Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 19 de noviembre de 2013

CAPÍTULO VIGÉSIMO (Parte 1/4) - El final del camino

 

         El Lobo de Plata era una pequeña posada bastante alejada de la plaza mayor de Lecig, sencilla, pero limpia y cómoda y que, a pesar de los escasos lujos con que contaba, ya era más cara de lo que Derlan se habría atrevido a soñar jamás. No podía sino estar agradecido a la elevada suma de wyrms que su madre y su padre habían insistido que cogiera antes de abandonar Eshainne, prácticamente los beneficios de la granja de medio año. ¡Pensar que en ese momento le había parecido una locura llevarse tanto dinero de casa! No se atrevía a pensar siquiera en lo que costaría alojarse en Ossián durante los días que, sin duda, pasarían hasta que Frodrith, Diedrith y él lograran unirse al ejército del príncipe.

          Intentando alejar aquellos incómodos pensamientos, Derlan sacudió la cabeza y dio otro sorbo al cuenco de sopa caliente que tenía entre las manos. Sin embargo, no logró abstraerse demasiado.
          Hasta habían tenido que pagar un suplemento por el baño en el cobertizo del patio, aunque eso, había de reconocer, había merecido la pena. Una llovizna fina pero constante había comenzado a caer poco antes de que llegaran a Lecig y, al llegar a la posada, estaban mojados de nuevo, con el frío calado hasta los huesos y de mal humor. Hasta la normalmente risueña Diedrith, había respondido de forma cortante a una insignificante broma de su hermano. Ahora, limpios, con la ropa seca y entrando en calor cerca de la lumbre encendida en la sala común de la posada, con un rebosante cuenco de sopa caliente ante ellos, el mundo parecía de pronto un lugar mucho mejor, más luminoso que apenas unas pocas horas antes. Especialmente, desde el momento que avistaran los moribundos bosques escarchados de negro que se extendían hacia el Orn, y empezaran a escuchar los extraños rumores de la oscuridad que acechaba en sus profundidades. El joven eorniano suspiró y volvió a sorber un poco de sopa, paseando la mirada por la gente de expresión preocupada que les rodeaba.
          Había varias mesas distribuidas por la sala, algunas cerca de las ventanas, a través de cuyos cristales empapados se veían tremolar la calle y los edificios del otro lado, según el agua de lluvia escurría sobre su fría superficie. Otras se encontraban agrupadas en torno a las columnas de madera oscura que sostenían el segundo piso y, algunas más, cerca del hogar que ardía en un extremo de la estancia. No había apenas gente a esa hora en la posada y, la poca que había, bebía en silencio o hablaba en voz baja apenas audible. No había risas, ni canciones, ni sonrisas en sus rostros. Pasaba algo, eso estaba claro, pero él, por su parte, se encontraba demasiado cansado como para preocuparse por nada más allá de la comida en ese momento. No había sido plenamente consciente, hasta entonces, de lo mucho que había echado de menos no tener que dormir o comer al raso. Estaba convencido de que las preocupaciones podrían esperar al menos hasta que acabara la sopa. Los mellizos, en cambio, parecían tensos, sobre todo Frodrith, pese a las ojeras de cansancio que se marcaban en sus jóvenes rostros. El muchacho tenía ya el cuenco vacío y lo miraba con tristeza.
          Derlan se lamió los labios y carraspeó. Tal vez fuera un buen momento para intentar que se relajaran, pese a la inquietud que flotaba en el cargado ambiente.
          —Si os apetece otro cuento no dudéis en pedirlo —comentó echándose hacia atrás en la silla hasta que esta crujió, con una insegura sonrisa aflorando a sus labios.
          —No diría que no —replicó el muchacho, alzando la vista y respondiendo a su sonrisa con otra aún más débil—, pero…
          —Tranquilo, nos merecemos el descanso y la sopa. Y el baño. Y pasar una noche durmiendo en una cama caliente —Derlan le guiñó un ojo y señaló con la barbilla a Diedrith que apuraba, en esos instantes, los últimos restos de su cuenco con un pedazo de pan. Tras una leve vacilación, Frodrith asintió y se levantó de la silla, acompañado por un leve crujido de madera—. De la que vas —añadió—, trae otro para tu hermana, me parece que a ella también le apetece otro.
