Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 28 de octubre de 2013

CAPÍTULO DECIMONOVENO (Parte 4/5) - Sueños del Norn


          Isholda trotó un par de pasos por delante antes de percatarse de que Tulë se había detenido y que tenía la mirada vidriada, con las pupilas moviéndose erráticas de un lado a otro, siguiendo sombras o movimientos que no existían, o que sólo él podía ver. Balbuceaba entre dientes y la sacerdotisa sintió cómo la invadía un inexplicable terror a medida que las anteriores palabras del gigante volvían a resonar en su mente.
          «Fuego en el cielo y hielo en la tierra, sangre en las rocas y sobre la hierba.»
          Tulë estaba profetizando. O recordaba. O lo que fuera aquello que le pasaba. Un sudor frío le empapó la espalda y el miedo creció en su interior, propagándose como zarcillos de hiedra venenosa, ciñendo su corazón y su alma, enroscándose en su interior y aferrándose con fuerza a sus entrañas. Se forzó a calmarse y a escuchar atentamente las palabras que Tulë pronunciaba. Le hablaban de muerte, de oscuridad y de sangre. No era aquel un buen futuro. Ni para ella ni para los otros cinco como ella. ¿En verdad era aquello lo que les esperaba? ¿Sangre y oscuridad y dolor? ¿Todos sufrirían con sangre y fuego y hielo? La Voz de la Diosa en su interior, o más bien esa sensación en aquel profundo rincón de su mente que sabía que era la presencia de Tyrsha dentro de ella, le dijo que sí. Podía sentir la certeza que encerraban las palabras de Tulë como una losa sobre los confines más recónditos de su alma. Pesada, opresiva, cargada de tinieblas y muerte.
          Sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas de pavor, de pérdida, de ansiedad ante lo que parecía que sería inevitable. ¿Estaría preparada ella para lo que pudiera llegar? ¿Lo estarían los otros cinco, o vendrían hacia ellos a ciegas de lo que les aguardaba, ignorantes de todo lo que estaba por llegar? Con un nuevo estremecimiento, se dio cuenta de que tal vez ella fuera la afortunada. Tenía a Tulë, y él la protegería, lo había jurado. Era un gigante y portaba un hacha con la que fácilmente podría abatir a cinco enemigos de un solo golpe. Pero ¿los otros? ¿Quién protegería a los otros?
          Se abrazó a sí misma conteniendo las lágrimas, los ojos cerrados con tanta fuerza que dolía. Ellos tendrían que sobrevivir por su cuenta, del mismo modo tendrían que hacerlo Tulë y ella, al menos hasta que todos estuvieran juntos, luego ya buscarían la forma de seguir vivos, de combatir la sangre y el hielo y el fuego. Lucharían contra ello, o al menos ella lucharía contra ello. Ahora que era libre por primera vez en su vida, no iba a dejarse enredar en los hilos de ninguna estúpida profecía. No iba a dejar que aquello controlara su vida, ni que la dirigiera, ni que la hundiera. Por mucha sangre y dolor y oscuridad que hubiera en su futuro. Sus dedos acariciaron el pomo de la espada que pendía de su cadera y se sintió reconfortada por el familiar tacto del cuero bajo sus dedos. Abrió los ojos, temblando ligeramente.
          —Lo lamento, Isholda —la voz de barítono del gigante, su cálido acento, la sacó de su ensimismamiento—. Me ha vuelto a pasar. Así es como ocurre. De pronto… sé cosas. No quería asustarte… estás…
          La joven retrocedió un paso y se secó con furia las furtivas lágrimas de los ojos y se forzó a sonreír. Pese al temblor de las rodillas y a lo heladas que de pronto sentía las manos. Le dolían y se había clavado las uñas en los brazos.
          —No —negó respirando de forma acompasada y mordisqueándose el labio inferior—, no. Estoy bien. Yo estoy bien. Todo está bien. Es mejor saberlo, porque así podremos estar preparados —tomando aire con fuerza, Isholda reemprendió el camino, primero con paso inseguro y luego a grandes zancadas. Necesitaba saber más, aunque el miedo le atenazara las tripas. Tenía que saber y ser fuerte. No podía dejarse doblegar por su propia debilidad—. ¿Dice la Profecía algo más? ¿Algo de lo que ellos o yo debemos hacer? Me gustaría saber lo que Adryll no me quiso decir.
