Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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jueves, 12 de septiembre de 2013

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO (Parte 4/4) - Isholda

 

          Sadreg caminaba con paso rápido por los pasillos de Nardis, las oscuras ropas azules crujiendo con cada zancada, sus botas levantando ecos contra las paredes y los techos abovedados. Su cabeza bullía de ideas, de sentimientos encontrados, en una densa amalgama que lo hacían sentirse confuso, mareado y desorientado. La ira entremezclándose con la vergüenza, la esperanza con el odio, la rabia con el miedo. Se detuvo en seco ante una ventana al fondo del corredor, en lo alto de las escaleras y las rodillas le temblaron. Con una sacudida, se obligó a bajar rápidamente para no desfallecer. La luz del día entraba por las cristaleras, veteando de sombras y plata cada uno de los peldaños, formando charcos que parecían luz líquida en los rellanos. Resplandecían deslumbrantes contra sus ojos, dañándolos, obligándole a entrecerrarlos, según sus pasos se iban haciendo más y más veloces, hasta que se encontró corriendo escaleras abajo. Cruzó un patio, cielo azul y piedra negra, columnas brillando plateadas y oscuras en la mañana, y se abalanzó hacia la oscuridad del edificio de enfrente. Luego escaleras arriba de nuevo. Pero no podía huir de sus propios pensamientos. Acabó por detenerse en el segundo piso, apoyando la frente contra la pared, resollando, los pulmones ardiéndole en el pecho, el costado pinchándole a cada inspiración.

          «¡Sombras de Noidha! ¿Cómo voy a decírselo? ¿Cómo voy a decírselo a su madre?»
          Apretó la diestra en un puño, hizo crujir sus dientes en un siseo entrecortado y golpeó con furia varias veces la piedra hasta hacerse daño. Borrones de luz danzaban aún en el interior de sus párpados. La sangre martilleaba en sus oídos, zumbando, y permitiéndole apenas escuchar los pasos que se acercaron y se alejaron de él a la carrera. El helfshard resopló entre jadeos. Humanos, elfos, tanto le daba en ese momento. Se separó, temblando, de la frialdad de la pared. Quedarse allí, lamentando su suerte, no le serviría de nada. Tomó aire, en un intento de serenarse, de calmar sus turbulentos pensamientos.
          Estaba sólo, el pasillo se extendía a ambos lados y las escaleras continuaban ascendiendo. Ya no se encontraba lejos de su destino y no quería llegar tarde a su cita con lady Seindra, pero tampoco convenía que ella lo viera en el alterado estado en que se encontraba ahora. O tal vez sí. Sadreg tragó saliva y se mesó los cabellos con el pulso todavía alterado y los nudillos de la diestra palpitando de dolor. Hizo una mueca. Los tenía rojos, casi sangrantes. Maldijo entre dientes y continuó su ascenso.
          Le había enviado un mensaje a su señora nada más enterarse, hacía apenas media hora. Tenían que hablar, le decía. Críptico. Vago. Impreciso. En las llamadas salas de baile que había cerca da la vieja biblioteca. Un lugar apartado, lejos de los oídos de todos, tanto de su raza como de los humanos. Cómo había podido permitir lady Seindra que pasara. ¿Cómo, en nombre de Noidha? ¿En qué estaba pensando su señora? Todos aquellos meses y meses y meses. Sabía que Zaryll y ella eran amantes, medio Nardis parecía saberlo, pero de ahí a… Él nunca había dicho nada. Él no era nadie para discutir con quién… con quién se acostaba su señora. No, al menos, hasta aquel preciso momento; no, al menos, hasta hacía tres días, cuando todo parecía haberse complicado.
          Seindra había actuado de modo extraño el día de la creación de las Sombras, luego él había tenido trabajo que hacer, después su hermano había vuelto a Nardis, enrareciendo el ambiente más de lo que ya estaba. De modo que no había podido hablar con los sanadores hasta esa misma mañana, después de que Reda y Londar comenzaran a descender a la batalla, al combate que se libraría en cuestión de unas horas en el valle de la fortaleza. Las noticias que había arrancado al aterrorizado médico, al que había tenido que amenazar para que hablara, no podían haber sido peores. No podía haberlas imaginado, ni en sus peores pesadillas. Embarazada. Lady Seindra estaba embarazada y ni más ni menos que de lord Zaryll. De un humano. De esa miserable rata humana, de ese despojo de criatura.
          Sadreg soltó un exabrupto y se frotó el rostro con furia creciente, tratando de desentumecerlo. Concentrándose tan sólo en poner un pie por delante del otro ascendió dos pisos más. Tras cruzar casi a la carrera un delicado puente de roca, que se cernía sobre el patio que llevaba a los comedores de Nardis, y atravesar otro par de edificios casi desiertos, sus pasos le condujeron finalmente a los largos salones de baile de la fortaleza. No es que se celebraran bailes allí ahora, pero eso era para lo que parecían haber sido diseñadas aquellas alargadas estancias, con sus paredes recubiertas de ventanas, balcones y espejos rotos, destrozados, mucho tiempo atrás. Ahora el suelo estaba recubierto de mugre, de tierra, de polvo y de cristales quebrados, de excrementos de ratas, palomas y murciélagos, entre los que asomaban, de cuando en cuando, fragmentos de espejo, opacos y deslustrados.
          El helfshard se detuvo junto a las podridas puertas, combadas por la humedad, y contempló el rastro en el suelo que se abría paso hasta una pequeña balconada, casi al otro extremo de la habitación. Lady Seindra ya había llegado. Bien, suspiró, no tenía sentido posponerlo por más tiempo. Cerró los ojos violetas, respiró un par de veces, los volvió a abrir y se adentró con paso decidido en la ruinosa estancia, haciendo crujir bajo sus botas los cristales y espejos rotos.


