Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 21 de octubre de 2013

CAPÍTULO DECIMONOVENO (Parte 3/5) - Sueños del Norn


          Bajo la exuberante cúpula de ramas entrelazadas de los Bosques de Yshaunn, el aire estaba cargado de fría humedad, que la helaba hasta el tuétano, penetrando a través de los más pequeños resquicios de sus ropas, hasta acariciar con dedos de hielo su carne. No había brisa alguna que aleteara entre los apretados troncos de los gigantescos árboles cubiertos de musgo, y el denso entramado de copas que pendía sobre ellos tamizaba la luz del sol en etéreos haces que hendían la gruesa capa de ocres hojas que había a sus pies. Olía a humus y a tierra, un aroma dulce y rico, intenso y mareante, que hablaba de vida y de muerte. Isholda inspiró hondo mientras caminaban siguiendo una trocha apenas marcada entre la maleza, y tuvo que contener un estornudo, frotándose la nariz con un dedo y sacudiendo molesta la cabeza, hasta que la incómoda sensación se desvaneció casi por completo, dejándole tan sólo un picor molesto detrás de los ojos. La joven volvió a sacudir la cabeza y parpadeó frotándose el rostro. Seguía queriendo estornudar.
          Tulë se detuvo a su lado, un poco encorvado para no rozar con la cabeza las ramas más bajas de los árboles, y colocó una de sus enormes manos con extrema delicadeza sobre su hombro. Le sonrió, llamando su atención sobre algo se movía más adelante, instándola a guardar silencio con un dedo sobre los labios.
          La joven contuvo el aliento, olvidado el incipiente estornudo, cuando un ciervo surgió de una frondosa mata esmeralda de helechos y zarzas. El animal se detuvo con paso elegante entre las raíces tapizadas de musgo de un gigantesco roble, y movió las orejas de lado a lado, mientras los miraba fijamente con sus enormes y acuosos ojos castaños. Tenía la piel moteada de ocre y blanco, y parecía joven, o eso supuso Isholda al observar que no tenía cuernos. Jamás había visto uno antes, no vivo al menos, sólo en las delicadas miniaturas de los códices del Santuario, pero, los allí ilustrados, lucían siempre unas enormes y decoradas cornamentas, bifurcadas como las ramas de los árboles. El animal los observó un instante más, que a ella se le antojó eterno, y luego, de un par de ágiles saltos, se perdió de nuevo en la penumbra del bosque.
          Isholda alzó el rostro embelesada y se encontró con los risueños ojos de Tulë, que la contemplaban desde lo alto. La primera vez que los viera le habían parecido negros como la medianoche, pero ahora sabía que aquello no era cierto. Los ojos de Tulë eran verdes, aunque no esmeralda como los suyos, sino oscuros, oscuros como las profundidades del lago del Templo, como las coriáceas hojas de acebo o el tejo en el crepúsculo. Sólo cuando la luz del sol danzaba sobre ellos revelaban su verdadero color, resplandeciendo en medio de aquel rostro tan afable que estaba comenzando a conocer y apreciar. Le devolvió la sonrisa al gigante y siguieron caminando uno al lado del otro.
          —¿Es la primera vez que ves uno? —la retumbante voz del hombre resonó en el silencio de la espesura, roto tan sólo por el canto de los pájaros ocultos entre la techumbre de ramas.
          —Así es —asintió sin dejar de sonreír, también en voz baja—. Ya sabes que nunca hasta ahora había salido del Santuario —la chica hizo una pausa, extendió los brazos a ambos lados y giró sobre sí misma un par de veces con deleite, sus botas susurrando sobre el musgo y las hojas muertas—. Todo esto es nuevo para mí, hasta el aire es nuevo. El bosque, éstos árboles tan grandes que nos rodean, los animales, los ciervos, la luz, los olores… todo es nuevo. He estado…
          La voz se le quebró de pronto, al borde de las lágrimas, haciéndole sentirse súbitamente frágil como el cristal, cuando una violenta oleada de malos recuerdos la golpeó con fuerza. No es que todos los años que había vivido en el Santuario hubieran sido malos… era sólo que… a veces… Jadeó y tragó saliva, apretando los labios en una fina línea y llevándose las manos a los labios, intentando contener el torrente de emociones que amenazó con abrumarla.
