Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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martes, 8 de octubre de 2013

CAPÍTULO DECIMONOVENO (Parte 1/5) - Sueños del Norn

 

          Chapoteando en la enfangada calzada, la columna de elfos negros se adentró en las llanuras de la Región de los Mil Lagos, dejando las salvajes y agrestes tierras del Eorn a su espalda. Durante los últimos días, habían cruzado umbrías hondonadas con pequeños lagos engastados en su seno, entre las rocosas lomas cubiertas de árboles, anticipando, poco a poco, la región que ahora tenían ante sí. De ahora en adelante, los bosques quedarían relegados a las tierras altas y serían sustituidos por suaves praderas salpicadas de apretadas arboledas. Lhure relajó los hombros y suspiró, cansado, los ojos entrecerrados para protegerlos del deslumbrante rielar del sol sobre el las grandes masas de agua lodosa que se extendían hasta el horizonte.

          Mal asunto, muy mal asunto. Sadreg ya le había informado de que, según Org, toda la zona estaba inundada, pero no se había esperado aquello. El barrizal, las tierras anegadas, los árboles sobresaliendo del agua con sus negras ramas desnudas y brillantes de humedad, intentando aferrar el cielo. Muchos de los lagos habían desaparecido como tales, desbordados por las lluvias, y algunos bosquecillos encumbrados sobre lomas parecían solitarios islotes en medio de la nada.
          «Al menos ha dejado de llover, no como durante la última semana —se dijo, palmeando el cuello de su montura y volviéndose, a continuación, hacia las cansadas tropas que le seguían.»
          Los caballos estaban manchados de barro hasta el vientre y tenían las crines enredadas, deslustradas y chorreantes de humedad. Los rostros de los soldados estaban grises por la fatiga y sus albos cabellos se veían sucios y apelmazados. Lhure suspiró. No podía quejarse, Naresh y Arah habían conducido bien a los hombres, incitándolos a seguir, en las marchas forzadas que habían emprendido desde que abandonaran el Mar de Moses. Los habían motivado para que no se rindieran, los habían espoleado con promesas de gloria si capturaban y mataban a alguno de los guerreros de la Profecía. Él había sido nombrado líder de aquella expedición, sí, pero no se engañaba pensando que hubieran podido recorrer tanta distancia, en tan poco tiempo, sin la ayuda de los dos guerreros. Que lady Seindra le designara como jefe a él, allí en Eshainne, no había sido sino un mero formalismo por ser quien era, o más bien por ser lo que era. Nada habían tenido que ver su experiencia o cualificación. Sabía que todos aquellos elfos lo seguirían allá donde él dijera, sin importar a dónde fuera ni bajo qué condiciones. Le seguirían, estaba seguro, pero, probablemente, no de muy buen grado, puede que cuestionaran incluso sus actos, si bien no lo harían nunca en voz alta o en su presencia.
          El liderazgo no era algo con lo que disfrutaba y no era algo para lo que se consideraba especialmente capacitado tampoco, pero, pese a ello, por su señora, haría lo que fuera necesario hacer, se convertiría en lo que ella más pudiera desear. Si deseaba un hombre fuerte que dirigiera a los guerreros al combate, en eso se convertiría. Aprendería, observaría las artes de Naresh con sus exploradores y la extraordinaria habilidad de Arah en el mando. Así, tal vez, pudiera convertirse en alguien digno de su señora, en alguien digno de poder amarla.