          La muchacha asintió con la boca llena y le tendió el recipiente vacío a su hermano, luego se estiró como un gato, mientras Frodrith se alejaba, arrastrando los pies con paso cansado, en dirección a la barra, donde se acodó y comenzó a charlar con la posadera.
          —¿Tu no quieres más, Derlan? —inquirió Diedrith con tono suave, bordeando la soñolencia.
          El joven rio.
          —No, creo que no, cuando yo tenía vuestra edad también tenía hambre a todas horas, pero hace ya un par de años que no puedo comer tanto.
          —Te haces viejo, Derlan.
          —Aha —se llevó de nuevo el cuenco a los labios y le guiñó un ojo a la chica por encima del borde. Era agradable volver a verla sonreír y relajarse un poco—. Además, esta sopa está demasiado aguada para mí.
          Ahora fue el turno de Diedrith de reír.
          —Las he tomado peores en campaña. Tendrás que acostumbrarte —replicó, tapeando el cuenco ahora vacío del arquero con un dedo—, porque no comerás nada mejor que esto cuando nos unamos al ejército de su Alteza, el príncipe Selam. Más aún, diría que se parecerá más a tu estofado de ardilla…
          —¿Vais a uniros al ejército del príncipe?
          La voz desconocida hizo que ambos alzaran la vista sobresaltados. Frodrith había vuelto acompañado por la posadera, una mujer alta, delgada, huesuda y con el ceño fruncido sobre sus acerados ojos grises, que clavó con dureza en Derlan. El joven notó cómo la sangre escapaba de sus mejillas, sintiéndose, de pronto, tremendamente violento.
          «¡Oh, mierda! ¡Oh, mierda! Nos ha oído hablar de su sopa.»
          Frodrith, desde luego, no ayudaba. Un par de pasos por detrás de la enfadada mujer, hacía todo lo posible por no echarse a reír, la boca cubierta con una mano y los ojos achicados.
          —Sí, señora —respondió Diedrith, también algo ruborizada—. Nos dirigimos hacia Ossián. Vamos a la guerra del Norn.
          La mujer entrecerró aún más sus ojos grises y dejó, de no muy buenos modos, los dos cuencos de sopa que traía en una bandeja ante ellos. Frodrith volvió a tomar asiento, en medio del incómodo silencio que siguió a ese gesto. Derlan quería desaparecer, absorbido por la silla a ser posible. La silla no colaboró. La posadera inhaló con fuerza, dilatando las aletas de la nariz, y, a continuación, apoyó una callosa y fuerte mano sobre la desgastada madera de la mesa.
          —Pues llegáis tarde, jovencitos. Hace dos días que su Alteza Real, salió de Ossián. Novhem —señaló con el pulgar, por encima del hombro, a un grueso hombre con barba que, sentado en una mesa cercana, parecía tan cansado, ojeroso y taciturno como el resto de los parroquianos— ha llegado hoy de la capital con la noticia. ¿No es así, viejo truhan? —alzó la voz volviéndose hacia él.
          —¿A quién llamas viejo, Lauanne? —replicó el interpelado con voz áspera y huraña, arrugando los labios; al parecer tenía las mismas ganas de hablar que el resto de los locales.
          —Los chicos, aquí —respondió la mujer, sin darse por aludida—, que venían para unirse al ejército del príncipe. Les he dicho que llegan tarde.
          El hombre asintió, inclinándose hacia atrás en la silla y mirándolos con atención. Se rascó la barba y luego se frotó la palma de la zurda con el pulgar de la otra mano.