          Tulë se dio media vuelta y se arrodilló a su lado, con un fluido movimiento, un poco confuso y aturdido, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Carraspeó.
          —Oye… ¿estás bien?
          —Sí, sí… yo, sólo… —Isholda tomó aire con un leve estremecimiento y se humedeció los labios, recobrando la calma con una última y profunda inspiración—. Decía que he estado mucho tiempo encerrada, Tulë. Había un bosquecillo en el Santuario, pero nada como esto —señaló a su alrededor—. Los árboles de aquí son tan grandes que hasta tú puedes caminar bajo ellos casi sin agacharte. ¡Harían falta diez sacerdotisas para abrazar sus troncos! En los… —de nuevo le tembló la voz y cerró los ojos un instante en busca de estabilidad— en los de casa apenas podía subirme cuando era niña sin que las hermanas más mayores vinieran a bajarme. ¡No sabes cómo me hubiera gustado ver cómo intentaban bajarme de estos!
          Una sonrisa pícara afloró a sus labios y, de inmediato se convirtió en unas incontrolables carcajadas, en las que se mezclaban la añoranza, la alegría y la tristeza, al imaginarse a la vieja y dulce Meran, la sacerdotisa que la había criado, revoloteando como una gallina y cloqueando, bajo uno de aquellos gigantescos troncos recubierto de musgo.
          —Y ahora aquí estoy, viendo más mundo del que he visto nunca. Y todo ha sido gracias a ti. Gracias a que me has venido a buscar —Isholda alzó las manos para acariciar la barbada mejilla del que ahora era su protector. Pudo ver cómo se sonrojaba bajo sus dedos y apartaba la vista, azorado, para luego volver a ponerse en pie y darle la espalda. La muchacha se quedó tras él, sonriendo, y cogió su enorme mano entre las suyas, aunque tuvo que alzar los brazos un poco para hacerlo—. Me has sacado de allí y nunca podré pagártelo.
          Tulë carraspeó, sintiéndose más y más violento, pero no movió la mano. La sonrisa se Isholda se ensanchó más aún.
          —Yo… —el gigante volvió a carraspear y finalmente se desasió, para tocar, con dedos trémulos, el lugar donde lo habían acariciado las suaves manos de la sacerdotisa—. No… hum… no he hecho nada. Sólo… sólo ir a por ti. Si no… si no hubieras querido venir, si Adryll no te hubiera dejado marchar… Yo no os hubiera obligado —Tulë retomó la marcha, moderando su paso para que Isholda pudiera seguirle—. Me hubiera quedado allí para protegerte, para cuidar de ti. Para… salvarte… cuando… —el gigante sacudió impotente la cabeza, rebosante de frustración.
          —¿Es…? —la muchacha vaciló tras un corto silencio—. ¿Es otra vez algo como lo que me decías ayer? ¿Otra de esas cosas que sabes sin saber muy bien cómo?
