Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 25 de noviembre de 2013

CAPÍTULO VIGÉSIMO (Parte 2/4) - El final del camino



           Diedrith se inclinó sobre la mesa un tiempo después, cuando la mayor parte de los parroquianos se hubo ido a sus casas. Estaban prácticamente solos en la posada ahora, con Novhem dormitando con la espalda apoyada en la pared y las manos cruzadas sobre el regazo y Lauanne limpiando las mesas. Pese a todo, la muchacha bajó la voz hasta que estuvo convencida de que ninguno de los que quedaban podría escucharla.
          —¿Estás seguro, Derlan? ¿Seguro de verdad?

          —N… no, la verdad es que no —replicó éste, también en un susurro—. Pero lo que describe la posadera se parece mucho a lo que yo vi. Esa cosa te robaba el calor y te quemaba. Además, cuanto más lo pienso, más seguro estoy de que, esos dientes que tenía me podrían haber sacado toda la sangre del cuerpo de haberme atrapado; y eso es lo que está pasando aquí —un escalofrío recorrió su espalda—. El bosque se está muriendo, como pasaba en Gringa, allí todo estaba muerto y podrido. Aquí hay escarcha negra y allí no, pero puede que la hubiera en el pasado. No sabemos cuánto tiempo llevaba esa cosa en las ruinas antes de que yo llegara.
          Frodrith sacudió la cabeza, en un mundo asentimiento, dándole la razón, y miró a su hermana.
          —Además nos pagan, Di. Ya lo has oído. Necesitaremos ese dinero ahora que el príncipe Selam no está en Ossián. Sin él…
          —Lo sé… lo sé… —le interrumpió la joven, frunciendo el ceño—. Sin él puede que no lleguemos a alcanzar al ejército. Y soy yo la que debiera estar diciendo eso y tú protestando sobre lo que vamos a hacer… Parece que me hayan cambiado a mi hermano.
          El pelirrojo sonrió de medio lado y le pegó un cariñoso golpe en el brazo a Diedrith.
          —Parece que la compañía de Derlan ha metido sentido común en mi cabezota, hermanita. No te quejarás —le guiñó un ojo al eorniano, al tiempo que esquivaba ágilmente la patada que Diedrith le intentó propinar por debajo de la mesa.
          —Eh, eh… vale —intervino Derlan, el rostro serio—. No es sólo eso. Necesitan nuestra ayuda, si no lo hacemos nosotros, no tendrán a nadie. Nosotros… yo… tengo al menos una posibilidad, ellos ninguna. No podemos dejarles así, no con las tropas del rey y del príncipe lejos, marchando para la guerra.
          Diedrith agachó la mirada avergonzada, al igual que su hermano.
          —Eso… eso es cierto —musitó Frodrith—. ¿Crees que tus flechas…?
          Derlan asintió.
          —Es posible. ¿Vendréis conmigo? —añadió tras una pequeña vacilación, pasando su mirada de un mellizo al otro, tan iguales, pero, al mismo tiempo, tan diferentes.
          Frodrith volvió a sonreír de medio lado.
          —Primero esto y luego Ossián, entonces.
          —Este nunca fue el final del camino, eorniano —replicó Diedrith, al mismo tiempo que su hermano—, tan sólo otro inicio.


          Frías gotas de agua pendían, durante tan sólo un instante, como diminutas cuentas de plata, de los aleros de los tejados, para luego resbalar con suavidad y caer, repiqueteando, sobre los charcos que salpicaban las calles, en medio el silencio que precede al alba. Una humedad gélida flotaba en el aire, metiéndoseles entre la ropa y calando hasta el hueso. Al menos, la lluvia había amainado. Frodrith se estremeció y se frotó los brazos, intentando mantener el calor, mientras su aliento se condensaba en blancas nubes en torno a su rostro. A su zurda, Derlan almohazaba a Harrow entre las sombras cada vez más tenues y le susurraba cosas ininteligibles, con manifiesto afecto en la voz. El corcel piafó y golpeó, nervioso, el empedrado del suelo con un casco, sacudiendo la cabeza. El eorniano sonrió y le palmeó el cuello sin dejar de susurrar. A su derecha, su hermana se acariciaba con expresión ausente el muslo por encima de las nuevas calzas que Derlan y él habían comprado para ella la noche anterior. Sus ojos estaban clavados más allá de las calles llenas de sombras, en dirección Orn.