          —Bien lo puedes jurar por Sodmeth. Cuando salí con el correo, hará dos días, ellos ya habían partido. Todos los cachorros de las grandes casas —añadió con una sonrisa salvaje y un brillo alegre en los ojos azules claros, olvidado, por un momento, el humor taciturno que le atenazara poco antes—. Lynaitha, Hearay-rha, Enamayn, Lunn y hasta el chico Almenein. Y el príncipe, por supuesto. Todo esplendor y armaduras y pendones brillando en la mañana. Un espectáculo digno de verse una vez en la vida. Lástima que no quede nada para enviar aquí.
          El rostro del anciano volvió a ensombrecerse, y una súbita oscuridad cruzó también el rostro de la posadera. Derlan intercambió una mirada preocupada con los mellizos y pudo ver la desazón aflorar a sus ojos de color miel. Las noticias sobre el príncipe ya eran suficientemente malas de por sí, sabía que los dos muchachos apenas tenían bastante dinero como para llegar a Ossián, pero si lo que fuera andaba mal en Lecig, hacía que sus habitantes pensaran en solicitar la ayuda del ejército del rey…
          «Una preocupación por vez, que decía siempre madre.»
          Carraspeó y se volvió hacia el viejo correo y la posadera.
          —¿Estarán muy lejos? ¿Creéis que aún podríamos alcanzarlos?
          El hombre se encogió de hombros.
          —¿Quién sabe, muchacho? Son el ejército, con carros y mulas y todo eso, no creo que se muevan muy rápido. Si vais a caballo podría ser que sí, lo que no sé es en cuanto tiempo. Van al Norn, no debiera ser difícil seguir a un ejército que va al Norn.
          —Tal vez… —Frodrith miro alicaído a su hermana, olvidada la sopa que empezaba a enfriarse sobre la mesa—, tal vez si salimos hoy mismo, antes de que anochezca y…
          —¡Ah, no, de eso nada! —la voz de la posadera se alzó con claridad por encima del quedo rumor de las voces que poblaban la sala—. No con la chica herida. Sí, jovencita —añadió de cara a Diedrith, que la miraba sorprendida, el ceño fruncido—, no lo puedes ocultar, haría falta estar ciego y ser, además, idiota de remate, para no darse cuenta de que cojeas al andar como el viejo artrítico de mi esposo. No, no. De eso nada —sacudió enérgicamente la cabeza de lado a lado, asiendo la bandeja de madera debajo del brazo—. Esta noche no vais a ninguna parte. No con esa cosa del bosque comiéndose a la gente, por si fuera poco todo lo demás. No os gustará mi sopa, pero no pienso permitir que unos…
          Derlan sintió cómo se le helaban las entrañas y captó cómo Frodrith y Diedrith se tensaban en sus sillas. La muchacha cerró con fuerza las manos, como si buscara las cadenas que había dejado en la habitación antes de bajar a cenar.
          —¿Sigue todo igual entonces, Lau? —la interrumpió el mensajero, pasándose la mano por los ralos cabellos grises—. Pensaba que la partida de lord Olem habría acabado ya con esa cosa… debí imaginar que no al ver el bosque esta mañana.
          Las pocas conversaciones que flotaban la sala, quedas y desganadas, se apagaron, murieron con rapidez, hasta que sólo quedó el crepitar de las llamas en el hogar y el susurro de la lluvia contra los cristales de las ventanas. Derlan sintió cómo el ambiente se enrarecía a su alrededor. Si antes le había parecido sombrío y triste, ahora casi podía sentir el miedo fluir entre las mesas. Frodrith miró a su hermana y esta tragó saliva.
          —¿Qué ocur…? —comenzó Di, pero no llegó a acabar la frase.
          —Todos muertos, Nov —le cortó la posadera, sin ser siquiera consciente de que la joven había comenzado a hablar—. O eso creemos, porque no regresó ni uno sólo. Y esa noche desaparecieron los Areshlynn, todos, hasta el pequeño Norm. Ya nadie vive cerca del bosque.
          Novhem sacudió la cabeza de lado a lado y masculló algo ininteligible mirando a la nada.
          —¿De qué estáis hablando? ¿Qué… ocurre? —inquirió Derlan, alzando la voz, adelantándose esta vez a Diedrith.