          El gigantesco hombre asintió taciturno y alzó la vista hacia la cúpula de entrecruzadas ramas que cubría el cielo como una delicada celosía. Hojas secas descendían desde las alturas, danzando y girando en espirales, en curvas extrañas y erráticas, para posarse con quedos susurros sobre el denso manto que cubría el suelo del bosque, reflejando débilmente los rayos del sol. Era hermoso, era muy hermoso. El silencio, sólo roto por los melodiosos trinos de los pájaros o el leve movimiento de alguna criatura entre las frondas verdes esmeralda y ocre, el leve crujido de las ramas, la luz dorada cortando las sombras… Pero, sin embargo, Tulë se veía incapaz de apreciarlo por completo, por mucho que la radiante expresión en el rostro de Isholda lo reconfortara como un cálido día de verano sobre la piel. A la joven le brillaban los ojos con cada cambio de esa luz, con cada oscilar y aleteo de las sombras, con cada criatura que se cruzaban en el camino y huía a su paso. Su sonrisa era calor en medio del frío y húmedo bosque, luz bajo las umbrías copas de los árboles... y, pese a todo, el conocimiento que portaba sobre los hombros bastaba para ensombrecer el día. Sabía que algo se avecinaba, algo oscuro; podía sentirlo, casi podía tocarlo. El peligro no había desaparecido aún, no del todo, al menos, y sólo por eso, sólo por la paz que le aportaba y porque aún corría peligro, ella merecía respuestas.


          —Son recuerdos —comenzó finalmente, casi en un susurro, tras pasar con agilidad por encima de un montículo de enredadas raíces tapizadas de musgo, mientras ayudaba a Isholda a franquear el obstáculo—. Pero, al mismo tiempo, no son recuerdos —hizo una pausa, el ceño fruncido, y se frotó la barba de varios días que cubría sus mejillas—. Desearía que se me dieran mejor las palabras, nunca he sido… bueno con ellas. Recuerdo muchas cosas, a veces —prosiguió con lentitud, su voz llena de cadencias melodiosas, debido al extraño acento de las lejanas tierras del Norn—. Pero son hechos que nunca he vivido. Es como… como si fueran fragmentos de la memoria de otra persona. Esos recuerdos son confusos, van y vienen —hizo aletear la mano en el aire, alejándola de sí—. No están durante mucho tiempo y, de pronto, el recuerdo aparece. Sé que el que nunca se ha ido descenderá del Norn, pero no sé qué significa, ni cómo lo sé, ni donde lo he aprendido. Sólo sé que ocurrirá, y pronto, además.
          Con el rostro súbitamente ensombrecido, deslizó la diestra de pasada sobre la vieja y rugosa corteza de un enorme cedro, punteada de gris y blanco, sobre la cual jugaban los rayos de sol. Pequeños fragmentos se desprendieron bajo el roce de su palma y cayeron al suelo como copos de ceniza. Tulë miró a Isholda de reojo mientras continuaban caminando. Las hojas secas de las hayas y los robles se derramaron en una súbita cascada de arremolinado cobre y bronce a su alrededor, impulsadas por un viento que allí abajo, al resguardo de los centenarios árboles, ellos no podían sentir.
          —No lo sabía cuando salí de mi hogar —continuó Tulë con tono triste—. No lo sabía cuando llegué a las estribaciones Sorn de las Montañas Lalse. En esos momentos —su voz descendió hasta convertirse en un quedo susurro— sólo sabía que debía ir en dirección Orn, que allí me aguardaba mi destino. Tú —concluyó, tras una breve pausa, girándose un poco para clavar sus ojos en el rostro de la muchacha—. Fue en las Lalse cuando supe que existías. En las llanuras supe que tenía que darme prisa en llegar a ti porque… —frunció el ceño una vez más, intentando aferrarse a los escurridizos recuerdos y acabó suspirando—, porque el que nunca se ha ido descendería. ¿Te parece muy raro?
          El gigante aminoró la marcha, y se detuvo en mitad de la abrupta pendiente que conducía al cauce de un poco profundo regato de cristalinas aguas que cantaba sobre su lecho de rocas claras salpicadas limo verde. Isholda se acercó con cautela y, agarrándose a una raíz pegajosa por la humedad y al musculoso antebrazo de Tulë, puso con sumo cuidado un pie delante de otro en la blanda pendiente de tierra oscura y hojas secas, y medio bajo, medio resbaló, hasta el límite de las aguas. Con una mueca de asco, la chica se limpió la palma de la mano en los pantalones.