          Lady Seindra se encontraba acodada en el pretil de piedra oscura, la mirada perdida en el patio porticado que había más allá. Hoy lucía cómodas ropas de color verde oscuro y rojo burdeos. Seguía portando el manto gris plata, al que parecía haberle cobrado cariño los últimos días y llevaba el cabello recogido en una sencilla trenza en torno a la cabeza. Nada de cintas en el pelo, nada de redecillas doradas, ni elaborados alfileres enjoyados. No hoy, no desde hacía tres días. Sadreg carraspeó, aclarándose la garganta. La elfa le miró por encima del hombro y frunció el ceño en cuanto vio la lúgubre expresión de su rostro.
          —¿Qué ocurre, Sadreg? —inquirió—. ¿Por qué hablar conmigo aquí? Mis habitaciones tienen mejores vistas —la joven enarcó una ceja y quiso esbozar una sonrisa, pero la fría expresión que asomaba a los ojos del helfshard, hizo que ésta se congelara en su labios—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Algo con Zaryll?
          Con tono preocupado y ansioso, Seindra se volvió hacia él. Sadreg sintió cómo la bilis se le subía a la garganta ante la sola mención del hechicero humano e hizo una mueca.
          —Depende cómo deseéis considerarlo, mi señora —el elfo negro avanzó hasta situarse al lado de la joven y aferró la baranda de piedra para ocultar el temblor de miedo, cólera, odio y angustia de sus manos—. Yo… he… —inhaló con fuerza y expulsó el aire en un bronco suspiro, tenía que controlarse, necesitaba controlarse—. Lady Seindra, mi señora, sé que estáis embarazada. De Zaryll.
          Pudo ver por el rabillo del ojo cómo la mujer daba un respingo y sus manos de largos dedos se cerraban en un puño. Pero él mantuvo la vista fija en el frente, en el patio, en la doble galería porticada y sus balcones.
          —Ah… ¿y qué si así es? —la voz de Seindra fue fría como el hielo e igual de cortante.
          —Es humano, lady Seindra y vos… vos la heredera de vuestra madre, la futura reina de nuestro pueblo, la futura matriarca de los Shays-shu.
          No lo pretendía, pero según las palabras brotaban de su boca su tono de voz también fue volviéndose acerado.
          —¿Y consideras, Sadreg Shays-shu, que mi embarazo es un problema para ello?
          —No, mi señora, nada más lejos de mi… —espetó entre dientes, se cortó en seco y volvió a empezar, intentando mesurar su tono sin demasiado éxito—. El problema es el padre de la criatura, lady Seindra.
          La elfa, lívida, dio un paso hacia él, los brazos tensos a lo largo del cuerpo, las manos tan crispadas en puños que se le marcaban los tendones bajo la oscura piel.
          —No oses… no te atrevas… —las palabras parecieron agolparse en sus labios en un candente nudo de furia—. No sugieras siquiera que mi lealtad hacia mi pueblo pueda estar en juego sólo por… por… ¡Soy la hija de mi madre! ¡Soy la nieta de mi abuela! ¿¡Quién piensas que eres para cuestionar…!?
          —Mi, mi señora, no… no… no era eso —Sadreg alzó ambas manos a la defensiva mientras hacía acopio de toda la fuerza de voluntad que poseía para no retroceder, para permanecer firme—. Es, es… es el niño en sí… si ese… ¡Si ese niño nace será el bastardo mestizo de esa escoria humana que es Zaryll!
          Aquellas palabras parecieron encolerizar más aún a la joven elfa negra.
          —¡Cuidado con lo que dices, Sadreg! Este bastardo mestizo, como tú lo llamas —las manos de Seindra se cerraron protectoras en torno a su vientre, como garras de ave— será la futura heredera de mi madre, mi futura heredera. MI primogénita y TÚ señora, a quien deberás honrar y respetar como lo haces conmigo. Y, de ser varón, será el consorte de la futura helfdam de tu clan. ¡Cuidado con lo que dices, Sadreg! ¡Cuidado con lo que dices!
          —¡Sangre humana en la familia! ¡En el linaje! ¡Maldita sea! ¿En qué estabais pensando? ¿Es que ese despreciable, infecto… —ahora gritaba, se atragantó con sus propias palabras, casi ahogándose de furia, y se obligó a sí mismo a respirar— esa… escoria os ha sorbido el seso? ¡Será el padre de la criatura! ¡En nombre de Noidha!
          Con un golpe seco en la balconada, Sadreg se encaró furioso a Seindra, cuyos ojos dorados refulgían rebosantes de rabia y odio… y culpa. La elfa siseó entre dientes y pareció a punto de escupir.
          —Y yo seré su madre, Sadreg. Nacida también de mi sangre y ahí Zaryll no tiene nada que ver. NADA ¿me oyes? ¡NADA! Nadie tiene nada que ver ahí. ¡TÚ no tienes nada que ver! ¡No tienes ningún derecho…!
          —¡Tengo el derecho que me otorga ser helfshard de vuestra madre! ¡Helfshard de vuestro clan! Es el gobierno de nuestra… de vuestra gente lo que está…
          —¡Es mi embarazo! ¡Es mi criatura y es MI decisión!
          —Vuestra madre…
          —No te atreverás —acotó Seindra en un seco susurro.
          —Es mi deber, mi señora, dado que vos parecéis haber olvidado el vuestro. Me encomendó cuidaros, me encomendó protegeros… y… y… —señaló furioso el vientre de Seindra— y mirad cual ha sido el resultado. ¡Preñada! ¡Preñada como una vulgar yegua a la que él ha podido montar y doblegar y…!
          El brazo de la elfa negra se movió rápido como el viento y el puñetazo le alcanzó en plena mandíbula, haciéndole perder el equilibrio y golpearse la espalda contra la baranda de piedra. Sintió cómo los dientes se le clavaban en la cara interna de la mejilla y casi se mordía la lengua, la sangre inundó su boca.
          —Una sola palabra más, Sadreg Shays-shu y te rajo las tripas, te rajo el cuello y dejo que te desangres aquí mismo, ante mis ojos —respiraba de forma entrecortada y apenas lograba articular las palabras de modo coherente—. Es mi vida, es mi embarazo y es mi madre. Yo me encargaré de informarla cuando lo considere oportuno. Zaryll no tiene nada que decir al respecto. No tiene control sobre mí, ni sobre lo que digo, ni sobre lo que pienso, ni sobre mis actos. El futuro niño es mío y de nadie más. Y será mi heredero.
          Sus ojos cayeron sobre el helfshard, que se frotaba la mandíbula, aturdido, y escupía sangre, duros como el acero, cortantes como el cristal.
          —Nada ha cambiado, helfshard, todo seguirá igual con Zaryll. Esto —la mujer se palmeó el vientre, la amenaza rezumando como veneno de su voz— no cambia nada y, sobre todo, no cambia mi lealtad. Métetelo en la cabeza y no vuelvas a hablar conmigo hasta que hayas enfriado tus ideas.
          Con un último resuello entrecortado, Seindra le dio la espalda y se alejó con paso rápido, dejando a un conmocionado Sadreg aferrado a la balconada, frotando los dedos contra la piedra negra una y otra y otra vez, hasta que los nudillos se le pusieron blancos y la piel de las yemas le dolió. Luego le gritó al vacío, doblado sobre sí mismo, lleno de rabia, de odio, de furia y de vergüenza. Deseaba matar a Zaryll más que nunca, apuñalarle hasta que dejara de respirar, hasta que su sangre manchara sus manos y sus ropas. ¡Pero incluso eso le estaba vedado ahora! Gritó de nuevo a la nada, hasta que la garganta se le puso en carne viva y después reemprendió el camino de regreso a sus aposentos, sintiéndose mezquino y vacío. Sintiéndose enfermo por haber perdido el control, como un vulgar traidor. Porque había de avisar a su helfdam, le gustara a Seindra o no. Era algo que tenía que hacer, por su honor y por su deber. Pero eso podía esperar un día más, hoy no, hoy no se sentía ya con fuerzas para nada.