          —De una cosa, o criatura, o monstruo, o como queráis llamarla —comenzó Lauanne con tono seco y cansado, sacudiendo la cabeza con pesar. De pronto pareció mucho mayor de lo que era y estar muy, muy cansada.
          —Todo empezó hará unos quince días —acotó otro parroquiano, joven, rollizo, de cortos cabellos del color de la paja, sentado de espaldas a ellos, sin volverse siquiera, la mirada clavada en las manos entrelazadas sobre su jarra de cerveza—. Desaparecieron esos leñadores, los que vivían cerca del río, al Sorn. Pensaron que habían sido los lobos, o los osos, pero luego encontraron sus cuerpos cerca de las ruinas del viejo templo. Sin una gota de sangre. Como congelados, recubiertos de escarcha negra.
          Con un estremecimiento, el hombre apuró de un trago la cerveza que tenía delante, los dedos crispados sobre la jarra. Lauanne asintió, desviando la mirada hacia el hogar, tras posar una mano sobre el hombro del joven, en un gesto rebosante de consuelo y afecto. Por un momento pareció que éste fuera a desasirse, pero acabó por hundirse más en la silla, como si la mano de la posadera pesara toneladas en vez de sólo unos pocos gramos.
          —Luego desapareció más y más gente —continuó la mujer—. Sus cadáveres aparecían en las ruinas. Siempre. Siempre sin sangre. Siempre cubiertos de esa escarcha negra que ahora tiene el bosque.
          Derlan sintió cómo las entrañas se le helaban de pronto y cómo la sopa que acababa de tomar le pesaba en el vientre como una bola de nieve. El recuerdo de la luna llena brillando sobre otras ruinas, el hedor a putrefacción en el aire, colmillos refulgiendo en la noche, coronados por aquellos ojos glaucos, muertos, vacíos, le golpeó como un mazo provocándole un fuerte estremecimiento. Sólo había sombras a su alrededor, profundas, perfiladas en plata, la noche alzándose a su alrededor y el frío, el siseo frío en su mente, el siseo cálido, con aquella promesa de muerte y…
          Una mano cálida sobre las suyas, que habían comenzado a temblar, lo sacó de su ensimismamiento y alzó la vista para encontrarse con los ojos de color miel de Diedrith, que lo miraba con expresión angustiada, a través de la cortina que formaban sus largos cabellos cobrizos. La muchacha estrechó sus dedos de modo reconfortante y trató de sonreírle, pero tan sólo logró que una débil sonrisa aleteara en sus labios, antes de desvanecerse. A su lado, Frodrith parecía absorto en las palabras de la posadera, el ceño fruncido. Derlan tragó saliva y se obligó a sí mismo a prestar atención, tras asentir un pre de veces en dirección a la joven, indicándole que ya se encontraba mejor… o, al menos, todo lo bien que podía encontrarse en esos momentos. Empezaba a tener náuseas.
          —Lord Olem sólo empezó a preocuparse cuando llegaron las quejas —continuó el joven de cabello pajizo, cuando Lau se sumió en un sombrío silencio—. Sobre todo porque la gente empezó a largarse de Lecig, a las granjas del valle, a casa de familia… o lo más lejos posible —añadió con furia apenas contenida en la voz.
          —La gente está asustada, Seath —replicó Novhem con tono seco—. No puedes culparles por estar asustados.
          —¡No les culpo por estar asustados, viejo! —se defendió poniéndose en pie con brusquedad, apartando con furia la mano de Lauanne de su hombro. Luego vaciló ante las miradas del resto de los parroquianos y se encogió sobre sí mismo—. Es sólo que… que lord Olem no hizo nada hasta que la gente no se empezó a ir y los padres de Irianna se plantaron en su puerta y se negaron a irse… y… —sacudió la cabeza con pesar, incapaz de sostener las miradas de piedad de la gente—. Dentro de poco no quedará nadie aquí. A mí ya no me queda nada, tampoco. Los padres de Iri me han ofrecido… —su voz se apagó y caminó con paso desganado hacia la puerta, dejando un par de monedas sobre la mesa.