          —No, la verdad es que no. No del todo, al menos —respondió la chica, tras pensar unos segundos—. No después de lo que me contó Adryll, lo de mi marca de nacimiento, lo de mi misión y lo de los elfos negros que me buscan —de un ágil salto, la joven vadeó el estrecho cauce y, tras debatirse unos instantes con la tierra húmeda y suelta del otro lado, logró auparse sobre el terraplén que flanqueaba allí el cauce del río—. No sé, qué pensar. Esa es la verdad —jadeó, frotándose las perneras del pantalón, soltando los pegotes de barro de se habían quedado adheridos a las rodillas y se apartó el corto cabello de la cara, dejando una mancha marrón en uno de los mechones—. Ni qué hacer. Pero ya nada me parece raro, eso al menos te lo puedo asegurar. Después de pasarme toda la vida encerrada en el Santuario por una Profecía de la que no tenía conocimiento alguno, ya nada me parece raro.
          Isholda enarcó una ceja, con cierta envidia, cuando Tulë franqueó la distancia que los separaba de un solo paso y, además, sin aparente esfuerzo. Y sin mancharse.
          «Eso sí que es práctico —pensó.»
          —Además —siguió diciendo en voz alta, con una ligera sonrisa bailando en sus labios—, he visto a un gigante del Norn con mis propios ojos, que ha jurado ser mi protector. Dime ¿qué chica de mi edad puede decir lo mismo?
          —Tengo que protegerte, Isholda —la reprendió el hombre, para su sorpresa, con tono seco—. No es algo que debamos tomarnos a la ligera. Ni tú, ni yo. Es mi deber. Daré mi vida por la tuya. Eres… más importante de lo que…
          —Sí, sí, vale —la joven frunció el ceño molesta y sacudió una mano ante su rostro—.  Y tú no tienes sentido del humor. ¡Oh, Tyrsha! ¡Hecho tanto de menos a Thriz! —añadió, con un mohín en los labios.
          —¡No es eso! ¿No lo entiendes? —replicó el gigante, alzando ligeramente el tono de voz, exasperado—. No supe siquiera tu nombre hasta que no salí de estos bosques hará apenas dos días, pero hace meses, hace años —el  hombre blancos cabellos vaciló, sus labios se abrieron y cerraron un par de veces sin que ningún sonido brotara de ellos, pero finalmente añadió: hace siglos que sabía que tendría que venir al Orn, a buscarte, a protegerte. ¡Y no sé siquiera por qué! Sólo sentía y siento esa urgencia inexplicable por hacerlo. Esa necesidad. Me acucia. Me ha acuciado gran parte de mi vida y al final… al final supe que había llegado el momento de partir. La siento en sueños, la siento despierto. Sueño contigo. Apareces en mis sueños desde hace una semana —Tulë sacudió la cabeza con pesar, arrancando con frustración una rama baja de un arbusto, según pasaba a su lado aturullándose con las palabras que surgían en rápidos borbotones de su boca—. ¡No sabía tu nombre pero sabía el aspecto que tenías! Necesito respuestas pero no puedo ni intentar recordar siquiera lo que no sé, pero sí sé, sin que me duela tanto la cabeza que parece que me vaya a morir.
          Sacudió de un lado a otro y la tiró lejos entre la maleza. La voz del gigante tembló, inhalando y exhalando de forma entrecortada, rebosante de dolor, de angustia, de esperanza, como si se estuviera rompiendo por dentro, e Isholda sintió que también algo se quebraba en su interior. ¿Cómo sería no recordar? O más bien tener dos memorias, de dos vidas, si había entendido bien. ¿Era eso no? Lo que Tulë había dicho, que tenía algo así como dos memorias.
          —Yo… no quería —tragó saliva, azorada—. Lo siento, Tulë.
          —No pasa nada, Isholda. Soy yo —volvió a negar con la cabeza, algo más calmado—. Ya te he dicho que no se me dan bien las palabras. En mi… lengua, tienen una palabra para mí. No —rectificó, pasándose la lengua por los labios—. Eso no es correcto. Mi gente tiene una palabra para mí, para lo que soy: “Uthgrakläd”. Significa “muchas almas” o “muchas vidas”. Pero, si se pronuncia diferente, también significa “exiliado” o “único” o “solitario”.
          Tulë se alejó de la joven, la cabeza gacha, esquivando un cúmulo de ramas más bajas, adentrándose más en las umbrías profundidades del bosque. Tenía la impresión de que ya estaban cerca del lugar que sería seguro durante un poco más de tiempo, al menos. Eso era todo por lo que podía rogar, era plenamente consciente de ello. Podía sentir el peligro acechándolos como un cosquilleo frío en la nuca. Como un leve hálito de anticipación entre los omóplatos. Inhaló el fuerte aroma a cedro y humos que impregnaba el aire y dudó sobre si seguir hablando o no.
          «Creo que tengo miedo. Miedo de que me tema. No teme al gigante Tulë, pero puede que tema al Uthgrakläd, al “anormal”, al “no vivo”, al “que no muere”»
Cerró los ojos y volvió a abrirlos con decisión. Ella merecía respuestas. Merecía la verdad. La necesitaría para lo que estaba por venir.
          —Tengo más de mil años —acabó por murmurar, parándose en seco junto al tronco caído de un anciano roble, medio podrido ya por la humedad. Clavó la vista en la oscuridad de más allá, entre las densas matas de helechos y zarzas, de madreselvas y arándanos y pudo oír con claridad el brusco resollar de la joven a su espalda, cuando también se detuvo sobresaltada tras él, tras escuchar sus palabras—. Puede que muchos más —continuó en tono suave—. Perdí la cuenta hará ya muchos deshielos —tragó saliva, las mandíbulas apretadas y se forzó a sí mismo a hablar—. La verdad es que dejé de contar. Nací, crecí y debiera haber muerto hará más tiempo del que puedo recordar con claridad. Mis padres murieron, mis hermanos murieron, sus hijos murieron. Y yo no envejecí. Dicen que porque nací con la marca del hielo —volviéndose hacia Isholda, se mesó los cortos cabellos albos, sus ojos verdes opacados por la tristeza— y como una criatura atrapada en el hielo me quedé, sin envejecer y sin cambiar. Entonces, mi pueblo me empezó a llamar “el que no muere”. Uthgrakläd. Eso significaba entonces. Luego me llamaron “el no vivo”.
Isholda lo miraba paralizada, los hombros tensos, su adorable rostro alzado hacia el suyo, con la luz del sol jugando en sus cabellos claros con charcos de fluídas sombras.
          —El tiempo pasó y significó “el anormal”. Seguí sin envejecer. Mi clan murió y desapareció en la Plaga Blanca y yo seguí vivo. Viajé por el Norn y el nombre cambió aunque yo no lo hice —Tulë hizo una pausa, larga, muy larga, arrollado por los dolorosos recuerdos, demasiados como para llenar una sola vida. Había vivido miles de ellas, pero todas habían sido la suya—. Y fui “el solitario”, “el único”, “el exiliado”. Y llegó el día en que empecé a recordar otra memoria que no era la mía. Esos no eran mis recuerdos. Muchos siglos, miles de recuerdos, no los retenía todos… pero estos nuevos no eran míos. Era imposible que lo fueran. Tuve miedo. Recurrí a una gløkstargdör. Ella me llamó también Uthgrakläd, pero ahora significaba “muchas vidas” o “muchas almas” —el gigante cerró los ojos y se frotó la entumecida nuca, tratando de relajar el súbito agarrotamiento que sentía sobre sus hombros—. De esa otra vida recuerdo una guerra. Recuerdo la sangre. Recuerdo a los elfos negros, a sus hordas avanzando como hormigas sobre la tierra. El sabor de la sangre en mi boca. La muerte de un ser querido, la traición de otro… el cielo… ardiendo… lleno de sangre y de fuego…
          Esas palabras quedaron colgadas en el aire mientras un fuerte resplandor hería sus pupilas. Sangre cayendo a la tierra desde una gran altura, un desgarro en un costado, el fuego impulsado por el viento y aquel bramido de agonía resonando contra las montañas y reverberando en sus oídos. Tulë entrecerró los ojos y comenzó a respirar de modo entrecortado, cuando candentes punzadas, como afiladas agujas al rojo vivo, perforaron sus pupilas desde dentro. Los dolorosos latidos de su corazón desbocado bombearon oleadas de agonía por todo su cuerpo, haciéndole estremecer de modo incontrolado. El dolor de su cuello amenazó con hacerse insoportable, mientras todo se oscurecía a su alrededor y se teñía de rojo. Jadeó y sintió cómo comenzaba a marearse, los pulmones comenzaron a arderle también, quemándole por dentro con dada hiriente y trabajosa respiración… Gimió.