          En el piso de arriba, Nargor dejó por fin ir el aliento que llevaba varios segundos conteniendo y retrocedió hacia la discreta sombra de la galería porticada, que se alzaba sobre los balcones de las salas de baile. Los pasos lentos y cansados de Sadreg aún resonaban en el patio interior. Pronto fueron sustituidos por el silencio y el ulular del viento. Un silencio que contrastaba con los fuertes gritos de hace un momento. Gritos, acusaciones, voces rezumantes de odio y recriminaciones. El poco élfico que sabía le había bastado para poder seguir la conversación por encima, pero ambos elfos habían hablado demasiado rápido, con demasiadas imprecaciones y aturullándose con las palabras. Pese a todo, había entendido suficiente, más que suficiente.
          Dejándose caer contra la pared de roca negra, al lado de los restos de una puerta que se abría hacia la oscuridad, Nargor acarició distraído la superficie de piedra con una mano, apenas rozándola con las yemas de los dedos. No le temblaba, aunque hubiera deseado que lo hiciera. Embarazada. Lady Seindra estaba embarazada de Zaryll y era fieramente leal a su pueblo. Leal a los elfos, única y exclusivamente a ellos.
v«Sagrada Yshaunn, ¿qué tipo de víboras hemos introducido en Bakán? ¿Con qué tipo de criaturas del Norn se ha aliado Zaryll?»
          Elfos negros, los sanguinarios elfos negros de las viejas historias. Ni más ni menos que con ellos. No había duda de que el mago negro tenía razón, como bien le había dicho hacía unos días en la sala del trono. Entonces no eran más que sospechas, pero ahora… ahora puede que fueran algo más. Peligrosos aliados los que tenían entre manos, volátiles, violentos. Llenos de odio. Nargor volvió la cara hacia la luz que entraba por la balconada, haciendo destellar los cristales rotos a sus pies, reflejándose en la roca azabache y en los fragmentos de espejos destrozados. ¿Cuántas de las tropas de Nardis debían lealtad a los elfos negros y cuantas a lord Zaryll? El joven inhaló espasmódicamente, sintiéndose mareado y enfermo, una fría oscuridad atenazándole con fuerza las entrañas. Cifras aproximadas, no eran sino cifras aproximadas. Era imposible estar seguros; sin embargo la magnitud de las mismas…
          —Demasiadas —susurró para sí mismo, dejando escapar el aliento con desolación—. Tal vez sean demasiadas, y a quién… ¿a quién servirán cuando la guerra acabe?