          —¿Y la empalizada? —la voz de Frodrith se alzó en medio del silencio antes de que Seth llegara a la puerta de la posada—. Hemos visto que estáis construyendo una. ¿No mantendrá a raya a ese ser?
          —Lo dudo mucho, chico —replicó el rubio, la mano en el pomo de la puerta, la mirada vacía y carente de toda emoción—. Esa cosa no puede ser natural —se le pudo oír mascullar para sí mismo, mientras abandonaba la posada.
          La madera chasqueó en el dintel y un pesado silencio se abatió sobre la sala común, roto tan sólo por un leve carraspeo y una tos que murieron con rapidez.
          —A veces nos olvidamos de lo que pasa y de lo que algunos han perdido —rompió de pronto el silencio Lauanne, mirando a Derlan, Frodrith y Diedrith. Suspiró—. Y luego pasa algo que nos lo recuerda y todos pensamos otra vez en irnos.
          —Pero… ¿qué es? —inquirió Derlan tragando saliva e intercambiando una apurada mirada con los mellizos. Frodrith asintió también.
          —No estamos seguros. Hará una semana que la molinera lo vio, al atardecer, dijo, desde el linde del bosque, no estaba muy lejos de las ruinas. Ya nadie va a las ruinas —acotó frotándose el brazo bajo el que sostenía la bandeja con la otra mano—. No desde que encontraron a… Irianna. Hasta entonces siempre iba alguien y… los traía… para enterrar… —su voz se perdió, en medio de un leve gemido, y se cubrió la boca con un puño hasta que recobró la calma. Novhem y el resto de los parroquianos mantuvieron la vista apartada, centrados en su comida, su cerveza, el fuego o la basta superficie de las mesas—. Dejaron de hacerlo —continuó la mujer, con voz trémula—. Pero luego empezaron a aparecer también los cuerpos en los campos y en el bosque —se apoyó con aspecto exhausto contra  su mesa y recorrió la sala común con la mirada, sin detenerse en ningún punto en concreto—. Sea como sea, la molinera lo vio —se pasó una mano por la frente apartando un mechón de negro cabello salpicado de gris—. Dice que es como un hombre pero transparente como el agua, pero hecho de luz, aunque no brilla, como de color azul…


          Derlan se forzó a inhalar de nuevo, a respirar, mientras los recuerdos, que antes había mantenido precariamente a raya, lo golpeaban de nuevo. Aquella noche sobre las ruinas de Gringa, aquel espectro, aquella cosa, aquella criatura que había estado a punto de acabar con su vida, llena de frío, de odio, de rabia, metido dentro de su mente, jugando con ella, haciéndole ver cosas que realmente no existían, lacerándolo por dentro. Las manos le empezaron a temblar tanto que Diedrith se inclinó preocupada sobre la mesa hacia él y Frodrith se giró a mirarlo desconcertado.
          —Un… es… es… —tomó aire entre espasmos, los labios trémulos y apretó las manos hasta, que las uñas se clavaron en su carne haciéndole daño, en un fútil intento de encontrar las palabras adecuadas en medio del aturdimiento y el miedo—. Es como lo de Gringa —acertó a balbucir al final alzando el rostro para encontrarse con la sorprendida mirada de la posadera.
          La gente comenzó a susurrar en torno a ellos.
          —¿Has visto antes algo como esto?
          El eorniano asintió y luego negó y se obligó a sí mismo a calmarse. Cerró los ojos con fuerza unos segundos, inhaló un par de hondas bocanadas y tragó saliva.
          —Sí. En Gringa, en unas ruinas que hay al noreste, sobre la Región de los Mil Lagos. Con colmillos y frío como el hielo… como la muerte.
          Tragando saliva una vez más, Derlan alzó la mano hasta el hombro herido en aquel encuentro, soltándose de la calidez de las manos de Diedrith.
          —¿Quieres decir que hay más en el reino? —Lauanne se inclinó hacia él, por encima de la mesa—. ¿Sabes si los han matado? ¿¡Cómo lo han hecho!?
          Derlan asintió, con toda la rapidez de la que fue capaz, a cada una de las frenéticas preguntas de la posadera, mientras una marea de conversaciones estallaba de pronto a su alrededor, aturdiéndolo. El cargado ambiente de la posada se llenó del ruido de sillas al ser arrastradas, de gritos y exhortaciones de miedo, de esperanza, de incredulidad. La gente se apiñó con rapidez en torno a su mesa.
          —¿Cómo, muchacho? —la atronadora voz de Nov se elevó sobre la algarabía general, silenciándolos a todos—. ¿Cómo lo hicieron?
          El arquero clavó sus oscuros ojos grises, como nubes de tormenta, en los mellizos, estos se miraron unos segundos y luego se volvieron hacia él. Fro asintió y la muchacha se encogió de hombros y luego imitó a su hermano.
          «¿No hay nada que perder? Pueden creer que estoy loco —pensó con un súbito arrebato de pánico que sofocó con rapidez—. No, no van a creer que lo estoy —rectificó—, no después de lo que han vivido, no después de lo que debió pasarle a esa pobre chica, Irianna.»
          Cerró de nuevo los ojos e inhaló de modo acompasado, hasta que las manos dejaron de temblarle.
          —Llegué a Gringa de noche buscando refugio —comenzó, alzando los párpados, buscando con la mirada los ansiosos rostros que lo rodeaban—. Esa cosa me atacó y, cuando traté de defenderme, la espada que llevaba no sirvió de nada. Se partió, como congelada, en cuanto atravesó el cuerpo de ese ser —alzó las manos y mostró las palmas, donde aún podían apreciarse las heridas que aquel helor le había causado—. Me quemó las manos. Era como fuego pero frío, muy frío. Más que cualquier otra cosa que haya tocado nunca. Luego sólo me quedó el arco, así que ataqué con él y las flechas parecieron funcionar. Lo destruí.
          Las voces se alzaron de nuevo a su lado, gritos de escepticismo, voces airadas… hasta que Novhem y Lauanne se interpusieron entre los alborotadores.
          —Dejad hablar al chico, tiene tanto derecho como vosotros, panda de haraganes —espetó la mujer, el ceño amenazadoramente fruncido, dejando la bandeja de madera a un lado sobre la mesa más cercana y cruzándose de brazos.
          —¿Unas flechas normales? —le preguntó Novhem, sin poder ocultar por completo la incredulidad que también él sentía—. Muchacho, los hombres de lord Olem sin duda llevaban arcos y murieron todos.
          Derlan miró fijamente al hombre e inclinó la cabeza a un lado.
          —Parece que mis flechas no son normales —se defendió, con serenidad—. No sé qué tienen. Creo que puede ser algo de magia, magia antigua, porque hay runas en las puntas. Parece que eso es lo que funcionó y no las flechas en sí —apartó la mirada del rostro demudado por el asombro del viejo correo y la paseó a continuación por el resto de los parroquianos—. No lo vi muy bien, estaba muy asustado, pero creo que las flechas brillaban. Eso es todo lo que pudo deciros. Lo lamento —añadió bajando la vista de nuevo a los olvidado cuencos de sopa que tenían en la mesa.
          Diedrith volvió a asirle la mano y Frodrith posó la suya sobre su hombro derecho. Su mera presencia bastó para reconfortarle.
          Hubo susurros en torno a ellos, una corta discusión en voz queda, y una sombra se cernió instantes después sobre su mesa. Una mano se posó ante ellos y los tres alzaron la vista. Era Lauanne.
          —Sé que es mucho pedir. Tal vez sea pediros demasiado. No nos conocéis de nada, no tenéis a nadie aquí… pero… ¿podríais…? —carraspeó—. ¿Podríais ayudarnos con esa criatura? ¿Podríais… intentar matarla?




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