          —¿Cómo la tienes? —le preguntó sin alzar la voz, pero, aun así, le pareció que resonaba demasiado alta entre los oscuros edificios—. La pierna —añadió, cuando Di se giró hacia él, con mirada inquisitiva.
          —Bien. Mejor. Al menos ya no duele —respondió. Sin embargo, siguió repasando con los dedos el lugar donde la hiriera el Cazador, como si, en contra de lo que decía, aún le doliera la pierna—. Ese clérigo ha hecho un buen trabajo —la chica acabó por suspirar y apartó la mano con cierta reluctancia—. No, no me duele, Frodrith. Es sólo que… cosquillea. No sé cómo explicarlo. El viejo me dijo anoche que es lo normal, que me durará un par de días mientras mi cuerpo se cura pero que, como irá más rápido que de lo normal, me podría picar y molestar —frunció el ceño y volvió a frotar la pierna—. Nunca me habían curado con magia. Ha sido… raro.
          —¿Podrás andar? —inquirió Derlan, acercándose a ellos, tirando de las riendas de Harrow—. Si no, ya sabes que él —señaló con la barbilla al caballo— estará encantado de llevarte. Creo que le gustas —el joven le guiñó un ojo y sonrió.
          Diedrith dejó escapar una suave risa cuando el bayo golpeaó el hombro de Derlan con el morro mordisqueando sus ropas.
          —Creo que le gustas más tú que yo.
          —Ya, ya… —el arquero apartó el morro de Harrow con ambas manos, hasta que el animal retrocedió un paso y mostró los enormes y amarillentos dientes, retrayendo los belfos en una sonrisa caballuna. Resopló y movió las orejas—. ¿Quieres un trozo de manzana? ¿Es eso lo que quieres, viejo amigo?
          Harrow resopló de nuevo y movió la cabeza de arriba abajo.
          Frodrith no puedo evitar reír también, mientras Derlan rebuscaba en su hatillo la prometida recompensa.
          —Me parece a mí que con uno sólo no le va a bastar —el joven mercenario se acercó y acarició suavemente el cálido cuello del animal—. ¿Verdad, muchacho?
          —Más bien no —convino Derlan, sonriendo de medio lado, ofreciéndole un trozo de manzana al corcel, mientras los belfos de Harrow acariciaban su mano y la llenaban de babas—, pero por mí, puede comerse tantas como quiera, aunque estoy harto de manzanas no las voy a tirar, ¿verdad? Así al menos hay alguien que las aprovecha.
          El caballo masticó con fruición el pedazo de fruta, resoplando satisfecho. Derlan se miró la ahora pringosa mano y, con un suspiro, se en la capa.
          —Bueno, ¿estáis listos?
          —Por mi parte sí —respondió Frodrith, con un encogimiento de hombros.
          Su hermana también asintió y acomodó mejor el petate que llevaba sobre el hombro a su espalda, acompañando el movimiento, con un suave tintineo de cadenas.
          —Entonces allá vamos —Derlan tragó saliva, visiblemente nervioso de pronto—. No me hace gracia volver a enfrentarme a una de esas cosas… Aunque… No sé… ayer todo parecía más claro.
          —Sí —convino Diedrith—, pero como bien dijiste anoche, es mejor que dejarlo aquí, matando a quién sabe cuanta gente más.
          Frodrith también acomodó su equipaje y revisó, por enésima vez esa madrugada, el estado de sus armas. Todo parecía en orden, limpias y afiladas.
          «Exactamente igual que hace un rato, cuando has salido por esa puerta de la posada, e igual que cuando te has levantado de la cama —se reprendió a sí mismo.»