          Soltando las riendas, se echó hacia atrás el largo cabello y pugnó por volvérselo a recoger en una cola de caballo a su espalda, pero estaba demasiado enmarañado, sucio y mojado, y lo único que logró fue enredarlo más aún. Tal vez debiera córtalo, como lord Sadreg; puede que aquello lo hiciera parecer más adulto, más digno de la confianza de su señora. Con un quedo resoplido, sonrió para sí con tristeza, porque por mucho que le tentara todo eso, tendría que esperar, dado que había cosas más acuciantes de las que hacerse cargo que su aspecto físico. Tendría que cruzar la inundada Región de los Mil Lagos, lo más rápidamente posible, para alcanzar a Org y ayudarle con el fugitivo de la aldea del mago humano. Eso no iba a ser tarea fácil, nada fácil. Naresh tendría que enviar exploradores al Norn y al Sorn y barrer la mayor extensión de territorio posible. Avanzarían sin descanso hasta bien entrada la noche y se levantarían antes del alba. Continuarían forzando la marcha en la medida de lo posible, como venían haciendo desde hacía días, sin reventar a los caballos o afectar en exceso a la moral de los hombres… En exceso, esa era la clave. Lo más difícil de calcular. Hasta donde presionar y cuándo dejar de  hacerlo. Arah era toda una maestra en ese campo.
          Para complicar más las cosas, los últimos informes de Sadreg, cuando hablara con él a través del espejo dos días antes, habían resultado desalentadores. Org había encontrado el rastro del prófugo y lo seguía hacia el paso entre las Nyuhe y las Lalse, pero no había conseguido dar con él aún. Uno de los Espectros que Zaryll había despertado había sido destruido y no estaban más cerca que antes de encontrar al guerrero del Norn como tampoco lo estaban de atrapar a la del Orn. De los dos del Sorn no había rastro alguno en ninguna parte, como bien sabía él. Por no mencionar que aún les faltaba por localizar a otro del Eorn del que no sabían tampoco nada. Lhure se frotó el rostro con desgana. Puede que las patrullas de Naresh fueran inútiles, después de todo, puede que los guerreros estuvieran ya muy lejos, con el ejército del rey humano, podían estar en cualquier parte. Podían estar en Ossián, en alguna de las aldehuelas perdidas en las montañas del Norn, en las Rokaesis, en las Lalse, en alguna remota isla del Sorn. Pero las órdenes provenían directamente de lady Seindra, a través de los labios del otro helfshard de su clan, así que no había otro camino a seguir salvo obedecer. Inhalando profundamente el aire frío impregnado de un intenso olor a humedad y a vegetación putrefacta, Lhure se irguió sobre la silla de montar y continuó liderando, en la medida de sus posibilidades, el largo y duro viaje en dirección Orn.
          La columna de elfos negros le siguió pendiente abajo, con paso cansado, los rostros sombríos, adentrándose en los lodazales, en busca del camino más seco que les permitiera cruzar con la mayor rapidez posible aquella tierra anegada.