          Tulë vaciló mientras la alcanzaba con un par de trancos y moderaba el paso para no dejarla atrás.
          —No estoy seguro de saberlo. Sólo sé que uno de los otros ya lo ha hecho. No sé ni cómo lo ha hecho, ni qué ha hecho, pero sé que ya ha empezado. Sea lo que sea.
          Isholda suspiró, aquello era un inicio. Los que llegaban parecían tener más información que ella, así que, cuando se unieran a ellos, les preguntaría al respecto. Alzó la vista hacia la enmarañada techumbre de árboles y contempló los retazos de cielo enmarcados por las cada vez más desnudas ramas. Cascadas de hojas secas volvieron a caer, como la lluvia, sobre ellos; leves, envueltas en un suave rumor, llenando el cargado aire de susurros y destellos de ocre, amarillo y rojo. Los cedros, siempre verdes, olían acres y ácidos, en contrapunto al dulzón aroma del humus y de la tierra.
          Había mucho que hacer y tenía mucho en lo que pensar. Lo que fuera estuviera predestinada a hacer, había empezado. Al igual que había dado comienzo su tan ansiada libertad. Era curioso cómo una cosa había conducido a la otra o más bien cómo ambas habían llegado emparejadas a ella. Aparentemente, le habían sido otorgados dos regalos, o un regalo y un castigo… o puede que simplemente un deber, una responsabilidad. Al parecer ahora tenía no sólo su libertad, sino también algo grande que hacer con ella.
          Sonriendo con cierta amargura, cuadró los hombros y enderezó la espalda, se acomodó mejor el petate con su equipaje, recolocó la vaina de la espada en su cadera y, siguiendo un súbito impulso, se adentró corriendo entre los árboles perlados de otoño. No creía que a Tulë le costara mantener el ritmo, pero se había dado cuenta de que ella necesitaba cansarse, agotarse, pensar un poco menos y disfrutar un poco más de todo lo que se le había sido otorgado; antes de que el peso pleno de la responsabilidad de su destino descendiera sobre sus hombros. Y tenía la impresión de que no tardaría en ocurrir. Lo ideal hubiera sido una sesión de entrenamiento para centrar de nuevo su mente y encontrar el equilibrio en su interior, pero no era aquello algo que pudiera hacer ahora, así que se conformaría con correr. Dejaría que el viento susurrara en sus oídos mientras pasaba bajo los árboles, bajo el sol, sobre las raíces, sobre el musgo, saltando riachuelos. Ya habría tiempo para descansar esa noche cuando llegaran a las ruinas que Tulë había mencionado esa mañana. Ya habría tiempo para reflexionar mientras los otros llegaban.
          Y mientras, corría recordó el juramento de Tulë en el despacho de Adryll en el Santuario. Había jurado que la protegería por su sangre y por su alma. Por su vida. Hasta el mismo momento de su muerte. En medio del baile de sombras y luz que su carrera entre los árboles proyectó sobre su rostro, un desgarrador y helado escalofrío le recorrió la espalda, cubriéndola de frío sudor.


          Débiles estrellas titilaban en un cielo sin luna, espolvoreadas en el manto negro como cristales de hielo. Rutilantes, frías, girando en inmutable bóveda del firmamento. Tulë las contemplaba tumbado boca arriba en las ruinas del viejo santuario de Fhera de los Bosques de Yshaunn. Habían acampado allí tras una intensa carrera por el bosque, en la que había seguido a Isholda hasta que la muchacha no pudo continuar y se detuvo a refrescarse el rostro en un arroyuelo, jadeante por el agotamiento, sonrojada y empapada de sudor. Después de eso habían continuado en silencio, a paso más tranquilo, hasta que, al anochecer, habían llegado a las ruinas. Tras una cena ligera con las provisiones que habían traído del templo se habían arrebujado a dormir al lado de la hoguera, después de que la joven le cantara una canción que recordaba de su infancia. Tulë sonrió en la oscuridad, le había parecido muy hermosa.