          Una mano se posó en su brazo, cálida, suave como el roce de una pluma. Alzó los párpados pugnando por combatir el creciente dolor y las náuseas lo asaltaron. A través de la nublazón que comenzó a cubrir sus ojos pudo ver a Isholda ante él, a su altura. Sin darse cuenta, se había derrumbado de rodillas al lado de la muchacha y ahora se tambaleaba peligrosamente de lado a lado, mientras sus manos aún se sacudía con violentos temblores. Tragó saliva y contempló aturdido el fiero brillo en los ojos de la joven. Tenía la mandíbula encajada y la barbilla alzada de forma desafiante. Algo en esos ojos hizo que de pronto el dolor comenzara a remitir… como la marea que se retira, dejando tan sólo arena arrasada tras de sí.
          —Si te duele, Tulë, no tienes que recordar. No por mí. Ya me has contado lo suficiente. No necesito más, no quiero que sufras más —la suave vos de la sacerdotisa lo trajo de vuelta a la luz que no ciega, al calor que reconforta sin quemar, al frío de los bosques que no lo dañaba al respirar.
          Una diminuta sonrisa afloró a los labios de Isholda y su mano se cerró sobre la oscura túnica de lana, tirando levemente de la tela para hace que Tulë se inclinara hacia ella. Cuando él lo hizo así, estupefacto, sin ser capaz siquiera de pensar en resistirse, la muchacha depositó un suave beso en su frente y volvió a sonreír. Tulë dejó escapar entonces un estremecido suspiro, el alivio fluyendo sobre él como la luz del amanecer sobre las llanuras de Lládhany. ¡Ella no le temía! ¡No lo odiaba por lo que era! Cerró los ojos un instante.
          —No, no me das miedo, Tulë —la oyó musitar mientras sus pequeños brazos rodeaban su torso y se apretaba contra él como una niña pequeña, frágil, delicada, menuda como un animalillo—. ¿Cómo me podrías dar miedo? Me has sacado del Templo, has venido a por mí. Me has dado una vida —la chica se separó de él y se alejó un par de pasos sobre la hojarasca—. Y debieras aprender a no murmurar en voz baja todo lo que piensas, sobre todo si lo haces en bakanés —su sonrisa se ensanchó poco a poco, hasta acabar en una argéntea risa que resonó entre los árboles, orlada por el canto de los pájaros en la espesura.
          Isholda tuvo el placer de ver cómo el taciturno hombre del Norn, aún de rodillas ante ella, se sonrojaba intensamente y empezaba a farfullar incoherencias que no llegó a comprender, eludiendo en todo momento sus ojos.
          —Dime —continuó, cuando el gigante pareció un poco menos azorado, frunciendo el ceño—, esos recuerdos raros, esas cosas que sabes que van a pasar… ¿son de esa otra vida que no es tuya?
          —Creo que sí. Pero no estoy del todo seguro, cada vez que… —se señaló la sien derecha y una mueca de dolor asomó a su rostro. Sacudió la cabeza—. Son algo así como premoniciones o como profecías. Recuerdos del pasado que son recuerdos del futuro. Han guiado mi vida durante mucho, mucho tiempo.
