciente que nunca de que había salido con vida de aquellas ruinas de puro milagro, por una mera cuestión de suerte. Alzó la diestra, los dedos un poco agarrotados por la fuerza con que los había cerrado momentos antes, y se tocó el hombro donde el espectro había marcado su carne. Con un estremecimiento, apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. La mano le comenzó a temblar.
          «¿Y si esta vez no puedo sobreponerme a su voz? ¿Y si me hechiza y me vuelvo contra ellos? —pensó, según avanzaban, con un nudo de angustia creciendo en su garganta.»
          Sus ojos se posaron en la espalda de ambos jóvenes, que avanzaban sigilosos como gatos, sin meter más ruido que el que sus pies hacían al quebrar la fina capa de escarcha negra que lo recubría todo, y se prometió a sí mismo que no dejaría que eso ocurriera. Bajo ninguna circunstancia. Podía jurarse eso a sí mismo, ¿verdad? No sobrevivir a aquella mañana, sino intentar que no les pasara nada a los chicos.
          «Sí, esa es una promesa que, tal vez, pueda cumplir.»
          —Con un poco de ayuda de los Dioses —musitó.
          Sus amigos no parecían tan asustados como él lo estaba, pero claro, ellos no habían visto lo que él: la niebla que parecía tener vida propia, las visiones, los cráneos entre las piedras rotas de las ruinas y la etérea criatura flotando sobre aquella plaza desolada. No habían sentido aquel frío paralizante y antinatural mordiéndoles la carne y el hedor que flotaba en la noche.
          «Al menos esta vez no estaré sólo —se dijo con cierta amargura—, sé a dónde voy y a por lo que voy, y creo saber también lo que puede hacernos. Espero que con eso sea suficiente.»
          —La niebla espesa —comentó Diedrith en un susurro, que quedó sofocado por el rumor de la lluvia y que fue rápidamente engullido por la bruma—. Derlan ¿crees que estamos…?
          La joven se interrumpió en seco cuando el primer cadáver apareció ante ellos. Era el de una ardilla a medio descomponer, casi enterrada por completo entre las muertas hojas azabaches. Frodrith se detuvo junto a su hermana y un exabrupto escapó siseando de entre sus dientes. Derlan se acercó a los dos jóvenes, el aliento condensándose en blancas volutas ante él, para contemplar aturdido la pequeña hondonada que se extendía frente a ellos.
          Sobre el suelo helado que descendía en una suave pendiente, salpicada de rocas, la bruma reptaba en desgarrados jirones entre un mar de pequeños cuerpos muertos, del cual la ardilla era sólo el primero de muchos. Había pájaros, tejones, ratas, zorros, un oso joven e incluso un ciervo cuya cornamenta escarchada brillaba bajo la incesante lluvia. Todos ellos parecían haber muerto mientras huían de algo y, ahora, sus cadáveres se pudrían bajo el hielo negro en el suelo del bosque. No había sangre, sólo cuerpos de ojos vacíos y vidriados, que contemplaban, sin ver, la escarchada espesura repleta de zarzas y helechos y madreselvas en descomposición. Los cadáveres no estaban desgarrados ni sus entrañas expuestas, no habían sido devorados. Estaban simplemente allí, muertos entre la maleza y la hojarasca, arropados por el manto de fluctuante niebla.
          Diedrith inhaló con un estremecimiento de repugnancia y tragó saliva.
          —Ni siquiera huele —la voz le tembló—. Con esto aquí, to… todo el bosque debería oler a carroña.
          —Parece un matadero —secundó Derlan, sacudiendo la cabeza de lado a lado bajo la capucha.
          —Pero sin sangre —acotó Frodrith—. En nombre de… Fhera —el joven juntó ambas manos por la base de las palmas, formando una corona de diez puntas, los dedos extendidos hacia el encapotado cielo—. Parece como si escaparan…
          Incapaz de seguir hablando, Frodrith separó las manos con un leve temblor.
          —Gringa no era así, ¿verdad? —preguntó Diedrith, volviéndose hacia el arquero eorniano, llena de ansiedad.
          —No. O sí —Derlan se encogió de hombros, conteniendo las náuseas, incapaz de apartar la mirada de aquel escenario de pesadilla—. Tal vez fuera así antes, tiempo atrás, cuando todavía vivía gente allí. Las ruinas estaban llenas de esqueletos viejos, muy viejos —frunció el ceño, sus ojos oscilando de un cuerpo muerto a otro—. Tal vez ocurrió esto mismo, hasta que ya no quedó nada que matar.
          —Si esto se extiende hacia Lecig…
          No hizo falta que la muchacha terminara la frase. Frodrith y Derlan asintieron en silencio y los tres reemprendieron la marcha, procurando no pisar ninguno de los cadáveres congelados bajo el hielo negro.