          Pero siempre le ocurría; siempre sentía esa inexplicable compulsión de comprobarlo todo varias veces antes de entrar en combate, y hoy no iba a ser una excepción. Suspiró y se frotó el corto cabello cobrizo, revolviéndolo sobre los ojos. Sopló para apartar los mechones que le cosquilleaban en la nariz, y observó de reojo cómo su hermana hacía lo propio con sus cadenas, probando cómo respondían a sus órdenes mentales, acortándose y alargándose con suaves susurros de plata. Derlan hizo lo mismo con su arco y sus flechas, separando las plumas y sacando una nueva cuerda de un pequeño estuche de cuero encerado, donde transportaba los recambios bien protegidos de la humedad. Trabando el arco con una pierna, lo encordó con lo que a Frodrith se le antojó, sorprendente facilidad. Estaban listos, sí, más o menos. O todo lo que podían estarlo, más bien. Uno nunca podía estar completamente preparado para la batalla. Nunca. A no ser que se fuera un loco. Su hermana y él habían conocido a alguno de esos, obsesionados por la sangre y la matanza y la guerra. Pero no era aquel su caso, ni el de Derlan tampoco; el arquero eorniano no sólo parecía nervioso, sino que también estaba tenso si se le comparaba con la suave frialdad de los movimientos de Diedrith y los suyos propios. Era posible que aquel fuera a ser su primer combate.
          «No, eso no es del todo cierto —se corrigió—. Ha luchado antes. Contra ese espíritu que encontró en Gringa y, antes de eso, contra los pintones que le emboscaron en los bosques. Ya ha matado antes, eso al menos lo tiene ganado. Pero nunca ha ido conscientemente a la batalla. Esto es nuevo para él.»
          Diedrith, como siempre, pareció leer sus pensamientos, y asintió de modo apenas perceptible, en el límite de su campo de visión, cuando él la miró con disimulo entre las largas pestañas y el cabello revuelto. Un parpadeo por su parte, bastó para darle a entender que la había comprendido.
          Carraspeó.
          —Derlan ¿qué más nos puedes contar de esa criatura? —tenían que hacerle sentir seguro de sí mismo, confiado en sus habilidades. Que fuera consciente de su propia fuerza y experiencia; después de todo, él era el único entre ellos que había combatido contra un ser como aquel al que iban a enfrentarse. Y era el único que había sobrevivido. Frodrith se estremeció. Mejor no pensar en eso, mejor no hacerle pensar a él en eso—. Sabemos que las armas normales no sirven, así que yo seré más bien inútil ahí, pero tiene que haber algo en lo que yo también pueda ayudar, aunque sea haciendo de cebo.
          Diedrith abrió la boca para protestar, los ojos entrecerrados, pero se lo pensó mejor, bufó y comenzó a caminar con paso vivo, sus botas chapoteando en los charcos y sus largos cabellos ondeando a su espalda, recogidos en las dos familiares coletas.
          —Derlan puede hablar mientras caminamos, hermanito —contestó la muchacha en lo que quería ser un tono jocoso, lanzándoles una mirada desafiante por encima del hombro. Sin embargo, él la conocía demasiado bien y podía apreciar con claridad la creciente incertidumbre y el miedo que asomaban a su voz—. Más vale que estemos en el bosque antes de que termine de salir el sol.
          Frodrith puso los ojos en blanco e intercambió una mirada cómplice con el joven arquero. Se pasó la mano por el largo flequillo, retirándolo momentáneamente del rostro, y suspiró. Pudo escuchar cómo Derlan reía entre diente, mientras Di se alejaba a grandes zancadas de ellos.
          —Tu hermana tiene carácter.
          —Pfff. Demasiado. Pero no le falta razón, es mejor que nos demos prisa. Cuanto antes acabemos, antes partiremos hacia Ossián.
          Derlan asintió y condujo a Harrow de las riendas en pos de la muchacha pelirroja.
          —Recuerdo que estaba muy asustado —comenzó el eorniano, una vez le dieron alcance, acariciando con expresión ausente el pendiente de plata que pendía de su oreja derecha; dejó caer la mano—. Ya sabéis que esperaba encontrar refugio en la fortaleza, estaba herido. Pero en Gringa sólo encontré ruinas, mi mapa es antiguo y no indicaba que la fortaleza estuviera abandonada.