          La joven sacerdotisa asintió solemne. Aquello tenía sentido. Ahora todo comenzaba a encajar. Su primera impresión del gigante, le había hecho pensar en otra alma contemplándola desde aquellos ojos verdes. En otros ojos más viejos, más sabios. La Diosa le había hablado entonces y no había sabido escuchar. Le había hecho jurar por su sangre y por su propia alma, y no había sabido escuchar. Ahora escucharía. La Diosa le había enviado a Tulë por alguna razón, por algo de extrema importancia, al parecer. Algo predestinado. Algo para lo que había de prepararse, eso estaba claro. Pero necesitaba saber más. Necesitaba saberlo para estar lista cuando, tal y como el hombre decía, el que nunca se había ido regresara del Norn. No creía que pudiera enfrentarse a lo que estaba por venir en medio de la ignorancia y la oscuridad. Tenía que desterrar esas sombras en la medida de lo posible, antes de que fuera demasiado tarde. Empezaría por el Norn, dado que ese parecía ser un punto crucial en todo aquel asunto; porque en el Norn se encontraba Zaryll, traidor al reino, causante de la presente guerra, aliado de los elfos negros. El mago negro y el que nunca se había ido. Ambas persona tenían que estar relacionadas por fuerza, aunque no supiera aún de qué forma.
          Asintiendo para sí, se acercó de nuevo al gigante.
          —Tulë, cuéntame todo lo que puedas de los otros como yo mientras caminamos, por favor. También quisiera saber más de es Profecía que mencionó Adryll. Pero, si te duele, lo dejamos ¿de acuerdo? No quiero que sufras por mí.
          Tulë se puso en pie con una profunda inhalación, se sacudió de las rodillas las hojas y tierra que se habían pegado a sus pantalones y, entonces, vaciló unos segundos antes de empezar a hablar.
          —La Profecía dice que seréis seis, no sé mucho más. Dos del Eorn, dos del Sorn, tú del Orn y… y uno del Norn  —con paso firme reemprendió el camino e Isholda tuvo que trotar a su lado para mantenerse a la altura—. Sé que los otros vienen de camino, creo que cruzarán las llanuras de Lládhany y llegarán a nosotros desde Eorn. Creo que la oscuridad viene también con ellos, pero no estoy seguro de lo que eso significa. Llevo sólo dos noches soñando con ellos. Sólo veo sus ojos y escamas de colores y algo de cristal en medio de la negrura. No… no recuerdo mucho al despertar —frunciendo el ceño, se frotó la palma de la diestra contra la pernera de las calzas. Le hormigueaba la piel, así que abrió y cerró la mano un par de veces, frotándose la piel con las uñas, para intentar acabar con la molesta sensación, pero no sirvió de nada—. Cuando lleguen, la noche vendrá con ellos. Fuego en el cielo. Hielo en la tierra… Una sombra de luz y… sangre. Sangre en las rocas, en la hierba, en los árboles —por el rabillo del ojo, vio cómo Isholda se estremecía violentamente y se abrazaba a sí misma en busca de calor. Sus palabras la estaban lastimando… pero ya no podía parar. La visión fragmentada del futuro, contemplada a través de un cristal ahumado, nebulosa e incompleta, se desplegó en su mente, abrumando sus sentidos—. Y luego él descenderá y llegará el dolor… Ellos… tú… —el corazón se le aceleró en el pecho, latiéndole dolorosamente en el cuello, palpitando detrás de los ojos, llenándolo de una agonía sorda con cada golpe. Su vista volvió a oscurecerse y los sonidos que lo rodeaban quedaron engullidos por el atronador rumor de la sangre en sus venas. Su voz se tornó trémula, apenas audible—. Vendrá… el… dolor. Ya llega. Al Eorn… Niebla… Oscuridad… hielo… negro y muerte… Llega…




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