          El aire se fue enfriando cada vez más, según se adentraban en el bosque, haciendo que los dedos se les entumecieran y doliera hasta respirar, hasta que fue casi insoportable. Diedrith comenzó a temblar y los dientes de Frodrith castañearon en el espeso silencio que pendía sobre ellos. Derlan también temblaba. La muchacha se abrazó a sí misma un instante, y luego acortó las cadenas hasta que pudo aferrar con comodidad la cuchilla que pendía de uno de los extremos en la diestra. Los dedos de la otra mano se cerraron en torno a los plateados eslabones de la parte central y tiraron de ellos, haciendo que las cadenas se alargaran, aprestándose para el combate. Más valía que estuvieran ya cerca, reflexionó, porque, si la temperatura seguía bajando, muy pronto no podrían ni luchar. La chica sentía la nariz helada y la garganta abrasada de dolor con cada inspiración, pero se obligó a inhalar aquel aire que cortaba, intentando ralentizar los desenfrenados latidos de su corazón.
          Aquellos ejercicios de respiración siempre la habían ayudado a calmarse antes de la batalla, pero hoy le parecían vanos e infructuosos. Ese día no iba a librar una batalla normal. Cerró los ojos y luchó contra la oleada de ansiedad que barrió su cuerpo. Una, dos, tres inhalaciones. Escuchó a su hermano hacer lo mismo a su diestra y a Derlan imitarles a ambos detrás de ellos, guardando sus espaldas. Sintió cómo el miedo remitía lentamente hasta extremos tolerables y alzó los párpados de nuevo. Frodrith cuadró los hombros y desenvainó sus armas, aun sabiendo que no le servirían de mucho contra la criatura a la que iban a combatir. Aún así, sopesó la daga en la zurda con los ojos entrecerrados y afianzó el agarre de la espada en la diestra. Por el rabillo del ojo, pudo ver cómo el eorniano comprobaba la tensión de la cuerda del arco, tendiéndolo en un fluido movimiento hasta la base de su mandíbula. Aflojó de nuevo y volvió a separar las plumas de las flechas con dedos ágiles.
          —Listo —escuchó musitar al arquero entre los labios amoratados y cuarteados por el frío—. Todo lo que puedo estarlo.
          Diedrith asintió también y se volvió hacia su hermano.
          —Entonces vamos —respondió éste, tiritando—. Derlan, tú irás en medio. Eres el único que creemos puede hacer algo contra esa cosa, así que es mejor que no entres en un combate cuerpo a cuerpo nada más empezar. Mi hermana irá delante y yo te cubriré las espaldas. No —añadió con tono firme y seco cuando Derlan abrió la boca para protestar—. No es discutible. No sabemos si Di podrá hacer algo y no vamos a sacrificar nuestra única oportunidad de victoria porque quieras ir delante. Tenemos que protegerte. Yo seré prácticamente inútil en cuanto todo empiece, así que es mejor que me quede atrás y no estorbe tu línea de visión ni los ángulos de ataque de mi hermana.
          La muchacha se percató de cómo Derlan se tragaba la furtiva vergüenza que lo azotó durante un instante y luego bajaba la vista en un mudo asentimiento. Frodrith tenía razón, pero esperaba que el eorniano también lo comprendiera. Los arqueros permanecían sólo en primera línea mientras el enemigo se acercaba, luego pasaban a la retaguardia. Aquel, además, no iba a ser un combate normal, podían ser emboscados según avanzaban, de modo que tenían que proteger su baza ganadora mientras todavía pudieran hacerlo. Sonrió a Derlan, intentando infundirle ánimos y que no se sintiera menos valioso por ir protegido. Pareció funcionar, porque el joven de cortos cabellos castaños le devolvió la sonrisa, aunque de forma vacilante y trémula, estremecido por el helor que les mordía a todos ellos la carne. Eso bastó para calmarla. Estaban juntos en esto, debía confiar en él como confiaba en su hermano. Asintió una vez más y encabezó la marcha, apartando, pese al hiriente frío, la capa por encima de sus hombros, para que no entorpeciera sus movimientos. Pese a la escasa protección que la empapada prenda le proporcionaba a esas alturas, se sintió como si se fuera a congelar. Apretó los dientes y trató, sin demasiado éxito, de alejar el frío de sus pensamientos.
          Derlan reemprendió también la marcha a su espalda y pudo escuchar cómo murmuraba algo casi ininteligible para sí mismo. Algo relacionado con su padre.
          —Qué ¿hablando sólo, eorniano? —cuchicheó un tembloroso Frodrith desde su posición en la retaguardia.
          Diedrith lanzó una curiosa mirada por encima del hombro.
          —Me acordaba de algo que me dijo mi padre —escuchó responder a Derlan en voz igualmente baja, estremecido por el cada vez más lacerante frío—. Sobre las armas que se me dan bien —sus dedos se tensaron sobre la suave madera de tejo del arco y encordó una flecha, dejándola lista para tensar y disparar— y las que no. Sólo espero que esta flecha sea tan mágica como la otra.
          Ella también lo esperaba.




Seguir leyendo este capítulo >     
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario