Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 14 de octubre de 2013

CAPÍTULO DECIMONOVENO (Parte 2/5) - Sueños del Norn


           Lhars pudo oler la muerte en el aire incluso antes de entrar en la aldea. Los hombres de Nargor con los que viajaba también podían olerla, a juzgar por la palidez de sus rostros y la tensión encubierta de sus movimientos, cautos y silenciosos. Habían desenvainado sus armas y caminaban ahora delante de él, deslizándose por entre las crecientes sombras de la tarde, como fieras al acecho de una presa. Habían dejado a los caballos atados en el bosque a cierta distancia, tras verse incapaces de hacerlos avanzar, espantados como estaban por el fuerte hedor. Le resultaba curioso ver como los humanos encabezaban la marcha, creyendo, tal vez, que así él estaría más protegido.
Era un comportamiento ingenuo, extremadamente ingenuo, teniendo en cuenta que, de haber una emboscada, él, como helfshard, sería el que más posibilidades tendría de sobrevivir de todos ellos. Tenía más poder en una sola de sus manos que todo aquel grupo de humanos en sus armas y músculos y cerebros. Sin embargo, o tal vez precisamente por ello, le habían llegado a caer bien aquellos hombres. Y no sólo por gestos como aquel, sino porque, además, eran extremadamente profesionales, eficientes y hasta divertidos. Habían compartido con él historias y anécdotas de sus vidas durante las dos últimas noches a la lumbre del fuego y bajo las estrellas, superada ya la desconfianza inicial que les había supuesto viajar con un elfo. O eso era lo que suponía. Ahora le incluían en sus chanzas y le escoltaban como si fuera su señor, si bien un señor muy parecido a ellos, uno ante el que no creían que tuvieran que arrodillarse. Su forma de tratarlo era una extraña amalgama de deferencia y camaradería a la que no estaba acostumbrado. Esa actitud le había desconcertado al principio, tras toda una larga vida en la encorsetada sociedad elfa, y le sorprendía lo rápido que se estaba acostumbrando a la nueva situación.
          El helfshard se apartó el cabello del rostro, sobre el cual las desordenadas greñas insistían en caer una y otra vez, y frunció de nuevo la nariz ante el tufo a matadero que flotaba en el aire, arrastrado por el viento. Al menos ahora no soplaba enteramente en su dirección pero, hacía no tanto, había habido momentos en que había tenido que boquear y dejar de respirar por la nariz, para evitar el desagradable sabor a vómito que le subía por la garganta con cada inspiración.
          Los casi desnudos árboles permitían ya atisbar las primeras casas de la aldea de Meers, anidadas junto al río en aquel recodo del paso entre las montañas. No llegaba a ellos rastro alguno de voces, ni risas, ni el olor de la cena que debería estar preparándose en los hogares. Tampoco se alzaba columna de humo alguna de los tejados de paja. Desolado, todo parecía desolado y abandonado… salvo por aquel penetrante hedor, que le ponía los pelos de punta, haciéndole anticipar lo que podrían encontrarse en las calles de la aldea.
          Frotándose las manos para entrar en calor, siguió a los humanos hacia el interior del poblado. El graznido de los cuervos quebró el aire ante ellos, las casas desiertas les rodearon, con las vacías oquedades de sus ventanas siguiendo su avance, a medida que se adentraban entre ellas, sus botas rozando la tierra apelmazada de las calles con un sonido hueco y cavernoso. El viento hacía crujir las puertas abiertas, que chirriaban como gigantescas cigarras en sus goznes. Había sangre salpicando las paredes. Había sangre en el suelo, empapando la tierra y tornándola de un repulsivo color marrón rojizo. Entonces, escuchó cómo lord Thalsen farfullaba algo para su poblado bigote en cuanto la plaza de la aldea se abrió ante ellos. No pudo verle el rostro, pero el tono de espanto que reverberó en su voz, hizo que se le erizara el vello de los brazos.
Los cadáveres a medio devorar estaban llenos de moscas, cubiertos por cuervos que se gritaban unos a otros, aleteando caóticamente y peleándose entre ellos. Alzaban el vuelo a intervalos, protestando, para volver a aterrizar sobre otro pedazo de cuerpo, sobre otro ojo vidriado, sobre otra lengua abotargada que picotear, arrancando los pocos restos de carne aún adheridos a la blanca superficie de los huesos. El viento cambió de nuevo y el pestilente tufo de carne quemada, sangre y vísceras les golpeó de lleno.
          —¡Ah… sí! —susurró Lhars, cubriéndose la nariz con la manga y conteniendo una arcada, la voz ahogada por la creciente náusea—. Nuestros refuerzos han pasado por aquí, sin duda. Obra de Org y sus muchachos, podría… —tragó con un espasmo— jurarlo.