          Org gruñó por lo bajo y se recostó, enfurruñado, contra el tronco de un árbol, que se erguía a un lado de la plaza de tierra apisonada, abriendo y cerrando las garras de las manos de modo mecánico. Habían perdido el rastro del prófugo hacía poco más de un día, en lo alto del paso. Una única hoguera entre las rocas señalaba el lugar donde había acampado aquella última noche y, después de eso… nada. Bueno, algo había habido, las huellas del caballo desviándose del camino hacia un ventisquero rocoso y adentrándose luego en las montañas, dirección Norn. A continuación, toda una sucesión de terrenos pedregosos y cauces de ríos, donde hasta el olor había acabado por desvanecerse entre las aguas. Ni tan siquiera bostas del animal habían encontrado. Ese maldito bastardo del prófugo las debía estar recogiendo, sin duda. Un chico listo que sabía lo que se hacía. Mucho más inteligente de lo que se había imaginado. Org gruñó de nuevo y escupió, frotándose la goteante nariz con el peludo dorso de la mano. La piel aún le olía a carne humana y a sangre y aquello le hizo sentirse hambriento de nuevo. Por fortuna, aún quedaban restos del festín de ese medio día.
          Achicando los ojos, el enorme pintón se separó del árbol y se acercó a la hoguera más próxima, donde los rescoldos casi fríos humeaban en el silencio, crujiendo de cuando en cuando como cristal fracturado. Las pequeñas casas e madera se alzaban a su alrededor, vacías, con las puertas sin cerrar y las ventanas asomando ciegas hacia el sombrío interior de los edificios. No se escuchaba nada más que el quedo murmullo de las conversaciones de sus pintones, que holgazaneaban en pequeños grupos, saciados y satisfechos. No había pájaros cantando entre los árboles, ni perros ladrando en las calles. Todos habían huido o estaban ya muertos. Se dejó caer pesadamente entre dos de sus seguidores —que gruñeron una bienvenida entre dientes— y echó mano de un brazo humano que reposaba sobre una roca plana entre las brasas. Lo mordió y arrancó un trozo de jugosa carne, que masticó con fruición. Sí, aquello era vida, vida de verdad, no vagar por los bosques y las llanuras encharcadas en pos de un mísero humano, dejando atrás intactas, villa tras villa, poblado tras poblado, llenos todos ellos de suaves y jugosos seres humanos. Los niños eran lo mejor. Blanditos y con la cantidad justa de grasa cuando se asaban.
          Hacía ya demasiado tiempo que no permitía a sus tropas algo como aquello y, finalmente, había tenido que ceder y parar allí, y no con total desagrado, tuvo que reconocerse a sí mismo. Tras una horrible mañana de peleas y acusaciones, casi a punto de perder el mando y el control de sus belicosos pintones, cuando ni siquiera matar al líder de los exaltados había servido, no le había quedado más remedio que autorizar el ataque a Meers, la pequeña aldea de leñadores en que se encontraban ahora mismo.
          A cambio de permitirles una suculenta comida de carne fresca, había oordenado que se torturara a toda los habitantes de Meers antes de matarlos y devorarlos, en busca de cualquier pista sobre el fugitivo que perseguían. Pero de nada había servido. Los gritos habían resonado en la mañana cortando el aire, llenándolo todo del delicioso aroma a sangre recién derramada, con la que habían teñido de nuevo sus gorros. Habían empezado con los niños. Y los padres habían hablado. Luego habían seguido con las mujeres enloquecidas de dolor, eso sí había merecido la pena. Finalmente los quebrados hombres, tras contemplar la muerte de todo conocido, de todo ser amado, de toda mujer, hermana, hijo o hija. Sin embargo, pese a lo gratificante de los gritos, de la sangre, de las frescas y sabrosas entrañas, seguía sin haber rastro alguno de aquel viajero. Oh, sí, por la aldea habían pasado viajeros los días anteriores, un grupo de tres, concretamente. Dos hombres jóvenes y una mujer y no, ninguno de los varones tenía el pelo largo y hablaba con su caballo. Aunque sí tenían un arco.
          Org volvió a arrancar un trozo de carne y siguió masticando, pensativo. Un arco… bien, aquello encajaba, tal vez fuera la persona que buscaban, después de todo. Pero, por otro lado, no era posible que fuera acompañado. En el rastro que ellos seguían, nunca había habido más huellas que las de un ser humano y su caballo. Dejó de masticar y, con una mueca de asco, se introdujo un dedo en la boca y, ayudándose con una de sus largas uñas, extrajo un trozo de hueso que se le había metido entre los dientes. Lo miró con desagrado y lo tiró entre las cenizas. Claro que, frunció el ceño, tal vez se había encontrado con los otros dos en la entrada de la aldea. Aquel arco… Quizá fuera él, después de todo. El arquero eorniano. No llevaba ya el pelo largo, pero tampoco significaba nada. Los humanos se cortaban el pelo, ¿verdad? Creía recordar haber oído algo de eso alguna vez. Extraña costumbre y sin embargo…
          Una serie de espasmódicos gruñidos, similares a una risa, brotaron de su garganta. Dejó el brazo a medio comer a un lado y se levantó con expresión decidida, mostrando más aún los largos colmillos que sobresalían de entre sus labios. Tres viajeros, no uno, sin duda aquella era una nueva treta para despistarlos: unirse a un grupo más grande, buscando protección. Aunque estaba claro que no le había funcionado tan bien como adentrarse en las montañas y seguir el cauce de los ríos. Si el prófugo no hubiera decidido, al final, atravesar Meers, bien podrían no haberlo encontrado nunca. Habían tenido sin duda un golpe de suerte.
          —¡Marghchagmos de nuevo! —aulló, alzando las afiladas cuchillas atadas a su diestra, obligando a sus pintones a que dejaran de comer y de vaguear a regañadientes. Por fortuna, ya no tenían motivo alguno para resistirse a sus órdenes, obedecerían—. ¡Sergiregmos el rasgrtro de logsh tres viagjeros, sin desgcangso, hasta dargles caza! ¡Los magtagremosh y nos aligmengtaremos de sus engtrañas!
          Lentamente, con gruñidos de insatisfacción, los pintones recogieron el campamento, apagaron las hogueras, cargaron con la carne humana que había sobrado para el viaje y reemprendieron, una vez más, la cacería.




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