          Derlan sacudió la cabeza de lado a lado, mientras salían a la calle principal y giraban a la derecha para cruzar Lecig, tomando el camino que los llevaría hacia el Norn. Los cascos de Harrow resonaban en el silencio de la mañana. En el frío aire comenzaba a flotar el dulce aroma del pan recién hecho y de la madera quemada en los hogares de las casas que empezaban a despertar.
          —Para cuando quise darme la vuelta y volver atrás, se echó de pronto la niebla. Una niebla densa que no dejaba ver nada. Creo… —frunció los labios—  ahora creo que el espectro ese tuvo algo que ver, porque, cuando la niebla levantó de nuevo, me encontraba en el centro de las ruinas, muy lejos del camino.
          —¿Piensas que habrá niebla ahora también? —preguntó Frodrith, frotándose las manos heladas y echando su aliento sobre ellas para hacerlas entrar en calor.
          —No lo sé —el eorniano se encogió de hombros—. Quizá.
          —Si son iguales, es posible —comentó Diedrith, jugueteando nerviosa con las cadenas en la diestra—. Mejor estar preparados.
          Ambos chicos asintieron y Derlan continuó hablando.
          —Puede, pero ayer no dijeron nada de eso en la posada, aunque sí hablaron de hielo negro. No había nada de eso en Gringa, así que, tal vez, sean diferentes —inhaló y dejó escapar lentamente el aire entre los labios, formando nubecitas que se elevaron hacia el plúmbeo cielo antes de desvanecerse—. Pero si hay hielo hará frío. Y sé que en Gringa sentí frío y que Harrow se espantó y huyó. Tendremos que dejarlo lejos de las ruinas y acercarnos andando —se giró levemente para mirar los líquidos ojos del animal y le acarició el hocico—. No quiero que él vuelva a pasar por eso.
          Su voz se apagó y sus ojos parecieron mirar muy, muy lejos. Durante un largo rato no dijo nada y caminaron en silencio, por entre las casas de Lecig. Finalmente, cuando Frodrith ya se disponía a preguntar, Derlan continuó hablando, con las manos crispadas sobre las riendas.
          —Entonces apareció esa cosa, justo a mi espalda. Usó algún tipo… —vaciló— de magia o algo así. Dejé de ver las ruinas y vi el castillo como era, quizá, antes de que lo abandonaran. La criatura esa ya no parecía peligrosa, vestía ropas elegantes, como un noble. Hacía calor y había luces en las ventanas y todo olía a comida de las cocinas. Había… música también —su voz se fue apagando y acabó por estremecerse—. Todo parecía tan real.
          El ceño fruncido de Derlan hizo que Frodrith también se estremeciera e intercambiara una preocupada mirada con su hermana. Esta se pasó la lengua por los labios y posó una helada mano sobre su brazo, la tenía tan fría que pudo sentirla incluso a través de la gruesa lana del jersey y la túnica.
          —Ese… espectro —comentó, con voz suave, la chica.
          —Se metió dentro de mi mente, en mis pensamientos —afirmó Derlan, volviéndose hacia ellos, los ojos apagados y la expresión sombría—. Cuando luché contra lo que veía… no, contra lo que creía ver —rectificó, entrecerrando los ojos—, empezó a doler por dentro. Como si me estuvieran quemando la cabeza por dentro, aunque era más que un dolor de cabeza, mucho más. Creí que me iba a morir del dolor.
          Frodrith entreabrió los labios con franco estupor. No podía ser cierto. ¡No era posible que aquella cosa…! Sintió cómo Diedrith le apretaba el brazo con fuerza, clavándole los dedos en la carne, instándole a guardar silencio… o tal vez no. Se fijó en cómo su hermana miraba a Derlan, en el brillo que destellaba en lo más profundo de sus ojos color miel, rebosante de afecto y de confianza. Exactamente la misma expresión que recordaba tenían cuando Shorae aún estaba vivo. Era, al igual que él, consciente de que no podrían ocultarle a su amigo eorniano sus particulares habilidades durante mucho tiempo más.
          «Más aún —suspiró—, después de lo que ha hecho por nosotros, de lo que ha hecho por mi hermana —añadió para sí con una punzada de vergüenza—, no merece que se lo ocultemos más.»
          Pero ni siquiera Shorae lo había sabido.
          Y ahora iban a combatir una criatura que parecía tener exactamente el mismo poder que él o, si no el mismo, al menos sí uno muy parecido. ¿Iban a dejar que Derlan luchar a ciegas? ¿Sin conocimiento alguno de lo que él era capaz de hacer? ¿De que, tal vez, podría ser de ayuda y no la carga que había temido momentos antes? Su hermana sabía lo que podía hacer y, hasta ahora, con eso le había bastado.
          —Pero hoy podría no ser suficiente —musitó, sin darse cuenta siquiera de que lo hacía en voz alta.
          «No esta vez.»
          Los dedos de Diedrith aflojaron su presa sobre su antebrazo y él ciñó su mano con la suya propia. En verdad que tenía los dedos helados. Rozó con suavidad el brazalete de las cadenas de Di, e hizo que ambos se retrasaran un poco, mientras Derlan se adelantaba, para clavar sus ojos en aquel rostro tan familiar que era casi su reflejo en el espejo.
          —Di… —vaciló el muchacho, pero su hermana asintió lentamente, cerrando los ojos un instante.
          —Adelante, Fro. Cuéntaselo —susurró de modo apenas audible, bajo el repicar de los cascos de Harrow contra el suelo encharcado.
          Derlan, dándose cuenta de que se habían quedado atrás, miro por encima del hombro con una ceja enarcada.
          Frodrith se armó de valor y, soltándose de Diedrith, aceleró el paso, chapoteando entre los charcos, hasta dar alcance a Derlan. Escuchó con claridad a su espalda el tintineo de las cadenas de plata de su hermana cuando ella también trotó para unirse a ellos. En el silencio de la mañana, el sol finalmente asomó por encima de los bosques y colinas del paso entre las montañas y unos leves rayos de oro líquido se filtraron por entre el grueso manto de nubes, alargando difusas sombras ante ellos. Un perro ladró entre las calles y un gallo alzó su canto hacia el cielo en algún lugar de los campos.
          —Derlan —sin saber muy bien cómo empezar, Frodrith titubeó. ¿Cómo se lo tomaría el eorniano? ¿Cómo lo podía contar él? Tal vez se asustara, tal vez tuviera de pronto miedo de ellos, tal vez…
          «Deja los tal vez, los quizá, los podría ser, los a lo mejor, a un lado, chaval —resonó la voz de Shorae en su cabeza, haciendo eco de aquellas frías palabras que en su momento le había espetado el viejo mercenario, durante una de sus primeras batallas— y céntrate sólo en el ahora, en lo que puedes hacer hoy y en este momento. Después de todo ¿de qué te servirán para enfrentarte a lo que tienes delante de las narices? Puede que ni siquiera sobrevivas a eso, así que ¿para qué preocuparte por lo que viene luego? Ya tendrás tiempo para eso cuando llegue. Hoy y ahora. Aquí. Este momento. Pensar en lo otro es una forma fácil de que te distraigas y te maten.»
          Inhaló hondo y buscó de nuevo el silencioso apoyo de su hermana, que asintió una vez más. Él no estaba tan tranquilo, le sudaban las manos. Se las frotó contra las perneras y trató de calmar los desenfrenados latidos de su corazón.
          —¿Sí? —acabó por preguntar el eorniano cuando el silencio volvió a alargarse.
          —Hay… algo… que tienes que saber —las palabras parecieron atascarse en su garganta y carraspeó. Desvió la vista hacia el suelo y luego la volvió a alzar—. Yo… eh… Mi hermana —arrancó finalmente, en voz muy baja, con el miedo burbujeando en su estómago— puede usar esas cadenas con la mente, con sólo pensarlo. No la has visto luchar, pero por eso es rápida. Sólo tiene que pensarlo y ya, las cadenas lo hacen. Lo has visto un poco, a veces, cómo se acortan o se alargan y se ajustan… —Derlan asintió—. Son como mágicas. Yo… yo no puedo usarlas, pero… pero… puedo saber lo que la gente piensa, o siente, o si dicen la verdad o si son lo que dicen ser —tragó saliva, le dolía la garganta, sentía como si le faltara el aire al respirar. Apretó los puños y se forzó a alzar la voz—. Puedo ver dentro de ellos. Creo… que… podría ser parecido a lo que te hizo ese espectro en Gringa.
