Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

¿Eres nuevo? ¡Bienvenido! Empieza a leer "Sueños de Dragón" AQUÍ

¿Tines problemas para recordar quién es quién? ¡He aquí la solución! Mira el GLOSARIO

Y si tienes más problemas aquí están el MAPA y las TRADUCCIONES

Ya a la venta en papel y ebook "Sueños Rotos", relato corto de ciencia ficción: AQUÍ


lunes, 4 de noviembre de 2013

CAPÍTULO DECIMONOVENO (Parte 5/5) - Sueños del Norn

 

          El cielo brillaba despejado, de un diáfano color azul, hasta donde alcanzaba la vista en dirección Sorn y Orn, pero, sin embargo, el viento que soplaba procedente del Norn era frío y cortante, cargado de la pronta promesa de lluvia. Las quebradas laderas de las Lalse se encumbraban sobre las colinas cubiertas de árboles, donde los bosques comenzaban ya a ralear, dando paso a los cada vez más abundantes terrenos de labranza. Sus abruptas estribaciones se erguían sombrías contra el cielo encapotado, con sus grises picos, cortados en afilados acantilados, coronados de desgajadas nubes que se aferraban a sus laderas, reptando poco a poco hacia el valle. Las altas cimas estaban peladas de vegetación y, en claro contraste, sus faldas se encontraban tapizadas por un grueso manto de árboles de desnudas ramas.

          Diedrith alzó el rostro para permitir que las frías ráfagas de viento bañaran sus mejillas y sonrió. Aunque ya casi podía caminar sin ayuda —la herida de su pierna curaba bien—, tanto su hermano como Derlan seguían insistiendo en que recorriera la mayor parte del trayecto del día a caballo, mientras ellos viajaban a pie, guiando a Harrow. Era consciente de que aún tenía que cuidarse; lo que menos le apetecía era que le quedaran secuelas de aquella mala herida recibida apenas media luna atrás. Una cojera permanente la incapacitaría para luchar y, entonces, no sería sino una carga para su hermano y para el arquero eorniano. La joven se estremeció y acarició, a través de la harapienta tela de los pantalones, la costra que descendía por la cara interna de su muslo casi hasta la rodilla y que aún le tiraba un poco con cada movimiento. Curaba bien, sí, pero no debía dejarse llevar por un excesivo optimismo; distaba mucho de estar completamente recuperada. Apenas una hora al día de lento caminar, aferrada al pomo de la silla de montar, bastaba para dejarla exhausta.
          «La recuperación será lenta, y luego tendré que volver a entrenar para fortalecer la pierna otra vez. Los músculos no están del todo bien por el corte —sus dedos palparon a través de las calzas y una mueca de dolor contrajo sus facciones—. Pero al menos los tendones no están mal. Gracias a los Dioses. En eso, he tenido suerte.»
          —¡Lecig! ¡Por fin llegamos a Lecig! ¡Mirad! —la voz de Derlan resonó, cortando ulular del viento en sus oídos.
          La joven alzó la vista de su regazo y se apartó el arremolinado cabello cobrizo del rostro, que se había soltado parcialmente de los broches en que lo llevaba recogido. Parpadeó y entrecerró los ojos, siguiendo con la mirada la dirección en que Derlan señalaba. Su hermano ya se había detenido a su lado, haciendo visera con la mano.
          La vieja calzada por la que viajaban, descendía sinuosa por las agrestes colinas —cada vez en mejor estado y cada vez más ancha—, dejando atrás los umbríos bosques que cubrían el paso entre las Nyuhe y las Lalse, para adentrarse en un estrecho valle de verdes pastos y menudas arboledas, punteado de granjas. Estrechos caminos de tierra apelmazada confluían en intrincado ramaje sobre la calzada, abriéndose paso entre la alta hierba, las dispersas arboledas y los pequeños afloramientos rocosos, dispersos por los pliegues del terreno. Un riachuelo que brillaba como oro líquido a la luz del sol, corría serpenteando junto a la calzada, salpicado de puentes de madera oscura, allí donde la densa maraña de caminos, o la calzada misma, cruzaban sus rumorosas aguas. Y era allí, al fondo del valle, justo donde refulgían los rojos tejados de Lecig junto a los bosques que volvían a cernirse sobre las herbosas colinas. También era el lugar donde otra ancha calzada cortaba el paisaje, recta hacia el Norn.
          Pequeñas columnas de humo blanco se alzaban desde las chimeneas de las casas hacia el cielo, desgajándose rápidamente en el claro aire, impulsadas por el fuerte viento. La población se extendía como un manto ocre sobre las colinas, arropada en un amplio meandro del río, que se perdía hacia el Sorn. Sobre un altozano rocoso en el extremo Norn de Lecig, se erguía una pequeña fortaleza de roca gris clara, en cuyas almenas ondeaba el estandarte de Bakán junto al blasón partido de campo sable y oro, con el zorro rampante de gules , que atestiguaba la vinculación del señor local con la casa Almenein.
          Hasta ellos llegaba, pese a la distancia, el rítmico chasquido de las hachas de los leñadores y el leve retumbar de la herrería. Más allá de Lecig, entre la espesura ocre y verde, asomaban lo que semejaban las ruinas de una torre con su oscura cima quebrada en afilados dientes, hendiendo el cielo a gran altura. Desde la distancia, parecía imposiblemente delgada y frágil, mas aún en pie, fruto de la extraordinaria habilidad de artesanos muertos muchos siglos atrás. Se decía que Ossián y Nardis habían sido construidas por aquellas mismas gentes y que ahora esos conocimientos se habían hundido en el olvido.
          Diedrith frunció el ceño. Había algo extraño en los bosques que rodeaban las ruinas, parecía haber una especie de densa sombra cubriendo los árboles, como si una nube se hubiera interpuesto entre el sol y el valle justo sobre aquella zona. Los colores parecían amortiguados, velados, más oscuros de lo normal…
          —Es enorme —escuchó farfullar entre dientes a Derlan. Parpadeó y desvió su atención de las ruinas, para centrarla en sus dos compañeros de viaje. El eorniano intercambió una sonrisa con Frodrith y luego se volvió hacia ella, los ojos brillantes de emoción—. Eshainne entraría en ella cinco, qué digo cinco, ¡diez veces! Tampoco se parece en nada a Meers.
          Frodrith rio con ganas, guiñándole un ojo a Diedrith.
          —Eso es porque no has visto Yshish o Ladass o Daruven. Daruven sí que es grande —el muchacho se apartó los revueltos mechones de cabello del rostro y volvió a mirar las casas de madera encalada en blanco del extenso valle, con sus brillantes tejados de arcilla roja—. Pero esta es… hermosa, no tiene murallas y fijaos allí —señaló hacia el Norn, más allá del río, donde diminutas figuras se movían ajetreadas por los campos—. Parece que están ampliando la ciudad y construyendo casas nuevas.