          El rastreador de la cicatriz, Evelor, escupió una maldición y se volvió hacia él, los ojos desorbitados por el espanto, el blanco destacando como nieve en la creciente oscuridad. Uno de sus compañeros se apoyó desmadejado en la pared del edificio más cercano y empezó a vomitar.
          —¿Quién ha hecho esto, lord Lhars? Los… —tragó saliva y su nuez de adán se movió espasmódicamente arriba y abajo— los han comido. ¡Se han comido a gente!
          Lhars le observó largamente y parpadeó un par de veces con lentitud antes de volverse haca Thalsen que recorría la plaza, balbuciendo una imprecación tras otra y observando los restos descuartizados de los cuerpos y los restos ya apagados de las hogueras que allí habían ardido. Sus ojos vagaban entre Las piedras usadas a modo de parrilla, la sangre derramada en el suelo, la montaña de vísceras y cabezas cortadas medio oculta tras una esquina, por la que correteaban las ratas y saltaban los cuervos. Sacudía la cabeza de lado a lado, intentando negar lo imposible, lo que sus ojos veían, lo que su mente le contaba, el horror de los huesos pelados y los niños muertos.
          «¡Oh, vaya! —se dijo el helfshard—. Había olvidado que los pintones consideran esa carne uno de los grandes manjares que la vida de otros les puede ofrecer. ¡Ahí podemos tener un problema! Uno grave.»
Los trancos de Thalsen en torno a la plaza y el acero y el fuego que comenzaron a arder en su mirada, hablaban de silente odio, de cólera mal contenida, de sed de venganza, de muerte y de justicia… De algo que Lhars no podía permitirse que aquel hombre obtuviera. Necesitaba al humano centrado y leal, no aterrorizado por los que pronto serían sus nuevos aliados y por las historias que las viejas comadres contaban sobre ellos. Historias que, por otro lado, eran bien ciertas. Tenía que tomar las riendas de aquello antes de que la sangre llegara al río.
          «Más de lo que ya lo ha hecho, se entiende. Y rápido. No tengo demasiado tiempo antes de que empiecen a cuestionarlo todo… A cuestionarme a mí.»
          Lhars carraspeó y dio una fuerte palmada para atraer la atención de sus compañeros.
          —Ah… —inhaló y dejó escapar el aire en un fuerte suspiro, luego alzó la voz, para que resonara con fuerza entre las casas vacías—. Esto que veis es obra de Org, para mi desgracia personal, todo hay que decirlo —frunció el ceño con desagrado, realmente la labor de Org en Meers le complicaba a él la vida de modo innecesario y personal—. Org es… una criatura leal a lord Zaryll, pero que carece del… eh… —vaciló— intelecto del que hacemos gala la gente como vosotros, o como yo, o como… lady Seindra, por poner un muy acertado ejemplo. De vez en cuando —arrugó los labios en una mueca amarga y volvió a hacer una pausa, mientras buscaba las palabras adecuadas— se deja llevar por sus impulsos más primarios y entonces sucede lo que aquí veis.
          Extendiendo las manos a ambos lados del cuerpo, el helfshard señaló teatralmente lo que les rodeaba con una agria sonrisa asomando a sus los labios. Tenía que aplacar su desconfianza con la mayor celeridad posible, la podía sentir crecer en ellos como hiedra venenosa, la podía percibir brillando y ardiendo como diminutas chispas en el interior de sus ojos. Había de sofocarla antes de que prendiera y se convirtiera en una antorcha, en un incendio descontrolado, mientras aún estuviera a tiempo. Los musculosos soldados de cuerpo de toro y cerebro de toro no le preocupaban en exceso, pero Thalsen era harina de otro costal. Para ser un humano era listo e inteligente —conceptos ambos muy diferentes que a menudo la gente tendía a confundir—. Lhars era consciente de que si lo tenía a él, tendría al resto.
          Sabía que aquellos hombres habrían visto antes muertes y violaciones y que, probablemente, habían participado, con dedicación, tanto en unas como en otras. Sin embargo, lo ocurrido allí… Era posible que lo ocurrido allí, en aquella plaza, bajo aquel cielo, ese mismo día, sobrepasara el horror que estaban dispuestos a tolerar. Incluso los peores de ellos. Violar mujeres era, casi seguro, una cosa. Comerse a niños pequeños seguro que era algo totalmente diferente.
          «No debo hacerles caminar más allá de ese límite. Debo recordarlo. Con cuidado, ahora debo ir con cuidado.»