          —Mi hermano no es un monstruo, ni raro —añadió presurosa Diedrith, ante el ceño fruncido del eorniano—. Sólo es diferente. Como yo. Yo tampoco…
          El arquero enarcó una ceja, estupefacto, y la muchacha calló de golpe, bajando la vista. Tras un corto silencio, la suave risa de Derlan resonó en sus oídos, como un dulce viento primaveral, barriendo el miedo y las preocupaciones y llevándoselas muy, muy lejos. Ambos jóvenes se volvieron sorprendidos hacia él.
          —¡Dioses, lo sé! Yo he luchado contra una especie de espíritu que quería matarme, que estaba tan frío por dentro que rompió mi espada, y tengo la marca de su mano quemando mi hombro. Por no hablar de las flechas mágicas —se pasó ambas manos por los cortos cabellos, retirando las guedejas que le caían sobre los ojos—. Los tres tenemos una marca de nacimiento rara en el brazo izquierdo, exactamente igual, y yo hablo con mi caballo —el joven palmeó el cuello de Harrow—. ¿Verdad, muchacho? —el animal piafó y sacudió la cabeza—. Ahora me decís que podéis mover unas cadenas con el pensamiento, aunque la verdad es que eso ya lo imaginaba, era imposible no verlo, y saber lo que la gente piensa —se encogió de hombros—. Bien, no diré que no me hayáis sorprendido, pero creo que durante la última luna he visto suficientes cosas raras por el resto de mi vida. Empiezo a pensar que si no me he vuelto loco, es porque no he pensado lo suficiente en ellas. Una más no me hará daño ¿verdad?
          Siguieron caminando un rato en silencio, mientras el cielo se iluminaba poco a poco. Los pájaros empezaron a cantar, ocultos en los aleros de los tejados.
          —¿Lo has hecho conmigo? —inquirió Derlan de pronto—. Lo de meterte en mi cabeza, quiero decir.
          Frodrith se sonrojó y negó violentamente, sin apartar la vista de las irregularidades del suelo empedrado.
          —¿Y pese a todo confiaste en mí? ¿En que ayudaría a tu hermana nada más conocerme?
          El muchacho asintió en silencio, las mejillas aún más rojas que antes, contrastando fuertemente con su cobrizo cabello. Derlan rio en voz alta y alzó el rostro hacia el cielo.
          —Gracias, entonces —susurró—. No debió de ser fácil para ti —añadió, tras pensarlo un momento—. Lo usas con frecuencia con la gente que no conoces ¿verdad?
          —Al principio más, luego menos —confesó Frodrith, la mirada aún gacha, mientras el amanecer se abatía sobre las calles de Lecig—. Cuando sabes que lo puedes hacer… lo haces. Si lo tienes, lo usas. No se lo decíamos a nadie, pero estaba allí. Bastante desconfiaban de mi hermana como para… para que… —se encogió de hombros—. Ya sabes. De niño… —sacudió de la cabeza y una mueca amarga desfiguró su rostro, cuando los duros recuerdos, que creía enterrados, afloraron de nuevo a su memoria—. No, no quiero hablar de ello. Cuando crecí, comprendí que a la gente… podría no gustarle que hiciera eso, pero seguí haciéndolo. Luego entendí que era su intimidad, y que a mí no me gustaría que hicieran eso conmigo. Fue entonces cuando empecé a usarlo menos.
          Diedrith, se acercó a él y pasó un brazo por su espalda. Derlan asintió con un suspiro.
          —Me imagino que todos aprendemos a hacer las cosas a base de errores. Pero… se me ha ocurrido algo, Frodrith —el muchacho alzó el rostro, aún triste y abatido hacia él—. ¿Crees que esa habilidad tuya podría servirnos? —preguntó en tono suave, mientras se desviaban a un lado de la calzada para esquivar un enorme charco de agua que se había formado entre los desgastados surcos dejados por las ruedas de las carretas sobre la piedra. Se empezaba a escuchar el sonido de voces dentro de las casas y el ruido de los quehaceres de primera hora de la mañana brotar de alguna ventana ya abierta. Lecig empezaba a llenarse de vida, a emprender las actividades cotidianas, pese a la amenaza que se ocultaba en sus bosques—. ¿Crees que podrías protegernos de algo parecido a lo que me hizo el otro en Gringa, suponiendo que éste sea igual?