          Diedrith asintió, pero sus ojos se desviaron una vez más hacia la extraña sombra que cubría los bosques, mientras Derlan contemplaba, fascinado, la extensión de verdes cerros salpicados de granjas, cultivos y pastos para el ganado.
          —Pero su bosque parece enfermo —murmuró, sin poder evitar que las palabras salieran de sus labios.
          Su hermano se volvió hacia ella y Derlan también, las cejas enarcadas.
          —Sí —repitió—. ¿No os habéis fijado? Mirad más allá de Lecig, hacia las ruinas del fondo. Parece que el bosque es como más oscuro allí. Hay como una…
          —Sombra, sí —terminó Frodrith—. Tal vez los árboles no están bien, pero desde aquí… —el joven mercenario hizo de nuevo visera con su mano y achicó los ojos—. No lo sé, no se ve bien.
          —Yo tampoco —acotó Derlan, escrutando también en la distancia—. Está demasiado lejos. Pero sí que parece que les pase algo. Cuando bajemos y lleguemos allí se verá mejor y sabremos lo que es. Recuerdo algo parecido en casa —frunció el ceño, haciendo memoria—, cuando el curtidor echó no sé qué cosa de los restos de curtir en unos matojos de al lado de su casa. Todas las plantas se murieron allí. Igual ha pasado lo mismo aquí.
          Frodrith se encogió de hombros y Diedrith asintió, pero un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Aquello era muy, muy raro. Pero no tenía demasiado sentido preocuparse por lo que no podían averiguar antes de llegar a la ciudad, así que cambió de tema.
          —La ciudad es próspera por el comercio con el Sorn —convino la chica—, y dicen que Ossián es aún más grande que Daruven. Que es blanca como las primeras nieves de invierno y que el castillo de Trión se alza contra las montañas Rokaesis, como si la hubiesen tallado en la misma roca de sus laderas.
          Derlan sonrió y se llevó una mano a donde antes colgaban los largos mechones de su cabello, vaciló y acabó por frotarse la nuca con gesto pensativo.
          —Mi padre me contó una vez que nuestra aldea podía entrar entera en uno de los patios de armas más grandes de la fortaleza, y que las torres blancas se alzaban más altas que ninguna otra del reino —el eorniano hizo una pausa y se giró en el camino para encararse al Norn. El viento sacudió sus ropas en fieras rachas, haciendo chasquear la mugrienta y húmeda capa a su espalda—. Estoy deseando verlo. Pensar que ya sólo nos quedan tres o cuatro días de viaje…
          —No si nos quedamos aquí parados en medio del camino —interrumpió risueño Frodrith, reemprendiendo la marcha, camino abajo—. ¿Soy el único que quiere un baño tibio, una cama blanda y caliente y un buen estofado?
          Ante la sola mención de semejantes comodidades por parte de su hermano, Diedrith se sintió de pronto muy sucia y muy cansada y fue consciente, no por primera vez, pero sí, desde luego, con más intensidad que desde que abandonaran Lasena, de que le dolían las posaderas y la espalda y de la fría humedad que tenía incrustada en los huesos. Resolló y se inclinó sobre el cálido cuello de Harrow en busca de consuelo y se arrebujó más aún en la sucia capa.
          —Una cama caliente y suave y blanda —suspiró cansada—. Mataría por eso. No más comida fría, ni manzanas, ni queso reseco y duro… ni estofado de ardilla correosa —añadió en tono malicioso, los ojos entrecerrados de diversión clavados en la espalda de Derlan.
          —¡Eh! Que mi estofado de ardilla vieja es el mejor de todo Bakán —exclamó Derlan con fingida ofensa, tirando de las riendas de su montura para conducirlo tras el joven pelirrojo que trotaba delante de ellos—. Nadie hace un estofado de ardilla vieja como yo. Soy todo un maestro en estofados de ardilla correosa. ¿Has oído a Harrow quejarse? No, ¿verdad?
          Diedrith no pudo evitar estallar en argénteas carcajadas.
          —¡Eso es porque es un caballo, eorniano comeardillas!
          —¡Vaya! —Derlan se dio una palmada en la frente, poniendo los ojos en blanco—. ¡Y yo que me preguntaba por qué no quería probarlo y sólo quería grano y heno! ¿Has oído eso, Harrow? Resulta que eres un caballo y que no comes ardillas. Tsk, tsk —chasqueó la lengua con falsa resignación. Harrow piafó y resopló en lo que pareció una respuesta.
          —¡Eh, vosotros dos! —la voz de Frodrith resonó por encima de las cada vez más fuertes rachas de viento, mientras sacudía los brazos camino abajo—. ¡Si no os dais prisa me comeré vuestra sopa caliente, dormiré en vuestras camas y me quedaré con todos vuestros baños!
          —Y te pondrás gordo y seboso como el viejo lord Geuln, hermanito —le acicateó la muchacha, desde lo alto del caballo, mientras Derlan y Harrow apresuraban el paso para darle alcance.
          —Aún estoy en edad de crecer, Di —Frodrith enarcó una ceja—, y no precisamente a lo ancho. Además —añadió con un guiño más bien poco disimulado a Derlan—, lo hago por tu bien, hermanita. El culo te está creciendo tanto que ya no te entra en los pantalones.
          La muchacha sintió que el rostro se le arrebolaba de vergüenza y que las mejillas le ardían pese al lacerante viento. Se quedó cortada un instante, sin saber muy bien qué replicar a su hermano. Le empezó a doler la garganta y sintió el inesperado picor de las lágrimas en la nariz y detrás de los ojos. Bastante malo había sido desarrollarse tarde y sin ninguna compañía femenina con quien comentar los cambios de su cuerpo, salvo las prostitutas que acompañaban a los ejércitos del Sorn, como para que ahora su hermano hiciera burla de ello. Esas mujeres, a veces tristes, a veces alegres, pero siempre dispuestas a apiadarse de una joven desorientada y perdida, le habían enseñado todo lo que sabía —a veces, mucho más de lo que le hubiera gustado saber— y la habían ayudado a comprender lo que estaba pasando con su cuerpo. Pero nada la había terminado de preparar para las caderas que se le estaban ensanchando con cada mes que pasaba, y para la creciente presión de sus pechos en el corpiño que llevaba bajo la túnica, y que amenazaba últimamente con quedársele pequeño. No había sido consciente de que esos cambios fueran tan evidentes para alguien más que para sí misma, hasta ahora.