          El gigante de albos cabellos exhaló con suavidad, formando con su aliento una delicada nube de plata, y la contempló deshilacharse en la oscuridad. No podía dormir. Si cerraba los ojos, su mente se llenaba de sombras y oscuridad que se arremolinaban en medio de una roja neblina de aspecto malsano, formando un vórtice de lúgubres tinieblas que se retorcían como gusanos. El olor a sangre inundaba entonces sus fosas nasales, en violentas oleadas que casi le daban arcadas, y se veía obligado a abrir los ojos de nuevo, presa de un extraño miedo que le atenazaba las entrañas. Tampoco se atrevía a moverse para calmar su ansiedad paseando en torno al campamento, dado que temía despertar a la joven sacerdotisa que dormía plácidamente del otro lado de los ya fríos rescoldos de la hoguera, envuelta en una manta, con la cabeza reposando en un hatillo hecho con su capa.
          Inclinando la cabeza a un lado, la observó en silencio, arrullado por el canto de los grillos. Tenía los párpados cerrados con un mechón de cabello rubio ceniza enredado en las largas pestañas. Sintió el súbito impulso de incorporarse, acercarse a ella y apartar el cabello que caía sobre su rostro. Pero temía perturbar su sueño. Le parecía tan frágil, tan pequeña, delicada como el cristal, como una flor. Pero no se conducía a engaño alguno. Era una sacerdotisa de Tyrsha, una guerrera. Dura como el acero, flexible como una vara de avellano, resistente como el brezo blanco que crecía en las laderas de una montaña al Norn de allí, una montaña con una gruta donde dormía, aguardaba, descansaba…
          Tulë parpadeó, el pensamiento que había estado a punto de aferrar, escurriéndose de su mente como la nieve en el deshielo. Suspiró. Se sentía vacío e inquieto esa noche. Algo andaba mal. Algo estaba a punto de ocurrir de nuevo. Esa era la idea que aleteaba en el límite de su consciencia, como un pájaro enjaulado, pugnando por escapar. Frunció el ceño en la negrura y alzó de nuevo el rostro hacia el cielo, donde la estrella de Gudrun se alzaba poco a poco desde el Eorn, rebasando ya la cúpula de árboles que rodeaban, con su suave abrazo, las ruinas en las que se cobijaban.
          —Cuando del dolor y del horror…
          lo que deseas surja…
          Una vez más extrañas palabras en su cabeza, palabras cuyo significado desconocía, palabras que no recordaba haber aprendido o leído jamás. Palabras que, sin embargo, resonaban en su sangre, en sus huesos, reverberando en su alma con tañidos de plata y oro y dolor, anticipando lo que estaba por venir. Cerró los ojos, y de nuevo su mente se llenó de sombras y sangre.
          Cerca. Estaban cerca. Descendían del Norn.
          La revelación le golpeó como un mazo en pleno pecho, obligándole a incorporarse con el corazón latiéndole de modo doloroso en el cuello. Jadeó escrutando la noche.
          Nada. Silencio. Salvo el siseo de su propia respiración, los leves crujidos de los carbones al enfriarse y el canto de los grillos en la espesura. Siguiendo un súbito impulso, se puso en pie con dificultad, se adentró en el bosque y, una vez se hubo alejado de las ruinas, corrió entre los oscuros troncos de los árboles, tropezando en las raíces ocultas y las irregularidades del terreno. Hubo un momento en que se hundió hasta las rodillas en una cuenca llena de hojas de haya, casi torciéndose el tobillo, pero logró salir resollando, helado de terror, y continuó corriendo en la noche, rodeado por la sofocante oscuridad, si ver siquiera a donde dirigía sus pasos. Las ramas bajas lo golpearon al pasar, enredándose en sus cabellos, tirando de ellos como dedos muertos, aferrándose también a sus ropas, arañando su rostro y la piel de sus manos, ralentizando su carrera, intentando detenerle…
          Se detuvo en seco en medio de las tinieblas, desorientado, bañado en un sudor frío y pegajoso. Los únicos sonidos a su alrededor eran, una vez más, el de su respiración entrecortada y el susurro del viento entre los árboles, acompañado del rumor de un riachuelo en algún lugar a su derecha. Pero no había grillos. Habían enmudecido. Durante un instante creyó que no eran sino trucos de su mente cansada, juego de sombras que se mecían entre los apretados troncos de los árboles, más adelante, bañadas por fulgor plateado de las estrellas y la luna... Mas no había luna alguna en el cielo esa noche.
          Y los grillos habían dejado de cantar.
          Reteniendo el aliento, Tulë entrecerró los ojos y escrutó con atención la densa maleza, las verdes pupilas muy dilatadas. Durante un largo rato no hubo más que silente oscuridad en torno a los frondosos helechos, pero entonces la negrura se movió y osciló, desplazándose hacia su izquierda, fluyendo casi como un río de tinieblas, sumida en el más absoluto silencio. Otra sombra pareció flotar detrás de la primera, azabache sobre negro profundo, las tinieblas y la noche entremezclándose a su paso en lóbregos remolinos. Un punzante olor a sangre podrida inundó el bosque, llenando sus fosas nasales, barriendo el fresco olor a tierra e instalándose como un sudario denso y sofocante en el aire.
          Una violenta arcada sacudió su cuerpo, trepando en dolorosas y ardientes oleadas desde su estómago y provocándole calambres en los hombros y entre las costillas. Doblándose sobre sí mismo, contuvo un grito de dolor y se llevó la diestra a los labios, tratando de no respirar el pestilente hedor que acompañaba a las sombras. La bilis subió a su garganta, junto con los restos medio digeridos de la cena, y se obligó a tragar, los ojos inundados de lágrimas, mientras aquellas criaturas con vaga forma humana cruzaban entre los árboles, a poca distancia, y se alejaban en dirección al Santuario de Tyrsha.
          Iban en esa dirección. Podía sentirlo. No podían ir en ninguna otra, no en aquel lugar, no en aquel momento. Thiarea-ha. Sombras.
          La palabra afloró a su mente, imbricada en sangre y horror, como tantos otros recuerdos de aquella otra vida y otro tiempo. Un tiempo en el que aquellos seres de sangre y muerte marchaban al frente de los ejércitos elfos, creados a partir de prisioneros humanos, fruto de la más brutal magia espiritual élfica. Devorando, uno tras otro, a los valientes y temerarios soldados que se enfrentaban a ellas. Los gritos de horror y agonía resonando en el campo de batalla, el repugnante sonido de carne desgarrada al ser arrancada de los cuerpos aún vivos… Tragó otra oleada de bilis que llenó su boca y observó cómo se alejaban de él, agazapado tras uno de los gigantescos árboles de los bosques de Yshaunn, intentando que los violentos temblores y espasmos que lo sacudían y su sibilante y entrecortada respiración, no lo delataran.
Finalmente, las Sombras se alejaron y la noche se llenó de quedos ruidos y de vida de nuevo, del ulular del búho, del canto de los grillos, del murmullo del paso de los zorros entre la broza.
          Había llegado la hora, la hora de luchar por mantener a Isholda a salvo de todo mal, de proteger su vida, pasara lo que pasara, tuviera que pagar el precio que tuviera que pagar.
          —Hasta que ellos lleguen —musitó para sí—. Vendrán cruzando las llanuras, en medio de la noche, en medio de la lluvia, en medio de la sangre…
          Su vista se nubló durante un breve instante y sacudió la cabeza con los párpados cerrados, en un vano intento de despejar las brumas que poblaban su mente. Un escalofrió recorrió su espalda, erizándole el vello de la nuca. No debía hurgar allí, no esa noche, no en esos recuerdos, al menos. No era esa una debilidad que pudiera permitirse ahora, pues necesitaba estar todo lo alerta posible para poder afrontar en condiciones lo que estaba por venir. Y sabía, en lo más profundo de su alma, que sería lo más duro a lo que jamás se había enfrentado.
          Hundiendo los hombros, se dio la vuelta y desanduvo el camino de regreso al campamento y al lado de la joven muchacha que dormía, felizmente ignorante de todo el mal que la acechaba, arropada junto a los rescoldos ya fríos del fuego.




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