          —Org es… una criatura útil se la sabe manejar, pero… bueno, es también sanguinario e impredecible. Está claro que ha vagado ya durante demasiado tiempo sin un control directo, sin supervisión, y que está ah… olvidando lo que le está permitido hacer y lo que no —bien, aquello era sin duda una buena mentira; por lo que a él respectaba, Org y su tropa bien podían devorar a todos los habitantes de todas las aldeas que encontrara a su paso, pero no cuando podía interferir de modo tan flagrante en sus propios planes. Eso era algo que no estaba dispuesto a tolerar, aunque tuviera que mentirles a aquellos humanos que tan bien le caían—. Tenemos que apresurarnos y darles alcance para ponerlo a él y a sus pintones…
          —¿Pintones? —Thalsen avanzó a grandes zancadas hacia él y alzó el rostro para mirarlo a los ojos—. ¿Esto es obra de los pintones? ¿Los que… —tragó saliva de forma muy sonora— los que tiñen sus gorros de sangre? ¿Cómo los que hay en Silga?
          —Ah… sí, como ellos. Exactamente como ellos —Lhars parpadeó con calma, la mirada franca y el tono tranquilo. El humano no tenía por qué saber de las peculiaridades de Org y su horda, los más salvajes de entre ellos, los más sanguinarios, los más incontrolables—. Tenemos que darnos prisa, como digo, y poner a esas criaturas bajo mi mando. De ese modo no volverá a ocurrir nada como esto de nuevo. Os puedo prometer que no lo permitiré, puedo daros mi palabra —tendió la diestra hacia el frente, la palma hacia el cielo en un juramento que tenía la firme intención de cumplir, siempre y cuando no interfiriera con su autoimpuesta misión—. Además, con ellos a nuestro lado, la captura del prófugo que buscamos será mucho más segura.
          Ese detalle al menos era completamente cierto.
          Pudo sentir cómo los hombres comenzaban, poco a poco, a relajarse, como el fulgor de desconfianza y miedo se extinguían lentamente de su mirada… salvo por un leve brillo de suspicacia y recelo en los ojos grises de lord Thalsen. Tendría que lidiar con ello más adelante, era consciente de ello. Tras un momento de silencio, el soldado asintió frotándose el tupido bigote con el dorso de la mano y asintió un par de veces
          —De acuerdo— acabó por murmurar, manteniendo el tono bajo, frío e inexpresivo—. Pero si vuelve a intentar algo como esto —señaló la plaza y bajó aún más la voz hasta convertirla en un helado susurro orlado de acero— lo mataré, lord Lhars.
          «Por encima de mi muerto cuerpo, humano.»
          Sin dejar traslucir nada de eso en su rostro, el elfo negro se mantuvo impasible, salvo por una débil y fina media sonrisa que distendió la comisura de sus labios.
          —Por supuesto, Thalsen, soy consciente de ello.
          «Y de más. Puede que me caigas bien, humano, pero en modo alguno no te permitiré matar a uno de los generales de Zaryll. Sin él —reflexionó, mientras observaba pensativo la modesta plaza de la aldea— perderíamos el control de todos los pintones del ejército y eso es algo que no voy a tolerar. Que no puedo dejar que suceda.»
          Una nube oscureció el sol por un momento y el viento se alzó desapacible. Espantados, los negros cuervos que se alimentaban de los restos de los muertos, levantaron el vuelo graznando con estruendo. Sus alas azabache crujieron en el aire y los ecos de sus voces resonaron en la desierta aldea.
          —Será mejor que volvamos a por los caballos, señores —anunció Lhars con una palmada firme, sus ojos siguiendo el errático vuelo de las malhadadas aves hacia el bosque, donde se perdieron entre los árboles—. Me gustaría que nos alejáramos un poco de aquí antes de acampar para pasar la noche. Ah… —reflexionó de pronto, dejando vagar la vista por entre las casas vacías, y clavándola en la espalda de uno de los hombres que, superado el miedo inicial, se asomaba a una de las ventanas con cierta actitud codiciosa—, pero si queréis saquear antes de irnos lo que pueda haber de valor en la aldea, adelante. Tan sólo daos prisa y reuníos conmigo en las afueras.
          Con un seco asentimiento por parte de Thalsen, todos excepto él se dispersaron entre los bajos edificios de madera y tejado de paja. El hombre de Nargor, con el rostro sombrío e introspectivo, lo acompañó de vuelta a donde habían dejado las monturas, mientras el viento tironeaba de sus ropas y jugueteaba en sus cabellos. A su espalda, en la ahora silenciosa plaza abandonada a la muerte y a los designios de Hurd, los cuervos volvieron a descender con su sigiloso aleteo y continuaron picoteando los restos de los cadáveres a medio devorar y el grotesco montón de vísceras, oculto en parte por el bajo murete del patio de lo que había sido, hasta entonces, una de las granjas de Meers.
          Muy pronto, esperaba Lhars, se unirían a Org en su cacería salvaje del prófugo de Eshainne y, tal vez, si sus corazonadas resultaban contener algo de verdad, puede que la recompensa fuera mayor de lo esperado. Era probable que no encontraran sólo a uno de los escurridizos guerreros anunciados en la Profecía. Puede que hallaran a más.




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