          Turbada, abrió la boca un par de veces para responder algo mordaz a su hermano, pero las palabras no llegaron a salir siquiera de sus labios, bloqueada como estaba. Boqueó un par de veces más y Derlan se le adelantó, lanzando una furtiva mirada sobre su hombro hacia ella.
          —Deja a tu hermana en paz, Frodrith. No se llama culo, se llaman caderas, y más te vale estar preparado —el arquero enarcó las cejas y se aproximó al joven sorniano, bajando la voz, hasta que no fue mas que un susurro—, porque dentro de poco tendrás mucho trabajo extra espantando a todos los moscones que comenzarán a rondarla —Derlan se volvió hacia ella y le guiñó un ojo, sonriendo—. Aunque me imagino que…
          —Que para eso me basto yo sola, chicos —replicó Diedrith, recobrando la compostura, suspirando de agradecimiento para sí misma y devolviendo la sonrisa a Derlan—. Puedo hacer que cualquiera que se me acerque con malas intenciones se trague mis cadenas, incluidos hermanos bocazas que llaman barba a cuatro pelos mal puestos en las mejillas.
          Derlan asintió con fingida seriedad, siguiéndole la corriente, mientras ahora le tocaba a su hermano el turno de ponerse rojo como la grana, carraspear y gruñir enfurruñado por lo bajo.
          —Hablando de eso —comentó el eorniano, e hizo una pausa, tirando de las riendas de Harrow hacia un lado, para apartarlo del camino de una carreta, conducida por un anciano arrugado, que se tocó la frente a modo de saludo cuando se cruzaron con él. Ellos inclinaron la cabeza en muda respuesta—, esta noche, en la posada, te enseñaré a afeitarte, Frodrith.
          —De eso nada —el chico se pasó una apreciativa mano por la barbilla y las mejillas—. Quiero dejarme barba. Como Shorae. Una buena barba hace atractivo a un hombre, decía.
          —No cuando parece un pajar mal cuidado —replicó Derlan—. Puede que dentro de unos meses tengas suficiente pelo para llamarlo barba pero, por ahora, sólo es pelusa, y la pelusa no te hace más atractivo… créeme —añadió con una media sonrisa, poniendo los ojos en blanco.
          Frodrith miró fijamente a Derlan durante largo rato y al final, como si entre ellos se hubiera producido un inexplicable intercambio de palabras, que ella no llegó a escuchar, su hermano suspiró y asintió. Diedrith sonrió para sí. Por fin su hermano tenía alguien de confianza con quien hablar, tenía la impresión de que él también estaba pasando por cambios que no podía —y no quería, eso seguro— comentar con ella. Se alegraba por él pero, al mismo tiempo, la inundaban la envidia y la tristeza. Ojalá ella tuviera también alguien con quien hablar.
          Con paso tranquilo, cruzaron el río por encima de un puente de madera, los cascos de Harrow levantando resonantes ecos a su alrededor, y se unieron al creciente número de viajeros que recorrían la maraña de caminos que poblaban el valle. Las animadas voces de los agricultores que se dirigían al mercado de Lecig, los preocupados susurros de más de una familia que dejaron pronto atrás y los estentóreos mugidos y balidos, acompañados del resonar de los cencerros, de las cabezas de ganado con que se cruzaron, la mecieron suavemente sobre la grupa del corcel. Antes de media tarde llegarían a Lecig y entonces podrían descansar, por fin, en un sitio que no fuera un granero o un establo. Tal vez, incluso, pudieran buscar un clérigo de Elysis que terminara de curar su pierna para estar en plena forma cuando se unieran al príncipe en Ossián.
          Impulsadas por el viento, las nubes del Norn se soltaron finalmente de las altas cumbres y extendieron sus fríos dedos neblinosos sobre las laderas boscosas, oscureciendo el valle y poblando las colinas de profundas sombras, amenazando con cubrir el sol. El aire se llenó del olor a lluvia y la bruma pobló los bosques. Derlan olisqueó el aire y arrugó la nariz.
          —Espero llegar a Lecig antes de que se ponga a llover —comentó, los ojos clavados en el cielo.
          —Eso espero yo también —convino Frodrith con una mueca, rascándose la mejilla.
          Diedrith asintió en silencio, mirando al frente, a las cada vez más cercanas casas de Lecig, que aparecían y desparecían de su vista, a cada curva del terreno y con cada loma o bosquecillo que rodeaban.
          «Pronto estaremos allí —reflexionó—. Este es el final de nuestro camino al Orn y el inicio de un nuevo camino al Norn. A la guerra. Por fin hemos llegado.»
          Fue entonces cuando los bosques de más allá de Lecig quedaron por fin a la vista, la torre en ruinas alzándose majestuosa y lóbrega sobre ellos. Todos los árboles eran de un sombrío color negro y parecían estar claramente muertos. Y los trabajadores cuya labor habían atisbado desde la distancia, no estaban ampliando la ciudad o construyendo nuevas casas. Estaban alzando una muralla.




 

No hay comentarios:

Publicar un comentario