          Tras un corto silencio, el mercenario asintió pensativo. Esa era precisamente la razón por la que había decidido confiarle a Derlan su secreto, después de todo. Quería ser de ayuda.
          —Tal vez pueda meterme en su mente, desconcertarle, mientras tú le disparas.
          —Además —añadió Diedrith, con una tensa media sonrisa bailando en sus labios—, también están mis cadenas. No sabemos aún si serán útiles contra él. Son un arma bendecida por Tyrsha, después de todo. Puede que resulten tan inútiles contra esa cosa como una espada normal, pero me sorprendería bastante, la verdad. Aunque nunca se sabe —se encogió de hombros—, después de todo, hasta ahora no sabíamos siquiera que criaturas como estas pudieran existir.
          Derlan asintió mientras las últimas casas quedaban atrás y giraban hacia el Orn, abandonando la calzada principal. Se adentraron por un pequeño sendero que cruzaba los campos de labranza y los huertos de árboles frutales. El negro bosque se alzaba a escasa distancia, cubriendo el horizonte de Norn a Sorn. Desde cerca resultaba aún más perturbador que desde lejos, ahora podían verlo con claridad, negro, ominoso, lleno de sombras oscuras que inexplicablemente destellaban como la nieve sobre las montañas, bajo la suave luz del amanecer.
          —Podría ser el principio de un plan —añadió Derlan sintiendo de pronto la boca seca—. Sabemos que podría haber niebla, aunque visto desde aquí no lo parezca —señaló con la barbilla los cada vez más cercanos árboles azabache—. Es posible que nos ataque con alucinaciones que parezcan reales. Mis flechas podrían destruirlo, pero aún no sabemos lo que pueden hacer tus cadenas, Diedrith, aunque, si es como el de Gringa… la habilidad de tu hermano puede que nos salve la vida.
          —Tendrás que protegerme, hermanita —comentó Frodrith, los ojos clavados en el lóbrego bosque—. Me quedaré en la retaguardia, así que tendrás que evitar que llegue a mí.
          Diedrith asintió, mirando también hacia el frente, donde las ruinas de la torre que vieran el día antes, se alzaba ahora sobre las esqueléticas copas de los árboles muertos, desprovistos ya de sus hojas. Desnudos, alzaban sus enmarañadas ramas hacia el cielo, brillantes de humedad, completamente negros como el carbón, como el azabache. Frodrith se estremeció al percatarse de que incluso los tejos y los cedros habían perdido las hojas. Y ahí estaba también la bruma, flotando a ras de suelo, reptando entre los grandes troncos, sin llegar a adentrarse apenas en los campos por los que ellos se acercaban.
          —Eso no será ninguna novedad, Frodrith —replicó su hermana, intentando bromear, sin embargo, la voz le tembló. Tenía la piel del rostro muy pálida bajo el cabello cobrizo.
          —Se parece a Gringa —masculló Derlan, deteniéndose de pronto, con un sudor frío resbalando por su espalda—. Allí también estaba todo muerto y podrido.
          —Hay niebla, Derlan, como tú decías —convino Frodrith.
          Los tres jóvenes asintieron en la húmeda mañana, contemplando los bosques en silencio. El sol ascendió aún más a su espalda, para hundirse entre las nubes, sumiendo el mundo en nuevas sombras, y una fina llovizna comenzó a caer en tenues cortinas del cielo. Había llegado el momento. Con un suspiro, Derlan ató las riendas de Harrow a un arbolillo cercano y estiró los brazos, primero uno y luego el otro, por encima del hombro contrario, en un intento de calentar los músculos agarrotados por el miedo y la tensión.
          Frodrith y Diedrith dejaron sus petates sobre la silla del corcel y aprestaron sus armas.
          —¿Listos? —la voz de Derlan sonó débil bajo el murmullo de la lluvia, pero había un brillo decidido en su mirada. Los mellizos asintieron—. Entonces, adelante.




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