 

2 comentarios:

  1. Hola,
    Un giro interesante de la trama, y que seguro que acabará teniendo serias repercusiones. Tengo una duda, con todo lo de ir leyendo la historia de una forma tan irregular en vez de seguida se me olvidan detalles, ¿había alguna pista del embarazo de Seindra en una escena anterior? Me suena que sí, pero no estoy seguro.
    Y una duda en cuanto a la sociedad de los elfos negros, Con todo el odio que sienten por los humanos, ¿de verdad un mestizo humano podría tener una posición de poder?

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    1. Muy buenas, a ver si también respondo a tu otro comentario, que llevo unos días muy liada transcribiendo Bakán :P

      Si, había ya una insinuación en el 15, antes del ritual de las Sombras, que es de donde Sadreg saca las sospechas de que algo le pasa a su señora. Por otro lado, es dificil de responder a lo que preguntas, muy difícil. Verás, teniendo en cuenta que los elfos son poco fértiles (tienen muchos menos periodos que las mujeres humanas) un niño es algo así como la bendición absoluta para ellos. Dos es casi un milagro (de ahí el orgullo de la madre de Sadreg y Reda). Así que a nivel de fertilidad el hijo/hija de Seindra es un tesoro extremadamente preciado, más aún porque es la futura reina de los elfos negros. Es la sucesión al trono lo que está en juego.

      Ahora imagina la situación. Es muy probable que este sea el único embarazo de Seindra, al igual que ella lo fue de su madre. Es un mestizo, pero probablemente no haya otro niño. Unico heredero al trono. La situación es complicada, muy complicada, pero dependerá mucho de los huevos que le ponga Seindra al asunto, de cómo se enfrente a su madre, de cómo se lo cuente, de cómo lo vea esta (y si Seindra tiene caracter, su madre no quiero contarte).

      Si es niño la cosa no tendrá mayor repercusión, lo casarán con la hija de algún otro clan, que será oficialmente la futura reina y el chaval se convertirá en consorte. Esta hija de otro clan será formalmente adoptada dentro del Shays-shu y pasará a ser "de su sangre" sin serlo realmente. El chico aporta la sangre del clan a la siguiente generación. FIN.

      Si es niña la cosa cambiará. Porque será a efectos prácticos, mestiza o no, heredera de sangre real, por línea directa y probablemente la única hija que tenga Seindra. La ilegitimidad no importa nada entre los elfos. Pero que sea parte humano... ahí ya digo. Tendrían un conflicto bien gordo a solucionar a nivel interno. Pero arriesgarse a desechar una heredera fértil son palabras mayores.

      Que conste que yo sé cómo acaba. Lo tengo pensado al dedillo. Pero no puedo contar nada. XD

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